El 14 de enero murió mi mamá, cuando sucedió, lo primero que sentí no fue tristeza pura, sino una mezcla rara: enojo, culpa, confusión. Me dolía que se hubiera muerto y, al mismo tiempo, me dolía que ese dolor no se pareciera a lo que se supone que debería sentirse cuando muere una madre. Como si existiera una forma correcta de llorar y yo no estuviera siguiéndola bien.
Crecí lejos de ella. La última vez que la vi, creí que iba a pedirme perdón. No lo hizo. Habló de maternidad como si no hubiera grietas, como si el pasado no pesara. Me fui enojada. Lo único que me llevé fue un detalle mínimo e inesperado: su letra. Escribía bonito. No recordaba eso. Y ese hallazgo pequeño, casi absurdo, fue lo más cercano que sentí a ella en años. Ahí, en una hoja escrita con cuidado, hubo algo que se parecía a mí.
Después vino todo junto. La muerte. Una crisis fuerte en mi relación. La sensación de que todo lo que antes se arreglaba fácil ahora se volvía imposible.
Una amiga, que había perdido a su padre tiempo atrás, me dijo algo que me abrió los ojos: cuando alguien muere, las emociones no cambian, se intensifican. El enojo enoja más. La tristeza pesa más. Las discusiones escalan. El cuerpo anda sin filtro.
Ahí entendí lo que me estaba pasando. Estaba viviendo una superposición de pérdidas. Pero me negaba a mirar una de ellas. Prefería pensar que todo lo demás era el problema, menos la muerte de mi mamá. Como si nombrarla fuera demasiado. Como si aceptarlo me fuera a romper del todo.
Y aun así, me rompí.
Me cerré. Con mi pareja. Con mi familia. Con mis amigos. Con quienes siempre me ven fuerte.
Cuando la seguridad se rompe, la palabra se encoge. No porque no exista nada que decir, sino porque ya no se sabe si decirlo va a cuidar o a lastimar más. Guardarme se volvió una forma de sobrevivir. Callar, una manera de no perderlo todo.
También apareció otro miedo, más hondo: el miedo a elegir mal. A repetir historias. A quedarme donde no debo. A convertirme en lo que juré no ser. La muerte no solo se llevó a alguien; dejó preguntas abiertas sobre el futuro, sobre las decisiones, sobre el fracaso, sobre el amor.
Después de casi 20 años todavía me descubro pensando que tuve que haber hecho algo mal. Que debía existir algo defectuoso en mí para que no se quedara. Durante mucho tiempo creí que el abandono era una consecuencia. Que si una madre se va, es porque una hija no fue suficiente. Cuando era niña me esforcé mucho por valer la pena. Por ser buena, por ser interesante, por ser digna de que alguien se quedara. No sabía que estaba intentando reparar una ausencia que no me correspondía.
Hay un tipo de duelo del que casi no se habla: el duelo sin vínculo. Ese que no nace de la cercanía, sino de lo que nunca fue. De las conversaciones que no existieron. Del perdón que se pensó resuelto y de pronto ya no tiene a quién dirigirse. Es un duelo silencioso, sin ritual claro, sin permiso social. Y por eso pesa doble.
A veces pienso que no ir al funeral estuvo bien. A veces me arrepiento. Ambas cosas son verdad.
No sé si ya perdoné. No sé si algún día iba a llegar esa conversación. No sé si el dolor se va a acomodar.
Lo que sí sé es que no todo duelo se llora igual, y no toda fortaleza consiste en aguantar en silencio. Mostrarme entera todo el tiempo me dejó sola. Y eso también cansa.
Quizá escribir esto no sea una forma de cerrar nada. Tal vez solo sea una manera de decir: esto existe, aunque no encaje en los moldes. Esto duele, aunque no se note como debería.
Porque al final, hay ausencias que no se van. Solo cambian de forma.
Mamá, eres la ausencia más presente en mi vida.
Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.
Hace unos días, mi novio me mostró una imagen que encontró en internet: el currículum de un hombre llamado Feng Yuan. Durante veintidós años trabajó como ingeniero en Microsoft, y después decidió dedicarse a criar gansos y a cultivar bonsáis. Me quedé mirando esa lista de empleos como si fuera una pequeña fábula contemporánea. Pensé en la vida de las personas que quiero, en sus caminos, en sus giros, en sus pausas. Pensé también en los míos, en todos los momentos en los que estuve convencida de saber quién era, hasta que algo cambió y ya no lo supe más.
¿Alguna vez has sentido que lo que ayer te definía hoy ya no encaja contigo?
Durante muchos años creí que mi vocación era la música. Desde muy pequeña, hasta los dieciséis, todo lo que soñaba tenía acordes y melodías. Luego, pensé que era el cine, y por eso estudié Comunicación Audiovisual. Más tarde, creí que eran las cartas. Cuando salí de la universidad, me acredité como jugadora profesional de baraja inglesa y trabajé durante un año de lleno en un casino. Pero después de ese año, entendí que eso tampoco me llenaba. Entonces volví a algo que siempre había estado ahí, casi esperándome: escribir.
Creo que escribir es lo que mejor se me da. Es la forma más natural que tengo de comunicarme, de entender lo que siento, de mirar el mundo. Me gusta pensar que no escribo para encontrar respuestas, sino para entender mis preguntas. Y aunque hoy creo que esa es mi vocación, hay instantes en los que me asalta la duda: ¿y si no lo es? ¿Y si un día quiero volver al cine, o abrir un negocio, o dedicarme a algo completamente distinto? A veces pienso que todos tenemos una historia que gira sobre la misma pregunta: ¿qué estamos llamados a hacer?
Cristian, 28 años.
Desde pequeño admiraba a su hermano mayor, que estudiaba ingeniería en sistemas. Le fascinaba verlo construir cosas nuevas, y aunque no lo entendía del todo, intuía que ahí había algo poderoso: la posibilidad de crear. Pensó que, si su hermano podía hacerlo, él también. Quizás incluso mejor.
En la secundaria empezó a tener contacto con las computadoras y los teléfonos, y al mismo tiempo descubrió la música. Ver videos en Vevo fue su primer acercamiento al universo digital y, sin saberlo, ahí se unieron sus dos pasiones: la tecnología y el sonido. Soñaba con trabajar en algo que le diera para comprarse tornamesas, instrumentos o pagar clases. Su hobby era el beatbox, porque era lo único que podía hacer sin gastar dinero.
En la preparatoria su maestra de informática le habló de lo que significaba ser programador, y la idea le pareció fascinante. Imaginaba su vida entre Francia y Canadá, trabajando con código y creando. En el último semestre, un amigo lo convenció de entrar a la Universidad Politécnica para estudiar Desarrollo de Software, y fue ahí donde todo empezó a tomar forma.
