El 14 de enero murió mi mamá, cuando sucedió, lo primero que sentí no fue tristeza pura, sino una mezcla rara: enojo, culpa, confusión. Me dolía que se hubiera muerto y, al mismo tiempo, me dolía que ese dolor no se pareciera a lo que se supone que debería sentirse cuando muere una madre. Como si existiera una forma correcta de llorar y yo no estuviera siguiéndola bien.
Crecí lejos de ella. La última vez que la vi, creí que iba a pedirme perdón. No lo hizo. Habló de maternidad como si no hubiera grietas, como si el pasado no pesara. Me fui enojada. Lo único que me llevé fue un detalle mínimo e inesperado: su letra. Escribía bonito. No recordaba eso. Y ese hallazgo pequeño, casi absurdo, fue lo más cercano que sentí a ella en años. Ahí, en una hoja escrita con cuidado, hubo algo que se parecía a mí.
Después vino todo junto. La muerte. Una crisis fuerte en mi relación. La sensación de que todo lo que antes se arreglaba fácil ahora se volvía imposible.
Una amiga, que había perdido a su padre tiempo atrás, me dijo algo que me abrió los ojos: cuando alguien muere, las emociones no cambian, se intensifican. El enojo enoja más. La tristeza pesa más. Las discusiones escalan. El cuerpo anda sin filtro.
Ahí entendí lo que me estaba pasando. Estaba viviendo una superposición de pérdidas. Pero me negaba a mirar una de ellas. Prefería pensar que todo lo demás era el problema, menos la muerte de mi mamá. Como si nombrarla fuera demasiado. Como si aceptarlo me fuera a romper del todo.
Y aun así, me rompí.
Me cerré. Con mi pareja. Con mi familia. Con mis amigos. Con quienes siempre me ven fuerte.
Cuando la seguridad se rompe, la palabra se encoge. No porque no exista nada que decir, sino porque ya no se sabe si decirlo va a cuidar o a lastimar más. Guardarme se volvió una forma de sobrevivir. Callar, una manera de no perderlo todo.
También apareció otro miedo, más hondo: el miedo a elegir mal. A repetir historias. A quedarme donde no debo. A convertirme en lo que juré no ser. La muerte no solo se llevó a alguien; dejó preguntas abiertas sobre el futuro, sobre las decisiones, sobre el fracaso, sobre el amor.
Después de casi 20 años todavía me descubro pensando que tuve que haber hecho algo mal. Que debía existir algo defectuoso en mí para que no se quedara. Durante mucho tiempo creí que el abandono era una consecuencia. Que si una madre se va, es porque una hija no fue suficiente. Cuando era niña me esforcé mucho por valer la pena. Por ser buena, por ser interesante, por ser digna de que alguien se quedara. No sabía que estaba intentando reparar una ausencia que no me correspondía.
Hay un tipo de duelo del que casi no se habla: el duelo sin vínculo. Ese que no nace de la cercanía, sino de lo que nunca fue. De las conversaciones que no existieron. Del perdón que se pensó resuelto y de pronto ya no tiene a quién dirigirse. Es un duelo silencioso, sin ritual claro, sin permiso social. Y por eso pesa doble.
A veces pienso que no ir al funeral estuvo bien. A veces me arrepiento. Ambas cosas son verdad.
No sé si ya perdoné. No sé si algún día iba a llegar esa conversación. No sé si el dolor se va a acomodar.
Lo que sí sé es que no todo duelo se llora igual, y no toda fortaleza consiste en aguantar en silencio. Mostrarme entera todo el tiempo me dejó sola. Y eso también cansa.
Quizá escribir esto no sea una forma de cerrar nada. Tal vez solo sea una manera de decir: esto existe, aunque no encaje en los moldes. Esto duele, aunque no se note como debería.
Porque al final, hay ausencias que no se van. Solo cambian de forma.
Mamá, eres la ausencia más presente en mi vida.
Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.
Hace unos días, mi novio me mostró una imagen que encontró en internet: el currículum de un hombre llamado Feng Yuan. Durante veintidós años trabajó como ingeniero en Microsoft, y después decidió dedicarse a criar gansos y a cultivar bonsáis. Me quedé mirando esa lista de empleos como si fuera una pequeña fábula contemporánea. Pensé en la vida de las personas que quiero, en sus caminos, en sus giros, en sus pausas. Pensé también en los míos, en todos los momentos en los que estuve convencida de saber quién era, hasta que algo cambió y ya no lo supe más.
¿Alguna vez has sentido que lo que ayer te definía hoy ya no encaja contigo?
Durante muchos años creí que mi vocación era la música. Desde muy pequeña, hasta los dieciséis, todo lo que soñaba tenía acordes y melodías. Luego, pensé que era el cine, y por eso estudié Comunicación Audiovisual. Más tarde, creí que eran las cartas. Cuando salí de la universidad, me acredité como jugadora profesional de baraja inglesa y trabajé durante un año de lleno en un casino. Pero después de ese año, entendí que eso tampoco me llenaba. Entonces volví a algo que siempre había estado ahí, casi esperándome: escribir.
Creo que escribir es lo que mejor se me da. Es la forma más natural que tengo de comunicarme, de entender lo que siento, de mirar el mundo. Me gusta pensar que no escribo para encontrar respuestas, sino para entender mis preguntas. Y aunque hoy creo que esa es mi vocación, hay instantes en los que me asalta la duda: ¿y si no lo es? ¿Y si un día quiero volver al cine, o abrir un negocio, o dedicarme a algo completamente distinto? A veces pienso que todos tenemos una historia que gira sobre la misma pregunta: ¿qué estamos llamados a hacer?
Cristian, 28 años.
Desde pequeño admiraba a su hermano mayor, que estudiaba ingeniería en sistemas. Le fascinaba verlo construir cosas nuevas, y aunque no lo entendía del todo, intuía que ahí había algo poderoso: la posibilidad de crear. Pensó que, si su hermano podía hacerlo, él también. Quizás incluso mejor.
En la secundaria empezó a tener contacto con las computadoras y los teléfonos, y al mismo tiempo descubrió la música. Ver videos en Vevo fue su primer acercamiento al universo digital y, sin saberlo, ahí se unieron sus dos pasiones: la tecnología y el sonido. Soñaba con trabajar en algo que le diera para comprarse tornamesas, instrumentos o pagar clases. Su hobby era el beatbox, porque era lo único que podía hacer sin gastar dinero.
En la preparatoria su maestra de informática le habló de lo que significaba ser programador, y la idea le pareció fascinante. Imaginaba su vida entre Francia y Canadá, trabajando con código y creando. En el último semestre, un amigo lo convenció de entrar a la Universidad Politécnica para estudiar Desarrollo de Software, y fue ahí donde todo empezó a tomar forma.
Con el tiempo, logró combinar ambas pasiones. Hoy es ingeniero de software, pero también músico y creador. Fundó Avant Garden, un proyecto audiovisual que busca dar visibilidad a artistas electrónicos y visuales del sur de México. “Un artista exitoso no es quien vive del arte, sino quien puede seguir haciéndolo”, dice. “En la música solo soy artista. No me gustan las etiquetas. Solo quiero hacer lo que quiera.”
Vivimos en una época que nos ha hecho creer que encontrar la vocación es casi una obligación moral. Desde que somos pequeños, se nos enseña que hay una sola cosa que vinimos a hacer, un propósito casi divino que debería guiarnos como una brújula infalible. Pero la vida rara vez funciona así.
La cultura actual ha convertido la vocación en una especie de mito moderno. Un ideal que promete sentido, estabilidad y éxito. Como si todos tuviéramos que descubrir “a qué venimos” antes de los treinta, o de lo contrario habríamos fallado. Se nos repite que hay que encontrar eso que “nos apasione”, sin mencionar lo confuso que puede ser buscar una pasión cuando la vida está llena de responsabilidades, miedos, necesidades y cambios.
El problema está en que entendemos la vocación como un punto fijo, cuando en realidad se parece más a un mapa lleno de caminos posibles. Algunos se recorren con entusiasmo, otros con cansancio; a veces uno regresa, a veces se pierde y a veces, simplemente, se detiene a mirar. Lo que cambia no es la esencia, sino la dirección.
Tal vez no se trata de encontrar una sola vocación, sino de reconocer que hay muchas formas de sentirse vivo, muchas maneras de darle sentido a lo que hacemos. Y que cambiar de rumbo no siempre es fracasar, sino escucharse.
¿Y tú? ¿Alguna vez has sentido que tu brújula apunta hacia otro lado, justo cuando pensabas haber encontrado el camino correcto? Quizá, al final, todos tenemos un poco de Feng Yuan: la valentía de reinventarnos cuando el corazón cambia de dirección.
Por Alondra de Castilla.
Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.
Aprendemos a decir adiós, a soltar, a cerrar ciclos. Nos hablan del “deber ser” del duelo: sus etapas, sus tiempos, sus formas. Pero nadie —nadie— nos prepara para esa forma sutil y persistente en que el amor sobrevive a la muerte.
Porque el amor no se muere con el cuerpo. Permanece. Cambia de forma. Se acomoda a las grietas del alma y se manifiesta en pequeños rituales, en la memoria encarnada del que se queda.
Estos últimos tres meses, mientras mi papá pasaba por un episodio de salud muy grave, pensé por primera vez en su muerte como una posibilidad real. Y me asusté. No estaba lista para soltarlo. No sabía cómo se hace eso. Nunca nadie me explicó qué pasa con el amor cuando la persona ya no está, pero aún ocupa tanto espacio. Me di cuenta de que no estaba preparada, y quizás nunca lo estaré.
Ese pensamiento me llevó a una pregunta que puede parecer absurda en un mundo que mide todo en términos de eficiencia, productividad y lógica: ¿qué hacemos con el amor que se queda cuando la persona se va?
Así nació esta columna.
Le pregunté a algunas personas cómo viven el amor después de la muerte. Las respuestas me conmovieron profundamente. Son fragmentos de vida. Heridas abiertas. Actos de ternura radical.
Mariana, 30 años: “Han pasado tres años desde que murió mi novia. Le sigo escribiendo por WhatsApp. A veces le mando memes, canciones, cosas sin importancia. Nadie más tiene acceso a ese número, yo lo mantengo vivo, pero no me importa, ni me molesta hacerlo. Es mi manera de seguir compartiéndome con ella.”
