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TRAMAS HUMANAS | DUELO SIN VÍNCULO


El 14 de enero murió mi mamá, cuando sucedió, lo primero que sentí no fue tristeza pura, sino una mezcla rara: enojo, culpa, confusión. Me dolía que se hubiera muerto y, al mismo tiempo, me dolía que ese dolor no se pareciera a lo que se supone que debería sentirse cuando muere una madre. Como si existiera una forma correcta de llorar y yo no estuviera siguiéndola bien.

Crecí lejos de ella. La última vez que la vi, creí que iba a pedirme perdón. No lo hizo. Habló de maternidad como si no hubiera grietas, como si el pasado no pesara. Me fui enojada. Lo único que me llevé fue un detalle mínimo e inesperado: su letra. Escribía bonito. No recordaba eso. Y ese hallazgo pequeño, casi absurdo, fue lo más cercano que sentí a ella en años. Ahí, en una hoja escrita con cuidado, hubo algo que se parecía a mí.


Después vino todo junto.
La muerte.
Una crisis fuerte en mi relación.
La sensación de que todo lo que antes se arreglaba fácil ahora se volvía imposible.


Una amiga, que había perdido a su padre tiempo atrás, me dijo algo que me abrió los ojos: cuando alguien muere, las emociones no cambian, se intensifican. El enojo enoja más. La tristeza pesa más. Las discusiones escalan. El cuerpo anda sin filtro.


Ahí entendí lo que me estaba pasando. Estaba viviendo una superposición de pérdidas. Pero me negaba a mirar una de ellas. Prefería pensar que todo lo demás era el problema, menos la muerte de mi mamá. Como si nombrarla fuera demasiado. Como si aceptarlo me fuera a romper del todo.


Y aun así, me rompí.


Me cerré.
Con mi pareja. Con mi familia. Con mis amigos.
Con quienes siempre me ven fuerte.


Cuando la seguridad se rompe, la palabra se encoge. No porque no exista nada que decir, sino porque ya no se sabe si decirlo va a cuidar o a lastimar más. Guardarme se volvió una forma de sobrevivir. Callar, una manera de no perderlo todo.


También apareció otro miedo, más hondo: el miedo a elegir mal. A repetir historias. A quedarme donde no debo. A convertirme en lo que juré no ser. La muerte no solo se llevó a alguien; dejó preguntas abiertas sobre el futuro, sobre las decisiones, sobre el fracaso, sobre el amor.

Después de casi 20 años todavía me descubro pensando que tuve que haber hecho algo mal. Que debía existir algo defectuoso en mí para que no se quedara. Durante mucho tiempo creí que el abandono era una consecuencia. Que si una madre se va, es porque una hija no fue suficiente.
Cuando era niña me esforcé mucho por valer la pena. Por ser buena, por ser interesante, por ser digna de que alguien se quedara. No sabía que estaba intentando reparar una ausencia que no me correspondía.


Hay un tipo de duelo del que casi no se habla: el duelo sin vínculo. Ese que no nace de la cercanía, sino de lo que nunca fue. De las conversaciones que no existieron. Del perdón que se pensó resuelto y de pronto ya no tiene a quién dirigirse. Es un duelo silencioso, sin ritual claro, sin permiso social. Y por eso pesa doble.


A veces pienso que no ir al funeral estuvo bien. A veces me arrepiento. Ambas cosas son verdad.


No sé si ya perdoné.
No sé si algún día iba a llegar esa conversación.
No sé si el dolor se va a acomodar.

Lo que sí sé es que no todo duelo se llora igual, y no toda fortaleza consiste en aguantar en silencio. Mostrarme entera todo el tiempo me dejó sola. Y eso también cansa.


Quizá escribir esto no sea una forma de cerrar nada. Tal vez solo sea una manera de decir: esto existe, aunque no encaje en los moldes. Esto duele, aunque no se note como debería.


Porque al final, hay ausencias que no se van.
Solo cambian de forma.


Mamá, eres la ausencia más presente en mi vida.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.

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Tramas Humanas | Todos tenemos un poco de Feng Yuan

El mapa de la vocación en movimiento.

Hace unos días, mi novio me mostró una imagen que encontró en internet: el currículum de un hombre llamado Feng Yuan. Durante veintidós años trabajó como ingeniero en Microsoft, y después decidió dedicarse a criar gansos y a cultivar bonsáis. Me quedé mirando esa lista de empleos como si fuera una pequeña fábula contemporánea. Pensé en la vida de las personas que quiero, en sus caminos, en sus giros, en sus pausas. Pensé también en los míos, en todos los momentos en los que estuve convencida de saber quién era, hasta que algo cambió y ya no lo supe más.

¿Alguna vez has sentido que lo que ayer te definía hoy ya no encaja contigo?

Durante muchos años creí que mi vocación era la música. Desde muy pequeña, hasta los dieciséis, todo lo que soñaba tenía acordes y melodías. Luego, pensé que era el cine, y por eso estudié Comunicación Audiovisual. Más tarde, creí que eran las cartas. Cuando salí de la universidad, me acredité como jugadora profesional de baraja inglesa y trabajé durante un año de lleno en un casino. Pero después de ese año, entendí que eso tampoco me llenaba. Entonces volví a algo que siempre había estado ahí, casi esperándome: escribir.

Creo que escribir es lo que mejor se me da. Es la forma más natural que tengo de comunicarme, de entender lo que siento, de mirar el mundo. Me gusta pensar que no escribo para encontrar respuestas, sino para entender mis preguntas. Y aunque hoy creo que esa es mi vocación, hay instantes en los que me asalta la duda: ¿y si no lo es? ¿Y si un día quiero volver al cine, o abrir un negocio, o dedicarme a algo completamente distinto?
A veces pienso que todos tenemos una historia que gira sobre la misma pregunta: ¿qué estamos llamados a hacer?


Cristian, 28 años.


Desde pequeño admiraba a su hermano mayor, que estudiaba ingeniería en sistemas. Le fascinaba verlo construir cosas nuevas, y aunque no lo entendía del todo, intuía que ahí había algo poderoso: la posibilidad de crear. Pensó que, si su hermano podía hacerlo, él también. Quizás incluso mejor.

En la secundaria empezó a tener contacto con las computadoras y los teléfonos, y al mismo tiempo descubrió la música. Ver videos en Vevo fue su primer acercamiento al universo digital y, sin saberlo, ahí se unieron sus dos pasiones: la tecnología y el sonido. Soñaba con trabajar en algo que le diera para comprarse tornamesas, instrumentos o pagar clases. Su hobby era el beatbox, porque era lo único que podía hacer sin gastar dinero.

En la preparatoria su maestra de informática le habló de lo que significaba ser programador, y la idea le pareció fascinante. Imaginaba su vida entre Francia y Canadá, trabajando con código y creando. En el último semestre, un amigo lo convenció de entrar a la Universidad Politécnica para estudiar Desarrollo de Software, y fue ahí donde todo empezó a tomar forma.

Con el tiempo, logró combinar ambas pasiones. Hoy es ingeniero de software, pero también músico y creador. Fundó Avant Garden, un proyecto audiovisual que busca dar visibilidad a artistas electrónicos y visuales del sur de México.
“Un artista exitoso no es quien vive del arte, sino quien puede seguir haciéndolo”, dice. “En la música solo soy artista. No me gustan las etiquetas. Solo quiero hacer lo que quiera.”



Vivimos en una época que nos ha hecho creer que encontrar la vocación es casi una obligación moral. Desde que somos pequeños, se nos enseña que hay una sola cosa que vinimos a hacer, un propósito casi divino que debería guiarnos como una brújula infalible. Pero la vida rara vez funciona así.

