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TRAMAS HUMANAS | DUELO SIN VÍNCULO


El 14 de enero murió mi mamá, cuando sucedió, lo primero que sentí no fue tristeza pura, sino una mezcla rara: enojo, culpa, confusión. Me dolía que se hubiera muerto y, al mismo tiempo, me dolía que ese dolor no se pareciera a lo que se supone que debería sentirse cuando muere una madre. Como si existiera una forma correcta de llorar y yo no estuviera siguiéndola bien.

Crecí lejos de ella. La última vez que la vi, creí que iba a pedirme perdón. No lo hizo. Habló de maternidad como si no hubiera grietas, como si el pasado no pesara. Me fui enojada. Lo único que me llevé fue un detalle mínimo e inesperado: su letra. Escribía bonito. No recordaba eso. Y ese hallazgo pequeño, casi absurdo, fue lo más cercano que sentí a ella en años. Ahí, en una hoja escrita con cuidado, hubo algo que se parecía a mí.


Después vino todo junto.
La muerte.
Una crisis fuerte en mi relación.
La sensación de que todo lo que antes se arreglaba fácil ahora se volvía imposible.


Una amiga, que había perdido a su padre tiempo atrás, me dijo algo que me abrió los ojos: cuando alguien muere, las emociones no cambian, se intensifican. El enojo enoja más. La tristeza pesa más. Las discusiones escalan. El cuerpo anda sin filtro.


Ahí entendí lo que me estaba pasando. Estaba viviendo una superposición de pérdidas. Pero me negaba a mirar una de ellas. Prefería pensar que todo lo demás era el problema, menos la muerte de mi mamá. Como si nombrarla fuera demasiado. Como si aceptarlo me fuera a romper del todo.


Y aun así, me rompí.


Me cerré.
Con mi pareja. Con mi familia. Con mis amigos.
Con quienes siempre me ven fuerte.


Cuando la seguridad se rompe, la palabra se encoge. No porque no exista nada que decir, sino porque ya no se sabe si decirlo va a cuidar o a lastimar más. Guardarme se volvió una forma de sobrevivir. Callar, una manera de no perderlo todo.


También apareció otro miedo, más hondo: el miedo a elegir mal. A repetir historias. A quedarme donde no debo. A convertirme en lo que juré no ser. La muerte no solo se llevó a alguien; dejó preguntas abiertas sobre el futuro, sobre las decisiones, sobre el fracaso, sobre el amor.

Después de casi 20 años todavía me descubro pensando que tuve que haber hecho algo mal. Que debía existir algo defectuoso en mí para que no se quedara. Durante mucho tiempo creí que el abandono era una consecuencia. Que si una madre se va, es porque una hija no fue suficiente.
Cuando era niña me esforcé mucho por valer la pena. Por ser buena, por ser interesante, por ser digna de que alguien se quedara. No sabía que estaba intentando reparar una ausencia que no me correspondía.


Hay un tipo de duelo del que casi no se habla: el duelo sin vínculo. Ese que no nace de la cercanía, sino de lo que nunca fue. De las conversaciones que no existieron. Del perdón que se pensó resuelto y de pronto ya no tiene a quién dirigirse. Es un duelo silencioso, sin ritual claro, sin permiso social. Y por eso pesa doble.


A veces pienso que no ir al funeral estuvo bien. A veces me arrepiento. Ambas cosas son verdad.


No sé si ya perdoné.
No sé si algún día iba a llegar esa conversación.
No sé si el dolor se va a acomodar.

Lo que sí sé es que no todo duelo se llora igual, y no toda fortaleza consiste en aguantar en silencio. Mostrarme entera todo el tiempo me dejó sola. Y eso también cansa.


Quizá escribir esto no sea una forma de cerrar nada. Tal vez solo sea una manera de decir: esto existe, aunque no encaje en los moldes. Esto duele, aunque no se note como debería.


Porque al final, hay ausencias que no se van.
Solo cambian de forma.


Mamá, eres la ausencia más presente en mi vida.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.

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Tramas Humanas | Todos tenemos un poco de Feng Yuan

El mapa de la vocación en movimiento.

Hace unos días, mi novio me mostró una imagen que encontró en internet: el currículum de un hombre llamado Feng Yuan. Durante veintidós años trabajó como ingeniero en Microsoft, y después decidió dedicarse a criar gansos y a cultivar bonsáis. Me quedé mirando esa lista de empleos como si fuera una pequeña fábula contemporánea. Pensé en la vida de las personas que quiero, en sus caminos, en sus giros, en sus pausas. Pensé también en los míos, en todos los momentos en los que estuve convencida de saber quién era, hasta que algo cambió y ya no lo supe más.

¿Alguna vez has sentido que lo que ayer te definía hoy ya no encaja contigo?

Durante muchos años creí que mi vocación era la música. Desde muy pequeña, hasta los dieciséis, todo lo que soñaba tenía acordes y melodías. Luego, pensé que era el cine, y por eso estudié Comunicación Audiovisual. Más tarde, creí que eran las cartas. Cuando salí de la universidad, me acredité como jugadora profesional de baraja inglesa y trabajé durante un año de lleno en un casino. Pero después de ese año, entendí que eso tampoco me llenaba. Entonces volví a algo que siempre había estado ahí, casi esperándome: escribir.

Creo que escribir es lo que mejor se me da. Es la forma más natural que tengo de comunicarme, de entender lo que siento, de mirar el mundo. Me gusta pensar que no escribo para encontrar respuestas, sino para entender mis preguntas. Y aunque hoy creo que esa es mi vocación, hay instantes en los que me asalta la duda: ¿y si no lo es? ¿Y si un día quiero volver al cine, o abrir un negocio, o dedicarme a algo completamente distinto?
A veces pienso que todos tenemos una historia que gira sobre la misma pregunta: ¿qué estamos llamados a hacer?


Cristian, 28 años.


Desde pequeño admiraba a su hermano mayor, que estudiaba ingeniería en sistemas. Le fascinaba verlo construir cosas nuevas, y aunque no lo entendía del todo, intuía que ahí había algo poderoso: la posibilidad de crear. Pensó que, si su hermano podía hacerlo, él también. Quizás incluso mejor.

En la secundaria empezó a tener contacto con las computadoras y los teléfonos, y al mismo tiempo descubrió la música. Ver videos en Vevo fue su primer acercamiento al universo digital y, sin saberlo, ahí se unieron sus dos pasiones: la tecnología y el sonido. Soñaba con trabajar en algo que le diera para comprarse tornamesas, instrumentos o pagar clases. Su hobby era el beatbox, porque era lo único que podía hacer sin gastar dinero.

En la preparatoria su maestra de informática le habló de lo que significaba ser programador, y la idea le pareció fascinante. Imaginaba su vida entre Francia y Canadá, trabajando con código y creando. En el último semestre, un amigo lo convenció de entrar a la Universidad Politécnica para estudiar Desarrollo de Software, y fue ahí donde todo empezó a tomar forma.

Con el tiempo, logró combinar ambas pasiones. Hoy es ingeniero de software, pero también músico y creador. Fundó Avant Garden, un proyecto audiovisual que busca dar visibilidad a artistas electrónicos y visuales del sur de México.
“Un artista exitoso no es quien vive del arte, sino quien puede seguir haciéndolo”, dice. “En la música solo soy artista. No me gustan las etiquetas. Solo quiero hacer lo que quiera.”