Con el tiempo, logró combinar ambas pasiones. Hoy es ingeniero de software, pero también músico y creador. Fundó Avant Garden, un proyecto audiovisual que busca dar visibilidad a artistas electrónicos y visuales del sur de México. “Un artista exitoso no es quien vive del arte, sino quien puede seguir haciéndolo”, dice. “En la música solo soy artista. No me gustan las etiquetas. Solo quiero hacer lo que quiera.”
Vivimos en una época que nos ha hecho creer que encontrar la vocación es casi una obligación moral. Desde que somos pequeños, se nos enseña que hay una sola cosa que vinimos a hacer, un propósito casi divino que debería guiarnos como una brújula infalible. Pero la vida rara vez funciona así.
La cultura actual ha convertido la vocación en una especie de mito moderno. Un ideal que promete sentido, estabilidad y éxito. Como si todos tuviéramos que descubrir “a qué venimos” antes de los treinta, o de lo contrario habríamos fallado. Se nos repite que hay que encontrar eso que “nos apasione”, sin mencionar lo confuso que puede ser buscar una pasión cuando la vida está llena de responsabilidades, miedos, necesidades y cambios.
El problema está en que entendemos la vocación como un punto fijo, cuando en realidad se parece más a un mapa lleno de caminos posibles. Algunos se recorren con entusiasmo, otros con cansancio; a veces uno regresa, a veces se pierde y a veces, simplemente, se detiene a mirar. Lo que cambia no es la esencia, sino la dirección.
Tal vez no se trata de encontrar una sola vocación, sino de reconocer que hay muchas formas de sentirse vivo, muchas maneras de darle sentido a lo que hacemos. Y que cambiar de rumbo no siempre es fracasar, sino escucharse.
¿Y tú? ¿Alguna vez has sentido que tu brújula apunta hacia otro lado, justo cuando pensabas haber encontrado el camino correcto? Quizá, al final, todos tenemos un poco de Feng Yuan: la valentía de reinventarnos cuando el corazón cambia de dirección.
Por Alondra de Castilla.
Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.
Aprendemos a decir adiós, a soltar, a cerrar ciclos. Nos hablan del “deber ser” del duelo: sus etapas, sus tiempos, sus formas. Pero nadie —nadie— nos prepara para esa forma sutil y persistente en que el amor sobrevive a la muerte.
Porque el amor no se muere con el cuerpo. Permanece. Cambia de forma. Se acomoda a las grietas del alma y se manifiesta en pequeños rituales, en la memoria encarnada del que se queda.
Estos últimos tres meses, mientras mi papá pasaba por un episodio de salud muy grave, pensé por primera vez en su muerte como una posibilidad real. Y me asusté. No estaba lista para soltarlo. No sabía cómo se hace eso. Nunca nadie me explicó qué pasa con el amor cuando la persona ya no está, pero aún ocupa tanto espacio. Me di cuenta de que no estaba preparada, y quizás nunca lo estaré.
Ese pensamiento me llevó a una pregunta que puede parecer absurda en un mundo que mide todo en términos de eficiencia, productividad y lógica: ¿qué hacemos con el amor que se queda cuando la persona se va?
Así nació esta columna.
Le pregunté a algunas personas cómo viven el amor después de la muerte. Las respuestas me conmovieron profundamente. Son fragmentos de vida. Heridas abiertas. Actos de ternura radical.
Mariana, 30 años: “Han pasado tres años desde que murió mi novia. Le sigo escribiendo por WhatsApp. A veces le mando memes, canciones, cosas sin importancia. Nadie más tiene acceso a ese número, yo lo mantengo vivo, pero no me importa, ni me molesta hacerlo. Es mi manera de seguir compartiéndome con ella.”
Roberto, 47 años: “A mi mamá la enterramos un lunes. El siguiente domingo fui a verla. Desde entonces no he fallado ningún domingo. Le cuento de mis hijos, del trabajo, de lo que me molesta. Es como hablar conmigo mismo, pero también con ella. A veces siento que me responde.”
Andrea, 28 años: “Mi abuela siempre decía que iba a volver en forma de colibrí. Yo creía que eso eran tonterías, pero el día que murió, un colibrí se metió a mi cuarto. Desde entonces, cuando uno se me acerca, me detengo. Le hablo bajito. La extraño tanto que cualquier señal me ayuda a seguir.”
Fernando, 61 años: “Cuando murió mi esposo, pasé meses en silencio. Un día, cociné su receta favorita. Puse su música. Puse su copa. Me senté a cenar con él. Lloré toda la noche. Pero esa noche volví a sentirme acompañado.”
El amor después de la muerte es quizás la forma más compleja y pura del amor. Ya no espera nada a cambio. Ya no compite con el ego. Ya no se defiende. Es amor que se vuelve memoria, presencia invisible, acto cotidiano.
Y aunque el mundo nos diga que hay que dejar ir, que hay que pasar página, que hay que “superarlo”, yo creo que hay cosas que no se superan. Se llevan. Se honran.
Tal vez, en la muerte, también se esté ocupado. Pero el amor, en su infinita capacidad de transformación, encuentra maneras de seguir existiendo.
Por: Alondra de Castilla.
Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.
Si el amor es algo tan universal, ¿por qué tantas personas se sienten insatisfechas en sus relaciones?
Para responder esta pregunta, hablé con diferentes personas sobre sus experiencias en el amor. Lo que encontré fue un patrón: muchas de nosotras hemos crecido con la idea de que debemos amar de cierta manera, siguiendo reglas no escritas que, más que acercarnos a la felicidad, nos llevan a la frustración.
Los testimonios de un problema común:
Clara, 32 años, me dijo: “Yo solía pensar que una buena mujer debía ser comprensiva, paciente, que debía esperar a que un hombre me eligiera y me demostrara su amor. Pero en mis relaciones, siempre terminé sintiéndome agotada, como si amar significara estar en deuda constante.”
Por otro lado, Carlos, 27 años, me contó: “A mí me enseñaron que los hombres tienen que ser fuertes, que no necesitamos afecto tanto como las mujeres. Así que en mis relaciones, me acostumbré a recibir menos de lo que daba. Hasta que me di cuenta de que el amor no debería sentirse así.”
Y luego está Sofía, 40 años, quien me confesó: “Yo me esforcé por no depender de nadie. Me dijeron que si una mujer se vuelve autosuficiente, el amor llegará solo. Pero la verdad es que ser independiente no me protegió del dolor de encontrar hombres que seguían esperando que yo me amoldara a su mundo, sin que ellos hicieran lo mismo por mí.”
