Entre calles y páginas | ¿Los jóvenes podemos comprar una casa?

Por Ángeles Serna

A inicios de enero, un amigo y yo nos juntamos para platicar y actualizarnos de las cosas que nos habían sucedido el año pasado, llevábamos tiempo sin vernos y, dentro de la conversación, hablamos sobre crecer y cuál es el sentido de nuestra vida. A raíz de eso, surgió el tema de la problemática de la vivienda en México –aunque se extiende a Latinoamérica–. En la plática, sólo mencionamos que los jóvenes deberíamos estar preocupados por cómo vamos a adquirir alguna propiedad, ya que, en la mayoría de los casos, es complicado conseguir financiamientos para una vivienda propia. 

En algún punto del año pasado, pensé en adquirir un departamento. La única razón era para estar más cerca de mi trabajo y algunos lugares que frecuentaba. También lo llegué a pensar para reducir el uso del carro. Revisando algunas zonas, precios de mensualidades y el costo de vida en Monterrey, tomé la decisión de descartar la idea de tener un espacio propio, al menos por cierto tiempo. 

El tema de la vivienda me ha dejado muchas preguntas, desde ¿en dónde quiero vivir?, ¿qué representa para mí tener una casa propia? hasta ¿cómo voy a pagar una propiedad? Todavía sigo en búsqueda de esas respuestas, pero la única que he podido desarrollar a lo largo de estos meses, es el significado de tener una vivienda, ya sea casa o departamento. Para mí representa uno de los aspectos de mi independencia como mujer joven, seguridad, desarrollo personal y un espacio donde puedo estar sola. 

A parte, el tener una vivienda es un derecho. El problema de este derecho es que resulta inaccesible para la mayoría de los jóvenes, debido a la falta de empleo, a los empleos informales y a los altos precios de propiedades, que genera años de pagos para que por fin puedas tener una propiedad. Hay que tener en cuenta el costo promedio de vida, al menos en Monterrey y algunos lugares de su área metropolitana son muy elevados. Por lo que, los ingresos no empatan con los gastos básicos para vivir en estos lugares. 

Incluso, el problema no acabaría reduciendo los precios de las propiedades, porque para considerar una vivienda adecuada debe de cumplir con siete aspectos indispensables según la ONU-Hábitat:

  • Seguridad de la tenencia
  • Disponibilidad de servicios
  • Asequibilidad 
  • Habitabilidad 
  • Accesibilidad
  • Ubicación
  • Adecuación cultural 

El primero consiste en asegurar la protección de los habitantes, brindando protección jurídica y dejando fuera cualquier posibilidad de desalojo forzoso. El segundo, es sobre que en la ubicación de la vivienda debe contar con agua potable, instalaciones sanitarias, energía para cocción, alumbrado y conservación de alimentos. En el tercero, se refiere a que una vivienda es asequible cuando el propietario destina al menos el 30% de su ingreso para el hogar.  El cuarto punto trata de garantizar la seguridad de los habitantes en la ubicación donde está su vivienda. 

La accesibilidad, quinto punto, considera las necesidades de los grupos desfavorecidos y marginados, a través del diseño de la vivienda. El sexto punto es sobre la ubicación, la propiedad debe estar ubicada en zonas donde haya acceso a oportunidades (escuela y trabajo) y fuera de riesgos y áreas contaminadas. Por último está la adecuación cultural, ésta debe de respetar la expresión e identidad de sus habitantes. 

Tanto en espacios académicos como laborales, me he topado con personas que viven a más de dos horas, ya sea de la universidad o del trabajo. Aunque, en algunos casos, residimos a una distancia de 30 a 40 minutos de las oficinas, pero, en el caso de Monterrey y supongo que en otras ciudades como la Ciudad de México y Guadalajara, el tráfico se ha llegado a extender a casi las tres horas de camino. Esto incrementa el gasto de gasolina y tiempo perdido, disminuyendo mucho la calidad de vida de sus habitantes. 

Por otro lado, la vivienda es mucho más que una cosa que se compra, Carla Escoffié menciona en su libro País sin techo (2023) que el “derecho a…” se construye con elementos materiales e inmateriales. Por eso, cuando pensamos en el derecho a la vivienda, se nos viene a la mente la idea de una casa, aunque es un objeto material, simboliza un espacio donde habitamos y nos desarrollamos.

Si hablamos de vivienda hablamos de gente habitando. El derecho a la vivienda podría definirse como el derecho a habitar un espacio y a evitar la situación de calle. No importa si la casa o departamento no es una propiedad a nuestro nombre: si ahí habitamos, ahí es donde ejercemos nuestro derecho a la vivienda. 

(Escoffié, 2023, p. 61). 

Aunque en México existen instituciones como el Fondo de la Vivienda del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (Fovissste) y el Instituto del Fondo Nacional de la Vivienda para los Trabajadores (Infonavit) que, por medio de un financiamiento, brindan la posibilidad de adquirir una casa. Sólo llegan a ser beneficiados las personas que trabajan en la economía formal, que también excluye a las personas de empleos informales, que en su mayoría son los jóvenes. 

En el proyecto de periodismo ¿Dónde vamos a vivir? Datos, proyectos e intentos de solución al problema de vivienda en América Latina de RedLATAM, expone el programa colombiano Jóvenes propietarios, que consiste en el apoyo a través de un financiamiento adaptado a las necesidades y posibilidades de cada joven entre 18 a 28 años para comprar una vivienda. Un ejemplo, es el caso de Mónica que adquirió su departamento a los 28 años. 

