Escribir se ha vuelto inestable para mí, pues lo que comencé con cariño, amenaza en volverse desasosiego.
“¿Quién se toma el tiempo de leer lo que escribo? ¿Y…si a nadie le gusta mi narrativa? ¿Mis historias son sosas e innecesarias?”
Comencé a escribir esta columna con el propósito de narrar historias de mujeres que, como tú y yo, hemos sido protagonistas y testigos de la vida; para que así, de cierta forma, encontrarnos (encontrarme) entre las letras. Ser escritas, ser leídas, ser comunidad.
A veces me siento como un canario atrapada en una cajita de cartón, con apenas tres agujeros para dejar entrar el aire. Sin sol, sin cielo y hasta sin noche.
Pero ahora, ya no sé si lo que escribo se queda en las paredes de aquella cajita donde estoy encerrada, o logra escapar a través de los agujeros, como un pequeño trino… Me cuestiono: ¿Mis historias han logrado ser parte de sus lecturas?
Cada duda crece con una nueva inseguridad y mis letras se quedan atoradas en la tinta de mi pluma…
¿Te ha pasado? Esa sensación de estar equivocada, pecar de soberbia por creer que tienes algo que contar… el pánico cuando no tienes que decir pero quieres escribir. El dolor de no sentirte merecedora de ser feliz en una actividad que gozas… Lo que en mi caso, es escribir.
Por ahora, no tengo idea de cómo volver a narrar y espero, que esta carta sirva como una forma de enfrentarme a esa caja de cartón que aprisiona el canario. A veces, la mejor forma de escribir es escribir para una misma.
Escribir cartas es el único lenguaje que conozco para volver a mí; y de verdad espero que este medio, cuando leas, te provoque un mínimo destello de también volver a ti, escribir para ti, para todas, para nosotras.
Prometo que seguiré escribiendo, pero por ahora será a través de cartas y espero, que esta correspondencia sea de tu agrado.
Con ternura, para ti.
Maria Daniela Ortiz Soriano. Egresada de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana de la UNAM, y Técnica Auxiliar Museógrafo Restaurador por la misma institución. Sus áreas de interés son la investigación literaria en el campo de dramaturgia y literatura Mexicana, la escritura creativa, investigación en perspectiva de género y teoría feminista, los programas de divulgación cultural, la Museografía y restauración del acervo histórico de la nación, y la participación activa en montajes escénicos.
«Escribo porque me gusta vivir y me gustan las mariposas.»
Estoy frente a la hoja en blanco rebuscando en mi interior palabras para llenarla, ¿de qué hablar cuando la mente no se calla y el corazón late con fuerza como si quisiera ahogarse entre las saladas lágrimas del mar? El mundo gira y no se detiene por nadie, avanzan las nubes hasta que descubren que no pueden escapar del cielo y luego… nada:
Virgen de la agonía, salvadora de la soledad Lléname con tu olvido para no volver a llorar Haz silencia en mi cabeza Déjame descansar Cubre con tu velo mis noches para poder soñar.
Virgen de la agonía, creación de la mente insana Mándame la fuerza necesaria para poder volver a empezar Para afrontar un día a la vez sin dejar de respirar. Que en tu inexistencia encuentre el consuelo Que en el consuelo encuentre la calma y serenidad.
Virgen de la agonía, extensión del alma mía Aparta los pensamientos que no me dejan avanzar Deja que fluya en mi la calma del tormentoso mar. Enséñame a no atrapar el tiempo en botellas de cristal Que mis heridas den semillas y de ellas crezca un rosal.
Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico. Tengo 22 años de edad, estudianta de psicología, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.
“Los recuerdos y los pensamientos envejecen igual que envejece el hombre.
Pero hay algunos pensamientos que nunca se erosionan”.
H. Murakami
Entonces, los perros de casa se quedaban en el patio. Sobre todo los de gran tamaño, como aquél Pastor Alemán al que siempre temí. Kabubi encontró un día la puerta abierta, aprovechó para pasearse por todas las habitaciones. Quién sabe cuánto tiempo después, mamá lo encontró en la recámara alzando la pata sobre una caja de juguetes. Llegué a sus gritos furiosos mientras los ponía en una bolsa plástica dispuesta a tirarlos.
