Todo pasa, vos seguí.


Por Camila Lano @le_oga

Acerca de:

Escribo y pinto. En este caso usé yeso paris y acrílicos. Disfruté mucho hacerlo y lo mando porque lo hice en un momento particular, era 2020 y estaba encerrada, por eso la tetera se ve cortada, como que el espacio le queda chico, y en ese entonces escribí, pinte y me la pasé tomando té y más té. De menta y de otras plantas también. El té y el arte me acompañaron, me sentía incomoda encerrada porque soy una persona que necesita pasear pero el té me reconfortó, me dio abrigo en un momento donde el sistema y la crisis sanitaria me encerró en un lugar donde no quería estar, un lugar que no es para mi, así que el arte fue mi refugio y esa tetera el cariño, el calor que necesitaba. De alguna manera me personifique en esa tetera (jaja), soy yo encerrada, soy yo que ya no podía, que no cabía, pero igual así moviendo mi arte, siguiendo mi corazón y confiando en que todo iba a pasar, curandome con yeso. Ese mismo año, más tarde recibí una linda noticia, un trabajo en Francia me esperaba en el futuro cercano. Lo que parecía imposible se hizo realidad. Un sueño cumplido que me cambió la vida y me ayudó a crecer. Ese cuadro quedó en ese lugar, que ya no es para mi, porque ahí pertenece y porque es una manera de decir gracias y dejarle belleza… Está en Montevideo. Hoy vivo en La Paloma, Rocha, Uruguay. Ese cuadro dice: todo pasa, vos seguí haciendo tu arte. Que la belleza y la expresión no se pierda nunca…

Creamos belleza de los eventos hostiles para sobrevivir. Nos reconfortamos en los colores que nos gusta y en casa pincelada ¡para salir adelante! A un artista todo le sirve para crear. 

Venimos a ser libres.

Gracias y un abrazo grande desde Uruguay.

El ojo de Lya | AFUERA ESTÁ EL ABISMO – Reflexiones

Por Liana Pacheco

En el estado de Oaxaca, lugar donde nací y resido, el movimiento literario ha tenido un impulso en los últimos años, sobre todo de editoriales independientes que están promoviendo a escritores y escritoras oaxaqueñas. Una de estas editoriales es Almácigo ediciones, que en lo que va del 2024 ha presentado tres títulos. Uno de ellos: AFUERA ESTÁ EL ABISMO, Historias, del escritor Antonio Pacheco, originario de Juquila, Oaxaca, de quien tengo la fortuna de ser colega y amiga cercana, ya que en 2018 iniciamos juntos en este aprendizaje de libros y letras.

Antonio me invitó a escribir el prólogo de este libro de historias, y entre mis disrupciones literarias, más que prólogo escribí unas reflexiones preliminares que quiero extender en este espacio.

“Escribe de lo que te es conocido” “escribe algo que te gustaría leer”, fueron los consejos que escuchamos en el aprendizaje en este oficio. En este nuevo libro de historias, afirmo, indudablemente, donde expone sin pena, sin pudor la vulnerabilidad de su existencia y la realidad de su estilo como escritor. Porque algo que ha quedado claro en sus textos, es que Antonio Pacheco escribe sin deseo de complacer a un jurado de septuagenarios que encasillan la literatura en ideología y lenguaje pretencioso y falsamente intelectual.

Para “Afuera está el abismo” seguramente el autor recurrió a las memorias incómodas propias y ajenas, porque también dicen que los escritores somos ladrones de historias. Así sus palabras recrearon para este libro una ambientación que poco se ha escrito: Música de fondo entre el choque de botellas de cervezas. Voces que gritan, cantan, lloran o enmudecen. Cuerpos que se odian, que se contonean, se desnudan, desean y se aman.  ¿Amor y deseo? Sí, hay algunas dosis de estos en el libro, porque al final de cuentas, que no ¿estas emociones son las que nos generan altas dosis de dopamina en el cerebro?

Una de la típica pregunta que uno se hace al escuchar el título de una obra es ¿de qué trata?, mi opinión es que estas historias van de la vida misma. De todo aquello que nos circunda en la rutina de una sociedad, Oaxaca específicamente. Una de las características de estilo de Antonio es que no se anda con rodeos, él detalla claro y contundente el espacio geográfico donde ocurren sus historias. Como en este párrafo:

“Mientras bajaban por Mina o Las Casas esquivando a los comerciantes que a esa hora desarmaban sus puestos sobre la calle, lo escuchaba repetir que la extrañaba durante el día. Ya en la base de los Halcones, él se esperaba hasta que el camión arrancara y ella le dijera adiós con la mano”.

Y cuando lo leemos sabemos que Antonio nos hizo partícipes de la historia. “Hey, yo he pasado por esa calle, yo vivo cerca”. Y para los que no tengan la dicha de conocer Oaxaca, encuentran una ambientación diferente y genuina. En un texto una buena ambientación requiere personajes igual de excepciones. De esos sobran en el libro. No me refiero a héroes o heroínas comunes que luchan por el bien del prójimo. Sino a mujeres y hombres alejados del canon de lo que debe ser un ciudadano ejemplar. Más bien, gente instintiva, emocional, que vive motivada por cosas triviales, deseos que todos experimentados: un hombre que necesita asegurarse de su propia hombría, una mujer que quiere hacerse de un terrenito en las ya saturadas periferias de Oaxaca, una bailarina que sólo necesita que la cumbia de Celso Piña se prolongue un poco más. Una pareja que quiere reconciliarse, porque lo dice: el amor apendeja, pero el desamor más. No quiero quitarles la emoción de que descubran ustedes los lugares y las personas que circundan justamente, fuera de este abismo. 