Para finalizar, sólo quiero agregar que en redes sociales como en charlas con amigos ha salido la frase “es que eran otros tiempos”, refiriéndose a que antes era más accesible adquirir una vivienda en México. Eso es verdad, aunque también se debe de poner sobre la mesa que estamos habitando un país que se ha transformado. Al menos, lo veo desde el desarrollo que está teniendo Monterrey y su área metropolitana. Este aumento de población (debido a la búsqueda de trabajo, oportunidades de estudio, etc) debe estar acompañado de ofrecer también una calidad de vida y la oportunidad de ejercer el derecho a la vivienda de una manera completa, desde casas o departamentos cercanos a los lugares de trabajo hasta precios accesibles para adquirirlos. 

Escoffié, Carla. (2023). País sin techo. Grijalbo 

Infonavit. (2021). El nuevo paradigma de una vivienda adecuada. https://comisiones.senado.gob.mx/desarrollo_urbano/docs/climatico/PV_1.pdf 

RedLATAM. (2023). ¿Dónde vamos a vivir? Datos, proyectos e intentos de solución al problema de vivienda en América Latina. https://viviendalatam.distintaslatitudes.net/ 

Ángeles Stefanya Serna Moreno

Angeles Stefanya Serna Moreno (Monterrey, Nuevo León) es egresada de la licenciatura en Letras Hispánicas de la UANL, en donde obtuvo el primer lugar de generación. Fue becaria en el Centro de Estudios Humanísticos (2020) y el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora (2021-2022). También fue la primera residencia universitaria en el Centro de Escritores de Nuevo León (2022). Colaboró en sitio oficial de noticias de la UANL, Punto U, con notas periodísticas sobre Arte y Cultura. Además, ha sido ponente en diversos congresos a nivel nacional e internacional en las áreas de literatura, teatro y sociología.

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Cuando vamos calle abajo por Jeanne Karen en La máquina verde

Hace más de veinte años que aprendí a conducir un vehículo, hace casi cuarenta, me subí por primera vez a una bicicleta. La bici me costó mucho más trabajo manejarla, esa situación de agarrar los manubrios, pedalear, mirar para todos lados, bajar los pies cuando necesitaba pararla, por alguna razón no confiaba mucho en meter el freno de forma intempestiva, creo que se debió al primer porrazo que me llevé al internar andar en ella, pero al final lo hice, el equilibrio llegó a mi cuerpo.

Lo que recuerdo con más amor, con claridad, con todas mis ganas, es la forma en que me animé, la forma en que arranqué, el minuto en el que por fin decidí levantar mis pequeños pies del suelo, era un suelo de tierra, bastante más agradable que uno de asfalto.

Allá iba yo con el primer impulso, con la sonrisa en el rostro, pero, ¡paren un segundo!, también iba con una cosa que sentí justo en ese instante: la incertidumbre.

Y vaya sensación extraña, allá iba calle abajo, pero ¿para dónde, cómo, qué fuerza estaba llevando a mi yo pequeña a qué lugar?

No sé cómo hicieron ustedes en su infancia o cuando aprendieron a hacer algo para zafarse de lo incierto, de esa tela que se posa sobre nuestras cabezas y no deja pasar la luz de la razón, la luz del conocimiento, la luz de lo objetivo. Recuerdo que el primer día que me subí a la bicicleta, en mi cabeza comenzó a maquinarse una historia, así me ayudé a mí misma con cada cosa que sucedía sobre la calle de tierra, me adelanté a los hechos, con inocencia y con dulzura, en mi mente colocaba una hilera de carros adelante, luego un parque, luego un desfile y así, al presentarme los sucesos con antelación, el propio ritmo de mi corazón comenzaba a calmarse, había visto sin ver.

Cuando comencé a conducir un automóvil, la ciudad todavía no era el monstruo en el que se ha convertido en los últimos años. Era una ciudad mediana, por llamarla de algún modo, con la quietud de los jardines, el espacio suficiente entre los autos estacionados y los que van rodando, con pocos perros atravesando de forma intempestiva las avenidas principales. De pronto y ya frente al volante, me sorprendía a mí misma, la respiración volvía a su ritmo, a ese ritmo de la infancia, la mente en blanco, la espantosa espera, pero al mismo tiempo tenía ya la receta, la solución sencilla para aniquilar otra vez mi miedo.

Volvía a mí el desfile, la hilera de pinos, la calle que corre hacia abajo, pero ahora asfaltada. Adelantarme a los hechos, conjuntar en mis pensamientos la sensación de bienestar con las imágenes necesarias para seguir, ir hacia adelante, en donde ya había imaginado que estaría un auto atravesado, un perrito corriendo desaforado, una señora haciendo la parada al camión casi a media calle. Entonces sucedía que cuando me encontraba algo en mi camino, el temor estaba superado, no había mucha fuerza en la sorpresa.

Inventar me salva, me ayuda a seguir. Saco otra historia cuando necesito echar a andar la bicicleta de la vida, le doy forma a lo que viene, le pongo las luces, los señalamientos, el estruendo de las bocinas y en mis días se dibuja otra vez el cielo en calma, azul y predecible, limpio y con todas las respuestas. Sonrío.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.