Ahí estaba Irene con sus piecitos chuecos, sus brazos maltrechos, sus ojos despintados; con su pañoleta roja a lunares blancos, sus arracadas rotas; humillada por un descuido. Mi negrita de trapo, mi última muñeca.
Papá soltó mi mano para dármela mientras paseábamos por el malecón de Veracruz un mediodía de domingo. La compró a la mujer Tepehua que se la ofreció al paso. Yo tenía siete años y apenas hacía uno que nos habíamos mudado. La llamé Irene. Me pareció el mejor de los nombres, el más sonoro, el más fuerte; el que mejor iba con su morena piel de tela, que era como la mía. Ya olvidé, junto con muchos olvidos de aquellos años, dónde lo había escuchado.
Los días felices terminaron ese día.
Chachalacas no era un destino turístico, papá era el jefe administrativo de la recién inaugurada planta de Laguna Verde… Yo contaba luciérnagas, limones, mangos y tamarindos yendo por sus calles. Nadaba en la piscina o en el estuario, iba casi sin ropa, descalza, con el cabello humedecido; hasta que decidieron cortármelo por el calor. La única escuelita rural tenía pocos niños, eran mis amigos, llegábamos caminando por un sendero de terracería todas las mañanas. Luego en las tardes, íbamos por ese mismo camino a comprar pan.
La noche del fin de ese año fue un aviso.
Festejábamos con los vecinos de casa en casa, cantando La Rama.
“Ya se va la rama, muy agradecida, porque en esta casa fue bien recibida
Ya se va La Rama, muy decepcionada, porque en esta casa no le dieron nada”
Casi a las siete, interrumpimos los cantos para ir de urgencia a la clínica por el piquete de un alacrán güero en el dedo gordo del pie de papá. Pasamos horas esperando que el suero y el antídoto hicieran efecto. No tuvimos cena. Al darlo de alta ya el reloj marcaba las once con quince. De regreso a casa, nos detuvimos a escuchar los barcos recibir el amanecer del año mil novecientos setenta y nueve con un concierto de bocinas y cohetes. Estábamos agotados. También estaba Irene.
En febrero siguiente, Él faltó. En la confusión, dejamos aquel lugar, volvimos a las periferias de la gran ciudad para que mamá pudiera criarnos con el apoyo de la familia.
El día en que Kabubi ultrajó a Irene habían pasado dos años. Corrí a refugiarme en la azotea como lo hacía con frecuencia, acurrucada en un rincón. Ese era mi lugar, un refugio sin techo. A falta de mar, cielo.
Lloré.
Le lloré a Irene. Me sentía culpable por dejarla abandonada en esa caja, por no rescatarla de la bolsa condenatoria para lavarla; porque no recordaba cuándo dejó de dormir conmigo en la cama, en su compañía encontraba el olor a sal y a pescado de la playa… Lloré por el mar, por mi vida lejana junto al mar. Lloré mi orfandad. Y al fin le lloré a mi padre.
Hasta diez años después volví allá, cuando pude pagarme el viaje.
Con el rostro incendiado y la piel quemada, supe que Irene me había perdonado, que el Mar ahí estaba. Y que mi padre seguía tomando mi mano.
La mañanas frías y claras están sobrevaloradas, pensó Ana mientras bajaba los escalones de su casa a tropezones apresurados (uno a uno, con calcetas frías sobre la baldosa verde con bordes amarillentos); lo que verdaderamente importa es saber que un día está listo para estrenarse, que no importa la cantidad de momentos que contengan veinticuatro horas, de todos modos, se puede volver a comenzar…
En la cocina había café recién hecho (siempre negro, nunca de olla, repartido en dos tazas casi iguales: una rosa, la otra color capuchino, su madre era una persona de rutinas.) pero ella no tenía tiempo de beberlo, así que lo vació en un termo y cual conejo de Alicia en el País de las Maravillas guardó un gran reloj en su bolsillo y salió corriendo al metro.
