Algo se cuela por la ventana por Jeanne Karen en La máquina verde

Eran las cuatro de la madrugada en Minsk, se quedó sin el dedo anular, nunca un accidente le pareció tan puntual, las gotas de sangre derritieron la incipiente capa de hielo sobre el cofre del auto, sin embargo, era libre a todas luces, en esos primeros días de las nevadas cuando todavía el clima gélido no acierta a llegar, y solamente es viento poblado de plumas de agua y de hielo que se queda en los rostros pálidos de los habitantes.

Vanya imaginó el resto de su vida frente a sus ojos, como una película sobre el vidrio de la ventana de la cocina, esas horas que pasaba contemplando su soledad como se mira una obra de arte, porque, -aunque de forma fortuita-, su pérdida era algo monumental. La ollita del café derramó un poco de agua, su bebida estaba lista, la leve luz que entraba por las cortinas de la sala partió de pronto la casa en dos, como una enorme nuez que se abre, pero que está muerta por dentro, con rastros de oscuro polvo.

Masha ya no era su problema. Él dejó sobre la finísima carpeta de la mesita del corredor, el dedo, el anillo, el peso de los años, el dolor terrible al sumergirse una y otra vez, uno y otro día en esos cementerios azules que eran los ojos de ella. De verdad era hermosa, pero su corazón palpitaba a otra velocidad, como cuando entre un parpadeo y otro parece que pasan siglos.

Su mujer le pesaba más que la misma muerte, más que una sombra, más, mucho más que su triste vida anterior en la fábrica de motocicletas. No recordaba una palabra de amor o si en realidad ella alguna vez pronunció una; pensaba en su rostro inamovible en el funeral de sus padres, sin una sola lágrima. Por fin pudo decirse a sí mismo que la libertad era esa estatua, ese mural en las paredes de su mente.

Pensó en regresar a la vieja casa que compartió en la juventud, con una de sus hermanas, e intentar de nuevo ocuparse del pequeño espacio donde estaba el jardín, donde igual que en aquellos años, deseaba esperar a que llegara la primavera, mientras seguía mirando su mano sin dedo. Extrañamente tal vez vuelva la sonrisa en esa boca un poco torcida y la mirada de esos ojos negros, enmarcados por mechones de pelo castaño claro.

J

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.

Vanya deseaba vivirlo todo intensamente de nuevo, perderse en el cálido océano de su propio pecho y explotar de gozo, de tristeza, de amor, de todo.

Siempre llegará mayo por Jeanne Karen en La máquina verde

Abril puede ser el mes más cruel, si recordamos el primer verso de Tierra Baldía del poeta T.S. Eliot, sin embargo en ese tiempo las lluvias preparan la tierra para soltar las cosechas de mayo. Entonces mayo es el mes más dulce, más fértil, el mes de la vida.

En el lugar donde crecí, es el momento en que el maíz está listo. Granos suaves, ligeros, llenos de agua. Elote para asar, todavía envuelto en su traje de hojas largas, verdes. La fosforescencia recorre los campos, el hambre y la sed.

En mayo levantamos lo que sembramos, pueden ser frutos, recompensas o palabras. Es el mes en que se ve de qué estamos hechos, de qué ha servido nuestro esfuerzo a lo largo del año; es mi marcha, así aprendí a laborar desde pequeña, así aprendí a recoger lo que con todo mi esfuerzo planté.

Las personas que estamos ligadas a la vida rural tenemos un sentido de las proporciones más natural, que no conlleva tanta formalidad: vemos correr al río, podemos percibir cuando el sol se hunde en el horizonte, mientras las aguas crecen, y el mismo río forma otro paisaje. La belleza nunca es la misma, no es estática.

La gran metáfora, la primera que entendí viene de la tierra y de mis padres, viene del mes de mayo, de cuando las lluvias lavan la milpa y se puede por fin recoger lo que se ha sembrado con todo el sacrificio. Humedad de sudor y llanto, esa es nuestra historia.                            

El trabajo del campo es infinito, sin orillas, no da tregua, un día que el campesino no ve su parcela es día perdido, día que puede significar la instauración terrible de una plaga; día que no me levante con toda la energía y amor por lo que hago, día que se pierde una línea, día en que los pensamientos no germinan.

Crecer en el campo es tener una visión particular de la humanidad, es haber tenido la fortuna de vislumbrar ciclos y haber conocido de milagros, es levantar la mazorca luminosa con su justo gramo, el peso de un esfuerzo que está por encima del entendimiento, porque para el campesino es a veces solamente el anhelo y la pasión lo que lo mueve, sí, también al poeta.