La cultura actual ha convertido la vocación en una especie de mito moderno. Un ideal que promete sentido, estabilidad y éxito. Como si todos tuviéramos que descubrir “a qué venimos” antes de los treinta, o de lo contrario habríamos fallado. Se nos repite que hay que encontrar eso que “nos apasione”, sin mencionar lo confuso que puede ser buscar una pasión cuando la vida está llena de responsabilidades, miedos, necesidades y cambios.

El problema está en que entendemos la vocación como un punto fijo, cuando en realidad se parece más a un mapa lleno de caminos posibles. Algunos se recorren con entusiasmo, otros con cansancio; a veces uno regresa, a veces se pierde y a veces, simplemente, se detiene a mirar. Lo que cambia no es la esencia, sino la dirección.

Tal vez no se trata de encontrar una sola vocación, sino de reconocer que hay muchas formas de sentirse vivo, muchas maneras de darle sentido a lo que hacemos. Y que cambiar de rumbo no siempre es fracasar, sino escucharse.

¿Y tú? ¿Alguna vez has sentido que tu brújula apunta hacia otro lado, justo cuando pensabas haber encontrado el camino correcto?
Quizá, al final, todos tenemos un poco de Feng Yuan: la valentía de reinventarnos cuando el corazón cambia de dirección.

Por Alondra de Castilla.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.

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Tramas Humanas | El amor después de la muerte.

Aprendemos a decir adiós, a soltar, a cerrar ciclos. Nos hablan del “deber ser” del duelo: sus etapas, sus tiempos, sus formas. Pero nadie —nadie— nos prepara para esa forma sutil y persistente en que el amor sobrevive a la muerte.

Porque el amor no se muere con el cuerpo. Permanece. Cambia de forma. Se acomoda a las grietas del alma y se manifiesta en pequeños rituales, en la memoria encarnada del que se queda.

Estos últimos tres meses, mientras mi papá pasaba por un episodio de salud muy grave, pensé por primera vez en su muerte como una posibilidad real. Y me asusté. No estaba lista para soltarlo. No sabía cómo se hace eso. Nunca nadie me explicó qué pasa con el amor cuando la persona ya no está, pero aún ocupa tanto espacio. Me di cuenta de que no estaba preparada, y quizás nunca lo estaré.

Ese pensamiento me llevó a una pregunta que puede parecer absurda en un mundo que mide todo en términos de eficiencia, productividad y lógica: ¿qué hacemos con el amor que se queda cuando la persona se va?

Así nació esta columna.

Le pregunté a algunas personas cómo viven el amor después de la muerte. Las respuestas me conmovieron profundamente. Son fragmentos de vida. Heridas abiertas. Actos de ternura radical.

Mariana, 30 años: “Han pasado tres años desde que murió mi novia. Le sigo escribiendo por WhatsApp. A veces le mando memes, canciones, cosas sin importancia. Nadie más tiene acceso a ese número, yo lo mantengo vivo, pero no me importa, ni me molesta hacerlo. Es mi manera de seguir compartiéndome con ella.”

Roberto, 47 años: “A mi mamá la enterramos un lunes. El siguiente domingo fui a verla. Desde entonces no he fallado ningún domingo. Le cuento de mis hijos, del trabajo, de lo que me molesta. Es como hablar conmigo mismo, pero también con ella. A veces siento que me responde.”

Andrea, 28 años: “Mi abuela siempre decía que iba a volver en forma de colibrí. Yo creía que eso eran tonterías, pero el día que murió, un colibrí se metió a mi cuarto. Desde entonces, cuando uno se me acerca, me detengo. Le hablo bajito. La extraño tanto que cualquier señal me ayuda a seguir.”

Fernando, 61 años: “Cuando murió mi esposo, pasé meses en silencio. Un día, cociné su receta favorita. Puse su música. Puse su copa. Me senté a cenar con él. Lloré toda la noche. Pero esa noche volví a sentirme acompañado.”

El amor después de la muerte es quizás la forma más compleja y pura del amor. Ya no espera nada a cambio. Ya no compite con el ego. Ya no se defiende. Es amor que se vuelve memoria, presencia invisible, acto cotidiano.

Y aunque el mundo nos diga que hay que dejar ir, que hay que pasar página, que hay que “superarlo”, yo creo que hay cosas que no se superan. Se llevan. Se honran.

Tal vez, en la muerte, también se esté ocupado. Pero el amor, en su infinita capacidad de transformación, encuentra maneras de seguir existiendo.

Por: Alondra de Castilla.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.

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Tramas Humanas| Desaprendiendo el amor: más allá de los mitos románticos y los roles de género.

Si el amor es algo tan universal, ¿por qué tantas personas se sienten insatisfechas en sus relaciones?

Para responder esta pregunta, hablé con diferentes personas sobre sus experiencias en el amor. Lo que encontré fue un patrón: muchas de nosotras hemos crecido con la idea de que debemos amar de cierta manera, siguiendo reglas no escritas que, más que acercarnos a la felicidad, nos llevan a la frustración.

Los testimonios de un problema común:

Clara, 32 años, me dijo: “Yo solía pensar que una buena mujer debía ser comprensiva, paciente, que debía esperar a que un hombre me eligiera y me demostrara su amor. Pero en mis relaciones, siempre terminé sintiéndome agotada, como si amar significara estar en deuda constante.”

Por otro lado, Carlos, 27 años, me contó: “A mí me enseñaron que los hombres tienen que ser fuertes, que no necesitamos afecto tanto como las mujeres. Así que en mis relaciones, me acostumbré a recibir menos de lo que daba. Hasta que me di cuenta de que el amor no debería sentirse así.”

Y luego está Sofía, 40 años, quien me confesó: “Yo me esforcé por no depender de nadie. Me dijeron que si una mujer se vuelve autosuficiente, el amor llegará solo. Pero la verdad es que ser independiente no me protegió del dolor de encontrar hombres que seguían esperando que yo me amoldara a su mundo, sin que ellos hicieran lo mismo por mí.”

Después de escuchar estas historias, la pregunta es inevitable: ¿cómo podemos construir relaciones amorosas que no nos encadenen a expectativas injustas?

El feminismo en el amor: no es una guerra, es una liberación.

Muchas personas creen que el feminismo es un enemigo del amor o que está en contra de los hombres, pero esto no podría estar más lejos de la realidad. El feminismo no busca eliminar el romance, sino sacarlo de la jaula de los roles de género que nos limitan.

El problema no es el amor en sí, sino las ideas que nos han vendido sobre lo que significa amar. Nos han enseñado que las mujeres deben ser entregadas, sacrificadas, pacientes, y que los hombres deben ser proveedores, fuertes, emocionalmente invulnerables. Y en ese juego de expectativas, terminamos desconectándonos de lo que realmente queremos.

Porque cuando el amor se basa en reglas rígidas, dejamos de vernos como personas completas. Nos volvemos personajes en una historia que no escribimos.

Entonces, ¿cómo podemos amar de manera más libre?

La respuesta no es sencilla, pero hay algunas claves:

1. Cuestionarnos lo que nos enseñaron: ¿Realmente quiero esto o lo hago porque “así deben ser las cosas”? Preguntarnos esto nos ayuda a identificar patrones que nos han lastimado.


2. Aprender a comunicar nuestras necesidades: Muchas mujeres sienten que expresar lo que necesitan es “exigir demasiado”. No lo es. El amor debe ser un espacio donde ambas partes puedan pedir y recibir en igualdad.


