Sombras tintadas – Mar del Sur, la bruma y esas historias que me habitan

por Sandra Orsatti

Hay días en que Mar del Sur parece otro lugar. La bruma baja sobre los caminos, se mete entre los árboles y borra de a poco las casas, como si quisiera guardarlas del mundo. Una mira hacia el fondo de la calle y apenas distingue las siluetas. El mar está cerca, aunque no siempre se lo vea. Todo parece más silencioso, más lejano, y hasta las construcciones conocidas adquieren una apariencia distinta. Me gusta detenerme en esos momentos. Mirar. Imaginar qué habrá detrás de una ventana, quién habrá caminado por ese sendero antes que yo, qué historias pueden esconder esas casas que parecen llevar años esperando algo.

Quizás sea ahí, precisamente, donde empieza todo.

¨A simple vista, parece costero, melancólico y dormido. Bruma baja, médanos inclinados, mar que no se deja ver pero se escucha como animal escondido ¨

Bruma marsureña

Siempre me fascinó la bruma. No solamente por esa belleza un poco melancólica que le da al paisaje, sino por lo que provoca en mí. Me gusta cuando el camino desaparece a pocos metros, cuando una casa apenas se adivina detrás de los árboles, cuando el mundo parece detenerse y una empieza a imaginar qué puede haber más allá. Donde otros quizás ven un día gris, yo encuentro una historia posible.

Me pasa que no puedo mirar ciertos lugares sin inventarles algo. Una casa abandonada nunca es solamente una casa abandonada. Me pregunto quién vivió allí, qué quedó adentro, por qué se fue la gente, si alguna vez alguien volvió a buscar algo que había olvidado. A veces basta una ventana oscura o una puerta entreabierta para que mi imaginación empiece a trabajar. No lo puedo evitar. Creo que, en algún punto, aprendí a mirar el mundo de esa manera.

Y Mar del Sur es una fuente inagotable para esa mirada.

En sus calles, en sus construcciones antiguas, en los caminos solitarios y en la presencia siempre cercana del mar encuentro imágenes que se me quedan dando vueltas. Algunas se convierten en escenas; otras esperan durante años hasta que, de pronto, entiendo para qué estaban guardadas. Hay lugares que una visita y olvida. A mí me sucede lo contrario: hay rincones de Mar del Sur que siguen acompañándome mucho después de haberlos dejado atrás.

Así nació, y así sigue creciendo, mi universo Marsureño.

Las locaciones tienen una conexión real con los lugares que conozco, con espacios que me llamaron la atención y con imágenes que se fueron quedando en mi memoria. La casa en la curva, el Hotel Boulevard Atlántico, La Eufemia, los caminos entre los árboles, esas construcciones que parecen guardar una vida anterior a la nuestra. No siempre traslado los lugares tal como son. A veces cambio detalles, altero distancias o imagino habitaciones que no existen. Me tomo esas libertades porque la literatura necesita su propio territorio, aunque sus raíces estén bien hundidas en la realidad.

Me gusta pensar que quienes conocen Mar del Sur pueden reconocer algo de ese paisaje en mis relatos. Quizás una esquina, una fachada, una sensación familiar. Pero también quiero que, después de leerme, vuelvan a mirar esos lugares de otra manera. Que pasen frente a una casa conocida y se pregunten si realmente saben todo lo que hay detrás de sus paredes.

Con los personajes me sucede algo parecido. Algunos nacen de personas reales, de gestos que observé, de voces que recuerdo o de maneras de estar en el mundo que me dejaron una impresión. Otros aparecen sin que pueda señalar un origen preciso. Empiezan a tomar forma mientras escribo y, muchas veces, terminan llevándome por caminos que no había previsto. Nunca son copias de alguien: la ficción los transforma, los mezcla, les da una vida propia. Pero casi siempre hay algo de lo vivido, de lo escuchado o de lo intuido que los pone en movimiento.

Supongo que por eso necesito tanto de los lugares. Porque me permiten imaginar a quienes los habitaron, incluso cuando nunca llegué a conocerlos.

Así nació Bruma Marsureña y sigue creciendo en los cuentos que comparto en cada columna porque es ahí donde me interesa especialmente compartir  el terror que nace de lo cotidiano. No necesito criaturas que aparezcan de golpe ni explicaciones grandilocuentes. Me inquieta mucho más una casa que parece vacía pero tiene una luz encendida, una fotografía en la que alguien no debería aparecer o un camino que, por alguna razón, parece distinto al de ayer. Esas pequeñas anomalías me atraen porque podrían pasar inadvertidas. Porque nos obligan a preguntarnos si vimos algo real o si hay una parte de nosotros que necesita completar lo que falta.

Y ahí vuelve la bruma, siempre presente de alguna manera. No como un simple fenómeno del paisaje, sino como esa condición que tanto me gusta explorar: la incertidumbre, lo que no alcanzamos a comprender, lo que preferimos no preguntar demasiado. Quizás me atraiga porque también la vida tiene algo de eso. Nunca conocemos del todo a los demás, ni siquiera a nosotros mismos. Hay recuerdos que cambian con los años, historias familiares que se cuentan a medias y lugares que guardan significados diferentes para cada persona.

Escribir terror me permite acercarme a esas zonas sin necesidad de resolverlas todas.

A veces me pregunto de dónde salen estas historias. La respuesta no siempre es clara. Algunas nacen de una imagen muy concreta; otras, de una sensación que no sé nombrar. Puede ser el recuerdo de una casa, un día de niebla, el silencio de una calle fuera de temporada. Después llega la escritura, y aquello que era apenas una impresión empieza a convertirse en personajes, conflictos y situaciones que ya no me pertenecen por completo.

Lo que sí tengo claro es que Mar del Sur está en el corazón de ese proceso. No porque todo lo que escribo suceda allí literalmente, sino porque el lugar me dio una manera de imaginar. Me enseñó a prestar atención a los detalles, a detenerme frente a lo que otros pasan por alto y a entender que un paisaje también puede contar una historia.

Por eso, cuando no estoy allí, de alguna forma sigo volviendo. Vuelvo al escribir, al recordar una fachada, al imaginar un personaje caminando por un sendero que conozco. Vuelvo cada vez que una escena necesita esa mezcla de belleza, soledad y extrañeza que encuentro en sus paisajes.

No sé si elegí Mar del Sur como territorio literario o si, sencillamente, terminó eligiéndome a mí. Hay vínculos que no necesitan una explicación demasiado precisa. Se construyen con el tiempo, con las imágenes que guardamos y con aquello que un lugar despierta sin proponérselo.

Lo que sé es que ya no puedo caminar por ciertos lugares sin imaginar qué historia podría esconderse allí. Y, aunque a veces me gustaría mirar sin inventar nada, sospecho que eso ya no tiene remedio.

La bruma seguirá apareciendo. También las casas, los caminos, los personajes que llegan sin avisar y esas historias que empiezan con una pregunta y se niegan a terminar cuando cierro el cuaderno.

Porque Mar del Sur no es solamente el lugar que inspira mis relatos. Es también una parte de mi manera de sentir, de observar y de escribir.

Y quizás esa sea la razón por la que sigo regresando: porque, cada vez que miro ese paisaje, todavía encuentro algo que no había visto antes.

Algo que me llama.

Algo que, tarde o temprano, termina convirtiéndose en una historia.

https://vt.tiktok.com/ZSgmDw781 Un poquito acerca de Bruma marsureña

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