Kintsugi, es el nombre de una técnica japonesa en la que la cerámica fracturada o rota es reparada, con barniz de resina y polvo de oro. Es parte de una filosofía en la que las roturas de un objeto se vuelven parte de su historia, lo embellecen, se muestran con orgullo y por lo tanto lo hacen más valioso.
En su momento pasé por una leve gran obsesión con la cultura japonesa; pero irónicamente no me enteré de esta técnica hasta algunos años después, en los que mi obsesión se había enfriado lo suficiente. El nombre de un álbum, de mi banda favorita, Death Cab For Cutie, me dio suficiente curiosidad para investigar y conocer un poco de lo que significaba.
En su momento la idea de esta filosofía me pareció francamente hermosa, una manera de reivindicar las cicatrices, aceptar nuestros fracasos y que de cierta forma todo lo malo que nos construye nos hace más hermosos y valiosos en el proceso.
Una parte de mi sigue pensando que es un pensamiento hermoso, pero a veces y en mis circunstancias actuales, no puedo evitar preguntarme ¿Qué pasa con aquellas cosas que se rompen y no merecen ser salvadas? O con aquellas que directamente no pueden repararse a pesar de nuestros intentos más fieros.
Últimamente no dejo de pensar en eso, ¿Cuándo es mejor rendirse y desechar los pedazos de algo roto? y ¿cuándo es mejor intentar reparar algo, aunque el proceso de reparación parezca destruirte en maneras que no imaginabas? ¿Cómo tomamos esa decisión? ¿Cómo sabemos que algunas cicatrices no merecen someterse a un proceso parecido al del kintsugi?
Es común cuando vemos obras de ficción que se nos presentes situaciones imposibles, en las que de vez en cuando y si estamos de ánimo, y a veces sin estarlo, nos gusta proyectarnos. Si estuviéramos en una situación similar ¿Haríamos lo mismo?
Si alguien nos engañara después de tantos años juntos ¿seriamos capaces de perdonarlo y simplemente dejarlo pasar? Como cuando en Grey´s anatomy cada cierto tiempo algún personaje comete alguna infidelidad, para aderezar la trama con más drama y vemos como algunos lo soportan en silencio, otros explotan y gritan, algunos recurren a la terapia y otros simplemente lo dejan… la mayoría intenta seguir con su relación, pero como espectadora no puedo evitar preguntarme si la confianza puede ser arreglada y repuesta después de una traición de ese tipo.
Una traición solamente comparable a que tus mejores amigos te expongan y revelen tus secretos ante un montón de extraños, como en alguna escena de guerra de novias (2009) o te dejen en una posición demasiado vulnerable como en Bromas que matan (1999).
O como todas aquellas veces en las que alguna pareja en la ficción Después de tantas veces fallando en una relación se niegan a dejarlo morir, en esos casos ¿Vale la pena seguir intentándolo? Al grado de dejar nuestro empleo soñado en Paris para saltar en los brazos de un amor que idílicamente suena bien, pero en la práctica solamente ha demostrado ser un desastre.
A lo largo de nuestra vida y nuestra extraña formación como seres humanos, se nos enseña que debemos aferrarnos a lo imposible, porque si creemos con fuerza en algo podemos conseguirlo, aunque sea doloroso y sin importar si nos rompemos en el proceso, porque la recompensa final lo valdrá.
Nos enseñan que hay relaciones que deben protegerse, procurarse, en las que debemos dar TODO de nosotros para no perderlas porque la soledad que nos espera al perderlas es peor que la traición de un amigo o una pareja y por supuesto es peor que nuestra falta de confianza en nosotros mismos y en aquellos que nos rodean.
Justificamos y dignificamos el dolor y el sufrimiento porque tenemos la esperanza de que lo que logremos construir con eso será más fuerte, más valioso y hermoso. Será parecido a lo obtenido con la técnica del kintsugui pero tal vez en ocasiones es válido reconfigurar nuestro cerebro y darnos cuenta que hay cosas que no merecen y no pueden repararse.
Que hay relaciones que es mejor perder, que el daño que nos hacen no vale tanto la pena cuando la garantía de convertir todo en algo mejor no existe. Que cuando algo o alguien nos destruye en piezas tan pequeñas, que apenas y nos reconocemos es mejor dejar aquellos fragmentos sin unir e intentar reconstruirnos de otra forma.
Aunque claro, supongo… que eso depende de cada uno y nuestra respuesta al encontrarnos frente a la pregunta de si algo merece ser salvado una vez que ha sido roto.
A través del tiempo se han concebido distintas maneras de hacer arte, una de ellas es el arte de lo grotesco, esta tendencia parte de los ideales góticos –sin embargo, se considera que dentro de la cultura Romana comienzan a originarse las bases del arte grotesco como lo conocemos en la actualidad– y comienza a consolidarse a través de las vanguardias, en esta época se da una ruptura en la categorización del “arte por el arte” y se percibe una preocupación por exaltar las emociones ante la contemplación artística, es decir, importa más lo que se representa y lo que provoca, más allá del objeto material. En la literatura un ejemplo de ello es La condesa sangrienta (1966)1 de la argentina Alejandra Pizarnik –quien tuvo una gran influencia surrealista–, en su texto hace uso de recursos literarios que le permiten contar una historia verdaderamente perturbadora.
La autora consolida su texto a través del uso intertextual, pues recurre a la reescritura de La condesa sangrienta (1962) escrita por la francesa Valentine Penrose. Pizarnik, toma datos históricos de la húngara Erzsébet Báthory –conocida como La Condesa Sangrienta o La Vampiresa–, a quién se le acusa de haber asesinado cruelmente a seiscientas cincuenta mujeres, para poder utilizar su sangre y bañarse en ella, creía que de esta manera podría conservar su belleza y juventud. Los diversos elementos utilizados por la autora han dificultado clasificar la obra dentro de un género literario, pues oscila entre la novela, el ensayo, la poesía en prosa, entre otros.
El presente trabajo tiene como objetivo abordar cómo funcionan los silencios y las imágenes en el texto de Pizarnik, los cuales sirven para sugerir otras realidades, dicho de otra manera, para decir lo que no se puede expresar con palabras. Los hechos narrados son tan grotescos que no logran ser descritos con las palabras, por ello la autora se auxilia de otros medios que le permiten ejemplificar plenamente lo que busca expresar; estos recursos estéticos también sirven para generar terror y perturbar a los lectores, pues, en ocasiones, –dentro del discurso– tiene más peso aquello que no se dice.
Se han referido distintas posturas sobre la “estética del silencio” –definición dada por Susan Sontag y Amparo Amorós–,2 por un lado, parece imposible concebir el silencio como parte de la literatura, pues esta siempre se ha pensado como un acto reducido solamente a la palabra escrita, al respecto, Juan Manuel Ramírez comenta: “Bajo esta mirada no existe un lugar para el silencio: Todo está cubierto por la palabra.” (2016, 148). Sin embargo, el lenguaje no se limita solo a la palabra, esta construye canales de comunicación, pero no es el lenguaje en sí, dicho de otra forma: “—el lenguaje— es la actividad lingüística, las palabras son el instrumento material de esa actividad.” (Cit. Ramírez, 2016, 154). Por ello es importante considerar otras formas de comunicarse cuando las palabras no son suficientes.