3. Entender que el feminismo también libera a los hombres: Permitirles sentir, llorar, equivocarse, sin esperar que sean héroes inquebrantables, es una forma de amor. No se trata de una competencia entre géneros, sino de encontrar maneras más humanas de relacionarnos.


4. Romper con la idea de que el amor es sacrificio: Amar no debería significar perderse a una misma. No se trata de medir quién da más o quién se esfuerza más, sino de construir un amor que haga bien a ambas partes.

El amor sin moldes:

Al final, lo que buscamos no es dejar de amar, sino hacerlo sin sentirnos atrapadas. Queremos un amor donde podamos ser auténticas, sin miedo a romper reglas impuestas. Queremos relaciones donde no se nos pida ser menos para que el otro se sienta más fuerte. Queremos, en resumen, amar desde la libertad, no desde la obligación.

Y quizás, solo quizás, cuando dejemos de seguir guiones que no escribimos, encontraremos un amor que se sienta como un hogar, no como una trampa.

Por: Alondra de Castilla.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.

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La máquina verde | Llegar a la palabra

por Jeanne Karen

Es poco el tiempo y son muchos los temas para abordar en espacios tan valiosos como una columna semanal. Durante los últimos días, me he estado preguntando, ¿qué deseo escribir, qué deseo compartir?, porque la realidad es que no siempre confluyen ambos ejercicios; uno es lo que escribo, otro, lo que final llega al público lector.

Me he sentido fascinada por ejercer la escritura, más allá de la literatura. Desde distintos sitios, momentos, tareas. Estar comprometida con la poesía, también me ha llevado por otras encrucijadas, por nuevas sendas que estoy explorando. Por ejemplo estar aquí con ustedes.

Para las personas que escribimos debe ser fundamental encontrarse en otros medios, porque al final nuestras voces hacen eco o por lo menos, es lo que quiero creer, ahora con la tecnología y el internet, el rango de acción es enorme.

Dentro de la poesía caben todos los mundos, eso platicaba hace poco con un compañero escritor. Si bien es cierto que la poesía es un lenguaje, no es un lenguaje frecuente, es decir que no se usa para el día a día, para realizar nuestras actividades importantes, para lo más urgente, no tiene códigos, signos o símbolos que puedan ser usados de forma natural. La poesía es una construcción, una especie de aparato, un artefacto. La poesía tiene otros momentos, otros espacios que sí le son esenciales e inherentes.

A veces me siento con impulso suficiente como para cruzar caminos, patrones y entonces con un poco de buena fortuna: tratar de exponer en un solo contenido, todo tipo de formas de escritura, sin duda es algo que resultaría fascinante.

Hay cartas que nos conmueven, por ejemplo, pero también nos explican, nos abren los ojos, nos comparten hechos, temas trascendentes. Hay poemas que solamente juegan con las palabras, que las hacen ir de aquí para allá, como en una especie de vaivén, un movimiento repetitivo, con un ritmo atrayente. Otros poemas nos rompen en mis pedazos, abren la cortina de la realidad, parten el suelo de la sociedad, nos iluminan el rostro con verdades que hieren, de tan fuertes, de tan terribles nos derrumban en cuanto pasamos de un verso a otro; a esos poemas los veo como una especie de explosión, apenas dura, pero el impacto es enorme.

Existen esos otros poemas que vamos disfrutando poco a poco, como un perfume, como un lugar sagrado: entramos con pasos suaves, de puntillas, sin querer mover nada, sin hacer ruido, como captando todo lo que nos rodea, ese tipo de poesía permanece más tiempo con nosotros, porque tenemos que revelar cada verso, encontrando una y otra vez algo distinto. No es una explosión, es la inmersión a otros universos. Ambas formas son fundamentales.

Ahora, a mí me gusta que ustedes como lectores puedan sentir en un solo texto, todas las emociones y sensaciones posibles, esa es mi aspiración cuando escribo algo diferente, cuando salgo de lo versado, cuando trato de llegar a otros cielos, cuando procuro ver a través de los espejos con distinta mirada.

¿Para qué la poesía si tenemos la vida, la música, la pintura?, ¿para qué la poesía si tenemos formas más efectivas de comunicarnos?

Ustedes, ¿qué piensan? Yo creo que en la poesía encontramos las palabras que precisamos cuando nos afrontamos a los grandes temas de la humanidad como la existencia, el amor y la muerte.

También creo que en la prosa encontramos la manera de llegar más rápido, más pronto, más efectivamente, por ejemplo como ahora, que seguramente se darán cuenta de que escribo desde una certeza como una hoja en el aire y todas los cuestionamientos posibles como la infinita combinación de palabras de un nuevo poema.

En la poesía conviven: el amor, la vida y la muerte.

Al inicio fue la palabra poética.

Piezas de un alma simple

Silencio

Escrito por: Alondra Grande

Si me quedo en silencio puedo escuchar:
a una paloma cantar en lo alto de un árbol,
trinando por aquello que perdió.
Una orquesta de grillos acompaña
con sus desafinados violines la triste canción.

Si me quedo en silencio, muy quieta,
el viento me lleva consigo mientras
arrulla con besos la hamaca tendida,
sujeta por un arrayán al que nada le pido
y en abundancia todo me da.

A lo lejos las campanas avisan:
llevan un cuerpo a unirse con Dios,
Y, de cerca, un cuete responde:
son días de fiesta
en la alegría no cabe el adiós.

El aire es alimento que infla las nubes
hasta cumulonimbos formar
¡Ahí viene el agua!, pienso, y permanezco quieta
porque en el cielo se ríen de quienes
cierran los ojos cuando escuchan llover.


Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 26 años de edad, psicóloga, feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.

El ojo de Lya | La hipocresía del Drama

Letras Revueltas| Recordanzas 

Por Illari Alderete

Abro facebook y me resulta extraño encontrarme con una imagen que no recuerdo o que mi mente decidió borrar: guardar en el último cajón del buró. La imagen en cuestión, me recordó que en un Coloquio sobre minificción presenté a René Áviles Fábila, sé que para muchas y muchos este autor puede ser irrelevante y mentiría si cuento que lo que me gustó de él fue, específicamente, su obra. Lo que me hizo apreciarlo fue que se convirtió en una imagen de lo que yo deseaba para mí misma en el futuro; hablar sobre los temas que me gustan frente a personas interesadas. Lo conocí gracias a mi profesora de español de la secundaria, Abigail, quien con sus diligencias me acercó a la literatura. Honestamente, de no haber sido por ella, la literatura no me hubiera enamorado como lo hizo. Recuerdo que no sólo llevó al grupo a conocer a los autores de las obras, también nos hacía disfrutar de la literatura de un modo distinto; por ejemplo, leímos un cuento que trataba sobre cómo se movía el mundo por un gesto insignificante, al autor aún no lo localizo y sólo un detalle de la historia quedó grabado en mi memoria: que había un pollito, asimismo promovía entre nosotros el gusto por la escritura; nos pedía cuentos, novelas o ensayos; creo que su logro más grande fue impregnarnos el placer de la lectura. Ese que experimenté al escuchar un cuento en “Radioactivo” a mitad de la noche sobre un caudillo que cruzaba el infierno.

En la presentación, a la que nos llevó mi profesora, René Áviles Fábila habló sobre sus maestros, su obra y sus apreciaciones literarias. La obra que llevaron a la venta ese día fue Recordanzas, ésta se convirtió en mi libro de cabecera, me aferraba a él con la esperanza de que algún día el mundo de la literatura me abriera sus puertas. Recordanzas es básicamente una autobiografía, el autor nos cuenta sobre su infancia en la colonia Villa de Cortés, sobre sus amores, su introducción al marxismo y su formación literaria. Recuerdo que René se rio al saber cuál de sus libros habían llevado a la presentación porque ese no era un libro para adolescentes, él habría preferido que leyéramos sus cuentos o minificciones, pero por disponibilidad en la bodega, llegaron sus memorias. Al pasar a que me lo firmara escribió: para Illari con la esperanza de que estas memorias formen parte de las suyas. 

