No sé.
Si saber es lo correcto.
El cómo tocar los sentimientos
de los momentos más bellos,
porque cuando se nos van de las manos
la agonía en punta de la garganta
se vuelve etérea e infame,
en voz de la memoria que no absuelve, es justa.
Una mujer.
¡Qué extraño!
Se hizo querer de una forma tenue,
cálida como brisa a media tarde
que ahora llora su sonrisa y
su alegría por la vida.
Llueve y teje su legado,
llora mi alma,
mis ojos duelen pero
No sé.
Si saber es lo correcto.
El hilvanar del querer,
regresar al tiempo,
todo es batalla contra él
puesto que es sabio en vida;
llena de momentos, los arranca,
me prestó la ternura de una mujer entera,
de mirada asustadiza,
sumergida en un silencio.
Soledad ahora me envuelve
porque el saber no siempre es bueno,
aceptar, mucho menos .
Lo siento en su rostro, lo veo.
Pero me siento feliz
porque sé que decidir dar instantes es el preciso momento,
delimita la marcha en contra del destino incierto,
se da, se absorbe y refleja en su aliento,
brindando la satisfacción del no retroceso.
Para Josefina M
«la poesía es el mejor nutrimento de los momentos»
Lizzie Vp
Galería
Elizabeth Vázquez Pérez escribe desde siempreen la ciudad de Puebla, México. Estudió en el Instituto García de Cisneros y en la facultad de Contaduría Pública en la BUAP (2002). Estudió ensayo literario en la Secretaría de Cultura del gobierno del Estado con el autor José Luis Dávila (2019-2020). Ha publicado en revistas electrónicas: revista Hilal Puebla (ensayo Un vicio silencioso, 2020), Revista Foco Literario de Argentina (poesía, Haiku 2021) y Caracola Magazine en México (poesía Degustación, ensayo "Solo ellos pueden hacerlo" , relato " Dos por un cuarto de hora", 2021), editorial CEA España (retos escritura 2021,haiku) , ha publicado en Poesía de morras , Revista "El Cisne"(poesía) Participó en el concurso de Poesía de editorial JBernavil España (2021) con poema MI VOZ,MI VOLUNTAD. Actualmente estudia un diplomado de Mediación Lectora , Fomento a la lectura en FCE . Apasionada, creativa, no sabe quién es, le gusta escribir. No anda en busca de estilo, sino de retos
pensar que estar es ser ser es hacer en pensar que es estar…
Sobre mis hombros pesa una corona de rosas lilas que no he decidido llevar. Como todo lo que es impuesto, me molesta, me la quiero quitar. Esta corona se ha pegado a mi frente como se pega una babosa de mar a una estrella. Improbable, inimaginable, pero indudablemente unidas por la casualidad.
Bajo las escaleras que he recorrido toda mi vida, ahora con el olor de las rosas infectando a mi nariz. Si me pudiera dar gripa del perfume, no volvería a sentir placer en la vida. El murmullo de las abejas mudas de Isabel me persigue. Soy como una jacaranda, al caer mis lágrimas como rosas de mayo los insectos se amontonan a inspeccionarlas.
Pero nadie se queda. Nadie permanece mucho tiempo en ellas.
Todos ven las aguas saladas que brotaron de mis ventanas al alma y siguen de largo. Aunque recorren de flor en flor, la sensación de abandono y soledad es la misma cada vez que decido callar y soltar a mis hijas vegetales sobre el suelo.
Soy un árbol de rosas (sí eso existe) en el inmenso jardín con fresas que rodea las colinas de la existencia.
Soy sola yo y no me lo puedo sacudir de las entrañas, de mis costillas de las que no brota vida por más que los libros sagrados digan que así fue en una primavera perenne que demostró que el ser eterna es más castigo que milagro, que las manzanas y los frutos están prohibidos como la fertilidad de las ideas de crear.