Roberto, 47 años: “A mi mamá la enterramos un lunes. El siguiente domingo fui a verla. Desde entonces no he fallado ningún domingo. Le cuento de mis hijos, del trabajo, de lo que me molesta. Es como hablar conmigo mismo, pero también con ella. A veces siento que me responde.”
Andrea, 28 años: “Mi abuela siempre decía que iba a volver en forma de colibrí. Yo creía que eso eran tonterías, pero el día que murió, un colibrí se metió a mi cuarto. Desde entonces, cuando uno se me acerca, me detengo. Le hablo bajito. La extraño tanto que cualquier señal me ayuda a seguir.”
Fernando, 61 años: “Cuando murió mi esposo, pasé meses en silencio. Un día, cociné su receta favorita. Puse su música. Puse su copa. Me senté a cenar con él. Lloré toda la noche. Pero esa noche volví a sentirme acompañado.”
El amor después de la muerte es quizás la forma más compleja y pura del amor. Ya no espera nada a cambio. Ya no compite con el ego. Ya no se defiende. Es amor que se vuelve memoria, presencia invisible, acto cotidiano.
Y aunque el mundo nos diga que hay que dejar ir, que hay que pasar página, que hay que “superarlo”, yo creo que hay cosas que no se superan. Se llevan. Se honran.
Tal vez, en la muerte, también se esté ocupado. Pero el amor, en su infinita capacidad de transformación, encuentra maneras de seguir existiendo.
Por: Alondra de Castilla.
Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.
Si el amor es algo tan universal, ¿por qué tantas personas se sienten insatisfechas en sus relaciones?
Para responder esta pregunta, hablé con diferentes personas sobre sus experiencias en el amor. Lo que encontré fue un patrón: muchas de nosotras hemos crecido con la idea de que debemos amar de cierta manera, siguiendo reglas no escritas que, más que acercarnos a la felicidad, nos llevan a la frustración.
Los testimonios de un problema común:
Clara, 32 años, me dijo: “Yo solía pensar que una buena mujer debía ser comprensiva, paciente, que debía esperar a que un hombre me eligiera y me demostrara su amor. Pero en mis relaciones, siempre terminé sintiéndome agotada, como si amar significara estar en deuda constante.”
Por otro lado, Carlos, 27 años, me contó: “A mí me enseñaron que los hombres tienen que ser fuertes, que no necesitamos afecto tanto como las mujeres. Así que en mis relaciones, me acostumbré a recibir menos de lo que daba. Hasta que me di cuenta de que el amor no debería sentirse así.”
Y luego está Sofía, 40 años, quien me confesó: “Yo me esforcé por no depender de nadie. Me dijeron que si una mujer se vuelve autosuficiente, el amor llegará solo. Pero la verdad es que ser independiente no me protegió del dolor de encontrar hombres que seguían esperando que yo me amoldara a su mundo, sin que ellos hicieran lo mismo por mí.”
Después de escuchar estas historias, la pregunta es inevitable: ¿cómo podemos construir relaciones amorosas que no nos encadenen a expectativas injustas?
El feminismo en el amor: no es una guerra, es una liberación.
Muchas personas creen que el feminismo es un enemigo del amor o que está en contra de los hombres, pero esto no podría estar más lejos de la realidad. El feminismo no busca eliminar el romance, sino sacarlo de la jaula de los roles de género que nos limitan.
El problema no es el amor en sí, sino las ideas que nos han vendido sobre lo que significa amar. Nos han enseñado que las mujeres deben ser entregadas, sacrificadas, pacientes, y que los hombres deben ser proveedores, fuertes, emocionalmente invulnerables. Y en ese juego de expectativas, terminamos desconectándonos de lo que realmente queremos.
Porque cuando el amor se basa en reglas rígidas, dejamos de vernos como personas completas. Nos volvemos personajes en una historia que no escribimos.
Entonces, ¿cómo podemos amar de manera más libre?
La respuesta no es sencilla, pero hay algunas claves:
1. Cuestionarnos lo que nos enseñaron: ¿Realmente quiero esto o lo hago porque “así deben ser las cosas”? Preguntarnos esto nos ayuda a identificar patrones que nos han lastimado.
2. Aprender a comunicar nuestras necesidades: Muchas mujeres sienten que expresar lo que necesitan es “exigir demasiado”. No lo es. El amor debe ser un espacio donde ambas partes puedan pedir y recibir en igualdad.
3. Entender que el feminismo también libera a los hombres: Permitirles sentir, llorar, equivocarse, sin esperar que sean héroes inquebrantables, es una forma de amor. No se trata de una competencia entre géneros, sino de encontrar maneras más humanas de relacionarnos.
4. Romper con la idea de que el amor es sacrificio: Amar no debería significar perderse a una misma. No se trata de medir quién da más o quién se esfuerza más, sino de construir un amor que haga bien a ambas partes.
El amor sin moldes:
Al final, lo que buscamos no es dejar de amar, sino hacerlo sin sentirnos atrapadas. Queremos un amor donde podamos ser auténticas, sin miedo a romper reglas impuestas. Queremos relaciones donde no se nos pida ser menos para que el otro se sienta más fuerte. Queremos, en resumen, amar desde la libertad, no desde la obligación.
Y quizás, solo quizás, cuando dejemos de seguir guiones que no escribimos, encontraremos un amor que se sienta como un hogar, no como una trampa.
Por: Alondra de Castilla.
Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.
Es poco el tiempo y son muchos los temas para abordar en espacios tan valiosos como una columna semanal. Durante los últimos días, me he estado preguntando, ¿qué deseo escribir, qué deseo compartir?, porque la realidad es que no siempre confluyen ambos ejercicios; uno es lo que escribo, otro, lo que final llega al público lector.
Me he sentido fascinada por ejercer la escritura, más allá de la literatura. Desde distintos sitios, momentos, tareas. Estar comprometida con la poesía, también me ha llevado por otras encrucijadas, por nuevas sendas que estoy explorando. Por ejemplo estar aquí con ustedes.
Para las personas que escribimos debe ser fundamental encontrarse en otros medios, porque al final nuestras voces hacen eco o por lo menos, es lo que quiero creer, ahora con la tecnología y el internet, el rango de acción es enorme.
Dentro de la poesía caben todos los mundos, eso platicaba hace poco con un compañero escritor. Si bien es cierto que la poesía es un lenguaje, no es un lenguaje frecuente, es decir que no se usa para el día a día, para realizar nuestras actividades importantes, para lo más urgente, no tiene códigos, signos o símbolos que puedan ser usados de forma natural. La poesía es una construcción, una especie de aparato, un artefacto. La poesía tiene otros momentos, otros espacios que sí le son esenciales e inherentes.
A veces me siento con impulso suficiente como para cruzar caminos, patrones y entonces con un poco de buena fortuna: tratar de exponer en un solo contenido, todo tipo de formas de escritura, sin duda es algo que resultaría fascinante.
Hay cartas que nos conmueven, por ejemplo, pero también nos explican, nos abren los ojos, nos comparten hechos, temas trascendentes. Hay poemas que solamente juegan con las palabras, que las hacen ir de aquí para allá, como en una especie de vaivén, un movimiento repetitivo, con un ritmo atrayente. Otros poemas nos rompen en mis pedazos, abren la cortina de la realidad, parten el suelo de la sociedad, nos iluminan el rostro con verdades que hieren, de tan fuertes, de tan terribles nos derrumban en cuanto pasamos de un verso a otro; a esos poemas los veo como una especie de explosión, apenas dura, pero el impacto es enorme.
Existen esos otros poemas que vamos disfrutando poco a poco, como un perfume, como un lugar sagrado: entramos con pasos suaves, de puntillas, sin querer mover nada, sin hacer ruido, como captando todo lo que nos rodea, ese tipo de poesía permanece más tiempo con nosotros, porque tenemos que revelar cada verso, encontrando una y otra vez algo distinto. No es una explosión, es la inmersión a otros universos. Ambas formas son fundamentales.
Ahora, a mí me gusta que ustedes como lectores puedan sentir en un solo texto, todas las emociones y sensaciones posibles, esa es mi aspiración cuando escribo algo diferente, cuando salgo de lo versado, cuando trato de llegar a otros cielos, cuando procuro ver a través de los espejos con distinta mirada.
¿Para qué la poesía si tenemos la vida, la música, la pintura?, ¿para qué la poesía si tenemos formas más efectivas de comunicarnos?
Ustedes, ¿qué piensan? Yo creo que en la poesía encontramos las palabras que precisamos cuando nos afrontamos a los grandes temas de la humanidad como la existencia, el amor y la muerte.
También creo que en la prosa encontramos la manera de llegar más rápido, más pronto, más efectivamente, por ejemplo como ahora, que seguramente se darán cuenta de que escribo desde una certeza como una hoja en el aire y todas los cuestionamientos posibles como la infinita combinación de palabras de un nuevo poema.
En la poesía conviven: el amor, la vida y la muerte.
Recientemente, como parte de un taller de lectoescritura de literatura gótica escrita por mujeres, terminé de leer una novela corta que me pareció cautivadora, reflexiva y perspicaz. Cecilia de Nöel, escrita por Mary Elizabeth Hawker bajo el pseudónimo de Lanoe Falconer, es en apariencia una clásica historia fantasmagórica de una mansión embrujada. Nos narra sobre cómo el nuevo hogar heredado del señor y la señora Atherley les causa problemas con sus empleados, invitados y familiares debido a que viene con un latente inconveniente: un fantasma que se aparece para espantar de muerte.
Las víctimas de la aparición quedan profundamente conmocionadas y aseguran que se trata de un alma atormentada a tal grado que contagia su enorme aflicción. Más que un relato de una casa acechada por un fantasma torturado es un cuestionamiento existencial de la vida, el sufrimiento humano y la búsqueda de propósito. Es también una crítica a la doble moral y el cinismo de las personas ciegamente devotas tanto a una religión como a la ciencia, cuando esa devoción viene acompañada de una carencia de empatía y humanidad.
