Por: Anel Solis
Las hojas se desvanecieron poco a poco, hasta dejar al roble desnudo, vulnerable, sin aquel verde vibrante que alguna vez los hizo ser uno solo.
El otoño llegó y con él, el cierre de aquel ciclo en el que bailaban al ritmo del aire fresco; cuando eran el refugio del canto de las aves al amanecer, ese que tanto les gustaba contemplar. Cuando en la brisa del verano se percibían sus secretos.
Julio, su mes; aquel en el que nacieron y año tras año crecieron, mientras los rayos del sol los iluminaban y los hacían sentirse uno solo.
El fuerte roble, con sus ramas, no soltaba aquellas hojas; y las suaves y delicadas hojas, aferradas a sus tallos, tampoco querían desprenderse de él.
Y así fue como aquel tronco contempló caer una tras otra las piezas de su follaje. Con la última de ellas, ambos supieron que una estación llegaba a su fin para dar paso al otoño.
¿Qué harían las hojas sin su noble roble, ese que siempre estuvo ahí? Solo esperaban unirse a la tierra, confiando en que aquellas semillas que habían caído con ellas pudieran dar nueva vida. Renacer, crecer y volver a vivir, agradeciendo a la naturaleza por haberlos unido, por permitirles encontrarse, crecer y florecer juntos, compartiendo la belleza de una misma estación.