Toda yo, sumergida en mí misma como en un pozo finito que ya he navegado en ocasiones anteriores. Nada nuevo. Atrapada en esta jaula que soy yo, en la carroza de calabaza que Cenicienta alguna vez usó, las horas son más lentas que un cuenta gotas en medio de la enfermedad.
La vida no debería de ser así; existir por goteos es una tortura porque revela la incertidumbre de la duración que espera. Incertidumbre y angustia que desea no serlo sin poder evitar su destino.
Soy el principio y el fin de mis dolencias.
Soy la emperatriz de mis ideas.
Las cartas del tarot ya no me las lean, ya las conozco.
Soy oruboros que se devora a sí misma para existir.
Ver las estrellas a veces me funciona; a veces encontrar figuras en el manto de la Luna me da consuelo. Pero eso solo pasa a veces… Pero la mayoría de las ocasiones mi anhelo es salir de este círculo sin fin.
Deseo (como no sabía que podía hacerlo) estar y ser más allá de mí misma.
Por instantes, lo he logrado. Por fugacidades del tiempo he podido levantar la cabeza, salir del agua y respirar las alteridades que me rodean.
Aunque nunca dura lo suficiente…
Es siempre tan pequeña la eternidad que no la alcanzo a ver en la palma de mis manos, ni siquiera con la ayuda de mil estrellas alumbrando mi camino por la existencia.
La corona de rosas pesa mucho y los pedestales en los que me han colocado me aíslan demasiado de aquello que he llegado a conocer.
¿Dónde quedan las horas fuera del jardín en lo salvaje, en lo caótico de existir?
Tal vez algún día logre destejer estas flores que me aprisionan y me rodean. Tal vez, alguna hora, puedan mis pies tocar el suelo frío aunque se encuentren llenos de llagas por el sol sobre el que han vivido. Quizá mis manos puedan tocar la redondez del mundo (que ya no es plano) acompañadas de algún emisario de quien me ha aprisionado.
Solo los pájaros saben lo mucho que he llorado. Solamente estos seres han escuchado mis lamentos silenciosos en medio de la belleza en la que se me ha colocado.
Acaso alguien se detuviera a comprender sus canciones sabrían dónde me hallo.
Ojalá que las personas recuperen el tiempo perdido observando su entorno. Quiera aquello que llamamos La Providencia mostrar piedad de las humanidades y acariciarlos con el don de la contemplación que les ha vedado los últimos siglos.
Mientras eso ocurra, yo estaré aquí, en mi pozo con fin.
Sin finitud no se podría existir.
Arizbell Morel Díaz.
Fotografía: Shu Villegas.
Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” desde el ciclo 2021-2022 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021). Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida. Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera”, “Barista”, “La máquina que todo lo escribe” y “El color de tus ojos al ver las hojas caer” (2021).
Tengo una paloma presa en esta jaula que llaman corazón Le canta a un palomo negro que nunca existió Sueña con volver a su lado, libre como el sol Y que sus notas no quebranten su triste corazón.
Ay de mi paloma, paloma querida Si tan solo te vieras como te mira el cuervo, Desesperado canta imitando a quien tus sueños robó.
Ay paloma, paloma bendita Que malgasta su llanto Que agrita su voz Esperando tan cansada a quien nunca existió.
Y el cuervo, libre, que te canta Endulzando con miel de rosas su voz Lo condenas, paloma querida Al olvido que él te condenó.
Triste cual cielo sin luna Parte más allá de la razón Esperando con esperanza nula Decirte adiós.
Es pecado, paloma mía, Romperte el corazón pensando en lo que no pasó
Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 22 años de edad, estudianta de psicología, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.
En una tarde de verano Lola se encontraba sentada con el único objetivo de observar las hojas caer. Aunque siempre había soñado con dormir bajos cerezos y almendros que perfumarán sus cabellos, en su ciudad solamente existían árboles tan comunes que ni nombre tenían. Pero a ella le gustaban; eran así: Olmos criollos que decoraban las aceras y evitaban que el sol calcinará sus brazos desnudos cuándo caminaba bajo su sombra.