No podemos saber si habrá buen fruto cuando recién se ara la milpa, cuando aparecen los pedruscos y las raíces necias de la mala hierba, no se puede saber si las estaciones serán propicias, pero lo que sí es cierto es que siempre llegará mayo.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.

El desborde. Relatos del mundo que habito | La que escucha


Por: Ximena Moranchel


«Cuéntame», me dice mi analista y le digo que quiero ser tantas personas a la vez que no me alcanza la vida. Y la vida que si tengo se me escurre entre las manos.

Y él dice que elegir es renunciar. Y yo le explicó que el problema es que no sé a qué caminos renunciar. O peor aún qué camino elegir.

Mi cabeza se enreda y se vuelve una telaraña. Y yo no puedo hablar de ello. No es sencillo explicar los nudos que una lleva dentro. Ojalá al menos yo los entendiera.

Y no es que tenga miedo a equivocarme. Eso lo hago todo el tiempo, estoy acostumbrada. Ni siquiera sé si es miedo. Sólo estoy paralizada. Ver tantas puertas posibles me da dolor de estómago. Y unas inmensas ganas de vomitar. Qué sabio el cuerpo. Sabe de cosas de las que yo ni me entero.

Y yo que no puedo hablar. No puedo hablar de ello. Siempre contesto bien cuando alguien me pregunta ¿cómo estoy?

Hace unas semanas leí que Ximena significa «la que escucha», me eché a reír. De lo que se viene a enterar una a estas alturas. Escuchar es mi trabajo, es mi manera de decirle al otro que lo quiero y que me importa, es mi nombre y además un refugio.

Resulta que ahí estoy a salvo, ninguna pieza del Jenga se mueve. En cambio, si hablo, si hablo toda la torre se va al carajo.

«¿Igual lo divertido del Jenga es que todo se vaya al carajo para empezar de nuevo a jugar, no lo crees?», me pregunta y antes de que pueda responder, el reloj marca las 11 y la sesión ha terminado.

Ximena Moranchel Gutiérrez. Licenciada en Psicología Clínica por la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ). Cursó un semestre de la licenciatura en la Universidad de Buenos Aires. (UBA). Ha participado en diversos talleres entre ellos en el curso de Psicoanálisis y Género impartido por Ñandutí. Actualmente trabaja de manera independiente, dando terapia en línea en su mayoría a migrantes hispanohablantes. En el 2016 migró a Buenos Aires y desde entonces su corazón está dividido entre dos lugares; México y Argentina. Feminista, viajera y nostálgica a tiempo completo. Escribe para no asfixiarse y lee para poder respirar. 

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Extraño Cotidiano * La belleza, Dios y el miedo VI

Susana Argueta

Dos hombres junto a la presa. Los saludamos al pasar. Nos preguntaron de dónde venimos. De Zempoala. ¿Qué hacen aquí con tanto viento?  Estábamos de paseo. Ya nos íbamos. Déjenos ir. Ya nos íbamos. Se llevan la vida. Nos dejan el miedo. ¿Qué hacen aquí con tanto viento?  ¿Qué hacemos aquí con tanto viento? El viento, el mar de cebada, las olas verdes. El pastor, el rebaño. Nuestra vida. Los perros. Dos hombres, uno de negro. Otro de verde. Verde y negro. Verde y negro encapuchado. Verde y negro militar. El otro hombre. El hombre del celular.

– ¿Les viste la cara?

– No, no me acuerdo.

Me pega en las nalgas.

La pistola en la cabeza, en la pierna, en mi cuerpo. ¿Por qué me pegan?

-Aquí está. Ya.

¿Ya? No nos va a pasar nada. Padre Nuestro. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿No nos ha pasado nada? ¿Qué más traen? El dinero. Los zapatos. La tranquilidad. Se llevan todo. ¿No nos ha pasado nada?

-Mija, mija. Tenemos tu dirección, las fotos de tu cartera. Sabemos dónde estás.  Somos de la Guardia Nacional. Somos del Cartel Nueva Generación. Si nos denuncias te vamos a buscar.

Son asaltantes. Son niños tristes y solos. Son malos. Me lastimaron. Mis niños tristes y solos me lastimaron. Están en la calle. Se acercan. Todos son encapuchados. Verde y negro militar. Una pistola negra en mi cabello cano. No puedo ver. Me tiemblo por dentro. No los vi. Nunca los vi. Tienen mi vida. Me dicen qué decir. Me dicen que me van a buscar. Me dicen. Me dicen. Tienen mi vida. Mis cosas. Mi vida.