Insurrecciones Estéticas | Vidas pasadas: romper los hilos rojos

Por Selvia V. Kotasek

Necesitamos otros relatos, con otros personajes, con otras tramas y otros finales felices, pero también es urgente que nosotras mismas podamos protagonizar todos estos cambios para poder ofrecerles modelos de feminidad y masculinidad alternativos, y ejemplos de cómo relacionarse con amor, cómo resolver los conflictos sin violencia, como relacionarse en estructuras horizontales, cómo tejer sus redes de resistencia frente al patriarcado.

Coral Herrera [1]

El tan sonado “mito del amor romántico” se ha gestado culturalmente de múltiples de maneras, una de las más reconocidas son las películas. Las hay de amor, por supuesto, pero incluso aquellas cuyo tema central no es una relación de pareja, casi siempre contienen un interés romántico que acompaña al protagonista (hombre, claro) para hacerlo ver más valiente, heroico, fuerte o chistoso, a través de otro personaje (femenino, obviamente) generalmente bastante insípido para no opacar a nadie.

Entre las muchas ideas que derivan de este problemático mito, una de las principales es aquella que nos hace creer que el amor, para ser verdadero, tiene que ser producto del destino; mágico, fácil, perfecto, y por supuesto, eterno. Sin importar qué pase. De hecho, se ha popularizado una idea que encierra todas estas características en una leyenda: un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo se puede estirar o contraer, pero nunca romper.1

Así, muchas películas e historias de amor giran alrededor de esta idea que nos dibuja un amor escrito en las estrellas que, después de la resolución de algunos conflictos, es feliz para siempre. Afortunadamente, nombrar y caracterizar al mito del amor romántico ha contribuido a que muchas mujeres nos demos cuenta de idealizaciones que nos hacen daño, e incluso podemos relacionar estas ideas con la violencia que vivimos. Esto ha sido un gran avance del movimiento feminista. Sin embargo, todavía se nos dificulta nombrar cómo deseamos vivir el amor en nuestra vida; y esto se debe, entre otras razones, a la falta de referentes culturares que contengan nuevas representaciones sobre el amor.

No es que no haya productos hechos desde una mirada diferente, pero no son muchos y la aplastante cultura hegemónica se los ha comido haciéndonos creer que la estereotipada, es la única manera de representar el amor. Afortunadamente, cada vez podemos acceder más a esas representaciones otras. Prueba de ello, es Vidas pasadas, una película de Celine Song que no ha pasado desapercibida en la cultura popular debido a su participación en la recién terminada ‘temporada de premios’; y que narra la historia de Na Young, o posteriormente Nora, quien emigra junto con su familia de Corea a Canadá, dejando atrás una relación cercana con Hae Sung, su amigo de la infancia, con quien parece no poder coincidir en su niñez y tampoco en su adultez. Las posibilidades interrumpidas abren una serie de cuestionamientos que se ven complejizados al ocurrir en su presente, el cual habita en Nueva York y comparte con su esposo, el también escritor, Arthur.

El concepto central que acompaña esta historia es el inyeon: “si dos extraños se cruzan en la calle y sus ropas se rozan accidentalmente, significa que debió haber algo entre ellos en sus vidas pasadas. Si dos personas se casan, dicen que es porque ha habido 8 mil capas de inyeon a lo largo de 8 mil vidas” cuenta Nora al conocer a Arthur.

A pesar de ser un tema que fácilmente podría caer en clichés, Song evita hacerlo y en cambio, nos ofrece una mirada fresca, con pocos diálogos y un ritmo lento y constante, de eso que atraviesa con frecuencia nuestras vidas, así como las relaciones amorosas: el fantasma del pasado. Ese que se aparece para cuestionar las decisiones realizadas, los ‘hubiera’ y, en el contexto de una pareja amorosa, la fortaleza del lazo. En una versión estereotipada de esta situación, hubiéramos visto un conflicto amoroso que terminaría al ver quién tiene más inyeon con Nora: Hae Sung o Arthur (tengo tantos referentes de amor romántico que casi puedo imaginar cómo sería una comedia romántica de esa situación). 

Sin embargo, a pesar de que pudo haber plasmado los roles que se espera de los dos hombres y la mujer, Celine Song nos regala un retrato alejado de ello, sin que eso implique negar la complejidad de emociones como los celos, la incomodidad o la tristeza. La directora muestra con honestidad las inseguridades que conlleva no saber todo de la otra persona, que en el fondo, es el miedo de no poseerla, una emoción real, pero abordada en un diálogo sencillo entre Nora y Arthur que deja ver que efectivamente, estar en una relación y amar alguien, no está peleado con tener un pasado y una parte de tu vida presente reservada sólo para ti.

Una de las respuestas más comunes en redes sociales a la película fue señalar la excepcionalidad de la experiencia de Nora al relacionarse con dos hombres que resultan ser afectivamente responsables. Mucho se puede decir al respecto, como cuestionar si realmente es así; señalar la importancia de no colocar en pedestales a quienes se muestran responsables; o analizar en qué consiste esa ya famosa “responsabilidad afectiva”. Aunque todo ello me parece importante, por ahora me gustaría señalar lo que para mí resalta respecto a los dos hombres: una representación fresca, aunque irreal, de la masculinidad. Sin intención de construir altares, y mucho menos de traer la narrativa de “las nuevas masculinidades”, me parece que Song logra evadir lo que se esperaría de las dos figuras masculinas, pues ante una situación como la que relata, los celos y la competencia llevarían a Hae Sung y a Arthur a realizar acciones para “marcar territorio”, uno cobijado por el pasado y el otro por el presente. Sin embargo, no es así e incluso, a pesar de la barrera del idioma, llegan a reconocer el inyeon entre ellos.