Como ya se ha sugerido líneas anteriores, el lenguaje no logra representar por completo la realidad y “solamente podemos hablar de lo obvio” (Cit. Cerda, 2015, 11), es aquí donde el silencio juega un papel importante para sugerir hechos indescriptibles. En el caso de La condesa sangrienta, cuyo tema central es la muerte provocada por la tortura, se narran acontecimientos sumamente atroces que las palabras no son capaces de describir por completo, si bien, se presentan escenas descritas a través de la escritura, lo que no se dice genera más miedo en el lector, un ejemplo es cuando se habla de la risa de Erzsébet, se presenta en el texto:
Durante sus crisis eróticas, escapaban de sus labios palabras procaces destinadas a las supliciadas. Imprecaciones soeces y gritos de loba eran sus formas expresivas mientras recorría, enardecida, el tenebroso recinto. Pero nada era más espantoso que su risa. (Resumo: el castillo medieval; la sala de torturas; las tiernas muchachas; las viejas y horrendas sirvientas; la hermosa alucinada riendo desde su maldito éxtasis provocado por el sufrimiento ajeno). (Pizarnik, 2012, 18)
Si bien las palabras anteriores ya son bastante perturbadoras, lo que no se dice genera más repudio hacia la Condesa, las palabras groseras, los “gritos de loba” y los silencios configuran un lenguaje grotesco; además, su risa se constituye dentro del silencio, pues a pesar de que la risa genera ruido y por obvias razones puede oírse, no dice nada, pero a la vez lo dice todo, es decir, la Condesa nunca habla, sin embargo, imaginar su risa provoca sensaciones escalofriantes, pero lo que en realidad la vuelve perversa es lo que provoca su risa, aunque, siempre se relaciona con felicidad y tiene una connotación positiva, Erzsébet se regocija ante el dolor de sus víctimas.
El silencio no se trata del simple acto de callar, más bien: “es el camino que conduce al poeta al reencuentro con la palabra.” (Ramírez, 2016, 166), dicho de otra forma, es el elemento que le permite a la escritora representar una forma distinta de concebir el mundo que no se puede notar a simple vista. Otro elemento presente en la obra es la configuración del personaje, pues en varias ocasiones se describe como silenciosa, en el texto se lee: “Dorkó vertía el rojo y tibio líquido sobre el cuerpo de la Condesa que esperaba tan tranquila, tan blanca, tan erguida, tan silenciosa.” (45. El énfasis es mío); como se menciona anteriormente, la Condesa no dice nada con palabras, pero su lenguaje silencioso expresado a través de su comportamiento permite descifrar la personalidad de Erzsébet.
Además, en un principio se presenta solo como espectadora de los actos atroces perpetuados por sus sirvientes: “Esta sombría ceremonia tiene una sola espectadora silenciosa.” (8), esto reafirma la idea de que la Condesa no tiene que decir nada para provocar miedo, en sí misma encarna la maldad, incluso en el texto se menciona: “Por eso, tal vez, representaba y encarnaba la muerte” (21), lo atroz es algo adherido a ella y los lectores lo intuyen, no solo por lo que está escrito, sino, porque lo sienten a partir de las sugerencias ocultas, el silencio le permite a los lectores leer entre líneas y así descubrir una doble intención.
Pizarnik, utiliza la elipsis como elemento estético que le permite embellecer los crueles e inhumanos actos de la Vampiresa, Kristov Cerda comenta: “las imágenes violentas cuya esencia bella se procura recoger por esta reducción elíptica” (2015, 10), la autora toma algunos elementos de la historia real, esto no tiene la intención de reducir el discurso, sino, busca reconstruir el crimen a partir de elementos “que le permitan hacer resplandecer el significado (la belleza) en su prístina pureza.” (Cit. Cerda, 2015, 10). No se trata de romantizar y embellecer el acto de asesinar, sino que, la autora pretende mostrar una historia a través de lo bello, para provocar emociones puras en los lectores.
Otro aspecto importante es la inclusión de imágenes, esto permite ejemplificar de mejor manera la historia narrada, de tal forma se presenta una relación imagen-literatura, aunque podría parecer que no tienen relación, ambas se complementan, Paulo Andrés Arias cita a Jacqueline Lichstenstein:
Palabra e imagen son distintas, pero también iguales. Incompletas en sí mismas buscan en la otra su complemento, pero cuando se encuentran resaltan sus diferencias. Esta incompletitud es inherente a toda forma de representación, es el síndrome de la unidad original que liga palabras e imágenes justamente como representación verbal y visual. (2016, 35)
Estos recursos visuales le permiten al lector imaginar con mayor precisión los acontecimientos narrados:
En el encuentro con la imagen, la intención es recuperar el objeto ausente. Esta recuperación está definida desde la subjetividad de quien observa, debido a que la imagen, en rigor, realiza la remisión no al objeto ausente, sino a la “presencia” del objeto en la conciencia del sujeto que mira. (Cit. Arias, 2016, 39).
Dentro de La condesa sangrienta, hay una gran variedad de fotografías que aluden al crimen de Erzsébet Báthory, a continuación se presentaran dos de ellas, por cuestiones de espacio no es posible presentar todas:
Imagen tomada de La Condesa Sangrienta, p. 14
Imagen tomada de La Condesa Sangrienta, p. 16
Ambas fotografías3 son muy descriptivas, algo peculiar –no solo en estas fotografías, sino en todas las que se presentan a lo largo de la obra– es que están a blanco y negro, lo único que se presenta a color es la sangre, algo que resulta perturbador debido al tema tratado por la autora, además presentan algunos simbolismos referentes a lo narrado. La primera fotografía pertenece al apartado “La Jaula Mortal”, en donde se describe como se introducía a las jóvenes en una jaula colgante con clavos que lastimaban a la víctima y debajo la Vampiresa esperaba pacientemente a que la sangre cayera sobre ella.
En la ilustración la víctima se representa con un pájaro, el cuerpo es de una mujer, pero en vez de brazos tiene alas y la cabeza no es humana, sino de un ave, con ello se representa la pureza de la joven –todas las muchachas eran vírgenes y rondaban entre los doce y dieciocho años–, el pájaro representa la libertad, pero al estar en la jaula, simboliza el encierro en cuerpo y alma de la víctima. La segunda fotografía pertenece al capítulo “Torturas clásicas”, este método consistía en flagelar a las jóvenes hasta que su piel se desgarrara, en la imagen la última mujer de izquierda a derecha se presenta teñida de sangre, con ello representa el proceso de tortura ejercido por la Condesa y sus ayudantes.
También, en la imagen se presenta un lobo que simboliza la presencia de Erzsébet Báthory que observa la ceremonia de tortura, además, dentro de la narración se le compara con los lobos: “gritos de loba” (18). Todos esos simbolismos representados en los recursos visuales permiten que el lector se introduzca en los espacios representados y pueda sentir con más veracidad el terror de las víctimas ante la cruel Condesa.
