por Dalia Estrada
Una de las escritoras latinoamericanas que más me ha cautivado en los últimos años es la ecuatoriana Mónica Ojeda; lo primero que leí de ella fue Mandíbula (2018), pero el libro que me cautivó y voló la cabeza a partes iguales fue Las Voladoras (2020), un compilado de ocho cuentos que mezclan el misticismo, lo terrenal, las ciudades, el espacio público, el íntimo y las diversas violencias, temáticas que te hacen replantearte las relaciones, tanto humanas como con el medio o, al menos, eso me pasó a mí, específicamente con el relato Slasher.
El texto da mucho en que pensar, pero yo me quedo con las tres cosas que más llamaron mi atención: 1) los ruidos y cómo nuestra relación con estos se convierte en un miedo, 2) el arquetipo musical de los dúos y concebirlos como uno (pese a que forman parte de una banda) y 3) la estética alrededor de los ruidos violentos.
La historia trata sobre dos hermanas gemelas: Bárbara y Paula. Bárbara tiene algunos deseos violentos contra su hermana Paula, quien es sordomuda. La discapacidad de Paula es lo que despierta la ira de Bárbara y sus deseos de hacerle daño, sobre todo porque ella no tiene que escuchar a su madre y todos los terribles sonidos que hace cada noche. Sin embargo, la condición de Paula es un vínculo de creación y amor entre hermanas, esta unión las lleva a hacer música experimental con ruidos violentos que avivan el dolor y el vínculo fraterno.
Algo traumático, que se percibe desde la primera línea del cuento, es cuando Bárbara dice que quiere cortarle la lengua a su hermana con un estilete, y una pensaría, ¡caray!, esta chica está loca, pero conforme avanza la historia podemos darnos cuenta de que este deseo viene de varias “lecciones” que Bárbara quiere darle a Paula. Algunas de ellas encaminadas a su despertar creativo, pues menciona que es a través de la pérdida, que uno entiende lo que un sonido es capaz de hacerle a la imaginación, hace especial énfasis en los gritos. Esto, a su vez, se convierte en una revelación sobre su obsesión por crear y comprender los ruidos desde su forma más primitiva y pura, pero también por compartirle un poco del miedo y la ira que experimenta cada noche al escuchar los gritos de su madre, que tienen el poder de transformar y cambiar cualquier sensación.
A partir de lo anterior, surgieron mis primeras reflexiones sobre nuestra relación con los sonidos, el significado que le atribuimos a los ruidos puede ser universal, por ejemplo, asociar ciertos sonidos con eventos paranormales es algo que todos compartimos cuando el ambiente es solitario, oscuro y son más de las 12 am; aunque hay ocasiones en que esos sonidos tienen una fuente de carne y hueso, pocas veces los miedos ocasionados por estos ruidos “normales” se vuelven una experiencia universal. Por ejemplo, yo aún no sé distinguir entre cuetes y balazos, y muchas veces creo que estoy en peligro y debo ponerme a salvo; sin embargo, una persona que vive en ciudades asediadas por el crimen organizado lo sabe, despierta en ella miedo y el instinto de supervivencia para ponerse a salvo.
En lo personal, escuchar el tictac del reloj me pone ansiosa, no me gusta escuchar a mamá llorar porque significa que pasó algo grave, las tormentas eléctricas me ponen alerta porque es muy probable que mi perro tenga una crisis, y así muchos sonidos más nos ponen en alerta y generan un miedo que exige supervivencia, como Bárbara cuando cada noche escucha a su madre realizar ruidos violentos que la traumatizan, la ponen en un estado de vigilia y dan paso al deseo conciso de querer mutilar a su hermana, pues su condición de sordomuda la libera de tener que escuchar a su madre y de experimentar el terror que ella siente.
¿Qué nos aterra de los ruidos, que no vemos al ente que produce el sonido?, o ¿justo porque lo vemos es peor que lo que escuchamos?, ¿la imaginación nos pone en ese lugar de delirio o lo que sabemos es lo que nos lleva allí? Por primera vez para mí, dentro del texto, se aprecia la violencia estética del ruido: sonidos normales de un hogar en un contexto desafortunado.
Esta violencia estética que se basa en los ruidos, cobra sentido en su proyecto musical llamado “Las Bárbaras”, donde cualquier elemento puede ser un instrumento y cualquier acción una composición. Es aquí donde Paula toma relevancia, ya que las composiciones del grupo son creadas a partir de lo que ella experimenta en su interior, sonidos que al ser producidos por Bárbara, logran perturbar a la gente generando una fusión de cuerpos, mentes, creatividad y espíritu.