Vivimos en una época que nos ha hecho creer que encontrar la vocación es casi una obligación moral. Desde que somos pequeños, se nos enseña que hay una sola cosa que vinimos a hacer, un propósito casi divino que debería guiarnos como una brújula infalible. Pero la vida rara vez funciona así.

La cultura actual ha convertido la vocación en una especie de mito moderno. Un ideal que promete sentido, estabilidad y éxito. Como si todos tuviéramos que descubrir “a qué venimos” antes de los treinta, o de lo contrario habríamos fallado. Se nos repite que hay que encontrar eso que “nos apasione”, sin mencionar lo confuso que puede ser buscar una pasión cuando la vida está llena de responsabilidades, miedos, necesidades y cambios.

El problema está en que entendemos la vocación como un punto fijo, cuando en realidad se parece más a un mapa lleno de caminos posibles. Algunos se recorren con entusiasmo, otros con cansancio; a veces uno regresa, a veces se pierde y a veces, simplemente, se detiene a mirar. Lo que cambia no es la esencia, sino la dirección.

Tal vez no se trata de encontrar una sola vocación, sino de reconocer que hay muchas formas de sentirse vivo, muchas maneras de darle sentido a lo que hacemos. Y que cambiar de rumbo no siempre es fracasar, sino escucharse.

¿Y tú? ¿Alguna vez has sentido que tu brújula apunta hacia otro lado, justo cuando pensabas haber encontrado el camino correcto?
Quizá, al final, todos tenemos un poco de Feng Yuan: la valentía de reinventarnos cuando el corazón cambia de dirección.

Por Alondra de Castilla.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.

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Tramas Humanas | El amor después de la muerte.

Aprendemos a decir adiós, a soltar, a cerrar ciclos. Nos hablan del “deber ser” del duelo: sus etapas, sus tiempos, sus formas. Pero nadie —nadie— nos prepara para esa forma sutil y persistente en que el amor sobrevive a la muerte.

Porque el amor no se muere con el cuerpo. Permanece. Cambia de forma. Se acomoda a las grietas del alma y se manifiesta en pequeños rituales, en la memoria encarnada del que se queda.

Estos últimos tres meses, mientras mi papá pasaba por un episodio de salud muy grave, pensé por primera vez en su muerte como una posibilidad real. Y me asusté. No estaba lista para soltarlo. No sabía cómo se hace eso. Nunca nadie me explicó qué pasa con el amor cuando la persona ya no está, pero aún ocupa tanto espacio. Me di cuenta de que no estaba preparada, y quizás nunca lo estaré.

Ese pensamiento me llevó a una pregunta que puede parecer absurda en un mundo que mide todo en términos de eficiencia, productividad y lógica: ¿qué hacemos con el amor que se queda cuando la persona se va?

Así nació esta columna.

Le pregunté a algunas personas cómo viven el amor después de la muerte. Las respuestas me conmovieron profundamente. Son fragmentos de vida. Heridas abiertas. Actos de ternura radical.

Mariana, 30 años: “Han pasado tres años desde que murió mi novia. Le sigo escribiendo por WhatsApp. A veces le mando memes, canciones, cosas sin importancia. Nadie más tiene acceso a ese número, yo lo mantengo vivo, pero no me importa, ni me molesta hacerlo. Es mi manera de seguir compartiéndome con ella.”

Roberto, 47 años: “A mi mamá la enterramos un lunes. El siguiente domingo fui a verla. Desde entonces no he fallado ningún domingo. Le cuento de mis hijos, del trabajo, de lo que me molesta. Es como hablar conmigo mismo, pero también con ella. A veces siento que me responde.”

Andrea, 28 años: “Mi abuela siempre decía que iba a volver en forma de colibrí. Yo creía que eso eran tonterías, pero el día que murió, un colibrí se metió a mi cuarto. Desde entonces, cuando uno se me acerca, me detengo. Le hablo bajito. La extraño tanto que cualquier señal me ayuda a seguir.”

Fernando, 61 años: “Cuando murió mi esposo, pasé meses en silencio. Un día, cociné su receta favorita. Puse su música. Puse su copa. Me senté a cenar con él. Lloré toda la noche. Pero esa noche volví a sentirme acompañado.”

El amor después de la muerte es quizás la forma más compleja y pura del amor. Ya no espera nada a cambio. Ya no compite con el ego. Ya no se defiende. Es amor que se vuelve memoria, presencia invisible, acto cotidiano.

Y aunque el mundo nos diga que hay que dejar ir, que hay que pasar página, que hay que “superarlo”, yo creo que hay cosas que no se superan. Se llevan. Se honran.

Tal vez, en la muerte, también se esté ocupado. Pero el amor, en su infinita capacidad de transformación, encuentra maneras de seguir existiendo.

Por: Alondra de Castilla.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.

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Tramas Humanas| Desaprendiendo el amor: más allá de los mitos románticos y los roles de género.

Si el amor es algo tan universal, ¿por qué tantas personas se sienten insatisfechas en sus relaciones?

Para responder esta pregunta, hablé con diferentes personas sobre sus experiencias en el amor. Lo que encontré fue un patrón: muchas de nosotras hemos crecido con la idea de que debemos amar de cierta manera, siguiendo reglas no escritas que, más que acercarnos a la felicidad, nos llevan a la frustración.

Los testimonios de un problema común:

Clara, 32 años, me dijo: “Yo solía pensar que una buena mujer debía ser comprensiva, paciente, que debía esperar a que un hombre me eligiera y me demostrara su amor. Pero en mis relaciones, siempre terminé sintiéndome agotada, como si amar significara estar en deuda constante.”

Por otro lado, Carlos, 27 años, me contó: “A mí me enseñaron que los hombres tienen que ser fuertes, que no necesitamos afecto tanto como las mujeres. Así que en mis relaciones, me acostumbré a recibir menos de lo que daba. Hasta que me di cuenta de que el amor no debería sentirse así.”

Y luego está Sofía, 40 años, quien me confesó: “Yo me esforcé por no depender de nadie. Me dijeron que si una mujer se vuelve autosuficiente, el amor llegará solo. Pero la verdad es que ser independiente no me protegió del dolor de encontrar hombres que seguían esperando que yo me amoldara a su mundo, sin que ellos hicieran lo mismo por mí.”

Después de escuchar estas historias, la pregunta es inevitable: ¿cómo podemos construir relaciones amorosas que no nos encadenen a expectativas injustas?

El feminismo en el amor: no es una guerra, es una liberación.

Muchas personas creen que el feminismo es un enemigo del amor o que está en contra de los hombres, pero esto no podría estar más lejos de la realidad. El feminismo no busca eliminar el romance, sino sacarlo de la jaula de los roles de género que nos limitan.

El problema no es el amor en sí, sino las ideas que nos han vendido sobre lo que significa amar. Nos han enseñado que las mujeres deben ser entregadas, sacrificadas, pacientes, y que los hombres deben ser proveedores, fuertes, emocionalmente invulnerables. Y en ese juego de expectativas, terminamos desconectándonos de lo que realmente queremos.

Porque cuando el amor se basa en reglas rígidas, dejamos de vernos como personas completas. Nos volvemos personajes en una historia que no escribimos.

Entonces, ¿cómo podemos amar de manera más libre?

La respuesta no es sencilla, pero hay algunas claves:

1. Cuestionarnos lo que nos enseñaron: ¿Realmente quiero esto o lo hago porque “así deben ser las cosas”? Preguntarnos esto nos ayuda a identificar patrones que nos han lastimado.


2. Aprender a comunicar nuestras necesidades: Muchas mujeres sienten que expresar lo que necesitan es “exigir demasiado”. No lo es. El amor debe ser un espacio donde ambas partes puedan pedir y recibir en igualdad.