Esa masculinidad fresca y responsable, parecer ser el verdadero cuento de hadas, porque seamos honestas, ¿a cuántos hombres conocemos así? Sin embargo la ficción en esta historia ya no contiene magia y príncipes azules que se pelean por una princesa indefensa, sino que plantea condiciones que deseamos y merecemos (la famosa responsabilidad afectiva) y lo más importante: una protagonista más real y compleja que, en lugar de esperar el amor mágico, el karma, el hilo rojo o el destino, decide dónde y con quién vivir su historia de amor. Con ello, Song está creando un nuevo referente en el cual imaginar y significar las relaciones de pareja, con personajes capaces de superar las dicotomías de género: activo-pasiva, poseedor-posesión, rescatador-rescatada, héroe-villano y con una narración complejamente sencilla que se distancia de las más comunes dicotomías amorosas: tristeza-felicidad; conflicto-resolución; amor-desamor.

Vidas pasadas se vuelve una historia de amor donde la protagonista marca la pauta de la historia, y no al revés; lo que resulta en una historia no sólo romántica, sino que también puede contar un poco del crecimiento personal de Nora y lo que su origen ha influido en ella, es decir, una historia donde la mujer no se desdibuja en una idea fantástica e irreal. Esto es posible, desde mi punto de vista, gracias a la mirada femenina que escribió y dirigió esta historia. Y no porque las mujeres seamos intrínsecamente anti patriarcales, sino porque hay una intención de plantear una historia fresca, por decir lo menos; e insurrecta, para ser más justas, además de bella.

Creo que Vidas pasadas es uno de esos referentes que andamos buscando. Nuestros nuevos cuentos de amor deben ser aquellos que nosotras contamos y nos narramos sin desaparecer por el otro, donde no esperamos sentadas a ver qué nos deparan las estrellas, sino que salimos a buscarlo. Y no aceptamos menos. Ni por destino, ni por tradición, ni por miedo.

Necesitamos escribir, filmar, cantar, actuar estas nuevas historias de amor. Porque enamorarnos nunca ha sido el problema, sino que el amor haya sido usado para mantenernos oprimidas. Acabemos entonces con esos cuentos del destino, cortemos los hilos rojos que nos mantienen donde no crecemos y no podemos ser nosotras mismas; y tejamos historias coloridas, diversas y complejas tal como sus protagonistas: nosotras.


  1. https://www.lashilanderas.com/las-historia-del-hilo-rojo-las-hilanderas/ ↩︎

Te invito a leer otras entradas de mi columna «Insurrecciones Estéticas»:

De recuerdos, aventuras y reflexiones| Navidad sin ellos

Por Tania Farias

Los meses pasaban y la primera Navidad fuera de mi país y muy lejos de casa, llegó. Llegó cargada de melancolía y de recuerdos. Llegó cargada de buenas intenciones y de deseos por descubrir las tradiciones del lugar donde vivía, pues al final de cuentas, el emigrar es también el estar abierto a todo aquello que nos es diferente.”Al mal tiempo buena cara”, solía escuchar a los adultos cuando era niña, así que con curiosidad intentaba ser partícipe de la fiesta en el hogar de la familia A.

Desde niña, Navidad ha sido y sigue siendo uno de mis momentos favoritos del año. Siempre la he esperado con alegría y entusiasmo. Una vez la fiesta de la Virgen de Guadalupe pasaba, los preparativos para la Navidad entraban en modo acelerado. Con el inicio de las posadas, las casas se engalanaban para la celebración. Aún recuerdo los enormes nacimientos que una de mis tías recreaba en el patio de la casa familiar; un pueblo entero cobraba vida alrededor del pesebre, con sus personajes tradicionales, muy a la mexicana, pues no faltaba aquella figurilla miniatura representando a una mujer echando tortillas en un comal. Tampoco podía faltar el arroyo creado con trocitos de espejo, que corría en todo lo largo de la representación. Recuerdo participar en el montaje, trayendo y llevando objetos. Y por supuesto, estaba la cena de Navidad, después de asistir a la misa navideña, en esas reuniones numerosas, donde la familia entera se sentaba alrededor de la mesa para celebrar juntos; y los niños corriendo, jugando, riendo. Después venían esos despertares emocionantes en la búsqueda por descubrir lo que “el Niño Dios” nos había traído por habernos portado bien.

Aunque las celebraciones navideñas cambiaron con el transcurso de los años, la emoción que la cercanía de dicha fecha creaba en mí, seguía tan encendida como siempre en mi corazón. Sin embargo, lejos de casa, esa emoción se mezcló con una profunda tristeza. Intentando guardar el ánimo, buscaba a través de preguntas descubrir algo especial en la manera en que la familia A celebraría esa época. Aunque no era mi familia, yo necesitaba reuniones familiares, largas mesas llenas de comensales, música, risas.

