Por Mijal Montelongo Huberman
Cuando escucho sobre la ocupación del territorio, pienso en cómo y para qué se usa el suelo, a quién le pertenece, quién lo puede usar. También me imagino los cuerpos de agua dentro o alrededor como parte del territorio: los ríos, los lagos, los litorales. Rara vez pienso en el mar abierto y sus profundidades, esos lugares tan lejanos y ajenos para la mayoría de las personas. Es más raro aún que considere el espacio por arriba de donde nos movemos: el aire, el viento, la lluvia, la humedad que pesan sobre nosotras, pero que no podemos alcanzar únicamente con el cuerpo hasta que ellos descienden a nuestro nivel.
Pero, claro, las personas somos terrestres; por lo tanto, pensamos nuestro uso y ocupación del territorio en torno a este tipo de desplazamiento y vivienda.
¿Cómo se ocupa el aire? ¿El aire puede habitarse?
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Todas las especies, incluyendo la humana, sacan muchos beneficios del aire. Es fuente de varios compuestos necesarios para la vida: el oxígeno y el dióxido de carbono. Brinda energía, movimiento y desplazamiento: los campos eólicos, el transporte marino, la dispersión de semillas. Sirve para promover la difusión de gases y disminuir su concentración, como al airear un cuarto o al orear las sábanas. Se obtiene información gracias a las señales transmitidas por el viento: los aromas liberados durante la fructificación de las plantas permiten identificar la disponibilidad de alimento.
También ayuda a ubicarse en el espacio. Nunca he distinguido el olor a playa, excepto una vez que estaba en una ciudad cerca del mar, aunque todavía a unos kilómetros de él. Me sorprendió poder sentir y oler la humedad y la sal y poder corroborar de una manera sensorial mi ubicación.
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El aire nunca es el mismo. La difusión de los gases ayuda a que se transporten ciertas bacterias y otros componentes con potencial de vida, como virus, polen, esporas, algunas semillas. Todos ellos están a la deriva, a la espera, algunos en estado latente, de las condiciones ideales para continuar o iniciar la vida. La composición del aire cambia con mayor rapidez que la composición de un paisaje terrestre o marino. Este cambio no lo tenemos presente, excepto cuando estamos expuestos a algún microorganismo o sustancia nociva, como ocurrió en la pandemia o como sucede cuando nos paramos cerca de una acumulación de basura orgánica.
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Los seres pasan por unos segundos en un pedazo del aire. Los diurnos, como las aves, los escarabajos y las mariposas, son muy vistosos. Los nocturnos son más elusivos, como los murciélagos y las polillas. No todo el aire es ocupado por todos los seres; cada uno transita por él en cierto rango de altura. Las águilas suelen volar a más de treinta metros de altura, algunos insectos vuelan a más de cientos de metros y los murciélagos pueden llegar a los miles de metros. Una mosca no pasará por la misma ruta en el aire para llegar de un pedazo de comida a otro y después regresar al primer pedazo. Esa mosca tal vez se encuentre a otras moscas, a alguna mariposa o una paloma, pero es muy poco probable que se tope con un cernícalo o un murciélago de cola libre. El uso del aire, así como el suelo, está dividido espacial y temporalmente; incluso los aviones operan de acuerdo con este principio para evitar colisiones entre ellos.
Ningún ser permanece en un punto del aire por mucho tiempo, con excepción de los colibríes. El aire es un espacio que sólo admite estar de paso. Los vencejos están la mayor parte de su vida en ese espacio, pero nunca quietos, siempre en movimiento.
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Este cambio continuo de lugar por parte de los gases y los seres aéreos se contrapone fuertemente a la tendencia al sedentarismo humano. Sin embargo, nuestro afán por también ocupar las alturas como otras especies nos ha llevado a crear invenciones y construcciones que nos lo hacen posible.
Cuando alguien vive en un departamento, ¿habita en el aire, en el suelo o en ambos espacios? Los edificios departamentales son una alternativa a la ocupación del suelo, pero en esos casos el aire se vuelve en un espacio de las personas y ya no puede ser usado, aunque sea momentáneamente, por otros seres. Aunque las aeronaves se coordinan entre ellas para evitar accidentes aéreos, nosotras no nos coordinamos con las otras especies que también lo ocupan.
A pesar de que la Constitución mexicana declara que el territorio del país incluye “El espacio situado sobre el territorio nacional, …”, esto sigue siendo una delimitación arbitraria para las especies no humanas que se desplazan por el aire, traspasándolo sin miramientos. Nuestra ocupación del aire resulta en una gran cantidad de muertes de animales aéreos por colisiones, tanto con aeronaves como con construcciones altas.
De chica, viví en una ciudad pequeña. Era infrecuente ver construcciones de más de cuatro pisos de altura. Se podía ver el cielo sin levantar la cabeza, con alzar la vista bastaba. Era fácil ver algún murciélago pasar velozmente cuando anochecía o alguna águila planeando a lo lejos. Los pocos edificios que eran más altos interrumpían el paisaje, tapaban el cielo amplio y las nubes continuas. En cambio, en la Ciudad de México, sólo se ven fragmentos del cielo; se percibe el aire como un espacio con forma de túnel que está directamente encima de las personas y que está enmarcado entre construcciones. El cielo de la ciudad no es un espacio vasto y libre para los seres aéreos.
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Una brisa fresca en un día caluroso trae alivio. Un tornado trae devastación. Mucha humedad reduce la transpiración de las plantas. Un virus viaja por medio de pequeñas gotas de saliva que salen disparados hacia un nuevo huésped. El mirlo primavera migra de Canadá y el norte de Estados Unidos a México al vuelo. La vida no se detiene en el aire, siempre está en transición.
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Mijal Montelongo Huberman (México, 1996). Estudió la carrera de Biología y la maestría en Ciencias Biológicas en la UNAM. Es traductora, divulgadora y educadora científica. Ha publicado artículos de divulgación científica y de investigación, traducciones literarias, cuentos y minificciones. Siempre está acompañada de libros, perros y gatos.
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