Cuando lo reencontré en el 2012 yo ya era docente y junto con otras compañeras organizamos un Coloquio de minificción, desde que conozco este género se convirtió en una de mis fuentes de estudio e incluso intenté escribir algunas, pero ninguna valió la pena. He olvidado si le confesé que era su fan, esto siempre me avergüenza, o si le conté que tenía su autobiografía, o si fui capaz de contarle que yo también quería escribir o si en ese momento era un secreto incluso para mí. No tengo ningún recuerdo de ese momento, sólo hay una foto. Me impresiona esa capacidad que tengo para olvidar, de desconectarme de otros momentos de mi vida. Como cuando te percatas de que nunca podrás verte a ti misma, salvo a través de un espejo; ¿y si esa no soy yo? Contrario a René el memorioso como le llamaron por sus Recordanzas, y en clara alusión a “Funes el Memorioso” de Borges, yo soy Illari la desmemoriada y, en ocasiones, juego a recrear lo que podría haber hecho o pensado.

Admito que tengo miedo a olvidar, que imagino que me puede dar alzheimer. Hace algunos años leí un artículo que mencionaba que esta enfermedad era provocada por una bacteria en los dientes, así que desde entonces he generado una compulsión por lavarlos, las odontólogas ya me han hecho advertencias sobre el desgaste en mis molares y el riesgo de que si no me detengo, con el tiempo, tenga que usar una dentadura postiza. Me encuentro entre mis dientes o el alzheimer.

Hablando de la desmemoria, Alice Munro tiene un cuento que se llama “A la vista del lago” en la colección Querida Vida(2012) en él Nancy va a buscar a un médico a un pueblo, Highman, para que la ayude con sus problemas de memoria, sin embargo, llegar con el médico se vuelve una tarea titánica, se confunde de calles, olvida el número, las personas le dan instrucciones confusas. Munro crea un ambiente en el que por momentos nos sentimos con esta enfermedad. A veces me siento como Nancy y lucho para que nadie se dé cuenta.

Soy pésima para recordar nombres o datos, a veces los confundo, me presentan a alguien que se llama Lizbeth y yo le digo Elizabeth, a Sebastián, Esteban. Hay cosas que recuerdo a detalle, canciones que aprendí cuando tenía 16 y que hoy, aunque haya dejado de escucharlas por mucho tiempo, vuelvo a cantar como si estuviera leyendo la letra. Las personas con alzheimer suelen traer a la memoria lo que vivieron en su infancia como si nunca hubieran superado esta etapa, también hay estudios que señalan que la música puede ayudarlas a rememorar. En mi caso no pienso que esta terapia funcione si es que la padezco. Recientemente, jugué Bidi bidi bom bom con mis sobrinas y yo no recordaba ni una sola letra; duelo de canciones de Michael Jackson, perdido; canciones con la palabra cara, fallido. Mi memoria musical se ha vuelto un desastre. Tal vez por eso prefiero escribir, porque no todo tiene que salir de mi boca en un instante, puedo detenerme a verificar los datos y corregir, el flujo de pensamiento es más lento, en cambio, cuando se trata de canciones no logro distinguir los nombres, los cantantes o grupos, sólo en ocasiones llega a mí una parte de la melodía que se mezcla con otras.

Mi memoria es como un laberinto, si no recuerdo algo busco palabras parecidas que me hagan regresar a la palabra buscada, como el hilo de Ariadna en el laberinto de Minotauro. En ocasiones, me pasa con autoras. Hace no tanto hablé de la novela Las gratitudes en una de mis columnas, cuando platico sobre esta obra suelo mencionar a Virginie Despentes como su autora, pero al revisar, aparece que ella escribió La teoría de King Kong que poco o nada tiene que ver con Las gratitudes.

En el cuento, “Ver las orejas al lobo” de la colección Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio (2001) de Alice Munro, Fiona y Grant llevan 50 años de casados. Viven en una casa de campo en Ontario, tanto él como ella están jubilados y disfrutan de una vida sin hijos. Fiona suele ser distraída pero organizada, coloca post its para recordar el orden de las cosas, hasta que aparecen en lugares extraños; en la alacena, en los cajones. Durante los paseos, Fiona se pierde y suele dar excusas sobre estas pérdidas, sin embargo, llega el momento en el que Fiona admite que necesita ser recluida en un asilo, tal y como hace Michka de Las gratitudes cuando descubre su afasia. Fiona con toda la dignidad le pide a Grant que la lleve a Lago del Prado, un lugar para personas con alguna demencia. La descripción de estas primeras escenas, la relación amorosa entre Grant y Fiona, que se nos presenta como idílica y cómo Fiona empieza a perder la memoria, me produjo mucha angustia, me costaba continuar leyendo, ver a Grant aceptar la decisión de Fiona, no obstante, pronto llega el giro de tuerca; Grant deja a Fiona, no la ve durante un mes y al volver a verla, Fiona lo ha olvidado, en cambio tiene un nuevo interés por un hombre que se llama Aubrey, para no perturbar a su esposa Grant nunca le dice que él es su esposo, la vigila durante meses y ve cómo se enamora de Aubrey, todo esto es descorazonador hasta que el narrador nos permite saber que Grant le fue muchas veces infiel a Fiona, que en su papel de profesor de literatura inglesa aprovechó las oportunidades con sus alumnas, por eso que Fiona se enamore de Aubrey es una suerte de karma por lo que hizo en el pasado. La pérdida de la memoria permite otro comienzo, Fiona se transforma en un nuevo ser que vuelve a disfrutar la vida.


Como en el caso de Amnesia interpretada por José José y compuesta por Chico Novarro (1976); 

Que anduve por ahí de bar en bar

Llorando sin podérmela olvidar

Gastándome la piel en recordar

Su juramento

Perdón, no la quisiera lastimar

Tal vez, lo que me cuenta sea verdad

Lamento contrariarla pero yo

No la recuerdo.

Aunque mi versión favorita es la que Control machete hizo en el tributo a José José (1998), la voz de Poly Romero y el ritmo hip-hop jazz me parece que hacen una fusión muy acertada.

Olvidar también puede ser una bendición, es la tragedia de Funes el memorioso, quien no puede olvidar ningún detalle y eso le impide pensar. Si yo no olvidara tal vez no sería capaz de tener nuevas experiencias. Dicen que lo importante no es recordar todo, sino seleccionar lo importante, aunque dudo que lo que yo hago sea eso, quizás es el exceso de información la que no me permite recordar.

Delphine de Vigan es la autora, me confundo porque Virginie Despentes también es francesa, aunque a esta última no la he leído. ¿Qué broma me quiere jugar mi mente? ¿Acaso es una premonición? 

Illari Alderete

Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi cinco años cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.

Los árboles y las pantallas que me rodean | Si yo hablo, tú hablas

Por Mijal Montelongo Huberman

En las películas Proyecto Fin del mundo de Phil Lord y Christopher Miller y La llegada de Denis Villeneuve, el poder comunicarse a través del lenguaje con una especie extraterrestre resulta fundamental para el desarrollo de la trama y para que las personas puedan sobrevivir. De hecho, una parte considerable de ambas películas se trata de las personas intentando descifrar el lenguaje del extraterrestre.  Claro que es fundamental comunicarse en una misma sociedad para entenderse entre sus componentes. ¿Pero qué tan necesario es conocer el lenguaje interno de otras especies para convivir?

