Otoño.

Por Betzabe González Pérez.

Ella era el resultado de todas sus decisiones, tanto buenas, malas, algunas inclasificables, pero todas formaban parte de su yo. Era más que eso, pero consideraba que nunca podría llegar a ver la totalidad de su ser y que sólo podía percibir fragmentos de ella en distintos escenarios. Quizá el hecho de no conformarse consigo misma la obligaba a escribir garabatos en sus libretas y recibía de buen modo, cuando le caía en la cabeza como una piedra, un adjetivo que podría definirla o por lo menos atisbar un mediocre bosquejo sobre ella. 

Iba caminando a paso lento mientras veía alrededor un cielo azul intenso, con nubes escasas y un sol que no quemaba pero lastimaba la visión. El viento ya le había recordado la estación en la que se encontraba porque laceraba sus labios y le dejaba un rostro gélido. Llevaba una chamarra gruesa y exagerada en sus dimensiones; enrollada a su cuello estaba la bufanda café que tenía desde hacía siete años; sus botas desgastadas hacían crujir las hojas; el bolso se le resbalaba de su angosto hombro y un papel blanco se arrugaba cada que ella metía la mano en el bolsillo de su chamarra. Su imagen en ese escenario era común, cualquier otra persona podría encajar en la misma descripción. Sin embargo, hacia donde se dirigía, las intenciones que llevaba, los sentimientos y emociones que se concentraban en los labios y las uñas mordidas, y la mente perdida, no podrían ser equiparables con la de alguien más, por lo menos no en ese momento. 

─ Nueve meses en los que he intentado hablar y para qué. No sirve de nada mediar con la pasividad… No, no, no digas eso, Emma. Estás alterada. Pero si tan sólo hubieses hecho lo que tenías en mente, quizá algo habría cambiado. ¿Qué? ¿Se supone que tengo que responder ahora? No sé cómo habrían cambiado las cosas. Tenía que hacerme caso a mi misma y como siempre, no lo hice. Esperé y esperé una respuesta de un muro… Imbécil. Si yo me hubiese dirigido a confrontar la situación cara a cara, otra cosa habría ocurrido. Quizá yo no estaría caminando en esta estúpida banqueta, con este viento del carajo, ni con estas…

Un nudo en la garganta le impidió continuar hablando. Eran las tres de la tarde, no había mucha gente ese día y nadie notó que una lagrima se le resbalaba por la mejilla y quedaba fríamente adherida a su piel. Estaba furiosa y el movimiento de sus manos agitaban su bolso y las cosas allí dentro chocaban con su cadera. Había avanzado más rápido con su monologo y probablemente en cinco minutos o menos llegaría a “Santa Inés”. Comenzaba a sudar frío. El camino se hacía cada vez más corto y ella ya no quería llegar al punto de reunión. Se había jactado de la manera en la que confrontaba las adversidades, pero esta ocasión era distinta porque ella siempre delineaba el rumbo de las cosas, sus emociones estaban pensadas para que pudiese actuar en el momento, pero este día se le habían adelantado y estaba improvisando. Mejor dicho, hoy estaba siendo consciente de que no todo está premeditado en la vida y que si lo había logrado anteriormente fue porque nunca se había enfrentado a este “enemigo” ineludible.

Empujó el gran portón de hierro y una brisa suave movió las copas de los árboles. Siguió caminado por una calle estrecha y ni siquiera se dispuso a mirar lo que había a su alrededor. Un pedazo de asfalto levantado por la raíz de un ocote, casi la hizo tropezar. Se asustó y con sus brazos intentó mantener el equilibrio pero el bolso se le cayó y todas las cosas salieron de él. Maldijo por lo bajo, se agachó para recoger todas las cosas lo más rápido posible. Se incorporó y a lo lejos vio a un grupo de personajes con atuendos diversos, algunos de ellos se dispersaban. Caminó más rápido y un retortijón en el estómago la hizo detenerse. Se recargó en un pino. No quería escuchar nada. Pasaron unos minutos, dos, tres y cuando ya no hubo nadie se acercó a la tierra blanda y húmeda. 