Las fotografías no son el único elemento que permite al lector visualizar los hechos, pues las minuciosas descripciones también son imágenes que crea la autora a partir de la palabra escrita, en el texto se presenta:
Una vez maniatadas, las sirvientas las flagelaban hasta que la piel del cuerpo se desgarraba y las muchachas se transformaban en llagas tumefactas; les aplicaban los atizadores enrojecidos al fuego; les cortaban los dedos con tijeras o cizallas; les punzaban las llagas; les practicaban incisiones con navajas (si la condesa se fatigaba de oír gritos les cosían la boca; si alguna joven se desvanecía demasiado pronto se la auxiliaba haciendo arder entre sus piernas papel embebido en aceite). La sangre manaba como un geiser y el vestido blanco de la dama nocturna se volvía rojo. (17)
Las imágenes representadas no solo pueden ser ilustraciones tangibles, también pueden crearse a partir de los recursos estéticos que utiliza la autora como la descripción y la comparación; esta forma de escribir también revela la forma en la que la escritora percibe el mundo y el lector va ajustando esas imágenes a su realidad, en palabras de Paulo Andrés Arias: “sea de forma consciente o inconsciente los elementos en la escritura van reflejando de algún modo nuestra forma de ver el mundo.” (2016, 37). Es así como la escritura y la imagen se complementan dentro de la obra.
Los silencios dentro de La condesa sangrienta resultan importantes para la configuración de la obra, gracias a ellos la narración consigue un doble sentido que permite transmitir miedo puro a los lectores, las sugerencias hacen que el lector imagine y cree sus conclusiones sobre el texto sin que la autora le exponga claramente la verdad. En un principio puede parecer un texto ficcional o fantástico por la forma en la que está escrito, sin embargo nada de lo narrado es falso, sin embargo, los recursos literarios crean una dualidad literatura-realidad. Por último, los recursos visuales también funcionan como silencios, pues sin necesidad de palabras y a través de los escenarios representados comunican lo ocurrido en el Castillo de Csejthe.
Notas
1 Esta obra se publicó por primera vez en la revista Testigo.
2 V. Rmírez, Juan. “Hacia una retórica y una poética del silencio”.
3 Las imágenes presentadas en La Condesa Sangrienta pertenecen al argentino Santiago Caruso (1982).
Bibliografía
Arias, Andrés. Voces desde las sombras en “La amortajada”. Tesis de Maestría, Universidad de Concepción, Facultad de Humanidades y Arte, 2016, pp. 4-40.
Cerda, Kristov. “Estética y sadismo en La condes sangrienta de Alejandra Pizarnik”. Estudios filológicos 56 (2015): 7-19.
Montenegro, Rodrigo. “La condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik: una poética sin límite. El horror de la belleza; la belleza del horror”. Espéculo. Revista de estudios literarios 42 (2009): 1-28.
Pizarnik, Alejandra. La condesa sangrienta. Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2012.
Ramírez, Juan. “Hacia una retórica y una poética del silencio”. Revista CS 20 (2016): 143-174.
María Fernanda nació una tarde de marzo en la Ciudad de México, mujer de nombre fuerte. Fue criada bajo el seno de mujeres valientes, quienes la motivaron a no espantar sus sueños con el “yo no puedo”. Actualmente estudia la licenciatura en Letras hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana la “casa abierta al tiempo”. Es amante de los gatos, se identifica con cualquier manifestación artística y con el feminismo. Comenzó a colaborar en La Coyol Revista en mayo de 2021 con el artículo «Yo nací libre: el desengaño del “amor romántico” en el Quijote». Su tiempo libre se lo dedica a la pintura.
El año en que Monse cumplió 15, fue el año de su primer beso. Sus compañeras de clase a veces le hacían comentarios hirientes por ser la única del grupo que no había besado nunca a un muchacho y, aunque a Monse la idea de besar a un chico la tenía sin cuidado, las fugaces burlas y juicios de “rara” o “mojigata” si le molestaban, ¿Por qué importaba tanto si besaba o no a un chico?
Pero Monse solo era una niña de 14 años. A ella le gustaba más la Biología y bailar que buscar novio entre sus compañeros de escuela, sin embargo, ella soñaba con enamorarse. Veía las telenovelas en casa de su abuelita (todas las tardes, después de hacer la tarea, ella bajaba a casa de su abuelita a cenar) y suspiraba con la idea de un romance. ¿De quién se enamoraría? Quién sabe, eso también poco le importaba.
Así llegó el fin de la secundaria para Monse. Además de las emotivas despedidas entre los estudiantes, llegó el momento de prepararse para los exámenes de admisión a la preparatoria, trámite que se realiza aquí, en México. A pesar de ser una buena estudiante, Monse decidió tomar cursos de regularización escolar y ahí, fue donde conoció a Sarahí.
Sarahí era, en palabras de Monse, un “fenómeno” pero en el sentido extraordinario. Ella era ruidosa y su cabello esponjado y negro, pintaba sus ojos con delineador negro y usaba pulseras y gargantillas, además olía a frutas y caramelo. Tenía una apariencia que tal vez definan “intimidante” pero su carácter era abierto, franco, empática y cariñosa. En cambio, la apariencia de Monse era promedio, no destacaba de las demás, pero en palabras de Sarahí, Monse tenía un aroma a naranjas dulces que notó desde el primer día del curso. Ambas se hicieron amigas, no de inmediato, pero si en los primeros días.
Hacían la tarea del curso juntas y apoyaban las participaciones de la otra durante clases, cuando era la media hora de receso, bajan a la tienda a comprar golosinas. Sarahí era muy glotona y compraba cualquier dulce, pero Monse no, y fue con su nueva amiga con quien probó por primera vez las frituras y dulces empaquetados que su madre le tenía prohibido. Entre los 10 y 15 minutos que les sobraban después de comer, Monse le enseñaba a Sarahí de la música que bailaba y Sarahí aprendió a bailar.
Cuando terminaba el curso, una esperaba a la otra hasta que llegaran sus padres y las recogieran y, como no había redes sociales en esos años, esperaban hasta el otro día del curso para volver a platicar de lo que vieron en la tele, cenaron, hicieron en la escuela, etc.
Ambas comenzaron a quererse más más allá de su amistad. Sarahí fue la primera en sentirlo cuando el primer día del curso, olió el perfume de naranjas dulces en el cabello de su amiga, provocando su primera atracción hacia una chica. Monse, en cambio, nunca sintió ese arrebato, pero sentía una enorme ternura hacia Sarahí una vez que la conoció más allá de su apariencia vibrante; entre más dulces compartían, entre más pasos de baile le enseñaba o secretos se confiaban, más crecía la ternura en el corazón de Monse, hasta sentir un gusto mayor por el aroma a frutas y caramelo de su amiga.
A veces Sarahí se acercaba tanto al rostro de Monse en busca de un beso, pero Monse al principio no entendía su coqueteo, lo que hizo pensar a Sarahí que su amiga no sentía lo mismo por ella y que tal vez, estaba mal sentirse enamorada. En cambio para Monse, día a día crecían sus ganas de mirar más de cerca los ojos de Sarahí, de conocerla y pasar más tiempo juntas; cuando ambas se hicieron inseparables, al grado de ir juntas a su examen de admisión para darse valor, se dio cuenta que le gustaba su aroma, sus manos y la forma en que su amiga se acercaba a su rostro como ocurría en las telenovelas que veía con su abuela.
