Letras Revueltas|Razones para salvar al mundo. Parte II. Pan para las rotas

Por Illari Alderete

Una de las exigencias que se me atraviesan de vez en cuando, es ser delgada. Actualmente, no lo soy, tengo cierta robustez. Hace no tanto, vi un meme que decía que nadie que disfrutara la vida se veía delgado, sé que suena a excusa. Sin embargo, en mi caso, sí hay una relación. Cuando yo tenía 20-30, era sumamente delgada y, en ese entonces, mi crítica personal era que me percibía muy delgada. Recuerdo que podía pasar el día sin comer o comiendo muy mal, y que me costaba trabajo comer un plato entero, incluso me enfermé y el médico se desesperó conmigo porque no comía. Me entristece pensar que una de las etapas en la que debí experimentar mayor júbilo, la viví con angustias sobre el futuro y sobre mi cuerpo. 

En una ocasión, platicando con varias amigas comenté que yo podía prescindir de la comida, es más que para mí sería mejor tomar una pastilla y continuar con mi día. Mi amiga me dijo que cómo era posible que quisiera evitar uno de los placeres en la vida. Hoy me pregunto¿Qué era tan urgente, que prefería no alimentarme?

Me cuesta comprender a la Illari de hace 20 años, aunque sospecho que esa aversión por la comida estuvo mediada por un “no disfrutar la vida plenamente”, un miedo a la vida misma. Lo paradójico de la situación es que prácticamente crecí en una cocina, yo no lo sabía pero mi abuela, con paciencia, me enseñaba cómo habitar el mundo. Cuando comencé a hacerme independiente, incluso antes, descubrí que si bien la comida me resultaba problemática, cocinar me gustaba. Tal vez, tampoco me ayudó que cuando pedí un taller en la secundaria, escribí compulsivamente: COCINA, COCINA, coCINA, cocina, COcina… No dejo de pensar que quien seleccionó el taller por mí, sonrió al mandarme al taller de bordado. Hoy no bordo nada. Puede que me haya hecho un favor.

Para mí una obra clásica que habla sobre la comida es Como agua para chocolate de Laura Esquivel, secretamente me imagino siendo Tita. Cuando lloro en la cocina siento que mi comida tiene un sabor a tristeza. Me gusta la idea de que la comida transmita los sentimientos y las emociones. En realidad, mi faceta como cocinera, sólo se la he mostrado a mis seres queridos. No recuerdo el primer plato que cociné por mi cuenta, pero sí recuerdo que uno de mis platos favoritos de la infancia eran los huevos revueltos con frijoles, algo ocurre con nuestro gusto al crecer, que hoy han relevado a ese plato otros tantos, como los huevos rancheros porque me recuerdan a mi madre. Cada vez que los preparo regreso a mi pueblo con mi familia y siento que hay paz en el mundo.

Para mí la comida es una puerta al pasado, me reconecta a la memoria, me reúne con mis seres queridos. Quizás, la Illari universitaria no tenía un pasado al que volver, aún no experimentaba la pérdida y no sabía que aún, en ese lugar oscuro, la comida abre un camino que nos une con quienes nos alimentaron o con quienes compartimos la comida. Puede ser que también nos distraiga de los pesares del mundo como ocurre en el cuento que escribió mi amiga Daniela Neira “Los platillos de Sherezada” en el que Sherezada recurre a la receta de strudel de su abuela para evitar la muerte a manos del Sultán: 

“–Pienso en mi abuela, tardé tanto en arreglarme para esta noche sin la ayuda de mis hermanas, que no tuve tiempo de comer. Me hubiera encantado que mi última cena fuera el strudel que preparaba mi abuela.

El sultán a pesar de tener a los mejores cocineros provenientes de regiones impensables, no sabía lo que un strudel pero no quiso mostrarse ignorante o inculto ante Sherezada, así que se limitó a preguntarle cómo lo preparaba su abuela para que ella lo considerara un platillo tan especial, digno de una última cena.

Sherezada confesó que no sabía si la cuidadosa selección de los ingredientes era lo que lo hacía tan especial o si la masa madre de larga fermentación con lo que preparaba la pasta de hojaldre era la clave de ese sabor único, pero de lo que sí estaba segura era de que los aromas de las especias durante el proceso de cocción nublaban la vista, debilitaban el espíritu ansioso e impaciente del comensal y se encajaban en lo más profundo del estómago y el corazón. Claro, no podía ser de otra manera, su abuela siempre le dijo a Sherezada que al corazón solo se puede llegar por el estómago.” Las palabras de Sherezada. Antología, Colectivo Hékate, 2021.

A mí me encanta el strudel de manzana ¿Los alimentos de nuestras personas amadas soportarán los dolores del mundo? Como dijo Miguel Hernández:

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

[...]
Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

Nanas de Cebolla, fragmento.

¿Y ustedes qué cocinan cuando el mundo se viene abajo?

Illari Alderete

Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi cinco años cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.

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