3. Entender que el feminismo también libera a los hombres: Permitirles sentir, llorar, equivocarse, sin esperar que sean héroes inquebrantables, es una forma de amor. No se trata de una competencia entre géneros, sino de encontrar maneras más humanas de relacionarnos.


4. Romper con la idea de que el amor es sacrificio: Amar no debería significar perderse a una misma. No se trata de medir quién da más o quién se esfuerza más, sino de construir un amor que haga bien a ambas partes.

El amor sin moldes:

Al final, lo que buscamos no es dejar de amar, sino hacerlo sin sentirnos atrapadas. Queremos un amor donde podamos ser auténticas, sin miedo a romper reglas impuestas. Queremos relaciones donde no se nos pida ser menos para que el otro se sienta más fuerte. Queremos, en resumen, amar desde la libertad, no desde la obligación.

Y quizás, solo quizás, cuando dejemos de seguir guiones que no escribimos, encontraremos un amor que se sienta como un hogar, no como una trampa.

Por: Alondra de Castilla.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.

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La máquina verde | Llegar a la palabra

por Jeanne Karen

Es poco el tiempo y son muchos los temas para abordar en espacios tan valiosos como una columna semanal. Durante los últimos días, me he estado preguntando, ¿qué deseo escribir, qué deseo compartir?, porque la realidad es que no siempre confluyen ambos ejercicios; uno es lo que escribo, otro, lo que final llega al público lector.

Me he sentido fascinada por ejercer la escritura, más allá de la literatura. Desde distintos sitios, momentos, tareas. Estar comprometida con la poesía, también me ha llevado por otras encrucijadas, por nuevas sendas que estoy explorando. Por ejemplo estar aquí con ustedes.

Para las personas que escribimos debe ser fundamental encontrarse en otros medios, porque al final nuestras voces hacen eco o por lo menos, es lo que quiero creer, ahora con la tecnología y el internet, el rango de acción es enorme.

Dentro de la poesía caben todos los mundos, eso platicaba hace poco con un compañero escritor. Si bien es cierto que la poesía es un lenguaje, no es un lenguaje frecuente, es decir que no se usa para el día a día, para realizar nuestras actividades importantes, para lo más urgente, no tiene códigos, signos o símbolos que puedan ser usados de forma natural. La poesía es una construcción, una especie de aparato, un artefacto. La poesía tiene otros momentos, otros espacios que sí le son esenciales e inherentes.

A veces me siento con impulso suficiente como para cruzar caminos, patrones y entonces con un poco de buena fortuna: tratar de exponer en un solo contenido, todo tipo de formas de escritura, sin duda es algo que resultaría fascinante.

Hay cartas que nos conmueven, por ejemplo, pero también nos explican, nos abren los ojos, nos comparten hechos, temas trascendentes. Hay poemas que solamente juegan con las palabras, que las hacen ir de aquí para allá, como en una especie de vaivén, un movimiento repetitivo, con un ritmo atrayente. Otros poemas nos rompen en mis pedazos, abren la cortina de la realidad, parten el suelo de la sociedad, nos iluminan el rostro con verdades que hieren, de tan fuertes, de tan terribles nos derrumban en cuanto pasamos de un verso a otro; a esos poemas los veo como una especie de explosión, apenas dura, pero el impacto es enorme.

Existen esos otros poemas que vamos disfrutando poco a poco, como un perfume, como un lugar sagrado: entramos con pasos suaves, de puntillas, sin querer mover nada, sin hacer ruido, como captando todo lo que nos rodea, ese tipo de poesía permanece más tiempo con nosotros, porque tenemos que revelar cada verso, encontrando una y otra vez algo distinto. No es una explosión, es la inmersión a otros universos. Ambas formas son fundamentales.

Ahora, a mí me gusta que ustedes como lectores puedan sentir en un solo texto, todas las emociones y sensaciones posibles, esa es mi aspiración cuando escribo algo diferente, cuando salgo de lo versado, cuando trato de llegar a otros cielos, cuando procuro ver a través de los espejos con distinta mirada.

¿Para qué la poesía si tenemos la vida, la música, la pintura?, ¿para qué la poesía si tenemos formas más efectivas de comunicarnos?

Ustedes, ¿qué piensan? Yo creo que en la poesía encontramos las palabras que precisamos cuando nos afrontamos a los grandes temas de la humanidad como la existencia, el amor y la muerte.

También creo que en la prosa encontramos la manera de llegar más rápido, más pronto, más efectivamente, por ejemplo como ahora, que seguramente se darán cuenta de que escribo desde una certeza como una hoja en el aire y todas los cuestionamientos posibles como la infinita combinación de palabras de un nuevo poema.

En la poesía conviven: el amor, la vida y la muerte.

Al inicio fue la palabra poética.

Poema «El museo» | METAXY

por Tatiana Campos Aquinto

Los museos
tienen una regla,
siempre me ha parecido injusta:

No tocar.

Como si la belleza
no hubiera nacido
para sentirse.

Supongo
por eso
terminé convirtiéndome en uno.

Personas
entran a mi vida
como quien compra un boleto.

Caminan despacio
por los pasillos.

Se detienen
frente a los recuerdos
que más trabajo me costó conservar.

Los miran.

Inclinan un poco la cabeza,
como si quisieran entender
por qué un corazón
decidió colgar sus cicatrices
en una pared.

Después sonríen.

Dicen:
—¡Qué bonito!

Y siguen caminando.

Nadie pregunta
quién limpió el polvo
de cada vitrina.

Nadie imagina
cuántas noches
pasó un recuerdo
aprendiendo
a no romperse.

Hay cuadros
que parecen paisajes;

de cerca
son despedidas.

Hay esculturas
que todos llaman arte,

pero fueron personas
que aprendieron
a quedarse quietas,
para que el dolor
dejara de reconocerlas.

A veces
llega alguien
que quiere llevarse
su obra favorita.

Se acerca demasiado.

La señala.

La admira.

Y luego se marcha
sin leer
el pequeño letrero
a su lado.

Ese que dice:

«No está en venta.
Sigue intentando sanar.»

Desde entonces
dejé de abrir
todos los salones.

Hay memorias que todavía
no soportan
la luz.

Y entendí
que no todo lo valioso
está hecho
para ser visto.

Algunas cosas
sobreviven
porque alguien
tuvo el amor suficiente

para cerrar la puerta

antes de que entrara
la siguiente multitud.

Soy Tatiana Fernanda Campos Aquinto, estudiante de Medicina y escritora peruana. Mi formación en el campo de la medicina me ha llevado a acercarme cada vez más a lo humano: a las historias, las emociones y las experiencias que existen detrás de cada persona. Paralelamente, la escritura se ha convertido en una forma de observar, sentir y transformar aquello que muchas veces resulta difícil de expresar.

Como mujer, me considero sensible, perseverante y profundamente curiosa. Valoro la capacidad de mirar más allá de lo evidente, de encontrar significado en los pequeños detalles y de convertir las experiencias en palabras. Escribo desde mi propia sensibilidad, pero también desde aquello que he aprendido de las personas que han dejado huella en mi vida. Para mí, la literatura es un espacio de libertad y memoria, una manera de dialogar con lo que somos y con aquello que todavía estamos descubriendo.

