Entre Caos Poético y textos perdidos | Muñecas de sololoy, una expresión llena de historia.

Por Elizabeth Vázquez Pérez


Muñeca de sololoy es una expresión que tengo muy presente en mis recuerdos de infancia y que fue utilizado por mi tía de vez en cuando para acordarse de mi nacimiento sin embargo conforme fui creciendo esa expresión me daba a entender otros significados como el que debía actuar de manera «correcta y bien portada pero con todo y esa confusión veía como lo vizcaíno de mi tía se mostraba confeccionando un vestido para una muñeca con tanta devoción que en su propia religión lo reducía a silencio.
De mi parte la observación pasaba más allá de lo coherente en cuestionamientos del porqué la cuidaba con devoción. Fue hasta veinte años más tarde que supe la historia de la misma expresión con todo y  dicho juguete, era una muñeca de sololoy.
Un juguete que llegó a México de Estados Unidos entre los años 1920 a 1979 fabricado para la niñez de ese entonces la cuál fue aceptada con mucho éxito por la maleabilidad y calidad de dicho producto a base de celulosa que funcionó como sustituto del marfil aunque muy costoso que fue lo que contribuyó a que dejaran de utilizarlo sustituyéndolo por el plástico.

Muñeca de sololoy

Fue coincidencia que tuviera una en casa que por cierto tiene un historia particular siendo la propietaria mi madre como regalo de mi tía de gran costo y difícil adquisición y es por eso que ella le tenía aprecio.
Aquí les menciono partes de sus características : tiene un olor particular qué no es del plástico convencional al de los muñecos que me tocó tener en mi infancia pues es edición ya única , todas sus extremidades tiene una movilidad de fácil manipulación y sus ojos se tornan hermosos con grandes pestañas , su  color apiñonado de tez similar a la piel humana y de delicado diseño en sus facciones en general como uñas, dedos, rodillas y cabello.

Pasando al término «sololoy» este no se encuentra en el diccionario de la RAE debido a que ‘celluloid’ era originalmente el termino inglés del material de fabricación del juguete el cual sufrió una transliteración a sololoy por lo que así fue nombrado por la población y mediante la  expresión «muñeca de sololoy»  se ocupó para referirse a la belleza de las niñas de aspecto delicado como un poema lleno de cariño obviamente tenía mucha relación con el juguete. De ahí el origen de mis recuerdos.
Me viene a la mente el como una expresión puede confundir a un individuo al crecer y formar su propio criterio dando pie a la mal interpretación que ahonda finalmente a inseguridades propias de cada persona pues mi pensamiento eso era. No había nada turbio en esa expresión sólo una historia propia, cariño, una frase llena de mucha cultura popular y de un feminismo inmerso sin descubrir puesto que siempre he pensado que  las mujeres no somos muñecas y ni me gustan.
Por lo que chicas siempre hay que romper esquemas con nuestra historia, criterio y libertad.

Elizabeth Vázquez Pérez escribe desde siempre en la ciudad de Puebla, México. Estudió en el Instituto García de Cisneros y en la facultad de Contaduría Pública en la BUAP (2002).
Estudió ensayo literario en la Secretaría de Cultura del gobierno del Estado (2019-2020). Ha publicado en revistas electrónicas: revista Hilal Puebla (ensayo Un vicio silencioso, 2020), Revista Foco Literario de Argentina (poesía, Haiku 2021) y Caracola Magazine en México (poesía Degustación, ensayo "Solo ellos pueden hacerlo" , relato " Dos por un cuarto de hora", 2021), editorial CEA España (retos escritura 2021,haiku) , ha publicado en Poesía de morras , Revista "El Cisne"(poesía)
Apasionada, creativa, no sabe quién es, le gusta escribir. No anda en busca de estilo, sino de retos.

Puedes encontrarla en:

De “La bruja”: son jarocho, zapateado y leyenda

Por Fernanda Loé

Con el Día de muertos, los mercados, las calles y las casas se llenan de flores, velas y música. Entre esos sonidos que nos dan identidad está la canción “La bruja”. Parte leyenda, parte improvisación, está grabada en nuestras memorias como huella no sólo de una festividad, sino de la tradición que recoge.

Este son jarocho, por su carácter oral, presenta muchas versiones, gracias a que su forma permite que los músicos improvisen. Versiones de Eugenia León, Lila Downs, Son de Madera, Los Utrera, Tlen Huicani, Chavela Vargas o Los Vega pueden escucharse no sólo en México, sino en todo el mundo, puesto que al formar parte del soundtrack de la película Frida, protagonizada por Salma Hayek en 2002, cobró fama internacional.

Y no sólo es famosa la canción, también el baile que la acompaña. Las mujeres, vestidas con el tradicional atuendo blanco veracruzano, zapatean con una vela encendida en la cabeza, mientras el arpa, el requinto y la jarana las acompaña marcándoles el paso. Es una verdadera demostración del dominio del baile florklórico.

Esta combinación de música y zapateado, junto con tarima, forman lo que la antropóloga Amparo Sevilla define como fandango. Una fiesta popular en la que se interpretan muchos sones conocidos con espacio a improvisaciones ya que el fin último es la convivencia de la comunidad para compartir la música, el baile, la charla, etc.

La letra en sí, tiene un velo de misterio en el que se esconde la leyenda de la figura de la bruja y guiños a temas eróticos. Habla de una mujer que chupa sangre para vivir, por lo tanto, tiene esa función inicial de advertir sobre los peligros no sólo a niños, también a adultos. Por otro lado, hay interpretaciones que sugieren que es una metáfora de mujeres cuya intensión es dar rienda suelta a sus deseos sexuales ocultos, por lo que buscan a sus presas, hombres solos, para obtener lograr su objetivo.

Para muestra, les comparto algunos fragmentos de distintas versiones. La primera es de Daniel Zanes y es la que formó parte de la película Frida. En esta es más clara la insinuación de carácter sexual, puesto que la bruja se acerca a su víctima a manera de seducción.

Me agarra la bruja, me lleva al cuartel

me vuelve maceta, me da de comer

Me agarra la bruja, me lleva al cerrito

me sienta en sus piernas, me da de besitos.

La segunda es de Eugenia León, que en una variación agrega el sentido místico que rodea al personaje de la bruja y que se acerca más a un ser fantástico del que hay que cuidarse.    

¡Ay! me espanto una mujer en medio del mar salado

en medio del mar salado ¡Ay me espantó una mujer, Ay mamá!

porque no quería creer lo que me habían contado

lo de arriba era mujer y lo de abajo pescado ¡Ay mamá!

Cada versión aporta al significado general, que más que una canción para bailar, es ya una leyenda. Canciones como esta, además de que nos advierten sobre los peligros que acechan en la noche y nos enseñan sobre el bien y el mal, nos acompañan, nos dan identidad e inundan nuestras memorias para recordarnos de qué estamos hechos. De historias, mitos, misterio, magia, doble sentido, sueños y ritmo.

