por Sandra Orsatti

En Mar del Sur existía una advertencia que los viejos repetían desde hacía más de un siglo:
«Si escuchás cascos sobre la arena después de medianoche, no mires hacia el mar.»
Nadie recordaba quién había pronunciado aquella frase por primera vez.
Algunos atribuían el origen a Simón Alberdi, otros a Inés Bellini. Lo cierto era que ambos habían dejado registros sobre el mismo fenómeno. Y ambos terminaron desapareciendo. Lo que nadie sabía era que aquellos registros describían exactamente la misma noche. Separados por más de cien años.
La primera anotación pertenecía a Simón Alberdi.
Fecha: agosto de 1892.
«Los caballos regresaron del mar.»
Nada más. Solo esa frase. Escrita cinco veces consecutivas. Como si hubiese olvidado haberla escrito. Como si algo lo hubiera obligado a repetirla.
La segunda anotación apareció en el Cuaderno Rojo de Elías Nervo. Había sido copiada de los diarios personales de Inés Bellini.
Fecha: junio de 1984.
«Esta madrugada vi la tropilla.»
«Los caballos no proyectaban sombra.»
«Y ninguno tenía ojos.»
Durante décadas nadie comprendió la relación entre ambos testimonios. Hasta que aparecieron los mapas ocultos de La Eufemia. La estancia siempre había sido extraña. Las construcciones cambiaban. Los corredores se alargaban. Las habitaciones aparecían donde antes había paredes. Pero existía algo aún más inquietante. Bajo los cimientos se ocultaba una galería subterránea desconocida…
Un túnel que descendía hacia las barrancas del Mar del Sur. Los documentos de Simón sugerían que había sido excavado mucho antes de su llegada.
Mucho antes de la fundación del pueblo. Y conducía hacia una puerta. Una puerta imposible. Tallada en piedra negra. Orientada directamente hacia el océano. Simón la encontró durante una tormenta. Acompañado por dos peones. Solo él regresó. Nunca explicó qué ocurrió allí abajo.
Pero desde entonces comenzó a escuchar cascos. Cada noche. Siempre más cerca. Siempre ocultos dentro de la niebla.
Noventa años después, Inés Bellini descubrió la existencia del túnel. Lo hizo siguiendo las indicaciones de una carta anónima firmada únicamente con una inicial.
S.
Ella creyó que se trataba de algún bromista. Sin embargo, las instrucciones resultaron exactas.
La puerta existía. Y también existían las marcas. Miles de huellas de caballo grabadas sobre la piedra. No estaban talladas. Parecían impresas desde adentro. Como si una tropilla hubiese intentado atravesar la roca.
Aquella misma noche escuchó los primeros cascos. No provenían del campo, no provenían de los caminos…Provenían del mar.
Inés registró lo sucedido. Página tras página. Con una precisión obsesiva.
A las doce y diecisiete oyó un relincho. A las doce y veintidós observó una figura moviéndose entre la niebla. A las doce y veintiséis distinguió claramente un caballo.
Negro. Empapado. Cubierto de algas. Y sin ojos. No tenía cuencas vacías. Simplemente carecía de ojos. La piel ocupaba el lugar donde debían estar. Detrás apareció otro. Y otro. Y otro más. Hasta formar una tropilla completa.
Treinta animales. Quizá cuarenta. Todos avanzando lentamente sobre la superficie del agua. No nadaban. No caminaban. El mar parecía sostenerlos.
Como una llanura oscura.
Inés observó horrorizada cómo se acercaban a la costa. Entonces distinguió algo peor. Cada caballo llevaba un jinete.
Los jinetes parecían antiguos. Vestían ropas de distintas épocas. Algunos tenían uniformes militares, otros ropa de trabajo, otros simplemente harapos. Pero todos compartían una característica.
Sus rostros estaban cubiertos por una capa de niebla viva. Una niebla adherida a la piel.
Respirando. Moviéndose. Pensando. Como si la bruma hubiese reemplazado sus cabezas.
Inés huyó.
Sin embargo, antes de alejarse escuchó una voz.
Una voz masculina.
Muy conocida.
—Todavía no.
Ella se volvió.
Uno de los jinetes la observaba.
Y aunque no podía verle el rostro, supo quién era.
Simón Alberdi.
Cuando Elías Nervo encontró aquellos registros creyó que se trataba de una alucinación colectiva.
Hasta que escuchó los cascos.
Y decidió investigar.
Lo hizo poco antes de desaparecer.
Fue una de las últimas anotaciones que escribió en el Cuaderno Rojo.
«La tropilla no está compuesta por caballos.»
«Solo adopta esa forma cuando alguien la observa.»
«En realidad es otra cosa.»
Esa frase aparecía incompleta.
Como si hubiese sido interrumpido.
Pero en el margen existía un dibujo.
Una silueta imposible.
Una masa gigantesca avanzando bajo las aguas.
Compuesta por cientos de cuerpos unidos.
Personas.
Animales.
Sombras.
Todo fusionado en una única entidad.
Debajo del dibujo, una palabra.
«Arreador.»
La verdad comenzó a revelarse muchos años después.
A través de las cartas dejadas por Inés.
Y de los fragmentos conservados por la Escriba.
La presencia que habitaba bajo La Eufemia necesitaba reunir almas.
Necesitaba conducirlas, agruparlas, ordenarlas. Y para ello utilizaba la forma más antigua que conocían aquellas tierras. Una tropilla.
Los desaparecidos de Mar del Sur no desaparecían. Eran incorporados al rebaño, Transformados lentamente. Hasta convertirse en jinetes de niebla. Servidores del Arreador.

La última vez que alguien vio la tropilla ocurrió durante una tormenta.
El testigo fue un pescador llamado Martín Cuello.
Su relato permaneció oculto durante años.
Porque nadie le creyó.
Martín aseguró que observó la llegada de los caballos desde un acantilado.
La niebla cubría toda la costa.
Y detrás de los animales caminaba una figura enorme.
Más alta que los eucaliptos.
Más oscura que la noche.
Una figura compuesta por miles de brazos.
Miles de rostros.
Miles de ojos.
El Arreador.
Los caballos se detuvieron frente a las barrancas.
Y los jinetes descendieron. Entre ellos estaban Simón Alberdi, Elías Nervo y una anciana que Martín reconoció por fotografías antiguas. Inés Bellini.
Los tres miraron hacia el pueblo. Como si buscaran algo. O a alguien. Entonces el Arreador levantó uno de sus innumerables brazos.
Y señaló Mar del Sur. La tropilla entera giró en la misma dirección.
Esa noche nadie desapareció.
Ni al día siguiente.
Ni durante el mes siguiente.
Pero desde entonces comenzaron a aparecer huellas. Frente a las casas. En los patios. En las plazas. Marcas de cascos húmedos.
Siempre orientadas hacia las puertas. Como si los caballos estuvieran esperando.
Como si conocieran los nombres de quienes todavía faltaban.
Y algunas madrugadas, cuando la niebla cubre el Mar del Sur y las luces del pueblo parecen suspendidas en la oscuridad, todavía pueden escucharse relinchos lejanos.
No vienen del campo.
No vienen de los caminos.
Vienen desde debajo de las olas.
Y quienes los oyen suelen despertar con barro marino en los pies.
Sin recordar haber salido de sus casas.
Aunque siempre recuerdan una cosa.
El sonido de cientos de cascos avanzando en la niebla.
Y la sensación insoportable de haber sido contados.
Como una res más dentro de una tropilla infinita que todavía sigue creciendo.
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