Otra de las cualidades del estilo de Antonio es que la historia parte de un vórtice, como un instante en pausa que toma vida cuando el lector inicia la lectura. Es decir, inicia situándonos con un protagonista, que puede estar sentado en la mesa de una cantina, planchando la ropa o acostado desnudo en el suelo. Magistralmente la trama se desarrolla entre recuerdos y diálogos para que el lector sepa cómo es que el alma del personaje lo desembocó en la miseria o euforia en que se encuentra. Sin embargo, a pesar de la tensión en estas historias, no hay una lectura silenciosa, Antonio logra un equilibrio entre palabras, diálogos y ambientación con las canciones que son parte de las raíces de cada personaje.

La narrativa de este libro es rebelde, a veces cruel, pero franca, y eso se disfruta mucho. Podrán constatar cuando lo lean, cuando ustedes las y los lectores se apropien de las historias, se encariñen u odien a los personajes. Porque ya que el libro sale de la editorial, los escritores dejamos de ser dueños de nuestras palabras. Únicamente conservamos el recuerdo, la inspiración y la dedicación que nos motivó a escribir. La escritura de Antonio Pacheco arremete contra la formalidad que los intelectuales y pretenciosos exigen que sea un libro. Eso es el resultado de su esfuerzo por crear y defender su voz literaria y merece ser celebrado y aplaudido.

Tiempo para cuidarnos por Jeanne Karen en La máquina verde

En los tiempos actuales se nos pide constantemente que vigilemos nuestra salud, el estado que guarda la función general del cuerpo y de la mente.

Sin embargo hay situaciones que escapan a nuestro escrutinio o tal vez no somos lo suficientemente precavidos, observadores, dedicados en el tema.

Hay que tomarnos un tiempo para ejercitarnos, para realizar actividades físicas de manera cotidiana, por lo menos subir escaleras, caminar, brincar, bailar en casa, andar un rato en bicicleta.

Cuando somos jóvenes, muchas veces no nos pasa por la cabeza la idea de medir la presión arterial, la glucosa, el colesterol, el peso, pero conforme pasa el tiempo y nuestra edad se acerca quizás a los sesenta años, comenzamos a preocuparnos.

Creo que deberíamos hacerlo desde la juventud, desde los primero años de esa etapa, cuando hay suficiente tiempo para todo, para viajar, para desvelarse, para ser creativos, para estudiar. Es el momento ideal para convertirnos en personas que de manera cotidiana cuidan su salud, su bienestar y también es buen momento para hacerse exámenes generales de vez en cuando, así como ir a terapia.

Lo he visto tanto, más últimamente, seres queridos que no llegan a los cincuenta años y ya tienen dificultades, yo misma tengo miedo y me hace recordar con claridad los versos demoledores de Claude Esteban que dicen: Dudo ya de si el cielo/ crece/ o muere. El temor me hace reaccionar, me hace pensar en que es difícil, es triste y conforme pasa el tiempo, lo único que sucede es que se agrava la situación. Tantas veces lo hemos escuchado de los médicos, no debemos esperar hasta sentirnos mal para acudir a una consulta o la duda se apoderará de nuestros días y de nuestra paz como en los versos del poeta francés.

Las personas que además de tener la responsabilidad de nuestra salud, también tenemos que cuidar de otras personas de forma cotidiana, se nos carga todavía más. La energía, la vitalidad hay que dividirla en dos, las ganas, el anhelo, los sueños, todo va en dos partes, la propia y la de las personas que acompañamos.

A veces sucede que somos como un espejo, uno que lo absorbe todo; de pronto la persona que está bajo nuestro cuidado tiene insomnio y sino estamos atentos a nuestro propio descanso y sueño, es casi seguro que vayamos a caer en el mismo problema. Es extraño, es preocupante, es perturbador. Si la persona que depende casi completamente de nosotros tiene problemas alimenticios, allá va nuestro apetito también. Pasamos noches sin dormir en la conciencia de nuestro propio malestar y con la preocupación del malestar de las personas que cuidamos.

 Los momentos de descanso, de tranquilidad son escasos, es realmente una fortuna contar con espacios suficientes para tratar de reposar, de trabajar, de hacer cualquier otra cosa.

La vida moderna es complicada para el que cuida, para el que está, para el que permanece pendiente de otro ser humano. El tiempo pasa tan lento, que entre más lento más pesa. El enfermo necesita toda la ayuda posible, comida, descanso, atención médica, el que ve por su salud necesita recuperar fuerza, reponerse de todo, pero para ser honestos es complicado que suceda.

Por eso no está demás recalcarlo: hay que cuidar nuestro estado general siempre, no solamente cuando ya esté fallando algo, cuando nos mandan al doctor, cuando algún dolor se vuelva tan fuerte como para acudir a la consulta. Es mejor prevenir, además que si estamos atentos a lo que sucede con nuestro cuerpo y nuestra mente, podemos encontrar de manera más rápida soluciones a problemas que no son tan grandes todavía.

Sé que en algunas ocasiones sentimos que es pesado, que fastidia, pero en todos los casos es mejor adelantarnos, porque es muy doloroso darnos cuenta cuando ya no hay nada qué hacer, cuando el tiempo para sanar ya pasó y no queda más que resignarse o esperar un milagro.

Recientemente me tocó ver un video sobre el agotamiento extremo, el estrés demoledor que padecen los cuidadores de personas con problemas mentales. Todavía no sé cuál es el camino, porque a mí me ha tocado vivirlo, pero algo que a veces realizo es una especie de desconexión, no solamente de la vida virtual, también lo hago de manera sensorial, emocional, por mi propia salud, por tratar de mantener la cordura y más que nada para cuidar bien de la persona que me necesita.