La Navidad en casa de la familia A tuvo, por supuesto, su particularidad. Aunque faltaba un tanto del entusiasmo al que estaba acostumbrada. No recuerdo que hubiéramos puesto un árbol o un nacimiento; tal vez lo hicimos, pero, en todo caso, debió haber sido tan pequeño que no lo registré en mi memoria. Además, la celebración del veinticuatro por la noche sería algo íntimo, sin ningún invitado más de los que solíamos estar en la casa de manera cotidiana. La celebración con la familia, los abuelos maternos y algunos tíos y primos sería al siguiente día cuando iríamos al lugar donde vivían los abuelos, un pueblo a unas dos horas de distancia. Y en realidad, para mí fue ese momento, en que estuvimos en medio de más miembros de la familia, en que volví a sentir un poco la alegría que solía sentir en esas fechas.

La familia A era originaria de la región de Lyon, la segunda ciudad más importante de Francia, situada cerca del centro del país. Se habían mudado algunos años atrás hacia esas regiones del sur, creo yo que por cuestiones laborales y por la oportunidad de ser los dueños de una hermosa casa donde los niños pudieran crecer con un amplio espacio. La tradición navideña que ellos celebraban, según me dijeron, era muy común en la región de donde eran originarios: Treize desserts, que como su nombre lo dice, consiste en servir en la mesa trece postres diferentes, representando a Jesús de Nazaret con sus doce apóstoles, a través de frutos secos, algunas frutas frescas y dulces como el nougat, un tipo de turrón.

Algunos días antes de la celebración fuimos, junto con los niños, y la señora C a la ciudad de Uzès para comprar los ingredientes. A mí me emocionaba el descubrir una nueva tradición la cual añoraba desde ya el poder compartirla con mi familia. Me imaginaba el contarles cómo había celebrado mi Navidad, haciendo hincapié en las diferencias.

L y yo fuimos las responsables de la decoración de la mesa, con sus trece postres y todo. Las dos nos tomamos nuestro papel muy en serio y dejamos una mesa linda, lista para la cena después de la celebración eucarística a la que asistimos a las siete de la noche. Todo era nuevo y a la vez familiar. La misa era la misma, solo que en un idioma distinto; miré alrededor y me entristeció ver las paredes desnudas del recinto; el templo no estaba adornado con colores y flores como los templos en mi pueblo, no había esa algarabía, ni esa luminosidad por la importante fiesta que celebrábamos. Las calles estaban frías; añoraba ver caer por primera vez la nieve, pero no tuve esa suerte.

De regreso a casa, nos sentamos a la mesa. Tuvimos una cena demasiado larga para mis costumbres, pero según me dijeron, era sencilla pues la verdadera celebración sería al siguiente día. Comimos los trece postres, y la celebración terminó. La había pasado bien, había descubierto nuevas tradiciones, nuevos platillos, y lo más importante, no había estado sola; sin embargo, seguía añorando mi casa, mis tradiciones, mi gran familia, los abrazos.  

Esa noche me fui a dormir con el corazón triste, con un sueño ligero en el que me transporté por miles de kilómetros para estar con ellos, con mis seres queridos. Me levanté temprano, eran las siete de la mañana en Francia y las doce de la noche en México. Llamé a casa para desearles una feliz Navidad. Por el auricular podía escuchar la fiesta que seguía en su apogeo. En ese momento tan solo deseaba tener el poder de regresar a casa.

Cuando colgué corrí a mi habitación para refugiarme y poder llorar con libertad. Los extrañaba. Navidad sin ellos, por más que lo había intentado, no había sido navidad. 

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ESCRIBIR NOS LIBERA: ¿CÓMO ESCRIBIR DESDE CERO?

Por Aimeé Miranda Montiel

Escribir es una pulsión que desahogo en cualquier medio que tenga a la mano, me caga cargar con la compu, pero esa libreta llena de abejitas, me acompaña siempre, casi siempre.

Muchas veces nos cuestionamos cómo empezar a escribir, lo que sea, ya hemos hablado del terror a la “hoja en blanco”, te dejo AQUÍ la columna donde nos echamos el chisme largo y tendido al respecto; pero más allá de lo mucho que puede llegarnos a imponer la famosísima “hoja en blanco”, hay veces que ni si quiera nos presentamos a escribir, porque no sabemos ni qué carajos vamos a poner en palabras.

Y solemos quedarnos ahí trabados en la interminable e incontestable pregunta: ¿sobre qué escribir y cómo empezar? La neta, es que hasta mí misma a veces se me olvida poner en práctica lo que aquí te voy a contar, pero por eso quiero publicar esta columna, como un recordatorio amoroso tanto para ti como para mí.

La esencia de escribir, es plasmar en palabras un tiempo y un momento en específico, ya sea de una vivencia real, de una historia creada en nuestra imaginación, de un hallazgo científico o una epifania, o bien de un sentimiento; jamás vas a poder escribir eso, de la forma particular que lo harías aquí y ahora, porque todxs vamos cambiando día con día, y aunque a veces esa evolución es imperceptible para nosotrxs, lo cierto es que sucede.

Por ello es importante que escribas “por pulsión” y con constancia, y me explico, a todxs nos ha llegado ese momento de inspiración en que decimos: “wooow, qué buena historia, estaría increíble escribirla” o “todo esto que estoy sintiendo me rebasa tanto que quisiera sacarlo”, o quizá vamos construyendo historias en nuestra cabeza que si les diéramos la oportunidad de escribirlas, se convertirían en algo grandioso; pero tan es importante escribir ante esas “pulsiones”, inspiraciones o destellos creativos, como lo es escribir con constancia, de verdad tomarte unos minutos de tu día para agarrar la hoja y la pluma o la compu y ponerte a darle a esto de la “escribición”.