Paso a paso sobre las baldosas, sabía que ya era demasiado tarde…
…que lo más probable es que no alcanzara a llegar…
…pero que podía ocurrir un milagro…
…una historia de Navidad que hiciera que todo el esfuerzo hubiera valido la pena…
Pero olvidó que no traía su boleto (y la fila para la taquilla era interminable).
Resignada, enfurruñada, se colocó detrás de un señor que bien podría ser un costal de huesos si se quedaba quieto el tiempo suficiente.
Entonces se dio cuenta, entonces las vió.
Un montón de cajas de Navidad apiladas en un puesto de revistas viejas en aquella olvidada estación del ombligo del mundo mexicano.
Las quiso todas: la de copos de nieve, la de renos con cascabeles y, sobretodo, las de nochebuenas escarchadas.
Contó el cambio que traía en las manos, (unas cuantas monedas percudidas) mientras se acercaba al señor que— más que vender dossiers—- escuchaba música de una vieja radio dorada en un rincón.
(Ana siempre se encontraba rodeada de señores, por más que corriera, pareciera que el mundo les pertenecía a ellos. Al menos el mundo de la calle, como si las millones de mujeres que lo transitaran se vieran menos, incluyéndola.)
Con la premura de la negociación, olvidó por completo su apuro anterior: Llegar a un evento irrepetible que hubiera alterado el curso de su vida por un par de días.
A veces lo realmente importante, se encuentra en las pequeñas cosas, en los detalles que no se alcanzan a ver…
En ocasiones, caemos en espejismos del deber ser, de la moda de aparador, de aquello a lo que me gustaría pertenecer…
Qué fortuna que Ana cambió ese día…sino, quién sabe dónde estaría…
Y es que cuando una encuentra el deseo de su corazón, el rumbo de la vida cambia.
No puedes ignorar lo que está frente a ti, te llama y cual imán gigante te mantiene atada a su centro.
No hay escapatoria para el verdadero amor.
No hay segundas oportunidades.
Una puede viajar toda la vida con prisas, creyendo que lo que realmente importa se ha encontrado.
Hasta que chocas con la verdad, con lo realmente valioso.
Entonces, no hay vuelta atrás…
Apiladas las cajas en sus brazos, comenzó a caminar por las calles de la Ciudad, sin un céntimo que le pesara en los bolsillos.
¿A dónde se dirigió?
Eso, no es lo que importa.
Porque el destino puede contener mil cosas, como unas cajas vacías que te pueden llevar a cualquier lado.
Ana lo comprendió en el instante en que las vio: lo que importa no es el exterior (que podía ser bonito si te gusta lo barroco) sino aquello que puede contener una vida, una existencia, aunque sea de cartón.
Arizbell Morel Díaz.
Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” en el ciclo 2021-2022 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021).
Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida.
Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera”, “Barista”, “La máquina que todo lo escribe” y “El color de tus ojos al ver las hojas caer” (2021).
