Por Tania Farias
Llamar ritual, lo que en los siguientes párrafos describiré, no es quizás la manera más idónea, aunque en aquella época no faltaba alguien que, en tono de burla, me remarcaba la frecuencia de la situación y agregara que parecía algo sagrado. Como digo, desconozco si el término “ritual” sea el adecuado, solo sé con certeza que era de gran importancia para mí y, aunque la duración fue corta, de un par de años solamente, fue de gran relevancia en mi vida y en mi estabilidad emocional de entonces.
Para empezar, las circunstancias eran especiales. Después de conseguir mi primer empleo me sentía lista para independizarme. Entonces, dejé el nido parental y todos los espacios que me seguían conectando íntimamente a la familia. Para hacerlo más asequible, además de facilitar la transición ―no es tan sencillo como parece el dejar atrás todas las reglas que la casa familiar impone―, me mudé con un grupo de chicas. Pero el cambio fue, de cualquier manera, profundo pues por primera vez era yo quien decidía mis horarios de salida y de regreso a casa. Por primera vez, nadie me decía lo que podía o no hacer. Y también por primera vez, a pesar de vivir en comunidad, me encontraba sola, sin el soporte y el cuidado de los míos.
Durante esa época me inscribí a un diplomado de francés en el que tuve la oportunidad de interactuar con un grupo de chicos con quienes tejimos una amistad muy especial. Por un lado, estaba la contadora, quien a pesar de tener la misma edad que yo, era una persona sumamente madura y, por los consejos que siempre me daba, la llamaba, a manera de juego, “madre”. Ella se volvió en poco tiempo una de mis amigas más cercanas. Por otro lado, estaba el chico deportista y buena onda, con excelentes genes que parecían otorgarle una juventud eterna; por meses enteros nos escondió su verdadera edad sin que pudieramos determinar que nos ganaba, casi por una década, a mi “madre” y a mí. También estaba la maestra de inglés y psicóloga, madre de dos adolescentes cuyo entusiasmo y alegría era contagiante. Por otro lado, estaba el abogado maduro, pero siempre listo para la diversión. Y finalmente, el arquitecto, el único que tenía una novia de varios años y quien, al poco tiempo, se volvió también parte del grupo. Desde un principio nos dimos cuenta de que, a pesar de nuestras diferencias de edades, compartíamos intereses, afinidades y que ninguno de nosotros, a excepción de uno de ellos, el arquitecto, teníamos pareja. Solteros y sin responsabilidades mayores que nuestros propios trabajos, contábamos con todo el tiempo para reunirnos con regularidad.
Con el paso del tiempo nuevos integrantes se unieron al grupo. Aunque algunos eran intermitentes, otros llegaron a acoplarse a la perfección a nuestra dinámica.
Pronto, nuestros encuentros se convirtieron en una especie de ritual. Por lo menos unas dos veces por semana, al terminar mi jornada laboral, me dirigía hacia la oficina donde trabajaba mi madre postiza, una casona histórica ubicada en el centro de la ciudad. Aunque sus horarios de trabajo eran más extendidos que los míos, para la hora en que yo finalizaba mi jornada, todos sus colegas se habían retirado y ella se quedaba sola para dar el cierre.
Lo común era que yo le avisara cuando estaba a punto de salir. Nunca faltaba la pregunta de qué teníamos ganas de comer y, después de llegar a un acuerdo, ella se adelantaba a hacer el pedido en un restaurante cercano del que nos volvimos clientas asiduas. A mi llegada, íbamos a recoger la comida para enseguida compartirla. Cuando terminábamos, no pasaba más de media hora para que mi amiga diera también por concluido su trabajo por el día. Entonces, llamábamos a los demás,
Casi siempre había un plan por realizar: idas al cine, reuniones en casa de alguno, cenita en algún restaurante. A veces optábamos por realizar alguna actividad física, como ir a patinar o hacer una sesión de ejercicio funcional. Otras veces, preferíamos comprar algunos fiambres, algo de beber y emprendíamos el camino en búsqueda de algún lugar al aire libre y tranquilo. Tantas veces terminamos al lado de la carretera frente al volcán, el cual, en esa época, no dejaba de brindarnos espectáculos con sus fumarolas que subían tan alto en el cielo y sus desbordamientos de lava que, como ríos incandescentes flotando en la oscuridad, nos maravillaban al caer la noche. No importaba la actividad ni el lugar, el chiste era conversar y reír por horas.
De nuevo, por el tipo de actividades y la manera en que sucedían las cosas, sigo sin atreverme a considerarlo un ritual; nunca era igual. No había pasos a seguir ni acciones que respetar. No había nada sagrado en nuestras reuniones. Sin embargo, buscar de manera regular la compañía de ese grupo se volvió una necesidad: estar con ellos me hacía sentir que pertenecía a algo, que había encontrado mi tribu. Y solo por esto último aceptaré que nuestras actividades juntos se habían vuelto una especie de ritual vespertino, el cual un día terminó de golpe, producto de la imposibilidad de continuar haciéndolo debido a un cambio radical en mi vida: mudarse a más de 10 mil kilómetros no es algo que permita las reuniones.
Más que vivir nuestra separación, la sufrí. No poder llamarlos, no poder reunirnos como solíamos hacerlo, no compartir nuestras experiencias y actividades fue devastador en mi estado de ánimo. Lágrimas y soledad fueron una constante en los primeros seis meses después de haberme ido de México. Alejarme de mi grupo, de mis amigos, de nuestras tardes de convivencia dejó una herida que no cicatrizó en años.
Las tribus no se crean de la noche a la mañana y a pesar de considerarme muy afortunada de haber podido, de nuevo, ser parte de grupos tan especiales, las reuniones con la frecuencia casi ritual que llegué a tener con aquel grupo a inicios de mis veintes ya no pueden ser parte de nuestras rutinas: las ocupaciones diarias, nuestros estilos de vida no lo permiten.
Con mi partida del país, el grupo al que pertenecí mantuvo por algunos meses esas reuniones regulares. Pero en un momento, supongo, se dejaron atrapar por las responsabilidades y las circunstancias y las reuniones se volvieron cada vez más esporádicas hasta convertirse en casi inexistentes.
A mi ego le gusta imaginar que era yo quien propiciaba esas convivencias. Corroboro mi pretenciosa teoría cada vez que regreso hacia esa ciudad donde viví parte de mis años de juventud. Mi presencia es el pretexto para que el grupo, mi grupo, tenga un motivo para volver a reunirse y recordar con nostalgia, pero también con mucha alegría, aquellos días en que la vida era sencilla y podíamos pasar nuestras tardes juntos.
Ritual o no ritual, qué importa.
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