Cuando puedo, trato de aislarme un momento en un lugar oscuro, con poco ruido, con las ventanas cerradas, me acomodo plácidamente en la cama, cierro los ojos. No duermo, pero intento respirar haciendo una pausa entre una bocanada de aire y otra. La vida regresa a mi cuerpo cansado, la energía del pensamiento vuelve a calibrar mi estado general y mi mente reacciona, de una manera positiva, a los estímulos que poco a poco voy incorporando como la luz que regresa por la ventana, los sonidos de la calle, el aroma de algo que se cocina en un sitio cercano, las campanas de la iglesia. El día toma otra vez su velocidad, el cuerpo y la mente también. Permanezco atenta al dolor, pero sobre todo a las formas que tengo de sanar.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.

Hilos Rojos


Por Amelia Serrano Arias

Que bonito el poder de imaginar, te he inventado por 29 marzos ya, juego a crear tu vida y contarme a mi sola historias que tal vez existen o tal vez no. Somos seres extraños unidos por los hilos rojos del universo, por la sangre y por las letras. 

Que curiosa escena la de verte sentado en la sala de tu casa que no conocí, en una silla mecedora en la que nunca me senté, con un libro en tu mano que nunca leí y en la otra la pluma con la que ibas a escribir tu historia que solo iba a escuchar por terceros. Siempre me cuestiono porque la vida no te regaló más agujas del reloj para poder compartir, pero comprendo que en un punto el reloj debe pararse. No devuelvo a la vida los momentos que no fueron nuestros, porque solo han existido en un espacio recóndito de mi cabeza donde te he guardado para imaginarte y que solo seas mío, porque hasta para inventarte me vuelvo egoísta.

Una casa de una planta, una sala con mecedoras y pisos de color verde y negro, la cocina siempre acompañada y una puerta de madera con tela metálica que se mecía según entrabas o salías. La radio a todo volumen donde se escucha tu voz, grabada para la perpetuidad, solemne como se escucha. Un café humeante en espera, en una mesa de madera, donde junto a él reposan las historias que contaste, y las que no me las invento. El reloj marca las doce; ya es hora, basta de alimentar los recuerdos. Vuelta al presente: estoy yo, sentada en la sala: no hay mecedora, no hay radio, no hay café: tampoco vos. Solo existo yo, con mi imaginación, que es el hilo que aún me une a vos. Sé que estás aquí, porque yo lo estoy.

Decido viajar cuarenta años atrás, pensando que ojalá pudiese descifrar los viajes en el tiempo, pero no, solo estoy yo con un lápiz y papel, pero el poder que este me da es mas grande que cualquier otro. Una sala de cine, Clint Eastwood te acompaña en el “Western” donde no despegabas tus ojos de la pantalla. Que bonito verte disfrutar, verte reír, escucharte carcajear, gracias por regalarme instantes que juegan a hacerme creer que estuve ahí. Me siento como un fantasma que te sigue, yo te puedo ver pero vos a mi no, no sabes de mi existencia, o tal vez en este presente vos me podés ver a mi y yo a vos no. Me causa gracia verte caminar por las calles de Choluteca con un maletín de cuero donde todos levantan las manos para saludarte y te regalan sonrisas. Hace mucho sol, mucho calor, tu piel se torna roja y tu pelo rojo como el fuego crea destellos que marcan hasta la persona con el corazón más inhóspito del pueblo. Como te añoran, como te quieren, como yo, 29 años después.

La vida insiste en regresarme a esta sala, donde solo hay una fotografía tuya que ha congelado el tiempo, pero yo sigo tratando de inventarlo. Te tengo enfrente, y me parece admirable como una cámara me pudo hacer el regalo tan enorme de poder verte y como pudo capturar tu esencia. Mientras escucho el tic tac me cuestiono, ¿cómo es posible sufrir una nostalgia que no es tuya? Una nostalgia que no viviste, que tus ojos no vieron, que tu corazón no sintió y sin embargo es la que me acompaña cuando te pienso y es por eso que me escapo otra vez al pasado.

Estamos a 35 años del presente y te veo rodeado de personas que quieren abrazarte, que te admiran, que unen sus manos para aplaudirte. Yo, estoy en medio de ellos admirando el escenario que tengo frente a mi, veo la esperanza que brilla en los ojos de cada alma que puede verte, veo el amor y veo la fe que te tienen. Sos su grito de lucha, pertenecés con ellos en sus historias y tratas de reescribirlas para darles un mejor final. Las palabras te sobran, ya sean habladas o escritas, son tu mejor escudo. Hace calor en la cuna del “Sabio Valle” pero eso no te detiene, das todo incluso por lo que no es tuyo. Quisiera detener el tiempo ahí justo en ese momento, porque sé que si viajo 5 años más adelante este momento memorable va a quedar en tu mente mientras las luchas pendientes ahora serán desde la cama de tu cuarto. Solo que ya no luchás por alguien más si no por vos, por tu vida. Y ahí me quisiera quedar, que me vieras no solo ser un anhelo tuyo, porque eso soy tu anhelo y para mi sos un recuerdo que no viví. Quisiera salirme de mi mente en este momento, porque no quiero inventarte en la enfermedad, pero ahí estás apagando mi imaginación y apagando la tuya porque no vas a conocerme, así como en ese momento la vida se encarga que yo tampoco te conozca. Ese hilo rojo que no se rompe, pero se pierde porque ahora solo me queda imaginarte desde esta silla que no se mece, con un libro que probablemente no leíste, con un café que se ha helado e inventando una vida de una persona que nunca abracé.

Guillermo, yo viajé a este mundo desde donde vos estás, solo que vos te quedaste allá y yo llegué muy tarde. Te proyectaste en el alma más pura que le regalaste al universo, esa alma que me sirvió de portal para llegar al mundo del que vos te fuiste. Gracias por darme el regalo de poder imaginarte, de poder amar cada palabra, de poder ser libre a través de las letras y de poder amar las luchas que son el grito del pueblo. 

