Conversaciones de madrugada | ¿Dónde estoy? Me perdí

Por: Monserrat Chávez Olivas

Todos los días pienso en mí, yo a los ocho, diez, doce años, la infancia en ruina y hueca que me atormentó. ¿Ustedes piensan en su niña o niño interior? ¿Cómo lo recuerdan? Yo me recuerdo serena, callada y triste.

Pero también me recuerdo ilusa y esperanzada, confiada en que la vida, mi vida, seguiría el cauce común; el trazo que a todo ser humano nos conecta tarde o temprano. Estructura social le llamo, para empezar a nombrar a todo aquello que me sana o me hiere. 

¿Alguna vez haz cuestionado el orden de tus pasos? ¿el destino de tu camino? ¿la razón de tu existencia? Yo lo hice, antes y después de que todo colapsó, lo sigo haciendo unas mil veces por semana y una vez que estás ahí, no hay vuelta atrás. 

Como tú, crecí bajo un modelo educativo sin oportunidad de fracasar, sin lugar para los errores, todo debía ser calculado, maniobrado, controlado de principio a fin, una falla era un castigo seguro; después descubriría que los momentos serían eternos con secuelas en mi cabeza.

Pronto me di cuenta de lo que –socialmente- se trataba la vida. Rendirse ante las circunstancias no estaba permitido, había que esforzarse a diario por ganarse un lugar ¿en dónde? no lo sé, pero luchar y trabajar duro debía ser un lema de vida para alcanzar el éxito ¿qué éxito? tampoco lo sé.

Lo escuché tantas veces alrededor de mis oídos, me lo dijeron tantas veces de tantas formas posibles que olvidarlo me sería imposible, tenía que optar por esa personalidad no había más, el destino se había escrito y yo no podía huir de él. 

Y así me dejé fluir en mis años adolescentes, en mi etapa universitaria. Estudiar, trabajar, comer, dormir, estudiar, trabajar, comer, dormir, estudiar, traba… una y otra vez hasta que la vida me alcanzara a una edad madura y por fin ser merecedora de un digno descanso. 

La piedrita del cuestionamiento me venía incomodando desde meses atrás y como buena bloqueadora de traumas, lo sepulté con kilos y kilos de “pensamientos positivos” y jornadas laborales pesadas, era un bucle sin fin.

Me agotaba vivir sin permitirme validar emociones, evitando los pensamientos, obligándome a continuar en una estructura social que no me hacía feliz. Me repetía una y otra vez “estás bien, tú eres feliz, debes serlo, tú amas esto, no te quejes, vamos por más, vamos por el éxito”.

Éxito ¿qué es eso? 

Las consecuencias de abandonar mi salud mental llegaron, inevitablemente, despertar se volvió un infierno. Me perdí bajo el cumplimiento de un horario laboral en una empresa de comunicación sin prioridades colectivas con metas económicas y un puñado de acoso laboral combinado con violencia psicológica.

Se habían ido las ganas de vivir, de alimentar mi pasión, la depresión se llevó el sentido de mi existencia y me arrojó a una fosa profunda de la que difícilmente podría salir con vida. Se nubló a mi alrededor, no más chispas ni luces, sólo relámpagos ensordecedores y fantasmas pisándome los talones. 

Había caminado por inercia durante meses hasta el día del colapso y me sorprendí al verme ahí, con cientos de pedacitos a mis pies. ¿Cuándo me perdí? me pregunté, me perdí entre las nieblas y no me encontraba. 

Las voces me taladraban día y noche, no lo soportaba más. Ya no me reconocía, ni al verme frente al espejo, quería soluciones para reencontrarme, quería soluciones para detener el dolor en mi pecho y antes de elegir terminar, decidí por romper con este orden social. 

Renuncié a mi empleo, me dediqué más tiempo. Sané la relación con la terapia, que me impulsó a retomar mis anhelos y así me doblegué ante mí, recogí los pedacitos y me reconstruí, saqué de los desechos los sueños olvidados, empecé de cero. 

Hace dos años no hubiese sido capaz de verle continuidad a la vida ni de caminar hasta el sitio donde estoy. No fue fácil pero me ha reconfortado. Desde hace un año vivo bajo mi emprendimiento y eso también me hizo cuestionar. 

Cuestionar lo que nos enseñan desde la infancia, el cumplimiento de reglas sociales para el bien común y no personal. Ahora debo irme, pero les diré que ello no ha terminado y desde que coloqué mi persona como prioridad las dudas ajenas rondan sobre mí.

¿Por qué debía continuar un patrón? ¿Qué es la vida sino más que un cumulo de experiencias entrañables? Entonces ¿por qué moldearse en manos de extraños? Nunca entendía, no entiendo y seguro no lo entenderé.

Pasé años con la idea de salir de la fila, me tentaba el sendero horizontal que se extendía sobre mi vista. Lo dudé, hasta que lo hice. Hasta que mi cabeza se llenó de preguntas y dudas, hasta que no encontré más respuestas entonces fui por ellas.

¿Por qué seguir el orden si puedes escribir tus propias reglas y métodos? Si al final la vida es un instante y la felicidad tan corta. 


Monserrat Chávez Olivas. Licenciada en Ciencias y Técnicas de la Comunicación.

He laborado en distintos medios de comunicación en la ciudad de Durango, como El Sol de Durango, Radiofórmula, Periódico Contexto, Enlace conexión entre culturas y DurangoPress, así como en la ciudad de Tijuana, Baja California en la televisora PSN.

Me he desempeñado como reportera, redactora web, videografa, editora de vídeo y fotógrafa.

También he laborado en el área de Comunicación Social como en el Instituto Municipal de Arte y Cultura, Feria Nacional de Durango y en campañas políticas.

He sido participante de distintos talleres y diplomados de periodismo y creación literaria, pero los más importantes para mí y mi formación ha sido el Diplomado de Creación Literaria organizado por el ICED, mismo que se llevó a cabo durante el 2019 en el CECOART.

También, durante noviembre de 2020 fui participante del V Campamento Literario: El ejercicio novelístico del noreste de México.


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Publicado por La Coyol Revista

Revista hecha por y para mujeres escritoras y artistas

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