Por Mijal Montelongo Huberman
En las películas Proyecto Fin del mundo de Phil Lord y Christopher Miller y La llegada de Denis Villeneuve, el poder comunicarse a través del lenguaje con una especie extraterrestre resulta fundamental para el desarrollo de la trama y para que las personas puedan sobrevivir. De hecho, una parte considerable de ambas películas se trata de las personas intentando descifrar el lenguaje del extraterrestre. Claro que es fundamental comunicarse en una misma sociedad para entenderse entre sus componentes. ¿Pero qué tan necesario es conocer el lenguaje interno de otras especies para convivir?
En esas películas, la comunicación a través del lenguaje (oral o escrito) es lo primero que tiene que establecerse cuando las personas y los extraterrestres empiezan a interactuar, aunque inicialmente se haya propuesto el intercambio de figuras como otra manera de comunicarse en Proyecto Fin del mundo. Además, las personas le han dado tanta importancia al lenguaje que han asegurado que es un rasgo característico humano y estas dos películas, al igual que otras del estilo, apoyan la idea de que los únicos quienes podrían llegar a igualar su complejidad son extraterrestres.
Con los animales, seres a quienes también se les atribuye comúnmente cierta capacidad de comunicarse, tenemos una interacción similar que con los extraterrestres: buscamos entenderlos y que nos entiendan a través del lenguaje humano. Hay quienes intentan darle una voz o mantener una conversación con los animales que nos rodean. ¿Qué te pasa? ¿Qué quieres? ¿Qué tienes? Sabemos que no obtendremos una respuesta hablada por parte de ellos, pero sí esperamos, al menos yo lo hago, algún tipo de reconocimiento y reacción al cuestionamiento.
En películas realistas es usual que los animales que aparecen no se comuniquen entre ellos ni con las personas. Mas bien, los personajes se comunican con ellos a través del habla. En caso de que los animales lo hagan, es a través de gestos que reconocemos como hacer algún sonido (gruñir, ladrar, bufar) frente una amenaza o mirar en otra dirección para mostrar desaprobación.
En la película Flow de Gints Zilbalodis todos los protagonistas son animales: un gato, un capibara, un perro, un lémur y un secretario. Es una película realista en el sentido que no hay una voz humana hablando por los animales como pasa en muchas películas animadas o fantásticas. No tienen diálogos ni algún tipo de lenguaje evidente para las personas. Sin embargo, hay interacción entre ellos y logran sobrevivir en conjunto a pesar de las adversidades que enfrentan; por lo tanto, logran entenderse de cierta manera. Los movimientos, gestos, ademanes, actitudes y algunas vocalizaciones son su medio de comunicación más perceptible.
Dado que hay casos en la vida real de ayuda y acompañamiento interespecífico, no es tan inimaginable el hecho de que todos estos animales trabajen en conjunto. (Aunque no hay que olvidar que la película es de ciencia ficción y fantasía y sería poco probable que las especies que salen en ella se encuentren naturalmente.) ¿Cómo interactúan sin compartir un lenguaje? ¿Cómo se entienden y resuelven su cometido? A diferencia de las personas, no recurren a la tarea de aprender el lenguaje del otro para realizar acciones colectivamente. Podemos entonces suponer que la comunicación es universal independientemente del lenguaje.
Por parte de las personas espectadoras, la empatía tiene un papel fundamental en el entendimiento de los sucesos y las acciones de los protagonistas de la película. No es necesario que el gato diga que tiene hambre, sus intentos por atrapar peces son suficientes para que una persona, e incluso el secretario, entienda esta necesidad. También se puede sentir el dolor del secretario cuando otro le lastima el ala y el rechazo y aislamiento que sufre posteriormente. Todo esto es posible gracias al gran trabajo de animación detrás de la película que permitió mostrar y transmitir por lo que los animales estaban pasando.
Además, quienes vemos la película podemos relacionar las actitudes y acciones de los animales con otras similares que presentan las personas. El interés y la colección de objetos brillosos por parte del lémur recuerda a la avaricia humana. La ayuda prestada del leviatán al gato podría considerarse altruista. Las siestas recurrentes del capibara pueden tomarse como pereza, aunque sean parte de sus hábitos naturales.
Otro punto interesante sobre la ausencia de lenguaje humano en la película es que se puede poner atención a otras cosas que se muestran: los colores, los paisajes, los movimientos, los sonidos. El ruido que genera la voz humana nos atrae tanto que es difícil no intentar entender lo que se dice, aunque sea en otra lengua. Además, la entonación de la voz te da pistas sobre las emociones que está experimentando quien habla. En cambio, quien ve Flow tiene más posibilidades de imaginar y admirar la historia que se está desenvolviendo.
Esta película es contraria a muchas otras: es una película animada y de animales que no necesariamente es sólo para menores de edad; los protagonistas son animales, mientras que vestigios de lo humano se observa en segundo plano; en general, las acciones de los animales son adecuadas a sus hábitos naturales y no los antropomorfiza; no hay diálogos; y muestra diferentes interacciones entre individuos de la misma especie y de distintas especies. Lo que me parece más interesante y relevante de Flow es que muestra a los animales de ese mundo simplemente siendo animales. No hay voz ni intervención de la gente, a pesar de que está vista desde la perspectiva humana dado que fueron personas quienes hicieron la película. En este sentido, creo que fue tan realista y objetiva como pudo ser.

Mijal Montelongo Huberman (México, 1996). Estudió la carrera de Biología y la maestría en Ciencias Biológicas en la UNAM. Es traductora, divulgadora y educadora científica. Ha publicado artículos de divulgación científica y de investigación, traducciones literarias, cuentos y minificciones. Siempre está acompañada de libros, perros y gatos.
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