Nada de esta narrativa pasó, pero pasa en mi mente a diario donde sos eterno y te imagino y te moldeo a mi gusto, como yo quiero porque ahí nunca me va a hacer falta tu abrazo, abuelo.

Amelia Serrano Arias

Extraño Cotidiano * La Meche cumple años IV

Susana Argueta

Ahora, los chinelos son sinónimo de alegría. Sus contoneos, sus movimientos contagian. Bailan para las cámaras, les gustan las fotografías; todo tiene que ver con la música. La banda de viento es un gozo. La música resuena por todo el mercado, convoca a todas las almas a la fiesta. Me hipnotiza el brillo del trombón con sus reflejos deformados. Es una composición surrealista de formas que escapan de la realidad. Tum, tum, tum, tum, marca el ritmo. La flauta es la más volátil, con sus notas de alborozo. Trompetas y tambores cierran el cuadro. ¡Los músicos disfrutan tanto! Traen la vida con cada nota.

No me puedo perder ni un detalle. Voy y vengo de los pies a la cabeza de la procesión. Al frente, los rituales de la mexicanidad avanzan con sus cantos mestizos y sus atuendos prehispánicos. Rezan a la virgen, a los santos, a los dioses antiguos. Apelan a los espectadores a regresar a su origen, a rescatar sus raíces. Me impresiona sobremanera la misticidad de una mujer de penacho. De piel morena  y cabello rizado que sugiere afromexicanidad. Es quien dirige. Sus movimientos son contundentes, su mirada es intensa, sus intenciones, recrear la magia ancestral. En cada altar encontrado al paso se detiene para sahumar y pedir bendiciones.

Entramos, salimos, damos vuelta, giramos, gritamos, sonreímos, cantamos; nos miramos; canastas, frutas, verduras; vísceras, pollo, puerco; altares, copal; queso, chiles secos; calles, baches, agua estancada, autos, gritos. Hemos llegado al final de nuestro camino. Danzantes, chinelos y músicos arman el bailongo. Ahora sí movemos la butaca; para los de más edad será el cúcu. De cualquier manera, lo bailado nadie nos los quita. En el corazón del mercado de La Merced lanzamos vivas y porras a La Meche, festejando al lugar donde, hace 65 años, comenzó la tradición más viva de la vendimia en el primer cuadro de la Ciudad de México.

Imagen: Chinelos en La Merced @Susana Argueta

Hija, te habla una mamá en la era digítal

Por Yaneli González Velasco

Tú te levantas temprano pero yo tengo sueño y te doy chichi irritada porque quiero dormir más, entonces te arrulla la leche tibia y el canto de los pájaros del árbol que está a un lado de nuestra ventana, te sientes en un lugar seguro y dormimos de nuevo; abres tus ojitos a las 9am o 10, me pides agua rica, porque decidiste adjetivar al agua con la palabra del goce, lo escuchaste de tu papá.

Me levanto ahora contenta (sé que debo cambiar el mal hábito de desvelarme cuando ya te has dormido, pero es el único tiempo que tengo para mí, para esto de estar escribiendo a deshoras) y te doy agua rica, beso tus piececitos: cada dedito es importante para nosotras, el dedito chiquito es bebé dedo, el anular es papá dedo, mamá dedo corazón, abela dedo índice, abelo dedo pulgar, cosas que dices y relacionas gracias a esos videos que ves en YouTube. Te ríes cuando te canto y por eso canto mucho, quiero saberte alegre, hija.

Eileen en la cima de la montaña

Entonces dices zapatos como señal para bajar de la cama,  ya casi dices la palabra completa, solo te falta la letra inicial: apatos, momi, así me dices y surge la ternura con tu existir, te los pongo y si estoy muy de buenas te llevo en mi espalda imitando el sonido y el andar del caballo pero si estoy de malas, si me pesa el día anterior o el futuro que me pisa los talones apresurándome a hacer algo más que maternar (algo más, como si fuera una tarea sencilla y una debiera estar haciendo mil cosas alla afuera, dandole nuestro tiempo al capital y no a un humanito que acaba de llegar a la tierra), cuando es así y mi cabeza está llena de todo, solo te ayudo a bajar y te tomo de la mano, te siento en el sillón y ahí nos miramos: ¿quieres un licuado de banana?, banana y no plátano porque también lo viste en la tv y así te gustó más nombrar a la fruta, a mi pregunta contestas que sí, muy alto, porque estás alegre, te siento así, tibiecita y feliz, pero si no quieres el licuado te doy leche con alguna galleta o fruta, chocamos nuestros vasos en señal de salud, te ríes y me dices que quieres tele, esa palabra sí que la sabes decir completa.

Te gusta mucho la tele y el alala, así le dices al celular, como imagino que les gusta a muchos más niños de dos años; te doy una hora para que pongas a baby shark repetidamente, el baile del sapito, el pulpo cocinero y esos otros dibujos sobre estimulados de bebés haciendo cosas: bebé comiendo, bebé cayéndose, bebé nadando, bebé cepillándose los dientes, etc., o de niños youtubers que ganan más dinero que tu mamá y papá juntos.

Exponerte a pantallas me da culpa por diversas razones, pero principalmente porque hay una presión externa hacia las mamás que les prestamos el celular o los distraemos con tv, más lo primero que lo segundo: se nos dice «mala madre, estás haciendo a tu hijo adicto a grandes dosis de dopamina», el placer de mover tu dedito índice para elegir el video que más te guste y si te aburre tener el poder de cambiarlo infinitamente es algo satisfactorio y quieres más y más.