− Mira, te traje el libro con el que lloraste. Podría ser entretenido, ¿no crees? También te traje las piedras que hiciste en tu laboratorio… ¿Cómo dijiste que las hicieron? La verdad yo no me acuerdo. Y quise traerte esta pulsera blanca que me regalaste, perdóname, pero nunca la usé −se hincó y comenzó a hacer un hoyo en la tierra para acomodar las cosas que traía consigo. 

− ¿Te acuerdas de esta bufanda? Claro que sí. Tú me la regalaste. Quiero devolverte cada cosa que me diste, pero no creo que pueda cavar más sin llegar a tu maldita cabeza fría. Estoy muy molesta, y sé que este día es tuyo porque lo elegiste, pero hoy quiero hablar de mí. Te envié muchos mensajes y sabía que los leías y… Eres un cobarde, nunca quisiste mantener conversaciones incómodas. Cuando nos peleamos tú dijiste que yo era libre de irme y que si nuestra amistad no cumplía mis expectativas podría conseguir la de alguien más. ¿Lo lograste? ¿Lograste reemplazar lo que teníamos? Ni un solo día que pasó de estos nueve meses pude dejar de pensar en ti, ni en lo mucho que me hacías falta. Quizá yo pude ir a buscarte e intentar arreglar todo, pero no lo hice porque siempre lo hacía yo, y tú te conformaste con mi decisión. Si me querías tanto como decías, ¿por qué no me buscaste? Y cuando yo decidí escribirte me ignoraste. Me dejaste una carta, una carta apenas legible porque tu letra no se entiende… 

Mírame, maldito. Nunca me miraste. Estoy desecha. No recuerdo tu rostro, tus bromas de mal gusto parecen las de alguien más, el abrigo que siempre solías usar no es tuyo, esas palabras que usabas no te pertenecen porque esa persona estaba viva y ahora no eres más que un banquete para los gusanos. Por qué me escribes una carta pidiéndome perdón si pudiste decírmelo personalmente tú, con tu voz, con tus gestos, con tu persona. Lo que leo son palabras de alguien que no es nadie ya y nunca lo será, son solo letras que yo interpreto por quien soy y eso es lo más tormentoso de la vida… Es lo más tormentoso que me has hecho y no te puedo perdonar. Y en nada te afecta a ti ahora, qué más da lo que diga. La persona que recuerdo está perdida en alguna parte y quizá llegue al rato para burlarse de mi yo desecha. 

No sé qué voy a hacer ahora, sólo no quiero tener ningún objeto que me recuerde a ti… ¿Los lugares? Eso me tocará verlo más adelante, porque si en nueve meses no supe cómo borrar tu recuerdo, ahora tengo más claro que es imposible y debo improvisar. No, no te sorprendas. En su momento tendré un plan para dejarte mis memorias de ti en este lugar. No te preocupes, yo te lo voy a venir a dejar, por lo menos ahora quédate con estos objetos que son un dolor insoportable. Destrúyelos porque yo nunca pude hacerlo. Me tengo que ir. Te quiero, pero quiero decirte que te quise, que te amé. Sabes, ahora que lo pienso mejor, no eres tan cobarde porque fuiste consciente de quién eras y cuál era tu lugar en este mundo… 

Con las manos ennegrecidas, no se dio cuenta de que una de sus uñas estaba sangrando. Enterró las cosas lo más profundo que pudo. Se levantó para llorarle por última vez a ese amigo que jamás volvería a ver. Allí se quedó mirándolo hasta que un hilito de sol se filtró por uno de los pinos y le advirtió que pronto comenzaría a oscurecer. Dio la vuelta y se alejó para enterrar un fragmento de su vida en esa tierra inerte. 