Estamos con vida.

– ¿Estás bien?

-Sí. ¿Me abrazas?

Atardece. La luz es dorada. La hierba sigue tibia y suave. La tierra sigue siendo nuestra madre. Nacimos. No hay mar de cebada. No hay pastores ni borregos. No hay pescadores. No hay asaltantes niños tristes.

Padre Nuestro que estás en  el cielo, en la cebada, en el viento, en el agua, en la tierra.

Padre Nuestro que estás aquí conmigo.

Padre Nuestro que estás con él.

Padre Nuestro que estás con nosotros.

Imagen: Padre Nuestro. @Susana Argueta.

El ojo de Lya | Sueños de un perro que no sabía estar solo

El fin de semana me encontré desvelada y sin ánimo de leer o revisar unos textos pendientes. Recurrí a ver el resumen de la película «Mi amigo robot», que estuvo nominada en los Oscar, en película de animación. La idea general que tenía sobre la premisa era sobre un par de amigos, que por circunstancias del tiempo, sus intereses cambian y su amistad se diluye. Sin embargo, en la realidad, la trama narrativa dista mucho. Creo que mucho influye el nombre que le dieron en castellano. La versión original y la novela gráfica en que está basado es: «Los sueños del robot». Mi siguiente texto es mi percepción meramente personal y aclaro que habrá spoiler. 

Título original & dirección: Robot dreams. Pablo Berger.

País, año, idioma original: España – Francia. 2023. Sin diálogos. 

Duración: 1 hora, 42 minutos. 

Arco narrativo: Ambientada en un colorido New York en los 80’s, por animales antropomorfos. Conocemos a «Dog» un perro que juega videojuegos, come cenas empaquetadas, completamente solo y deprimente. Hasta que ve un infomercial de robots y compra uno. Dog y Robot conviven, patinan, ven películas, pasean y van a nadar a la playa. Dog se queda dormido, despierta al atardecer cuando ya todos se fueron. Pero Robot no puede levantarse ni moverse, su nivel de pila está en rojo. El perro intenta moverlo, pero sus intentos fallan y decide dejarlo. Vuelve a la mañana siguiente, la playa ha cerrado. Intenta pasar por las rejas, pedir un permiso al ayuntamiento y romper las cadenas de acceso, pero nada funciona, solo le queda esperar hasta el 1 de junio que la playa abra de nuevo.

En la siguiente escena Dog aparece preparando Halloween, es decir faltan ocho meses para ir por su amigo. Veremos secuencias de ambos protagonistas viviendo su vida durante la transición de las temporadas. Dog intentando reemplazar la compañía qué Robot le brindó: va a esquiar, al boliche, volar una cometa, conoce a una amiga que tras dos citas se muda a Europa. Mientras Robot varado en la playa es mutilado y hay recurrentes escenarios en que lo ayudan o se sana a sí mismo y corre en busca de Dog, tristemente son sueños o fantasías del personaje, he ahí el nombre: «Robot dreams». Un día llega a la playa, por la alcantarilla, un simio y recoge a Robot para venderlo como chatarra. En el deshuesado Robot termina destruido y sus restos entre el fierro viejo. Hasta que aparece un mapache de nombre Rascal. Este lo repara. Le pone una grabadora de lugar de torso, reemplaza su pierna y lo integra a su vida. 

Conflicto: El principal es cuando Robot queda inmóvil en la playa, mientras el perro vuelve a su rutina normal, hasta el 1 de junio que Dog va por él, pero no hay nada más que la pierna que unos conejos le cortaron. Así que la solución por la que opta es comprar un robot nuevo, con el que replica los mismos paseos que con el anterior, pero al ir a la playa, a pesar de que le pone aceite, Dog impide que se meta al agua. A la par vemos que Robot se acopla a su nueva versión reparada y los intereses de su compañero Rascal. 

Desenlace: Una tarde de carne asada, Robot ve por la ventana a Dog, caminando con su reemplazo. De inmediato baja, corre, lo alcanza, se miran y se reencuentran en un abrazo, pero esto era otra de sus fantasías, la última. Lo que sucede en realidad es que Robot reproduce en su cuerpo-grabadora la canción con la que patinaron en Central Park. Repiten el baile, cada uno en su espacio, hasta que Dog ve el reflejo de Robot en un escaparte, voltea al edificio, pero no hay nadie. Robot se ha escondido. Cada uno retoma su camino y la película termina. 