En la tv aprendiste los colores y a contar del uno al diez, así como otras palabras que nosotros no te enseñamos: miedo, por ejemplo, cuando empezaste a ver videos de unos zombis que tocan a la puerta, ¿por qué hacen estos videos, por qué los medios introducen ese vocablo en la mente de un humanito?, el algoritmo en Youtube es el de monstruos en halloween o niños excesivamente ricos, desperdiciando recursos y materia. El algoritmo de las masas nos dice: compra, ten miedo, lo hacen con niños y con adultos.

También aprendiste el diminutivo mami, antes era solo mamá. Mamá fue tu primera palabra, después dijiste bapá, queriendo decir papá, agua, bueno, dijiste aba y Vani, el nombre de nuestra perrita, ahora ha ido evolucionando tu vocabulario, eres un pajarito que imita todo lo que escucha, un lorito bebé, ya son más las veces que me hablas mucho, inteligible plática que es lo más dulce que hay y habrá: un bebé explicando su manera de sentir el mundo.

Según un estudio de la Universidad Nacional de la Palta “aunque no existe consenso sobre las repercusiones de la digitalización en la salud y bienestar de niñas y niños, algunos estudios revelan la necesidad del acompañamiento adulto para seleccionar contenidos y establecer límites; los bebés necesitan explorar el entorno para desarrollar habilidades cognitivas, sensoriales y lingüísticas. Como nuestra capacidad de adaptación aumenta a medida que maduramos, cualquier alteración temprana en el desarrollo ejecutivo repercute a corto, medio y largo plazo. El uso inadecuado de las TIC incide negativamente en la neuroplasticidad cerebral, que se traducirá en escasa autoestima, bajo nivel cognitivo o dificultades conductuales, según edad y habilidades asociadas. También podrá alterar visión, sueño, peso, desarrollo, funciones ejecutivas y conducta. El compromiso adulto con el uso responsable de herramientas tecnológicas es fundamental para garantizar el óptimo desarrollo de niñas y niños nacidos y criados en la era digital”.

Sí podemos darles pantallas a nuestros hijos si estamos supervisando qué información les llega y limitando el tiempo que pasan en ello. Pero eso no evita el placer que causa y las ganas que te dan de estar en el celular jugando o en la tv viendo videos, sí creo que eres una humanita adicta y yo he contribuido a eso como la mujer adicta que soy. Cuando vamos a algún restaurante hay una regla impuesta, sigilosa, secreta, que es que un bebé no llore para que deje comer al vecino de la mesa de al lado, además de las ganas que tengo yo de comer sin pausas, tranquila y disfrutando la comida caliente que alguien más hizo por mí, entonces te pongo el celular y tú feliz comes más. También te doy el celular cuando vamos en carretera, porque así lo exiges tú y así se ha ido forjando la rutina de usar el auto sin que haya llanto o descontentos.

Son familiares o conocidos de más de 30 años los que (la mayoría sin hijos) me han hecho ver que está mal lo que hago, que bajo ninguna circunstancia debería darte el celular, que qué cómoda solución para distraerte, pero decir CERO PANTALLAS es un discurso bastante alejado de la realidad, es lo políticamente correcto, aunque es cierto que surge la culpa en nosotras las madres, esa sensación de poder hacerlo mejor. (¿Cuándo nacería la culpa como amalgama de maternar?, te cuido con culpa de no estarlo haiedo mejor, ¿desde cuándo sembaría el mundo esa semilla de insuficiencia, de perfeccion, de competir, de querer hacer mil cosas y todas hacerlas bien, de ir rapido y por el camino correcto desde el inicio?, ¿desde cuándo se firmó el tratado de lo que una mujer madre debe llegar a ser?).

Trato de etender el reto que es criar a un hijo en una era digital donde el internet y los aparatos electrónicos están igual de presentes a cuando apareció la luz, por ejemplo, algo que hace muchos años era inimaginable para algunas personas y a lo que nos hemos acostumbrado ya, y en cómo es igual para ti y todos los niños nacidos en un mundo donde internet es tangible y abundante.

Eileen, tú naciste en el 2022 y a tu generación se le ha nombrado Alfa, alfa refiere al nombre de la primera letra del abecedario griego y, según una revista digital en internet, sus principales rasgos son los siguientes: “nacieron y crecieron en un mundo digital. Las pantallas son su idioma natural. Constituyen la primera generación nacida completamente en el siglo XXI y, por tanto, representan el inicio de algo nuevo, no un retorno a lo antiguo. Su entretenimiento va de la mano de videos de youtubers, tiktokers, influencers y gamers y de la interacción por redes sociales. Utilizan gran cantidad de anglicismos en su vocabulario. Son criados en familias que ya no responden a los modelos tradicionales”.

Me gusta esta definición hija, y perdóname si te aburro con datos pero quiero entender ¿por qué hay tanta rabia hacia las madres que no hacen las cosas según se espera de ellas?, me da gusto no ser una familia tradicional porque es momento de romper tradiciones para crear más caminos de posibilidades, sin embargo pesan las sentencias/prejuicios de personas cercanas a nosotras que piensan que lo podrían estar haciendo mejor.

Yo te dedico toda mi vida, mis días, mi tiempo, mi energía, te hago comida con amor, te cuido sin enojo, te escucho y te incluyo en decisiones, te trato como una pequeñita igual, te respeto, te baño mientras te leo libros de hule e imito sonidos de animales para darles más veracidad, te enseño a nombrar las partes de tu cuerpo y te digo muchas veces que tu cuerpo es tuyo y solo tuyo y debes cuidarlo y amarlo, también te digo que te protegeré siempre, paciente cuido de ti cuando enfermas, cuando hace calor pico naranjas o sandía y nos las llevamos a la puerta de la casa, para estar bajo el árbol y comerlas, bailamos en la noche para que te canses y te dé sueño, jugamos al lobo mientras nos perseguimos muertas de la risa…pero esto no es suficiente para las personas que me ven darte el celular en un restaurante.