El narrador es el señor Lyndsay, un íntimo amigo del señor Atherley. En su estadía en la mansión como huésped, atestigua las supuestas apariciones con interés personal. Lyndsay es un hombre que, tras un accidente, quedó permanentemente lesionado de una pierna y vive con dolor crónico. En su sufrimiento diario, está en busca de una creencia que le otorgue esperanza a su vida. Esta búsqueda se nos describe a través de siete evangelios en los que conversa acerca del fantasma con siete personas. Ellos, al explicarle sus experiencias y sentimientos respecto a la entidad, le dan su perspectiva de la vida.
Lyndsay los escucha a la espera de una epifanía que pueda convertir en su refugio y guía para comprender la existencia. Algo que lo convenza de que no es arbitrariamente cruel e injusta. Un entendimiento superior que le aporte consuelo y resiliencia en su malestar. Así, el fantasma funciona como alegoría del pesar humano por encima de las banalidades de la sociedad, y refleja cómo cada individuo lo afronta de acuerdo a su evangelio personal.
La última conversación sucede con Cecilia de Nöel, prima misteriosa y excéntrica de Atherley, quien es mencionada no solo con admiración sino hasta con adoración por la gran mayoría de los personajes a lo largo de la novela. Se le describe como una mujer magnífica, con una capacidad casi divina de conectar con las personas y hacerlas sentir plenas, comprendidas y amadas. Debido a esto, es a ella a quien Lyndsay tiene más interés de conocer; sin embargo, esto no sucede sino hasta el capítulo final.
Los evangelios de Atherley y el Doctor: la empatía en una perspectiva realista
Los primeros dos evangelios de la historia son del propio anfitrión, el señor Atherley, y de un personaje al que se refieren únicamente como ‘el Doctor’, quien es llamado para atender a las empleadas de la casa que aseguran haber visto al fantasma. Atherley es el realista escéptico que, desde una auto percibida superioridad intelectual, juzga, invalida y menosprecia todo lo referente a la aparición fantasmagórica. Escucha a quienes dicen haberla visto con el solo propósito de ridiculizarlas, y otorga “explicaciones lógicas” no para tranquilizarlas, sino para demostrar cuan inmune es él a creer en algo que considera inferior. Minimiza todo aquello que provenga desde la fe en el nombre de ser intelectual y racional, subestimando y ninguneando a las personas creyentes.
El Doctor es un hombre de ciencia; lógico y pragmático, realista con altos tintes de pesimismo, sin convicciones religiosas, pero no completamente escéptico y cínico como Atherley. No busca invalidar lo paranormal, sino comprender su naturaleza y cómo influye en la psique de sus pacientes, con el fin de poderles ayudar. Utiliza su intelecto junto con un marcado sentido de humanidad.
Sus intenciones no son colocarse en una posición de superioridad desde la soberbia, sino atender a sus pacientes de manera óptima, y analiza la situación con el fin de hacer valoraciones libres de juicios. Como le menciona a Lyndsay, el fantasma es, para él, un síntoma más. De esta forma, la diferencia clave entre estos personajes radica en tener una visión provista de empatía y la genuina motivación de asistir a las víctimas, independientemente de si se cree en el fantasma. Aunque sus dogmas son similares, sus enfoques definen la clase de persona que buscan ser, cómo desean ser percibidos a partir de sus creencias y qué pretenden lograr con ellas.
Los evangelios de la señora Mostyn y la señora Molyneux: el sufrimiento como punto de inflexión, en direcciones opuestas
Dos de los evangelios narrados pertenecen a un par de señoras de la alta sociedad quienes, en diferentes circunstancias, tuvieron un encuentro con el fantasma: la señora Mostyn, tía de Atherley, y la señora Molyneux, invitada de la señora Atherley. Para ambas, la aparición les hizo replantearse su forma de vivir. El impacto de sentir el dolor de la entidad causó en ellas la impresión de malgastar sus días y cuestionar el propósito del estilo de vida que han llevado hasta ese momento.
Para la señora Mostyn, esto conllevó convertirse en una ortodoxa religiosa en un intento de otorgarle profundidad y rectitud a su realidad, antes orientada a los placeres humanos y el derroche. Para la señora Molyneux, previamente siempre en constante búsqueda de la “perfecta” religión, la hizo perder la motivación de continuar con esa encomienda, que a posteriori percibió como fútil. La fatalidad de la manifestación provocó en ambas un sentimiento de vacío que dio paso a un sentido de urgencia por encontrar la forma de llenarlo, pues ya no se veían capaces de hacerlo con sus antiguos hábitos.
Los evangelios del canónigo Vernade y Austyn: la empatía en una perspectiva religiosa
El canónigo Vernade, tío visitante de la señora Atherley, y Austyn, hombre del pueblo que se refugia una noche en la mansión, son otros personajes que testifican ante Lyndsay su experiencia paranormal. Vernade vive más preocupado por ser concebido como devoto cristiano, que por actuar acorde a sus supuestas devociones. A través de él y de su sobrina se hace una sobreentendida denuncia de la hipocresía de los religiosos en mera imagen, y no en acción y congruencia.
Vernade es el clásico caso del sacerdote que predica la importancia de la humildad y la falta de ambición, pero vive priorizando su ascenso político dentro de la iglesia y su prestigio por encima del cuidado a la comunidad y la ayuda a los marginados. Su más fiel seguidora, su sobrina, es una autoproclamada cristiana que opina que las personas con discapacidades o condiciones visibles «deberían quedarse encerradas y no dejarse ver nunca». Ambos se auto perciben mejores que los demás por cumplir con los mandatos de la iglesia, y se jactan de una gran superioridad moral a pesar de su carencia de empatía.
Esta devoción superflua provoca que el sacerdote, al interactuar con el fantasma, se cuestione la existencia misma de Dios. Tras verse confrontado a una situación de sufrimiento real, su “fe” no solo no lo sostiene, sino que inmediatamente le falla. Vulnerable y desprovisto del poder y la posición de privilegio que normalmente lo sostienen, no logra mantenerse creyente. Al enfrentarse cara a cara con el más profundo dolor humano de la soledad y la desesperanza que el fantasma transmite y representa, sus supuestas creencias se desmoronan.
Austyn es un hombre cristiano yuxtapuesto al sacerdote Vernade. Modesto, reservado y austero, dedica su tiempo a servir a quien lo necesita en su pueblo, impulsado por una devoción religiosa que declara con firmeza. Es devoto como el canónigo, pero desde una perspectiva empática. Actúa acorde a sus creencias, lo que marca la diferencia entre ellos.
Ante el fantasma, Austyn tiene el resultado opuesto: refuerza su fe. En la congoja que la aparición genera, se refugia en su convicción. Al terminar la noche y el desespero, exhorta al narrador a convertirse de igual forma en hombre creyente. Aunque esto no brinda consuelo al señor Lyndsay, le demuestra la resistencia de las creencias trabajadas desde la humanidad, en medio de la adversidad.
“El Dios de Austyn nunca podría ser el mío, y yo no encontraría reposo en su cielo. Pero él era uno entre diez mil, por creer en ambas cosas. Creía como lo hacían los mártires que perecieron en las llamas, con una fe que resistiría frente a las pruebas de los ateos: «creemos en algo cuando estamos dispuestos a actuar como si ese algo fuese verdad».” (Hawker, 1891, p. 67)
El evangelio último: Cecilia de Nöel
La mujer que titula la novela, Cecilia es la personificación de la empatía. Es tratada por quien la conoce, o ha conocido alguna vez, como una figura prácticamente mesiánica. Su vida gira alrededor de ayudar al prójimo, pero no desde motivaciones médicas como en el caso del doctor o religiosas como en el de Austyn. Aunque es una mujer que asegura conocer la existencia de Dios como quien conoce la luz del sol, es criticada por el canónigo Vernade por ser considerada una disidente de la iglesia cristiana. El señor y la señora Atherley, por su parte, le censuran su falta de decoro y su indiferencia por las normas y convenciones sociales. A pesar de esto, no niegan su enorme poder sobre las personas, que acuden a ella en su desesperación buscando soporte, consuelo y auxilio, los cuales ella jamás le niega a nadie.
La fuente de su empatía, más allá de sus creencias científicas o religiosas, pareciera ser su mismo ser; es su propia esencia. Esto atrapa a quien interactúa con ella, incluyendo al señor Lyndsay. Es la única en contemplar a la entidad fantasmal con compasión, en preguntar por la causa de su sufrimiento con el fin de liberarle. No tiene un cambio de perspectiva radical o una iluminación a raíz del encuentro: ella humaniza al espectro. Le habla como a un igual y desde el amor, busca terminar su agonizante dolor, atrapado en el mundo terrenal.
Cecilia no tiene un sistema de creencias que predique y que dicte cómo se mueve por el mundo; Cecilia se mueve por el mundo desde un anhelo puro, sincero y abnegado de hacer lo mejor para los demás, y a partir de ahí se forman sus convicciones. Su empatía no suma o resta a su perspectiva, su empatía es su perspectiva. Y eso, fuera de cualquier ideología, es lo que finalmente brinda verdadero alivio a los dos personajes que más sufren durante la historia: el fantasma y el narrador, el señor Lyndsay.
Georgina González Enríquez (Guadalajara, Jalisco, 1998) estudió Ingeniería en Sistemas Computacionales con Beca al Talento Académico en el Tecnológico de Monterrey (2020). Actualmente cursa la licenciatura en Lengua y Literatura de la Universidad del Valle de México. Participó en el 3er Seminario Iberoamericano para creadores de Literatura Infantil y Juvenil de la Fundación SM y la Fundación para las Letras Mexicanas (2025). Seleccionada en la convocatoria ‘Historias y Leyendas de Zapopan’, de la Dirección de Cultura de Zapopan, con su cuento de realismo mágico ‘La Charra Negra’ (2025). Apasionada de la música y la poesía, formó parte del curso ‘La Poética en la Lírica de Taylor Swift’ (2024), impartido por El INBAL.