Se querían y se amaban. Sarahí se sintió atraída primero y Monse lo hizo cuando su amistad era un lazo más fuerte. Pero llegaron los resultados de los exámenes y ambas fueron seleccionadas en escuelas diferentes, no pudieron estar juntas. El último día que se vieron, fue cuando presentaron los exámenes, donde se despidieron intercambiando números telefónicos. El último día que hablaron, fue por teléfono en la mañana que vieron los resultados. En esa llamada, Sarahí le confesó a su amiga que la amaba y que le gustaba desde el primer momento que hablaron; Monse correspondió sus sentimientos y lloró un poco, porque no podría ver a su amiga en el nuevo ciclo escolar. Antes de colgar, Sarahí besó el teléfono para que Monse lo escuchara. Ese fue su primer beso.
La verdad, no sé si Monse y Sarahí se volvieron a encontrar. Pero estoy segura de que Sarahí aceptó que le gustan las mujeres y Monse que está bien no sentir atracción física hasta no forjar un vínculo emocional. Su primer beso les enseñó mucho sobre querer y amar (se). ¿Y el tuyo?
Con ternura, para ti.
Maria Daniela Ortiz Soriano. Egresada de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana de la UNAM, y Técnica Auxiliar Museógrafo Restaurador por la misma institución. Sus áreas de interés son la investigación literaria en el campo de dramaturgia y literatura Mexicana, la escritura creativa, investigación en perspectiva de género y teoría feminista, los programas de divulgación cultural, la Museografía y restauración del acervo histórico de la nación, y la participación activa en montajes escénicos.
«Escribo porque me gusta vivir y me gustan las mariposas.»
Tía Betty sabe cuando Nona está muy triste. Ella es muy sabia y por eso comprende que el mundo gira en más de un sentido a la vez. Por eso Tía Betty decide visitarla, porque Nona es lo que más le importa en el mundo. Así que Tía Betty encamina sus pasos hacia ella, hacia la casa de Nona que está en una esquina junto a la tiendita de Doña Chata. Para llegar con Nona, Tía Betty toma el metro, tres estaciones cada vez. Pero a Tía Betty eso no le importa, porque sabe que verá a Nona feliz otra vez. En el camino, Tía Betty piensa, piensa… Piensa en todo lo que le tendrá que contar a Nona. Pero sobre todo piensa en escuchar, a Tía Betty le gusta sentir el mar en sus oídos cuando Nona habla. Y a Nona le gusta que Tía Betty la quiera escuchar. A veces los adultos se olvidan de cuánto importa ésto. Pero Tía Betty es otra clase de adulta, una que busca el mar en sus chales recién tejidos. Una adulta que colecciona cosas… Porque… Tía Betty también sabe guardar secretos. Ella tiene una caja de fotografías a blanco y negro que ella misma imprimió hace unos pocos siglos. Tía Betty guarda ahí las cosas del mercado, a ella le gusta pensar. El metro se ha parado y Tía Betty recuerda muchas cosas. Recuerda por ejemplo que… Tía Betty fue quien nombró a Nona Nona. Antes el nombre de Nona era Martha (aunque Mamá insiste en seguir llamándola así). Martha no le gusta. Martha es el nombre de una señora mayor que Nona está por conocer. Una señora que seguramente no gusta de perseguir mariposas en días soleados ni de pasear por el mercado con su tía en días de lluvia. Martha tiene un dejo de tristeza y seriedad que Nona a su corta edad no quiere aceptar. A ella no le gusta pensar que puede estar triste, aunque ya lo haya estado. A ella solo le gusta pensar en los días de campo, muy o poco soleados que están por venir. A Martha le gusta pensar que en el verano tía Betty las visitará otra vez. Y Martha tiene razón, porque Tía Betty ya está en camino. Al salir del metro, Tía Betty se encuentra con la lluvia en un día soleado. ¡Qué bueno que se puso sus botas! ¡Qué bueno que Tía Betty no olvidó su sombrilla roja! Porque aunque el día es soleado, caen las gotas gordas. Tía Betty avanza dos pasos a la vez, evitando pisar las grietas del suelo. Aunque no es muy vieja, a Tía Betty le gusta evitar las raíces de las jacarandas cuando camina por la ciudad. Dicen que es de mala suerte hacer eso… Entonces Tía Betty trata de evitarlo lo más que puede… Tía Betty ha llegado a la tienda amarilla de Doña Chata y le pide dos cocadas y tres dulces de camote. A la mamá de Martha no le gustan las primeras. Pero a Martha sí. Entonces Tía Betty decide comprar dos más. Por si acaso, por si Nona las quiere comer. Y Tía Betty sube las escaleras de dos en dos hasta llegar a la casa de Nona. Y es Nona quien abre la puerta… Nona está en pijama con bigotes de chocolate, su mamá no está. Salió, hace rato. Tía Betty ya sabía y por eso la vino a cuidar. A Nona le emociona que Tía Betty la visite a pesar de la lluvia. Escurre su paraguas y usa las gotas para mojar sus acuarelas. Entonces Nona comienza a dibujar un bosque, una playa pero no un desierto. A ella no le gustan los paisajes secos. Aunque sí le gusta dibujar camellos de todos los colores.
Tía Betty empieza a hacer agua de limón. Nona, feliz en el suelo de la sala, escucha el cris cris de los limones al ser exprimidos. Nona dibuja una sombrilla roja como la de su tía y le cuenta todo su mundo a través de las paredes de la pequeña casa que comparte con su madre. Nona, al hablar con ella redescubre que la calle y las veredas, que las viejas bicicletas tienen nuevos rostros cuando alguien que te quiere se preocupa por saber cómo las vive desde sus 90 cm del altura. Porque Nona es chiquita, todavía puede caber debajo de la mesa si se agacha solo un poco, un poquito, para esconderse y jugar a las escondidas con mamá. A veces Nona se esconde para ver cuánto tiempo tarda en encontrarla y cuando escucha a mamá llamarla ¡Nona! ¡Nona! ¿Martha, dónde estás? le entran unas ganas incontrolables de comerse al mundo que tiene dentro. Aunque muere por decir, ¡Estoy aquí, debajo de la mesa, enfrente de la jardinera!, no lo hace. Porque quiere guardar el secreto del silencio al esconderse, al resguardarse de la lluvia que le provoca saberse encontrada. No es que no quiera a Mamá, al contrario, Nona la quiere muchísimo, pero no puede evitar querer tener ese secreto, el único, que guardan sus 90 cm de altura y seis años de vida en el planeta Tierra. A veces, cuando se encuentra debajo, Nona sueña con la vida en otros planteas. Y se pregunta cómo sería haber nacido en Marte o en Venus (nunca en Mercurio pues sabe que al estar tan cerca del Sol se quemaría por completo). Y entonces ve la jardinera, sus colores y escucha las voces que la regresan al mundo para poder decir ¡Aquí estoy! ¡Soy yo! ¡No me había perdido! Tan solo estaba guardada debajo de la mesa… Tía Betty termina su agua de limón y se la lleva a Nona, ella no le pide que se quite sus bigotes de chocolate pues sabe que a Nona le gusta fingirse gato por las noches. Todo esto lo sabe porque Tía Betty cuida de Nona al escucharla. Juntas comienzan a dibujar un sinfín de caminos… Nona le cuenta a Tía Betty sobre Tota, su mejor amigo hecho de telas viejas, de harapos pero que no cambiaría por nada en el mundo. Tía Betty le cuenta los recuerdos de su caja secreta, el mar contenido en unas palabras, los ayeres que ya no pueden volver pero de los que siempre se puede aprender y que la hacen ser quien es.
