Letras Revueltas| Recordanzas 

Por Illari Alderete

Abro facebook y me resulta extraño encontrarme con una imagen que no recuerdo o que mi mente decidió borrar: guardar en el último cajón del buró. La imagen en cuestión, me recordó que en un Coloquio sobre minificción presenté a René Áviles Fábila, sé que para muchas y muchos este autor puede ser irrelevante y mentiría si cuento que lo que me gustó de él fue, específicamente, su obra. Lo que me hizo apreciarlo fue que se convirtió en una imagen de lo que yo deseaba para mí misma en el futuro; hablar sobre los temas que me gustan frente a personas interesadas. Lo conocí gracias a mi profesora de español de la secundaria, Abigail, quien con sus diligencias me acercó a la literatura. Honestamente, de no haber sido por ella, la literatura no me hubiera enamorado como lo hizo. Recuerdo que no sólo llevó al grupo a conocer a los autores de las obras, también nos hacía disfrutar de la literatura de un modo distinto; por ejemplo, leímos un cuento que trataba sobre cómo se movía el mundo por un gesto insignificante, al autor aún no lo localizo y sólo un detalle de la historia quedó grabado en mi memoria: que había un pollito, asimismo promovía entre nosotros el gusto por la escritura; nos pedía cuentos, novelas o ensayos; creo que su logro más grande fue impregnarnos el placer de la lectura. Ese que experimenté al escuchar un cuento en “Radioactivo” a mitad de la noche sobre un caudillo que cruzaba el infierno.

En la presentación, a la que nos llevó mi profesora, René Áviles Fábila habló sobre sus maestros, su obra y sus apreciaciones literarias. La obra que llevaron a la venta ese día fue Recordanzas, ésta se convirtió en mi libro de cabecera, me aferraba a él con la esperanza de que algún día el mundo de la literatura me abriera sus puertas. Recordanzas es básicamente una autobiografía, el autor nos cuenta sobre su infancia en la colonia Villa de Cortés, sobre sus amores, su introducción al marxismo y su formación literaria. Recuerdo que René se rio al saber cuál de sus libros habían llevado a la presentación porque ese no era un libro para adolescentes, él habría preferido que leyéramos sus cuentos o minificciones, pero por disponibilidad en la bodega, llegaron sus memorias. Al pasar a que me lo firmara escribió: para Illari con la esperanza de que estas memorias formen parte de las suyas. 

Cuando lo reencontré en el 2012 yo ya era docente y junto con otras compañeras organizamos un Coloquio de minificción, desde que conozco este género se convirtió en una de mis fuentes de estudio e incluso intenté escribir algunas, pero ninguna valió la pena. He olvidado si le confesé que era su fan, esto siempre me avergüenza, o si le conté que tenía su autobiografía, o si fui capaz de contarle que yo también quería escribir o si en ese momento era un secreto incluso para mí. No tengo ningún recuerdo de ese momento, sólo hay una foto. Me impresiona esa capacidad que tengo para olvidar, de desconectarme de otros momentos de mi vida. Como cuando te percatas de que nunca podrás verte a ti misma, salvo a través de un espejo; ¿y si esa no soy yo? Contrario a René el memorioso como le llamaron por sus Recordanzas, y en clara alusión a “Funes el Memorioso” de Borges, yo soy Illari la desmemoriada y, en ocasiones, juego a recrear lo que podría haber hecho o pensado.

Admito que tengo miedo a olvidar, que imagino que me puede dar alzheimer. Hace algunos años leí un artículo que mencionaba que esta enfermedad era provocada por una bacteria en los dientes, así que desde entonces he generado una compulsión por lavarlos, las odontólogas ya me han hecho advertencias sobre el desgaste en mis molares y el riesgo de que si no me detengo, con el tiempo, tenga que usar una dentadura postiza. Me encuentro entre mis dientes o el alzheimer.

Hablando de la desmemoria, Alice Munro tiene un cuento que se llama “A la vista del lago” en la colección Querida Vida(2012) en él Nancy va a buscar a un médico a un pueblo, Highman, para que la ayude con sus problemas de memoria, sin embargo, llegar con el médico se vuelve una tarea titánica, se confunde de calles, olvida el número, las personas le dan instrucciones confusas. Munro crea un ambiente en el que por momentos nos sentimos con esta enfermedad. A veces me siento como Nancy y lucho para que nadie se dé cuenta.