En esas películas, la comunicación a través del lenguaje (oral o escrito) es lo primero que tiene que establecerse cuando las personas y los extraterrestres empiezan a interactuar, aunque inicialmente se haya propuesto el intercambio de figuras como otra manera de comunicarse en Proyecto Fin del mundo. Además, las personas le han dado tanta importancia al lenguaje que han asegurado que es un rasgo característico humano y estas dos películas, al igual que otras del estilo, apoyan la idea de que los únicos quienes podrían llegar a igualar su complejidad son extraterrestres.

Con los animales, seres a quienes también se les atribuye comúnmente cierta capacidad de comunicarse, tenemos una interacción similar que con los extraterrestres: buscamos entenderlos y que nos entiendan a través del lenguaje humano. Hay quienes intentan darle una voz o mantener una conversación con los animales que nos rodean. ¿Qué te pasa? ¿Qué quieres? ¿Qué tienes? Sabemos que no obtendremos una respuesta hablada por parte de ellos, pero sí esperamos, al menos yo lo hago, algún tipo de reconocimiento y reacción al cuestionamiento.

En películas realistas es usual que los animales que aparecen no se comuniquen entre ellos ni con las personas. Mas bien, los personajes se comunican con ellos a través del habla. En caso de que los animales lo hagan, es a través de gestos que reconocemos como hacer algún sonido (gruñir, ladrar, bufar) frente una amenaza o mirar en otra dirección para mostrar desaprobación.  

En la película Flow de Gints Zilbalodis todos los protagonistas son animales: un gato, un capibara, un perro, un lémur y un secretario. Es una película realista en el sentido que no hay una voz humana hablando por los animales como pasa en muchas películas animadas o fantásticas. No tienen diálogos ni algún tipo de lenguaje evidente para las personas. Sin embargo, hay interacción entre ellos y logran sobrevivir en conjunto a pesar de las adversidades que enfrentan; por lo tanto, logran entenderse de cierta manera. Los movimientos, gestos, ademanes, actitudes y algunas vocalizaciones son su medio de comunicación más perceptible.

Dado que hay casos en la vida real de ayuda y acompañamiento interespecífico, no es tan inimaginable el hecho de que todos estos animales trabajen en conjunto. (Aunque no hay que olvidar que la película es de ciencia ficción y fantasía y sería poco probable que las especies que salen en ella se encuentren naturalmente.) ¿Cómo interactúan sin compartir un lenguaje? ¿Cómo se entienden y resuelven su cometido? A diferencia de las personas, no recurren a la tarea de aprender el lenguaje del otro para realizar acciones colectivamente. Podemos entonces suponer que la comunicación es universal independientemente del lenguaje.

Por parte de las personas espectadoras, la empatía tiene un papel fundamental en el entendimiento de los sucesos y las acciones de los protagonistas de la película. No es necesario que el gato diga que tiene hambre, sus intentos por atrapar peces son suficientes para que una persona, e incluso el secretario, entienda esta necesidad. También se puede sentir el dolor del secretario cuando otro le lastima el ala y el rechazo y aislamiento que sufre posteriormente. Todo esto es posible gracias al gran trabajo de animación detrás de la película que permitió mostrar y transmitir por lo que los animales estaban pasando.

Además, quienes vemos la película podemos relacionar las actitudes y acciones de los animales con otras similares que presentan las personas. El interés y la colección de objetos brillosos por parte del lémur recuerda a la avaricia humana. La ayuda prestada del leviatán al gato podría considerarse altruista. Las siestas recurrentes del capibara pueden tomarse como pereza, aunque sean parte de sus hábitos naturales.

Otro punto interesante sobre la ausencia de lenguaje humano en la película es que se puede poner atención a otras cosas que se muestran: los colores, los paisajes, los movimientos, los sonidos. El ruido que genera la voz humana nos atrae tanto que es difícil no intentar entender lo que se dice, aunque sea en otra lengua. Además, la entonación de la voz te da pistas sobre las emociones que está experimentando quien habla. En cambio, quien ve Flow tiene más posibilidades de imaginar y admirar la historia que se está desenvolviendo.

Esta película es contraria a muchas otras: es una película animada y de animales que no necesariamente es sólo para menores de edad; los protagonistas son animales, mientras que vestigios de lo humano se observa en segundo plano; en general, las acciones de los animales son adecuadas a sus hábitos naturales y no los antropomorfiza; no hay diálogos; y muestra diferentes interacciones entre individuos de la misma especie y de distintas especies. Lo que me parece más interesante y relevante de Flow es que muestra a los animales de ese mundo simplemente siendo animales. No hay voz ni intervención de la gente, a pesar de que está vista desde la perspectiva humana dado que fueron personas quienes hicieron la película. En este sentido, creo que fue tan realista y objetiva como pudo ser.

Mijal Montelongo Huberman (México, 1996). Estudió la carrera de Biología y la maestría en Ciencias Biológicas en la UNAM. Es traductora, divulgadora y educadora científica. Ha publicado artículos de divulgación científica y de investigación, traducciones literarias, cuentos y minificciones. Siempre está acompañada de libros, perros y gatos.

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Piezas de un alma simple

Sobre adioses:

Escrito por: Alondra Grande

En un plato de barro se yergue el universo,
perfumado con loción de clavo y limón.
Entre un círculo de sal y cenizas,
las velas negras brindan protección.

Hay adioses que no se pronuncian.
Dioses a los que se les ruega:
guarden en un refrigerador la distancia
entre el ahora y la última palabra que nadie pronunció.

Las plegarias se encuentran con un cielo vacío;
los dioses se han ido a pedir perdón.
En el plato de barro arden cenizas
cubiertas de cera que la vela lloró.  

La despedida se vuelve amarilla,
a veces naranja como el sol.
Qué extraño sabe decir
adiós.


Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 26 años de edad, psicóloga, feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.

De recuerdos, aventuras y reflexiones|Como un rumor

Por Tania Farias

La noticia me llegó como un rumor. No había certezas. Quien había sido mi fuente también la había recibido como eso: una noticia por confirmar.

Mi primera reacción fue de absoluta sorpresa con una dosis de negación. Él era solo un año mayor que yo. Por supuesto que la noticia de su muerte “repentina” me dejó pasmada por unos segundos. Pasados esos instantes de incredulidad, inicié una averiguación simple, valiéndome de los pocos recursos que tenía a la mano: cuestionar a un amigo que de manera indirecta podía tener información y, por supuesto, de internet. A mi amigo, la noticia también le cayó de sorpresa, aunque se negó rotundamente a hacer uso de los contactos que tenía porque le parecía intrusivo.

Guardé la esperanza de que se tratara solo de un rumor, de esos que se esparcen sin razones reales. Pero bastó pulsar unas cuantas teclas en mi computadora y Google me tenía una respuesta: un obituario con su nombre completo. Las posibilidades de un homónimo eran mínimas. ¿Cuál era la probabilidad de que existiera alguien más con la misma combinación de nombres y apellidos? Para entonces seguía intercambiando mensajes con mi amigo, y las dudas de que la noticia fuera real se dispersaban cada vez más. Luego apareció un nuevo obituario, pero esta vez tenía una fotografía incluida. Era él, con la misma sonrisa, el mismo rostro que mi mente recordaba.

Tantos años se habían ido desde la última vez que habíamos cruzado una palabra, desde la última vez que hubiéramos compartido algo. Poco o nada quedaba de esa amistad tan fuerte que un día tuvimos, pero allí estaba yo con un nudo en la garganta y una bola en el estómago, imposibilitada para comprender realmente lo que su partida me causaba. No sabía hacia donde balancearme. 

