Los árboles y las pantallas que me rodean | Sólo humanos a partir de este punto

Por Mijal Montelongo Huberman

Cuando alguien va a comprar flores para regalárselas a otra persona o una enredadera para adornar la casa, sólo quiere la planta. No quiere que traiga arañas ni hormigas entre sus hojas y tallos. De igual manera, la tierra no debería tener colémbolos. Si alguien quiere un perro o gato, no puede traer garrapatas ni pulgas.

Qué complejo es pensar que un componente de la naturaleza, incluso las personas, nunca está aislado de otros componentes. Nos olvidamos de que el mundo funciona y se sostiene a partir de las interacciones que se tejen y se mantienen entre individuos, tanto de la misma especie como de diferentes especies. Hay interacciones beneficiosas y perjudiciales. Por un lado, unas son necesarias y por el otro lado, varias incluso podrían ser prescindibles. O al menos las hemos hecho prescindibles.

Las ciudades son un hábitat humano que las personas consideran impenetrable y aislado de otras especies. Hay quienes se sorprenden si les digo que hay hormigas donde vivo. Como si un departamento fuera exclusivo para uso humano. He escuchado a gente quejarse de los insectos que zumban por sus cabezas porque están en un edificio cerca de un lugar con mucha vegetación. Tal pareciera que estos organismos únicamente pueden desplazarse en sitios con muchas plantas y que las construcciones humanas son un límite que no deberían cruzar. Resulta sorpresivo, e incluso alarmante para ciertas personas, cuando de entre las rocas de un camellón o de un estacionamiento sale una rata. O cuando hay un tlacuache, una serpiente, un sapo o una avispa desplazándose en las calles. No digamos en un hogar, ya que la intrusión se consideraría tan grave que las personas podrían llegar a matar al animal.

A ciertas personas les gusta ir a subir cerros, acampar o hacer senderismo. En la naturaleza, un lugar apartado de la ciudad. También hay a quienes no les gustan estas actividades. De igual manera, hay personas que les gustan las arañas y hay otras que no. Estos son ejemplos de cuestiones de gusto. Sin embargo, el hecho de menospreciar un lugar por la presencia de insectos u otras especies o de matar a cualquier animal no común en el ámbito hogareño me parece que demuestra esta noción que tienen las personas de que los componentes de la naturaleza deben mantenerse fuera del ambiente urbano. Sólo las especies permitidas pueden cohabitar con las personas: los animales domesticados y las plantas con atributos ornamentales. Además, sólo algunos animales domésticos son aceptados en las ciudades y, más específicamente, en los hogares citadinos: los considerados mascotas o animales de compañía.

Me parece curioso que, a pesar de esta desconexión que suele haber entre la ciudad y la naturaleza, del primer conjunto de palabras que se les enseña a los bebés, incluso a las personas que están aprendiendo una nueva lengua, sea el nombre de los animales más comunes y familiares. Aunque para mucha gente, la información sobre las especies no se amplía más.

Las personas que habitamos ciudades sólo tenemos un conocimiento básico y superficial de lo que pasa en la naturaleza: cuándo es la temporada de lluvias y la seca, los nombres de algunos animales y un puñado de los de plantas, ciertos hábitos y hábitats de esas especies, los usos que les damos. La gente citadina, que es la mayoría en México, no tiene un conocimiento íntegro de la naturaleza donde vive. Ni siquiera alguien que estudia algo relacionado con otras especies logra tener ese conocimiento que se adquiere a través de la convivencia constante con la naturaleza y con presenciar a conciencia una y otra vez lo que ocurre en ella.

¿Cuándo habremos empezado a menospreciar todo lo que pasa en la naturaleza hasta caer en la ignorancia sobre ella?

Sin duda, fue cuando los asentamientos humanos fueron creciendo hasta rodearnos de tantas cosas que nos desconectan con la naturaleza que nos olvidamos de ella y sus problemas. Edificios, pantallas, dinero. El estilo de vida citadino prioriza el capitalismo y los problemas humanos que éste conlleva. Las ciudades crean una burbuja humana que las personas consideran impenetrable y aislada de otros lugares, incluso de otras ciudades. Las ciudades y sus problemas son una pantalla ante el funcionamiento y la composición de la naturaleza.

No obstante, las interacciones entre las especies y su entorno continúan allí. Escondidas a simple vista.

El relieve de la roca volcánica no sólo está dado por factores fisicoquímicos que actúan por el paso del tiempo. La superficie rugosa de las escamas quilladas de una lagartija espinosa y los líquenes crustosos también le dan forma a la roca. Los suelos y la tierra no son tan estáticos como aparentan. Eventualmente, algún escarabajo de tierra, una cochinilla, una lombriz o alguna hormiga se abrirá paso entre los obstáculos que las hojas, las ramas, las pequeñas rocas y los hongos les presentan, reacomodando el orden del suelo. La corteza de un árbol no sólo está conformada por madera. También alberga polillas, hormigas, lagartijas, aves, etc. La sombra de entre los pliegues de donde salen las hojas está ennegrecida por la presencia de escarabajos. La pequeña hoja verde pálido que está saliendo al lado de otra hoja más grade y de un tono de verde más oscuro no es una hoja, es el abdomen de una araña a la espera. Esa rama delgada que sobresale por arriba y por debajo de otra no es una rama, es un colibrí.

Mijal Montelongo Huberman (México, 1996). Estudió la carrera de Biología y la maestría en Ciencias Biológicas en la UNAM. Es traductora, divulgadora y educadora científica. Ha publicado artículos de divulgación científica y de investigación, traducciones literarias, cuentos y minificciones. Siempre está acompañada de libros, perros y gatos.

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