Por Mijal Montelongo Huberman
En obras de ciencia ficción, la trama de un planeta colonizado y explotado por hombres es recurrente. Aunque tomando en cuenta la historia de los últimos cuatro siglos, el origen de esta trama no resulta extraño. Tanto la película Avatar de James Cameron como la novela El nombre del mundo es bosque de Ursula K. Le Guin la desarrollan en sus mundos creados. Hablaré sobre los puntos de convergencia y divergencia de estas realidades ficticias para después comentar cómo se relacionan con nuestra realidad.
Hay varias similitudes en ambas obras: un hombre antagonista que es violento, los colonizadores que se creen con el derecho de extraer y utilizar los recursos del planeta nuevo, la destrucción paulatina de este otro planeta, una relación distinta entre los nativos y su entorno a la de los colonizadores y el propio, la difusión de la noticia de una amenaza a diferentes poblaciones nativas, un intermediador colonizador que se encuentra atrapado entre ambos grupos y el cual es ignorado, etc.
El evento detonador del conflicto también es parecido. Desde el principio, los colonizadores subestiman a los nativos, no los toman en cuenta o no piensan que vayan a reaccionar negativamente a su invasión. Inevitablemente, los primeros sobrepasan los límites de tolerancia de los segundos. Esto provoca que los nativos protesten y se organicen en contra de los colonizadores, quienes lo toman como una ofensa directa y no dudan en responder violentamente.
Unas de las diferencias más relevantes entre la película y la novela, mencionadas por Donna J. Haraway en Seguir con el problema, son que en la historia narrada por Le Guin no hay un “héroe colonial ‘blanco’ redimido y arrepentido” y tampoco hay una perpetuidad de la violencia ni “un relato de salvación”. Estas distinciones me parecen relevantes debido a que plantean una alternativa a la manera en que la gente generalmente se imagina este tipo de situaciones.
En la novela el héroe es un individuo nativo; por lo tanto, no sigue la historia hegemónica de un salvador foráneo ni los estándares estéticos usuales de un héroe humano: es bajo de estatura, verde, lleno de pelo y con la cara desfigurada por cicatrices. Su descontento hacia los colonizadores surge de la violencia directa que estos ejercieron sobre él. Además, no se asombra con la tecnología y la cultura de los humanos a pesar de que, al ser retenido involuntariamente, aprende sobre ellas. Esta también me parece una distinción importante debido a que es común pensar que otras culturas quieren o van a estar mejor si poseen los productos materiales e ideológicos de una “civilización”, como se le considera a la cultura occidental, capitalista y colonialista.
Otra diferencia importante es que el intermediador de la novela, aunque en general es ignorado, ayuda a que ambas partes se entiendan y puedan negociar. Sin embargo, su papel es secundario y muere, sin que se eleve su posición a la de un héroe, como en el caso de la película. Esto ayuda a darle mayor importancia a la acción de los nativos para resolver el conflicto, en lugar de a los colonizadores.
Cuando un antagonista realiza todas las atrocidades implicadas en una colonización, la solución a la que se recurre rápidamente es buscar su muerte como venganza o retribución. La violencia vivida por los nativos se vuelve una justificación irrefutable para ejercerla sobre quienes la usaron en primera instancia. Sin embargo, en la novela la violencia con la que responden los nativos es limitada, ya que únicamente busca intimidar para que los colonizadores detengan sus actos violentos y estén dispuestos a negociar. Además, exilian al antagonista principal, en lugar de matarlo.
El planteamiento de la novela y la película es el mismo: el gran sentido de superioridad de los colonizadores es tal que buscan satisfacer sus necesidades a expensas de otros seres y el entorno, sin tomar en cuenta los efectos. Considero que este planteamiento es tan recurrente e impresionante porque ha estado presente en diferentes lugares en distintas épocas de la historia e incluso en la actualidad de nuestro planeta.
Las ciudades, los megaproyectos, las carreteras y toda infraestructura donde habitamos alguna vez fueron un bosque, una selva, un pastizal o un manglar lleno de diferentes organismos nativos. En algún momento un explorador llegó, encontró algo que le gustó o que necesitaba y decidió colonizar el lugar. En el proceso de colonización se intenta eliminar cualquier ser o cosa que lo obstaculice. Lo que sea nativo (y que los colonizadores no consideren que tienen un beneficio para ellos) es ignorado, despreciado, hecho a un lado o aniquilado. Lo nativo incluye cualquier componente natural de un espacio geográfico: personas, animales, plantas, montañas, ríos y suelos. En caso de que algo de esto intente rebelarse contra la colonización, éste es reprimido brutalmente.
Me parece que la novela, la película y las tantas otras obras que exploran este tema muestran todas las acciones ligadas a un acto colonizador (opresión, matanza, violación, desplazamiento forzado, esclavización, destrozo de espacios, ecocidio) para causar un impacto y promover la reflexión en el público. A pesar del planteamiento sombrío, ambas obras comparten el mismo mensaje esperanzador: la importancia de respetar la vida de los seres y de la naturaleza.

Mijal Montelongo Huberman (México, 1996). Estudió la carrera de Biología y la maestría en Ciencias Biológicas en la UNAM. Es traductora, divulgadora y educadora científica. Ha publicado artículos de divulgación científica y de investigación, traducciones literarias, cuentos y minificciones. Siempre está acompañada de libros, perros y gatos.
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