Después de escuchar estas historias, la pregunta es inevitable: ¿cómo podemos construir relaciones amorosas que no nos encadenen a expectativas injustas?
El feminismo en el amor: no es una guerra, es una liberación.
Muchas personas creen que el feminismo es un enemigo del amor o que está en contra de los hombres, pero esto no podría estar más lejos de la realidad. El feminismo no busca eliminar el romance, sino sacarlo de la jaula de los roles de género que nos limitan.
El problema no es el amor en sí, sino las ideas que nos han vendido sobre lo que significa amar. Nos han enseñado que las mujeres deben ser entregadas, sacrificadas, pacientes, y que los hombres deben ser proveedores, fuertes, emocionalmente invulnerables. Y en ese juego de expectativas, terminamos desconectándonos de lo que realmente queremos.
Porque cuando el amor se basa en reglas rígidas, dejamos de vernos como personas completas. Nos volvemos personajes en una historia que no escribimos.
Entonces, ¿cómo podemos amar de manera más libre?
La respuesta no es sencilla, pero hay algunas claves:
1. Cuestionarnos lo que nos enseñaron: ¿Realmente quiero esto o lo hago porque “así deben ser las cosas”? Preguntarnos esto nos ayuda a identificar patrones que nos han lastimado.
2. Aprender a comunicar nuestras necesidades: Muchas mujeres sienten que expresar lo que necesitan es “exigir demasiado”. No lo es. El amor debe ser un espacio donde ambas partes puedan pedir y recibir en igualdad.
3. Entender que el feminismo también libera a los hombres: Permitirles sentir, llorar, equivocarse, sin esperar que sean héroes inquebrantables, es una forma de amor. No se trata de una competencia entre géneros, sino de encontrar maneras más humanas de relacionarnos.
4. Romper con la idea de que el amor es sacrificio: Amar no debería significar perderse a una misma. No se trata de medir quién da más o quién se esfuerza más, sino de construir un amor que haga bien a ambas partes.
El amor sin moldes:
Al final, lo que buscamos no es dejar de amar, sino hacerlo sin sentirnos atrapadas. Queremos un amor donde podamos ser auténticas, sin miedo a romper reglas impuestas. Queremos relaciones donde no se nos pida ser menos para que el otro se sienta más fuerte. Queremos, en resumen, amar desde la libertad, no desde la obligación.
Y quizás, solo quizás, cuando dejemos de seguir guiones que no escribimos, encontraremos un amor que se sienta como un hogar, no como una trampa.
Por: Alondra de Castilla.
Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.
Es poco el tiempo y son muchos los temas para abordar en espacios tan valiosos como una columna semanal. Durante los últimos días, me he estado preguntando, ¿qué deseo escribir, qué deseo compartir?, porque la realidad es que no siempre confluyen ambos ejercicios; uno es lo que escribo, otro, lo que final llega al público lector.
Me he sentido fascinada por ejercer la escritura, más allá de la literatura. Desde distintos sitios, momentos, tareas. Estar comprometida con la poesía, también me ha llevado por otras encrucijadas, por nuevas sendas que estoy explorando. Por ejemplo estar aquí con ustedes.
Para las personas que escribimos debe ser fundamental encontrarse en otros medios, porque al final nuestras voces hacen eco o por lo menos, es lo que quiero creer, ahora con la tecnología y el internet, el rango de acción es enorme.
Dentro de la poesía caben todos los mundos, eso platicaba hace poco con un compañero escritor. Si bien es cierto que la poesía es un lenguaje, no es un lenguaje frecuente, es decir que no se usa para el día a día, para realizar nuestras actividades importantes, para lo más urgente, no tiene códigos, signos o símbolos que puedan ser usados de forma natural. La poesía es una construcción, una especie de aparato, un artefacto. La poesía tiene otros momentos, otros espacios que sí le son esenciales e inherentes.
A veces me siento con impulso suficiente como para cruzar caminos, patrones y entonces con un poco de buena fortuna: tratar de exponer en un solo contenido, todo tipo de formas de escritura, sin duda es algo que resultaría fascinante.
Hay cartas que nos conmueven, por ejemplo, pero también nos explican, nos abren los ojos, nos comparten hechos, temas trascendentes. Hay poemas que solamente juegan con las palabras, que las hacen ir de aquí para allá, como en una especie de vaivén, un movimiento repetitivo, con un ritmo atrayente. Otros poemas nos rompen en mis pedazos, abren la cortina de la realidad, parten el suelo de la sociedad, nos iluminan el rostro con verdades que hieren, de tan fuertes, de tan terribles nos derrumban en cuanto pasamos de un verso a otro; a esos poemas los veo como una especie de explosión, apenas dura, pero el impacto es enorme.
Existen esos otros poemas que vamos disfrutando poco a poco, como un perfume, como un lugar sagrado: entramos con pasos suaves, de puntillas, sin querer mover nada, sin hacer ruido, como captando todo lo que nos rodea, ese tipo de poesía permanece más tiempo con nosotros, porque tenemos que revelar cada verso, encontrando una y otra vez algo distinto. No es una explosión, es la inmersión a otros universos. Ambas formas son fundamentales.
Ahora, a mí me gusta que ustedes como lectores puedan sentir en un solo texto, todas las emociones y sensaciones posibles, esa es mi aspiración cuando escribo algo diferente, cuando salgo de lo versado, cuando trato de llegar a otros cielos, cuando procuro ver a través de los espejos con distinta mirada.
¿Para qué la poesía si tenemos la vida, la música, la pintura?, ¿para qué la poesía si tenemos formas más efectivas de comunicarnos?
Ustedes, ¿qué piensan? Yo creo que en la poesía encontramos las palabras que precisamos cuando nos afrontamos a los grandes temas de la humanidad como la existencia, el amor y la muerte.
También creo que en la prosa encontramos la manera de llegar más rápido, más pronto, más efectivamente, por ejemplo como ahora, que seguramente se darán cuenta de que escribo desde una certeza como una hoja en el aire y todas los cuestionamientos posibles como la infinita combinación de palabras de un nuevo poema.
En la poesía conviven: el amor, la vida y la muerte.
El día que papá se fue de la casa, un repique de campanas anunció su partida.
La primera sonó cuando la discusión entre mamá y él estalló como un balón al que se le ha vertido demasiada agua por un tiempo prolongado. Era de esperarse que ese momento llegaría; las incesantes quejas de mamá fueron esa agua sin medida que iba lleando poco a poco el globo hasta que ya no tuvo más espacio y se le rompió en las manos. Sin embargo, la cara de sorpresa de cuando papa le anunciaba que se iba no podía ser más expresiva. Como si ni siquiera se hubiera dado cuenta de que era su responsabilidad detener el agua antes de que el globo alcanzara ese punto de no regreso.
