Los árboles y las pantallas que me rodean | La muerte animal que me acecha

Por Mijal Montelongo Huberman

Nunca se ha muerto una persona cercana a mí. He conocido gente que se ha muerto, he ido a un velorio, algunos familiares han muerto y sé de personas que se les ha muerto alguien cercano. Todos estos casos me han generado tristeza, pero ninguno de ellos me ha conmocionado, no he sentido la pérdida de estas personas.

Lo que sí me ha pasado es que se han muerto varios gatos y perros con los que he vivido. Mi primer gato llegó cuando yo tenía unos cuantos años. Ya había convivido con un perro desde que llegué a mi casa, la perra de mi mamá. Sin embargo, fue mi gato, el segundo animal con el que viví, el que un día se fue. Yo y mi mamá estuvimos buscándolo mucho tiempo y lo volvimos a ver a unas cuadras de la casa, pero no quiso regresar con nosotras. Esa fue mi primera experiencia con la pérdida. Estaba muy triste y mi papá me regaló otro gato. A partir de entonces, siempre ha habido por lo menos un animal en mi casa, un relevo sin fin de perros y gatos.

De lo que más puedo hablar con cualquier persona es sobre los perros y gatos que tengo o he tenido. Me encanta contar la llegada de cada uno. Los hemos sacado de refugios, veterinarios, un árbol, otras casas y de la calle. Algunas de mis gatas pidieron (porque cuando una gata va con personas mientras maúlla insistentemente y se restriega contra ellas está pidiendo) un hogar temporal (una gata llegó embarazada y se fue cuando regalamos al último de sus cachorros) o permanente (lo más habitual). Otros llegaron un poco a la fuerza, pero terminaron acostumbrándose. Hablar de ellos también es una manera de recordar a los que ya no están, aunque se me entrecorte la respiración en algún momento de la anécdota mientras espero que la persona con la que hablo no lo haya notado.

En ciertos momentos, he pensado que ya me aburrí de los animales que tengo y que me gustaría tener uno nuevo. Me siento mal después de este pensamiento porque no cambiaría a los míos por ningún otro. También a veces pienso que estaría más cómoda sin ningún animal en la casa para tener menos responsabilidades. Al igual que el otro pensamiento, lo descarto rápidamente porque no sentiría que mi vida estaría completa sin ellos.

Hace unos años, leí un cuento de Silvina Ocampo llamado “Mimoso” en el que la protagonista diseca a su perro después de que se muere y lo pone en su casa. Cuando platicamos sobre este cuento en un círculo de lectura, hablamos sobre esa decisión que tomó la protagonista y algunas compañeras mencionaron que ellas también disecarían a sus animales una vez muertos. En aquel momento, me pareció una decisión impensable para mí. Sin embargo, después me quedé pensando más en eso y recordé que yo conservo las cartillas de vacunación de la mayoría de los perros y gatos que he tenido. No es lo mismo que tenerlos disecados, pero es mi manera de recordarlos y constatar su existencia. Cada persona tiene su propia forma de mantener presente la memoria de sus pérdidas.

No todos los animales que he tenido han muerto, tal fue el caso de mi primer gato. Algunos se fueron o se perdieron. Como en personas, esas pérdidas son diferentes a las muertes: aunque seguramente ya no están vivos, yo no pude asegurarme de que estuvieran cuidados en el tiempo que siguieron con vida.

No me considero una buena persona para cuidar perros y gatos, debido a que no he sido la cuidadora primaria de ninguno de los que he tenido. Esa ha sido mi mamá, al menos que ella no pueda por periodos cortos. Por eso creo (y espero) que podría volverme una mejor cuidadora de lo que he sido si ellos dependieran principalmente de mí.

Conozco a personas que tuvieron a sus animales por más de diez años, incluso hasta casi veinte años. Lo mínimo que un animal ha vivido con mi familia ha sido un mes. Lo máximo que un perro vivió con nosotros ha sido de seis años y un gato, de diez años. En el día a día es mucho tiempo, pero en retrospectiva de mi vida es muy poco. ¿Cómo le habrán hecho las otras personas para tener por tanto más tiempo a sus animales? ¿Cómo lo podría hacer yo?

Hace un par de años, se murieron tres de mis animales en un periodo menor de seis meses. Sus muertes, aunque no fueron tan repentinas como otras, me afectaron mucho, ya que, como yo ya era mayor y más responsables de ellos, su pérdida fue más notoria.

Mix y Loba

Las muertes de cada uno de los animales con los que he convivido han sido muy diferentes: tumores, daño hepático, envenenamiento, etc. Sé que las muertes de los animales que tengo ahora también serán únicas (al igual que sus vidas). Tengo remordimientos con las pérdidas de todos, sobre todo con las muertes más recientes: no haberlos cuidado mejor, no haber pasado más tiempo con ellos, no haber evitado que sufrieran desde antes. Pero ya no puedo hacer nada más, sólo me queda recordarlos vivos.

Maggy

La muerte animal es parte de mi vida. Lo acepté cuando elegí ser vegetariana y vegana y cuando volví a comer carne. Lo acepté cuando dediqué los trabajos de investigación de mis tesis sobre la mortalidad de vertebrados terrestres. Lo acepté cuando me di cuenta de que también asumiría las pérdidas de los animales de mi pareja. Lo acepto cada vez que decido que mi casa también la será de otro. La muerte animal es parte de mi vida, pero la vida antes de la muerte la hace más llevadera.

Para las muertes del pasado: Chucha, Kotic, Canicas y sus cachorros, Pancho, Fanny, Rayas, Bia, Sami, Luna, Cara Rara, Maggy, Rama, Morgan, Mix y Loba.

Para las del futuro: Portis, Gizmo, Ori y Zorro.

Mijal Montelongo Huberman (México, 1996). Estudió la carrera de Biología y la maestría en Ciencias Biológicas en la UNAM. Es traductora, divulgadora y educadora científica. Ha publicado artículos de divulgación científica y de investigación, traducciones literarias, cuentos y minificciones. Siempre está acompañada de libros, perros y gatos.

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