Todos los derechos de autor reservados (Acróstico)
La luz iluminaba el arrebol de su cara de amapola Adoraba su figura galante con esa prestancia que la enamoraba
Gratitud al edén por esa suerte de cruzarse en el camino Entre ramas de romero, mirto y retamas se miraron Nada ya los pudo separar en el tiempo que duró el paseo Todo giraba alrededor de agradar a la princesa de sus quimeras Imaginaba que los cielos se abrieron para encontrarse La luna, las estrellas y el viento eran su universo entero Entre las nubes algodonosas se abrazaban con ternura desmedida Zafiros azules le regalaba cada vez que sellaba su boca Amor, distinción y reverencia le brindaba en cada suspiro
Cuando despertaba, un mar de lágrimas anegaba sus mejillas Una luz pálida se colaba por la rendija de la ventana Rosas de esperanza se abrían en el jardín de sus sueños Amaba con pasión a su príncipe galante, soñador y bello
Alondra Grande No te quedes En los lugares donde tu nombre se vuelve cenizaEn los recuerdos que no despiertan alegríaEn los espacios donde revoloteanabejas picando con sus aguijones tu barriga. No te quedes en los días soleadosdonde el sol no te hizo feliz.Ni en lasSigue leyendo «Piezas de un alma simple»
Mis lágrimas hablaron por mí en ese momento; cada una era un recuerdo contigo, el cual trato de contener dentro de mí.El tiempo pasó frente a mis ojos: abrazos del pasado, llanto del presente y miedo a un futuro con tu ausencia. Qué irónica fuiSigue leyendo «Crónicas de una mente errante | Carta al cielo»
Por Liana Pacheco En esta entrega retomamos la sinopsis y análisis de las temporadas 4a, 5a y final de la serie El cuento de la criada / The Handmaid’s Tale. La primeras 3 partes de la serie tiene su análisis aquí -> 🔴 Temporada 4Sigue leyendo «El ojo de Lya | El cuento de la criada ≛Temps. 4ᵃ-5ᵃ-6ᵃ»
Me cuesta comprender a la Illari de hace 20 años, aunque sospecho que esa aversión por la comida estuvo mediada por un “no disfrutar la vida plenamente”, un miedo a la vida misma. Lo paradójico de la situación es que prácticamente crecí en una cocina, yo no lo sabía pero mi abuela, con paciencia, me enseñaba cómo habitar el mundo.
«la mujer que abrazo con ternura sabor napolitano , la chica que generosamente resana las grietas que dejaron unas lágrimas amargas e intensas como el ritmo de una canción»
Todos hemos sido participes de conversaciones donde llegan a expresarse infinidad de comentarios, silencios también. En lo particular me llama la atención el porqué de ellos, tal vez sea el no tener nada qué decir o simplemente por no querer hacerlo dando una falsa impresión al de junto ya que cada persona sabe dentro de sí el motivo e intención.
Sin embargo, todo aquello que se dice en voz alta suele tener gran peso en los receptores de la misma conversación y es por ello que al ser confidentes de algún amigo, platicando de nuestras quejas e historias de situaciones cotidianas, se llega al punto exacto que hace interesante la conversación, en este caso quiero mencionar aquellas pláticas entre mujeres que en determinado momento suelen recalcar parte de su vida con frases que les dicen ,independientemente del contexto, algo así como: “si tomas o fumas eres piruja”, “no salgas a bares si te ven, uff”, “está muy corto” como si vistiendo de largo no te voltearan a ver, o de frases implícitas en los actos como el “yo voy a la fiesta con mis amigos, te apago el celular , no tengo señal”; y así muchas frases estúpidas hasta llegar a la frase letal de resignación “solo ellos pueden hacerlo, una no”. Para mí el utilizar esta frase sería ambivalente, entre rebeldía y resignación, aunque hay que indagar desde el origen del porque ese tipo de comportamiento. Se podría llegar a varias alternativas, como ver el lado bueno de las cosas mediando así la situación y aprender el arte de toda mujer, el hacerle creer que el otro tiene la razón.
Es cuestión de analizar y cambiar la perspectiva que se tienen de las personas a nuestro propio juicio sin cambiar la realidad en que se encuentran los que emiten ese tipo de acciones, porque real es solo lo que cada individuo vive y conceptualiza de su entorno para poder avanzar.
Todas las frases mencionadas se dicen siempre bajo una intención y lograr lo que se propone el otro, cuando entre emociones y sentimientos desequilibran el estado habitual de la persona se detona el mal comportamiento.
Primero que nada, pienso hay que quitarse la idea de que los hombres pueden hacer más cosas que las mujeres ubicándonos en que somos seres pensantes e inteligentes puesto que “el puedo hacer” se define en el núcleo de cada familia en la capacidad que se tiene para tomar decisiones, desempeñar un trabajo, manejar una maquina etc. Y es ahí mismo donde al ser educados, socializar y buscar una pareja surgen las pequeñas variaciones entre lo que se piensa que se puede hacer y lo que te impiden hacer al haber tomado el tren del compromiso con otra persona. Esto último me da la oportunidad de decir que el actuar en modo “si lo haces tú, lo puedo hacer yo” es un pensamiento absurdo y equivoco que se adopta estando en pareja, donde la persona más impulsiva suele perder en la mayoría de los casos por no controlar esos mismos pensamientos al no quitar la etiqueta al género.