Sentada sobre el último escalón en la parte alta del primer piso, con mis apenas once años, fui testigo de aquella explosión: después de varios gritos y aspavientos, sobre todo de papá, este subió hacia la que, hasta ese día, había sido su habitación. Al pasar junto a mí tan solo me miró como si con sus ojos quisieran pedir perdón.
La segunda campanada sonó cuando papá sacó una gran maleta de por encima del armario. Sin cuidado por doblar la ropa, como siempre hacíamos al preparar nuestro equipaje antes de cualquier viaje, aventó dentro todas sus pertenencias o, al menos, la mayoría de ellas. Después, pasó de nuevo apresurado junto a mí, quien seguía sentada sobre el escalón sin poder moverme. Detuvo unos segundos su carrera y me dio un abrazo muy fuerte, al mismo tiempo que me susurró un “te amo, princesa”.
Una tercera campanada sonó cuando la puerta de la entrada se azotó detrás de papá. Escuché una cuarta al encenderse el motor de su auto y una quinta, cuando este se marchó.
En todo ese tiempo mamá se quedó como yo, inmóvil, sobre el pasillo que llevaba hacia la puerta de la calle. Las campanas siguieron repicando mientras ella subía por las escaleras y, sin ni siquiera mirarme, pasó junto a mí y se encerró en su habitación hasta el día siguiente. Un repique de campanas sonó toda la noche, supongo que fueron los ecos del llanto ahogado de mamá y del mío.
Las quejas de mamá siguieron, a pesar de haber comprobado el efecto tan negativo que habían tenido en el ánimo de papá. Más ahora, yo me había convertido en el recipiente sobre el cual se vertía toda esa agua hasta desbordarse.
Las campanas pararon de sonar un día. No sé si fue porque el llanto de mamá se contuvo o porque cerré mis oídos para ya no escucharla más. Sin embargo, estaba convencida de que el día en que papá regresara a casa también sería anunciado por un repique de campanas, solo que en esa ocasión, estas sonarían diferentes, pues su sonar sería para dejarme saber que papá había venido a buscarme.
Una mañana al despertarme, me pareció escuchar un pequeño sonido que con el paso del día se fue transformando en el repique de una campana. Mi corazón se llenó de contento; el día había llegado en que papá volvería por mí. Preparé mi maleta y cuando el repique de campanas se intensificó corrí escaleras abajo para esperarlo.
Me topé con el rostro de mamá, el cual estaba, en completo, desencajado. Alguien en efecto había sonado a la puerta y le habían informado que papá había sufrido un accidente vial muy fuerte y había muerto. Mamá me abrazó al verme, pero yo estaba convencida de que él esperaba por mí detrás de ese trozo de madera. Las campanas repicaban sin cesar, así que me solté de ella y corrí hasta la puerta para abrirla. La calle estaba desierta. Fue en ese momento en que reconocí que el sonido del repique de las campanas se asemejaba al de un lamento imposible de acallar.
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En los lugares donde tu nombre se vuelve ceniza En los recuerdos que no despiertan alegría En los espacios donde revolotean abejas picando con sus aguijones tu barriga.
No te quedes en los días soleados donde el sol no te hizo feliz. Ni en las noches donde la lluvia, al mojarte, te hizo reír.
No te quedes aferrada a la brisa Ni te pierdas en la montaña Ni te escondas entre la espuma, enterrada, en arena de una playa olvidada.
Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 25 años de edad, psicóloga, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.
Mis lágrimas hablaron por mí en ese momento; cada una era un recuerdo contigo, el cual trato de contener dentro de mí. El tiempo pasó frente a mis ojos: abrazos del pasado, llanto del presente y miedo a un futuro con tu ausencia.
Qué irónica fui con la vida y conmigo misma; le rogué tanto que no te fueras y terminé pidiéndole que fueras a un lugar mejor, lejos de lo terrenal, donde el sufrimiento no existe y la paz reina.
Me diste los mejores años de mi vida y, a la vez, el dolor más grande que he sentido.
Podría estar enojada con el de arriba por haberte llevado sin previo aviso. Por el contrario , busco todas las noches consuelo en él, mientras mi llanto en silencio recorre la habitación.
No importa la hora ni el momento; siempre pienso en ti, como ahora, que escribo esta carta en un bloc de notas desde un monitor desgastado por las exhaustivas palabras que redacto.
Has sido mi mayor fuente de inspiración, Chelita, y lo seguirás siendo por el resto de mis días.
Hasta pronto, abuela mía. Te recordaré en el sazón de mi madre, en el amarillo de las flores y en las baladas del “JuanGa”.
En esta entrega retomamos la sinopsis y análisis de las temporadas 4a, 5a y final de la serie El cuento de la criada / The Handmaid’s Tale. La primeras 3 partes de la serie tiene su análisis aquí -> 🔴
Temporada 4 – Abril 2021: La vi dos años después de su estreno; era la que menos recordaba hasta revisitarla en 2025. Tras el despegue del avión con los niños, June, herida, se refugia con las demás criadas en la granja de Ester Keyes, una adolescente de 15 años, esposa de un comandante mayor. Nick intenta ayudar a June a salir de Gilead, pero termina traicionándola bajo el argumento de “lo hago por tu bien”. Es torturada para que revele la ubicación de las criadas; presencia el asesinato de quienes la ha apoyaron y solo cede cuando amenazan con lastimar a Hannah. De regreso a Boston, las criadas someten a Tía Lydia y escapan, pero son arrolladas por un tren: solo sobreviven June y Janine. Llegan a Chicago, una ciudad aún en disputa, que pronto es bombardeada. Un grupo de rescate encabezado por Moira logra sacar a June, quien finalmente alcanza la libertad. En Canadá se reencuentra con Luke y Nicole, enfrentando golpe de realidad: ¡por fin, es de libre!, pero ahora cargando el bagaje de lo vivido. Mientras tanto, Serena y Fred Waterford permanecen detenidos; Tuello le informa que está embarazada. June los enfrenta en prisión con la rabia contenida, diciéndole a Serena que ojalá su hijo no nazca. El juicio de los Waterford no deriva en la condena esperada, Fred negocia con EUA y es absuelto; sin embargo, Tuello y June pactan con Lawrence su entrega a cambio de prisioneras. En el silencio de un bosque, aparecen las sombras de decenas de mujeres, antes criadas, que dirigidas por June persiguen y matan a Fred Waterford.