Escuetos a los costados de las banquetas, sus árboles la miraban y le contaban los secretos que solo las niñas saben ver. Porque ellas se detienen a ver el mundo pasar y las hojas caer, una a la vez.
Ésta es la historia de uno de esos secretos.
El más novedoso de todos, aquel cuento que Lola comprendió en la víspera de un atardecer dorado con los rayos de luz en la cara y la brisa corriendo entre sus cabellos.
Resulta que había un árbol enamorado. Uno que había crecido algo torcido por la fuerza de las gotas de lluvia al caer sobre su tronco cuando a penas era un brote. Este árbol, que no era como los otros, nunca se enderezó pero sí se adaptó a su nueva forma. Con la sabiduría de su tallo supo integrar las curvas que el paso de la vida integró en su ser; su savia fluía cual espiral de caracol y lo mantenía vigoroso aún cuando el verano era solamente un recuerdo en sepia que le brindaba fortaleza en el crudo invierno que siempre dura más que las bellas estaciones aunque la primavera se anuncie vigorosa.
Este árbol, que bien podría ser un naranjo o uno lleno de olivas, desde su lado del parque veía a otro, a otra planta, que le llamaba la atención entre las múltiples arboledas que lo rodeaban. El otro árbol —el de ella, el árbol dónde Lola solía pasear—, era más joven que el enamorado, tan solo por un par de primaveras. Como su observante, no tenía un pedigrí claro: Sus frutos jugosos no parecían comestibles y sus flores cambiaban de color con cada estación al igual que sus hojas. Para esta planta, siempre era otoño.
Tal vez por eso el primer árbol la amaba, porque nunca era igual por más que las estaciones pasaran. Esta planta joven tenía un ciclo interminable de variaciones que la hacían ser especial ante las raíces del otro, aunque no fuera un almendro.
Al notar la mirada del árbol (¿cómo pueden verse las plantas?) el segundo árbol camaleónico notó su fuerza, la resiliencia que brotaba desde sus raíces a sus ramas y se enamoró también de él. Pero ninguno de los dos hablaba, mudos cuál plantas que eran sabían que para cosechar había que esperar (¡y es que los vegetales saben de paciencia!).
Debajo de los árboles, debajo de la tierra, existen los micelios que son un montón de venitas que comunican a cada planta con la otra por más lejos que se encuentren. Ellos comenzaron a mandarse mensajes por esta red subterránea e idearon un plan: unirían sus raíces a la distancia aunque sus corolas jamás pudieran tocarse.
Tomó varios ciclos solares pero lo lograron…una puntita de sus raíces se entrelazaba con la otra, unidas en una flor rugosa que nadie podía ver. De esta flor de ramas cubiertas surgió una semilla tan mestiza como ellas. Y cuando Lola se enteró de este relato la semilla de ahuehuete mulato se encontraba plantada en la tierra mojada por la lluvia. Tal vez, un día de verano, pueda germinar.
Fotografía: Shu Villegas.
Arizbell Morel Díaz.
Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” en el ciclo 2021-2022 y 2022-2023 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021).
Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida.
Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera”, “Barista”, “La máquina que todo lo escribe” y “El color de tus ojos al ver las hojas caer” (2021).
Hasta hace algunos años, hubiese dicho sin vacilación que mi película favorita es el gran pez (2003) de Tim Burton. Actualmente la pregunta sobre mi película favorita acarrearía una pausa más grande de la esperada y… seguramente mi respuesta se vería afectada por mi estado de ánimo en ese momento.
A un así el gran pez, sigue siendo una de mis confort movies, una de esas que buscas cuando una parte de ti necesita un abrazo emocional, una inyección extraña de optimismo ciego y (a pesar de la redundancia) de confort.