Nada Escrito por: Alondra Grande Remuevo las piezas. Si vierto en un caldero todas las palabras, tal vez, aparezca una sopa de esas que una prepara para sentirse abrazada. O tal vez no sepa a nada. Quizá el caldero escupa una tormenta que termine con laSigue leyendo «Piezas de un alma simple»
Por Mijal Montelongo Huberman Cuando escucho sobre la ocupación del territorio, pienso en cómo y para qué se usa el suelo, a quién le pertenece, quién lo puede usar. También me imagino los cuerpos de agua dentro o alrededor como parte del territorio: los ríos, losSigue leyendo «Los árboles y las pantallas que me rodean | Pensamientos al aire»
De nuevo, por el tipo de actividades y la manera en que sucedían las cosas, sigo sin atreverme a considerarlo un ritual; nunca era igual. No había pasos a seguir ni acciones que respetar. No había nada sagrado en nuestras reuniones.
Aprender que el mundo es más grande que las personas que me hicieron sentir chiquita es algo que constantemente me recuerdo.Y me pregunto, ¿por qué sostener espacios, recuerdos o personas que creen tener el derecho de empequeñecer nuestra esencia? Si bien es cierto que, como Alicia,Sigue leyendo «Hay una diferencia enorme entre ser pequeña y haber sido reducida»
Por Liana Pacheco Después de «El cuento de la criada / The Handmaid’s Tale» no queda el silencio, queda la reflexión, el cuestionamiento, la mirada a nuestro entorno. La serie inicia en 2017, un tiempo en que la “agenda de ultraderecha” todavía no ocupaba la atenciónSigue leyendo «El ojo de Lya | THT ¿Apología o premonición?»
Remuevo las piezas. Si vierto en un caldero todas las palabras, tal vez, aparezca una sopa de esas que una prepara para sentirse abrazada. O tal vez no sepa a nada. Quizá el caldero escupa una tormenta que termine con la sequía que hay en mis ojos, o tal vez el mar se vuelva desierto. Lo cierto es que, de estas letras sueltas, no espero nada.
Nada. Nada.
Tal vez debería escribir nada. Y reducir todo a un eufemismo que decore lo que hay escondido en medio de lo que soñamos y nunca tuvimos. Apenas una expresión, apenas una memoria sin fotografía de las que se guardan dentro de una caja de zapatos, debajo de la cama, al lado del polvo y lo que no se quiere volver a ver.
Te pido entiendas, cuando digo nada, quiero decir: por favor, prende tus poderes de telepatía y aprende a leer el silencio que se cuela por el filo de una palabra compuesta apenas de dos sílabas, donde cabe todo un mundo ansioso de significar. Donde aguarda, paciente, la oportunidad de que las defensas bajen y entonces mi lengua, maldita sea, acribille con todo lo que hay en… nada.
Nada. Nada
Apenas palabras. Sin imágenes ni amplias explicaciones.
Cuando digo nada, es nada. Incluso cuando me ahogo con las palabras, incluso cuando mis dedos se retuercen danzando entre un teclado desgastado, intentando no nombrar a la tristeza ni concederle más líneas al mar.
Nada y la mar vienen de la mano. Nada de esto tiene que ver con amar.
Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 26 años de edad, psicóloga, feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.
Cuando escucho sobre la ocupación del territorio, pienso en cómo y para qué se usa el suelo, a quién le pertenece, quién lo puede usar. También me imagino los cuerpos de agua dentro o alrededor como parte del territorio: los ríos, los lagos, los litorales. Rara vez pienso en el mar abierto y sus profundidades, esos lugares tan lejanos y ajenos para la mayoría de las personas. Es más raro aún que considere el espacio por arriba de donde nos movemos: el aire, el viento, la lluvia, la humedad que pesan sobre nosotras, pero que no podemos alcanzar únicamente con el cuerpo hasta que ellos descienden a nuestro nivel.
Pero, claro, las personas somos terrestres; por lo tanto, pensamos nuestro uso y ocupación del territorio en torno a este tipo de desplazamiento y vivienda.
¿Cómo se ocupa el aire? ¿El aire puede habitarse?
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Todas las especies, incluyendo la humana, sacan muchos beneficios del aire. Es fuente de varios compuestos necesarios para la vida: el oxígeno y el dióxido de carbono. Brinda energía, movimiento y desplazamiento: los campos eólicos, el transporte marino, la dispersión de semillas. Sirve para promover la difusión de gases y disminuir su concentración, como al airear un cuarto o al orear las sábanas. Se obtiene información gracias a las señales transmitidas por el viento: los aromas liberados durante la fructificación de las plantas permiten identificar la disponibilidad de alimento.
También ayuda a ubicarse en el espacio. Nunca he distinguido el olor a playa, excepto una vez que estaba en una ciudad cerca del mar, aunque todavía a unos kilómetros de él. Me sorprendió poder sentir y oler la humedad y la sal y poder corroborar de una manera sensorial mi ubicación.
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El aire nunca es el mismo. La difusión de los gases ayuda a que se transporten ciertas bacterias y otros componentes con potencial de vida, como virus, polen, esporas, algunas semillas. Todos ellos están a la deriva, a la espera, algunos en estado latente, de las condiciones ideales para continuar o iniciar la vida. La composición del aire cambia con mayor rapidez que la composición de un paisaje terrestre o marino. Este cambio no lo tenemos presente, excepto cuando estamos expuestos a algún microorganismo o sustancia nociva, como ocurrió en la pandemia o como sucede cuando nos paramos cerca de una acumulación de basura orgánica.
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Los seres pasan por unos segundos en un pedazo del aire. Los diurnos, como las aves, los escarabajos y las mariposas, son muy vistosos. Los nocturnos son más elusivos, como los murciélagos y las polillas. No todo el aire es ocupado por todos los seres; cada uno transita por él en cierto rango de altura. Las águilas suelen volar a más de treinta metros de altura, algunos insectos vuelan a más de cientos de metros y los murciélagos pueden llegar a los miles de metros. Una mosca no pasará por la misma ruta en el aire para llegar de un pedazo de comida a otro y después regresar al primer pedazo. Esa mosca tal vez se encuentre a otras moscas, a alguna mariposa o una paloma, pero es muy poco probable que se tope con un cernícalo o un murciélago de cola libre. El uso del aire, así como el suelo, está dividido espacial y temporalmente; incluso los aviones operan de acuerdo con este principio para evitar colisiones entre ellos.
Ningún ser permanece en un punto del aire por mucho tiempo, con excepción de los colibríes. El aire es un espacio que sólo admite estar de paso. Los vencejos están la mayor parte de su vida en ese espacio, pero nunca quietos, siempre en movimiento.
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Este cambio continuo de lugar por parte de los gases y los seres aéreos se contrapone fuertemente a la tendencia al sedentarismo humano. Sin embargo, nuestro afán por también ocupar las alturas como otras especies nos ha llevado a crear invenciones y construcciones que nos lo hacen posible.
Cuando alguien vive en un departamento, ¿habita en el aire, en el suelo o en ambos espacios? Los edificios departamentales son una alternativa a la ocupación del suelo, pero en esos casos el aire se vuelve en un espacio de las personas y ya no puede ser usado, aunque sea momentáneamente, por otros seres. Aunque las aeronaves se coordinan entre ellas para evitar accidentes aéreos, nosotras no nos coordinamos con las otras especies que también lo ocupan.
A pesar de que la Constitución mexicana declara que el territorio del país incluye “El espacio situado sobre el territorio nacional, …”, esto sigue siendo una delimitación arbitraria para las especies no humanas que se desplazan por el aire, traspasándolo sin miramientos. Nuestra ocupación del aire resulta en una gran cantidad de muertes de animales aéreos por colisiones, tanto con aeronaves como con construcciones altas.
De chica, viví en una ciudad pequeña. Era infrecuente ver construcciones de más de cuatro pisos de altura. Se podía ver el cielo sin levantar la cabeza, con alzar la vista bastaba. Era fácil ver algún murciélago pasar velozmente cuando anochecía o alguna águila planeando a lo lejos. Los pocos edificios que eran más altos interrumpían el paisaje, tapaban el cielo amplio y las nubes continuas. En cambio, en la Ciudad de México, sólo se ven fragmentos del cielo; se percibe el aire como un espacio con forma de túnel que está directamente encima de las personas y que está enmarcado entre construcciones. El cielo de la ciudad no es un espacio vasto y libre para los seres aéreos.
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Una brisa fresca en un día caluroso trae alivio. Un tornado trae devastación. Mucha humedad reduce la transpiración de las plantas. Un virus viaja por medio de pequeñas gotas de saliva que salen disparados hacia un nuevo huésped. El mirlo primavera migra de Canadá y el norte de Estados Unidos a México al vuelo. La vida no se detiene en el aire, siempre está en transición.
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Mijal Montelongo Huberman (México, 1996). Estudió la carrera de Biología y la maestría en Ciencias Biológicas en la UNAM. Es traductora, divulgadora y educadora científica. Ha publicado artículos de divulgación científica y de investigación, traducciones literarias, cuentos y minificciones. Siempre está acompañada de libros, perros y gatos.
Llamar ritual, lo que en los siguientes párrafos describiré, no es quizás la manera más idónea, aunque en aquella época no faltaba alguien que, en tono de burla, me remarcaba la frecuencia de la situación y agregara que parecía algo sagrado. Como digo, desconozco si el término “ritual” sea el adecuado, solo sé con certeza que era de gran importancia para mí y, aunque la duración fue corta, de un par de años solamente, fue de gran relevancia en mi vida y en mi estabilidad emocional de entonces.
Para empezar, las circunstancias eran especiales. Después de conseguir mi primer empleo me sentía lista para independizarme. Entonces, dejé el nido parental y todos los espacios que me seguían conectando íntimamente a la familia. Para hacerlo más asequible, además de facilitar la transición ―no es tan sencillo como parece el dejar atrás todas las reglas que la casa familiar impone―, me mudé con un grupo de chicas. Pero el cambio fue, de cualquier manera, profundo pues por primera vez era yo quien decidía mis horarios de salida y de regreso a casa. Por primera vez, nadie me decía lo que podía o no hacer. Y también por primera vez, a pesar de vivir en comunidad, me encontraba sola, sin el soporte y el cuidado de los míos.