También dejan ver la importancia de todos los conocimientos e historias que se transmiten de manera oral, y que, aunque probablemente se originan en comunidades más tradicionales, al final permean al imaginario colectivo y terminan siendo una muestra de nuestra riqueza cultural.

Así que más vale hacer caso a estos consejos y no salir en la noche, a menos que tu deseo sea toparte con la bruja. Si es así, ya contaremos, en una versión nueva, jarana en mano, qué tanto nos hizo la bruja.

Fuentes consultadas:

Alonso Arreola. (2015). Me agarra la bruja, me lleva a su casa…. 02 de noviembre de 2021, de La Jornada semanal Sitio web: https://www.jornada.com.mx/2015/03/29/sem-alonso.html

Paganini Metallum. (2020). ¡Ay, Me agarra La Bruja! Son Jarocho, música y danza. 02 de noviembre de 2021, de Poder Edomex Sitio web: https://poderedomex.com/ay-me-agarra-la-bruja-son-jarocho-musica-y-danza/

Letras imprecisas | ¿Dónde están las mujeres en la historia del libro?

Por María Fernanda González Lozada

«Creo que será verdaderamente glorioso cuando las mujeres sean personas realmente auténticas y tengan todo el mundo abierto a ellas.»

Karen Blixen

La historia detrás del libro, desde sus inicios por medio de los códices o libros pintados –de acuerdo a cada cultura–,1 hasta la llegada del libro impreso, gracias a la invención de la imprenta, ha sido tema de suma importancia dentro de los estudios historiográficos. Críticos como Tomás Granados o Gregorio Weinberg, recuerdan a: Juan Cromberger, Giovanni Paoli (más tarde sería conocido como Juan Pablos), Pedro Ocharte y Bernardo Calderón; figuras insignes en el medio de la impresión en Hispanoamérica. Sin embargo, la cuestión que motiva el presente estudio es: ¿dónde están las mujeres en la historia del libro? Poco se escucha hablar de ellas, dado que, su labor y conocimiento se ha visto ofuscado a causa de la relevancia que se les ha brindado a los hombres. Es momento de esclarecer y reconocer el trabajo de las impresoras establecidas en México y España durante el periodo virreinal.

Si bien, la imprenta innovó la manera de transmitir conocimiento –primero en Europa y más tarde en el resto del mundo–, en un principio se creía que no podría llegar a tener la importancia que adquirió con el paso de los años. Debido a la escasez de información convincente, la historiografía sugiere situar la llegada de la imprenta a México en 1539, año en el que se tiene registro de la primera obra impresa: Breve y más compendiosa doctrina cristiana en lengua mexicana y castellana,2 autoría del obispo Juan de Zumárraga y salida de las prensas de Juan Pablos.

Con el tiempo, diversos impresores decidieron establecer sus imprentas, ya que era muy común que familias enteras se dedicaran a la impresión es posible que cada uno de los integrantes tuvieran conocimientos, amplios o específicos, sobre las tareas a realizar dentro de los talleres de impresión. Al mencionar “familias enteras” implica también la participación de las mujeres, y a pesar de que muchas de ellas intervinieron en las labores del oficio se cuentan con muy pocos registros que consideren su trabajo de impresoras, puesto que los bibliógrafos e historiadores han ignorado completamente su presencia en los talleres tipográficos, como ya lo ha señalado Marina Garone Gravier y Albert Corbeto López (2011, p.104).

Resulta crucial aclarar dos aspectos, en primer lugar la expresión “impresoras” abarca una gran cantidad de tareas desempeñadas en los talleres de impresión, realmente no se poseen datos exactos que confirmen la intervención directa de las mujeres en cuanto al funcionamiento de las prensas, en cambio se cuenta con material que confirma su contribución económica e intelectual. Incluso, como es el caso de Isabel de Basilea, –una de las primeras mujeres en el arte de la tipografía en España–, además de las muchas otras tareas que realizaba en su taller, también se dedicaba a la elaboración de tinta para la imprenta.3

Por su parte, no se aceptaba la idea de incluir a la mujer dentro del campo educativo, pero no es sino hasta el siglo XVI que se le contempla dentro de las actividades literarias, no obstante, estas serían limitadas, principalmente porque sólo se tomaban en cuenta las mujeres de familias acomodadas;  por otro lado estaban asignadas a la sola tarea de la lectura, más no al de la escritura. Además, sus lecturas estaban confinadas al dominio religioso y del entretenimiento, a manera de fortalecer su espiritualidad, conservarlas y restringirlas dentro del espacio privado o doméstico, para evitar el descuido de sus hogares. Sin embargo, se tiene información de mujeres inmersas en el trabajo de impresión desde el siglo XV.

Durante el periodo existió una gran tendencia a establecer los talleres tipográficos en las casas de las familias que se dedicaban a la impresión y de no ser así, por lo menos no estaban muy alejados de sus domicilios, lo que permitía que las mujeres estuvieran activas a las tareas requeridas por la imprenta sin que sus labores domésticas se vieran descuidadas. Muchas de estas mujeres estuvieron en constante contacto con las labores tipográficas desde que eran pequeñas, si bien muchas heredaron los negocios de sus maridos, otras más crecieron en familias expertas en el oficio y heredaron los talleres de sus padres.

Figura 1. Jerónima Galés fue esposa del impresor Juan Mey, al enviudar –en 1555–, se encargó de la dirección de la imprenta, por lo que los colofones se  imprimían con la leyenda: Viuda de Juan Mey. Posteriormente, contrajo nupcias con Pedro Huete, a pesar de ello continuó con el cargo principal dentro de la imprenta, así como también siguió firmando como viuda de su primer marido. (La imagen fue tomada de la página digital de la Biblioteca Nacional de España).

Como ya se menciona, el campo laboral de las impresoras era muy amplio, se dedicaban a la encuadernación, la ilustración, incluso se cuentan con algunos prólogos realizados por ellas. Es el caso de Jerónima Galés, mujer que poseía un amplio bagaje cultural y que intervino arduamente en la dirección de su imprenta en Valencia y de la cual salieron obras de suma importancia como Crónica del Rey En Jaume, impresa aproximadamente en 1557, dicho libro fue considerado “uno de los modelos más perfectos y magníficos de la tipografía del siglo XVI.” (Garone, 2011, p.111). Asimismo, de ella se conoce un prólogo de un libro; como también un soneto que publicó en los preliminares de la obra El libro de las historias del autor Pulo Jovio. (Figura 1)

Ahora bien, otra situación recurrente en cada una de las impresoras era que la mayoría firmaban como “Viuda de…”, “Taller de la viuda de…”, “Herederos de…”, y eran inusitados los casos en que las impresoras firmaban con su nombre propio, probablemente estaría relacionado con la importancia de mantener el nombre de sus maridos para obtener un mayor reconocimiento en las relaciones comerciales. No obstante, la crítica también ha sugerido que puede deberse a las condiciones sociales en las que se colocaba a las mujeres durante el Antiguo Régimen.