La escritura es maravillosa, y aunque ya lo he dicho en otras columnas, lo vuelvo a repetir: escribir es compartirnos con otrxs de una manera tan única y especial que nos hace entretejer con lxs desconocidxs y con lxs familiares parte de nosotrxs que no mostramos usualmente. La escritura es ese hilo que genera conexiones íntimas que de otra manera no serían posibles. Y sí, como ya te la sabes: ESCRIBIR NOS LIBERA.

Sigue creyendo en tu escritura y gracias por creer en la mía, aquí te dejo este pedacito de unos versos que ando “escribiending”:

“El dolor que venía cargando por años,

se disolvió con la calidez de tu presencia

Y verte ahí sentado contemplándome,

Fue una nueva manera de poder mirarme.”

Gracias infinitas por leerme, puedes escribirme en los comentarios de este blog, o por DM en Instagram: @leer.eschingon o @viveconmagia.aimeemiranda

Y sigamos juntxs escribiendo, porque ESCRIBIR NOS LIBERA.

Viento que llega por Jeanne Karen en La máquina verde

Trato de concentrarme, para nada en particular, no hay un objetivo. Puedo realizar cualquier actividad en este momento, pero el viento no deja de mover las palmeras del jardín comunitario. El ruido es tan fuerte que parece el castigo del día. Lo oscuro del cielo empieza a verse profundo, como si quisiera que mi mente se pierda de nuevo en lo alto, en el todo. Y aquí estoy. Reúno palabras, junto mis fuerzas, mis manos apenas obedecen. A veces así son los días, nuestros días, fuertes ráfagas que no nos dejan andar con libertad por ninguna parte.

***

El polvo se mete a los ojos, a la boca, a la nariz, somos de pronto su refugio. Lo volátil escapa a nuestra mirada. La calma llega pero dura unos minutos y otra vez el mismo clima. Lo único apacible aquí es la suave luz que entra por la ventana. Lo demás es el rugido. Busco cobijo. Entro a mi habitación sin encontrar un rincón en silencio. Es de día, pero cuando el viento viene de noche se lleva la paz, la de cualquiera. Hay algo inexplicable en su movimiento, no da oportunidad de hacer ninguna pregunta. Va por debajo de cada débil puerta de una casa, se apodera del descanso de la escalera, de la parte baja de los pesados muebles. Mueve con fuerza los conjuntos de campanas, cada colgante es una frase en su hondo vocabulario.

***

En el piso, entre una pared y un librero pesado, la tierra fina formó un mapa con las gotas de agua y el paso de los días, el paso de la vida. La huella de lo que fuimos. Manchas que dibujan una bahía, márgenes de lo que amamos. La vista ya no se posa en los objetos, la luz suave ya no entra ni desarregla las tardes de las vidas que tuvimos.

***

Viento, llévate las canciones, los aromas, las mañanas del café. Levanta la polvareda. Tengo la linterna a la mano, mi guía artificial.

***

Has cerrado los caminos, sin embargo a ti nada te frena. Llevas otro nombre.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.

Adórnese el altar con flores, con la moderación que conviene a la índole de este día.

Me quiero arrancar las entrañas en la vía pública para que sientan un poco de mi dolor.

Soñé que robaban arándanos en racimo y una col enorme y de tres colores (naranja, morado y verde) de mi jardín. Antes de despertar alguien me preguntó si ya había cosechado mis zarzamoras.

Wittgenstein escribió:

2.024 La substancia es lo que persiste independientemente de lo que es el caso.
2.025 Es forma y contenido.

Y yo quise llorar de tanta belleza.

Me gusta cuando es de noche y me puedo lavar las manos y lavar la cara. No tener que usar ropa interior, peinarme el cabello. Darle corazones a los gatos y agua. Al corazón. Mirar la luna y preguntarle a dónde va. Luego limpiar, luego besar a los gatos. Acicalar. Sudar. Soñar.

Doritos y Coca | El uso total de la palabra

Todos los usos de las palabras para todos me parece un buen lema, tiene un bello sonido democrático. No para que todos seamos artistas, sino para que ninguno sea esclavo.

Gianni rodari

Por Silvia Santaolalla


Escribir es saltar al vacío. Es abrirse a los demás. Rebuscar en el interior y mostrar las entrañas. La escritura es siempre punto de no retorno, pues una vez que nos decidimos a usar la palabra, a domesticarla, a volverla nuestra, jamás volveremos a ser las mismas. Hace un par de años decidí comenzar a generar talleres que compartieran la pasión que le tengo a la palabra. Después de un largo proceso de aprendizaje, cambios, dudas y resultados interesantes nace el Laboratorio de prácticas literarias abyectas, y con él la invitación a quién quiera unirse a saltar al vacío conmigo. Cuando escribo esto, han pasado ya dos meses desde que estuve en la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca durante el 1er Coloquio y Seminario en Pensamiento Artístico aplicado a la Pedagogía impartiendo una primera versión de este laboratorio. Este texto es sobre las cosas que me dejó esta experiencia y la gente que se atrevió a acompañarme en una exploración sobre lo no reflexivo que nos habita.