Las personas se han deslumbrado por bandas “diferentes”, aquellas que revolucionaron o crearon sonidos y letras totalmente disruptivos, generando incluso una estética específica que marcó una época. Asimismo, hay miembros que aunque estén dentro del mismo grupo, forman una complicidad que se percibe tan única porque parecen uno mismo: como John Lennon y Paul McCartney, Daft Punk, Liam y Noel Gallagher, por mencionar a algunos, y a veces es tanto el talento y la fama por lo creado, que se nos olvida que hay un proyecto atrás e incluso nos es casi imposible concebir a estas personas separadas. Al crear, estas personas se complementan, se entienden y conciben una estética alrededor de su proyecto; pero, ¿qué nos atrae de los dúos dentro de las bandas?
Lo que nos entregan como proyecto nos complace, y nos complace más ver talento así de unido creando algo maravilloso, pero ¿por qué nos encanta percibirlos como uno? La voz de Lennon se ve tremendamente favorecida por la guitarra y coros de Paul, al igual que la de Liam Gallagher con las composiciones y arreglos de Noel. Diríamos que uno no vive sin el otro, claro, porque en nuestro idilio no tiene que vivir uno u otro, tienen que vivir el uno que son juntos. El uno que existe entre estos dos seres, no el uno que debería existir en la banda porque no es así, pero ¿qué nos gusta de esta estética de fusión?
En el caso de las gemelas, no basta con que sean hermanas y aparentemente iguales, no basta el ejercicio de complementación con lo que una tiene y a la otra falta, con lo que una entiende y vive y la otra no; su fusión iba dirigida a ser “Las Bárbaras”, a replicar los ejemplos de estos famosos dúos que trascienden por el sonido que producen en conjunto, por los ruidos, porque, como dicen las hermanas, lo que hagan en el escenario debe sonar profético. ¿Lo que hicieron los otros dúos mencionados sonaba de esa manera? Probablemente sí.
Me atrevo a decir que la música creada por las gemelas ni siquiera es lo que importaba el día del espectáculo, y tampoco es algo que atrajera a sus fans. Lo que gustaba a la gente que acudía a verlas, es el performance, la curiosidad por el ruido, la violencia del sonido, la estética que se crea entre el creador y la creación.
El ver que alguien es capaz de cometer las atrocidades que nosotros no haríamos y darles nuestra aprobación, contribuye a que este tipo de proyectos se vuelvan transgresores, populares y visibilicen una violencia estética del ruido. Pero estos proyectos no son únicos por realizar algo insuperable, si no por atreverse, por ver materializado algo “imposible”, como suele pasar con muchas bandas de black metal. Todas suenan igual, ninguna hace nada extraordinario, pero la estética de la vestimenta negra, la cara blanca con toques negros, cabelleras largas y el satanismo, son el performance que marcó su legado y lo que hace que los metaleros las vean como máximas exponentes del género. En las gemelas lo único que importaba era la fusión, el vínculo, el de verdad entenderse y ahora sí ser una: ellas y su creación.
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Dalia Estrada (México, 1996) es periodista, ensayista y lectora, además de licenciada en Lingüística y Literatura Hispánica por la BUAP. Sus textos que van desde la creación y crítica literaria, han sido expuestos en diversas revistas naciones e internacionales. Fue becaria del Programa Interinstitucional para el Fortalecimiento de la investigación y Posgrado del Pacífico y en el 2019 colaboró con BUAP y la Universitá degli Studi di Salerno (Italia) para la creación del libro Alteridad: el rostro del otro con el texto La soledad del existir en la alteridad a través de Her y The Shape of Water. Actualmente colabora con el medio informativo digital PeriodiCaso con una columna sobre música, pensamiento y crítica social.
A raíz de este texto mostró interés por la interdisciplinariedad y el repensar acontecimientos desde una perspectiva diferente, cero juzgadora, empática, de acompañamiento y carácter, sobre todo en temas como la soledad, la tristeza, el miedo y el otro, que, aunque son muy recurridos en las artes, lo que vemos en primera instancia no es lo verdaderamente importante, siempre hay algo que subestimamos, que no le damos importancia y que no comprendemos, incluso dentro de nosotros mismos, y que preferimos ignorar.
Ella, como Mariana Enriquez, ama a los monstruos, lo extraño, al otro, lo oscuro, pero también a Taylor Swift, los atardeceres, el cine de Wes Anderson y de Ari Aster, haciendo una combinación que la satisfaga sin tener que responder a dualidades establecidas. Ha encontrado en el terror y las violencias que ha vivido, la compañía perfecta para analizar, crear y proponer qué hacer, cómo estudiarlas, cómo acompañarlas. Porque las finals girls le han enseñado que, aunque haya miedo e ignorancia de nuestras capacidades, nunca es tarde para descubrirnos, redescubrirnos, cambiar, aprender y crecer.