María de Sansoric o Sansores, es un ejemplo de las impresoras que tuvo complicaciones en el ámbito tipográfico debido a su condición de mujer. Se considera que lideró la imprenta de su marido Pedro Ocharte (tercer impresor en Nueva España) en dos periodos: el primero fue en 1572, cuando este junto con Juan Ortiz fue encarcelado durante dos años debido a que la Inquisición los acusó de luteranismo. Posteriormente, en 1592 a causa de la muerte de Ocharte, María de Sansoric vuelve a estar al frente de la imprenta. Se conoce una carta del primero de marzo de 1572, redactada por Diego Sansores –hermano de María de Sansoric y quién la habría apoyado a sustentar la imprenta durante la ausencia de su cuñado–, en la cual, dirigiéndose al inquisidor solicita su apoyo para intimidar a los negros que ayudaban en la imprenta, justificó su petición con lo siguiente: “porque como ven a mi hermana sola, se dan poco por ella por ser mujer.” (Cit. por Marina Garone Gravier, 2006, p.8. El resaltado es mío).

En cuanto a las pocas mujeres de las que aparece su nombre en los colofones de los impresos salidos de sus prensas se encuentra: María de Quiñones, de la cual se tiene un registro de doscientas obras impresas en su taller, entre ellas destaca la primera edición del Quijote (1605), entre otras obras de Miguel de Cervantes. En un principio aparecía el nombre de su esposo Juan de la Cuesta; sin embargo se considera que la participación de su marido fue muy breve, ya que pronto –a finales de1607–, renunció a la dirección de la imprenta y salió de la ciudad; a pesar de ello, su nombre siguió imprimiéndose en los colofones hasta 1627. Más tarde, en 1633 es cuando comenzó a aparecer el nombre de María de Quiñones hasta 1666, tres años antes de su muerte. De igual manera es importante reconocer a María Ramírez, pero su nombre solo se verá en Selva de aventuras de Jerónimo de Contreras, impreso en 1600, de ahí en adelante firmó como viuda de Juan Gracián.

Paula de Benavides, quien junto con su marido Bernardo Calderón fundó la dinastía de impresores más conocida en México: los Calderón-Benavides, que más tarde, con el matrimonio de María de Benavides –hija de Paula de Benavides y Bernardo Calderón– y Juan de Rivera, pasarían a ser Rivera-Calderón. Más tarde tendrían dos hijos Miguel y Francisco de Rivera Calderón. Ahora bien, al fallecer el primero de los Calderón la labor de Paula de Benavides fue muy importante, en 1641 comenzó a firmar las obras; obtuvo grandes logros y privilegios en el mundo tipográfico como: la impresión de cartillas y doctrinas, tanto en la Ciudad de México como en Puebla. A partir de 1649 fue impresora del Santo Oficio; estuvo activa hasta 1684, año en el que la muerte le arrebato el entusiasmo con el que trabajó la imprenta durante cuarenta y tres años.

Antes de concluir y dentro de la misma línea genealógica de los Rivera-Calderón, es preciso mencionar el trabajo de María Candelaria de Rivera, hija de Gertrudis Escobar y  Miguel de Rivera, quien sucedió a su hermana mayor María Francisca. Trabajó la imprenta junto con su sobrino Jacinto de Guerra, a la muerte de este, en 1722, el taller pasaría a ser dirigido solo por ella. De sus prensas salieron desde obras menores hasta libros científicos como Cursus Medicus Mexicanus, de la autoría de Marco José Salgado y uno de los primeros libros médicos impreso en América. De igual manera, en 1722 imprimió la primera serie de la célebre Gaceta de México.

Figura 2. Listado de impresoras –de las que se tiene conocimiento–, establecidas en Nueva España durante el periodo de 1540 y 1755. (La tabla fue tomada del artículo “Mujeres impresoras del siglo XVIII novohispano en México” de Luz del Carmen Beltrán Cabrera).

A saber, no fue posible englobar a todas las mujeres participes en los talleres tipográficos; sin embargo, este estudio tiene el fin de plasmar un panorama al respecto y, así, dar pauta a la apertura de nuevos estudios que reconozcan la labor de todas y cada una de estas mujeres, tanto en el resto de países de América y Europa, como también en diferentes épocas. A pesar de que en la actualidad se han redactado artículos sobre el tema, todavía se cuentan muchos casos aislados, ya que la crítica especializada no le ha puesto la atención requerida; simplemente en cuanto a las impresoras durante el virreinato se contabilizan catorce impresoras (Figura 2) y es posible que las mujeres dentro del ámbito tipográfico sean muchas más de las que se tienen registros.


Notas

1 Dentro de la cultura mexicana, Tomás Granados en su obra Libros sugiere que los llamados “códices mexicanos” no debían ser nombrados de dicha forma, puesto que estos se acomodan en forma de biombo, muy distinto que los códices que se conocían, así que lo más apropiado es llamarlos “manuscritos figurativos” o “libros de pinturas”, por su parte Gregorio Weinberg los localiza como “libros pintados”. V. Granados, Tomás. “Viejos libros de aquí y de allá”. Libros. Pp.25-58.

2 Gregorio Weinberg en su obra El libro en la cultura latinoamericana sugiere un título más extenso: Breve y más compendiosa doctrina cristiana en lengua mexicana y castellana, que contiene las cosas más necesarias de nuestra fe católica, para aprovechamiento de estos indios naturales y salvación de sus ánimas.

3 Estuvo inmiscuida en diversos problemas legales, esto sirvió para demostrar todas las tareas que realizaba en su taller, una de esas situaciones fue la que dejó al descubierto que en el patio de su casa se dedicaba a la elaboración de tinta para su imprenta.


Bibliografía

Beltrán, Luz del Carmen. Mujeres impresoras del siglo XVII novohispano en México”. Fuentes Humanísticas, 48 (2014): 15-28.

Corbeto, Albert y Marina Garone Gravier. “Huellas invisibles sobre el papel: las impresoras antiguas en España y México (siglos XVI al XIX)”. Revista de historia 17, 2 (2011): 103-123.

Garone, Marina. “Herederas de la letra: Mujeres y tipografía en la “Nueva España”. Redacción VTD. (Marzo 2006).

——————. “Impresoras hispanoamericanas: un estado de la cuestión”. Butlleti de la Reial Academia de Bones Lletres de Barcelona LI, (2008): 451-471.

——————comp. Las otras letras. Mujeres impresoras en la biblioteca Palafoxiana. Museo Biblioteca Puebla Palafoxiana, Puebla, 2008. P.80-84.