La película en general trata de un hombre conocido por repetir sus historias de vida, con cierto grado de misticismo y fantasía, pero aun así cada una de esas historias resulta tan atrapante, magnifica y llena de gente que en suma han ido construyendo y aportando a la vida de aquel hombre que resulta… francamente hermoso.
El problema es que su tendencia por contar sus historias termina hartando a su hijo. Este dice que no conoce realmente a su padre y después de años, y con el padre enfermo decide hacer las paces. La película habla sobre aquellas historias que construyen nuestra vida, las relaciones que nos forman y como a su vez, nuestra propia vida impacta en otros, incluso cuando nuestras interacciones sean tan breves y efímeras como una breve nota al pie.
Irónicamente no es de la película de lo que quiero hablar hoy, y es que para quien la ha visto no resultara extraño la presencia de cierto personaje intrigante y extraño, lleno de aires de misticismo, cuya interacción con el protagonista impacta de muchas maneras.
El personaje de la bruja, que en una de las historias es capaz de mostrar la muerte de las personas por medio de su ojo con el parche. En otra historia, resulta que no es una bruja, solo una mujer solitaria que nunca se casó, jamás tuvo hijos, su casa se fue deteriorando y los niños del pueblo le fueron construyendo una leyenda. Aquella mujer solitaria se volvió una bruja.
No tengo un mejor ejemplo ficcional para describir el punto y tal vez a la mujer de la que quiero hablar (aunque muchas villanas Disney encajan en este tropo).
Cuando era niña y mi familia recién comenzaba su independencia estrenábamos nuestra casa con cierto grado de dificultades, de esas que no ves cuando eres niña, pero se vuelven evidentes con los años. Una de las primeras cosas que me dijo mi madre en su momento y eventualmente le repitió a mis hermanos, fue que evitáramos la casa de mi vecina.
Ella era conocida por su fuerte carácter, no tener mucha paciencia con los niños, por tener una presencia económica y política tan fuerte que incomodaba a otros. Muchos en el barrio, al menos a sus espaldas, la llamaban bruja. Yo siempre la conocí como Doña Manuela.
Manuela Maldonado Díaz, un nombre que tal vez se termine perdiendo con el paso del tiempo, y que para esta altura de la historia ha perdido fuerza. Pero… al menos yo considero con total franqueza que no debería perderse.
Aquella mujer ya era relativamente mayor cuando la conocí, tenía una presencia muy fuerte, era dueña de varías propiedades, tenía un único hijo que la visitaba en cada fecha importante y era tan odiada como respetada en nuestro barrio.
Era una militante política activa, al grado que ninguna decisión importante podía hacerse sin tener su autorización o mínimo su opinión. Alumbrado público, drenaje y el revestimiento de las calles, todo (al menos en nuestro barrio) fue por causa suya. Al igual que algunos beneficios y programas políticos que llegaron mientras ella estaba con vida.
Mi madre dice que cuando quería algo, se presentaba en la presidencia y si algún secretario intentaba detenerla (o funcionar como intermediario) ella solo decía “Yo no hablo con gatos” y pasaba derecho a la oficina del presidente sin importarle si estaba con alguien, y luego decía lo que quería, cuando lo quería y por supuesto como lo quería.
Daba su nombre y era seguro que aquello que quisiera, seria dado a la mayor brevedad posible. Donó una casa completa en la que se estableció una escuela, su única condición era que su nombre fuera puesto en el lugar. Después de su muerte ni siquiera su nombre fue conservado, casi como si el inmueble hubiese sido dado por una entidad invisible y sin nombre.
Mi madre, que con los años se volvió más cercana a ella, me contó un poco de la historia de la casa y su antigua dueña. Aparentemente ella había estado casada cuando era joven, con el padre de su único hijo. La que se volvió escuela era el lugar que habitaban juntos. Un día aquel hombre lo golpeó y en medio de la noche salió rumbo a la casa de sus padres.