Betzabe González Pérez, nacida en el antes Distrito Federal, estudió Letras Hispánicas en Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM). Organizó coloquios dentro de su instituto para visibilizar la importancia de la comunidad sorda en el mundo de los oyentes. En el libro Escribir el miedo y la esperanza. Crónicas sobre el terremoto y estudios sobre la Lengua de Señas Mexicana, participó con un trabajo propio y otro de coautoría. Coordinó la sexta edición del congreso DELLE 2021. Ha participado en la revista literaria Tintero Blanco con Fóvea y en la antología “Se hace amarres de amor propio” de la UAEMex con Témpano de hielo, y uno próximo a publicarse Exánime en la antología “Recolectores de silencios”.  


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Costuras.

Por Silvia Mabel Vázquez.

Estoy hilvanando frases como “No necesito de vos”,

“No te extraño”,“No  me haces falta”.

Pero las deshilvano, rearmo las oraciones.

No puedo no extrañarte. No puedo no necesitarte.

Me haces falta.

Hilvano y deshilvano sentimientos

pero el hilo se corta y vuelvo a empezar.

Es muy difícil comenzar así una costura…

Es como vos decías: “Despacio y con atención

las cosas salen mejor”.

No hay que apurarse. Hilo doble. Puntadas certeras.

No sale bien escribir sin sentimientos.

Hilvano y deshilvano.

Corto el hilo, dejo de coser y sigo soñando

con que alguna vez aparezcas y me abraces

como en mi último cumpleaños.

Como el último segundo en que te dejé

Y prometiste que volverías.

Nunca se sabe cuando será el último abrazo.



Silvia Mabel Vázquez, Profesora de inglés, periodista, escritora. Publicó en antologías (Argentina y España) Editó: Rocío de palabras,“Abraxas”,“Contraluces” y “Aceptalo, tenés 50” – 2017 y 2018- Antología “Los escritores dicen” 2020. Recibió premios y menciones como: Cuna de la Tradición, Círculo de periodistas de Gral,San Martín, 2018, y Best Women´s award, marzo 2019. Publicó en revistas literarias de México, Bolivia, Israel, Miami, y varias localidades de Argentina. Organizadora Feria del libro 2013 y 2014 en San Martín.

Editora revista cultural www.lalupacultural.com.ar 2012 a 2018. Expositora Feria del libro de Buenos Aires 2011 al 2019. Directora cultural UMECEP Buenos Aires, año 2019. Mujer destacada en la cultura 2019 Foro latinoamericano de mujeres, Mar del Plata. Embajadora de paz y de buena voluntad-Alianza internacional de Cultura, arte y humanidad de Marruecos y México. Premio Dorado a la creatividad Alianza marroquí-mexicana de cultura, arte, humanidad y paz-  Julio 2021

Editora del blog: lasmusasdespiertas.blogspot.com 

www.silviavazquez.com.ar 


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El fin del coming of age.

Por Marina Areta.

Hoy vi Booksmart otra vez

pensé en ti, como siempre, en tu sonrisa redonda

en la avidez de tu mirada al recordar el futuro

pensé en las espirales que dimos en Polanco, La Condesa, entre piedras de Roma y al borde de Coyoacán, trepando por las paredes del Pedregal 

cuando sentimos náuseas en el Centro y nos las pasamos con un trago de veinte pesos, o la vez que nos perdimos por los barrios culturales y por un segundo, aprendimos a hablar chino y a ver los murales de esta vida que se escurre después de cumplir quince años

aún recuerdo los pies adoloridos de una mañana recorriendo Cafetales, para después ir a saludar al Ángel y luego de vuelta en la escuela que sentíamos pequeña, porque lo sabíamos todo

claro, si tejimos una eternidad en seis meses y las dos convergimos por un segundo, antes de que oscureciera y regresáramos a casa, abandonando el esplendor del lago y regresando al castigo del estado que tanto nos aterraba pero que al final era nuestra casa