María Fernanda nació una tarde de marzo en la Ciudad de México, mujer de nombre fuerte. Fue criada bajo el seno de mujeres valientes, quienes la motivaron a no espantar sus sueños con el “yo no puedo”. Actualmente estudia la licenciatura en Letras hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana la “casa abierta al tiempo”. Es amante de los gatos, se identifica con cualquier manifestación artística y con el feminismo. Comenzó a colaborar en La Coyol Revista en mayo de 2021 con el artículo «Yo nací libre: el desengaño del “amor romántico” en el Quijote». Su tiempo libre se lo dedica a la pintura y a la fotografía.

IG: @brujad_elmar

Escribir para resistir | Sobre [mi] depresión

Por María José Soto.

No tengo claro el momento en el que la depresión llegó. De pronto, el cuerpo me duele sin motivo aparente, estoy cansada todo el día y la emoción que más me domina es odio. 

En las mañanas, cuando suena mi alarma, solo quiero seguir durmiendo todo el día. No me importa la escuela, no me importa ver a mis amigos y amigas, no me interesa fingir que no me siento mal. 

Me siento en modo automático, haciendo cosas para aparentar ser funcional. Las noches son peores, me siento sola, enojada, pongo a Cerati a todo volumen, pero no es suficiente. Quiero hablar, pero no sé con quién; quiero distraerme, pero no puedo concentrarme en nada que no sea el dolor. Quiero que el tiempo se detenga, que deje de correr el reloj, que nada avance. Que me dejen sentir todo lo que abruma, lo que me asfixia. Quedarme en cama todo el día, gritar, maldecir, hasta que me deje en paz.  

La depresión llegó de sorpresa, viene con sus amigos y nunca me dejan sola. Me ha quitado la energía, ha implantado ideas horribles en mi cabeza y muchas veces casi me convence de materializarlas.  Pero, lo peor es que no me deja escribir, ni siquiera me permite llorar. No sé cómo sacarla de mí, así que, solo me queda aprender a vivir con ella. 

María José Soto nació la noche lluviosa del 29 de junio de 2001, en Querétaro, México. Es estudiante de Comunicación y Periodismo, bailarina de ballet y feminista. En lo literario, ha publicado sus cuentos en espacios digitales como Especulativas, La Coyol y Las Sin Sostén; en lo periodístico, su trabajo se puede encontrar en Tribuna de Querétaro (2021), Notas Sin Pauta y su columna Escribir para Resistir en La Coyol Revista.

Twitter: @TristezaFeliz29

Instagram: @majoescribiendo

Entre Caos Poético y Textos Perdidos | El fin del mundo : la muerte como vértebra del sentir mexicano.

Por Elizabeth Vázquez Pérez


«24 octubre de 1994: Mi tía tocaba el timbre para invitarnos a observar desde su automóvil el despertar del volcán Popocatépetl que yacía entre ceniza y adrenalina mas no se pudo notar  nada, solo una brasa a lo lejos nos amenazaba para poder ir regresando a casa. Fue donde tuve una sensación de temor por morir que me invadió más que la curiosidad a la que no alimenté. Mejor guarde debajo de mi cama  en una maleta aditamentos y cosas importantes hasta quedar dormida. Esa era mi otra yo guardando el miedo por sentir quizá mi fin aunque la verdad no sería de esta manera, supuse…»

Puede sonar muy trillado el tema del fin del mundo y sin duda existen muchos mitos que a lo largo de la historia  se han divulgado  sin embargo para mí  significa el culmine de la vida, la muerte.

La muerte es un sentir que vive pausado en el ser humano puesto que sabemos que algún día llegara más no sabemos cuando  suprimiendo la idea en el vivir quizá hasta cuando se sea un anciano y esperar a ver que pasa aunque en realidad no se sabe puesto que es un momento y no existe persona alguna que haya regresado para contarlo.


La visualización de la muerte cambia en cada persona dependiendo el contexto, tradiciones costumbres y cultura en la que se desarrolle. Como por ejemplo la tradición en México de los fieles difuntos y de todos los santos festejado el 1 y 2 de noviembre de cada año dónde se hacen diversos altares a los difuntos o muertos que conforman un ritual para regresar al mundo a degustar , las acostumbradas calaveras literarias qué en sus versos reflejan una forma burlesca a la muerte, la ironía del temor.
Por estas razones creo que la sociedad mexicana se fortalece  transformando esta sensación como parte de la tanatología haciéndolo increíblemente consciente y venerado.
Pienso que la muerte  es como la vértebra del sentir mexicano porque se fusiona la creencia con la incredulidad, la fe con la expectativa y la esperanza con la agonía en el último suspiro de vida.
En mi experiencia he retado en diversas ocasiones a sentirla de cerca como la citada anteriormente donde el temor formó parte de mí hasta después de analizarlo bien, donde el contexto era una erupción volcánica . También he visto mi vida en un segundo tras no poder subir a superficie en una piscina que fue lo más cerca de ella que estuve a los quince años.

Foto @lizzie_chknormal28


Conforme pasan los años el temor por el final de la vida  lo tratamos de alejar  como en el juego de la cuerda donde hay veces que se gana tiempo luchando con toda fuerza mientras que en el lado contrario  el hilo de la vida corta con precisión y nos conduce al fin allegado.

Sucede que a veces nos concentramos en el «después de» como los que se mencionan en  diversos libros de biografías históricas donde los personajes  planean su funeral sin embargo aunque se deje estipulado su voluntad no siempre se cumple del todo y eso hasta nuestros días sigue sucediendo.

Mientras llega mi momento sólo diré que el fin del mundo aunque se anuncie próximo de manera global no sabremos que pasará al igual que el nuestro y la manera de visualizar será distinta en cada ser humano por lo que no debe ser motivo de preocupación, no más que sobrevivir.

Yo solo quiero que se me recuerde en el cempasúchil cuando el fin del mundo pase a ser la vértebra de mi sentir, sentir mexicano.

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Elizabeth Vázquez Pérez escribe desde siempre en la ciudad de Puebla, México. Estudió en el Instituto García de Cisneros y en la facultad de Contaduría Pública en la BUAP (2002).
Estudió ensayo literario en la Secretaría de Cultura del gobierno del Estado (2019-2020). Ha publicado en revistas electrónicas: revista Hilal Puebla (ensayo Un vicio silencioso, 2020), Revista Foco Literario de Argentina (poesía, Haiku 2021) y Caracola Magazine en México (poesía Degustación, ensayo "Solo ellos pueden hacerlo" , relato " Dos por un cuarto de hora", 2021), editorial CEA España (retos escritura 2021,haiku) , ha publicado en Poesía de morras , Revista "El Cisne"(poesía)
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Historias de alacenas, vitrinas y macetas. I Retrato en sepia.

Por Arizbell Morel Díaz.

