por Sandra Orsatti
El Hotel Mar del Sur era blanco, bajo y alargado, como si alguien lo hubiese apoyado con cuidado en el remanso para no despertarlo. Una sola planta, galerías que miraban al mar, ventanas siempre abiertas aunque el viento entrara con sal y arena. Nadie recordaba exactamente cuándo se había construido; en en pueblo, eso ya era una señal.
Decían que lo habían levantado para los que buscaban descanso, pero la verdad es que alojaba a quienes huían: viudas recientes, hombres solos, familias que llegaban sin equipaje suficiente y sin preguntas. El hotel no pedía datos, aceptaba.
Yo trabajé allí el último verano.
Cada mañana, antes de que los huéspedes despertaran, bajaba a la playa. El remanso estaba quieto, engañosamente manso; el mar del sur respiraba lento, como si juntara fuerzas, la bruma aparecía temprano y se demoraba en irse, trepando por las paredes blancas del hotel hasta borrarle los bordes, a veces parecía que el edificio flotaba.
El problema eran los espejos, no estaban en las habitaciones, sino en los pasillos. Espejos largos, antiguos, con marcos simples; nadie sabía quién los había colocado. Si uno se miraba al pasar no veía el presente, veía una escena anterior: un huésped que ya se había ido, un gesto repetido, una conversación que no había escuchado.
—El hotel guarda lo que no se dice —me explicó doña Elvira, la encargada— Y eso siempre pesa.
Había un arroyo angosto detrás del edificio, no figuraba en ningún plano; aparecía y desaparecía según la marea, como si el mar lo permitiera sólo a veces. El agua era oscura, lenta, y murmuraba de noche; los huéspedes decían que los arrullaba, yo sabía que les hablaba.
La primera advertencia llegó con una mujer del cuarto cinco. Bajó al desayuno con los ojos rojos y la voz quebrada.
—El hotel me pidió algo anoche —sentenció—.
Nadie respondió. En Mar del Sur, cuando un lugar pide, se escucha en silencio.
Esa tarde, el mar empezó a cambiar; no se agitó, se retiró. Se alejó demasiado, dejando la playa desnuda, como un animal que expone el vientre. Los médanos crujieron, el arroyo creció y comenzó a traer objetos: llaves viejas, una peineta, un botón de uniforme. Reconocí varios, eran del hotel.
—No le devuelvan nada —ordenó doña Elvira—. Lo que el mar reclama, se entrega.
Pero el hotel no quería entregar. Quería retener.
Las noches se volvieron densas, los pasillos olían a humedad cerrada, los espejos empezaron a mostrar escenas que todavía no habían ocurrido: puertas que se abrían solas, camas vacías, ventanas arrancadas. En uno de ellos me vi de espaldas, mirando el mar, mientras una sombra enorme se levantaba detrás del horizonte.
—El hotel está castigado —susurró un huésped—. Se quedó con lo que no era suyo.
Entendí entonces.
Durante años, el hotel había recogido secretos, culpas, despedidas no dichas. Las paredes blancas habían escuchado promesas rotas, traiciones, deseos que no encontraron salida; todo eso había sido guardado, absorbido, como el arroyo guarda los reflejos.
El Mar del Sur no olvida esos excesos.
La noche final la bruma fue total. No se veía la playa, ni el remanso, ni el cielo. El hotel crujía como un barco viejo; los espejos comenzaron a rajarse, uno por uno, dejando correr agua salada por los pasillos.
El arroyo se desbordó y entró al edificio. No arrastraba arena, sino voces. Los huéspedes se despertaron gritando frases que no eran suyas. El hotel, blanco y bajo, parecía encogerse, como si comprendiera demasiado tarde.
Y entonces, el mar volvió.
No fue una tormenta, fue una ola única, imposible, silenciosa al principio, se levantó más alta que los médanos, más alta que cualquier recuerdo del pueblo. No rugió, sentenció.
La ola avanzó directo al remanso, golpeó el hotel de frente, sin furia visible, como quien ejecuta una orden antigua. El edificio se desplazó entero, arrancado de su sitio, arrastrado hacia atrás, hacia la arena. Las paredes se quebraron, las ventanas estallaron, los espejos, antes de romperse, devolvieron una última imagen: el hotel hundiéndose, blanco, obediente.
Cuando el agua retrocedió, no quedó nada.
Ni restos, ni cimientos, sólo médanos nuevos, más altos, como si siempre hubieran estado allí.
A la mañana siguiente, el mar estaba calmo. El remanso volvió a ser remanso. El arroyo desapareció.
Con los años, algunos dicen que el hotel nunca existió; otros afirman que, cuando la bruma baja espesa y el mar se retira demasiado, se puede ver una galería blanca asomando entre la arena.
Dicen que si te acercás, escuchás puertas que se abren solas, y que el Mar del Sur, cuando castiga, no destruye: entierra para que recuerden.
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Soy Sandra Luján Orsatti, profesora de Lengua y Literatura, escritora y coordinadora de los talleres de escritura Palabras en movimiento y de lectura La Cofradía Entintada, miembro de la Agrupación de Escritores Olavarrienses cuyo objetivo fundamental es visibilizar la escritura local y tender puentes entre artistas.
Desde hace 26 años, la docencia y la literatura forman parte de mi identidad: lugares de encuentro, creación y transformación. Soy autora de tres libros de ficción y he participado en antologías colectivas y publicaciones nacionales e internacionales en distintas revistas y sitios web como Writer Avenue, Histórikas, Palabrerías, Grifo, Vide y otras.
Escribo desde una mirada personal y subjetiva, atraída por lo extraño, lo inquietante y aquello que late bajo la superficie de lo cotidiano. Soy una mujer curiosa, sensible y perseverante. Me convocan los desafíos, la posibilidad de cruzar límites y habitar lo desconocido. A los 50, sigo eligiendo preguntas, palabras y nuevos horizontes.
ig @bruma.marsurena
tik tok @sandraorsatti.autora
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