Les propongo un ejercicio de imaginación: diez pares de ojos mirándote atentamente, diez libretas frente a esos ojos, tres horas durante dos días para intentar llevar a diez personas a lo que a mí me ha costado cuatro años entender. Estas diez personas, diversas en sus contextos y personalidades, que iban en todas direcciones, edades diferentes, experiencias heterogéneas, ninguna igual a la anterior, compartían una sola expectativa: saber qué es un Laboratorio de prácticas literarias abyectas y cómo éste podría impactar en su proceso narrativo. Es difícil explicar tanto a esos diez pares de ojos, como en este texto, la manera en la que llegué a elaborar este laboratorio. Mi camino, tal como yo lo veo, tuvo dos etapas: la primera en la que desarrollé mi postura sobre el aprendizaje de la escritura como procesual, continuo y cambiante, pero sobre todo colectivo; la segunda dónde adopté lo abyecto como un acercamiento estilístico que confronta al sistema y por lo tanto me permite acceder a lugares que de otra manera parecieran innombrables. Este proceso que pareciera sencillo, me costó cuatro años poder comprenderlo, desarrollarlo y compartirlo con este grupo de personas que confiaron en mí para abrirse camino en la literatura.

El término laboratorio en lugar de taller tiene una postura política que responde a la necesidad de experimentación. En poder ver la obra no como un objeto terminado sino como un proceso cambiante que permite a quien escribe probar distintos acercamientos a la palabra. Aproximándose así a la narrativa de una manera flexible, que a través de los cambios nos muestra otras caras de las que podemos aprender. Este acercamiento partió de mi formación y experiencia como artista audiovisual. Al leer el libro Práctica del guión cinematográfico (1991) del guionista francés, y colaborador de Luis Buñuel, Jean Claude Carrier (1931-2021) confirmé que no existe un método para escribir. Si esto era así, entonces, ¿cómo se puede propiciar la escritura? ¿Cómo escribimos y cómo enseñamos a escribir? ¿Hay algo que se pueda definir como enseñar a escribir?

Cuando hablo de abyección lo hago desde la postura de la filósofa, teórica, psicoanalista y feminista francesa de origen búlgaro Julia Kristeva (1941) que en su libro Poderes de la perversión: ensayo sobre Louis-Ferdinand Céline (1980) propone a la abyección como una transgresión a la moral de la cultura oficial por medio de un diálogo con su contexto social. Para Kristeva, la confrontación con el orden político y social solo se puede conseguir a través de un lenguaje que se rebele y que ella encuentra en la abyección. Solo de esta manera podrían lograr un control de la narrativa que autoras como Mónica Ojeda, por poner un ejemplo, llaman “sodomizar la palabra”. Es así como a finales del año pasado nace el Laboratorio de prácticas literarias abyectas, pensado en su totalidad como un lugar dónde la exploración está encaminada a través de la abyección.

Volvamos a los diez pares de ojos sobre mí. ¿Qué te da miedo? ¿Qué te da asco? ¿Qué odias? Son las preguntas con las que abro el laboratorio y con las cuales se presentaron entre todas las participantes[1]. Desde el comienzo todas estaban conscientes de que en conjunto confrontaríamos las estructuras del orden que muchas veces pasan desapercibidas y que frenan nuestra escritura. Uno de los primeros textos que se leen en esta versión del laboratorio es Los que se alejan de Omelas, (1973) de la escritora especulativa estadounidense Úrsula K. Le Guin (1928 – 2018). Quienes conozcan el cuento sabrán que Omelas es una ciudad utópica que se describe como un espacio libre sin gobierno, clero ni milicia. Dónde los habitantes viven en un confort que escapa a nuestra imaginación a cambio de regirse por una sola regla. Esta regla, que se devela hacia el final del cuento, consiste en que un niño o niña vive encerrado en un pequeño cuarto oscuro y húmedo, alimentándose solo de sobras que le son dadas de vez en cuando y recostándose sobre sus evacuaciones a cambio de que la utopía se sostenga para los demás. Después de la lectura de este cuento, una de las participantes expresó su temor a que esto se cumpliera en la realidad algún día. A lo que otra señaló que quizá ya vivíamos en esa realidad. Y es esta conversación la que me parece que puede resumir mi búsqueda literaria: esta es la realidad para muchas personas y solo la abyección puede revelar en la literatura esos estados innombrables en los que vivimos. Por eso me parece tan relevante que un espacio que explora los alcances de la palabra se abra a las discusiones que amenacen los sistemas que buscan homogenizarnos. Y que como afirma Kristeva, quienes escribimos construyamos contra y con lo abyecto. Sobre todo cuando nosotras somos esa abyección encarnada.

No entraré en especificidades que vulneren a los diez pares de ojos que me acompañaron durante dos días en el laboratorio. Sin embargo, puedo afirmar que todas encarnábamos diferentes abyecciones. Todos esos ojos, incluidos los míos, pertenecíamos a aquello que las sociedades rechazan. Si no fuera así, no habríamos coincidido en el mismo espacio. Si no fuera así no se habrían escrito textos como el siguiente:

Le ofrecí lo que preparé, pero justo en el último bocado se abalanzó sobre mí. Excitada dejé que me pegara, mientras obtenía lo que había estado esperando: su piel, sus manos. ¡Aborrecible! Fui asimilando cual caricia el dolor de los golpes en cada grado de intensidad. Se fue. Así que tomé mi lápiz labial y re hice mi dignidad.