Su padre, un viejo hombre de rancho que gozaba con el poder económico e inmobiliario que ella heredaría, lejos de consolarla o algo parecido. Le llamó la atención recordándole que ellos eran los del poder en ese lugar y que aquel tipo que era su esposo, en comparación suya no era nadie.
Luego de una larga discusión, su padre le hizo prometer que jamás lo buscaría solo para salir con escopeta en mano y correrlo del pueblo con la amenaza de que, si algún día regresaba, encontraría su muerte.
Nunca volvió a saber nada de aquel que fue su esposo, nunca volvió a casarse, crío a su hijo en soledad, heredo gran parte de lo que su familia tenía que ofrecer y jamás durante el resto de su vida (o al menos lo que yo supe) se dejó humillar por alguien.
Como vecina era una mezcla extraña entre gentileza dura y cortesía espinosa. Mi madre la consideraba más que una simple conocida, un algo parecido a una amiga. Se pelearon varías veces a lo largo de su relación, pero estaban en los malos momentos para ser un oído que escucha, un apoyo en los momentos difíciles, una enseñanza trascendente a veces pequeña, pero oportuna como el saber como escoger un buen melón.
Aquella mujer era extrañamente bondadosa cuando le caías bien, pero jamás dejaba esa mascara de dureza que la vida le había obligado a adoptar. A veces te daba una fruta de sus arboles o te regalaba un dulce y mantenía una conversación que sonaba ligera, pero a su vez parecía ocultar algo importante.
No era de mi familia, pero su presencia en mi vida siempre se sintió como algo constante. A veces sin querer me encuentro extrañándola, y me duele que su nombre corra peligro de perderse, fue de las primeras grandes mujeres poderosas que conocí, fue la abuela que escogí, aunque ella no supiera.
En mi barrio la mayoría de las personas la consideraban una bruja, pero no era una mala persona, solo era una mujer que no se dejaba de nadie. Con los años la fui conociendo fuera del mito, jamás por completo, mi madre la conoció un poco más, también solo fragmentos. Historias inconexas que me gustaría que jamás se perdieran, que siguiera viva en la memoria de aquellos que la conocieron. Incluso si fuera recordada de manera negativa, creo que con su carácter… le hubiese gustado.
A Julieta no solo le rompieron el corazón, sino que también le destruyeron su estabilidad emocional. Comenzó cuando atravesaba un momento difícil en su vida, tenía muchos problemas familiares que se reflejaron en su desempeño escolar y, para su mala fortuna, empezó una relación amorosa con Diego, un chico que adoraba ser la prioridad de todos.
Se conocieron en una fiesta que el amigo de un amigo había organizado. Casi al mes, tal vez un poco menos, Diego le pidió ser su novia: ella era su prioridad y admiración; mientras que Julieta sentía haber encontrado su alma gemela en él: cada fantasía, cada anhelo, cada sueño de amor que ella haya tenido, fue complacido por Diego… pero al tercer mes, las cosas comenzaron a cambiar tan rápido, que Julieta, no entendía por qué su relación perfecta se había vuelto insostenible.
Diego acusaba a Julieta de ser la causa de todos los problemas entre ellos; para él, Julieta era una novia tóxica y codependiente porque pedía demasiado. Una tarde, Julieta tuvo un ataque de ansiedad y, en medio de este, Diego le pidió terminar la relación: “Me estás exigiendo mucho y no es mi responsabilidad, eres una codependiente” decía, mientras veía a Julieta deshacerse en llanto, sintiendo la punzada del abandono. Después de esto, Julieta cayó en depresión. Diego había bloqueado hasta sus llamadas telefónicas, así que ella no tuvo de otra que sumir sus días en la soledad de su habitación.
Una tarde, Julieta encontró publicaciones en Facebook sobre abuso y manipulación en el noviazgo; al leer algunas anécdotas similares a su situación, decidió dejar un comentario con su historia y, para su sorpresa, no solo recibió respuestas de aliento, sino que también conoció a Victoria.