Durante esa época me inscribí a un diplomado de francés en el que tuve la oportunidad de interactuar con un grupo de chicos con quienes tejimos una amistad muy especial. Por un lado, estaba la contadora, quien a pesar de tener la misma edad que yo, era una persona sumamente madura y, por los consejos que siempre me daba, la llamaba, a manera de juego, “madre”. Ella se volvió en poco tiempo una de mis amigas más cercanas. Por otro lado, estaba el chico deportista y buena onda, con excelentes genes que parecían otorgarle una juventud eterna; por meses enteros nos escondió su verdadera edad sin que pudieramos determinar que nos ganaba, casi por una década, a mi “madre” y a mí. También estaba la maestra de inglés y psicóloga, madre de dos adolescentes cuyo entusiasmo y alegría era contagiante. Por otro lado, estaba el abogado maduro, pero siempre listo para la diversión. Y finalmente, el arquitecto, el único que tenía una novia de varios años y quien, al poco tiempo, se volvió también parte del grupo. Desde un principio nos dimos cuenta de que, a pesar de nuestras diferencias de edades, compartíamos intereses, afinidades y que ninguno de nosotros, a excepción de uno de ellos, el arquitecto, teníamos pareja. Solteros y sin responsabilidades mayores que nuestros propios trabajos, contábamos con todo el tiempo para reunirnos con regularidad.
Con el paso del tiempo nuevos integrantes se unieron al grupo. Aunque algunos eran intermitentes, otros llegaron a acoplarse a la perfección a nuestra dinámica.
Pronto, nuestros encuentros se convirtieron en una especie de ritual. Por lo menos unas dos veces por semana, al terminar mi jornada laboral, me dirigía hacia la oficina donde trabajaba mi madre postiza, una casona histórica ubicada en el centro de la ciudad. Aunque sus horarios de trabajo eran más extendidos que los míos, para la hora en que yo finalizaba mi jornada, todos sus colegas se habían retirado y ella se quedaba sola para dar el cierre.
Lo común era que yo le avisara cuando estaba a punto de salir. Nunca faltaba la pregunta de qué teníamos ganas de comer y, después de llegar a un acuerdo, ella se adelantaba a hacer el pedido en un restaurante cercano del que nos volvimos clientas asiduas. A mi llegada, íbamos a recoger la comida para enseguida compartirla. Cuando terminábamos, no pasaba más de media hora para que mi amiga diera también por concluido su trabajo por el día. Entonces, llamábamos a los demás,
Casi siempre había un plan por realizar: idas al cine, reuniones en casa de alguno, cenita en algún restaurante. A veces optábamos por realizar alguna actividad física, como ir a patinar o hacer una sesión de ejercicio funcional. Otras veces, preferíamos comprar algunos fiambres, algo de beber y emprendíamos el camino en búsqueda de algún lugar al aire libre y tranquilo. Tantas veces terminamos al lado de la carretera frente al volcán, el cual, en esa época, no dejaba de brindarnos espectáculos con sus fumarolas que subían tan alto en el cielo y sus desbordamientos de lava que, como ríos incandescentes flotando en la oscuridad, nos maravillaban al caer la noche. No importaba la actividad ni el lugar, el chiste era conversar y reír por horas.
De nuevo, por el tipo de actividades y la manera en que sucedían las cosas, sigo sin atreverme a considerarlo un ritual; nunca era igual. No había pasos a seguir ni acciones que respetar. No había nada sagrado en nuestras reuniones. Sin embargo, buscar de manera regular la compañía de ese grupo se volvió una necesidad: estar con ellos me hacía sentir que pertenecía a algo, que había encontrado mi tribu. Y solo por esto último aceptaré que nuestras actividades juntos se habían vuelto una especie de ritual vespertino, el cual un día terminó de golpe, producto de la imposibilidad de continuar haciéndolo debido a un cambio radical en mi vida: mudarse a más de 10 mil kilómetros no es algo que permita las reuniones.
Más que vivir nuestra separación, la sufrí. No poder llamarlos, no poder reunirnos como solíamos hacerlo, no compartir nuestras experiencias y actividades fue devastador en mi estado de ánimo. Lágrimas y soledad fueron una constante en los primeros seis meses después de haberme ido de México. Alejarme de mi grupo, de mis amigos, de nuestras tardes de convivencia dejó una herida que no cicatrizó en años.
Las tribus no se crean de la noche a la mañana y a pesar de considerarme muy afortunada de haber podido, de nuevo, ser parte de grupos tan especiales, las reuniones con la frecuencia casi ritual que llegué a tener con aquel grupo a inicios de mis veintes ya no pueden ser parte de nuestras rutinas: las ocupaciones diarias, nuestros estilos de vida no lo permiten.
Con mi partida del país, el grupo al que pertenecí mantuvo por algunos meses esas reuniones regulares. Pero en un momento, supongo, se dejaron atrapar por las responsabilidades y las circunstancias y las reuniones se volvieron cada vez más esporádicas hasta convertirse en casi inexistentes.
A mi ego le gusta imaginar que era yo quien propiciaba esas convivencias. Corroboro mi pretenciosa teoría cada vez que regreso hacia esa ciudad donde viví parte de mis años de juventud. Mi presencia es el pretexto para que el grupo, mi grupo, tenga un motivo para volver a reunirse y recordar con nostalgia, pero también con mucha alegría, aquellos días en que la vida era sencilla y podíamos pasar nuestras tardes juntos.
Ritual o no ritual, qué importa.
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Aprender que el mundo es más grande que las personas que me hicieron sentir chiquita es algo que constantemente me recuerdo.Y me pregunto, ¿por qué sostener espacios, recuerdos o personas que creen tener el derecho de empequeñecer nuestra esencia?
Si bien es cierto que, como Alicia, tenía que hacerse pequeña para poder entrar al País de las Maravillas, no deberíamos hacernos chiquitas para encajar o entrar a un “mundo” mágico.Quizá por eso siempre vuelvo a Alicia. Porque me pregunto quién decidió que para atravesar ciertas puertas había que hacerse pequeña primero. Y cuántas mujeres seguimos aprendiendo esa lección antes de aprender cualquier otra.
Viajar al pasado, volver a ser niña para desenseñarme todo lo que era “correcto” según la sociedad, era mejor que aceptar mi silencio.
Porque crecer también fue aprender una serie de reglas invisibles entre ellas que el silencio era los que nos sostenía como humanos, siempre se sintió como si existir plenamente fuera un exceso y no un derecho.
Lo irónico es que, sin vivir en el País de las Maravillas, tuve a mi Sombrerero Loco, mi papá, y tuve a mi Reina Blanca, mi mamá, quienes siempre me dijeron que mi voz valía. Que, a pesar de los atropellos de la vida, mi fuerza estaba en mis palabras, en mis letras y que nunca hiciera del silencio mi aliado.
Y quizás por eso mismo también por mucho tiempo me sentí vulnerable, porque por más que quisiera complacer a una sociedad que nos ha preferido históricamente calladas, tenía una revolución de palabras trabada en los adentros.
Porque las palabras tienen la extraña capacidad de revelar aquello que otros preferirían mantener oculto. Nombrar lo que duele, señalar lo que incomoda, cuestionar aquello que parece inamovible. Y quien decide habitar las palabras termina comprendiendo que toda voz tiene un costo.Lo irónico es que tuve una madre y un padre que me enseñaron que mi voz valía, pero crecí en un mundo empeñado en enseñarme cuándo debía usarla y cuándo no.
Al día de hoy, remar contra la corriente nunca fue tan extremo, pero vuelvo, desaprendo y sano. Y en ese camino comprendí que no se puede remar solo y que sanar NO es un acto privado.
Nos han enseñado a pensar en la sanación como una tarea íntima casi prohibida de compartir, como si jugar a escondidas en el jardín secreto de Frances Hodgson Burnett se tratase. Un ritual que ocurre en la soledad de una habitación, lejos del ruido del mundo. Pero hay heridas que no nacen únicamente de las personas. También nacen de los sistemas que las respaldan, de las culturas que las justifican y de los silencios que las vuelven posibles.
Hay heridas que se instalan cuando nos convencen de que debemos ocupar menos espacio, heridas que fueron producidas colectivamente, moldeadas por relaciones de poder, por estructuras que premian la obediencia y castigan la disidencia, por culturas enteras que siguen esperando que ciertas personas ocupen menos espacio para que otras puedan seguir ocupándolo todo.
Entonces ¿por qué las heridas sí pueden ser colectivas y sanar debe ser en el secreto de lo individual?
Nos enseñaron a creer que hacernos pequeñas era una virtud, cuando muchas veces no era más que una forma de obediencia. Por eso desmontarlas también es una forma der resistencia.Preguntarse de dónde vienen nuestros miedos es una forma de resistencia. Revisar las creencias que heredamos sobre nuestro valor es una forma de resistencia.Negarse a seguir cargando vergüenzas que nunca nos pertenecieron es una forma de resistencia.
No se trata únicamente de descubrir quiénes somos. Se trata de identificar cuántas de nuestras renuncias fueron realmente nuestras. Cuántas veces llamamos prudencia al miedo.Cuántas veces llamamos paz a la costumbre de encogernos. Cuántas veces elegimos el silencio para sobrevivir. Cuántas veces aceptamos versiones diminutas de nosotras mismas para poder atravesar puertas que jamás debieron exigirnos el sacrificio de olvidar lo que nos hace grandes.
Porque cada vez que alguien recupera una parte de sí que había sido reducida o silenciada, también desafía el orden que necesitaba de esa reducción para sostenerse.Tal vez por eso la reconstrucción resulta tan incómoda. O tal vez por eso hablar de sanar resulta casi un tabú.
Es por eso que hoy tengo claro que alzar la voz, sanar y resistir ante quienes intentan reducirnos también es un acto político. Porque toda recuperación de una misma desafía algo más grande que una persona: desafía las estructuras que siguen necesitando de nuestro silencio para existir.
Y quizás por eso vuelvo entonces a Alicia.
Y pienso que quizás la verdadera maravilla nunca estuvo al otro lado de la puerta. Quizás estaba en comprender que nunca debimos hacernos pequeñas para cruzarla.
Porque hay una diferencia enorme entre ser pequeña y haber sido reducida.Y quizá una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo consiste precisamente en aprender a distinguirlas.
El mundo siempre fue más grande de lo que nos hicieron creer.