Soy pésima para recordar nombres o datos, a veces los confundo, me presentan a alguien que se llama Lizbeth y yo le digo Elizabeth, a Sebastián, Esteban. Hay cosas que recuerdo a detalle, canciones que aprendí cuando tenía 16 y que hoy, aunque haya dejado de escucharlas por mucho tiempo, vuelvo a cantar como si estuviera leyendo la letra. Las personas con alzheimer suelen traer a la memoria lo que vivieron en su infancia como si nunca hubieran superado esta etapa, también hay estudios que señalan que la música puede ayudarlas a rememorar. En mi caso no pienso que esta terapia funcione si es que la padezco. Recientemente, jugué Bidi bidi bom bom con mis sobrinas y yo no recordaba ni una sola letra; duelo de canciones de Michael Jackson, perdido; canciones con la palabra cara, fallido. Mi memoria musical se ha vuelto un desastre. Tal vez por eso prefiero escribir, porque no todo tiene que salir de mi boca en un instante, puedo detenerme a verificar los datos y corregir, el flujo de pensamiento es más lento, en cambio, cuando se trata de canciones no logro distinguir los nombres, los cantantes o grupos, sólo en ocasiones llega a mí una parte de la melodía que se mezcla con otras.

Mi memoria es como un laberinto, si no recuerdo algo busco palabras parecidas que me hagan regresar a la palabra buscada, como el hilo de Ariadna en el laberinto de Minotauro. En ocasiones, me pasa con autoras. Hace no tanto hablé de la novela Las gratitudes en una de mis columnas, cuando platico sobre esta obra suelo mencionar a Virginie Despentes como su autora, pero al revisar, aparece que ella escribió La teoría de King Kong que poco o nada tiene que ver con Las gratitudes.

En el cuento, “Ver las orejas al lobo” de la colección Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio (2001) de Alice Munro, Fiona y Grant llevan 50 años de casados. Viven en una casa de campo en Ontario, tanto él como ella están jubilados y disfrutan de una vida sin hijos. Fiona suele ser distraída pero organizada, coloca post its para recordar el orden de las cosas, hasta que aparecen en lugares extraños; en la alacena, en los cajones. Durante los paseos, Fiona se pierde y suele dar excusas sobre estas pérdidas, sin embargo, llega el momento en el que Fiona admite que necesita ser recluida en un asilo, tal y como hace Michka de Las gratitudes cuando descubre su afasia. Fiona con toda la dignidad le pide a Grant que la lleve a Lago del Prado, un lugar para personas con alguna demencia. La descripción de estas primeras escenas, la relación amorosa entre Grant y Fiona, que se nos presenta como idílica y cómo Fiona empieza a perder la memoria, me produjo mucha angustia, me costaba continuar leyendo, ver a Grant aceptar la decisión de Fiona, no obstante, pronto llega el giro de tuerca; Grant deja a Fiona, no la ve durante un mes y al volver a verla, Fiona lo ha olvidado, en cambio tiene un nuevo interés por un hombre que se llama Aubrey, para no perturbar a su esposa Grant nunca le dice que él es su esposo, la vigila durante meses y ve cómo se enamora de Aubrey, todo esto es descorazonador hasta que el narrador nos permite saber que Grant le fue muchas veces infiel a Fiona, que en su papel de profesor de literatura inglesa aprovechó las oportunidades con sus alumnas, por eso que Fiona se enamore de Aubrey es una suerte de karma por lo que hizo en el pasado. La pérdida de la memoria permite otro comienzo, Fiona se transforma en un nuevo ser que vuelve a disfrutar la vida.


Como en el caso de Amnesia interpretada por José José y compuesta por Chico Novarro (1976); 

Que anduve por ahí de bar en bar

Llorando sin podérmela olvidar

Gastándome la piel en recordar

Su juramento

Perdón, no la quisiera lastimar

Tal vez, lo que me cuenta sea verdad

Lamento contrariarla pero yo

No la recuerdo.

Aunque mi versión favorita es la que Control machete hizo en el tributo a José José (1998), la voz de Poly Romero y el ritmo hip-hop jazz me parece que hacen una fusión muy acertada.

Olvidar también puede ser una bendición, es la tragedia de Funes el memorioso, quien no puede olvidar ningún detalle y eso le impide pensar. Si yo no olvidara tal vez no sería capaz de tener nuevas experiencias. Dicen que lo importante no es recordar todo, sino seleccionar lo importante, aunque dudo que lo que yo hago sea eso, quizás es el exceso de información la que no me permite recordar.

Delphine de Vigan es la autora, me confundo porque Virginie Despentes también es francesa, aunque a esta última no la he leído. ¿Qué broma me quiere jugar mi mente? ¿Acaso es una premonición? 

Illari Alderete

Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi cinco años cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.

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