Protagonista: Dog, un perro introvertido al que la soledad lo agobia por lo que busca medios y personas para sentirse acompañado. Es un perro torpe física, social y emocionalmente. Exige actos de acompañamiento, pero pocas veces es recíproco. 

Protagonista: Robot, un ensamble metálico que se acopla con rapidez a donde lo lleven. Gusta de conocer el mundo a través de la personalidad de quien lo acompaña. Es servicial, honesto e incondicional. 

Personaje secundario: Rascal, un mapache curioso, amable. Suele reparar cosas que otros consideran inservibles. Es encargado de mantenimiento de un lujoso edificio, fan de los Mets, de la pizza, las paletas chupan chups y le gusta cocinar.

Ambientación musical: September. By Earth, Wind & Fire.

Reflexión: La película está repleta de simbolismos, toda en sí es un simbolismo. El perro tiene la necesidad de cubrir su soledad con la compañía de alguien y recurre a una innovación tecnológica, ¿guiño a las apps de citas? Cuando su etapa de «enamoramiento» se ensombrece con la falla de robot, tras unos débiles intentos, lo deja ahí. Sin mirar hacia atrás, ni se da cuenta que la manta que cubre a Robot del frío, se ha perdido. 

Mientras el robot se mantiene en una espera inerte, calurosa o fría, Dog sigue buscando nuevos amigos y, cuando falla o es despreciado, a su mente llega el recuerdo de Robot. Pero no lo visita ni intenta un modo de entrar, porque sí las hay. Dog no extraña al robot, sino las sensaciones de estar acompañado, por ello cuando se da cuenta que lo perdió, compra uno nuevo. 

Otro simbolismo es la vulnerabilidad de Robot en la playa. Llegan unos conejos, que literalmente, le cortan una pierna. Sin embargo, el que más me conmovió fue la reconstrucción que hizo el mapache, tomando las partes que quedaban y añadiendo unas nuevas hace una versión mejorada del Robot. 

No pude contener mis lágrimas en las últimas secuencias, cuando el Robot se ve a sí mismo, su nuevo cuerpo, a su compañero, la ilusión de esta nueva etapa y decide ocultarse a la oportunidad de que Dog lo vea. Una clara referencia de que su renovación no fue sólo física sino emocional. En cambio, Dog buscó suplir esa amistad sin la introspección de qué puede mejorar él o cómo aprender a vivir consigo mismo, sin que la soledad sea una carga punzante. 

Terminé molesta con el personaje del perro. Me hizo recordar las veces que he estado del lado del Robot, en relaciones sexoafectivas y de amistad, brindando compañía honesta e incondicional, para después quedar varada en la incertidumbre del abandono. Porque, en ocasiones, no es ser fácil identificar a las personas que buscan un beneficio de sus vínculos o únicamente emociones, más que el compromiso que implica una relación: abrazar y aceptar a la otra persona con sus demonios y debilidades. 

Recomendación: ¡Por supuesto! La película es breve. La animación es simple y sin diálogos, sin embargo, se construye una historia ágil y emotiva. De nuevo, son las películas animadas y los animales antropomorfos los que crean una conexión real con las emocionalidades inherentes a las y los adultos. Pero cuando la animación carece de diálogos, dígase esta película y el capítulo “​​Fish Out of Water” de la serie BoJack Horseman, son los gestos, la música, la ambientación, las miradas las que fortalecen la historia y brindan un mayor impacto en la audiencia.

Nota al pie: Reconozco que pierdo objetividad en esta película. Hallé muchos puntos de identificación con mi propia historia y mi ojo crítico ve a Dog como un villano, cuando no hay una perspectiva amplia que nos diga si su desapego es por falta de herramientas emocionales o se encuentra en proceso de madurez. Aun así, admito que tuve relaciones en las que mi comportamiento fue similar al del perro, simplemente algo se salió del contexto y abandoné a la persona. Pero la vida es el constante cambio y aprendizaje de esos errores y vez en cuando una película nos agita esos recuerdos y miramos la forma renovada en que el tiempo y madurez nos ha cambiado.

EL FORÁNEO

Por Madelaine BO.

Cuando lo volví a ver pasó desapercibido, como suele pasar cada que llegamos a coincidir.

La diferencia es que está vez, su visita se prolongo por un pequeño tiempo; el cuál se volvió una eternidad. Las horas se tornaron largas hasta convertirse en días y así fueron pasando las semanas y todo ese tiempo se me hizo una eternidad.