“A Gilead no le importan los niños, solo el poder”
Esta es una de las frases que mejor describen el sistema. La trama de la temporada hace un enfoque casi en su totalidad a June, lo que ocasiona que algunos episodios sean lentos. Luego de que ella queda libre, hay un desborde de emociones oscuras: venganza, rabia, odio, instinto asesino que descarga no solo contra los Waterford, también contra Luke o Tuello. En una sesión de terapia, June plantea el quedarse en resentimiento, Moira responde que no, ya que el objetivo es sanar. Si antes lo que movía a June era el instinto de sobrevivir, ahora es el deseo de vengarse. A esta altura de la serie, las situaciones se van invirtiendo: Serena es la mujer recluida y Gilead está atemorizado del actuar de June, que ha demostrado la fragilidad de su sistema. Cuando Fred es entregado a la rabia de estas mujeres, irónicamente grita: “Soy un hombre y tengo derechos”. El cierre violento se compensa con la melodía “You Don’t Own Me”, de Lesley Gore, que es la misma usada al final del capítulo uno de la primera temporada.
Temporada 5 – Septiembre 2022: Esta temporada entrelaza distintas tramas que confluyen hacia el cierre. Serena recibe la noticia de la muerte de Fred y exige que su funeral en Gilead sea un evento mediático; con el respaldo de Lawrence, el consejo accede, confirmando que el poder necesita exhibirse. Después, es devuelta a Canadá como “embajadora”. June y Luke concentran sus esfuerzos en recuperar a Hannah, próxima a ser entregada en matrimonio pese a tener 12 años. Nick apoya a June, pero cuidando su posición de comandante y a su nueva esposa, Rose, que a fin de temporada anuncia su embarazo. En Canadá, Serena es enviada a vivir con el comandante Ryan Wheeler y su esposa Alanís; su confinamiento replica, con ironía, el cautiverio de las criadas. Tras un enfrentamiento con June, Serena da a luz en una granja con su ayuda; el bebé, Noah, nace sano. De regreso, Serena es arrestada y el niño queda bajo tutela de los Wheeler, quienes intentan quitárselo, lo que la lleva a escapar. En paralelo, crece en Canadá el rechazo a los refugiados de Gilead. Lawrence propone “Nueva Belén”, un territorio con reglas más flexibles. Al final, June y Luke deben huir tras un ataque contra ella; Tuello los envía a un tren de refugiados. En la estación, Luke se entrega a la policía. Las secuencias finales de la temporada son June encontrando en el vagón a Serena con Noah en brazos, musicalizadas por “Bury a friend” de Billie Eilish.
“Tuve suerte, es lo que dicen las mujeres cuando hacen cosas extraordinarias”, le dice a June otra de las mujeres que la ayudaron matando a Waterford.
A mi percepción, la temporada anterior tuvo un lento avance de la trama que “remedian” en esta con todos los conflictos planteados. Lo memorable en esta, es el karma que enfrenta Serena, doloroso, pero necesario para que el personaje tenga evolución y aporte en la trama. Las secuencias de su encierro son similares a las de June en la primera temporada. Entre los apuntes que tomé mientras veía la serie, escribí: “Nick es un pendejo”, aunque ya no recuerdo el motivo preciso de esa nota; creo que a pesar de su nueva posición, es un hombre sin autonomía ni criterio, por momentos es leal a June, en otros a Gilead, lo evidente es su inseguridad de no saber qué bando elegir. Sobre el conflicto de recuperar a Hannah en algún punto agota, ya que desde el inicio, June ha pedido ayuda a personas que al final terminan muertos en manos de Gilead; encima la niña, las veces que ha estado frente a su madre, le reclama de porqué la abandonó; a veces quería gritarle a la pantalla “¡ya, déjala ahí!”, pero como la misma June dijo: “ella es su madre”.
Temporada 6 – Abril 2025: Inicia en el vagón donde se reencuentran Serena y June. Al ser reconocida, Serena está a punto de ser linchada; June se interpone, acciona la palanca de seguridad y la arroja, salvándole la vida. June llega a Alaska, al campamento de refugiados, donde se reencuentra con su madre, Holly. Serena, por su parte, vive un tiempo en una comunidad de mujeres hasta que Lawrence le propone mudarse a “Nueva Belén”. June regresa con Tuello para continuar la lucha contra Gilead. Lawrence defiende su proyecto ante un grupo de comandantes radicales que planean eliminarlo; entre ellos está Gabriel Wharton, padre de Rose. En paralelo, Tía Lydia se decepciona al descubrir que las criadas prometidas a una vida tranquila son enviadas a Jezebel’s. Wharton le propone matrimonio a Serena, prometiendo reformas para las mujeres. Mientras tanto, el equipo de Tuello planea asesinar a varios comandantes en Jezebel’s. El plan falla y June pide ayuda a Nick; él le propone huir a París y le dice: “A veces pienso que eres lo único bueno en mi vida”, pero ella descubre que la traicionó al alertar a Wharton y él ha enviado a matar a todas las mujeres de Jezebel’s. Tras el fracaso, June idea un nuevo ataque: sedar el pastel de bodas y armar a las criadas. En la noche de bodas, Wharton le dice a Serena que tendrán una criada, ella le recrimina y sale llevando a Noah.
Capítulo 9: Abre con la canción «Look What You Made Me Do» de Taylor Swift,entre escenas de las criadas escapando, otras matando a los comandantes y Serena corriendo para alejarse de su esposo. Sin embargo, las criadas son atrapadas antes de salir de Bostón. Al día siguiente las llevan a la horca, incluso Tia Lydia, ya que permitió que escaparan. Es potente el momento en que Lydia pide perdón: “Mis preciosas niñas, ten piedad de lo que hicieron porque han sido prisioneras de hombres retorcidos e impíos”. Antes de que la horca levante a June grita: “Lucha por tu libertad, que los bastardos no queden con vida”. En ese momento, EUA ataca, los misiles disparan, en tierra inicia el combate y ellas se salvan. Pero aún hay varios comandantes por eliminar, Wharton uno de ellos. June convence a Serena, ella le dice que los comandantes volarán a DC. Tuello pide a Lawrence colocar una bomba en el avión, June se ofrece a acompañarlo. Justo cuando él llega también lo hacen los demás comandantes. Lawrence finge apoyarlos y sube al avión; antes de cruzar la escotilla, gira el rostro hacia donde se encuentra June, se coloca la mano en el pecho y le dirige una mirada mezcla de gratitud, admiración y perdón. Minutos después, el que aborda el avión es Nick. En un encuadre final el avión despega, June camina detrás, hasta que su rostro se ilumina con el resplandor de la explosión, de fondo vemos los restos del avión cayendo.