Y nosotras también.
Amelia Serrano Arias es diseñadora gráfica y escritora hondureña. Cursa una maestría en Escritura Creativa y ha desarrollado su obra entre la imagen y la palabra, explorando las fronteras entre el arte, la mia y la identidad. Sus textos han sido publicados en revistas y antologías literarias de Chile, Colombia y México. Combina su formación visual con la narrativa para construir un lenguaje propio donde el diseño y la literatura dialogan desde la sensibilidad y la raíz.
Después de «El cuento de la criada / The Handmaid’s Tale» no queda el silencio, queda la reflexión, el cuestionamiento, la mirada a nuestro entorno. La serie inicia en 2017, un tiempo en que la “agenda de ultraderecha” todavía no ocupaba la atención del discurso público; pero en los últimos años hemos presenciado el impulso de esta ideología.
Luego de ver la serie resulta fácil identificar sus mecanismos en la realidad. Discursos morales que avanzan con fuerza, bajo la excusa de orden o mandato religioso; seguramente alguien ha replicado la frase: «El destino biológico de las mujeres son los hijos». La misma Margaret Atwood afirmó que su novela plasma situaciones reales, opresiones que las mujeres han vivido en distintos lugares y momentos de la historia.
En 2024 el régimen talibán aplicó una ley que prohíbe a las mujeres hablar y cantar en público. Cuando escuché de esta noticia recordé la 3a temporada: mujeres con la boca sellada con arillos de metal. Estamos ante una realidad que paulatinamente va replicando el guión de la ficción. Si en la serie todo inicia por una crisis de fertilidad, en la vida real ¿cuál sería el motivo?
Esta era de información zambulle entre ideologías opuestas. Mujeres luchando por sus derechos versus tradwifes, por citar un ejemplo. Mujeres que pregonan la idea del matrimonio, maternidad como única aspiración. ¿Qué podemos hacer nosotras ante este espejo incómodo? Una respuesta es cimentar una autonomía de pensamiento y de criterio. No replicar ideas porque se presentan como tradición; escuchar y discernir qué discursos resuenan con nuestra identidad, cuáles nos fortalecen y cuáles nos sitúan en un lugar opresivo.
Ya sea que las tradwifes son o no, antítesis del feminismo, es importante señalar que divulgan una falsa libertad. Si la ficción cruzara la realidad, Serena Joy sería portavoz de este movimiento. Otro paralelismo fue en 2025, con el asesinato de Charlie Kirk, conservador radical. Erika Kirk, la viuda, estuvo al frente del funeral, un evento mediático que tuvo la presencia de políticos de alto rango en EUA. Esto se comparó con Serena y el funeral que organizó a Fred Waterford, en la temporada 5.
Por ello es importante señalar que ninguna opresión inicia con violencia directa, sino con lenguaje: frases que romantizan la sumisión, narrativas que venden la pérdida de derechos como elección personal. Podemos combatirlo dando vida a nuestra voz, escribir y preservar la memoria. Lo que no se registra en palabra se olvida, lo que se olvida, se normaliza.
Aquí quiero ahondar en una idea personal. Pareciera que la modernidad ha vuelto al feminismo más un hashtag de Instagram: discursos usados para señalar, dividir, desterrar a la que no concuerda con este. Incluso el caso de figuras que replican violencias con la excusa de expresión y libertad. Elijamos a quién escuchar desde la convicción propia, no por presión, ni popularidad digital. Si encontramos un diálogo que nos aporte en esta construcción de autonomía de pensamiento, compartamos, difundamos la voz de las mujeres para que lleguen a más.
Hagamos que la sororidad no sea sólo un término, sino una práctica, incluso incómoda. Acompañar, escuchar y respetar los procesos individuales, aunque haya disparidad de ideas; comprender que la experiencia responde al contexto único y personal. Considero que un feminismo ejercido en extremo y radicalidad replica lo que dice combatir. Gilead se instauró porque muchas mujeres creyeron que su privilegio las protegía, pero el sistema empezó a caer cuando muchas se unieron contra él.
En la vida real no hay una crisis de fertilidad, sino crisis de poder. Por la lucha feminista, las mujeres tenemos libertad de decisión, hasta de nuestros cuerpos, pero a ojos del sector conservador eso parece una amenaza en un sistema patriarcal que les favorece. El cuento de la criada no es una serie de feminismo radical, es una ficción donde un sistema se infiltra lentamente, entre discursos de moralidad, mandatos religiosos y la reasignación de la mujer a un lugar donde solo existe la obediencia sin posibilidad de cuestionar o elegir.
Gilead es una ficción que incomoda, no por sus reglas, sino porque nos obliga a interrogarnos. Siendo mujer me aterroriza pensar que una sociedad así, pero nadie conoce el desenlace de la narrativa en el mundo real.
A nosotras sólo nos queda resistir, pensar, escribir y acompañar siguen siendo formas de resistencia.
Interior de una cocina chica. Al centro, una olla humeante, llena de agua, esperando el último ingrediente para una sopa. En el suelo se encuentra Macabea jugando con Azul, un pequeño faisán Syrmaticus ellioti.
MACABEA: ¡No te lo comas todo! ¡Mamá me va a regañar si lo haces otra vez!
Azul la ignora.
Entra su Madre.
MADRE:¡Macabea Martínez, qué sucia que estás!
MACABEA:¡Es culpa de Azul!
MADRE:¡CUÁNTAS VECES TE LO HE DICHO! Azul es tan solo un animal. Tú eres la niña.
MACABEA:¡Es que no ha querido dejar de jugar!
Azul picotea un tiradero por toda respuesta.
MADRE:A ver, ya, mejor…¡Ve a traerme un cucharón!
MACABEA:¿Cuál?
MADRE:¡Uno muy grande! ¡No! Pero deja a Azul aquí.
MACABEA:¡Sí puedo buscarlo cargándolo! El cajón no está tan alto. […] ¿Es éste?
MADRE: ¡Cuidado con remover hasta el fondo! ¡Ahí también están los cuchillos! A ver, déjame ayudarte a sacarlos. […] ¡Creo que ninguno me funciona! ¡Tendrás que ir por uno nuevo!
MACABEA:¿No funcionan? Pero mira, ¡cuántos hay! ¡Uno por cada color!
MADRE:¡Son demasiado chicos!
MACABEA:¿Pues de qué es la sopa?
MADRE: Este…es una sopa sorpresa. Muy especial.
MACABEA: ¿Por qué? ¡Quieto, Azul! ¡Ya te bajo!
MADRE: Porque…eh…¡Es la receta especial de tu abuela?
MACABEA: Pero a la Abuela no le gusta cocinar.
MADRE:¡Pero cuándo era joven, sí que sí!
MACABEA:¿Ah, sí?
MADRE: Sí, mucho, le encantaba (sobre todo) cocinar platillos con aves. Ella fue quién me dijo que Azul es un Syrmaticus ellioti. ¿Verdad que sí, pajarito? ¡Auch!
MACABEA: Él no juega cuando no quiere.
MADRE: Ya vi, a pesar de su tamaño, sigue siendo un pollito.
MACABEA: Sí. ¡Lo que más le gusta es picotear así, verdad!
Macabea y Azul juegan con los restos al lado de la olla.
MADRE: ¡Cuidado! ¡No se vayan a quemar!
MACABEA: Nunca habíamos usado la olla grande.
MADRE: No, pero ésta es una ocasión muy especial. ¡El agua está que hierve! Ya ve a comprar el cucharón, yo cuidaré de Azul para que no se queme.
MACABEA: La tienda está muy lejos. Va a estar antes la sopa.
MADRE: Todavía no, porque falta un ingrediente en particular.
MACABEA: ¿Cuál es?
MADRE: No te puedo decir, es una receta secreta. Mira, cuándo crezcas, lo sabrás.
MACABEA: ¡Qué injusto! ¡Prefiero quedarme a jugar con Azul!
MADRE: La vida de las mujeres en esta familia rara vez es justa. Ahora ve, si no quieres que te castigue.
MACABEA: ¿Y si me llevo a Azul conmigo para darle un paseo?
MADRE: No tienes correa. Se te puede perder. Además, mira, cómo le gusta el calorcito. Mejor que se quede aquí cerca de la olla.
MACABEA: ¡Cuidado con quemarte, Azul!
MADRE: No te preocupes por eso, yo cuidaré muy bien de él. Ahora, ¡vete! Que se nos hace tarde para que esté la comida.
Azul se despide amorosamente de su dueña, por última vez. Macabea sale. Mamá saca un cuchillo enorme del fondo del cajón de cucharones…
FIN.
Arizbell Morel Díaz.
Becaria de Dramaturgia en la Fundación para las Letras Mexicanas 2025-2026. Especialista en Literatura Mexicana Siglo XX (Teatro) por la UAM Unidad Azcapotzalco. Licenciada en Literatura Dramática y Teatro por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” de 2021-2024 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021). Integrante activo de la Comitiva de Encuentros “Apuntes” de la Cátedra Bergman de la UNAM desde 2021.
Ha dirigido obras como “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida. Actualmente se dedica a la producción y dirección de proyectos teatrales y musicales enfocados en la sustentabilidad, las jóvenes audiencias, la perspectiva de género y las comunidades.
También es actriz entrenada en verso y asistente de producción.
Ha escrito narrativa y ensayo. Su primer texto publicado en La Coyol es “Bitácora de una planta en resistencia” (2020).
Karla Salguero nació en Monterrey, Nuevo León, en el año 2002. Desde entonces habita esta ciudad caótica como parte de su rutina. Es licenciada en Letras Hispánicas por la UANL. Lee y escribe mujeres como resistencia y ha sido ganadora de concursos universitarios en las categorías de Poesía, Cuento y Ensayo.
Al final, lo que nos gusta no es el monstruo, sino el alivio de ver que alguien más se dio cuenta cuán roto puede estar el mundo. Y que, a veces, romperse es la única forma de que entre un poco de luz, aunque la luz sea negra. La Tosquera no es un accidente de la naturaleza, es un agujero hecho por los seres humanos, representa lo que queda cuando las empresas se van: pozos de agua estancada y mitos peligrosos. En Los peligros de fumar en la cama, publicado originalmente en el 2009, posiciona a Mariana Enriquez como la reina del gótico rioplatense, siendo “La Virgen de la Tosquera” y “El carrito del villero” los cuentos que convergen en la película dirigida por Laura Casabé este 2025.