temporal, por supuesto, jurábamos que sí, que rentaríamos un loft en Insurgentes y que seríamos de esas personas que cuentan los millones desde la ventana de su renta

ahora es difícil creer que las manos de quien te llevó por primera vez a conocer el corazón de una ciudad al final se hayan ido sin dejar nada más

sólo memorias, cascarones de sueños, el boceto de un esqueleto que se esconde en el armario de una chica de veinte que en ese entonces

te veía

y sentía que entendía de qué iba la vida

en medio del frío de esta ciudad que pronto se olvida, recordé que Booksmart abandonó los cines hace años, y era buena pero nunca recaudó mucho

ya no recuerdo bien tu rostro y pasamos tiempo juntas, lo hicimos, pero, ¿fue para tanto? 

creo que te quería porque a través de ti me conocía, pero nadie te dice que el sueño adolescente termina

y te fuiste, igual que la novedad de estos recorridos que ya conozco, un espejo de lo que sabía

algo que sucumbe con el tiempo, igual que las películas, la metrópolis

la tonta alegría de caminar juntas por un nuevo día

y la venida de la edad 

porque sin excepción, siempre acaba

en soledad.



Marina Areta, (2000, CDMX) estudiante de la UNAM, guionista, profesora de inglés y traductora independiente es firme creyente de las letras como una forma de cambiar el mundo. Durante los últimos dos años ha colaborado en diferentes eventos culturales como ponente, presentadora y difusora, entre ellos las Jornadas Pluriculturales de Mitologías, la Tertulia Multicultural de la ENTS, además de contar con obra publicada en manera digital como el cuento de terror Cabellos, o la pieza poética Eterno diciembre.  


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Sin rumbo.

Por Helly Raven.

Voy delirando canciones en tu mirada, por esos recordados caminos de antaño.
Voy ebria de los besos pasados, tras el polvo agonizante de lo que fue una sonrisa.
Voy riendo lágrimas del ayer, por esta ausencia, inexorablemente presente.
Voy soñando tus manos, contactos utópicos para los segundos sedientos de un reloj que ya no vuela.
Voy naufragando latidos en esta cama húmeda con mi soledad y tantos espacios
perdidos.
Voy volcando mis versos en un cuerpo inútil, al que solo le queda la memoria y esta moribunda palabra.
Voy bebiendo el veneno de tu huida, en el frasco roto por donde se escapa mi alma.
Es ella la que me falta, ahora está contigo.



Helly Raven, Cubana, de 28 años y escritora autodidacta. Graduada de veterinaria. He colaborado en distintos blogs con poemas, relatos y artículos variados; también en una crónica todos los viernes que se publicaba por El País Digital.

Twitter: Helly Raven (@hellycrow)
Wattpad: Helly Raven (@CrowWithAMouth)
Medium: Cuervo Escritor 


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Querida Julia.

Por María de la Luz Carrillo Romero.

Mérida , Yucatán a 12 de enero 2022

Querida Julia

Te saludo con el cariño inmenso que te tengo. La confianza en ti surge  al conocer tu buen corazón de amiga soldaría. Te escribo porque los recuerdos agolpan mi cabeza y no he podido sosegarme.

No me he sentido muy bien en estos días en que el calor de primavera me atosiga por las noches. No me deja dormir, mis pensamientos reptan como pesadas serpientes llenas de vacíos y penas. Desde que recibí aquella carta, ya no fui la misma. La inocencia de esos días se esfumó como sucede con los bellos sueños, se van y no vuelven a repetirse. Esa carta me enseñó, a no confiar en nadie, a cuidarme de algunas personas, porque no todos son lo que parecen ser. Con frecuencia creía que contaba con buenos amigos, así fue por un tiempo. En mi adolescencia mi círculo social se caracterizó por ser afable y divertido.  Me agradaba estar rodeada de rostros sonrientes y animados. Pasábamos horas enteras platicando sobre estrambóticos temas. Parecía que el tiempo se tumbaba con desgano a nuestro lado.