El capítulo final, es un cierre más calmado, los habitantes de EUA regresan a Bostón con un ánimo de festejo y lucha, June perdona a Serena, que por seguridad tiene que ir a un refugio junto con su hijo. Janine es devuelta por Tia Lydia junto con la hija que tuvo; Emily reaparece y junto a June hacen el mismo recorrido que hicieron en el capítulo primero, pero esta vez siendo libres. June y Luke se dan cuenta de lo fracturado de su relación y terminan. Al final, Holly la convence de plasmar en escritura todo lo vivido, la serie termina con la voz de June diciendo las primeras líneas del libro que inspira toda esta historia.
La última temporada se sostiene en un ritmo ágil, impulsado por la emoción de cerrar conflictos y tramas; ahondé en el capítulo 9 ya que considero que es el mejor de la temporada. Personalmente el final es satisfactorio, excepto el sacrificio de Lawrence, era carismático, irónico, inteligente, estratega, aunque moralmente ambiguo, por lo que es coherente que haya sido consumido por el sistema que él ayudó a crear. El personaje de Serena tiene una transformación ideológica potente, “nadie escarmienta en cabeza ajena”, y ella tuvo que vivir la opresión que tanto defendía. Cuando dice “Los hombres arruinan las cosas” y “Fred era más un lastre que un hombre”, son muestra de su recuperada autonomía de pensamiento, aunque su final vislumbra incertidumbre, ya no es la misma mujer ni mucho menos cuenta con los privilegios con los que inició; lo satisfactorio es que el desarrollo de su trama no es forzado ni inverosímil, sino encajado orgánicamente. Al igual que Tía Lydia, que se gana el desprecio con facilidad en las primeras temporadas, pero en el flashback de su vida vemos su vulnerabilidad femenina y un sentido de justicia que, si bien la hizo partidaria de ese sistema, después la hace darse cuenta que Gilead sólo beneficia a hombres impíos. Esta mujer vive en una dualidad de carácter: una rigidez maternal; hay un genuino deseo de cuidar y amar a las mujeres, aunque implica golpearlas y aprisionarlas. Confía en que Gilead enmendará los pecados de ellas, pero gradualmente cae en cuenta de la hipocresía de todo y de todos ellos. June es una protagonista con suficiente fuerza emocional para sostener la trama y ser rostro de la rebelión; sin embargo, a mitad de la serie percibo un patrón en el que es es beneficiada por el poder del guión, ella siempre sale viva, mientras quienes la ayudaron mueren. El despliegue de emociones vengativas que experimenta luego de escapar es realista, en cámara se destacan con los acercamientos al rostro de la actriz. Luke, su esposo, mantiene lealtad inquebrantable por June, busca medios para rescatarla junto con su hija Hannah; luego recibe y paterna con amor a la hija que June tuvo en Gilead, a pesar de saber que es producto de la relación amorosa con Nick. Ya que June escapa, no hay reclamos de lo que hizo o de las decisiones que toma; por momentos Luke se ve como un personaje que observa sin actuar, pero es más por beneficio de la trama y de la protagonista. Nick, en cambio, es un hombre más realista, en un sentido negativo. Antes del régimen, no tenía oportunidades para mejorar sus condiciones de vida. En Gilead asciende en la jerarquía política porque ese sistema fue estructurado por y en beneficio de los hombres. June le atrae, pero está sometida y vulnerable, para ella él es un rostro masculino que no la violenta, lo que hace corresponder a esa atracción. Leyendo comentarios de otros espectadores de la serie, una mayoría romantiza a Nick, al arriesgarse por ayudarla; otros opinan que ese apoyo existía únicamente por el intereses personal y sexual que tenía en ella; yo concuerdo con esta última idea, por eso fue satisfactorio verlo subir a ese avión en el capítulo 9 de la temporada 6.
Este 2026 se estrenará la serie «Los Testamentos/The Testaments», secuela de «El cuento de la criada». De igual manera basada en la obra de Margaret Atwood, que ahondará en la vida de tres mujeres conectadas a Gilead: Una joven criada en esta sociedad opresiva; una adolescente canadiense que se entera de que nació en Gilead, y Tía Lydia, la mujer ya conocida. Las dos primeras al parecer son Hannah, la hija que June ya no pudo rescatar de Gilead y Nicole, la hija que escapó.
Ya para cierre, quiero destacar la selección musical de la serie. El cierre de cada episodio se acompaña de una canción, por lo general relacionada con la trama del mismo. Hice una playlist en Spotify que incluye todos los temas de las 6 temporadas. 👇🏼
Una de las exigencias que se me atraviesan de vez en cuando, es ser delgada. Actualmente, no lo soy, tengo cierta robustez. Hace no tanto, vi un meme que decía que nadie que disfrutara la vida se veía delgado, sé que suena a excusa. Sin embargo, en mi caso, sí hay una relación. Cuando yo tenía 20-30, era sumamente delgada y, en ese entonces, mi crítica personal era que me percibía muy delgada. Recuerdo que podía pasar el día sin comer o comiendo muy mal, y que me costaba trabajo comer un plato entero, incluso me enfermé y el médico se desesperó conmigo porque no comía. Me entristece pensar que una de las etapas en la que debí experimentar mayor júbilo, la viví con angustias sobre el futuro y sobre mi cuerpo.
En una ocasión, platicando con varias amigas comenté que yo podía prescindir de la comida, es más que para mí sería mejor tomar una pastilla y continuar con mi día. Mi amiga me dijo que cómo era posible que quisiera evitar uno de los placeres en la vida. Hoy me pregunto¿Qué era tan urgente, que prefería no alimentarme?
Me cuesta comprender a la Illari de hace 20 años, aunque sospecho que esa aversión por la comida estuvo mediada por un “no disfrutar la vida plenamente”, un miedo a la vida misma. Lo paradójico de la situación es que prácticamente crecí en una cocina, yo no lo sabía pero mi abuela, con paciencia, me enseñaba cómo habitar el mundo. Cuando comencé a hacerme independiente, incluso antes, descubrí que si bien la comida me resultaba problemática, cocinar me gustaba. Tal vez, tampoco me ayudó que cuando pedí un taller en la secundaria, escribí compulsivamente: COCINA, COCINA, coCINA, cocina, COcina… No dejo de pensar que quien seleccionó el taller por mí, sonrió al mandarme al taller de bordado. Hoy no bordo nada. Puede que me haya hecho un favor.