A Tía Betty le fascinan las jacintas, el nombre que ella le ha dado a los jazmínes para recordar a la Abuela, quien los cuidaba en su pequeño jardín de la azotea. Otras plantas que le encantan son los limones y los higos. Aunque ya no tiene un árbol de higos. A Mamá no le gustan las plantas como a Tía Betty, porque dice que es muy fácil que se llenen de bichos cuando Nona deja caer azúcar por la casa. Pero Mamá tiene una jardinera color tamarindo en medio de la sala, llena de bugambilias, donde parece que la primavera nunca deja su hogar. Todo esto y más saben Tía Betty y Nona, lo comparten en los silencios mientras dibujan por aquí y por allá. Los secretos ocultos en sus gestos, en el tomar agua de limón por las tardes cuando Nona sale de la escuela y Mamá aún tiene que trabajar. Pero Tía Betty lo compensa. Nona no se queja. Porque cuando Mamá llega, ella vuelve a jugar. Y a veces Tía Betty se queda para platicar. Entonces las noches también se vuelven de agua de limón y los bigotes de chocolate la acompañan en sus sueños. Entonces Nona sabe que Mamá no está sola porque con Tía Betty Mamá recuerda cuando ambas eran niñas como Nona e iban juntas a la escuela y compraban cocadas a la salida para esconderlas antes de la comida. Hoy es uno de estos días. Nona sentada en el suelo frente a la jardinera, el paraguas de Tía Betty sobre la puerta, los dulces en una bolsa medio abierta, la jarra de agua de limón en la mesa, suenan toquidos desde afuera… Tía Betty abre la puerta y entra Mamá.
Arizbell Morel Díaz.
Fotografía: Shu Villegas.
Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” en el ciclo 2021-2022 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021). Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida. Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera”, “Barista”, “La máquina que todo lo escribe” y “El color de tus ojos al ver las hojas caer” (2021).
El jardín recibió las flores de los cactus puntualmente al inicio de la primavera. ¿Han reparado en las flores de los cactus? No son como las demás. Viven tan solo unas horas: un día o una noche desde que despliegan sus corolas. El espectáculo que nos regalan no se puede adquirir en ninguna florería, ni siquiera en el mercado de Jamaica; ni se podría comprar como los ramos que suelen regalarse por alguna celebración, como las rosas o las orquídeas. Las flores de cactus son silvestres, caprichosas, diversas. Se muestran solo después de recibir agua y luz en dosis precisas: poca agua y mucho sol. Mi hijo se asomó al centro de una echinopsis: —« ¿Estás segura de que no hay un hoyo negro ahí dentro?»—, preguntó. Quizá esa sea la respuesta del por qué son tan especiales, en cada una hay un universo.
Conocidas como cactos, cactus o cacti, sus tallos se engrosan para almacenar agua y sus hojas son espinas. Aristóteles acuñó esta palabra para referirse a los cardos, significa literalmente hojas de espinas. Pero no se refería a nuestros cactus, porque antes de la conquista española, Europa no los conocía. Fue Lineo quien usó la palabra cactus en su taxonomía para distinguirlos.
Pueden alcanzar grandes alturas, aunque los hay de apenas un centímetro. Los hay de muchas formas y tamaños. Los hay redondos, alargados y de formas irregulares. Los dueños y señores de mi jardín son más bien medianos, debido al limitado espacio que puedo ofrecerles. Empecé a adoptarlos cuando un biólogo amigo me obsequió uno por mi cumpleaños: «Para desearte fortaleza y protección».
Quedé asombrada con la geometría de su estructura. Cualquier matemático se volvería loco con las formas áureas, crecimientos exponenciales y hélices que poseen. ¿Qué pasaría si Da Vinci hubiera pintado un fractal de cactus como ejemplo de perfección en lugar de su Hombre Vitruvio? ¿En lugar de un canon para las proporciones humanas, como regla de armonía y belleza? Tendríamos quizá mayor aprecio por las demás especies naturales.
Decir cactus es decir México. Contemplarlos es asomarse a su historia y a su cultura.
Como dinosaurios, con cuarenta millones de años sobre la Tierra, los echinocactus, o biznagas, por ejemplo, nacen como una bolita espinada. Al cabo de cien años apenas alcanzan el tamaño de un balón. A partir de ahí crecen un poco más rápido, empiezan a elevarse en forma de columna, tal que tres adultos no la pueden abarcar uniendo sus brazos. Ahí donde se ven como pasmarotes del mioceno, son inamovibles, a prueba de cualquier vendaval. Pueden aguantar seis años de sequía. Sus estomas operan al revés que en otros vegetales: cierran por el día y se abren por la noche, atesoran la humedad, como camellos. Han evolucionado para sobrevivir a diversos entornos, se comunican entre sí por su enramado subterráneo como las sinapsis en el cerebro y despliegan cierto lenguaje a través de intercambios químicos.
En el norte, los saguaros alcanzan hasta dieciocho metros. En el imaginario colectivo, un mexicano es un saguaro, un sarape y un sombrero con un jarro de pulque, elixir de los dioses prehispánicos que solamente los agaves ofrecen. Al centro del país el paisaje se viste con nopales, símbolo de identidad nacional. Un águila devora a una serpiente sobre un nopal en el eje del escudo, ondeando al centro de la bandera más hermosa.
Las flores del saguaro son difíciles de describir, enormes racimos blancos con centros amarillos. Vistos desde lejos, pareciera que las nubes están flotando a ras del suelo. Una visión irreal sobre la tierra yerma del desierto. Las flores de los nopales, por su parte, son más pequeñas; las hay rojas, amarillas, naranjas y hasta rosadas, preludio de las tunas o las pitahayas, sus frutos.
El paisaje no es diferente al sur. En la selva, los epifitos se adaptan al exceso de humedad.
Los cactus y sus flores forman parte de la cosmogonía de los pueblos originarios. Huichilopotztli dirigió al pueblo Nahua hasta encontrar al águila devorando a una serpiente sobre un nopal, señal del Dios Quetzalcoatl para que ahí fundaran su imperio, que ostentó grandeza y esplendor. Pero Otra leyenda dice que cuando los españoles llegaron con su violenta colonización, los pames (o Xi úi) se aprestaron a defenderse, implorando ayuda al Dios Sol, quien los convirtió en cardos para que en la oscuridad, los atacantes se confundieran y se hirieran con las espinas. El pueblo Xi úi, se volvió entonces un desierto para evitar que la tierra fértil llamara de nuevo a la codicia. Por eso, los cactus son considerados como guerreros, Hijos del Dios del Sol. Sus espinas pasaron a simbolizar defensa. Sus flores representan a las mujeres, que cada primavera se asoman a saludar al Sol, como sus agradecidas hijas. Gabriela Mistral, representante de las mujeres mexicanas, dice de sí misma en su poema La otra: «Era la flor llameando del cactus de la montaña; era aridez y fuego…»
Un simil de este relato podemos hacerlo respecto de cada momento en nuestra historia. Durante la guerra de Independencia o de la Revolución, fueron los hombres quienes tomaros las armas para rebelarse. Sin miedo, curtidos por el arduo trabajo y los siglos de humillación, hicieron valer sus derechos, pelearon por recuperar su herencia. Las mujeres a su lado no desmerecieron: defendieron a sus hijos, les proporcionaron alimento y les curaron las heridas.