Podía simplemente optar por sumirme en la nostalgia y dejar que su recuerdo latiera fuerte de nuevo. En mis años de adolescencia él había sido mi mejor amigo, la persona con quien me sentía más segura, en quien más confiaba. Con él habíamos compartido risas, lágrimas, abrazos, palabras de aliento, habíamos pasado horas imaginando nuestro mundo futuro y también habíamos peleado en varias ocasiones. Incluso, nos habíamos lastimado. Tanto, hasta que un día no hubo marcha atrás y esa amistad que habíamos construido por varios años se rompió sin esperanzas de ser reconstruida. Poco tiempo después concluimos la preparatoria y cada uno tomó su camino. Solo lo volví a ver una vez más, varios años más tarde. Nos saludamos como dos simples conocidos, como si nunca hubiéramos sido mejores amigos. 

Pero, también, podía inclinarme hacia una cierta indiferencia. Al final de cuentas, la mitad de mi vida había transcurrido sin tenerlo presente en mi cotidiano.

Me debatía entre esas posibilidades cuando otro amigo, de la misma época, reapareció a través de las redes. Aún cuando la distancia y el tiempo también nos habían alejado, él había pensado en mí al enterarse de la noticia. Intercambiamos algunos mensajes. Es extraño como la muerte de un ser cercano o que, algún día fuera cercano, tiene el poder de reunir. Él me ayudó a ponerle palabras a eso que sentía. No podía negar que, aunque nuestra amistad hubiera terminado, los recuerdos no se habían ido; se habían guardado en algún espacio de mi corazón junto con el cariño tan grande que un día le tuve.

Enterarme de su partida me llenó de nostalgia, de una tristeza extraña. Fue tal vez por su edad tan cercana a la mía, lo súbito de su partida, la poca información que tuve de su muerte, o… porque confieso que, muy en el fondo, guardaba la esperanza de que la vida nos daría una nueva oportunidad para volver a hablar, para perdonarnos mutuamente y terminar riéndonos de las “razones” que nuestras mentes adolescentes habían tenido para alejarnos. No obstante, su muerte había cerrado cualquier posibilidad. 

Ahora solo me quedó con un libro que él me regaló para mis dieciséis años. Releo las líneas que él me dedicó en las últimas páginas blancas del libro. Mis ojos se nublan con la última frase: “Recuerda que me tienes a mí”.

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Notas mañaneras | Colaboración

por Vivianne Thirion García

Todo cuanto necesito es una hoja de papel
y algo para escribir y así cambiaré el mundo.
– F. Nietzsche

Voy por mi diaria taza de café temprano a la cocina, aún un poco somnolienta; doy vueltas tratando de coordinar mi acción y pensamiento: «Café, café…» Me repito mientras voy avanzando en la tarea, descubro los frascos chiquitos de café soluble vacíos ¿Por qué los guardo? ¿Qué es lo que me gusta de ellos? El diseño, el tamaño tal vez. Suena el celular, lo ignoro. Vienen a mi mente otros tarros de cristal más grandes, más delgados, menos transparentes… y luego, el recuerdo del viaje relámpago en lancha a la isla de Murano en Italia llega. ¡Sí, en verdad me encanta muchísimo el cristal, los frascos de vidrio, las botellas estilizadas o torneadas! Me apena tirarlos, los guardo, acumulo y acabo deshaciéndome de ellos; pero disfruto un poco más su compañía.

¿Qué haré con mis muchos frasquitos vacíos de café? ¡Floreros! Maravillosa idea. Si organizo una fiesta, convivio, banquete… en cada mesa lucirá uno de ellos con pequeñas flores coloridas: violetas, jazmines, margaritas o en una vitrina llenas de piedritas de colores distintos, tal vez con agua teñida de azules o verdes y con alguna esencia sutil. ¿Dulces tal vez?


Voy por mi café mañanero un día tras otro ¿Cómo lo viviré la próxima vez?

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 VIVIANNE THIRION GARCÍA

Llega al mundo en Durango, México bajo el signo de Escorpión.

La mayor de siete hermanos pasa una infancia feliz y juguetona, llena de cariño por parte de sus familiares y amigos. En esa ciudad norteña aprende sus primeras letras y respira la vida tranquila de provincia, que nunca la abandonará.

Su abuela Cuquita le contaba cuentos, leyendas e historias de la Revolución Mexicana junto a los hermanos; esto fue una gran influencia para que con el tiempo, se dedicara a este arte comunicativo que viene de lejos y contando forme  una amplia trayectoria nacional e internacional. Organiza también, el festival de oralidad artística: HABLAPALABRA-México que cumplió  las 30 emisiones.

Desde pequeña su padre la motivó a ser lectora de obras literarias; al tiempo, brinda capacitación en fomento lector y coordina como voluntaria la Sala de Lectura “El Juglar”,  para adultas mayores desde 1996 en la CDMX.  Ha recorrido varias veces el territorio nacional sembrando palabras con entusiasmo y cosechando lectores para México. 

Le gusta viajar dentro y fuera del país; leer todo el tiempo posible, escribir y tener aventuras virtuales vía la conversación. Disfruta también comer helado de sabores exóticos. Tiene dos talentosos hijos músicos, con quienes combina en ocasiones los cuentos y cantos para regalar a grandes y chicos. Siempre quiso ser bailarina y acabó bailando rock and roll en sus años mozos. Ama profundamente la naturaleza y disfruta del arte en todas sus manifestaciones.

Algo peor que el silencio | Colaboración

Por Rosario Gonzáles

Fotografía de Anna Shevchuk (tomada de Pexels)

¡No puedo concentrarme! Tengo tanta tarea y no puedo.

Escucho murmullos; ellos hablan, discuten en voz baja. Él sube el tono, la llama loca… Ella lloriquea, grita y ¡zas!.. ¿Qué es eso? Una cachetada, luego silencio.

Peor. No puedo concentrarme porque ese silencio es aterrador. 

Despierto de madrugada, me dormí sobre la tarea y no la hice.

La maestra dirá que otro día más sin cumplir los deberes. Hablaré con ella; tal vez pueda ayudar a mi madre. Ella también es mujer, puede entenderla.

La maestra me llama la atención, dice que estoy muy distraído; a ver si ya me concentro en las explicaciones de la clase. Mis compañeros dicen lo mismo y que ya no quiero ni jugar en los recreos; ¡me siento tan inútil! Lo que no saben es que lo único que espero es tener una oportunidad para conversar con la profe; ella puede ser la tabla de salvación, pero siempre está apurada, así que me animo a hablarle, se le acerca alguien o la llama la directora. ¡No sé qué hacer!   

¡Oh, escucho a la abuela! Me encanta que venga a visitarnos, pero cada vez viene menos y sus visitas son más cortas. Bajo corriendo a saludar; me gusta verlas juntas. 

Escucho algo así como “el patán de tu marido…” Mi abuela no le tiene ninguna estima.

—¡Cómo con ese! Pudiste elegir a tu amigo de la esquina o a tu compañero de universidad. 

Mi madre baja los ojos y mi abuela continúa:

—Por ese tuviste que dejar de estudiar y ahora ni siquiera te deja trabajar. ¡Reacciona, hija! 

Mi madre tiene voz dulce: 

—Lo hago por el muchacho —murmura. 

Pienso, ¿por mí? No, por favor, no, madre, por mí no. Si fuera por mí, deberíamos huir del monstruo. Pero ella siempre está minimizando y perdonando las cosas que hace mi padre. Detesto a ese mandón. Cada vez está más sola, ya nadie la visita y ni siquiera la vecina, la “chismosa”, como suele decir mi padre.