El adultocentrismo es real. Hay más restaurantes pet-friendly que niños-friendly, hay más lugares incluyentes o con comida sin gluten que baños con cambiador de pañal, hay mucha intolerancia a un niño que está frustrado haciendo un berrinche, hay una presión exagerada hacia los padres, especialmente a la mamá, si no se hace lo que debería hacer una «buena madre”: lo suficientemente dura para que no haga el berrinche pero con una crianza respetuosa, ni tan descuidada en su físico pero tampoco que seduzca, inteligente pero no lo suficiente, que no la exponga a pantallas pero que tenga tiempo para sí misma, que no se obsesione por la limpieza pero que tenga un hogar limpio, nos quieren tibias, hija, ni dramáticas ni desinteresadas, ni rudas ni suaves y es un cuento de nunca acabar, porque el punto, el objetivo del patriarcado es que nos sintamos siempre insatisfechas, con un vacío que no termina, hasta que empezamos a cuestionar el sistema es cuando el vacío adquiere nombre y forma, y así es más sencillo irlo desdibujando.

¿Qué madre estoy siendo para ti, hija? ¿Recordarás tus primeros años con amor? Yo espero que sí, yo confío en que estamos haciendo un buen equipo los tres.

Eileen jugando en la fuente de un centro comercial

Ojalá fuera tan sencillo. Ojalá no fueran tan cortos los titulares, tan extremistas los mensajes, tan definitivos los consejos y tan predominantes los prejuicios. Ojalá no pensáramos que lo único importante de vivir hoy en día radica en cuánto tiempo o a qué edad usemos tecnología, sino en con qué intención lo hacemos, con qué conciencia de entorno y connotaciones, acompañando a qué otro tipo de experiencias, desde qué tipo de carácter y con qué valores, menciona una mamá bloguera desde su sitio. CONCIENCIA, qué bonita palabra.

Con cien cia c o n c i e n c i a, que se traduce del griego sy‧néi‧dē‧sis, de syn -‘con’- y éi‧dē‧sis -‘conocimiento’-, de modo que significa «co-conocimiento, o conocimiento con uno mismo. Conciencia se refiere al saber de sí mismo, al conocimiento que el humano tiene de su propia existencia, estados o actos». ¿Qué pasaría si pudieramos vaciarnos de lo que nos han dicho toda la vida que está bien para poder ver desde fuera lo que tenemos en la cabeza? y si nos gusta podemos conservarlo y sino, reeplantearnos por qué está ahí esa idea, ese hábito, esa costumbre, ese poder que le damos al otro de gobernar nuestra vida.

Te seguiré contando lo que esa página en internet decía sobre las generaciones porque, claro que decir que un rango de personas nacidas entre tal y tal año es una visión limitante porque en teoría cada quien tiene el potencial de desarrollar su máximo potencial sin importar el contexto y el tiempo, creo profundamente que somos el resultado de nuestro entorno inmediato, que como sabemos, concierne a la sociedad, de ahí que lo personal sea político, de ahí que la cultura sea el origen de nuestra psique.

Según los datos de internet yo estoy a la mitad de los Millenial y la Generación Z (quienes nacimos en 1995), justo en la línea que divide una generación de otra: somos nativos digitales y estamos expuestos al celular más de 4 veces según el tiempo promedio, desbloqueamos el celular cada 6 minutos, es decir, más de 200 veces en el día, es una extensión de nuestra mano y, en palabras de la revista, nuestra felicidad o éxito se mide por likes o seguidores y también “se observa que les preocupa encontrar una vocación acorde a sus gustos, conocerse a sí mismos y aceptar las diferencias, en un mundo cada vez más globalizado”. Leo y no estoy del todo de acuerdo, sin embargo, es cierto que a diferencia de mi esposo millenial, yo insisto más en compartir mi vida en redes como con una urgencia de ser aceptada y apreciada por el mundo virtual, además de que efectivamente el celular es parte de mis días, lo primero y último que mis ojos cansados ven, pero sí concuerdo con que nos estamos esforzando más en romper patrones e imaginar mundos más bonitos. Quizá somos muy idealistas.

Entonces es inevitable que tú no sientas amor también por el celular si lo ves de mí, como una enfermedad he tratado de dejar redes pero rompo mi promesa a los pocos días, porque es una necesidad estar conectado, especialmente yo que escribo y lo comparto a usuarios, o cuando hago corrección de estilo y me promociono en la red, sé que hay un equilibrio y lo estoy buscando, para que veas a una mamá que use menos el celular, pero realmente no siento que este tema de las pantallas esté atrasando tu aprendizaje porque hacemos muchas actividades a lo largo del día y porque no puedo llevarte a vivir a una cueva o a la cima de la montaña para que estés fuera de lo que está sucediendo en el mundo hoy.

A manera de conclusión, creo que la información y la conexión, así como el entretenimiento al que estamos expuestos todas y todos en esta era digital es buena si se tiene un límite de tiempo y criterio para elegir lo que leemos y vemos, porque como sucede en los bebés, es dañino estar todo el día ahí, olvidando que hay un mundo afuera del celular.

Me gusta ser tu mamá y a pesar de las miradas juzgadoras y de esa sensación que me da algunas veces de estar haciéndolo mal creo con firmeza que tú y yo, tu generación, la de tu papá y la mía son el triángulo del cambio: innovar lo obsoleto en una cultura permeada de costumbres y valores religiosos, machistas e ignorantes: hija, no dejes nunca de cuestionar el origen del funcionamiento del mundo, detrás de las tradiciones hay intereses de poder, hay manipulación que está en contra de la reflexión de uno mismo y de nuestro entorno.