Las mujeres mexicanas son como las flores del cactus. No importa qué tan árido sea su entorno, siempre están dispuestas a florecer y a dar frutos, incólumes entre los vientos. Hijas del Sol: piel de tierra, valientes de norte a sur, envueltas entre sus enaguas de múltiples colores, dispuestas a la defensa, aunque la vida vaya solo de un amanecer a su ocaso.
Hoy todavía, en territorio de los Wirikuta o Huicholes, un lugar único en el mundo, se puede hablar con los dioses: la madre Tierra, el abuelo Sol y el padre Fuego para recibir guía. De los lophophora o peyote se extraen pociones para tocar el rostro de Dios o asomarse a la boca del infierno. Es la planta de la paciencia y de la soledad, del amor y de la locura, de la belleza y de la fealdad, de la dureza y de la suavidad para quienes se atreven a probarla.
Dicen que si los dioses eligieran una planta para representarlos, elegirían al cactus, porque posee casi todas las bendiciones que ellos intentaron otorgarle a los hombres… Sin embargo, fue en vano.
Hasta mediados del siglo pasado podían crecer en paz sobre su hábitat y coexistir en equilibrio con el ecosistema. Hoy ya no. Cada día nuevos peligros les acechan: la siembra intensiva de hortalizas, la ornamentación, la voracidad inmobiliaria y el cambio climático.
No sé qué depresiones me habrían ganado durante los meses de cuarentena sin mi jardín de cactus. Un espacio para respirar aire puro, obtener vitamina D, compañía y consuelo. He pedido a mis hijos, que al morir, depositen mis cenizas entre el sustrato de mis macetas. Cuando florezca, me recordarán y no olvidarán nunca su identidad.
Apaga las luces, corre las cortinas para que no entre el sol; Apaga todo y sueña, dulce niña, con qué hay más allá del sol. Sueña que te elevas por encima de las montañas, A tus pies todo es un manchón de azules con marrón.
Sueña con el lucero que anuncia el mañana, Con barcos de grandes velas navegando sin temor. Apaga las luces y siente las sábanas besando tu cuerpo cansado Protegiéndote de lo que sea que vive bajo el colchón.
Sueña con los pájaros y sus canciones que el viento se lleva Silbando palabras que no entenderás. Sueña que te arrulla la marea cubriendo de espuma tu soledad Curando con sus sales esa tristeza que no te deja avanzar.
Si en tus sueños, dulce niña, aparece una tormenta y el barco se hunde en un recuerdo y los pájaros no entonan canción Despierta libre de miedo que sólo es un sueño. Como dice Calderón: los sueños, sueños son.
Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 21 años de edad, estudianta de psicología, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.
Continuemos con la columna anterior, hoy pongo sobre la mesa las denuncias de acoso laboral y sexual, violencia e impunidad hacia medios de comunicación, el pacto entre ellos para encubrirse y la doble moral para denominarse “aliados” feministas o de las causas sociales.
Hace algunas semanas, el medio independiente La Desvelada (dirigido por mujeres periodistas) publicó un reportaje con denuncias públicas, donde señalan las violencias de hombres “periodistas” hacia sus mismas compañeras y/o colegas de trabajo. [Te dejo aquí el link https://bit.ly/3wBMTvG ]
Son historias dolorosas e injustas, donde las víctimas aún lidian con las secuelas mentales, psicológicas y físicas; pero el victimario sigue impune, laborando incluso en el mismo medio y apoyado por quienes les rodean, estando al tanto de sus violencias.
Por otra parte, he contado esta historia a un sinfín de personas con el propósito de que nadie más pase por lo que viví. Durante el 2019 laboré en un periódico local y durante el casi año que permanecí fui víctima de violencia psicológica y acoso laboral por parte de quien era el jefe de mi área.
Esto lo sabía toda la empresa, porque además él tenía problemas de comportamiento y ya había molestado a más de uno ahí. La situación escaló tanto que tuve que recurrir al director del medio pero le restó importancia y hasta dudó de mi historia.
Todo lo que viví ahí tuvo como consecuencia un cambio psicológico y físico en mí, terminé en terapia psiquiátrica y con medicamento porque no podía lidiar con ello. Y hasta la fecha, no he podido vivir en paz ni he vuelto a laborar en medios por el trauma ocasionado.
Mi historia no es tan diferente a muchas compañeras reporteras, comunicólogas, fotógrafas, etc. Y aunque es necesario mencionar que los hombres también pasan por ello, estadísticamente las más afectadas son mujeres, mismas que son tratadas como “locas”, “oportunidad” o “exageradas”.
Pues bien, estas historias de acoso y violencia persiguen a muchos medios y a quienes los dirigen, la mayoría son del conocimiento público pero los perpetuadores nunca son castigados y contrario a eso, continúan ejerciendo una profesión que para su humanidad, les queda muy grande.
Estos perpetuadores y sus medios se han abanderado del movimiento feminista o el movimiento LGBTTTIQ. En sus editoriales se proclaman defensores y aliados de estas causas, escriben libremente sobre las actividades y las difunden.
Aún más, adornan sus redes sociales con los colores representativos de cada lucha, se venden como un medio seguro a donde puedes acudir en caso de estar en peligro y aseguran tener un ambiente laboral libre de acoso.
Nunca nada estuvo tan lejos de la realidad.
Y cómo explicaba en la columna pasada, el morbo e interés monetario es disfrazado de empatía, deben de colorear su realidad para exprimir económicamente a las personas o esos movimientos; pero dentro, cuándo el exterior no los ve, vuelven a ser los mismos acosadores de siempre.
¿Cómo alguien que violenta, acosa y minimiza puede ondear la bandera del feminismo y decirse deconstruido? No es posible. No hay manera de tener dos vidas, una muy cuestionable y otra más humana; porque, al final terminará rebasándote la misma realidad.
Este ejemplo es muy extremo pero necesito hacerlo. Es cómo aquellos casos de asesinos seriales que vivían dos vidas y nunca se cruzaban, nunca intervenían las personas de una realidad en la otra. En casa y con amigos eran una persona normal, pero fuera de ese círculo, agredían y mataban.
Ellos, después de ser descubiertos, no estaban en posición de luchar por las causas sociales, ni de pedir condiciones de trato digno si a sus víctimas no se les permitió. Luego había un shock mediático porque nadie podía creer que su vecino con la vida perfecta fuera un delincuente.
Bueno, algo así pasa en los medios y bajo este sistema que pacta un encubrimiento. Siguen sin creer que una persona con familia, hijos, un empleo y abundantes amigos pueda ser un acosador, agresor y/o asesino.
Siguen sin creer que alguien que escribe o informa sobre las injusticias de los menos favorables, que escucha historias desgarradoras y que empatiza con las causas sociales, pueda ser un psicópata que oculta signos de violencias, incluso a veces ni se esfuerzan por ocultarlos pero socialmente nos enseñaron a normalizar estas conductas.