Photo by Juanjo Menta on Pexels.com

En medio de la ofrenda, Petra colocó mi fotografía más reciente. En ella luzco como si toda mi vida hubiera sido color sepia y jamás una sonrisa se hubiera cruzado por mi rostro enjuto aunque joven. Mi fotografía que contrasta con el colorido de las calaveras azucaradas y el papel picado la mira desde los recuerdos. A pesar de ellos, Petra sonríe. 

Petra siempre me quiso más que cualquier otra persona, solamente ella pondría mi fotografía en esta casa donde las paredes hablan gritando, donde un altar no es para un santo y los perros se han olvidado hasta de ladrar. 

¿Para qué volvería mi ánima a este lugar?

Pero Petra no piensa en eso, ella solo se encarga de ponerme la ofrenda y sonreír con sufrimiento. Petra quien siempre fue más que una buena madre. 

El calor de las velas me gusta. Hace que la habitación sea más cómoda y menos lúgubre. Ni la hojarasca se atreve a entrar con el viento. El amarillo de los árboles se queda pegado en los cristales de las ventanas como si supieran que en este sitio no cabe ni la esperanza de la felicidad. 

Petra sigue limpiando, se dirige a la cocina y comienza a lavar unas ollas. Ella que no cree en los fantasmas pero atesora mi fotografía anhelando que tal vez el mío sí exista.

Hoy, la miro tallar las cacerolas con detenimiento. Petra frunce mucho el ceño. Eso nunca me gustó, no tendría por qué hacerlo. 

Si pudiera decirle que la otra vida es un constante día helado en el cual has olvidado tu suéter favorito, ella solamente se reiría de mis ocurrencias. 

¡Tiene mucha imaginación, Lolita! Me decía cuando en las mañanas, sentadas frente a una taza de café con piloncillo, le contaba mis aventuras del día anterior. Miles de sueños por realizar despierta. Cuando estaba viva me encantaba la idea de viajar. 

Pero no, nunca pude. El dinero, el tiempo, la compañía se interponían entre los miles de planes que encajaba mi cabeza, en los planos de lugares por conocer que ya no existen más. 

Ahora que no necesito ni el dinero pero tengo el tiempo no puedo viajar, trasladarme me parece poco sensato. ¿Quién cuidaría de Petra sino estoy yo para asegurarme de que si cae muerta en la cocina se escuche un ruido?

¿Quién más se alertaría si un día no regresara para apagar las velas de un altar improvisado que le hizo a su sobrina? 

Ella que siempre fue mi única compañía se quedaría completamente sola a escuchar los ruidos de la casona casi vacía. 

No, no puedo hacerle eso. Aunque los años pasen, mi fantasma está ligado a las lágrimas de su rostro, al frío de esta habitación, a la mugre entre los azulejos añejos que ya pueden ser de cualquier color. 

Petra me tiene a mí, a Dolores para cuidarla. Si supiera que estoy junto a ella, tal vez se sentiría menos solitaria, menos abandonada. Entonces, tal vez y solo tal vez, abriría la ventana chirriante para dejar entrar unas cuantas hojas y en medio del altar habría una alfombra de amarillos y naranjas que combinaría con el sepia de mi retrato a medio olvidar. 

Pero Petra no puede saber eso, ella solo talla una olla más. 

Ahora soy una estadística, un número más en los obituarios de la Ciudad abominable e innombrable que está más allá de estas cuatro paredes amarillentas, deslavadas como la blusa de Petra.

¿Qué es una vida? Me pregunto todavía si existe una respuesta. 

Saberlo ya no me afectaría, pero el gato aunque muerto tiene hambre de comprender. La curiosidad nos hace humanas, las respuestas nos matan. Es una muerte lenta la del saber, a cuenta gotas. Despacio, como la erosión, el cuerpo se va desgastando, se va deshilachando hasta que no queda más que un retazo de lo que una fue. 

Ojalá mi muerte hubiera sido así.

Ojalá mis ojos se hubieran secado poco a poco y mi cráneo pulido con el viento, dejando una maraña de cabellos entre los huesos lisos y medio rotos de lo que fue una mujer. 

Pero no, mi muerte fue la de México. A mi muerte yo no la elegí. Él la seleccionó y ella vino a mí. Solo se les olvidó avisarle a Petra que yo ya no iba a venir. 

Entre la ofrenda, ella me busca y adorna la casa con cempásuchitl oloroso esperando que los pétalos, un tanto ya descoloridos, me puedan guiar de vuelta aquí. Petra, que quiere más que nada en el mundo que yo venga a apagar una de sus velas, que coma el dulce de camote y parta la calabaza para hacernos una sopa con ella. Ella, mi madre, mi tía, mi vecina quien todavía desea que yo llegue con las manos rebosantes de papel picado a decirle ¡Qué bella tu ofrenda! ¡Qué colores, qué olores! Pero le falta un muerto para merecerla. 

Al menos, yo te traje una muerta. 

Petra termina con sus quehaceres, voltea a la ofrenda y sonríe. Camina despacio hacia su habitación, hacia nuestra habitación y cierra la puerta con la fuerza que le queda. La escucho sollozando, ojalá pudiera abrazarla. 

Decirle, no fue tu culpa. Estas cosas pasan, aunque una no quiera. En realidad, ya sabía que podía ocurrir…La ofrenda te ha quedado divina, no siempre nos llevamos bien. Petra, mujer, vive tú, aprovecha las horas que a mí ya no me quedan. Sal a correr por los campos de asfalto. 

Yo ya no estoy, olvídate de que existí si es para llorarme. No busques entender, la justicia es una ilusión, un consuelo a la moral. 

Vive, si me quisiste realmente, vive. 

Pero el único ruido que escucha Petra es la hojarasca tratando de entrar por esa ventana. 

Arizbell Morel Díaz.

Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart, Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla con la compañía La Crisálida así como el proyecto “Dame un tenor” de Ken Ludwig seleccionado en el programa “Incubadoras de Grupos Teatrales UNAM 2020-2021” de cual también es co-traductora. 

También se desempeña como asistente de dirección y elenco de “Die Dreigroschenoper” de la Facultad de Música de la UNAM, dirección de Diana Viguri y adaptación de Horacio Almada Andersen. 

Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera” (2021)  y “Barista” (2021).

Fragmentos sobre nuestro nombre secreto

Por Nitz Lerasmo

I

Una sentencia tatuada en las entrañas de un fruto agridulce y prohibido. Degustar aquel fruto nos inició en las visiones del saber esotérico, del conocimiento oculto. Desnudas, nos arrojó a la envidia y a la maledicencia que sufren todas las iniciadas en una aldea de profanos.

II

Grabaron en nuestra memoria la sangre como un castigo. Pero el rubí líquido era un don de vida que fluía, río indómito, entre los muslos.  No quisieron mirar de qué leche se nutrieron y por eso, tras veladas sedas, ocultaron nuestros senos.