Slasher, el cuento que enaltece ser uno y la violencia estética del ruido | Pensamientos claros y terroríficos

por Dalia Estrada

Una de las escritoras latinoamericanas que más me ha cautivado en los últimos años es la ecuatoriana Mónica Ojeda; lo primero que leí de ella fue Mandíbula (2018), pero el libro que me cautivó y voló la cabeza a partes iguales fue Las Voladoras (2020), un compilado de ocho cuentos que mezclan el misticismo, lo terrenal, las ciudades, el espacio público, el íntimo y las diversas violencias, temáticas que te hacen replantearte las relaciones, tanto humanas como con el medio o, al menos, eso me pasó a mí, específicamente con el relato Slasher. 

El texto da mucho en que pensar, pero yo me quedo con las tres cosas que más llamaron mi atención: 1) los ruidos y cómo nuestra relación con estos se convierte en un miedo, 2) el arquetipo musical de los dúos y concebirlos como uno (pese a que forman parte de una banda) y 3) la estética alrededor de los ruidos violentos. 

La historia trata sobre dos hermanas gemelas: Bárbara y Paula. Bárbara tiene algunos deseos violentos contra su hermana Paula, quien es sordomuda. La discapacidad de Paula es lo que despierta la ira de Bárbara y sus deseos de hacerle daño, sobre todo porque ella no tiene que escuchar a su madre y todos los terribles sonidos que hace cada noche. Sin embargo, la condición de Paula es un vínculo de creación y amor entre hermanas, esta unión las lleva a hacer música experimental con ruidos violentos que avivan el dolor y el vínculo fraterno. 

Algo traumático, que se percibe desde la primera línea del cuento, es cuando Bárbara dice que quiere cortarle la lengua a su hermana con un estilete, y una pensaría, ¡caray!, esta chica está loca, pero conforme avanza la historia podemos darnos cuenta de que este deseo viene de varias “lecciones” que Bárbara quiere darle a Paula. Algunas de ellas encaminadas a su despertar creativo, pues menciona que es a través de la pérdida, que uno entiende lo que un sonido es capaz de hacerle a la imaginación, hace especial énfasis en los gritos. Esto, a su vez, se convierte en una revelación sobre su obsesión por crear y comprender los ruidos desde su forma más primitiva y pura, pero también por compartirle un poco del miedo y la ira que experimenta cada noche al escuchar los gritos de su madre, que tienen el poder de transformar y cambiar cualquier sensación. 

A partir de lo anterior, surgieron mis primeras reflexiones sobre nuestra relación con los sonidos, el significado que le atribuimos a los ruidos puede ser universal, por ejemplo, asociar ciertos sonidos con eventos paranormales es algo que todos compartimos cuando el ambiente es solitario, oscuro y son más de las 12 am; aunque hay ocasiones en que esos sonidos tienen una fuente de carne y hueso, pocas veces los miedos ocasionados por estos ruidos “normales” se vuelven una experiencia universal. Por ejemplo, yo aún no sé distinguir entre cuetes y balazos, y muchas veces creo que estoy en peligro y debo ponerme a salvo; sin embargo, una persona que vive en ciudades asediadas por el crimen organizado lo sabe, despierta en ella miedo y el instinto de supervivencia para ponerse a salvo.

En lo personal, escuchar el tictac del reloj me pone ansiosa, no me gusta escuchar a mamá llorar porque significa que pasó algo grave, las tormentas eléctricas me ponen alerta porque es muy probable que mi perro tenga una crisis, y así muchos sonidos más nos ponen en alerta y generan un miedo que exige supervivencia, como Bárbara cuando cada noche escucha a su madre realizar ruidos violentos que la traumatizan, la ponen en un estado de vigilia y dan paso al deseo conciso de querer mutilar a su hermana, pues su condición de sordomuda la libera de tener que escuchar a su madre y de experimentar el terror que ella siente.

¿Qué nos aterra de los ruidos, que no vemos al ente que produce el sonido?, o ¿justo porque lo vemos es peor que lo que escuchamos?, ¿la imaginación nos pone en ese lugar de delirio o lo que sabemos es lo que nos lleva allí? Por primera vez para mí, dentro del texto, se aprecia la violencia estética del ruido: sonidos normales de un hogar en un contexto desafortunado.

Esta violencia estética que se basa en los ruidos, cobra sentido en su proyecto musical llamado “Las Bárbaras”, donde cualquier elemento puede ser un instrumento y cualquier acción una composición. Es aquí donde Paula toma relevancia, ya que las composiciones del grupo son creadas a partir de lo que ella experimenta en su interior, sonidos que al ser producidos por Bárbara, logran perturbar a la gente generando una fusión de cuerpos, mentes, creatividad y espíritu. 

Las personas se han deslumbrado por bandas “diferentes”, aquellas que revolucionaron o crearon sonidos y letras totalmente disruptivos, generando incluso una estética específica que marcó una época. Asimismo, hay miembros que aunque estén dentro del mismo grupo, forman una complicidad que se percibe tan única porque parecen uno mismo: como John Lennon y Paul McCartney, Daft Punk, Liam y Noel Gallagher, por mencionar a algunos, y a veces es tanto el talento y la fama por lo creado, que se nos olvida que hay un proyecto atrás e incluso nos es casi imposible concebir a estas personas separadas. Al crear, estas personas se complementan, se entienden y conciben una estética alrededor de su proyecto; pero, ¿qué nos atrae de los dúos dentro de las bandas?

Lo que nos entregan como proyecto nos complace, y nos complace más ver talento así de unido creando algo maravilloso, pero ¿por qué nos encanta percibirlos como uno? La voz de Lennon se ve tremendamente favorecida por la guitarra y coros de Paul, al igual que la de Liam Gallagher con las composiciones y arreglos de Noel. Diríamos que uno no vive sin el otro, claro, porque en nuestro idilio no tiene que vivir uno u otro, tienen que vivir el uno que son juntos. El uno que existe entre estos dos seres, no el uno que debería existir en la banda porque no es así, pero ¿qué nos gusta de esta estética de fusión? 

En el caso de las gemelas, no basta con que sean hermanas y aparentemente iguales, no basta el ejercicio de complementación con lo que una tiene y a la otra falta, con lo que una entiende y vive y la otra no; su fusión iba dirigida a ser “Las Bárbaras”, a replicar los ejemplos de estos famosos dúos que trascienden por el sonido que producen en conjunto, por los ruidos, porque, como dicen las hermanas, lo que hagan en el escenario debe sonar profético. ¿Lo que hicieron los otros dúos mencionados sonaba de esa manera? Probablemente sí. 

Me atrevo a decir que la música creada por las gemelas ni siquiera es lo que importaba el día del espectáculo, y tampoco es algo que atrajera a sus fans. Lo que gustaba a la gente que acudía a verlas, es el performance, la curiosidad por el ruido, la violencia del sonido, la estética que se crea entre el creador y la creación. 

El ver que alguien es capaz de cometer las atrocidades que nosotros no haríamos y darles nuestra aprobación, contribuye a que este tipo de proyectos se vuelvan transgresores, populares y visibilicen una violencia estética del ruido. Pero estos proyectos no son únicos por realizar algo insuperable, si no por atreverse, por ver materializado algo “imposible”, como suele pasar con muchas bandas de black metal. Todas suenan igual, ninguna hace nada extraordinario, pero la estética de la vestimenta negra, la cara blanca con toques negros, cabelleras largas y el satanismo, son el performance que marcó su legado y lo que hace que los metaleros las vean como máximas exponentes del género. En las gemelas lo único que importaba era la fusión, el vínculo, el de verdad entenderse y ahora sí ser una: ellas y su creación.