Hagamos la revolución Eileen, gocemos el ocio y la distracción sin olvidar todas las otras posibilidades de vivir, explorar y aprender. Te amo niña fueguito, ya quiero que aprendas más palabras y que me enseñes a sentir otras cosas que no habría conocido nunca de ser por ti. Quiero ser una buena guía y poder darte las herramientas que vayas a necesitar en un mundo hostil, especialmente con las mujeres. Te traje a un mundo feroz pero también a uno lleno de magia y cosas por descubrir, qué afortunada de ser tu compañera de vida en este viaje.

Yaneli J. González Velasco nació en Calvillo, Aguascalientes en 1995. Es egresada de Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Correctora de estilo y mamá de Eileen.  Su cuento “La huida”(2022) obtuvo el primer lugar nacional  por la librería sinaloense Sra. Dalloway. Es parte de la antología de poesía hidrocálida Brevario pandémico (2020) por la editorial independiente Agujero de Gusano. Como Camila Sosa Villada ella cree, con firmeza, que sin la escritura no habría posibilidad de vivir.

Derechos y Colores| Nuestra mala suerte nos cuida de nuestra peor suerte

Por Natalia Mendoza Servín

Imagen recuperada de: http://imagenes.4ever.eu/naturaleza/plantas/trebol-de-cuatro-hojas-241949

No te mentía cuando te dije que eras lo peor que me había pasado en la vida. Al menos así lo sentía en ese momento. Dijiste que si Dios no existiera, no nos hubiéramos conocido, como el argumento fehaciente de su presencia en este mundo y sobre todo, como si ese suceso hubiera sido maravilloso para ambos.

Claramente, para mí no se trataba de un debate de la existencia de un ser todopoderoso, sino de lo costoso que había resultado tu paso en mi vida. Por eso, ni siquiera toqué el tema, sino que me limité a contestar que ojalá no te hubiera conocido. No recuerdo mis exactas palabras, pero en esencia, era eso. Y no dijiste nada, como si en el fondo supieras que ese acontecimiento, solo hubiera beneficiado a uno de los dos.

Sobre los infortunios de la vida, la humanidad se ha pronunciado muchas ocasiones. Los más positivos, lo ven como enseñanzas; como situaciones que debimos vivir para poder ser quien ahora somos. Me resisto en ciertos casos a creer eso, porque sin duda, muchas personas no merecían vivir infinidad de abusos que pueden ser cometidos por los seres humanos. Lo que es verdad, es que esas condiciones forman en parte lo que somos, creemos y concebimos de las situaciones de vida.

Más que pensar que se trata de pruebas que necesitamos para desarrollarnos, creo que son episodios de vida que ocurren por múltiples factores. La vida es agridulce y tal vez no podamos hacer nada por los malos momentos más que ser resilientes, porque no hay de otra. Aprendemos que no puede controlarse todo, y que tal vez lo único que sí podemos decidir es la actitud frente a las circunstancias.

He descubierto que una actitud que se puede tomar es la de ser agradecida. Pero no el agradecimiento que puede, para algunas personas, tornarse romántico y que justifica en ocasiones la violencia. Cuando se nos niega una posibilidad que deseábamos fervientemente, también debemos agradecer que a veces, nuestra mala suerte nos cuida de nuestra peor suerte, diría Cormac Mccarthy.

Que no pasen las cosas como lo esperábamos, por supuesto duele: mueren expectativas, sueños y deseos, y por eso, la juzgamos de mala suerte. Pero también pasa que, con seguridad, de haberse consumado nuestro deseo, seríamos más infelices. Sin embargo, como ese escenario no ocurrió, no lo vivimos y no lo sufrimos; creemos que lo peor que nos pudo pasar fue lo primero. Pero con el tiempo se agradece (agradezco) que la mala suerte nos haya cuidado.

Natalia Mendoza Servín es abogada y maestra en transparencia por la Universidad de Guadalajara. Se ha dedicado a temas relacionados con transparencia, acceso a la información y privacidad, pero desde el año 2020 ha decido decirle al mundo que ama la causa de las mujeres, así que también es especialista en Estudios de Género por la Universidad Pedagógica Nacional, y ha combinado lo que le apasiona con el feminismo desde entonces. Le gusta hacer análisis jurídico y feminista de las expresiones artísticas, y lo comparte, porque nunca se sabe cuándo esas reflexiones pueden ser útiles para alguien.

Era una niña…

(Colaboración)


Por Frida Moreno

Era una niña dando a luz a un bebé.

Era una vergüenza para su familia, incluso antes de tener a la bebé.

La criada de la casa, antes y después de la bebé.

La hija “preferida”, antes de tener a la bebé.

Al perderlo todo: mujer, madre soltera, 18 años,

encontró un salvavidas, su hermana;

al darse cuenta que la hija “preferida” era más fácil de seducir, se decidió por ella.

Era la loca, la que no se sabía vestir,el cajero automático, la que siempre tenía que abrir las piernas porque si no…

Dieciséis años de abusos, faltas de respeto, alcoholismo, drogadicción, vejaciones, engaños, robo; dieciséis años que podrían haber sido más, pero él encontró alguien más joven a quien salvar.

Al perderlo todo, todo: mujer de 35 años, madre soltera de dos, sin circulo de apoyo; encontró una silla en la cual apoyarse, una silla un tanto vieja con ideas rancias pero que la aceptaría con sus dos errores ¿Qué más podía pedir?

Y entonces fue la que se salió de trabajar, la que se dedicó al hogar, la que creyó que por fin estaba en un lugar seguro.

Era la incansable, la esposa ideal .Lloraba en el baño porque sus ahora tres hijos y su actual esposo no se entendían.