No era mucha la convivencia, pero para mí era una presión constante, tanto que me provocaba un nudo en el estomago o el vientre. De ese que te llega cuando te bajará la menstruación «Cólicos». Todo ese tiempo sentía que me apretaban los ovarios. Pero está vez todo eso lo que me provocaba la presencia de una persona.

Confieso que en un pasado hubo buenos tiempos a su lado, pero con el paso de los años , la rutina y las diferencias nos hicieron irnos alejando de poco a poco y ninguno hizo nada para que aquello cambiará.

Con lo anterior no expreso que hay odio de por medio, solo un dejo de malestar combinado con melancolía y un poco de alivio; alivio de no seguirnos lastimando uno al otro.

Posiblemente él siente lo mismo que yo pero ambos tratamos de ser tolerantes con esta situación y todo por el bienestar de los hijos.

Frágil por Jeanne Karen en La máquina verde



Si observamos algo tan pequeño, de esas cosas que pasan desapercibidas casi en cualquier habitación, patio, lugar público, por ejemplo una telaraña; luego si por varios días vamos por el mismo lugar y la seguimos viendo, pero detenidamente, con sus detalles y con lo que la hace especial, con el polvo que se le acumula, los restos de un insecto. O quizás otro día podamos mirar la última fruta que cuelga de un árbol, preciosa en su madurez exacta, dulce, tal vez brillante bajo los últimos rayos solares del verano. Ahora, si miramos hacia dentro, a esa construcción que hemos levantado, a la que le llamamos nuestra, tan nuestra que no se parece a nada, un mundo interior. En ese lugar, en ese rinconcito hay algo vital: la fragilidad, y aparece como un personaje importante, dominando las sutilezas del más profundo yo.

La mente es a veces esa pequeña barquita que se mece con el viento en un mar quieto, su estabilidad depende del estado del cielo y del enorme cuerpo de agua. Esa barquita se puede alejar de la orilla, se puede perder o se puede quebrar. Imaginen una gran tormenta que la dejará hecha astillas.

Mirar nuestra fragilidad, darnos cuenta de que está viva, que está activa en algún sitio, esa flamita, la voz suave que apenas se escucha, pero su idioma es solamente para nosotros, su tono, su música.

Ser frágil no está mal, admitirlo tampoco, lo aprendí recientemente, dejarse caer a veces es necesario y esperar a que con la pura fe, con la fuerza de voluntad o con otras potencias desconocidas, nos elevemos del suelo. Necesitamos creer. Precisamos de mucha ayuda, ayuda de donde se pueda.

Para mí ser frágil es simplemente ser, ser humana, conceder territorios a eso que se desmorona y que ocupa cada vez más espacio.

Algo despertó en mí esa sensación o ¿emoción? Algo movió esa cosita diminuta que me sostenía. La telaraña cargó un poco más de polvo y todo se vino abajo. Me he dado cuenta que no es posible mantenerse de pie cuando por dentro somos un llamado de auxilio, somos una casa a la que se le movieron los cimientos.

Pero está bien, está bien estar atentos, darnos cuenta de que nos sucede la vida misma, con su peso, sus cambios, caprichos, arrebatos.

Imagino ahora mismo una luz, una familia de ángeles que alzan todo el escombro, esa cortina de oscuridad que no me deja ver más allá. Imagino que poco a poco la tormenta levantará también su ira, su destrucción, para dejarme de nuevo como una telaraña que sobrevive, que se mueve, que deja que todo pase, pero sin romperse, sin vencerse por fin, de tanto ir y venir o de la presencia irrefutable de la araña.

Les diré algo, cuando sientan que nada se acomoda, cuando sientan que al levantar la vista, el propio día los lastima, lean poesía. Yo recurro a los poemas más amados, es decir, a los poemas que de alguna forma han hecho de mí una lectora, los versos en donde encontré fuerza, pero también esos otros para dejarme caer y tener la certeza sobre mi capacidad de reconstruirme de nuevo, recoger lo que haga falta, abrir la tierra para la semilla nueva.

Recuerdo un libro muy especial y entre los textos, uno que tiene una claridad demoledora: Llego tarde. He perdido mi camino entre las brozas. Cuántos destellos sobre las flores. Nada he visto. Cada uno afanado a ras del suelo. Se colma el escenario. Todos me evitan ya. Todos me olvidan”.

Gracias a Claude Esteban y su libro “Coyuntura del cuerpo y el jardín”, por recordarme que hasta las pálidas flores necesitan de esos destellos de apariencia todavía más frágil para poder ser. Intentemos brillar de nuevo, siempre, cada vez.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.