III

El odio que otros nos profesaron se volvió una costumbre que terminó por asentarse en nuestras cabezas. El Dios de nuestros amos nos declaró obscenas y voluptuosas. Tuvimos que cubrir nuestros cabellos frente a ellos para no despertar su lujuria. Poco a poco, nuestro cuerpo emuló la forma de la jaula en la que estábamos encerradas.

IV

Hartas de la inmundicia y perversidad que nos adjudicaron, renegamos y maldijimos nuestro cuerpo de mujer que sólo servía como receptáculo de simientes. Piedra en mano, rompimos el espejo que reflejaba nuestra nítida imagen.

V

Soportamos el miserable ultraje y la humillación que lacera la carne del alma. Soportamos, aprendices de aves fénix, las llamas que calcinaron nuestros duros huesos. Soportamos la culpa imputada a la inocente. Y contemplamos la coronación universal del culpable.

VI

Mudas, retornamos a nuestras alcobas para adornar con lágrimas el espejo fragmentado.

Tratamos de unir las piezas, de reconstruir lo destruido. Pero ninguna pieza encajó porque ya habíamos aprendido el varonil arte de despreciarnos entre nosotras.

VII

Las raíces del tiempo se expandieron en todas las direcciones, y el mundo continuó su cortejo fúnebre. Mientras tanto, fuimos vejadas una y mil veces más, calumniadas y ahorcadas por las manos de hierro que nos esposaron. Morimos plagiadas y anónimas, sepultadas en una tumba sin fecha, en un cementerio custodiado por el cielo nocturno.

VIII

Pero cuanto más fuimos odiadas, más nos volvimos temerarias y desobedientes. Nos convertimos en sirenas devoradoras de náufragos. Y entonces, en la oscuridad de la sospecha, aprendimos a adorarnos como se adoran a las antiguas diosas de arcilla desenterradas y redescubiertas.

IX

Con la goma de las estrellas caídas, unimos las piezas del espejo fragmentado. Reconstruimos la imagen, emblema de nuestro rostro. Nos empeñamos en resucitar la memoria. Incendiamos la bandera del olvido que se había erguido en el territorio de nuestro cuerpo. Emprendimos la búsqueda del nombre que nos arrebataron.

X

Y cuando el espejo estuvo listo, acariciamos nuestra imagen reflejada. Besamos aquellos senos y el consagrado monte de Venus. La imagen cobró vida y salió del espejo para amarnos cuerpo a cuerpo, entre iguales. Para amarnos entre cómplices del útero primigenio, el anhelado fruto que porta nuestro nombre secreto.

De disfraces, Chicas pesadas y muchas conejitas

Por Fernanda Loé

En la literatura es común que se presente la oportunidad de ser alguien más, de parecer otra persona, de engañar, de cobrar venganza sin ser descubierto. Todas estas situaciones van de la mano de un elemento clave: el disfraz. La indumentaria siempre ha provisto las herramientas necesarias para permitirnos mostrar u ocultar nuestra identidad. Y claro que estos elementos han sido explotados en su máxima potencia, sobre todo en el teatro, con personajes como Rosaura en La vida es sueño, por ejemplo.

Desde siempre, el disfraz ha representado esa otra parte de nosotros que puede salir a la luz, al intercambiar el rostro que mostramos al mundo por el que nos gustaría representar, aunque sea por un rato. Claro que las intenciones del disfraz pueden ser muchas, ya lo he mencionado, pues no tenían la misma intención Rosaura al vestirse de hombre, que Zeus disfrazándose de Artemisa, por ejemplo. Sin embargo, siempre se reconoce un hilo conductor, que, a mi parecer, es la intención detrás del cambio, es decir, el fin último de aparentar.

Pero para hablar de cómo el disfraz ofrece la oportunidad de ser más de lo que se es, voy a recurrir a películas donde los estamentos sociales son claros y definitivos, es decir, películas de adolescentes, donde uno de los clichés más conocidos es el de escalar por la pirámide social. Así lo muestra la película La nueva cenicienta, estrenada en el 2004 y protagonizada por Hilary Duff. Como bien lo dice el título, la historia está basada en el clásico de Disney, La cenicienta, por lo tanto, la protagonista, Sam, vive con su madrastra y hermanastras, que la tratan con la punta del pie, sin embargo, por su carácter bondadoso, amable e inteligente, soporta todo eso con tal de ir a la universidad con el dinero que le dejó su papá al morir.

Es necesario mencionar que, en la escuela, Sam, junto con su mejor amigo, Carter, pasan desapercibidos puesto que no pertenecen al grupo de “populares”. En esta versión el hada madrina es su amiga Rhonda, mesera del restaurante donde trabaja Sam. Ella, llegado el momento del baile, le proporciona el vestido y el antifaz que será su disfraz. La realidad es que no hace falta nada más para ocultar su identidad, puesto que la mayoría no la nota en el día a día. Así que el disfraz le proporciona la oportunidad no sólo de ocultar su identidad, sino de destacar. Y vaya que funciona puesto que logra hablar con su príncipe azul, el atleta más popular de la escuela, Austin Ames.

Lo interesante es que el disfraz es útil para otros personajes también. Austin Ames en realidad usa un “disfraz digital” puesto que con un nombre falso ha estado hablando con Sam sin decirle su verdadera identidad para evitar prejuicios. Para él el disfraz le garantiza una especie de filtro, evitando que la gente finja simpatía por conveniencia. Por otro lado, Carter, disfrazado de El zorro, muestra una parte de su carácter y personalidad que nunca había mostrado, pues se desenvuelve de manera audaz y confiada. Para él, el disfraz le da el empujón que necesitaba para obtener lo que quiere: besar a la chica más popular de la escuela. Más adelante incluso menciona que sin el traje de justiciero, sus poderes sociales desaparecen.

Otra película en las que los disfraces son icónicos, no tanto por el gran diseño de vestuario sino por la dinámica que generan, es Chicas pesadas del 2004. Cady (Lindsay Lohan), la protagonista, se adentra en el concepto de Halloween, pensando que triunfará, pero está muy equivocada. Acostumbrada a estudiar en casa, para ella todas las “reglas sociales” son desconocidas, entre ellas, la del propósito de la festividad, por lo menos entre adolescentes:

“En el mundo normal, Halloween es cuando los niños se disfrazan y salen a pedir dulces. En el mundo de las chicas, Halloween es la única noche del año en que una chica puede vestirse como una absoluta mujerzuela y ninguna otra puede criticarla. Las chicas más rudas solamente usan lencería y alguna forma de orejas de animales.”

Dejemos un poco de lado todas las implicaciones horribles que eso trae, desde que son menores de edad hasta que se comercializan disfraces cuyo objetivo es convertir a quien lo porta en objetos de deseo. La misma frase insinúa que la crítica puede venir de otras chicas, no de otros chicos, puesto que los hombres jamás se molestarían al ver a las mujeres vestidas de manera sensual. Pero hablemos mejor de cómo esto está relacionado a la pirámide social y obviamente, a la popularidad.