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Dalia Estrada (México, 1996) es periodista, ensayista y lectora, además de licenciada en Lingüística y Literatura Hispánica por la BUAP. Sus textos que van desde la creación y crítica literaria, han sido expuestos en diversas revistas naciones e internacionales. Fue becaria del Programa Interinstitucional para el Fortalecimiento de la investigación y Posgrado del Pacífico y en el 2019 colaboró con BUAP y la Universitá degli Studi di Salerno (Italia) para la creación del libro Alteridad: el rostro del otro con el texto La soledad del existir en la alteridad a través de Her y The Shape of Water. Actualmente colabora con el medio informativo digital PeriodiCaso con una columna sobre música, pensamiento y crítica social. 

A raíz de este texto mostró interés por la interdisciplinariedad y el repensar acontecimientos desde una perspectiva diferente, cero juzgadora, empática, de acompañamiento y carácter, sobre todo en temas como la soledad, la tristeza, el miedo y el otro, que, aunque son muy recurridos en las artes, lo que vemos en primera instancia no es lo verdaderamente importante, siempre hay algo que subestimamos, que no le damos importancia y que no comprendemos, incluso dentro de nosotros mismos, y que preferimos ignorar. 

Ella, como Mariana Enriquez, ama a los monstruos, lo extraño, al otro, lo oscuro, pero también a Taylor Swift, los atardeceres, el cine de Wes Anderson y de Ari Aster, haciendo una combinación que la satisfaga sin tener que responder a dualidades establecidas. Ha encontrado en el terror y las violencias que ha vivido, la compañía perfecta para analizar, crear y proponer qué hacer, cómo estudiarlas, cómo acompañarlas. Porque las finals girls le han enseñado que, aunque haya miedo e ignorancia de nuestras capacidades, nunca es tarde para descubrirnos, redescubrirnos, cambiar, aprender y crecer.

El hotel que no aprendió a callar | Sombras Tintadas

por Sandra Orsatti

El Hotel Mar del Sur era blanco, bajo y alargado, como si alguien lo hubiese apoyado con cuidado en el remanso para no despertarlo. Una sola planta, galerías que miraban al mar, ventanas siempre abiertas aunque el viento entrara con sal y arena. Nadie recordaba exactamente cuándo se había construido; en en pueblo, eso ya era una señal.

Decían que lo habían levantado para los que buscaban descanso, pero la verdad es que alojaba a quienes huían: viudas recientes, hombres solos, familias que llegaban sin equipaje suficiente y sin preguntas. El hotel no pedía datos, aceptaba.

Yo trabajé allí el último verano.

Cada mañana, antes de que los huéspedes despertaran, bajaba a la playa. El remanso estaba quieto, engañosamente manso; el mar del sur respiraba lento, como si juntara fuerzas, la bruma aparecía temprano y se demoraba en irse, trepando por las paredes blancas del hotel hasta borrarle los bordes, a veces parecía que el edificio flotaba.

El problema eran los espejos, no estaban en las habitaciones, sino en los pasillos. Espejos largos, antiguos, con marcos simples; nadie sabía quién los había colocado. Si uno se miraba al pasar no veía el presente, veía una escena anterior: un huésped que ya se había ido, un gesto repetido, una conversación que no había escuchado.

—El hotel guarda lo que no se dice —me explicó doña Elvira, la encargada— Y eso siempre pesa.

Había un arroyo angosto detrás del edificio, no figuraba en ningún plano; aparecía y desaparecía según la marea, como si el mar lo permitiera sólo a veces. El agua era oscura, lenta, y murmuraba de noche; los huéspedes decían que los arrullaba, yo sabía que les hablaba.

La primera advertencia llegó con una mujer del cuarto cinco. Bajó al desayuno con los ojos rojos y la voz quebrada.

—El hotel me pidió algo anoche —sentenció—.

Nadie respondió. En Mar del Sur, cuando un lugar pide, se escucha en silencio.

Esa tarde, el mar empezó a cambiar; no se agitó, se retiró. Se alejó demasiado, dejando la playa desnuda, como un animal que expone el vientre. Los médanos crujieron, el arroyo creció y comenzó a traer objetos: llaves viejas, una peineta, un botón de uniforme. Reconocí varios, eran del hotel.

—No le devuelvan nada —ordenó doña Elvira—. Lo que el mar reclama, se entrega.

Pero el hotel no quería entregar. Quería retener.

Las noches se volvieron densas, los pasillos olían a humedad cerrada, los espejos empezaron a mostrar escenas que todavía no habían ocurrido: puertas que se abrían solas, camas vacías, ventanas arrancadas. En uno de ellos me vi de espaldas, mirando el mar, mientras una sombra enorme se levantaba detrás del horizonte.

—El hotel está castigado —susurró un huésped—. Se quedó con lo que no era suyo.

Entendí entonces.

Durante años, el hotel había recogido secretos, culpas, despedidas no dichas. Las paredes blancas habían escuchado promesas rotas, traiciones, deseos que no encontraron salida; todo eso había sido guardado, absorbido, como el arroyo guarda los reflejos.

El Mar del Sur no olvida esos excesos.

La noche final la bruma fue total. No se veía la playa, ni el remanso, ni el cielo. El hotel crujía como un barco viejo; los espejos comenzaron a rajarse, uno por uno, dejando correr agua salada por los pasillos.

El arroyo se desbordó y entró al edificio. No arrastraba arena, sino voces. Los huéspedes se despertaron gritando frases que no eran suyas. El hotel, blanco y bajo, parecía encogerse, como si comprendiera demasiado tarde.

Y entonces, el mar volvió.

No fue una tormenta, fue una ola única, imposible, silenciosa al principio, se levantó más alta que los médanos, más alta que cualquier recuerdo del pueblo. No rugió, sentenció.

La ola avanzó directo al remanso, golpeó el hotel de frente, sin furia visible, como quien ejecuta una orden antigua. El edificio se desplazó entero, arrancado de su sitio, arrastrado hacia atrás, hacia la arena. Las paredes se quebraron, las ventanas estallaron, los espejos, antes de romperse, devolvieron una última imagen: el hotel hundiéndose, blanco, obediente.

Cuando el agua retrocedió, no quedó nada.

Ni restos, ni cimientos, sólo médanos nuevos, más altos, como si siempre hubieran estado allí.

A la mañana siguiente, el mar estaba calmo. El remanso volvió a ser remanso. El arroyo desapareció.

Con los años, algunos dicen que el hotel nunca existió; otros afirman que, cuando la bruma baja espesa y el mar se retira demasiado, se puede ver una galería blanca asomando entre la arena.

Dicen que si te acercás, escuchás puertas que se abren solas, y que el Mar del Sur, cuando castiga, no destruye: entierra para que recuerden.

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Soy Sandra Luján Orsatti, profesora de Lengua y Literatura, escritora y coordinadora de los talleres de escritura Palabras en movimiento y de lectura La Cofradía Entintada, miembro de la Agrupación de Escritores Olavarrienses cuyo objetivo fundamental es visibilizar la escritura local y tender puentes entre artistas.

Desde hace 26 años, la docencia y la literatura forman parte de mi identidad: lugares de encuentro, creación y transformación. Soy autora de tres libros de ficción y he participado en antologías colectivas  y publicaciones nacionales e internacionales en distintas revistas y sitios web como Writer Avenue, Histórikas, Palabrerías, Grifo, Vide y otras.