Derechos y Colores| No me gustaban las tazas

Por Natalia Mendoza Servín

Foto por Natalia Mendoza Servín

Toda mi vida laboral he sido Godínez (como decimos en México), oficinista, pues. Cada navidad, cumpleaños o fecha especial te regalan tazas… y entonces tienes miles de tazas, ¡ya no sabes qué hacer con ellas! Se vuelven inútiles; se convierten en el regalo por compromiso y por excelencia. En estos entornos, se regalan porque, además, se asume que somos grandes consumidores de café, y tampoco lo soy. Entonces me parecían un regalo estéril. No las odio, pero no me gustan, carecen de sentido para mí, pero las agradezco.

Sin embargo, eso cambió hace unos días que fue mi cumpleaños. Alguien me regaló una taza. Me extrañó un poco porque en ese sitio, solo había personas que me conocían, aunque creo que el tema de las tazas puede que no se lo haya contado a nadie o a muy pocas personas. Tampoco sabía de quién era el detalle porque no tenía nombre. En fin, vi que era una taza y al irle quitando el papel, me di cuenta que no era “una taza”, sino “La taza”. Tenía colores hermosos o al menos que a mi me gustan y me transmiten paz, pero sobre todo tenía esta frase: “Te mereces todo lo bonito”.

Si bien esa persona me conoce bastante, no podía saber que esa frase me ha acompañado desde hace ya varios meses. Al buscar la tienda donde se compró, supe inmediatamente quién me la había regalado. Le escribí, y me dio una serie de razones maravillosas de su regalo. Esa persona me enseñó algo: ¡que sí me gustan las tazas!, las que son pensadas para mí; las que son elegidas desde el aprecio y el cariño.

El regalo me hizo reflexionar cuántas veces en la vida decimos que algo no nos gusta: la escuela, la comida, una persona o amistades, decisiones o planes futuros, y tal vez no hemos tenido la oportunidad de experimentarlo con los matices (¡esos matices!) que hacen que podamos ver a través del espejo la cara que sí es compatible con nosotros. Se vale replantearnos la vida, las ideas, los gustos, los planes… se vale darnos una oportunidad.

¡Gracias por enseñarme que sí me gustan las tazas! Qué regalo tan maravilloso y desde el amor me regalaste. Gracias, gracias.

Natalia Mendoza Servín es abogada y maestra en transparencia por la Universidad de Guadalajara. Se ha dedicado a temas relacionados con transparencia, acceso a la información y privacidad, pero desde el año 2020 ha decido decirle al mundo que ama la causa de las mujeres, así que también es especialista en Estudios de Género por la Universidad Pedagógica Nacional, y ha combinado lo que le apasiona con el feminismo desde entonces. Le gusta hacer análisis jurídico y feminista de las expresiones artísticas, y lo comparte, porque nunca se sabe cuándo esas reflexiones pueden ser útiles para alguien.

Letras Revueltas |Se hizo la luz

Por Illari Alderete

Estamos en abril y el prólogo es la semana santa católica. Durante años, debido a la influencia de mis abuelas, vi el Mártir del Calvario, Ben Hur, Los 10 mandamientos y otras películas que exaltaban el espíritu religioso. Me gustaba el sabor a jazmín y manzanilla que desprendían como el de los panes de la iglesia que se reparten en la visita de las siete casas. ¿Se puede ser religiosa, académica, feminista y marxista a la vez? La respuesta práctica es sí, la teórica es no. 

Como parte de la herencia de mis abuelas, el año pasado, en las vacaciones de semana santa, decidí ver Mahoma, El mensajero de dios, y vi desde otro ángulo lo que significa ser religioso. Sí está la alabanza, la fe, pero no hay un ser tangible que represente lo que está más allá. A Mahoma se le personifica con la luz, con los sonidos, a través de la presencia de los demás. No se le puede mostrar. La película gira en torno a él y, sin embargo, nunca lo vemos. Sólo sabemos por la posición de los demás que está allí, que su presencia tiene temerosos a los que no aceptan las diferencias. Mahoma habla en favor de la igualdad entre todos, así como Jesús, el distingo más evidente es que no hay imágenes sobre él. Pese a que no hay forma de saber cómo era Mahoma, por la zona en la que nació, podemos inferir que fue moreno al igual que Jesús, de esto último ya hay pruebas. (Taylor, E. Joan. What Did Jesus Look Like?)