¡Ayy! Madre, ¿por qué elegiste a ese individuo que es mi padre? Veo a otras familias que son felices. Los padres de mis vecinos son amorosos con ellos y con sus esposas. Mi abuela tiene razón, el que tenemos en casa es un patán. Si tuviera un amigo en quien confiar y contarle esta rabia e incertidumbre que siento cada que llego a casa.   

Hoy, cuando volví del colegio, otra vez la vi muy abrumada, triste y preocupada. La miré mejor y me di cuenta de que tenía la marca de una bofetada en la cara.

«Madre, ¿qué te pasó?» Ella, como siempre, dice que nada, pero que la camisa no estaba planchada como a él le gusta y justo hoy que tenía una reunión importante. “No es malo”, dice, “solo que no puede controlar sus impulsos»; me pidió perdón y juró que nunca más. Me prometió que este fin de año iremos de vacaciones, hijito…” 

¡Vacaciones! Mi madre jamás tiene vacaciones; más bien, cuando vamos a alguna salida, ella tiene más trabajo. La veo cansada, quiero ayudar, quisiera que nos zafáramos de esta situación.

Otra vez murmullos, otra vez discusión. Debería denunciar a la policía; escucho en la radio que se debe denunciar. Ni caso harán a un muchacho de 12 años; me pedirán pruebas. ¿Cómo probar esta angustia que llevo en el pecho?, ¿cómo probar la incertidumbre y el miedo que siento cada vez que escucho sus pasos?, ¿cómo contar mi impotencia cuando estamos comiendo los tres en la mesa y él la hostiga continuamente? El otro día nos encontró charlando cariñosamente; yo abrazaba a mi madre y comentó: “Lo mimas mucho, deja que se haga hombre y sea macho como su padre”. Qué asco, no quiero ser como mi padre.

No puedo concentrarme; este silencio es estridente.

Esta mañana enterramos a mi madre. 

Nadie sabe qué pasó; apareció así, sin vida. Insinúan que ella tomó la terrible decisión, pero yo sé que no lo hubiera hecho, no me hubiera dejado solo con esta bestia. Lo sé en mis entrañas y en mis huesos. 

Fue él, lo sé y lo saben todos, pero las evidencias no son contundentes, dicen… 

“Baja a cenar”, me llama la voz autoritaria que maldigo.  

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Desde joven estuvo involucrada en el devenir social y político. Ha participado en diferentes organizaciones estudiantiles y ecuménicas. 

Más por necesidad que por gusto, vivió en Europa: España y Francia. Experimentó de cerca aspectos de la migración.

Su narrativa explora temas profundos y humanos de actualidad. Sigue la filosofía de Beauvoir, admira la agudeza de Zweig y la fluidez de Allende.

Sus relatos han sido publicados en diferentes antologías y editoriales como: Palabra herida, Huellas de tinta, La Coyol Revista, Komala y otras, lo que la motiva a seguir contando historias.

Maternar tiene que ser revolucionaria | Colaboración

Por Fabiola Juárez Avendaño

Antropóloga feminista

Fotografía: Anya Juárez Tenorio (tomada de Pexels)

Es tiempo de hacer una reconstrucción social que tienda a la igualdad y la equidad, que rompa los mitos en torno a la maternidad de forma libre, voluntaria, autónoma, diversa e informada, donde se conciba una redistribución de las tareas del hogar, una educación de los hijos compartida y una paternidad responsable. El estado y la sociedad deben reconocer plenamente el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo y su sexualidad. 1

Me sumo contundentemente a esta referencia, el feminismo sigue trabajando, proponiendo y sobre todo alentando para dicho fin, a la largo y ancho del país se organizan foros, se lanzan campañas, se realizan talleres, actividades de reflexión y concientización, etcétera, no se ha descansado, no se ha parado, no se ha sucumbido, ha sido extenuante y muchas a costa de su seguridad han seguido intentando desmontar la mayor opresión de las mujeres: la maternidad.

Pero vamos por partes, para llegar a estos puntos de reflexión empezamos por decir lo que nos han dicho que tiene que ser la maternidad, claro desde lo patriarcal, es algo tan simple: es un deber ser, sumiso y servil, sin quejas y con una exigencia de sacrificarlo todo, es un llamado instintivo, no racional.

Marcela Lagarde lo amplia en su libro El Cautiverio de las Mujeres2 y nos describe el término y profundizada ampliamente sobre esta opresión, la más determinante de las mujeres en nuestro mundo. Nos expone que el objetivo impuesto a la mujer, su supuesto destino y principal realización es el ser madre y esposa, pero no de forma separada, sino al mismo tiempo, por eso la antropóloga feminista construye el término madresposa

La maternidad no sólo se impone a la mujer que tiene hijos, sino también a aquellas que no los tienen pero que entre sus labores “femeninas” se espera el cuidado de los demás. He aquí la clave el cuidado no así misma sino a los demás. Su ser de y para los otros se expresa en su actividad de reproducción y en su servidumbre voluntaria; así, todo lo que implique domesticidad, es decir, la preparación de los alimentos, cuidado de la casa, provisión de la misma, atención a los enfermos, adultos mayores y niñez, y por supuesto el cuidado emocional de los miembros de la familia, eso sin considerar la socialización de las hijas e hijos, mantener las redes familiares y los apoyos comunitarios, son enlistados como su responsabilidad. 

Además fungir sin duda como madres en las relaciones conyugales también, inclusive dando asistencia maternal a su pareja: de ahí el sustantivo madresposa, que implica su doble rol.

Tras desmenuzar y develar los propósitos malévolos y tramposos del sistema nos queda dar el siguiente paso, desmontar, desaprender y dar un sentido feminista a las maternidades. Quien puso la primera piedra para repensarlo fue la poeta, pensadora y activista feminista, Adrienne Rich en su libro Nacemos de mujer que salió a la luz en el año de 1976, sin duda una pionera y figura clave del feminismo de los años sesenta y setenta, regalándonos la receta del cómo armonizar la maternidad desde otra mirada, desde la otra orilla, desde otro plano: el feminismo.

Su principal aportación fue distinguir entre la institución maternal impuesta por el patriarcado, generadora de sumisión y la relación potencial de las mujeres con la experiencia materna, estableciendo una diferencia clara entre los perjuicios de la primera y las virtudes de la segunda. Para la autora, no se trataba de impugnar la maternidad, sino el sentido en que la definía, la imponía y la restringía el patriarcado, el cual había “domesticado la idea del poder maternal”3 y allanó el camino para la  reivindicación del cuerpo de las mujeres “como un recurso, en lugar de un destino”. La liberación femenina pasaba por defender y resaltar las potencialidades femeninas sexuales, reproductoras y maternales, en oposición a la maternidad forzada.4 Toda una revolución su aportación y a partir de ahí, pa’real, se ha ido transformando, enriqueciendo, redescubriendo y reconociendo el poder de ser madre en las genealogías personales y familiares así como la visualización de los legados de las ancestras. 

Pero los cambios han sido lentos, todavía algunas mujeres y gran la mayoría de los varones no se han sumado con la velocidad y el convencimiento pleno requerido, porque el sistema patriarcal lo ve como una franca amenaza y confrontación a su estado de confort y privilegios, ya que éste descansa sobre el trabajo de cuidados de las mujeres que han infravalorado.

Pero seguimos apostando por maternidades desobedientes, insumisas, rompedoras de estereotipos, al menos ahora las nuevas generaciones no lo ven como destino sino como una opción, «la maternidad será deseada o no será» consigna feminista tan sencilla, tan profunda, tan revolucionaria, pero tan consciente y libertaria.