Si pensara en lo que puede delimitarnos entre hombres y mujeres sería la capacidad de dar de cada persona, ya que puede haber un cierto vínculo con el poder hacer, siendo aquí donde los silencios y las voces cobran vida al tolerarse uno con otro.
El dar resulta no tan fácil. Y no lo menciono por conceder el permiso para poder realizar nuestros actos, sino porque depende de ello para establecer un común acuerdo con el otro, la disposición para aceptar lo que sea necesario para seguir adelante. No es como las madres dirían “tú lo elegiste, pues ahora te chingas”, y por más frívola que suene no va por ahí. La pauta está en la capacidad de tomar decisiones para hacer lo que nos plazca y en el cómo llevarla a cabo. Esto suena como una maña elaborada, sin embargo, es razonar. Hacerle creer al otro que tiene la razón es aceptar que no se puede cambiar al otro, es ser falso por momentos, pero funciona como ejercicio para sobrellevar en conjunto.
Entonces todos como seres capaces hay que pensar más y sentir por separado
Todos podemos hacer lo que nos venga en gana, la manera en cómo llevarlo a cabo es vital para que funcione, siendo capaces hay que aprender a razonar sin mezclar emociones, dar oportunidad al que vemos a diario de frente y al espejo para romperle la madre a su ego.
Elizabeth Vázquez Pérez escribe desde siempreen la ciudad de Puebla, México. Estudió en el Instituto García de Cisneros y en la facultad de Contaduría Pública en la BUAP (2002). Estudió ensayo literario en la Secretaría de Cultura del gobierno del Estado con el autor José Luis Dávila (2019-2020). Ha publicado en revistas electrónicas: revista Hilal Puebla (ensayo Un vicio silencioso, 2020), Revista Foco Literario de Argentina (poesía, Haiku 2021) y Caracola Magazine en México (poesía Degustación, ensayo "Solo ellos pueden hacerlo" , relato " Dos por un cuarto de hora", 2021), editorial CEA España (retos escritura 2021,haiku) , ha publicado en Poesía de morras , Revista "El Cisne"(poesía) Participó en el concurso de Poesía de editorial JBernavil España (2021) con poema MI VOZ,MI VOLUNTAD. Actualmente estudia un diplomado de Mediación Lectora , Fomento a la lectura en FCE . Apasionada, creativa, no sabe quién es, le gusta escribir. No anda en busca de estilo, sino de retos
Tengo una flor de cempásuchitl seca en una maceta que me mira todas las mañanas al despertar.
Pétalo a pétalo se ha deshojado por completo ya.
Ojalá fuera de primavera, para que volviera a retoñar.
Pero ella necesita del frío, como yo del caminar…
Dicen que las sirenas solo pueden cantar, pero a mí me gusta bailar.
Con mis escamas anaranjadas y mi jarana me encamino a la mar.
Petenera, petenera, me gritan las marinas al pasar.
Y sus cantos me persiguen, del do al mi al fa, sol, si, la…
No las puedo evitar,
no las puedo ignorar más.
Yo soy una sirena otoñal…
…Y el agua me persigue a dónde quiera que me llego a parar….
Si un día ves un río salir de una casa, ten la seguridad de que he pasado ya.
Los azulejos húmedos por mi caminar, las baldosas mojadas quiero dejar…
Sirena otoñal, me gusta más el cielo observar…
Y ver el mar de constelaciones que se forma en el ámbito estelar.
Contar las caras de la luna, aunque me las sepa ya.
Nunca me canso de improvisar.
Entre cuartas y redondas, me gusta transitar.
Con mariposas blancas mis cabellos adornar.
Y a veces quiero escapar, ponerme a volar….
Pero no nací hada, ni ángel ni bruja para poderlo realizar….