¿Acaso los que crecieron en la fe católica son tan distintos de la musulmana? Ambas profesan el amor por el otro con la limosna y el ayuno, compartir el hambre con el otro y ¿con la otra?  Ni en la Biblia ni en el Corán hacen una discriminación por género. ¿La misoginia es inherente a las religiones? Emma Bonino(2005, De la mujer y la religión) señala que más que la religión son las personas (reaccionarias y conservadoras), que confluyen en ella, las que la utilizan como plataforma para expresar su misoginia. La interpretación que hacen de ella hombres y mujeres machistas, convierten a la religión en un terreno hostil. A veces afirmamos, sin detenernos a reflexionar, que la religión es la que ha provocado muchas guerras. ¿No son los hombres fascistas los que se valen de ella para justificar sus acciones? 

En ¿Y ahora a dónde vamos? de Nadine Lavaki, las mujeres (cristianas y musulmanas) logran trascender la guerra por medio de la solidaridad, ambos grupos se alían porque se dan cuenta de que lo que tienen en común, además de las costumbres y el territorio son los muertos. ¿Acaso sus dioses querrían eso? Las mujeres comprenden la esencia de ambas religiones que no es la verdad de un profeta u otro, sino el agradecimiento por la vida en la tierra.

«Estoy segura de que muchas identificamos allí violencias que cotidianamente vivimos y que tal vez estas escrituras son un faro de luz para varias que navegan perdidas escuchando el canto del amor.»

La exaltación por lo justo en esas películas me dejó pensando: ¿la creación debe mostrar las injusticias sociales? ¿Debe mostrarnos el camino? En cuanto a la escritura, Dahlia de la Cerda dice que sí: por eso sus personajas son claramente feministas y no sólo son eso, también son diversas y pertenecen a una clase social que no suele retratarse en la literatura. No basta con escribir desde nuestro ser mujeres, hay que evidenciar que se parte de una postura. Como la que muestra Selva Almada con Chicas Muertas al denunciar a los feminicidas que se escondieron bajo el telón de la democracia. O como lo hace Cristina Rivera Garza en El invencible verano de Liliana al colocar un asunto delicado para ella bajo la lupa, al mostrarnos no sólo el horror de perder a una hermana, sino también lo fabuloso que debió ser “ser” Liliana o al menos estar cerca de ella y lo marchito que quedó el mundo con su pérdida. Estoy segura de que muchas identificamos allí violencias que cotidianamente vivimos y que tal vez estas escrituras son un faro de luz para varias que navegan perdidas escuchando el canto del amor.

En la academia uno de los adjetivos más desdeñables es el de literatura panfletaria. Si la crítica califica una obra como panfletaria es seguro que quede olvidada en los anales. Lo mismo ocurría¿ocurre? con la que es calificada como femenina. En algún momento, en la historia de la literatura mexicana se utilizó la palabra “afeminada” para cuestionar la existencia de una literatura de renombre. Los estridentistas, movimiento vanguardista acompañado de activismo social y político, y los Contemporáneos dieron pie a esta polémica. Me pregunto que pensarían ahora de la escritura feminista que, además, es abiertamente panfletaria. Aunque parezca algo lejano, recientemente escuché esas voces que insisten en hablar de “alta literatura”. 

Este año, como parte de mi ritual religioso, vi  La sociedad de la nieve, comencé a verla con dolor en el estómago porque recordaba referencias macabras sobre el suceso. Me imaginaba una especie de Holocausto caníbal, mas me encontré con una grata sorpresa. El suceso fue trágico, pero más allá de lo que tuvieron que hacer para sobrevivir, vi la belleza de la vida, la espiritualidad llevada al máximo. Fue una película que me impactó mucho. Al comienzo de la película me pregunté: ¿qué habría hecho yo? ¿habría sobrevivido? Quizás suene desesperanzadora mi respuesta, pero yo me habría rendido en el día uno. Me habría tirado en una esquina y habría esperado a que el frío hiciera lo suyo. Mi pregunta no fue por qué decidieron comer carne humana, sino por qué decidieron continuar. ¿Qué era lo que les parecía tan increíble que debían soportar frío, hambre, sed, dolor para seguir viviendo? Algo los motivaba más allá de las circunstancias. Quizás hay un poco de idealización en la historia, pero pese a los pronósticos de los sociólogos y los psicólogos, no terminaron violando todas las leyes debido a las adversidades; al contrario, fueron éticos en la mayor parte de sus decisiones. Formaron una sociedad solidaria, equitativa, fraternal; descubrieron sus verdaderos rostros y no fueron tragados por el dios de las mil máscaras. Al finalizar el filme sentí alivio, revivieron en mí la esperanza y las ganas de sobrevivir a todo, aunque parezca que no hay futuro. La película logró reescribir mis memorias de la infancia, ya no pienso en caníbales en los Andes, sino en la belleza de la vida por la cual lucharon los 16 sobrevivientes.