Escribo desde una mirada personal y subjetiva, atraída por lo extraño, lo inquietante y aquello que late bajo la superficie de lo cotidiano. Soy una mujer curiosa, sensible y perseverante. Me convocan los desafíos, la posibilidad de cruzar límites y habitar lo desconocido. A los 50, sigo eligiendo preguntas, palabras y nuevos horizontes.

ig @bruma.marsurena

tik tok @sandraorsatti.autora

substack @sandralujánorsatti

No Dejés de Escribir

No dejés de escribir, me dije por dos años, mientras el movimiento del teclado que mis dedos se sabían de memoria se pausó. Las pausas siempre son importantes, para pensar bien si la historia que se está escribiendo va tomando el camino que deseamos. 

Pero me digo a mí misma: ¿y si no escribimos? ¿A dónde se van esas palabras que quedan apenas marcadas en  el letargo del teclado o en la tinta de un lápiz que nunca se usó? 

¿Se quedarán con los silencios que cargamos a diario? ¿Con las luchas infinitas? ¿Con las voces que no escuchamos porque se pierden entre el ruido de la historia? 

Porque los instantes quedan olvidados si nadie los relata. 

¿Qué sentido tiene un lápiz con la tinta intacta? 

Es como ver lo injusto y no alzar la voz. Es como pretender que las letras no son políticas. Que escribir puede ocurrir al margen del mundo, como si las palabras no nacieran también de lo que nos duele, de aquello que nos indigna, de lo que amamos y tenemos miedo de perder. 

Entonces me pregunto cuántas cosas dejé sin nombrar durante este bloqueo. 

Cuántas historias ocurrieron mientras el teclado permanecía en silencio. Cuántas veces soñé una frase y se me escapó en un olvido repentino. Cuántas voces escuché y no supe todavía cómo guardarlas. Tal vez las palabras no desaparecieron. Tal vez se fueron quedando en algún sitio, esperando que yo volviera a buscarlas. Tal vez estoy jugando al escondite con ellas. Sigo contando hasta cien en esta sala eterna, para poder ir a buscarlas y, con suerte encontrarlas. 

Y quizá escribir sea eso: 

Volver a los lugares que creíamos olvidados. Ponerle nombre a lo que otros prefieren dejar innombrado. Dejar constancia de que estuvimos aquí, de que vimos, sentimos, cuestionamos. De que hubo algo que nos pareció demasiado hermoso, demasiado doloroso o demasiado injusto como para permitir que se perdiera en el ruido de la vida. 

Quizá haya algo de revolucionario en negarse a olvidar. En escribir para que una historia, una voz, un instante, un amor, una lucha, consiga sobrevivirnos. 

Me repito entonces lo que aquel escritor me dijo: 

no dejés de escribir, Amelia. 

Y ahora, después de dos años, creo que finalmente entiendo por qué. 

Escribir es hacer historia.

Screenshot

Amelia Serrano Arias es diseñadora gráfica y escritora hondureña. Cursa una maestría en Escritura Creativa y ha desarrollado su obra entre la imagen y la palabra, explorando las fronteras entre el arte, la mia y la identidad. Sus textos han sido publicados en revistas y antologías literarias de Chile, Colombia y México. Combina su formación visual con la narrativa para construir un lenguaje propio donde el diseño y la literatura dialogan desde la sensibilidad y la raíz.

Los árboles y las pantallas que me rodean | Sólo humanos a partir de este punto

Por Mijal Montelongo Huberman

Cuando alguien va a comprar flores para regalárselas a otra persona o una enredadera para adornar la casa, sólo quiere la planta. No quiere que traiga arañas ni hormigas entre sus hojas y tallos. De igual manera, la tierra no debería tener colémbolos. Si alguien quiere un perro o gato, no puede traer garrapatas ni pulgas.

Qué complejo es pensar que un componente de la naturaleza, incluso las personas, nunca está aislado de otros componentes. Nos olvidamos de que el mundo funciona y se sostiene a partir de las interacciones que se tejen y se mantienen entre individuos, tanto de la misma especie como de diferentes especies. Hay interacciones beneficiosas y perjudiciales. Por un lado, unas son necesarias y por el otro lado, varias incluso podrían ser prescindibles. O al menos las hemos hecho prescindibles.

Las ciudades son un hábitat humano que las personas consideran impenetrable y aislado de otras especies. Hay quienes se sorprenden si les digo que hay hormigas donde vivo. Como si un departamento fuera exclusivo para uso humano. He escuchado a gente quejarse de los insectos que zumban por sus cabezas porque están en un edificio cerca de un lugar con mucha vegetación. Tal pareciera que estos organismos únicamente pueden desplazarse en sitios con muchas plantas y que las construcciones humanas son un límite que no deberían cruzar. Resulta sorpresivo, e incluso alarmante para ciertas personas, cuando de entre las rocas de un camellón o de un estacionamiento sale una rata. O cuando hay un tlacuache, una serpiente, un sapo o una avispa desplazándose en las calles. No digamos en un hogar, ya que la intrusión se consideraría tan grave que las personas podrían llegar a matar al animal.

A ciertas personas les gusta ir a subir cerros, acampar o hacer senderismo. En la naturaleza, un lugar apartado de la ciudad. También hay a quienes no les gustan estas actividades. De igual manera, hay personas que les gustan las arañas y hay otras que no. Estos son ejemplos de cuestiones de gusto. Sin embargo, el hecho de menospreciar un lugar por la presencia de insectos u otras especies o de matar a cualquier animal no común en el ámbito hogareño me parece que demuestra esta noción que tienen las personas de que los componentes de la naturaleza deben mantenerse fuera del ambiente urbano. Sólo las especies permitidas pueden cohabitar con las personas: los animales domesticados y las plantas con atributos ornamentales. Además, sólo algunos animales domésticos son aceptados en las ciudades y, más específicamente, en los hogares citadinos: los considerados mascotas o animales de compañía.

Me parece curioso que, a pesar de esta desconexión que suele haber entre la ciudad y la naturaleza, del primer conjunto de palabras que se les enseña a los bebés, incluso a las personas que están aprendiendo una nueva lengua, sea el nombre de los animales más comunes y familiares. Aunque para mucha gente, la información sobre las especies no se amplía más.

Las personas que habitamos ciudades sólo tenemos un conocimiento básico y superficial de lo que pasa en la naturaleza: cuándo es la temporada de lluvias y la seca, los nombres de algunos animales y un puñado de los de plantas, ciertos hábitos y hábitats de esas especies, los usos que les damos. La gente citadina, que es la mayoría en México, no tiene un conocimiento íntegro de la naturaleza donde vive. Ni siquiera alguien que estudia algo relacionado con otras especies logra tener ese conocimiento que se adquiere a través de la convivencia constante con la naturaleza y con presenciar a conciencia una y otra vez lo que ocurre en ella.

¿Cuándo habremos empezado a menospreciar todo lo que pasa en la naturaleza hasta caer en la ignorancia sobre ella?

Sin duda, fue cuando los asentamientos humanos fueron creciendo hasta rodearnos de tantas cosas que nos desconectan con la naturaleza que nos olvidamos de ella y sus problemas. Edificios, pantallas, dinero. El estilo de vida citadino prioriza el capitalismo y los problemas humanos que éste conlleva. Las ciudades crean una burbuja humana que las personas consideran impenetrable y aislada de otros lugares, incluso de otras ciudades. Las ciudades y sus problemas son una pantalla ante el funcionamiento y la composición de la naturaleza.

No obstante, las interacciones entre las especies y su entorno continúan allí. Escondidas a simple vista.