La triada más poderosa está al tanto de la regla, por lo que Karen (Amanda Seyfried) se disfraza de ratoncita, Gretchen (Lacey Chabert) de gatita y la punta de la pirámide social, Regina George (Rachel McAdams) se viste de conejita. Siguiendo al pie de la letra lo antes dicho, todas llevan algún tipo de lencería, desde un corset, un babydoll y hasta un traje de cuero. Lo único que define sus disfraces son las orejas peludas y uno que otro accesorio. El objetivo obviamente es ser sexys, las más sexys de la fiesta. Es casi su obligación como reinas de la escuela. Además, saben de antemano que los ojos van a estar puestos en ellas, no sólo por sus reveladores disfraces. Aunque, como en el carnaval, es el único día del año que pueden ser tan reveladoras como deseen sin ningún tipo de represalia.

Cady, al contrario, cree que el objetivo es tener el mejor disfraz, obviamente aterrador, y caracterizarse por completo para dar miedo. Por lo tanto, se disfraza de una novia muerta, recurriendo a un vestido, peluca, maquillaje e incluso unos dientes falsos. Con lo cual resulta ser la burla de los asistentes, cosa que no entiende hasta ver al resto de las chicas de la fiesta, todas con sus disfraces minimalistas, maquillaje que las hace ver arregladas, botas altas, etc. Este suceso marca una clara diferencia entre quién puede lograr “brillar” en Halloween y por lo tanto, en la escuela, pues como era de esperarse, en la fiesta el chico más popular, Aaron, termina besándose con la chica más popular, Regina, que llama su atención debido a su disfraz.

Y aunque en esta película esto representa una ventaja, una mención honorífica entre el círculo social de las chicas, la situación resulta desfavorable en otras cintas. Un ejemplo de esto es Legalmente rubia, del 2001, donde la protagonista, Elle (Reese Whiterspoon) acude a una fiesta vestida de conejita de Playboy pero esto resulta en una burla, puesto que la fiesta no es de disfraces. La nueva novia de su ex le dice que es con disfraz obligatorio para hacerla quedar mal.

Algo muy similar sucede en El Diario de Bridget Jones, de 2001 también, donde Bridget (Reneé Zellweger) acude a una fiesta que inicialmente era temática de clérigos y prostitutas, pero que al final se convierte en una comida normal. Sin embargo, Bridget no recibe el aviso y tiene que soportar las burlas, comentarios y miradas de todos los asistentes al llegar vestida de conejita.

Como último ejemplo, la cinta Jamás besada, de 1999, en la que el baile de final de año es justamente de disfraces, la temática: parejas legendarias de todos los tiempos. Josie (Drew Barrymore), la protagonista pasa toda la película tratando de pertenecer al grupo de “populares” y como al final lo consigue, eso le trae nuevos beneficios. Consigue como cita al chico más popular y guapo, y por lo tanto, su disfraz tiene que estar a la altura. Pareciera, como siempre, que su vestimenta debe reflejar el estamento al que ahora pertenece. Por lo cual elige disfrazarse de Rosalinda y su pareja de Orlando (Shakespeare). Por cierto, él nunca entiende el disfraz, demostrando el cliché de que o eres guapo o eres inteligente.

Sin embargo, se ve la contraparte de los chicos que al principio eran sus amigos y que no son tan populares pero muy inteligentes. Ellos, representando sus intereses y su escalafón, se disfrazan de cadena de ADN, algo que a los demás no les resulta nada cool, de hecho, les da oportunidad de burlarse de ellos como es costumbre.  Un poco lo que pasa con el disfraz de Ross en Friends (va de Spotnik, un juego de palabras sobre el satélite Sputnik).

Las chicas “populares” por su lado, demuestran también que su elección de disfraz deja ver su personalidad. Todas llegan vestidas de una versión distinta de Barbie. Es decir, son una copia unas de otras, con pequeñas diferencias, pero, al fin y al cabo, una copia. Incluso se quejan de que a todas se les ocurrió lo mismo, aunque más bien, ninguna pudo pensar en un disfraz más ingenioso.

En conclusión, dejando de lado que cada película, por la época a la que pertenecen, tiene algo que hoy ya entendemos como inapropiado (La nueva cenicienta: maltrato infantil, Mean Girls: anorexia, homofobia, El diario de Bridget Jones: gordofobia, acoso laboral, Jamás besada: relaciones inapropiadas entre profesores y menores de edad, etc.), creo que nos regalan escenas icónicas gracias a los disfraces que muestran. Son películas que me encanta ver y que siento que siguen vigentes. Siguen llamando la atención entre el público joven, más allá de sus desaciertos, porque nos acerca a esa ilusión de fiestas de disfraces, maquillaje especial, pelucas, etc. Al fin y al cabo, ese deseo de ser alguien más, aunque sea por un día, sigue vigente.

50 sombras de morado | Escritoras latinoamericanas de la A a la Z, o para que leas la próxima vez que se caigan las redes sociales.

Por Irene González.

En los últimos años hemos visto con muchísimo gusto cómo un número importante de escritoras latinoamericanas se ha ido abriendo paso a través del mundo literario. Muchos años las voces femeninas se vieron silenciadas; a la sombra de una figura masculina, disfrazadas con seudónimos o tajantemente censuradas. Por ello hoy queremos listar en orden alfabético y con hipervínculo, a algunas de estas mujeres cuya obra y trabajo debemos tener en la mira.

Queda un largo camino por recorrer en términos de equidad en el mundo literario, sin embargo al difundir, conocer y respetar el trabajo de mujeres escritoras avanzamos un poco más hacia esa meta y honramos la labor de aquellas que nos abrieron paso. Así que ya sabes, guarda este listado en la pestaña de favoritos y encuentra aquí tu nueva lectura para el próximo día de cataclismos digitales.


Irene González estudió la licenciatura en Arte y Animación Digital en el Tecnológico de Monterrey. Graduada del Diplomado en Literatura y Creación Literaria por “Literalia Editores”, fue miembro del círculo de escritores tapatío “El Jardín Blanco”. Ganadora del primer y tercer lugar en cuento en el “Concurso Nacional de Literatura del Tecnológico de Monterrey” 2011 y 2014 respectivamente. Finalista en el concurso internacional “Novelistik de Ciencia Ficción” 2016. Ha publicado en diversos medios digitales e impresos, incluyendo “Sirena Varada”, “En Sentido Figurado”, “Teresa Magazine”, “Quinde Cultural”, el periódico “La Jornada” y en su blog personal “Dystopian Fantasy”.  

Instagram: @r.irenegon 


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El realismo terrible de una religión con los mal llamados «dioses humanos» y los límites de la comprensión humana reflejados en los mitos griegos.