Al mezclar los cuentos, el horror es expansivo, se convierte en un castigo social. Las protagonistas no sufren porque son celosas, sufren porque son crueles. La película nos muestra que la maldad social es lo que invoca el horror sobrenatural. Laura Casabé entiende que en el Conurbano Bonaerense, las leyendas no vienen en cajas separadas, la leyenda de la Virgen se alimenta de la miseria del villero del carrito, todo está conectado por la misma tierra.
En el cuento original, un acto de crueldad gratuita hacia un hombre que vive en la calle desata una cadena de desgracias como locura, robos, suciedad, enfermedad física y mental. En la película, este acto de desprecio no es un evento aislado, es lo que pudre el ambiente de las protagonistas. Combinar estos dos cuentos es como mezclar alcohol con pastillas, siendo el resultado mucho más turbio y difícil de olvidar que si los lees por separado. La película pronto deja de ser un drama de celos para ser una crónica de la degradación moral, donde el alivio no viene con la salvación, sino con el reconocimiento del horror.
No hay lecciones morales, solo consecuencias. El que las hace, las paga… pero con una moneda que no es de este mundo. La falta de piedad en los personajes es lo que abre la puerta a lo sobrenatural. En la tosquera, un amor viscoso justifica el sacrificio; en el barrio, la complicidad silenciosa de los vecinos que ven cómo la miseria y la sangre del villero se pudren en la puerta de su casa y prefieren seguir mirando para otro lado. A todo esto, lo que termina de cocer los cuentos es la textura, te hacen sentir que tienes que lavarte la cara con lavandina. Esta suciedad no es solo ambiental, es el horror manifestándose en lo que olemos y tocamos: el agua estancada, la costra de mugre, la sangre seca, el calor que hace que todo fermente. Todo comienza con el pueblo que se pudre porque alguien decidió que una persona no valía, del mismo modo que ignoran la sangre y su carrito. Toda esta podredumbre converge en la tosquera, donde la Virgen a la que acude Natalia es la forma que toma su propia oscuridad cuando necesita un altar.
Si estamos trazando puentes con la devoción popular y el misticismo que bordea lo trágico, la Santa Rita de Casia, conocida como la Patrona de los Imposibles, es casi un guión de terror gótico y de resiliencia extrema. Rita no tuvo una vida de nubes y ángeles, fue una sucesión de traumas que explicarían por qué se convirtió en el refugio de los que ya no tienen esperanza. Sus padres la casaron con un hombre brutal, Paolo Mancini, bajo el cual ella vivió dieciocho años de abusos y amargura. Ella representa esa violencia doméstica silenciosa que ocurre detrás de las paredes de una casa “normal”. Tras el asesinato de su marido en una vendetta, los hijos juraron vengar su muerte. Rita, en un acto radical y aterrador, le rezó a Dios para que se los llevara antes de que se convirtieran en asesinos. Poco después, ambos murieron por la peste. Ya siendo monja, mientras rezaba frente a un crucifijo, se dice que una espina de la corona de Cristo se clavó en su frente, un claro estigma divino que nunca sanó, se convirtió en una llaga purulenta y con un olor fétido que la obligó a vivir aislada la mayor parte de su vida.
Esa llaga en la frente que no sana es la representación física de la suciedad que nombramos en los cuentos de Mariana Enríquez, es el horror que emana del cuerpo sagrado. A Santa Rita no se le reza por cosas pequeñas, se le reza cuando el agua nos llega al cuello, muy parecida a esa fe ciega y oscura de los personajes de “La Virgen de la Tosquera”.
La Virgen de la Tosquera es una Santa Rita provocadora a la que Natalia entrega su inocencia y su lealtad a cambio de un imposible: Diego. Sin embargo, para que la Virgen rompa las leyes de la realidad, necesita un pago equivalente. El objeto de su deseo ya no es de Silvia, pero se lo entrega a Natalia roto, muerto e inalcanzable. Es la ironía máxima del horror: tener lo que querías, pero de una forma que te destruye. Es una deidad que proyecta el dolor hacia afuera, hacia los que se atreven a pedirle algo. No espera el sufrimiento, lo provoca porque entiende la fe y el amor como un sacrificio.
Para alguien que crece en este entorno, el desastre social es solo ruido de fondo. Natalia mira el incendio del carrito, el caos del cibercafé y el robo al carnicero con una frialdad casi anestesiada. La atención de Natalia está en una oscuridad distinta, el silencio es su forma de expresar que esas son grietas menores frente al desastre que va a suceder.
Cuando aparecen “sus perros” para castigar a Silvia y a Diego, Natalia finalmente se quiebra en llanto, pero esas no son lágrimas de arrepentimiento, son de reconocimiento. Los perros son suyos porque ella les dio permiso de existir al desear el mal, llora porque el milagro se cumplió y ya no hay vuelta atrás, la belleza por la que ha rezado es terrible.
Natalia no llora por la miseria del vecino, porque esa miseria es un paisaje cotidiano. Llora porque descubre que el horror no es algo que le pasa a los demás, sino que algo que ella misma sacó a pasear. Sus perros no muerden por hambre, muerden por obediencia. Y no hay nada más aterrador que ver cómo tus deseos más oscuros cobran vida y te saludan con la cola.
El matiz que convierte al cuento en una tragedia de poder y corrupción espiritual es cuando ella dice “Son mis perros”, está reclamando la autoría del horror. No es una víctima de las circunstancias, ni espectadora de un milagro ajeno, es la arquitecta de la destrucción. En la religión tradicional, uno pide un favor y la divinidad decide. En cambio, Natalia ha realizado una transustanciación, es decir, el odio que sentía por Silvia y el deseo por Diego se han materializado en esos animales. La Virgen de la Tosquera le prestó su fuerza para que Natalia misma ejecutara la sentencia.
Esa apropiación es profundamente provocativa, porque subvierte el rol femino pasivo. Ella no espera que el destino se lleve a Silvia, ella suelta a sus perros. No está demás señalar que siendo sus perros, también le muerden el alma, porque al reclamarlos también admite que la fealdad del barrio, el humo del carrito incendiado y la sangre en la tosquera ahora viven dentro de ella.
El horror definitivo no es que existan monstruos en la tosquera, sino que Natalia, una adolescente con el corazón roto, los mire a los ojos y diga: Son míos. En ese momento, la divinidad profanada y la voluntad humana se funden en un solo acto de crueldad. Natalia no es una devota de esta Santa Rita provocativa, decidió ser esta Santa Rita para dejar de sufrir los imposibles y empezar a provocarlos.
La monstruosidad de nuestros propios sentimientos mundanos es el verdadero terror cotidiano. Ser una adolescente despechada no es solo un drama de jovencitas, es un estado de vulnerabilidad absoluta donde el mundo se vuelve hostil. Esa sensación de sentirse vulnerada por otra mujer que quiere demostrar superioridad es el motor de la crueldad social. No es solo envidia, es la lucha por la existencia en un espacio donde parece que solo hay lugar para una. Silvia no solo “gana” a Diego, sino que ostenta su belleza y su seguridad como un arma. En cambio, Natalia no responde de la misma forma, ella reza a la Virgen de la Tosquera. Podríamos plantear que el terror no es algo que nos pasa, sino algo que hacemos para defendernos de la humillación.
Nos han enseñado a temer a lo que camina de noche, pero el verdadero miedo debería darnos la chica que calla cuando ve la miseria del barrio, el robo del carnicero, o mientras se quema el carrito del villero. El terror es esa calma tensa de quien se sabe herida por otra y decide que, si el mundo la hizo sentir menos, ella va a demostrar que es dueña de la jauría que desgarra el mundo. El despecho no es una emoción, en las manos de Natalia, es una declaración de guerra.
Natalia siente que Silvia ya decidió quién es: la amiga segundona, la que mira desde afuera, la que no tiene el poder de atracción. Todo lo que haga Natalia será visto por Silvia desde ese pedestal de superioridad. Lo mismo con el villero, el barrio ya decidió que es un despojo, un estorbo de mugre en sus calles perfectamente limpias, no importa si el hombre es bueno o malo, todo lo que haga es interpretado desde ese prejuicio. El horror en estos cuentos de Enríquez y que Casabé retrata perfectamente en la película es la soberbia de creer que podemos definir la esencia de los demás. Cuando decidimos quién es el otro, le quitamos su humanidad y ahí entra la luz negra. Sin embargo, esa ceguera del otro resulta ser su mejor escondite, porque mientras ellos ven la imagen que inventaron, los protagonistas se refugian en esa invisibilidad para cultivar su poder.
Ahora bien, no olvidemos a las mellizas. Si Natalia es el brazo ejecutor del horror, las mellizas son el coro griego de esta tragedia del Conurbano, ellas no intervienen, no juzgan, solo atestiguan con una naturalidad que resulta escalofriante. Las mellizas no se alejan de Natalia porque, en el fondo, comparten la misma frecuencia. Para ellas, la muerte de Diego es el resultado lógico de haber jugado con fuego. Esto demuestra que en la adolescencia que retrata Mariana Enríquez la intensidad no es un defecto, es una forma de existir. Todo esto refuerza la culpa de clase y de grupo, porque la lealtad de las mellizas es hacia Natalia y los demás son sacrificables. Su falta de lágrimas es la prueba de que el pacto de amistad es más fuerte que cualquier moralidad convencional.
Las mellizas representan esa sociedad que mira el desastre y sigue caminando por la vereda de enfrente. Cuando a diario vemos pruebas de lo podrido del mundo, la muerte de un chico lindo es un detalle más en la crónica del día.
No hay que olvidar la escena del boliche en la película, porque es perfecta para retratar esta culpa de clase y la coreografía visual que revela quién es quién. En el boliche, Silvia usa su cuerpo y el espacio como una dueña, Ella es consciente de que la miran y usa a Diego como un trofeo, no como un novio. En esa escena, Silvia es la “Santa” que todos quieren tocar, mientras que Natalia y las mellizas son las sombras que la rodean.
