Por Irene González
El otro día encontré que tenía nuevas arañitas rojas en mi pierna. De esas venitas que se marcan sin volver a desaparecer fácilmente. Otras que habían aparecido en años anteriores algunos días se vuelven más notorias. Várices. También noto que gano peso con mayor facilidad, la celulitis se asoma de forma inevitable.
Con el paso del tiempo se me ocurren más y más cosas que nombrar como defectos. Que si los muslos anchos, que si la grasa en el abdomen. La nariz aguileña que según mi familia es herencia y según yo tabique desviado, los pies planos y grandes. Cien complejos, mil detalles que “trabajar” y la idea de que todo sería mejor, de alguna manera, si perdiera ese pesito ganado en cuarentena, si tuviera el abdomen plano y el pecho me creciera.
Este cuerpo me mantuvo sana durante una pandemia, ¿pero quién se fija en eso? Estas piernas me permiten pasear a mi perro, aguantan los días más intensos, no flaquean, pero de eso no me acuerdo. Lo que sí recuerdo es que son cortas. Siempre es más fácil echarse en cara lo malo.
A veces pienso que tengo defectos que ni siquiera son tal. Existen nueve tipos de pezones, nueve tipos de senos, otro tanto tipo de nalgas, pero se me olvida y pienso que solamente hay uno. Un ideal, una única clase de cuerpo. Estoy familiarizada con el término Body- Shaming: humillar a otros por su físico, y soy más y más consciente para deconstruirme al respecto. ¿Por qué entonces no dejo de hacérmelo a mí misma?
Amar la propia piel se dice fácil. “Quiérete, así tal cual” Me lo repito como un mantra. Pero a veces es un trayecto complicado. Un proceso irregular donde un día amo cada detalle y al siguiente lloro frente al espejo, desnuda y sintiéndome vulnerable. A veces la propia piel quema, cala.
Reconciliarse con el propio cuerpo es un viaje, y no tiene que ser igual para todos. Tampoco es un viaje por el que se deba transitar solo, jamás estará mal pedir ayuda. No siempre es posible entender lo que vive cada persona dentro de su piel, lo que ve o lo que siente. Pero si estoy dispuesta a ser empática, a defender el cuerpo ajeno incluso de mis propios pensamientos, entonces puedo intentar mirar hacia adentro, redescubrir aquellas cosas que me enamoran de mi cuerpo, hasta eventualmente hacer las paces con esos “defectos”. Soy más que un trabajo en proceso.
Es difícil sentirse expuesto. Cuando alguien pregunta con el ceño fruncido, ¿tienes estrías? Pues sí, sí tengo. Ni hablar, este es mi cuerpo. Así es, y así habrá que amarlo, con sus pechos disparejos, las orejas saltadas que alguna vez pensé pegar con kola loka, los rollitos y los dedos chuecos. Tenemos tiempo para aprender a entendernos, mi cuerpo y yo. Supongo que este discurso es una especie de carta de disculpa, y a la vez un mensaje de agradecimiento. Uno que le debía desde hace rato.

Irene González estudió la licenciatura en Arte y Animación Digital en el Tecnológico de Monterrey. Graduada del Diplomado en Literatura y Creación Literaria por “Literalia Editores”, fue miembro del círculo de escritores tapatío “El Jardín Blanco”. Ganadora del primer y tercer lugar en cuento en el “Concurso Nacional de Literatura del Tecnológico de Monterrey” 2011 y 2014 respectivamente. Finalista en el concurso internacional “Novelistik de Ciencia Ficción” 2016. Ha publicado en diversos medios digitales e impresos, incluyendo “Sirena Varada”, “En Sentido Figurado”, “Teresa Magazine”, “Quinde Cultural”, el periódico “La Jornada” y en su blog personal “Dystopian Fantasy”.
Instagram: @r.irenegon
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