Por Enola Rue

Lefkowitz en su libro Dioses griegos, vidas humanas: lo que podemos aprender de mitos (2003) comienza planteando el problema de que muchos no siempre leen los mitos de las fuentes originales, sino aquellos mitos modernizados que tienden a trivializar el papel de los dioses. Por ejemplo, la frase errónea utilizada por Edith Hamilton que dice que «los antiguos griegos tenían dioses humanos».

Ahora bien, cuando los escritores antiguos cuentan las historias, los dioses juegan un papel importante e incluso dominante. Los mitos eran fundamentalmente historias religiosas, las cuales narraban sobre cómo llegar a un acuerdo con fuerzas más allá del control humano.

A saber, la Ilíada les enseña que aun los más grandes héroes no podrían haber logrado muchas de sus hazañas sin la ayuda de los dioses, o saber con certeza cuáles serían las consecuencias de sus acciones. Además, los mortales no son conscientes de las acciones de los dioses porque estos aparecen disfrazados o envueltos en niebla.

De igual manera, Lefkowitz señala que cualquier cosa extraña, repentina o impredecible puede ser un presagio. Por ejemplo, nos recuerda la anécdota histórica sobre Creso, el rey de Lidia en Asia Menor (hoy parte de la Turquía moderna) fue al oráculo de Delfos para preguntar si debía atacar a los persas. La famosa y ambigua respuesta fue, según Heródoto en el siglo V a. C.: “Si cruzas el río Halys, destruirás un gran imperio”(1.53.4).

En efecto, Creso olvidó que los mensajes de los dioses suelen tener un lenguaje ambiguo o difícil de interpretar, que estos pueden engañarnos deliberadamente. Como sabemos, un imperio fue destruido, pero fue el del propio Creso.

Con certeza, nuestra noción de divinidad difiere de la de los antiguos griegos. A nuestro entender, o al menos los que se criaron en la tradición judeocristiana, Dios es bueno, se preocupa y quiere en última instancia ayudar a la humanidad. No obstante, para los antiguos griegos, los dioses se mantenían en el Olimpo, alejados de los humanos. Estos no amaban a ninguna persona incondicionalmente. Incluso si se preocupaban por sus hijos, o si se enamoraban de otros mortales, siempre los abandonarían.

Pongamos por caso a Odiseo, un mortal tan inteligente y valiente que nunca se dará cuenta de la extensión de su propia ignorancia y al final de Odisea está a punto de perder todo aquello por lo que ha luchado por su deseo de venganza. Entonces, Atenea interviene para detenerlo, siempre disfrazada y nunca se queda por mucho tiempo. Lefkowitz demuestra que a la diosa Atenea le gusta Odiseo por su ingenio, pero esto no le impide abandonarlo a su suerte por años y tampoco se enfrenta a la ira de su tío Poseidón con el héroe. Entonces, la autora señala que los mitos ayudan a los seres humanos a aceptar los límites de su propia comprensión.

En el mismo orden de ideas, en Edipo y Antígona de Sófocles, los dioses no intervienen para evitar la ruina y muerte eventualmente de toda la familia. Lefkowitz manifiesta que el problema no era que Edipo estaba enamorado de su madre, esa interpretación del mito nos dice más de Freud que de Edipo, sino que, tal como lo relata Sófocles, Edipo no sabía quién era realmente.

Inicialmente, la obra nos muestra como la ciudad de Tebas se encuentra bajo una plaga terrible. Por lo que el oráculo de Delfos, bajo un mensaje ambiguo, le dice que la plaga fue enviada por los dioses porque un asesino estaba contaminando la ciudad. El mismo Tiresias le advierte a Edipo que el asesino no era otro que el mismísimo Edipo. Sin embargo, aquel no le cree e investiga por su cuenta, solo para descubrir que en su intento por evitar la conocida profecía que tendía sobre sí, se las había arreglado para cumplirla.

Sus hijos también sufren otras desgracias. Sus dos hijos se matan en un combate singular y su hija Antígona muere por realizar los ritos funerarios para uno de ellos, yendo contra las órdenes del rey Creonte. De la misma forma, Tiresias le advierte que los dioses deseaban que se realizara el entierro, pero cuando persuade a Creonte ya era demasiado tarde: Antígona, el hijo y la esposa de Creonte se habían suicidado. La obra culmina con el rey Creonte quedándose solo.

Ahora bien, ¿por qué los dioses permitieron que tantas desgracias se sucedieran, cuando pudieron evitarlas fácilmente? Los dioses castigaron a Edipo por un crimen que había cometido Layo. Como dice el coro en Antígona de Sófocles, un crimen lleva a otro y eventualmente los dioses provocan la destrucción de una familia completa.

Ocasionalmente, personajes menores en estas obras aconsejan la moderación y el honrar a los dioses, pero Lefkowitz se pregunta cómo saber que eso es exactamente lo que hay que hacer, si los mensajes que los dioses envían son ambiguos y nosotros tendemos a equivocarnos. ¿Cómo puede alguien saberlo, si incluso los más sabios entre nosotros no están seguros de con quién están hablando?

¿Por qué los dioses no están preparados para ayudar a los mortales a ser menos ignorantes? Lefkowitz plantea que un griego antiguo podría responder que se debe a que los dioses no existen con ese propósito, que ellos están en el poder y solo heredaron a la humanidad como parte del mundo creado por sus predecesores. Los antiguos griegos jamás esperarían en Zeus a un padre que los cuidara o verían en Hera a una madre sustituta, un papel que no sería para la diosa más enfadada y engreída de todas. No obstante, los seres humanos les ofrecían sacrificios y ofrendas en santuarios y espacios sagrados para que los dioses los ayudaran.

Para concluir, la autora nos manifiesta que la principal razón por la que se contaban estos mitos es porque su religión describe el mundo tal como es, con un realismo terrible. Los mitos explican por qué una persona no puede escapar de un destino aciago confiando en su propia inteligencia: en el proceso de evitar la profecía, Edipo se las arregló para cumplirla. También relata como alguien como Antígona puede hacer lo correcto pero, no obstante, morirá y no será recompensada en vida.

Es incuestionable que es una religión en la cual no se puede depender de deidad alguna, ofrece responsabilidades en lugar de recompensas al ser humano. Los mortales siempre recurriremos a otros mortales para recibir apoyo y afecto, porque en el mejor de los casos, la simpatía de los dioses no es menos que distante.

Aun con las claras diferencias entre esta religión y las principales religiones de nuestros tiempos, Lefkowitz asegura que es una religión que busca el cuestionamiento de las divinidades y los oráculos porque ese cuestionamiento ayuda a comprender mejor las limitaciones humanas. Entonces nos alienta a preguntarnos ¿realmente sabemos lo que nos sucederá cuando decidamos “destruir un gran imperio”?