Fueron tres años plenos de aprendizajes y alborozo, todo como un licuado de sabores excitantes. Pero, lo que me agradaba más era estar junto a Margarita. Algunas veces, mi prima  me acompañaba a la escuela, su fuerte personalidad se volvía el centro de la reunión. Era de carácter desenfadado. Sin ofender a los oyentes decía lo que pensaba. Desenvuelta y franca, sus ideas sobre el mundo nos dejaban pasmados. Más que primas prevalecía entre nosotras la amistad y cierta complicidad. Ella y su hermano Adrián, fueron en ese entonces, los primos ricos que nos visitaban cada mes. En esa época, cuando íbamos de día de campo los adultos nos dejaban libres. Mientras ellos se enfrascaban en comer, platicar y beber pulque o cervezas, en especial mi padre que era alcohólico, él, disfrutaba el momento bebiendo sin medida.  No deseo acordarme de sus desfiguros, sólo evoco los maravillosos juegos, subirnos a las copas de los árboles, la ocasión nos hacía volvernos pájaros, tocar las nubes cada vez más, cada vez más arriba.

En alto de los árboles, me gustaba mirar el mundo a través de las ramas, las cosas se movían despacio como peces voladores. Todo parecía ligero, los sonidos se percibían lejos. Sentía el palpitar del árbol como sonrientes quejidos. Margarita y yo como diosas por encima del mundo, tomadas de la mano gozábamos el momento.

Mi prima se fue por un tiempo a estudiar al extranjero, era mayor que yo, por  tres años. Cuando regresó de su viaje nos citamos en su casa. Yo tenía dieciséis, ella 19. Nos abrazamos y nos besamos con el ansia de un sediento en pleno desierto. Algo en su mirada me cautivó. Esa noche dormí en sus brazos, me olvidé de todo. Cerré los ojos a la mediocridad de mi familia, a las carencias materiales que me impedían avanzar en mis estudios. Relegué mis temores para otro día, solo me abandoné al sensual goce de los sentidos, como una refinada sibarita. Pero el placer se paga, eso dicen los adultos. Pasar el tiempo, es lo que deseé, sin embargo, mi cuota de dolor llegó con esa carta. Las eventualidades de mi vida me llevaron a lo que soy hoy, una profesionista, soy una mujer libre de ataduras. Margarita se casó en el extranjero, fue infeliz con un hombre que la martirizó por doce años. Recuerdo que me lo presentó, con el rostro arrebolado de alegría. “Es un buen hombre” -me dijo- No sé qué es ser bueno y para qué, pero si para aniquilar a lo más preciado de mi vida. La desapareció, dejó sus restos regados en su casa de España. Me siento fatigada con el ánimo culpable. Pienso que Margarita no podrá acompañarme a las copas de los árboles, pero estoy segura que desde las alturas de una ceiba me observa con cariño.  Nadie se dio cuenta y el asesino, se fugó como el viento entre mis manos. En su carta, ella me pedía ayuda, me suplicaba ir por ella, antes de que “su amor”,  su “hombre bueno” la  desapareciera del mundo.

 Me despido de ti querida Julia y deseo recibir tus palabras de paz.

Hasta pronto.

Tu amiga Silvia



María de la Luz Carrillo Romero, Narradora, poeta docente de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha publicado micro relatos en varias antologías. Autora del libro ABCTRAZOS. Promotora cultural en Tecámac, Estado de México. 


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Bruja.

Por Frida Lai.

Me llaman bruja sin aquelarre porque me duele la vida y la miseria que reina en estas cuatro paredes de falso despilfarre.

Me duele la existencia y mi falta de hogar, las manos que buscan cortar mi respiración ya no albergan más ni un ápice de protección ¿alguna vez fueron una opción?