A través de un mensaje de chat que decía: “Amiga, ¿te puedo enviar un mensaje?”, Victoria contactó a Julieta y se pusieron a conversar sobre sobre sus ex noviazgos; cada una contó como sucedió, como se sentían y ahí, a través de audios y mensajes de textos, ambas encontraron consuelo ante una situación que las hacía preguntarse: ¿de verdad, soy tan difícil de amar, soy tan exigente y soy tóxica?
Victoria confesó que sentía la necesidad de repasar una y otra vez sus recuerdos en busca de un por qué o una justificación a las acusaciones que recibió y al desamparo propio que sentía; de igual manera, Julieta declaró no entender cuándo se convirtió en la terrible persona como su exnovio la calificaba.
A través de contar sus historias, sin saberlo, ambas chicas iban soltando el peso que sus abusadores dejaron en ellas. Julieta aceptó que había sido víctima de abuso emocional, mientras que Victoria dio un paso en volver a creer en ella, en su inteligencia y en sus recuerdos.
¿Se imaginan el poder que tiene contar nuestras historias? Ellas no necesitaron un foro o ser grandes narradoras, solo encontrarse y escucharse. En cada palabra que utilizaron para narrar su historia, iba la carga de su experiencia: el mismo dolor, la misma táctica de manipulación, el mismo encanto vuelto pesadilla para mantenerte presa, pero en diferente cuerpo, en diferente tiempo; sin embargo, la fuerza que tiene narrar y escuchar, no solo formó un lazo de empatía entre dos mujeres que no se conocen en persona, sino que también resignificó su trauma: Julieta aceptó que necesitaba ayuda profesional para arreglar lo que otro había roto, mientras que Victoria, pudo repasar su historia una vez más, para soltar la culpa que no le pertenecía.
Por desgracia, la historia no termina ahí. En el caso de ambas chicas, sus exnovios las difamaban entre amigos y redes sociales llamándolas tóxicas, demandantes y hasta posesivas; a Julieta, incluso Diego la volvió a contactar pidiéndole volver porque según él, la amaba mucho; al principio no supo qué decirle, pero ante la indecisión, él propuso ser “amigos con derechos”, facilitando a Julieta la decisión de alejarse para siempre de Diego.
Por suerte, podemos encontrar ayuda psicológica y en el camino, hacer nuevas amigas, círculos seguros de mujeres donde la escucha y la empatía, son bálsamo para la estabilidad emocional que rompieron algunos. Julieta y Victoria no se conocen en persona, pero siempre pueden contactarse por un mensaje, de la misma forma que todas, podemos hacerlo para acompañar nuestros procesos de sanación y perdón
Con ternura, para ti.
Maria Daniela Ortiz Soriano. Egresada de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana de la UNAM, y Técnica Auxiliar Museógrafo Restaurador por la misma institución. Sus áreas de interés son la investigación literaria en el campo de dramaturgia y literatura Mexicana, la escritura creativa, investigación en perspectiva de género y teoría feminista, los programas de divulgación cultural, la Museografía y restauración del acervo histórico de la nación, y la participación activa en montajes escénicos.
«Escribo porque me gusta vivir y me gustan las mariposas.»
Nora escucha esto todos los días de su vida. Probablemente comenzó a escuchar estos comentarios antes de nacer. Al ser su madre caucásica y su padre afromexicano, las personas no podían concebir su existencia desde antes de que ella viera la luz de su primer amanecer.
Verlos caminar juntos, generaba preguntas. Vergüenza en la mente de quiénes (en un país megadiverso y multicultural) viven con el sistema de castas en las venas, con el virreinato como secuela generacional.
Su madre le enseñó a no prestar atención. Su padre le aseguró que estas palabras formarían parte de su vida, pero que se vive a pesar de ellas, a pesar de que se adhieran al cuerpo cuál tatuajes de henna.
