Sombras Tintadas – Mientras rompen las olas

por Sandra Orsatti

Hay pueblos que no figuran en los mapas. o que sí figuran, solo cuando uno está por perderse. Mar del Sur es uno de esos lugares

En Mar del Sur hay una frase que nadie enseña pero todos terminan repitiendo: no decidas nada mientras rompen las olas.

Simón la escuchó por primera vez sin entenderla. Estaba sentado en la galería de la casa, la misma, o una parecida, porque en Mar del Sur las casas se repiten como errores,  cuando Doña Elvira se la dijo sin mirarlo.

-Es cuando el mar habla más claro -agregó—- Y lo que uno cree oír… no siempre es lo que es.

Simón no respondió. Había aprendido a no responder de inmediato. A veces, el silencio evitaba que las cosas tomaran forma.

Desde lo de Lucía, se había quedado. O algo de él se había quedado. Nadie preguntaba demasiado. En Mar del Sur, las ausencias se acomodan rápido. Se vuelven paisaje.

El arroyo volvió a aparecer unos días después de su llegada. Corría detrás de la casa, como antes, con ese murmullo que no era del todo agua. Simón evitaba acercarse, pero a la noche lo escuchaba igual, filtrándose entre las paredes, repitiendo sonidos que a veces parecían palabras.

Una madrugada, creyó oír su nombre. Otra, creyó oír el de Lucía. No volvió a dormir tranquilo. El espejo seguía en el dormitorio. No lo había cubierto.

A veces se detenía frente a él sin intención de mirarse, pero su reflejo ya lo estaba esperando. No siempre coincidía. A veces lo encontraba de espaldas, como si hubiese llegado antes.

Una tarde, mientras la bruma avanzaba desde el mar, el reflejo habló. No movió los labios.

Pero Simón escuchó – Todavía estás a tiempo.

Se alejó, no volvió a acercarse ese día. Pero al anochecer, cuando el mar comenzó a agitarse, algo lo llevó hacia la playa.

Era ese momento. Cuando rompen las olas. El sonido llenaba todo. No había espacio para el pensamiento. Sólo ese golpear constante, repetido, como una insistencia. Simón se detuvo en la orilla. Y la vio.

Lucía estaba de pie, unos metros más allá, donde el agua comenzaba a cubrir la arena. No parecía mojada. No parecía sorprendida.

-No viniste -acusó.

Simón sintió que el aire se volvía espeso.

-No sabía si… -empezó.

Pero no terminó. Las olas rompían. Una tras otra. Cada vez más cerca.

-Siempre dudás -continuó ella-. Incluso ahora.

Simón avanzó un paso. El agua le rozó los pies. Fría.

-No sos vos -dijo.

Lucía sonrió apenas. -Eso ya lo dijiste.

Una ola más fuerte avanzó, se retiró. Simón miró hacia atrás. La casa apenas se veía entre la bruma. Pensó en el espejo. En el armario. En el momento exacto en que decidió no correr.

-Puedo cambiarlo -murmuró.

Lucía inclinó la cabeza. -¿Cuándo?

Otra ola. Más alta.

-Ahora -dijo Simón.

Y dio un paso más. El agua le llegó a los tobillos. Luego a las rodillas. El mar no estaba calmo. No estaba violento. Estaba… atento.

-No decidas -susurró una voz a su espalda.

Simón se dio vuelta. Doña Elvira estaba en la orilla, inmóvil.

-Mientras rompen las olas -completó-. Nunca decidas.

Simón volvió a mirar a Lucía. Ella ya estaba más adentro.

-Si no venís -dijo-, me quedo.

Las olas rompían más fuerte. El sonido era ensordecedor. Simón sintió que no podía pensar. Que cualquier decisión en ese momento no le pertenecía del todo. Que algo (el mar, el arroyo, el Espejo) elegía por él. Y entonces vio algo más. No en el agua. No en Lucía. Sino en el reflejo que se formaba entre las olas. Dos figuras. Una avanzando. Otra quedándose. Y una tercera, apenas visible, observando. Como si esa escena ya hubiese ocurrido. Como si estuviera repitiéndose. Simón retrocedió. Un paso. Después otro. Lucía no se movió.

-Otra vez -dijo.

No había reproche. Sólo certeza. El mar avanzó un poco más, como probando el límite. Simón siguió retrocediendo hasta que el agua dejó de tocarlo.

El sonido de las olas empezó a disminuir.

La bruma se cerró.

Lucía ya no estaba.

Doña Elvira tampoco.

Cuando regresó a la casa, el espejo estaba distinto. Por primera vez, devolvía su imagen sin demora. Exacta. Pero no estaba solo. Detrás de él, apenas visible, había una silueta. No supo si era Lucía. O algo que había aprendido a ocupar su lugar. Simón no se dio vuelta. Sabía que, en Mar del Sur, hay cosas que sólo existen mientras no se las enfrenta.

Esa noche, el arroyo volvió a murmurar. Y entre el sonido del agua, entre palabras que no terminaban de formarse, Simón creyó entender una frase. No como advertencia. Como registro. Como algo que ya había sido decidido muchas veces:

-Siempre vuelve al mismo momento.

Desde entonces, quienes pasan por esa playa aseguran que, cuando la marea está alta y las olas rompen con fuerza, se puede ver a un hombre en la orilla.

A veces avanza. A veces retrocede. A veces parece quedarse inmóvil, como si escuchara algo que los demás no. Dicen que si uno se acerca lo suficiente, puede oírlo susurrar una frase, una y otra vez, como si intentara convencerse de algo:

-No ahora.

-No mientras rompen las olas

Perteneciente al universo de Bruma marsureña. Si te gustó recorré mis columnas anteriores

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