Era la que sacrificaba su placer sexual, la tonta que no sabía cocinar, la todo por nada, no hubiera cambiado nada ,incluso si no se hubiera salido de trabajar.

Talleres literarios, antes y ahora por Jeanne Karen en La máquina verde

Cuando comencé a escribir no se escuchaba a diario hablar sobre talleres literarios, en mi ciudad apenas existían dos lugares a los que los jóvenes escritores podíamos asistir. Todo ha cambiado ahora después de cuatro lustros, abundan los centros de escritores, ya sea virtuales o presenciales, las personas pueden acercarse de manera más fácil y accesible a la literatura, lo que me parece maravilloso y necesario.

Pronto comenzaré mi primer trabajo en línea, tener a nuevos escritores interesados en mi método, en las formas que a través de los años he aprendido y he utilizado para llegar a ser escritora y maestra.

Creo que en la tarea que me toca nada es fácil, nada es preciso, si bien es obvio que hay todo un compendio de reglas y condiciones para escribir de manera aceptable un texto, en cualquier idioma, la escritura creativa siempre nos va permitir explorar el mundo de otra manera.

¿De qué se trata, en realidad funciona un taller literario, para qué sirve?

Son muchas las dudas, pero créanme que hay respuestas para cada una y puedo compartir mi experiencia y mi punto de vista.

Llegué a un primer taller en donde aprendí la diferencia entre poesía, prosa, poesía en prosa o prosa poética, les cuento porque en la escuela del sistema regular de enseñanza no vimos de manera puntual esos conceptos, aunque tuve la fortuna de haber aprendido las reglas básicas de la gramática, es cierto que faltaban otros temas. En ese primer acercamiento me di cuenta de qué era lo que me gustaba escribir, los temas que deseaba explorar y la manera en que debía hacerlo, nada fue sencillo, pero al final lo hice. El segundo y último taller al que asistí de manera formal y constante, fue en donde aprendí algo esencial de la poesía: el ritmo, la música, ese lenguaje interno del que está cargado el poema. Más allá de las imágenes, de las comparaciones, de la metáfora, el tema que más me gustó y que me costó mucho más trabajo fue el de otorgar a cada poema su cadencia, ese ritmo interno del que les hablo, ese ir y venir de palabras, el vaivén de los sonidos, lo que nos mueve al leer un buen poema.

Ahora, después de tanto tiempo, llego por primera vez a una plataforma a dar un taller, lejos del aula, de la sala limpia y minimalista, del sitio acogedor, del salón de clase ordenado y lleno de pupitres. No sé cómo será la experiencia, he participado en lecturas a través de las redes sociales y a través de Zoom por ejemplo, pero no he hecho mi trabajo de tallerista en esos sitios. Solamente una vez un querido amigo y compañero me invitó a impartir una sesión de taller para narradores, me sentí muy cómoda, aunque hay que adaptarse a cada formato.

Quizás esa es nuestra vida ahora, un irse adaptando a nuevas formas, a maneras distintas de lidiar con la realidad, con la vida, con las palabras.

No pierdo el optimismo, los que me conocen lo saben, solamente que ya veo las cosas con cierta precaución, los años me han ido enseñando que emocionarse de más también hace daño, también duele el pecho e igual se cae una y el golpe siempre duele.

Lo tomaré con calma, como una manera de aprender también algo nuevo, una forma única de acercarme a la creación literaria. Ya me imagino en una relectura, en una nueva visita a las obras de los poetas que me formaron, me veo leyendo a través de la pantalla el poema de Embriáguense de Baudelaire por ejemplo o ¿Debe volver siempre la mañana? de Novalis. Mi forma de enseñar no se las cuento por ahora, pero por lo menos pronto podrán a través de las plataformas, ver cómo lo hago.

Por lo pronto hay que seguir con lo nuestro, sea lo que sea y que poco a poco la tecnología se vaya incorporando a nuestras vidas, a nuestros territorios. Seamos felices.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.

Entre Caos Poético y textos perdidos| Dolly


Por Elizabeth Vázquez Pérez

@lizzie_chknormal28

1–2 minutos
Caricias expuestas hasta sonrojarse
respirar confunde al sentido,
el tacto es un gesto,
síntomas de hambre
comensal que devora y
se queda sin aliento.
Exquisito aroma
la piel transpira deseo
observa e invita,
las miradas se cortejan como pínceles,
una y otra vez,
una inquietud
quererse saborear;
probar las técnicas que esconden unos labios,
¿qué harán ellos cuando se encuentren con mi piel?...

Elizabeth Vázquez Pérez escribe desde siempre en la ciudad de Puebla, México. Estudió en el Instituto García de Cisneros, facultad de Contaduría Pública en la BUAP (2002).
Cuenta con un Diplomado de ensayo literario avalado por la Secretaría de Cultura del gobierno del Estado de Puebla con el autor José Luis Dávila (2019-2020). Ha publicado en revistas electrónicas: revista Hilal Puebla (ensayo Un vicio silencioso, 2020), Revista Foco Literario de Argentina (poesía, Haiku 2021) y Caracola Magazine en México (poesía Degustación, ensayo "Solo ellos pueden hacerlo" , relato " Dos por un cuarto de hora", 2021), editorial CEA España (retos escritura 2021,haiku) , ha publicado en Poesía de morras , Revista "El Cisne"(poesía)Participó en el concurso de Poesía de editorial JBernavil España (2021) con poema MI VOZ,MI Voluntad
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Cuenta con un Diplomado de Mediación Lectora , Fomento a la lectura en FCE .(2023).Su Club de lectura llamado Lectores A marte, ida y regreso el cual pertenece a Clubes de lectura ciudadanos, FCE.

Puedes encontrarla en :