Híbridos literarios que reflexionaban de esta manera:

Llegué tarde a la junta de producción. Me pidieron buscar extras para el video clip de Alejandro Sanz: No es lo mismo. Los españoles querían aprovechar lo barato de filmar en México. Querían negros que jugaran básquet y negras que supieran patinar o hacer patineta. Heidi, su novia agregó: ¡Estamos de moda!

O micro ficciones potentes como la siguiente:

Mi tolerancia y paciencia, son nulas hacia aquellos seres de rosas brillantes, que con su presencia aborregan la tersidad fría de mi existencia.

Como he escrito antes, creo firmemente en la relación que hay entre quien toma la palabra, la doblega, la hace suya y la desobediencia. Y es por eso por lo que agradezco que estas diez personas que conformaron el primer Laboratorio de prácticas literarias abyectas se atrevieran a desobedecer todo lo que habían aprendido sobre literatura y me dieran la oportunidad de explorar en conjunto aquello que vive secreto e inconfesable y que solo la literatura puede tocar. Estoy segura que seguiré replicando estos espacios de exploración y búsqueda pues como afirma el escritor, pedagogo y periodista italiano Gianni Rodari (1920-1980): “Todos los usos de las palabras para todos me parece un buen lema, tiene un bello sonido democrático. No para que todos seamos artistas, sino para que ninguno sea esclavo” (7).


[1] En el caso de este laboratorio, existió la participación de dos hombres, sin embargo, se acordó en conjunto que se mantendría el femenino como genérico del grupo.

Silvia Santaolalla, habladora, malcriada y rebelde. Escritora y artista visual. La primera de las dos ñañas siamesas. Su trabajo aborda temas como: el género, la sexualidad y el cuerpo. Ha sido publicada en las revistas: Marabunta (2018), Gata que ladra (2019), Punto de Partida UNAM (2022, 2023), Página Salmón (2022), Especulativas (2022).

Extraño Cotidiano * La belleza, Dios y el miedo IV

Susana Argueta

– ¿Dónde está el GPS?

-¿Qué?

-¡El GPS, no te hagas pendeja! ¿Tiene GPS el carro?

¿Tiene GPS? ¿Cómo es un GPS? ¿Qué es un GPS?

– Si tiene.

– ¡Dónde está?

-No sé dónde está.

– ¿Y qué tal si te meto un tiro?

-¡Pero no sé dónde está!

-¡No me grites! ¿A qué te dedicas?

– Soy jubilada.

-¿Qué hacías antes?

¿Por qué hurga en mi vida?

– Maestra.

¿Por qué me traicionan mis niños? ¿Por qué me pegan mis niños? Los niños lastimados. Los niños de sonrisa triste y frío en el alma. Mis niños tristes. ¿Por qué lloran los niños tristes?  Veo a los niños, a mis niños. No veo la cebada. No veo el cielo ni los reflejos del agua. No escucho los borregos ni los perros ladrando. No hay viento. La hierba. Me aferro a la hierba. Mis uñas se llenan de hierba. Es tibia, es suave. Es una suave cama. Habito la hierba. Habito la tierra. La tierra es Dios.

El altavoz. Me habla el Patrón. Desde lejos. Me habla el Patrón. Me da miedo. Me da confianza. La voz me da confianza.

– Tienen instrucciones de no lastimarlos, de no causarles daño. Solo queremos el carro. Solo diles donde está el GPS.  ¿Los tratan bien?

La pistola en mi cabeza. El GPS. El GPS. El GPS.  Juro por Dios que no sé dónde está el GPS.

– Si, nos han tratado bien.

La pistola en mi cabeza. No puedo respirar. ¡Me duele! Debajo del brazo. No veo nada. No veo dónde me ha pegado. Veo mis pulmones blancos y el viento amarillo. Me duelen.  Me duele respirar.

-¡No grites pendeja! ¡Cállate!

– ¡No puedo respirar!

La pistola. La pistola negra en la cabeza.

– Ah, ¿verdad que si puedes respirar?

Con la pistola negra en la cabeza puedo respirar.

– A ver, mija. No vale la pena el carro. Te voy a violar si no me dices dónde está el GPS. Te vamos a violar entre todos, entre los cuatro.

Imagen: La presa. @Susana Argueta

Por tu grande culpa, carta de una hereje

Versátil : La libertad de pensar

Se dice que todos encontraremos al todopoderoso.

Y si es eso cierto , algún día dios y yo nos veremos cara a cara.

Tendrá que pedirme perdón por todas las veces que recé su ayuda y el solo ignoró el llanto de una niña herida.

De rodillas pedía que me protegiera de aquellos que me lastimaban , Clamaba suplicante por una señal,

Pero ni una sola vez se dignó a mirarme

Y mientras lloraba y crecía me di cuenta que aquel a quien veía como dios no era más la figura de un hombre clavado en la cruz.

Deje de arrodillarme y bajar mi cabeza por él.

Si él me abandono yo también podía abandonarlo a él,después de todo dios, no es un dios sin quien le adore.

Como ya no creo en él, soy libre de vivir sin miedo a su juicio.

E de vivir según mí ley y mi conciencia ,

No habrá pecados que pagar con penitencia.

Pero si lo encuentro ahora será él quien deba suplicar .