Los medios de comunicación NO SON ALIADOS. No lo son desde el primer momento en que encubren internamente a un violentador y no lo serán porque no tienen una línea editorial con perspectiva feminista y de género.
Su línea editorial es incrementar las ganancias internas, explotar las luchas sociales y reforzar el pacto patriarcal alrededor de la industria periodística.
Y no hay nada feminista ni revolucionario en eso.
Monserrat Chávez Olivas. Licenciada en Ciencias y Técnicas de la Comunicación. He laborado en distintos medios de comunicación en la ciudad de Durango, como El Sol de Durango, Radiofórmula, Periódico Contexto, Enlace conexión entre culturas y DurangoPress, así como en la ciudad de Tijuana, Baja California en la televisora PSN. Me he desempeñado como reportera, redactora web, videografa, editora de vídeo y fotógrafa. También he laborado en el área de Comunicación Social como en el Instituto Municipal de Arte y Cultura, Feria Nacional de Durango y en campañas políticas. He sido participante de distintos talleres y diplomados de periodismo y creación literaria, pero los más importantes para mí y mi formación ha sido el Diplomado de Creación Literaria organizado por el ICED, mismo que se llevó a cabo durante el 2019 en el CECOART. También, durante noviembre de 2020 fui participante del V Campamento Literario: El ejercicio novelístico del noreste de México.
En la entrada pasada hablé sobre qué es la cultura de la violación, cómo es que está presente en nuestra vida diaria y por qué parece tan vigente como hace 20 años a pesar de todo lo que hemos avanzado en temas como consentimiento o acoso digital. En esta ocasión, quiero hablar sobre un ejemplo que puede parecernos más claro y cercano para entender las manifestaciones de la cultura de la violación en nuestra cotidianeidad. Ese ejemplo es la película Promissing Young Woman o Hermosa venganza en Latinoamérica.
Antes quiero advertir algunas cosas. La primera es que los párrafos que siguen van a estar llenos de spoilers así que sugiero que primero veas la película si no te gusta que te arruinen las sorpresas. Con esto viene la segunda advertencia, que a mi parecer es la más relevante. Esta película contiene muchos posibles detonadores porque toca temas como violación, abuso e incluso feminicidio. Por lo tanto, si te encuentras en una situación vulnerable en la que ver y hablar de estos temas te trae consecuencias negativas, tal vez este no sea el momento de acercarte a la película.
Como experiencia muy personal, la primera vez que vi la cinta tuve que pausarla muchas veces para llorar. Incluso cuando terminó, me quedé llorando un buen rato. Más que porque contenga escenas muy explícitas (que no es el caso), el contenido fue el que me entristecía y enojaba al punto de las lágrimas. Por eso quise hacer la advertencia anterior.
Comenzaré entonces diciendo que Promissing Young Woman es una película estadounidense estrenada en 2020 dirigida por Emerald Fennell y protagonizada por Carey Mulligan. En palabras generales, nos cuenta la historia de una chica llamada Cassie que al parecer tenía un futuro brillante en la escuela de medicina hasta que la abandonó por algo relacionado con su mejor amiga Nina. Ahora vive con sus padres y trabaja en una pequeña cafetería.
La cinta inicia cuando la protagonista está borrachísima, sin poder mantenerse recta, en el sillón de algún bar, mientras tres hombres hablan de lo fácil que sería llevársela a casa en ese estado. Uno de ellos, el más aparentemente decente, se acerca a ella y ofrece llevarla a su casa. En el trayecto, sabiendo que ella está casi inconsciente, le propone que mejor vayan a su departamento. Ahí empieza a desnudarla a pesar de la continua negativa verbal y física de la mujer. Cuando le quita la ropa interior y ya está encima de ella, Cassie deja de fingir que está borracha. La presa cambia de género.
Descubrimos entonces que la protagonista hace esto cada semana. Finge estar borracha para comprobar hasta dónde son capaces de llegar los caballeros al ver a una mujer borracha y vulnerable. Como nos dan a entender ciertas escenas, a manera de consecuencia, algunos sólo se llevan un susto o una advertencia, pero otros, incluyendo el de la escena inicial, que llegan hasta el deseo de violación, tienen un castigo distinto.
Desde el inicio nos damos cuenta de que Cassie tiene algún tipo de trauma, que se va revelando al mismo tiempo que su pasado. Actúa, en un principio, en contra del sistema en general, de los hombres, pero después encuentra un objetivo específico: el violador de su amiga Nina y los involucrados en el caso.
Todos y cada uno de los puntos que se plantean en la sociedad cuando ocurre una violación o cualquier tipo de abuso hacia una mujer, son tocados en la película. La cuestión de los hombres como protectores y aliados es la primera en salir a flote, cuando un chico le dice que no se maquille tanto, que es una lástima que el sistema masculino opresor haga creer a las mujeres que se tienen que maquillar para gustarle a los hombres. Irónico y crudo, porque ese “buen hombre”, ese “caballero” que se ofreció para llevarla sana y salva a su casa, ese que critica al sistema masculino opresor, es el mismo que trata de abusar de ella después.
También la plática de “no todos los hombres” sale a flote. Justificaciones en las que los chicos a los que quieren abusar de ella señalan el contexto como culpable, la manera en la que se viste, su actitud, el alcohol e incluso las drogas. La realidad es que ninguno es capaz de pasar la prueba al no tratar de hacerle algo, desde besarla hasta tener sexo con ella.
Lo dice Cassie:
“Tú sigues diciendo eso, pero no es tan raro como piensas. ¿Sabes cómo es que lo sé? Porque cada semana voy a una discoteca. Y cada semana actúo como si estuviera demasiado borracha para sostenerme. Y cada maldita semana, un chico bueno como tú se acerca a ver si estoy bien. “
Tampoco las mujeres se quedan fuera de estos planteamientos, ya que cuando la protagonista enfrenta a la directora que llevó la queja de violación de su amiga, ella además de que ni siquiera lo recuerda bien, alega que todos esos casos de abusos se convierten en una pelea de “ella dijo” contra “él dijo”. Por lo tanto, no es correcto arruinarles la vida a todos esos chicos que son acusados. Sumado a esto, comenta que las chicas se ponen en situaciones vulnerables por el alcohol, porque lo que no pueden esperar no tener consecuencias.
Cassie como respuesta plantea que entonces si todos esos chicos acusados de violación merecen el beneficio de la duda, la directora tiene la oportunidad de aplicar eso con su hija adolescente, que en ese instante supuestamente se encuentra en un cuarto con un grupo de chicos mayores, borrachos, a los que debería darles la oportunidad de “demostrar” que son buenos.
A varios niveles sucede lo mismo, desde la directora que toma la queja hasta el abogado que defiende al violador y que después confiesa que tuvo miles de esos casos en los que hombres jóvenes violaban mujeres y él lograba que salieran libres.
La comparación es clara: el violador pudo terminar la carrera, graduarse con honores y convertirse en un médico reconocido. Su amiga Nina, la víctima, dejó la carrera porque no pudo superar el abuso, lo que la llevó al suicidio. De paso, Cassie también se salió de la escuela para cuidarla y tampoco pudo terminar a pesar de que era la mejor de la clase.