Le dijeron que sembrara un jardín. Le dijeron que cosechara aquello que no le pertenecía. Le dijeron que la resiliencia se aprende, quizá se hereda cuando pareciera que la existencia es un privilegio. Creció con estas premisas; preguntándose si sería cuestión de genética o selección natural aquello que la salvaría del deseo de desaparecer, de sumergirse, de no-estar tal como muchos y muchas lo querían.
[Aunque hay días en que quisiera no haberlo hecho (nacer, ser, existir), sabe que la gente siempre le dirá así: Capuchino Skin.]
Cuando iba en la prepa, recorría los pasillos de una institución que ya no existe con estas palabras adheridas a su cabeza. Al ser becada, era inevitable no encajar.
[Y cuando no perteneces no se trata de la ropa que usas, a quién escuchas o si ves la TV.
Cuando no perteneces, se crea una herida que delimita tu ser. No pertenecer también es una identidad, aunque esté vetada.]
Nora, aprendió a asimilar una marca que no sentía como suya, pero que encajaba con su cuerpo como si fuera hecha a su medida. Con su piel de Blancanieves y sus rizos de chocolate, con sus labios gruesos y ojos claros. Con sus piernas, sus senos y sus brazos que eran una aberración porque no eran ni de uno ni de otro lado: Porque ella, como los capuchinos, estaba compuesta por capas, una sobre otra, como la tierra sedimentada en las montañas o como las cebollas que tanto sufrimiento causaban al cortarlas, al separar sus facetas.
Ella lloraba como si la cebolla multicapa fuera el mundo y con cada respiración se cortara una nueva máscara que aún estaba por conocer.
Hasta que un día lo comprendió: Ella no necesitaba encajar porque no era la pieza de un rompecabezas. Nora no era el patrón de un molde de costura o una horma de zapato hecha de cuero viejo.
Ella, podría recorrer otros pasillos, alimentarse de otras voces que no la metieran en cajas acartonadas de siglos donde se leían historias de piratas.
El día que lo entendió, comenzó a cantar. Su voz andrógina fue la guía, las migajas en el camino que sembrarían una nueva existencia.
Cantar, la música, le dieron fuerza para resistir ante el borrador que amenaza con alcanzarla como las olas del mar a la orilla. Siempre el mismo patrón, siempre una y otra vez.
Su melodía entonaba géneros como el son, el cardenche, el jazz y el rock. Timbres musicales de aquellas y aquellos que como ella, sembraron con la esperanza de un porvenir.
Ahora el mundo la conoce como Capuchino Skin.
Y su voz resuena en cuerpos que, como ella, tal vez, “no deberían existir”.
Pero que están.
Que forman un ensamble cuyo sonido no tiene igual.
[…]
¿Te gustaría escuchar a Capuchino Skin?
Arizbell Morel Díaz.
Fotografía: Shu Villegas.
Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” en el ciclo 2021-2022 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021).
Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida.
Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera”, “Barista”, “La máquina que todo lo escribe” y “El color de tus ojos al ver las hojas caer” (2021).
Déjame ser luna cambiante y amarte en todas tus fases Cobijar con mis brazos tu alma rota, Entender la mirada triste de esos ojos Que ven a la nada cuando el sol se apaga.
Déjame estar en paz conmigo misma Verme en silencio en los espejos Sin juicios ni tormentos Ni ruido interno que me incite a escapar.
Déjame abrazar nuestra cuerpa mientras sanamos Esperando pacientes que la mar se lleve entre sus olas el llanto Mientras nos arrulla el viento y cae el ocaso.
Déjame hacer las paces contigo, Perder el miedo de ver hacia el abismo Girando junto con el mundo sin prisa Esperando llegar a cualquier lugar.
Déjame amarte con todas mis fuerzas Con cada latido de éste anhelante corazón Que espera alcancemos todas nuestras metas Que reza a las diosas para no tener temor.
Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 21 años de edad, estudianta de psicología, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.