Quizás lo religioso para mí es la solidaridad humana, esa sensación de pertenencia a un lugar. La capacidad que tenemos las personas de continuar pese a los malos pronósticos. Pienso en Angela Davis peleando en prisión por un trozo de papel para enviar cartas denunciando las injusticias carcelarias aplicadas sólo a las personas racializadas y en la voces que la animaron a continuar fuera de la celda, esto lo narra en su autobiografía. Cómo no escuchar a Camila Sosa en Las malas quien retrata la vida de las mujeres trans, a quienes hoy se les sigue negando su derecho a la identidad. Cómo negarle el título de literario al poemario Cuerpo de Azul Ramos que denuncia la desaparición de Carlitos, su primo. “Lo vulnerable es vivir en un armario de cuerpos, de fosas clandestinas.” “Verme a mí desaparecer en esta búsqueda”. (2023, pp.24-25)

Quiero terminar este recorrido con Ruperta Bautista denunciando la matanza de Acteal de 1997, para la que aún no ha habido justicia.  

“Plegaria y humedad de la selva

en minutos se convierten río de sangre,

las alabanzas se visten de agonía

florando en el polvo destructor.”

(Cantares de Acteal,1998)

Sus versos alumbran la página. Amén.

Illari Alderete

Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi un año cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.

Cartografías del instante| Escribir cartas

Escribir Cartas

Por Anyela Botina

«La correspondencia es un hondo y desgarrador testimonio de todas las pulsiones de la pasión». Correspondencia de Diana Patricia Becker a Cristina Peri Rossi.

Creo que el encanto de escribir cartas es que jugamos, y cuando una juega, sus pretensiones, miedos y heridas están a salvo, aunque en realidad estén más expuestos que nunca. En una carta dejamos muchas cosas, pero ante todo dejamos lo que somos en ese plano que no vemos, que es invisible para nosotros mismos. No somos la herida a la que le hemos quitado la costra mil veces en el intento de sanarla, sino la herida sin nombre ni rostro.

Las heridas que no miramos son las que más llevan nuestro nombre y aparecen en los sueños, los presentimientos, las fotografías, los chistes y las cartas. Escribir cartas es un juego de máscaras, un juego en el que nos protegemos de la mirada del otro, también de nuestra propia mirada. A mí me gusta escribir cartas, pero muchas veces me da miedo no saber qué decir. Me animo a hacerlo solo porque me reconozco en ese juego de malentendidos y confío en que el otro acepte el juego.

Hoy, poca gente adulta juega o escribe cartas, quizás porque nos aterra lo que perdura o porque queremos pensar que sabemos quienes somos y una carta seria la muestra de que eso no es así. Yo sé que hay mensajería instantánea, pero en esta mensajería el instante es absoluto, se muestra. Los instantes de una carta, en cambio, juegan, bailan, ríen y luego dicen chau con la mano.

Me gusta lo que dice Pessoa en su poema «todas las cartas de amor son ridículas, no serían cartas de amor si no fuesen ridículas». Me gusta porque me hace pensar en todas las cartas que he enviado a lo largo de mi vida y me surge la pregunta: si las leyera ahora, ¿me reconocería en ellas? ¿Será que encontré las palabras adecuadas y, si las encontré, fui valiente para decirlas, o me inhibí y recurrí a lugares comunes? No lo sé. Me sorprende cuánto una puede desconocerse a sí misma en el pasado.

Jugar nos da la ilusión de protección y espontaneidad, pero a veces el juego pierde el sentido. Entonces, ya no hay más palabras y lo sabemos, no hay otra cosa que podamos ser en esa correspondencia, quizás por eso se llama así.

Si escribimos cartas, estas son las radiografías de lo que fuimos y de lo que alguna vez fueron los otros a nuestro lado, los extraños que ahora nos pueden parecer ridículos.

Anyela Botina (1993. Pasto, Colombia). Soy profe de filosofía y hago reseñas de escritoras latinoamericanas en Tejiendo Historias. También, puedes escucharme en Historias de Barbaros. Puedes visitarme aquí👇

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