Para mí una obra clásica que habla sobre la comida es Como agua para chocolate de Laura Esquivel, secretamente me imagino siendo Tita. Cuando lloro en la cocina siento que mi comida tiene un sabor a tristeza. Me gusta la idea de que la comida transmita los sentimientos y las emociones. En realidad, mi faceta como cocinera, sólo se la he mostrado a mis seres queridos. No recuerdo el primer plato que cociné por mi cuenta, pero sí recuerdo que uno de mis platos favoritos de la infancia eran los huevos revueltos con frijoles, algo ocurre con nuestro gusto al crecer, que hoy han relevado a ese plato otros tantos, como los huevos rancheros porque me recuerdan a mi madre. Cada vez que los preparo regreso a mi pueblo con mi familia y siento que hay paz en el mundo.
Para mí la comida es una puerta al pasado, me reconecta a la memoria, me reúne con mis seres queridos. Quizás, la Illari universitaria no tenía un pasado al que volver, aún no experimentaba la pérdida y no sabía que aún, en ese lugar oscuro, la comida abre un camino que nos une con quienes nos alimentaron o con quienes compartimos la comida. Puede ser que también nos distraiga de los pesares del mundo como ocurre en el cuento que escribió mi amiga Daniela Neira “Los platillos de Sherezada” en el que Sherezada recurre a la receta de strudel de su abuela para evitar la muerte a manos del Sultán:
“–Pienso en mi abuela, tardé tanto en arreglarme para esta noche sin la ayuda de mis hermanas, que no tuve tiempo de comer. Me hubiera encantado que mi última cena fuera el strudel que preparaba mi abuela.
El sultán a pesar de tener a los mejores cocineros provenientes de regiones impensables, no sabía lo que un strudel pero no quiso mostrarse ignorante o inculto ante Sherezada, así que se limitó a preguntarle cómo lo preparaba su abuela para que ella lo considerara un platillo tan especial, digno de una última cena.
Sherezada confesó que no sabía si la cuidadosa selección de los ingredientes era lo que lo hacía tan especial o si la masa madre de larga fermentación con lo que preparaba la pasta de hojaldre era la clave de ese sabor único, pero de lo que sí estaba segura era de que los aromas de las especias durante el proceso de cocción nublaban la vista, debilitaban el espíritu ansioso e impaciente del comensal y se encajaban en lo más profundo del estómago y el corazón. Claro, no podía ser de otra manera, su abuela siempre le dijo a Sherezada que al corazón solo se puede llegar por el estómago.” Las palabras de Sherezada. Antología, Colectivo Hékate, 2021.
A mí me encanta el strudel de manzana ¿Los alimentos de nuestras personas amadas soportarán los dolores del mundo? Como dijo Miguel Hernández:
La cebolla es escarcha cerrada y pobre: escarcha de tus días y de mis noches. Hambre y cebolla: hielo negro y escarcha grande y redonda.
En la cuna del hambre mi niño estaba. Con sangre de cebolla se amamantaba. Pero tu sangre, escarchada de azúcar, cebolla y hambre.
[...] Vuela niño en la doble luna del pecho. Él, triste de cebolla. Tú, satisfecho. No te derrumbes. No sepas lo que pasa ni lo que ocurre.
Nanas de Cebolla, fragmento.
¿Y ustedes qué cocinan cuando el mundo se viene abajo?
Illari Alderete
Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi cinco años cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.
Los rincones son fríos, los cajones yacen vacíos de recuerdos, sólo un paisaje pintado con lágrimas muestra su arte, hojas en blanco no bastan de inmensidad.
La luz brilla en el césped, para mi es sólo una ilusión rebuscada en el lugar incorrecto.
En mis adentros, el sentir viaja desde el celeste amanecer hasta el vientre, trayecto de luz que divaga confundiendo el síntoma en amor .
Dudo sea ahí.
Peltres derraman sabia, inquietud y miedo.
¿A qué le lloro?
A un cuerpo en el lugar equivocado,
a la irrigante sangre que nubla mis ojos,
no me reconozco en estado propio
no es mezquindad, es un encuentro
incómodo con la mujer que abrazo con ternura sabor napolitano ,
a la chica que generosamente resana las grietas que dejaron unas lágrimas amargas e intensas como el ritmo de una canción.
Esta mujer ya no llora, restaura su voz.
Elizabeth Vázquez Pérez escribe desde siempre en la ciudad de Puebla, México. Estudió en el Instituto García de Cisneros, facultad de Contaduría Pública en la BUAP (2002).Cuenta con un Diplomado de ensayo literario avalado por la Secretaría de Cultura del gobierno del Estado de Puebla con el autor José Luis Dávila (2019-2020). Ha publicado en revistas electrónicas: revista Hilal Puebla (ensayo Un vicio silencioso, 2020), Revista Foco Literario de Argentina (poesía, Haiku 2021) y Caracola Magazine en México (poesía Degustación, ensayo «Solo ellos pueden hacerlo» , relato » Dos por un cuarto de hora», 2021), editorial CEA España (retos escritura 2021,haiku) , ha publicado en Poesía de morras , Revista «El Cisne»(poesía)Participó en el concurso de Poesía de editorial JBernavil España (2021) con poema MI VOZ,MI Voluntad. Cuenta con un Diplomado de Mediación Lectora, Fomento a la lectura en FCE .(2023).Su Club de lectura llamado Lectores A marte, ida y regreso el cual pertenece a Clubes de lectura ciudadanos, FCE. Es coordinadora y editora en redes sociales La Coyol Revista
El hombre de arena contemplaba los caballos de espuma y sal que galopan contra el sol para perderse entre las faldas de una isla que nadie nunca pisó. En esa isla desierta, creada nunca jamás en el tiempo, el hombre de arena construyó un castillo cubierto de granos de arena y conchas que el mar olvidó. Es vacío como el hueco que quedó en su pecho donde debería de ir un corazón. ¿Es este otro chiché absurdo sobre no encajar en ningún lugar?, me pregunto, te pregunto, mientras veo con los ojos cerrados al hombre de arena desbaratarse junto al castillo: se vuelve lodo que las olas no quieren limpiar. — Ojalá fuera la firme piedra- pensaba con su cerebro de arena —. Sin nada que me pueda lastimar. Pero hasta la piedra más dura se vuelve blanda con olas, perseverancia y sal. —Si fuera gaviota — se lamentaba otros días—, me iría volando muy lejos a los brazos de alguien más. Y en el cielo una gaviota se desploma buscando nada más que tierra firme para sostenerse. Encadenada a la misma playa donde condena a los suyo a nacer y morir entre las olas del mismo mar. Así pasaban las noches y días, siendo hombre que se convierte en lodo, siendo arena llevada por la brisa. Yendo a ninguna parte, volviendo de ningún lugar. Sin conocer alegrías o tristezas, vacío como la arena que una vez fue conchas y corales para alguien más. Pero ahora, en este universo, en esta playa creada en ningún lugar, ojalá se conforme con ser arena y eso le dé paz.