Herida sangrante de estas palabras cortas que no le hacen afronta a las monstruosas, conferidas como conjuros de maldiciones, hechizos de podredumbre con la crueldad en todas sus opciones.

Mi magia la percibo extinta, bruja quemada que no vuelve a renacer. Bruja extraviada en laberintos tóxicos, en la ideología del destructor, conjurador de almas oscuras de este reino de dolor.

Me llaman bruja sin aquelarre porque aún no logro revertir este amarre de desilusión y  errónea constitución.

Ya no, ya no

NO

No me llaman más, mi esencia se agotó con el viento que se dedica a esparcir mis cenizas una vez que caí de la cornisa.

Collage digital por la autora, Frida Lai.


Frida Lara, escritora y artista digital.


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Un tejido accidental.

Por Damarys González.

Un tejido accidental
de hojas verdes, grises, tostadas,
rosadas y anaranjadas
une las copas
del eucalipto y el mango

Quizá se embriagan unas
con el mentolado aroma
Tal vez las otras han sido seducidas
por la redondez dulce y tropical
y durante su encuentro
imaginan un fruto que sea
capaz de combinarlo todo



Damarys González Sandoval, Poeta y artista plástica, (Caracas, 1973). Estudió en el del Instituto Universitario de Estudios Superiores de Artes Plásticas Armando Reverón. Ha realizado distintos talleres de poesía. Sus poemas figuran en varias antologías colectivas nacionales e internacionales. Ha sido merecedora de algunos premios literarios. Tiene en su haber una decena de poemarios, entre ellos: “Retratos”, “Figura traslúcida” y “Entre el limo y el reflejo, cuerpos de agua”.


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Renacer.

Por Teresa Delgado Carmenates.

Llegó la noche y me embargaba la tristeza,
y se hizo presente la melancolía,
ya no sabia que hacer, pues a mi mente
solo llegaban las escenas de aquel día.

Y me puse a escribir y en mi desvelo
una lágrima anunciaba su presencia
escribí y escribí con desespero
los recuerdos tan tristes de su ausencia.

Si,  de forma  inesperada lo perdí,
en el momento más sublime de mis días
cómo saber que aquella noche tan feliz
a mi alcoba sin él regresaría.

Nunca pensé que aquel amor que era tan mío
pudiera irse detrás de una aventura
dejando en mi alma este vacío
y mi mente colmada de locura.

Quise morir, pensé que ya la vida
no tendría sentido para mí,
pero busqué las fuerzas en mi lira
y hoy me siento lista para vivir.

Había jurado no contar más mis anhelos,
no escribir una palabra del amor
olvidar los «te amos» y los «te quieros»
pero esta noche me llegó la inspiracion.

Y salí a buscar ayuda en otro ser
volver a amar, sentirme viva, y de repente
encontré mi autoestima, mi renacer
¡Y aquí estoy escribiendo nuevamente!



Teresa Delgado Carmenates, poeta originaria de Cuba.


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AMOR VERDADERO.

Por Evangelina Garcia Vilet (Vangi Garvi)

.

Amor verdadero, fotografía por Vangi Garvi.


Evangelina Garcia Vilet

Soy la tercer hija de mis padres. Nací en Tampico Tamaulipas orgullosamente. Desde muy pequeña me recuerdo como un ser altamente creativo, con la necesidad de expresar mis sentimientos de todas las formas. Mi animal favorito es el perro, considero que es el compañero más leal que el humano puede tener.


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Historias de alacenas, vitrinas y macetas I Empeñarse a una estrella.

Por Arizbell Morel Díaz

Para E.R.