Tal vez tú si lo seas, tal vez tú puedas escapar…
…de esta mi canción, sonata de un octubre lunar…
Dicen que suena a hojarasca, a pedazos de árboles sin secar…
Dicen que se oye como ventisca, golpeteando contra un cristal.
Pero yo creo que tiene el timbre de las baldosas al saltar,
de las tazas de café por finalizar, las bufandas que me tejió en algún momento mi mamá…
Yo creo que sabe a tejocote, a incienso bañado en copal…
Yo creo que se deleita como una ofrenda por la que se puede transitar…
Creo que toda mi canción, te cabe en un huacal.
Arizbell Morel Díaz.
Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” desde el ciclo 2021-2022 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021).
Ha dirigido “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida.
Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera”, “Barista”, “La máquina que todo lo escribe” y “El color de tus ojos al ver las hojas caer” (2021).
No puedo recordar tu voz, el sonido de tu risa es una brisa lejana que empapa los recuerdos cada vez más apagados.
Vives en la memoria de una naufraga que busca con desespero una isla donde varar. Los días después del día fueron cada vez más apagados Hasta que abrí las cortinas y vi director al sol…
No puedo recordar tu voz Ni el sonido de tu risa. Pero recuerdo tu presencia y lo que sentía cuando te tenía.
Te recuerdo a ti y eso parece suficiente para aferrarme y poder seguir hacia un nuevo día.
Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico. Tengo 22 años de edad, estudianta de psicología, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.
Era inevitable, la música del rock le recordaba a sus días de juventud temprana en una colonia de tercera dentro del ombligo del mundo.
Las calles plagadas de vírgenes de Guadalupe, el olor que no era incienso, el tráfico, el clima, el metro y los payasos de semáforo sobre al asfalto rodaban por su memoria como las vías del tren en una vieja novela policíaca de esas que todo mundo dice que acaba de leer.
Y es que los libros que crees conocer (aunque solo sea como colección de portada) llevan un lugar especial en el corazón.
Ahí, junto a Ana Karenina y el Quijote soñador se encontraban las baladas que nada tenían que ver con Bunbury, las melodías para barítonos desafinados, la rebeldía estereotípicamente juvenil que apesta a un espíritu a punto de pudrirse.
Y es que ella sabía de los amores perdidos en un par de compases desentonados, sobre todo en Día de Muertos.
Este año, pleno 2022 post-pandémico, la festividad estaba plagada de nostalgia por sus veintes que se habían gastado en cuatro paredes y una pantalla.
El rock y el culto a la muerte eran como gasolina en medio de una fogata para su ser; siendo tan joven había nacido con una herida mortal, con un perpetuo anhelo por subsistir entre la podredumbre.
Su corazón era como un camote: duro en apariencia, salado y dulzón, redondo, absolutamente redondo, poroso, lleno de pliegues y marcas, de cicatrices de la ansiedad que la perseguían.
Y también retoñaba en octubre, con las flores de cempásuchitl y las nubes color hueso que acompañan a las ánimas en su regreso por la tierra.
La música que escuchaba sabía a cosecha, a ceniza fresca, canto cardenche* al unísono de cuatro voces. Era la voz de una generación atormentada por el desánimo continuo que causa la indiferencia ante el mérito.
Nada la emocionaba, nada la impresionaba…
…salvo poner un altar para dos: la que había sido y la que sería.
Es decir, para sus dos personas favoritas.
Quiénes eran, no importa en estos momentos. Éste no es un relato sobre las muertas, es la historia de una chica quien con una banda de rock en el fondo buscaba convocar al más allá gracias al do mi sol.
Llegó entonces el día de colocar el altar para dos…
Todo estaba listo…
El papel picado, las mandarinas, el camote, los retratos en tono sepia, el incienso, el copal…
Velas, porque una ofrenda es una invocación.
Comenzó el acomodo al ritmo del cuatro cuartos y la voz de Freddie resonando con una pasión por la vida terrenal que lo habían llevado al más allá…
Pronto se dio cuenta de que sus esfuerzos eran inútiles (tan inútiles como la vida misma) y desistió.