La pregunta surgió por un evento trivial. Estaba en casa de una amiga y esta se disculpó pues necesitaba realizar una llamada a su mamá. En el momento en que le dijo: “Hola, mamita, ¿cómo estás?” mi mente empezó a divagar y me desconecté por unos segundos. Después, mi amiga terminó la llamada y arrinconé el pensamiento en lo profundo de mi memoria, junto con todas las emociones que me había despertado.
Sin embargo, el pensamiento se me escapó un día después de ese suceso tan pequeño, a causa de la fecha que marcaba el calendario (aniversario luctuoso de mamá). Al encontrarme sola me permití pensar en lo que había sentido al escuchar esa frase de saludo de mi amiga y la pregunta que me había hecho en ese instante se clarificó en mi mente: ¿Qué hubiera sido para mí si al tomar el teléfono, al otro lado de la línea, efectivamente respondiera mamá? Esa simple pregunta me remontó a todos los « hubieras » que nunca pude vivir, ni sentir. Aquellos que se quedaron sin respuesta.
¿Cómo se escucharía el tono de voz de mamá si no hubiera muerto cuando yo era solo una niña? Mi memoria guarda un muy vago recuerdo de su voz, pero han pasado tantos años que tengo la duda de si ese recuerdo es real o lo he construido a través del tiempo. Imagino que, partiendo de la tesis de que mi recuerdo es verídico, su voz ahora se escucharía más débil, más cansada, quizás con cierta ronquera pues la edad no perdona a nadie y en mi memoria se quedó grabada el tono de una mujer joven.
¿Cómo me hablaría? ¿Cómo le hablaría yo? ¿Utilizaría la misma fórmula de mi amiga para saludarla “Un hola, mamita, cómo estás”? o, ¿tendríamos alguna manera especial para hablarnos? ¿Tendríamos una buena relación? Esa pregunta surge porque cuando ella se fue, yo aún no había entrado en la adolescencia; nuestros conflictos eran tan pocos y tan pequeños en aquella época que no sé qué pudiera haber sido cuando las hormonas se hubieran multiplicado en mi cuerpo y con ellas me habría dirigido a mamá. Quiero imaginar que la dulzura y la paciencia natural de mi madre hubieran prevalecido y cualquier diferencia entre nosotras se habría solucionado. Si ella viviera, sé que tendríamos una relación muy cercana.
¿Cómo se sentiría un abrazo de mamá? Una vez más mis recuerdos son tan difusos que esas sensaciones se fueron por completo, pero en mis momentos más complejos, muchas veces he llegado a imaginar qué sería tener de nuevo sus brazos para hacerme sentir que no estaba sola y que sin importar la situación yo tendría la fortaleza para superarla.
¿Cómo se sentiría su piel? Supongo que su piel sería suavecita, por todos los cuidados de humectación que ella tenía consigo misma. Con ello, otra pregunta surge, ¿cómo se vería mamá? La recuerdo maquillándose con una paleta variada de colores, peinando su cabello para que cada rizo cayera donde ella quería. Su guardarropa era extenso, y el número de zapatos que poseía, también. Mi madre era coqueta, mucho más de lo que yo jamás he sido. Ella utilizaba tacones y vestidos, yo he vivido la mayor parte de mi vida en total comodidad con tenis o sandalias de piso y pantalones de mezclilla. Con esos antecedentes, concluyo que si mamá viviera sería una viejita muy coqueta y encantadora.
¿Cómo olería si me recostara en su pecho? Recuerdo un perfume que ella utilizaba, era suave y dulzoso. La marca se quedó grabada en mi memoria más no el nombre de la fragancia. Alguna vez vi la misma marca que ella solía utilizar en una perfumería, pero el olor que ese frasco despidió no logró despertarme ningún recuerdo. No era el olor de mamá. Pienso que tal vez su fragancia ha sido descontinuada, por lo cual, si mamá viviera, ya no podría oler igual.
¿Cómo hubiera sido sentir la mano de mamá sobre mi vientre cuando estaba embarazada?, ¿cómo hubiera abrazado a su nieto?, ¿cómo habría cuidado de él?, ¿lo consentiría en sus caprichos, en sus gustos? Por lo poco que recuerdo de ella y lo mucho que me han contado aquellos que tuvieron la fortuna de conocerla mejor que yo, supongo que habría sido la abuelita más consentidora y yo habría tenido que estar interviniendo todo el tiempo para controlar los excesos.
¿Cómo la hubiera llamado mi hijo? En mi familia se utilizaba llamar a las abuelitas con el “mamá” por delante, seguido de su nombre en diminutivo o el apodo puesto por el primer nieto, que los demás seguimos. En ese caso, mi hijo podría haberla llamado mamá Paz. O quizás, un dejo de creatividad se habría asomado y ella habría llevado un nombre muy particular. Jamás lo sabré, pues mi mamá es un ente que ronda la mente de mi hijo de manera muy sutil, casi ajena a él y al que solo le pone un rostro por las viejas fotografías en mis álbumes.
El hubiera no existe, se suele decir, y aunque hoy pienso tanto en ella y en lo que hubiera sido si no se hubiera muerto tan pronto, estoy consciente de que todas esas preguntas se quedarán sin respuesta. No obstante, una vez más me doy cuenta de que no importa el tiempo desde su partida, su ausencia jamás podrá ser reemplazada. Me doy cuenta de que su recuerdo, aún vago, difuso, como viejas fotografías frente a mis ojos, seguirá vivo en mi corazón deseando que nunca se hubiera ido y que, este día, en lugar de recordar su aniversario luctuoso hubiera sido un día común y corriente en el que pudiera coger el teléfono, llamarla y decirle: !Hola!, mamita ¿Cómo estás?
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Paola Pérez Zamora (Valparaiso, 1990). O Amapola, porque siempre le dijeron que mala hierba nunca muere y la famosa flor roja es precisamente una maleza y, como ella, las malezas resisten. Fotógrafa de profesion, activista feminista de corazón, escritora porque la vida no le dejo otra opción. Diplomada en estética, feminismo y crítica Uc, en 2019 retoma la poesía, participando en concursos, publicaciones colectivas, colaboraciones y grupos de lectura. Ese año ve la luz el plaquette Todo da lo mismo (Escafandra Ediciones). Sobre la serotonina y otros venenos (Editorial Camino, 2022) es su primer libro – poemario. Actualmente reside en Quillota y dedica su tiempo a su proyecto #serotoninatkm, microeditorial de fanzines.