El relieve de la roca volcánica no sólo está dado por factores fisicoquímicos que actúan por el paso del tiempo. La superficie rugosa de las escamas quilladas de una lagartija espinosa y los líquenes crustosos también le dan forma a la roca. Los suelos y la tierra no son tan estáticos como aparentan. Eventualmente, algún escarabajo de tierra, una cochinilla, una lombriz o alguna hormiga se abrirá paso entre los obstáculos que las hojas, las ramas, las pequeñas rocas y los hongos les presentan, reacomodando el orden del suelo. La corteza de un árbol no sólo está conformada por madera. También alberga polillas, hormigas, lagartijas, aves, etc. La sombra de entre los pliegues de donde salen las hojas está ennegrecida por la presencia de escarabajos. La pequeña hoja verde pálido que está saliendo al lado de otra hoja más grade y de un tono de verde más oscuro no es una hoja, es el abdomen de una araña a la espera. Esa rama delgada que sobresale por arriba y por debajo de otra no es una rama, es un colibrí.

Mijal Montelongo Huberman (México, 1996). Estudió la carrera de Biología y la maestría en Ciencias Biológicas en la UNAM. Es traductora, divulgadora y educadora científica. Ha publicado artículos de divulgación científica y de investigación, traducciones literarias, cuentos y minificciones. Siempre está acompañada de libros, perros y gatos.

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El último bocado

Por: Crónicas de una mente errante

Mi carrera del día inició en aquella parada del camión, grafiteada como cualquier otra de la urbe, como cualquier otro día como este. Me senté en un espacio libre de esa banca de metal y fría, resignada a que llegaría tarde.

Aproveché para borrar de mi rostro, con maquillaje, los rastros de mis desvelos.
Fue entonces cuando lo vi a él: uno de los miles que existen en cada esquina de Guadalajara. Su mirada decía lo que no podía expresar con palabras. En ella se veía su hambre, y no solo de comida, sino también de ser amado y acompañado. No somos muy diferentes a ellos.

No pude evitar acariciar su áspero pelaje y decirle: «Aquí estoy contigo». A cambio, movió la cola para mí.

Estuve cinco minutos con él, la mejor compañía que me hizo salir de la rutina, aunque fuera por un momento. Éramos dos seres tan diferentes, pero similares a la vez, teníamos la esperanza de que mañana sería un día mejor.

Llegó mi camión. No quería irme, pero tuve que despedirme de la forma más amena para él: como si me sobrara el lonche, corté un poco de pan y se lo di.

No volteé atrás. Espero que me perdonara por haberlo dejado ahí, donde lo habían dejado.
¿Qué tanta sensibilidad es la que tenemos para sentirnos culpables por algo que no hicimos?
Pasaron dos días y mi semana laboral terminó.

Tomé mis cosas y salí a disfrutar de la fría noche. Me abrigué y me dirigí a la salida para esperar el Uber.

Abrí el viejo portón, que rechinaba cada vez que alguien salía, casi como si quisiera avisar. Y ahí estaba: mi compañero de parada de camión.

Quiso darme una segunda oportunidad. Me perdonó.

Mis lágrimas corrieron y lavaron mi maquillaje. No pude evitarlo, pero tampoco podía darle lo que él quería, porque, por mucho que queramos a alguien, a veces debemos dejarlo ir.

Dos que alguna vez fueron como él me esperaban en mi hogar. Mi corazón tenía espacio para uno más, pero mi casa no.
Fue entonces cuando me despedí como la primera vez. Tomé un trozo de pan que encontré en mi bolsa y le di el último bocado que me quedaba.

De recuerdos, aventuras y reflexiones|Del otro lado del Atlántico

Por Tania Farias

Hola, querida:

Después del estrés de las últimas semanas, por fin llegamos a Londres el martes por la noche. No te puedo negar que se siente como un logro, pues con todos los retrasos y problemas que tuvimos, en algún momento pensé que no sería posible. Dormir de nuevo en la cama de un espacio que, aunque temporal, puedas considerar como tuyo (me refiero a no más hoteles, ni casas de familiares), proporciona un alivio y un cierto confort de privacidad.

Como lo habíamos planeado, volamos a Europa e hicimos una parada en Francia para dejar a nuestra perrita en excelentes cuidados mientras arreglamos la manera para traerla con nosotros. El tema de la perrita, como ya lo sabes, ha sido bastante complejo. Aún sabiendo que es la mejor decisión, nos costó muchísimo despedirnos de ella.

La última noche en Francia fue muy difícil para mi pequeño, mucho más que el día que salimos de México. Siento que fue hasta ese momento en que la realidad lo alcanzó. Habíamos pasado unos pocos días en casa de mis suegros donde él había encontrado consuelo, gracias a la compañía de sus abuelos y sus tías, con todo lo que estaba por cambiar, incluido, el  renunciar a su perrita por unos meses. Como te decía, esa última noche en Francia fue el derrumbe. Teníamos que despertarnos temprano la mañana siguiente y a la hora de dormir, se ensimismó primero y luego se soltó a llorar en un llanto silencioso pero lleno de dolor. De repente, todos los miedos que quizás debieron haber rozado su pensamiento en los meses previos, surgieron como la lava de un volcán en erupción. No quería dejar a sus abuelos y mucho menos empezar el camino sin la perrita en su regazo, no quería ir a la nueva escuela y las preguntas empezaron a surgir: ¿qué sucederá si no logro hacer amigos?, ¿qué pasará si nadie me acepta?, ¿si los profesores no me quieren? Y una serie de preguntas relacionadas con el viaje hacia ese mundo desconocido, aún cuando se tratara en realidad de un retorno a la tierra que lo vio nacer.

Siempre decimos que los niños son seres muy resilientes, y lo son, pero esa verdad no reduce en nada el dolor que los ajustes durante un cambio de país, de residencia, pueden producir en un niño de su edad, en especial, si el cambio implica cruzar el Atlántico y alejarnos tantos kilómetros de todo aquello que le era familiar. Ver las lágrimas correr por su carita es quizás una de las cosas que más pena me causa de todo este proceso.

           Si tuviera que describirte cómo ha sido esta primera semana con una sola palabra, elegiría “intensa”; intensa tanto física como emocionalmente. Para mi hijo se representa en una nueva escuela, nuevos compañeros en una ciudad prácticamente desconocida para él. Para mi marido, ha sido regresar a un ritmo acelerado, como quien se incorpora a una carrera que ya empezó y tú apenas has calentado. Para mí han sido reuniones de escuela, nuevas caras, nuevos encuentros, un idioma diferente que me exige un nivel de concentración agotador y visitas de casas y departamentos para encontrar el que será nuestro nuevo hogar.

           Es raro estar aquí de nuevo y sobre todo, es extraño tener que pensarlo como mi nuevo hogar. Es como un deja vù desde otra dimensión: todo me es familiar pues ya he caminado otras veces muchas de las calles de esta ciudad. Hace una década solía desplazarme en ella de un punto a otro y me sentía en casa, pero ahora, todo se siente lejano, ajeno, como si en todos estos años de ausencia me hubiera perdido. Extraña sensación.

           Como puedes leer, los ánimos en estos primeros días no están en lo más alto. La adaptación cuesta y habiéndolo vivido antes, sé que me esperan varios meses antes de poder encontrar de nuevo mi lugar en esta ciudad. Si a todo eso le sumas la nostalgia de México, el resultado se vuelve más complejo. Siento como si estuviera haciendo un duelo de algo que creía superado. La primera vez que me fui de mi país, me tomó años aceptar que había renunciado a tantas cosas: la distancia con mi familia, la falta de cercanía con mis amigos, los sabores, la calidez de mi gente, el sol que iluminaba mi rostro todos los días, la posibilidad de poder caminar por los pasos de mi infancia, de mis recuerdos. Durante los años que viví fuera, me había hecho una razón para ya no tenerlos. Jamás imaginé que recuperaría todo eso. Pero así fue, tuve una tregua de tres años, y ahora, una vez más, tengo que soltarlos. Es como un duelo sobre un antiguo duelo.

