No dejés de escribir, me dije por dos años, mientras el movimiento del teclado que mis dedos se sabían de memoria se pausó. Las pausas siempre son importantes, para pensar bien si la historia que se está escribiendo va tomando el camino que deseamos.
Pero me digo a mí misma: ¿y si no escribimos? ¿A dónde se van esas palabras que quedan apenas marcadas en el letargo del teclado o en la tinta de un lápiz que nunca se usó?
¿Se quedarán con los silencios que cargamos a diario? ¿Con las luchas infinitas? ¿Con las voces que no escuchamos porque se pierden entre el ruido de la historia?
Porque los instantes quedan olvidados si nadie los relata.
¿Qué sentido tiene un lápiz con la tinta intacta?
Es como ver lo injusto y no alzar la voz. Es como pretender que las letras no son políticas. Que escribir puede ocurrir al margen del mundo, como si las palabras no nacieran también de lo que nos duele, de aquello que nos indigna, de lo que amamos y tenemos miedo de perder.
Entonces me pregunto cuántas cosas dejé sin nombrar durante este bloqueo.
Cuántas historias ocurrieron mientras el teclado permanecía en silencio. Cuántas veces soñé una frase y se me escapó en un olvido repentino. Cuántas voces escuché y no supe todavía cómo guardarlas. Tal vez las palabras no desaparecieron. Tal vez se fueron quedando en algún sitio, esperando que yo volviera a buscarlas. Tal vez estoy jugando al escondite con ellas. Sigo contando hasta cien en esta sala eterna, para poder ir a buscarlas y, con suerte encontrarlas.
Y quizá escribir sea eso:
Volver a los lugares que creíamos olvidados. Ponerle nombre a lo que otros prefieren dejar innombrado. Dejar constancia de que estuvimos aquí, de que vimos, sentimos, cuestionamos. De que hubo algo que nos pareció demasiado hermoso, demasiado doloroso o demasiado injusto como para permitir que se perdiera en el ruido de la vida.
Quizá haya algo de revolucionario en negarse a olvidar. En escribir para que una historia, una voz, un instante, un amor, una lucha, consiga sobrevivirnos.
Me repito entonces lo que aquel escritor me dijo:
no dejés de escribir, Amelia.
Y ahora, después de dos años, creo que finalmente entiendo por qué.
Escribir es hacer historia.

Amelia Serrano Arias es diseñadora gráfica y escritora hondureña. Cursa una maestría en Escritura Creativa y ha desarrollado su obra entre la imagen y la palabra, explorando las fronteras entre el arte, la mia y la identidad. Sus textos han sido publicados en revistas y antologías literarias de Chile, Colombia y México. Combina su formación visual con la narrativa para construir un lenguaje propio donde el diseño y la literatura dialogan desde la sensibilidad y la raíz.