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FABIOLA JUÁREZ AVENDAÑO

Antropóloga feminista ENAH.

Fundadora y editora de la revista feminista independiente “Las Genaras. Rumbo a la Equidad de Género”, Ex coordinadora de proyectos con perspectiva de género en Asociación Civil ACICAMATI, A.C.  Fui tallerista en la Faro Miacatlán y Tláhuac de la Secretaría de Cultura CDMX y actual coordinadora de la Modalidad de Publicaciones con identidad.  PFAPO-SEPI.

  1. http://educacion.chihuahua.gob.mx/uig/content/10-de-mayo-da-de-la-maternidad-libre-y-voluntaria ↩︎
  2. Lagarde, Marcela.  Los cautiverios de las mujeres. madresposas, monjas, putas, presas y locas. SIGLO XXI EDITORES 2ª. Edición 2015. p. 624. ↩︎
  3. Rich, Adrienne. Nacemos de mujer. La maternidad cómo experiencia e institución. Madrid: Traficantes de sueños, 2019 (1976), p. 356. ↩︎
  4. Ibidem, p. 84. ↩︎

Magnetismo bajo un poncho | Colaboración

Por Emireth Bollás Mendoza 


Me estremecí solo de sentir la brisa húmeda de la ciudad. Era una noche oscura y me encontraba en un lugar que siempre se ha sentido como un hogar. Había un frío que calaba los huesos y en la quietud del momento había murmullo de algunas cosas que sonaban a lo lejos. 

Y de repente lo vi. 

Él estaba ahí, quieto, presente. Sus ojos oscuros brillaban de una manera particular. Aunque había unas pocas personas alrededor, en cuanto me miró, estas desaparecieron. Caminó hacia mí, pausado, calmado. Solo él y yo existíamos. En el aire, también se incluyo una tensión. 

Sentí mi cuerpo reaccionar antes que mi mente. Mi vestido ondeaba por el viento y al sentir su abrazo, inconscientemente, susurré: —Tengo mucho frío. 

Abrazados, me dio beso en la mejilla, sonrío y contestó: —Ven. Abrió el poncho enorme que vestía y me invitó a entrar. Sin quitarle la vista accedí. Y todo cambió.

La lana nos envolvía como un refugio, como una cubierta difícil de penetrar: afuera el viento helado traspasaba los huesos; por dentro, comenzaba a sentirse un calor denso. En la cercanía nuestras respiraciones producían vapor y el roce de nuestra piel comenzaba a desconectarnos del mundo exterior. 

Nos abrazamos, hasta que nuestras miradas coincidieron otra vez, él fue el primero en hablar: 

—No te muevas. Esto he querido hacerlo desde hace mucho tiempo.— 

Si había gente, ya no parecíamos verla. Vi en sus ojos seguridad, pasión. Sus labios rozaron los míos con suavidad, con determinación, solo se posaron, un roce apenas perceptible y, sin embargo, me estremecí. El beso entonces se tornó distinto, como si cada segundo contuviera años de un deseo acumulado en conjunto. 

Sus acaneladas y frías manos descendieron sobre mi espalda, estremeciéndome, mis dedos acariciaban su cabello. Sentía el calor subir por mi cuerpo, que también era suyo al mismo tiempo.

Dentro del poncho, todo desaparecía, con cada beso, suspiro, roce, que intensificábamos. Si nuestros pies tropezaban, no creo estar consciente de haberme percatado, hasta que me sentí atrapada entre la pared fría y su cuerpo caliente.  

Sus labios bajaban por mi cuerpo, subían al mentón y regresaban a los míos con hambre y ternura mezclada, mi cuerpo respondía con intensidad a sus movimientos. Nos acurrucábamos y nos presionábamos, fundiéndonos en un calor desafiante al clima frío del exterior. 

Mi excitación iba en aumento, sentía su aliento cálido mezclarse con el mío, sus manos abrazándome, acariciándome, sosteniéndome como si fuese frágil. 

Sentí sus latidos resonando con los míos, cada estremecimiento se amplificaba por el contraste con el viento que de vez en cuando penetraba en la lana, recordándonos que estábamos expuestos, pero de la misma forma, completamente a salvo. 

Cada beso que me daba parecía trazado como mapa. Mis inquietos dedos arañaban su torso, sus hombros, su espalda. Bajo la lana, el aire estaba más caliente. Sus dedos se entrelazaban con mi cabello, presionando, acariciando, buscado que mis reacciones fueran más intermitentes. 

Los cristales de una ventana cercana retumbaron. Un estante que estaba en un área común se desplomó, rompiéndose en fragmentos que volaban cerca y caían, reflejando la luz de la luna y de algunas farolas. El sonido atravesó nuestra barrera y nos separamos lentamente, apenas lo suficiente para rozarnos con más fuerza. 

Unas sirenas comenzó a acercarse, un wail penetrante que atravesaba la noche, recordándonos que la realidad siempre está cerca. Esa tensión se mezcló con excitación: peligro, urgencia, frío exterior, calor interno. Cada beso era más profundo, cada caricia más insistente. Nos miramos y sonreímos, en un pacto de complicidad y entrega. 

Dentro del poncho, los besos se prolongaban. 

Con sus labios descendía por mi cuello, mordisqueándolo suavemente y regresaba a besarme con hambre y ternura entremezclada, mientras sus manos recorrerían mi espalda, mi respiración se aceleraba y yo respondía con gemidos suaves, agradeciendo, dejando que mis manos siguieran su recorrido por su torso acanelado. 

La lana contenía el calor, multiplicando la sensación de urgencia y proximidad. Cada roce, cada suspiro, cada estremecimiento se prolongaba. Bajo el poncho había un mundo propio, aislado, secreto, dual: frío afuera, calor dentro. Pasión que creció y se mantuvo contenido por la lana que arropaba. 

Cada beso era más intenso que el anterior, cada roce más preciso, cada gemido un hilo que nos conectaba y aun así…

El mundo comenzaba a irrumpir con fuerza: después del estruendo, luces rojas parpadeantes, invasivas; el motor de una ambulancia que aparecía, el chillido de unas llantas queriendo detenerse. Otro estante de artesanías se desplomaba cerca de nosotros, ese estruendo estuvo mucho más cerca. Todo parecía gritar una realidad que con gemidos nos negábamos a escuchar.

Seguía sintiendo y queriendo su calor, su abrazo, sus labios. Cada latido suyo resonaba en mi pecho y cada una de sus respiraciones eran un hilo que nos mantenía unidos. 

La respiración acelerada y el vaivén de nuestros cuerpos se mezclaba en nuestros cuerpos. Con cada movimiento conectábamos, cada estremecimiento era un puente hacia el otro, el calor dentro del poncho se volvía casi tangible y nos pedía fundirnos en él. 

Finalmente… 

El sonido de la sirena se intensificó, la ambulancia estaba justo afuera de mi departamento e iluminada todo el cuarto con sus luces parpadeantes. 

Abrí los ojos, sentí el frío en mi cuerpo y, aunque él ya no estaba podía sentir su abrazo recorriéndome, sus labios pegados a los míos, el calor dentro del poncho que nos mantenía unidos frente al frío de la realidad. 

Me levanté de la cama con su abrazo grabado en mi piel, con el calor dentro del poncho todavía vivo en cada fibra de mi cuerpo.

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Emireth Bollás Mendoza 

Acapulqueña, corredora.

Capricornio.

Libre, auténtica y apasionada.

“Escribo desde ese lugar donde no todo se nombra… pero todo termina por sentirse.”