Por Tania Farias
La pregunta surgió por un evento trivial. Estaba en casa de una amiga y esta se disculpó pues necesitaba realizar una llamada a su mamá. En el momento en que le dijo: “Hola, mamita, ¿cómo estás?” mi mente empezó a divagar y me desconecté por unos segundos. Después, mi amiga terminó la llamada y arrinconé el pensamiento en lo profundo de mi memoria, junto con todas las emociones que me había despertado.
Sin embargo, el pensamiento se me escapó un día después de ese suceso tan pequeño, a causa de la fecha que marcaba el calendario (aniversario luctuoso de mamá). Al encontrarme sola me permití pensar en lo que había sentido al escuchar esa frase de saludo de mi amiga y la pregunta que me había hecho en ese instante se clarificó en mi mente: ¿Qué hubiera sido para mí si al tomar el teléfono, al otro lado de la línea, efectivamente respondiera mamá? Esa simple pregunta me remontó a todos los « hubieras » que nunca pude vivir, ni sentir. Aquellos que se quedaron sin respuesta.
¿Cómo se escucharía el tono de voz de mamá si no hubiera muerto cuando yo era solo una niña? Mi memoria guarda un muy vago recuerdo de su voz, pero han pasado tantos años que tengo la duda de si ese recuerdo es real o lo he construido a través del tiempo. Imagino que, partiendo de la tesis de que mi recuerdo es verídico, su voz ahora se escucharía más débil, más cansada, quizás con cierta ronquera pues la edad no perdona a nadie y en mi memoria se quedó grabada el tono de una mujer joven.
¿Cómo me hablaría? ¿Cómo le hablaría yo? ¿Utilizaría la misma fórmula de mi amiga para saludarla “Un hola, mamita, cómo estás”? o, ¿tendríamos alguna manera especial para hablarnos? ¿Tendríamos una buena relación? Esa pregunta surge porque cuando ella se fue, yo aún no había entrado en la adolescencia; nuestros conflictos eran tan pocos y tan pequeños en aquella época que no sé qué pudiera haber sido cuando las hormonas se hubieran multiplicado en mi cuerpo y con ellas me habría dirigido a mamá. Quiero imaginar que la dulzura y la paciencia natural de mi madre hubieran prevalecido y cualquier diferencia entre nosotras se habría solucionado. Si ella viviera, sé que tendríamos una relación muy cercana.
¿Cómo se sentiría un abrazo de mamá? Una vez más mis recuerdos son tan difusos que esas sensaciones se fueron por completo, pero en mis momentos más complejos, muchas veces he llegado a imaginar qué sería tener de nuevo sus brazos para hacerme sentir que no estaba sola y que sin importar la situación yo tendría la fortaleza para superarla.
¿Cómo se sentiría su piel? Supongo que su piel sería suavecita, por todos los cuidados de humectación que ella tenía consigo misma. Con ello, otra pregunta surge, ¿cómo se vería mamá? La recuerdo maquillándose con una paleta variada de colores, peinando su cabello para que cada rizo cayera donde ella quería. Su guardarropa era extenso, y el número de zapatos que poseía, también. Mi madre era coqueta, mucho más de lo que yo jamás he sido. Ella utilizaba tacones y vestidos, yo he vivido la mayor parte de mi vida en total comodidad con tenis o sandalias de piso y pantalones de mezclilla. Con esos antecedentes, concluyo que si mamá viviera sería una viejita muy coqueta y encantadora.
¿Cómo olería si me recostara en su pecho? Recuerdo un perfume que ella utilizaba, era suave y dulzoso. La marca se quedó grabada en mi memoria más no el nombre de la fragancia. Alguna vez vi la misma marca que ella solía utilizar en una perfumería, pero el olor que ese frasco despidió no logró despertarme ningún recuerdo. No era el olor de mamá. Pienso que tal vez su fragancia ha sido descontinuada, por lo cual, si mamá viviera, ya no podría oler igual.
¿Cómo hubiera sido sentir la mano de mamá sobre mi vientre cuando estaba embarazada?, ¿cómo hubiera abrazado a su nieto?, ¿cómo habría cuidado de él?, ¿lo consentiría en sus caprichos, en sus gustos? Por lo poco que recuerdo de ella y lo mucho que me han contado aquellos que tuvieron la fortuna de conocerla mejor que yo, supongo que habría sido la abuelita más consentidora y yo habría tenido que estar interviniendo todo el tiempo para controlar los excesos.
¿Cómo la hubiera llamado mi hijo? En mi familia se utilizaba llamar a las abuelitas con el “mamá” por delante, seguido de su nombre en diminutivo o el apodo puesto por el primer nieto, que los demás seguimos. En ese caso, mi hijo podría haberla llamado mamá Paz. O quizás, un dejo de creatividad se habría asomado y ella habría llevado un nombre muy particular. Jamás lo sabré, pues mi mamá es un ente que ronda la mente de mi hijo de manera muy sutil, casi ajena a él y al que solo le pone un rostro por las viejas fotografías en mis álbumes.
El hubiera no existe, se suele decir, y aunque hoy pienso tanto en ella y en lo que hubiera sido si no se hubiera muerto tan pronto, estoy consciente de que todas esas preguntas se quedarán sin respuesta. No obstante, una vez más me doy cuenta de que no importa el tiempo desde su partida, su ausencia jamás podrá ser reemplazada. Me doy cuenta de que su recuerdo, aún vago, difuso, como viejas fotografías frente a mis ojos, seguirá vivo en mi corazón deseando que nunca se hubiera ido y que, este día, en lugar de recordar su aniversario luctuoso hubiera sido un día común y corriente en el que pudiera coger el teléfono, llamarla y decirle: !Hola!, mamita ¿Cómo estás?
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