Natalia sufre y se retuerce de envidia, mientras que las mellizas son las que validan que el brillo de Silvia es artificial, sólo tiene valor si otros la miran, y son las que atestiguan que el barro de la tosquera es lo único real. La película captura algo que en el cuento es sutil pero en escena es brutal: la humillación pública. Es fascinante como Diego pierde su agencia, es un objeto que pasa de mano en mano, la pelea no es por él, es a través de él, así Natalia mide fuerzas con Silvia. Sin embargo, en medio de la música y la gente, Natalia se encuentra en un desierto emocional que termina de romperla. Cuando ve a Silvia y a Diego juntos bajo las luces, entiende que ella es la perdedora. Por eso, al salir de ahí, lo único que le queda es reclamar a sus perros.
En el boliche, Silvia gana la batalla de la superficie, la de las luces y el deseo inmediato. Pero Natalia, custodiada por el silencio de las mellizas, gana la batalla de la profundidad.
No hay que pasar por alto la peregrinación hacia el altar escondido de la Virgen en la tosquera. Mientras que Natalia y las mellizas rodean la tosquera a pie en una procesión lenta, terrenal y calurosa; Diego y Silvia se lanzan al pozo con la soberbia de cruzarlo a nado. Sin embargo, estos últimos al llegar a la otra orilla, deciden volverse a nado al ver a las chicas, un claro desplante a la comunión de una peregrinación y al altar de una Virgen que se alimenta de la carencia y el dolor, no del placer ajeno. Y como bien sabemos, en el gótico rioplatense, lo que se ignora es precisamente lo que termina por devorarte.
Lo que Diego y Silvia ven como una broma de verano, la Virgen lo ve como un sacrilegio. En la literatura de Mariana Enríquez, no hay diferencia entre el milagro de una santa y una macumba de barrio. En “El carrito del villero”, la macumba no es un hechizo que se realiza en plena calle con velas negras, es una energía que se activa cuando los vecinos lo desprecian y ofrendan su propia crueldad, de hecho el villero no reza ni los maldice para que les vaya mal, su sola presencia herida es la que pudre el ambiente. De la misma forma, Natalia no le reza a una Virgen de mármol en una iglesia impecable, le reza a esta versión de la Patrona de los Imposibles que entiende que ese odio fermentado en la calle del barrio es la misma energía redirigida al imposible de Natalia: Diego. Es decir, el ruego de Natalia converge en que si el mundo es tan sucio como para dejar que un hombre se muera en la calle, entonces que esa misma suciedad le quite Diego a Silvia.
Con esto entendemos que los milagros y las macumbas no son hechos aislados, en el universo de Mariana Enríquez, sino que el horror es reciclable, es decir, la energía del odio social que sobra en una esquina se usa para alimentar un deseo privado en la otra. Natalia no le ofrece flores a la Virgen de la Tosquera, le ofrece el caos del cibercafé, el humo del carrito quemado, el robo al carnicero, toda la fealdad cotidiana que la rodea para que la Virgen la use y le de a Diego.
La Virgen de la Tosquera es provocativa porque no es una estatua pasiva, es una entidad que, al igual que Santa Rita con su espina en la frente, muestra su fealdad. El ruego funciona porque la Virgen se ve en el despecho de Natalia, es un pacto entre dos seres vulnerados que deciden dejar de sufrir para empezar a morder.
Sin embargo, la Virgen no le concede un milagro como tal, le concede una jauría. Y Natalia, en vez de asustarse, los reconoce como sus perros. Estos son la macumba y el milagro convergiendo en algo aterrador y ese es el momento en que el horror deja de ser un evento ruidoso para convertirse en un estado mental permanente. Al apropiarse de ellos, Natalia ya no es la jovencita linda que compite con Silvia, es la dueña de todo lo que los demás temen.
La escena final de Natalia y las mellizas volviendo en micro a sus casas es el cierre perfecto. Las tres ejecutan el acto final de la complicidad, ellas miran el paisaje de la ventanilla con frialdad, no hay trauma porque el mundo en su cotidianeidad ya les demostró que el que no muerde, es mordido.
El colectivo arranca y el paisaje empieza a correr detrás del vidrio, Natalia y las mellizas se muestran con una calma que hiela la sangre, no hay culpa, solo alivio. Han dejado atrás la tosquera, los cuerpos de Diego y Silvia, pero no huyen de nada. Se llevan el desastre puesto como una segunda piel. El horror cotidiano es el viaje de vuelta a casa sabiendo que mientras el mundo sigue girando distraído, ellas son las únicas que saben de quién son los perros de la tosquera.
Los pasajeros que las ven son sombras que van y vienen, ellos no saben que Natalia acaba de “romper” la realidad. Natalia ya no pertenece a la misma dimensión mental que el resto de los pasajeros, es precisamente esa burbuja de horror lo que la protege de la banalidad del mundo. Las tres miran por la ventanilla con normalidad, con el silencio de quienes han ganado una guerra que nadie más sabe que existió.
Lo más inquietante es que el colectivo las lleva de vuelta a casa, a la cena, a la televisión con Susana Gimenez de fondo, se van a lavar la cara, a quitarse el barro de la tosquera y van a seguir existiendo. El viaje es el proceso de digestión del horror, el tiempo que necesitan para que el pulso se normalice y sigan su rutina.
Natalia no es una criminal, es una pasajera más que mira el atardecer por el vidrio sucio. Al apropiarse de su milagro, ha ganado una paz que contempla un nuevo mundo donde los perros siempre saben a quién morder y las santas siempre se cobran lo que dan.
Ella ha ganado sobre Silvia, pero en su victoria habita la soledad de los dioses caídos. Se queda con el poder, se queda con la jauría, pero pierde el derecho a la distracción. Al final esta Santa Rita provocativa le concedió el deseo más peligroso de todos: el de no ser como los demás. Y ahí, en el asiento del micro, mientras el sol se pone sobre el conurbano, Natalia comprende que ser la dueña de las sombras significa que nunca más podrá caminar bajo las luces de la ciudad sin que sus perros le pisen los talones.
La gran paradoja del poder en el universo de Mariana Enríquez es que el deseo cumplido es la celda más solitaria del mundo. Al apropiarse de los perros y de la voluntad de la Virgen, se ha exiliado de la humanidad común. Ya no puede quejarse de un desamor con su tía, ni comentar un chisme de boliche. Su vida interior se ha vuelto un territorio prohibido. La soledad no es sólo física, es no poder ser traducida por nadie más. Al final, hay más cosas en el cielo y la tierra que las soñadas en nuestra filosofía, un lugar donde los imposibles se cumplen, siempre y cuando uno esté dispuesto a dejar que tus propios perros te muerdan el alma.
El día que papá se fue de la casa, un repique de campanas anunció su partida.
La primera sonó cuando la discusión entre mamá y él estalló como un balón al que se le ha vertido demasiada agua por un tiempo prolongado. Era de esperarse que ese momento llegaría; las incesantes quejas de mamá fueron esa agua sin medida que iba lleando poco a poco el globo hasta que ya no tuvo más espacio y se le rompió en las manos. Sin embargo, la cara de sorpresa de cuando papa le anunciaba que se iba no podía ser más expresiva. Como si ni siquiera se hubiera dado cuenta de que era su responsabilidad detener el agua antes de que el globo alcanzara ese punto de no regreso.
Sentada sobre el último escalón en la parte alta del primer piso, con mis apenas once años, fui testigo de aquella explosión: después de varios gritos y aspavientos, sobre todo de papá, este subió hacia la que, hasta ese día, había sido su habitación. Al pasar junto a mí tan solo me miró como si con sus ojos quisieran pedir perdón.
La segunda campanada sonó cuando papá sacó una gran maleta de por encima del armario. Sin cuidado por doblar la ropa, como siempre hacíamos al preparar nuestro equipaje antes de cualquier viaje, aventó dentro todas sus pertenencias o, al menos, la mayoría de ellas. Después, pasó de nuevo apresurado junto a mí, quien seguía sentada sobre el escalón sin poder moverme. Detuvo unos segundos su carrera y me dio un abrazo muy fuerte, al mismo tiempo que me susurró un “te amo, princesa”.
Una tercera campanada sonó cuando la puerta de la entrada se azotó detrás de papá. Escuché una cuarta al encenderse el motor de su auto y una quinta, cuando este se marchó.
En todo ese tiempo mamá se quedó como yo, inmóvil, sobre el pasillo que llevaba hacia la puerta de la calle. Las campanas siguieron repicando mientras ella subía por las escaleras y, sin ni siquiera mirarme, pasó junto a mí y se encerró en su habitación hasta el día siguiente. Un repique de campanas sonó toda la noche, supongo que fueron los ecos del llanto ahogado de mamá y del mío.
Las quejas de mamá siguieron, a pesar de haber comprobado el efecto tan negativo que habían tenido en el ánimo de papá. Más ahora, yo me había convertido en el recipiente sobre el cual se vertía toda esa agua hasta desbordarse.
Las campanas pararon de sonar un día. No sé si fue porque el llanto de mamá se contuvo o porque cerré mis oídos para ya no escucharla más. Sin embargo, estaba convencida de que el día en que papá regresara a casa también sería anunciado por un repique de campanas, solo que en esa ocasión, estas sonarían diferentes, pues su sonar sería para dejarme saber que papá había venido a buscarme.
Una mañana al despertarme, me pareció escuchar un pequeño sonido que con el paso del día se fue transformando en el repique de una campana. Mi corazón se llenó de contento; el día había llegado en que papá volvería por mí. Preparé mi maleta y cuando el repique de campanas se intensificó corrí escaleras abajo para esperarlo.
Me topé con el rostro de mamá, el cual estaba, en completo, desencajado. Alguien en efecto había sonado a la puerta y le habían informado que papá había sufrido un accidente vial muy fuerte y había muerto. Mamá me abrazó al verme, pero yo estaba convencida de que él esperaba por mí detrás de ese trozo de madera. Las campanas repicaban sin cesar, así que me solté de ella y corrí hasta la puerta para abrirla. La calle estaba desierta. Fue en ese momento en que reconocí que el sonido del repique de las campanas se asemejaba al de un lamento imposible de acallar.
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