En fin, cuéntame cómo va todo por allá. Tus relatos serán la brújula que me ayudará a navegar estos primeros meses en que me sentiré perdida. Por mi parte, ya te iré contando más.

Te mando un abrazo.

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Piezas de un alma simple

S.

Escrito por: Alondra Grande

Por las noches me despierta
la esperanza que no espera
llegar a cualquier lugar.
Sale sin camino
y se pierde en el mar,
donde las sirenas cantan
baladas y sueñan
con no haber deseado
ser convertidas en pez.
De cerca los peces las miran,
queriendo volverse espuma,
mientras la espuma pide
condensarse en sal.
Por las noches, cuando despierto,
me arrastro hasta la cocina
y, en medio de las ollas,
susurro:
Sal de mí
Sal de mi vida
Transforma en sales mis heridas
y las heridas en guisos
donde pueda esconder
esta melancolía.
Luego el sol
sale en el día.
Luego salgo
y todo me sabe
salado.
Salado como quien
su suerte apuesta
esperando salir
con vida.

Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 26 años de edad, psicóloga, feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.

De recuerdos, aventuras y reflexiones|Llegada inesperada

Por Tania Farias

Llegó de últimas, cuando la lista de invitados ya estaba completa. Llegó altiva, mirando a su alrededor con suficiencia, como aquellos que saben que han nacido para ser líderes, para ser respetados. Sin embargo, nunca había sido el caso. 

Siempre había sido aquella a la que todos ignoraban, a la que se le hacía menos y se le dejaba de lado. Cuando en raras ocasiones alguien la miraba lo hacía con desdén, con desprecio. Toda la escuela hablaba pestes a sus espaldas. « Es rara » era el pensamiento colectivo en la institución. Desde su vestimenta, en su mayoría color negro en un clima cálido, con un sombrero puntamiaguado y nunca a la moda, hasta su gusto por tarararear melodías que a todos nos molestaban, pasando por  su insistencia de ser aquella con las mejores notas. A pesar de ser la más impopular de la escuela no parecía importarle, se movía según sus propias ganas. Nunca respetaba ni seguía a la mayoría. Eso último era quizás lo que más incomodaba a quien estuviera cerca de ella: esa autonomía y seguridad que nadie le había permitido. Lo diferente molesta, deja con un mal sabor de boca. Por todo eso y más hasta de bruja la tratábamos.

Todos nos quedamos callados, superados por su presencia imponente. Nadie se atrevía a reclamar su asistencia: no figuraba en la lista de invitados. Hasta el DJ (uno de nuestros compañeros que presumía haber nacido con el ritmo en la música y por lo cual se había vuelto uno de los chicos más populares de la escuela) quien, hasta ese momento parecía haber estado completamente absorto por el encadenamiento de ritmos musicales que él mismo elegía, detuvo el sonido. 

El salón de la casa quedó en completo silencio, por tanto, éramos numerosos, pero nadie decía nada. Solo se escuchaba el retumbar de sus tacones, de sus pasos decididos que avanzaban hasta el fondo del salón. Todos la mirábamos sorprendidos, en espera de la reacción de Loana, la dueña de la casa y organizadora de la fiesta quien en ese momento justo se encontraba en la cocina. Se suponía que yo también debía estar con Loana en la cocina pues justo con nuestro grupo de amigas habíamos preparado algunos bocadillos especiales y un pastel de cumpleaños; razón por la cual nos habíamos reunido ese día: celebrábamos a Juanpa, el novio de Loana. Sin embargo, una pequeña pelea que había iniciado en el área de bebidas me distrajo. Loana me pidió detenerlos; según ella yo tenía cierta influencia en ambos chicos implicados. Fue justo después de que los hubiera calmado sin mayor problema y cuando me disponía a alcanzar a Loana en la cocina que ella entró.

Había llegado sola, pero era tal la fuerza que despedía que pareciera que hubiera llegado con un séquito que la seguía de cerca, como cuidando cada paso que daba. Ella avanzó hasta donde se encontraba el DJ, quien seguía sin siquiera moverse. Un gesto de parte de ella y él le tendió el micrófono.

Antes de hablar nos observó a todos  con una sonrisa que reflejaba la satisfacción que nuestra reacción a su presencia había causado. Después miró en dirección de la cocina como si supiera que Loana saldría de allí en cualquier instante. Esperó, con esa sonrisa de suficiencia, hasta que Loana apareció cantando feliz cumpleaños con el pastel en las manos, velas encendidas y un grupito de chicas detrás de ella;  las que siempre la seguían como a un animal superior en la cadena alimenticia.

 —Querida, buenas noches —comenzó su discurso interrumpiendo el canto de Loana y el grupo que la acompañaba—. Sé que no esperabas verme aquí. Ni ninguno de ustedes. —y miró con lentitud a todos los presentes.

Loana, al igual que todos nosotros, estaba estupefacta. Como rendida a la dulce pero decidida voz que salía desde el micrófono. 

—Pero no pongan esa cara. No me gustan las fiestas. Así que mi presencia será corta. He venido porque por alguna razón hoy me sentí harta de ustedes y de su actitud conmigo.

Y como una mamá que regaña a su hijo pequeño, lanzó una mirada reprobatoria a toda la audiencia al mismo tiempo que movía la cabeza de derecha a izquierda. 

—Solo he venido a decirles que aquí estoy y que no me pienso ir todavía de este pueblo. Así que tienen que aguantarme y respetarme, aún cuando les pese.

Cada palabra era pronunciada como si hablara a un grupo de niños que se había portado mal. El salón entero seguía en total silencio, a la expectativa de ella y lo que diría o haría a continuación. Tanto valor para estar allí tenía que deberse a algo poderoso. Ni Loana quien esa misma mañana, le había recalcado en su cara que no estaba invitada, se atrevía a interrumpir el discurso. 

Enseguida hizo como que le daría el micrófono al DJ, pero en un último instante cambió de opinión y dijo:

—¿Creen que soy una bruja? Si lo soy, condeno a todo aquel que me lance tan solo una mirada desagradable, no se diga que hable mal de mí, aun a mis espaldas, a ser un verdadero fracasado. Podrán llamarle mala suerte, pero después de tantas desavenencias acumuladas me recordarán y recordarán esta noche. 

Guardó silencio como si esperara las reacciones de todos. 

—Todavía queda la posibilidad de que no sea en realidad una bruja. A ustedes de correr el riesgo. —concluyó con una carcajada punzante.

Entonces soltó el micrófono, el cual al tocar el suelo provocó un ruido estridente que nos obligó a cubrir los oídos. Ella salió del lugar como llegó, con su mirada y paso altivo.

La fiesta terminó en ese mismo instante. Todos nos negábamos a hablar sobre lo sucedido. Supongo que nadie quería correr el riesgo de que sus palabras fueran ciertas y cualquier cosa que dijéramos fuera interpretado como desagradable..

Mientras recogía los vasos regados por todo el salón, no podía borrar de mi mente aquella mirada altiva y aunque mi cabeza se niega a creer en brujas ni nada de eso, algo me dice que ella no estaba bromeando. 

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