Otra mujer que es cuestionada por la protagonista es una compañera de clase que se dedicó a difundir rumores acerca de Nina, en relación a que tomaba mucho y salía con muchos chicos. Y que, en el momento de la violación, no sólo no le creyó, sino que se dedicó a que nadie le creyera. Ella también recibe una lección de parte de Cassie.
El contexto familiar también juega un papel importante. En el caso de la protagonista, sus padres la ven como un fracaso puesto que no terminó la escuela y sigue viviendo con ellos. Notan que es infeliz en su trabajo, que no tiene amigos, tampoco pareja, que sale, pero que no lo hace para divertirse. Sin embargo, no saben cómo manejar la situación. Cuando desaparece, ellos son los primeros en decir que seguramente huyó porque no es una persona estable.
Por último, retomemos la idea del “chico bueno”, que es la que más claramente se desmiente a lo largo de la película. Cassie comienza a salir con un hombre el cuál de entrada parecería bueno. Un pediatra bromista, amable, de apariencia tierna e incluso un poco nerd. Es un ex compañero de la universidad que alega estar enamorado de ella desde esos años. No es el típico hombre guapo y atractivo, más bien del tipo encantador por torpe.
La primera pista de que los abusadores pueden venir en cualquier presentación es cuando caminando de regreso de la primera cita, Cassie va siguiendo el camino que él marca y “casualmente” terminan frente al departamento de él. Este es sólo el inicio. Aunque en un inicio ella nota ese comportamiento, termina por creer que es un buen chico y se hacen novios. Todo va excelente hasta que se entera de que él estuvo presente en la violación de Nina, la cual además fue grabada y distribuida entre ese grupo de amigos.
Comprendemos que la dinámica de “El club de Toby” involucra a su novio. Cuando ella lo confronta, él cambia por completo. De una actitud amable, pasa a la agresividad, de amarla, pasa a estar dispuesto a hacer lo que sea para no perder su reputación. Cassie quiere venganza y lo amenaza con publicar el video para que todos vean qué tipo de hombre es. Recordemos que él es pediatra y trata con niños todos los días.
Queda aún más clara la desigualdad de la situación cuando Cassie desaparece y la policía va a interrogar a su novio. Al ver que es doctor, lo tratan como si fuera imposible que él haya hecho algo. Buscan a toda costa que la declaración refuerce la idea de que ella era una chica parrandera, inestable, rara, irresponsable. Una mujer que, con toda razón, desparecía de un día para otro, se metería en algún problema o simplemente no merece ser buscada. Al final, incluso le agradecen al principal sospechoso (el novio), su labor tan noble de curar niños.
Esta hermandad que los hombres tienen y que busca a toda costa defender, justificar y ocultar los errores de los otros, apoyarse a costa de arruinarle la vida a miles de víctimas, es la misma que demuestran en la película cuando Cassie aparece vestida de bailarina erótica en la despedida de soltero del violador de Nina.
A pesar de que ella se presenta y no menciona el sexo como parte de su trabajo (ya que va de incógnito), los amigos del futuro novio hacen comentarios como “más vale que se vaya de aquí gateando”. La ven como un objeto, a tal punto que una peluca y un disfraz sexy basta para que no recuerden que fue con ellos a la universidad ni noten que les puso droga en la bebida. Y esta lealtad entre hombres, llega hasta las últimas consecuencias. El final lo dice todo, Cassie lo dice todo cuando menciona que, si la peor pesadilla de un hombre es que lo acusen de violación, imaginemos entonces la peor pesadilla de una mujer.
No sólo la trama habla, el soundrack es perfecto, la fotografía ni se diga y algo que especialmente me encantó, fue la relación del vestuario con lo que va ocurriendo en el film. Cuando Cassie sale a “cazar hombres”, así como tiene que cambiar su actitud y personalidad, cambia su forma de vestirse. En todas esas escenas está vestida con colores oscuros o neutros. Desde la primera escena del bar, donde lleva un conjunto de falda y saco negros, hasta cuando se presenta con la directora vestida también de manera formal en color negro.
Sin embargo, en las escenas donde parece que está feliz con su novio, cuando va a trabajar o platica con su jefa de la cafetería, se viste de colores pasteles, con ropa más casual e incluso con peinados un tanto infantiles. Siempre el contraste entre la personalidad que adopta para enfrentarse a la vida y la que adopta para confrontar a los hombres. Esa personalidad que desearía tener, de libertad, inocencia y ternura, ante lo que se ve “obligada” a ser, seductora, seria y lógica. Pero no se puede dar el lujo de aparecer ante los hombres como verdaderamente es.
Al final todo se combina, se pierde esa diferencia entre la Cassie “nocturna y vengativa” y la que trabaja en la cafetería y se viste de manera inocente. Al presentarse en la despedida de soltera, a pesar de que su maquillaje está cercano a lo que veíamos cuando salía de noche, su cabello es de su tono original mas todos los colores pasteles que suele llevar en el día. Es una pista de que de ahí en adelante, ya no se podrán separar los dos lados que hemos visto de ella, lo cual tendrá repercusiones en su destino.
Como conclusión, queda claro que la diferencia entre justicia y venganza se va diluyendo cada vez más en la mente de Cassie y que su sentido de moral tampoco nos lo presentan como el ideal, sin embargo, retrata de una manera cruda y sarcástica la realidad de vivir en la cultura de la violación. Los “buenos hombres” o “caballeros”, la revictimización, la familia como representación de la sociedad, los pactos entre hombres, las mujeres dentro de este sistema, las batallas que se convierten en “tu palabra contra la mía”, el sistema legal.
No se trata de cuestionarnos si la protagonista es una heroína, una vengadora o una maniática. Eso es lo que menos termina por importar. La película cumple el cometido de incomodar, seas hombre o mujer, desde la crítica, las bromas que duelen, y escenas que hemos vivido, ya sea como víctimas o victimarios. Apuesto que no hay manera de verla sin sentirse de una u otra manera, aludido. Y eso es justamente lo que necesitamos.
Asimilé la maldad ardiente
de la mentira
creatividad que más que prestada
muestra mi fragilidad.
Escucho las crueldades silenciadas,
se acumulan en el pecho,
se asoman en los ojos,
claman justicia.
Duelen los párpados
la impotencia se tiñe como rojo en la noche
algo duele brasa ardiente,
el magma de mis células
arrasa con mi paz.
Elizabeth Vázquez Pérez escribe desde siempreen la ciudad de Puebla, México. Estudió en el Instituto García de Cisneros y en la facultad de Contaduría Pública en la BUAP (2002). Estudió ensayo literario en la Secretaría de Cultura del gobierno del Estado con el autor José Luis Dávila (2019-2020). Ha publicado en revistas electrónicas: revista Hilal Puebla (ensayo Un vicio silencioso, 2020), Revista Foco Literario de Argentina (poesía, Haiku 2021) y Caracola Magazine en México (poesía Degustación, ensayo "Solo ellos pueden hacerlo" , relato " Dos por un cuarto de hora", 2021), editorial CEA España (retos escritura 2021,haiku) , ha publicado en Poesía de morras , Revista "El Cisne"(poesía) Participó en el concurso de Poesía de editorial JBernavil España (2021) con poema MI VOZ,MI VOLUNTAD Apasionada, creativa, no sabe quién es, le gusta escribir. No anda en busca de estilo, sino de retos