Sombras Tintadas El monte que no respiraba

por Sandra Orsatti

El cuaderno fue hallado en el acceso a la estancia Ballenera Chica, entre Mar del Sur y Miramar, la portada estaba dañada y la escritura era casi ilegible aun así se leía

1998 — Ballenera Chica Sector norte — alambrado nuevo Testigo: M. P.
✦ ⚝ ⚝ ~
Manchas de sal y resina endurecida cubrían los márgenes y entre manchones, las frases sueltas eran criaturas vivas que incomodaban…
El monte está quieto. Demasiado quieto.
Ni el viento se atreve a pasar entre los pinos.
Anoche soñé que respiraban. Hoy, creo que dejaron de hacerlo.
“No te acerques”, dijo la señora Marta. “Es el aire, nada más.”
Pero el aire no sabe pronunciar mi nombre. Hay algo bajo la tierra.
A veces se mueve.
A veces parece latir.
Un olor agrio se mete en la ropa:
resina podrida, hierro, agua vieja.

(nota lateral)
—El perro no quiso seguir. Se echó en la entrada del monte y lloró. Los hombres de la estancia dicen que el suelo está enfermo.
Uno asegura haber oído ruidos de cadenas…
Yo solo escucho el viento, que no es viento:
son voces que se enredan en las ramas y dicen nombres que nadie recuerda. Simón Alberdi
Ese nombre volvió a aparecer en los troncos. Tallado, profundo, como una oración invertida.
Fui al centro del monte.
La tierra temblaba leve, como si debajo corriera un arroyo invisible. En el claro, una cruz de hierro oxidado.
Colgando de ella, un medallón:
redondo, pesado, con una inscripción que parece hebrea.

Anotación al margen
el mismo símbolo que el cuaderno de las mareas… ¿coincidencia? Cuando lo toqué, el aire cambió.
Se volvió espeso, con sabor a sal y algo más, algo como miedo sin dueño.
Los pinos del borde empezaron a secarse. No fue el fuego.
Fue otra cosa:
como si alguien les hubiera robado el pulso. Los obreros se enferman.
Uno no habla.
Otro llora dormido.
Yo también empiezo a escuchar cosas cuando cae la tarde.

✦ “No fue el mar.”
✦ “No fue el mar el que se los llevó.”

Las páginas estaban más manchadas… Alguien entra de noche al monte. Deja marcas en el suelo, huellas pequeñas, sin calzado. Las ramas parecen moverse solas. En el aire se oye un ritmo. No de animal. De corazón.
El medallón ya no está. Solo queda el hueco donde colgaba. La letra parecía vacilante, las frases estaban incompletas

los pinos se doblan…
el olor… no se puede respirar… algo debajo… abre los ojos… Simón… no fue el mar…
no fue el mar no fue el mar no fue el mar
Entre tinta corrida por humedad, huellas digitales impresas en resina seca aparecía una nota añadida años después, la tinta más oscura, la letra diferente, más cuidada eran evidencia indiscutible
El cuaderno fue hallado entre los restos del antiguo monte de Ballenera Chica, en 2017, durante una visita escolar organizada para estudiar los efectos del salitre en el ecosistema costero.
Las hojas estaban endurecidas por la resina y cubiertas de polvo blanco. Al frotarlas, se desprendía un olor a pino húmedo y metal.

Reconocí el nombre de Simón Alberdi. Aparecía en los registros de la Obra del Opus Dei, en Mar del Sur, y también en las notas que conservo del Cuaderno de las Mareas.
He guardado este testimonio en el archivo del Instituto, aunque confieso que a veces, al revisarlo, siento que el papel aún respira.
Y al pie, junto a una frase, casi una sentencia, una firma ilegible, posiblemente M.
V., docente del Instituto Marsureña
“Y el monte no murió. Solo duerme con los ojos abiertos.”
Junto al símbolo al pie: dos círculos entrelazados, idéntico al del medallón

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