A los 26 Rogelio no podía dejar de pensar en que era una maravilla que el mundo fuera redondo.
Por más que le daba vueltas cual globo terráqueo, esta idea no dejaba de rotar en su mente.
Era un ser curioso, un joven con ambiciones de comprender a la esfera terrestre un paso a la vez.
Ojos cual castañas. Una voz que contenía las profundidades del océano. Un par de manos largas como de pintor. Y una cabeza que giraba con teorías, preceptos y sorpresas. Cuando un pensamiento entraba en ella no había manera de sacarlo hasta que quisiera salir solo. Generalmente sus pensamientos salían marchando, buscando nuevas caminatas por recorrer…

Como sus pensamientos habitaban su cerebro, Rogelio se contagiaba de ellos.

Así, había días en los que quería llegar al fin del mundo caminando. Y otros tantos cuando no quería ni moverse de su sitio.
Él era así.
Un niño. Por dentro, era un niño que contenía por sí mismo la sabiduría del mundo.

En una de sus noches de desvelo se preguntó cómo podría capturar a una estrella, congelar una luz. Si los planetas y los astros son redondos, tal vez tener una estrella era como sembrar un melón.
¿La tendría que meter al congelador? ¿Cuánto come una estrella?
¿Necesita de un agua lunar especial?
¿Cómo podría comunicarse con ella?

Como las preguntas rondaban su cabeza y le inquietaban las ideas decidió hallar una solución.
Él era un hombre de pocas palabras y acciones muy contundentes. Así que pensó:
Bueno, finalmente, capturar a una estrella no es cosa fácil ni probable…
Entonces, dejó de preocuparse por esta cuestión y volvió a dormir.

Cuando a una realmente le inquieta algo, lo está llamando.
De este modo, Rogelio pensaba en su suerte sin saberlo.
Cautivar a una estrella, empeñarse a ella, descubrir las cualidades de la luz en la palma de una mano…
…era solo cuestión de tiempo.

Una noche de verano algo golpeó a su puerta, lo despertó.
Paso a paso se acercó a la puerta…

Y entonces encontró una estrella. Y no supo qué hacer con ella.

Paralizado sobre sus zapatos, Rogelio entrecerró lentamente la puerta.
La estrella seguía ahí.
No se movía.
Y él sí.
Entonces la tomó entre sus manos y lo decidió:
La adoptó como mascota y la metió en una pecera.
Y la estrella lo miraba, aunque no tuviera ojos para hacerlo mientras él la insertaba en su palacio de hielo.

Ella era feliz con ésto. Jamás pensó que pudiera ocurrir.
Porque ella se sentía monstruosa. Ya que poseía un secreto.

Uno de sus picos estaba roto. Casi no se notaba, pero lo estaba.
Ella lo sabía.

La metió en la pecera de su tortuga muerta, pues aunque no era una estrella de mar, Rogelio no conocía otra forma de cuidarla.
La estrella necesitaba comer, así que aprendió a cocinar.
La estrella necesitaba que alguien pudiera limpiar su entorno, así que aprendió a hacerlo.

De pronto sus días y sus noches estaban empeñados a su estrella y, los de ella, a él.

Y la estrella le daba electricidad; encendida todo el año.
Y la estrella lo acercaba a la felicidad, con sus grandes ojos —que no lo eran— y su pico roto para cualquiera que se acercara (que no fuera él que ya conocía su secreto y lo esperaba).
Así comenzaron a vivir, su estrella y él.

Y pasaron los años y las constelaciones.
Pasaron la crudeza de las estaciones.
Juntos, ella en su pecera, él por fuera, acompañándola.

Un secreto que nadie te dice es que cuando adoptas una estrella, adoptas una eternidad.
Así le pasó a Rogelio, quien comenzó a vivir como si una semilla le explotara en el pecho.

Creo que todavía viven él y su estrella.
Aún no me los he encontrado.
Pero si miras más de cerca, seguro que tú puedes hacerlo.
Empeñados mutuamente, compartiendo el mundo y la esfera celeste.

Arizbell Morel Díaz.

Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” en el ciclo 2021-2022 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021). 

Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida. 

Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera”, “Barista”, “La máquina que todo lo escribe” y “El color de tus ojos al ver las hojas caer” (2021).