Aprender que el mundo es más grande que las personas que me hicieron sentir chiquita es algo que constantemente me recuerdo.Y me pregunto, ¿por qué sostener espacios, recuerdos o personas que creen tener el derecho de empequeñecer nuestra esencia?
Si bien es cierto que, como Alicia, tenía que hacerse pequeña para poder entrar al País de las Maravillas, no deberíamos hacernos chiquitas para encajar o entrar a un “mundo” mágico.Quizá por eso siempre vuelvo a Alicia. Porque me pregunto quién decidió que para atravesar ciertas puertas había que hacerse pequeña primero. Y cuántas mujeres seguimos aprendiendo esa lección antes de aprender cualquier otra.
Viajar al pasado, volver a ser niña para desenseñarme todo lo que era “correcto” según la sociedad, era mejor que aceptar mi silencio.
Porque crecer también fue aprender una serie de reglas invisibles entre ellas que el silencio era los que nos sostenía como humanos, siempre se sintió como si existir plenamente fuera un exceso y no un derecho.
Lo irónico es que, sin vivir en el País de las Maravillas, tuve a mi Sombrerero Loco, mi papá, y tuve a mi Reina Blanca, mi mamá, quienes siempre me dijeron que mi voz valía. Que, a pesar de los atropellos de la vida, mi fuerza estaba en mis palabras, en mis letras y que nunca hiciera del silencio mi aliado.
Y quizás por eso mismo también por mucho tiempo me sentí vulnerable, porque por más que quisiera complacer a una sociedad que nos ha preferido históricamente calladas, tenía una revolución de palabras trabada en los adentros.
Porque las palabras tienen la extraña capacidad de revelar aquello que otros preferirían mantener oculto. Nombrar lo que duele, señalar lo que incomoda, cuestionar aquello que parece inamovible. Y quien decide habitar las palabras termina comprendiendo que toda voz tiene un costo.Lo irónico es que tuve una madre y un padre que me enseñaron que mi voz valía, pero crecí en un mundo empeñado en enseñarme cuándo debía usarla y cuándo no.
Al día de hoy, remar contra la corriente nunca fue tan extremo, pero vuelvo, desaprendo y sano. Y en ese camino comprendí que no se puede remar solo y que sanar NO es un acto privado.
Nos han enseñado a pensar en la sanación como una tarea íntima casi prohibida de compartir, como si jugar a escondidas en el jardín secreto de Frances Hodgson Burnett se tratase. Un ritual que ocurre en la soledad de una habitación, lejos del ruido del mundo. Pero hay heridas que no nacen únicamente de las personas. También nacen de los sistemas que las respaldan, de las culturas que las justifican y de los silencios que las vuelven posibles.
Hay heridas que se instalan cuando nos convencen de que debemos ocupar menos espacio, heridas que fueron producidas colectivamente, moldeadas por relaciones de poder, por estructuras que premian la obediencia y castigan la disidencia, por culturas enteras que siguen esperando que ciertas personas ocupen menos espacio para que otras puedan seguir ocupándolo todo.
Entonces ¿por qué las heridas sí pueden ser colectivas y sanar debe ser en el secreto de lo individual?
Nos enseñaron a creer que hacernos pequeñas era una virtud, cuando muchas veces no era más que una forma de obediencia. Por eso desmontarlas también es una forma der resistencia.Preguntarse de dónde vienen nuestros miedos es una forma de resistencia. Revisar las creencias que heredamos sobre nuestro valor es una forma de resistencia.Negarse a seguir cargando vergüenzas que nunca nos pertenecieron es una forma de resistencia.
No se trata únicamente de descubrir quiénes somos. Se trata de identificar cuántas de nuestras renuncias fueron realmente nuestras. Cuántas veces llamamos prudencia al miedo.Cuántas veces llamamos paz a la costumbre de encogernos. Cuántas veces elegimos el silencio para sobrevivir. Cuántas veces aceptamos versiones diminutas de nosotras mismas para poder atravesar puertas que jamás debieron exigirnos el sacrificio de olvidar lo que nos hace grandes.
Porque cada vez que alguien recupera una parte de sí que había sido reducida o silenciada, también desafía el orden que necesitaba de esa reducción para sostenerse.Tal vez por eso la reconstrucción resulta tan incómoda. O tal vez por eso hablar de sanar resulta casi un tabú.
Es por eso que hoy tengo claro que alzar la voz, sanar y resistir ante quienes intentan reducirnos también es un acto político. Porque toda recuperación de una misma desafía algo más grande que una persona: desafía las estructuras que siguen necesitando de nuestro silencio para existir.
Y quizás por eso vuelvo entonces a Alicia.
Y pienso que quizás la verdadera maravilla nunca estuvo al otro lado de la puerta. Quizás estaba en comprender que nunca debimos hacernos pequeñas para cruzarla.
Porque hay una diferencia enorme entre ser pequeña y haber sido reducida.Y quizá una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo consiste precisamente en aprender a distinguirlas.
El mundo siempre fue más grande de lo que nos hicieron creer.
Y nosotras también.

Amelia Serrano Arias es diseñadora gráfica y escritora hondureña. Cursa una maestría en Escritura Creativa y ha desarrollado su obra entre la imagen y la palabra, explorando las fronteras entre el arte, la mia y la identidad. Sus textos han sido publicados en revistas y antologías literarias de Chile, Colombia y México. Combina su formación visual con la narrativa para construir un lenguaje propio donde el diseño y la literatura dialogan desde la sensibilidad y la raíz.