Recostada sobre los veinte mil pétalos de cempásuchitl dejó que en sus huesos resonaran los intervalos irregulares del vocalista…
Irara…Boo, boom, ba, bay….
Rítmica constante sin sentido que en su sonoridad atrapaba una época.
Another one gone, and another gone…
Mercury comprendía (como nadie podría) el desazón de saberse viva, de la lucha constante por subsistir cuando la existencia te ahoga el cuello, te hiela la sangre y evita que el corazón comience a latir…
Una vez más, tomó los adornos para crear una composición con sus formas y texturas.
Pero algo siempre faltaba.
No se parecían en nada a las hojas amarillas a punto de caer sobre los árboles de la Avenida Reforma.
Les faltaba la magia de la estética, carecían de la ternura de aquello que es bello y que reconocemos porque nos obliga a mirarlo de frente y sin dilataciones.
Es decir, no era especial, era una ofrenda como cualquier otra que ha existido en este planeta.
Sus anhelos de grandeza la iban a aplastar, tarde o temprano y lo sabía.
Pero antes quería terminar su altar para dos.
En las velas estaba la clave…
El tono de todo lo daban los candelabros faltantes y no las calaveras de azúcar que había olvidado comprar.
Al lado, los camotes y la promesa del cambio temprano.
Afuera, el viento que no puede dejar de soplar en un relato otoñal.
Y alrededor, las vueltas a la melodía contra el hastío.
Un altar para dos sin ton ni son.
Fotografía: Shu Villegas.
Arizbell Morel Díaz.
Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” en el ciclo 2021-2022 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021).
Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida.
Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera”, “Barista”, “La máquina que todo lo escribe” y “El color de tus ojos al ver las hojas caer” (2021).
Tal vez resulte extraño para los estándares actuales, pero, durante décadas (a veces de maneras más marcadas que otras) existió un tropo narrativo muy común que bien podríamos comparar a lo sucedido en el cuento del patito feo, este casi siempre era aplicado a algún personaje femenino y a mí me gusta llamarlo “No era bonita hasta que…”
En películas, series, novelas e incluso dibujos animados, era bastante común que algunos personajes fueran considerados por todos como canónicamente feos. Casi siempre de cabello encrespado y sin forma, grandes anteojos, frenos, poco sentido de la moda, a veces pasado de peso, acné, y una actitud un tanto… extravagante, aunque claro la actitud siempre es lo menos importante.
En producciones como She´s all that, clueless, el diario de la princesa, el manual de supervivencia escolar de Ned y la muy famosa Betty la fea, etc. Existen personajes, que a ojos de todos aquellos que la rodean son feos hasta que se hacen un cambio de imagen completo. De repente, quitarse los lentes, alisarse el cabello, bajar de peso y una capa de maquillaje son el remedio definitivo para su fealdad. La chica deja de ser fea y de repente todo el mundo se da cuenta que siempre fue bella, pero todos eran demasiado superficiales para verlo y se arrepienten de haberla marginado por su apariencia.
Pero, lo curioso aquí es que si lo analizamos… ninguno de los personajes que la rodean dejan realmente de ser superficiales, al contrario, reafirman que lo son cuando admiten sus errores solo al ser conscientes del cambio. Solo la notan realmente, cuando la consideran hermosa y ¿si nunca hubiese cambiado? ¿Alguien se hubiese dado cuenta de cuánto de lo estupenda que era?
Este tropo es extraño por muchas razones, pero también es descorazonador para las chicas que crecimos viéndolo, inundando nuestras pantallas cada dos por tres. Era una puñalada constante que nos decía, una y otra vez que si no cumplíamos ciertos estándares no éramos bonitas, no merecíamos ser miradas, ni escuchadas, ni ser tomadas en serio.
Y así aprendimos a odiarnos un poco, lo fuimos perfeccionando, nos casamos con la idea de que el amor no es una posibilidad hasta que hiciéramos un cambio tan radical que a penas nos reconociéramos nosotras mismas.