Por Liana Pacheco
Después de «El cuento de la criada / The Handmaid’s Tale» no queda el silencio, queda la reflexión, el cuestionamiento, la mirada a nuestro entorno. La serie inicia en 2017, un tiempo en que la “agenda de ultraderecha” todavía no ocupaba la atención del discurso público; pero en los últimos años hemos presenciado el impulso de esta ideología.
Luego de ver la serie resulta fácil identificar sus mecanismos en la realidad. Discursos morales que avanzan con fuerza, bajo la excusa de orden o mandato religioso; seguramente alguien ha replicado la frase: «El destino biológico de las mujeres son los hijos». La misma Margaret Atwood afirmó que su novela plasma situaciones reales, opresiones que las mujeres han vivido en distintos lugares y momentos de la historia.

En 2024 el régimen talibán aplicó una ley que prohíbe a las mujeres hablar y cantar en público. Cuando escuché de esta noticia recordé la 3a temporada: mujeres con la boca sellada con arillos de metal. Estamos ante una realidad que paulatinamente va replicando el guión de la ficción. Si en la serie todo inicia por una crisis de fertilidad, en la vida real ¿cuál sería el motivo?
Esta era de información zambulle entre ideologías opuestas. Mujeres luchando por sus derechos versus tradwifes, por citar un ejemplo. Mujeres que pregonan la idea del matrimonio, maternidad como única aspiración. ¿Qué podemos hacer nosotras ante este espejo incómodo? Una respuesta es cimentar una autonomía de pensamiento y de criterio. No replicar ideas porque se presentan como tradición; escuchar y discernir qué discursos resuenan con nuestra identidad, cuáles nos fortalecen y cuáles nos sitúan en un lugar opresivo.
Ya sea que las tradwifes son o no, antítesis del feminismo, es importante señalar que divulgan una falsa libertad. Si la ficción cruzara la realidad, Serena Joy sería portavoz de este movimiento. Otro paralelismo fue en 2025, con el asesinato de Charlie Kirk, conservador radical. Erika Kirk, la viuda, estuvo al frente del funeral, un evento mediático que tuvo la presencia de políticos de alto rango en EUA. Esto se comparó con Serena y el funeral que organizó a Fred Waterford, en la temporada 5.

Por ello es importante señalar que ninguna opresión inicia con violencia directa, sino con lenguaje: frases que romantizan la sumisión, narrativas que venden la pérdida de derechos como elección personal. Podemos combatirlo dando vida a nuestra voz, escribir y preservar la memoria. Lo que no se registra en palabra se olvida, lo que se olvida, se normaliza.
Aquí quiero ahondar en una idea personal. Pareciera que la modernidad ha vuelto al feminismo más un hashtag de Instagram: discursos usados para señalar, dividir, desterrar a la que no concuerda con este. Incluso el caso de figuras que replican violencias con la excusa de expresión y libertad. Elijamos a quién escuchar desde la convicción propia, no por presión, ni popularidad digital. Si encontramos un diálogo que nos aporte en esta construcción de autonomía de pensamiento, compartamos, difundamos la voz de las mujeres para que lleguen a más.
Hagamos que la sororidad no sea sólo un término, sino una práctica, incluso incómoda. Acompañar, escuchar y respetar los procesos individuales, aunque haya disparidad de ideas; comprender que la experiencia responde al contexto único y personal. Considero que un feminismo ejercido en extremo y radicalidad replica lo que dice combatir. Gilead se instauró porque muchas mujeres creyeron que su privilegio las protegía, pero el sistema empezó a caer cuando muchas se unieron contra él.

En la vida real no hay una crisis de fertilidad, sino crisis de poder. Por la lucha feminista, las mujeres tenemos libertad de decisión, hasta de nuestros cuerpos, pero a ojos del sector conservador eso parece una amenaza en un sistema patriarcal que les favorece. El cuento de la criada no es una serie de feminismo radical, es una ficción donde un sistema se infiltra lentamente, entre discursos de moralidad, mandatos religiosos y la reasignación de la mujer a un lugar donde solo existe la obediencia sin posibilidad de cuestionar o elegir.
Gilead es una ficción que incomoda, no por sus reglas, sino porque nos obliga a interrogarnos. Siendo mujer me aterroriza pensar que una sociedad así, pero nadie conoce el desenlace de la narrativa en el mundo real.
A nosotras sólo nos queda resistir, pensar, escribir y acompañar siguen siendo formas de resistencia.
