Por Tania Farias
Hola, querida:
Después del estrés de las últimas semanas, por fin llegamos a Londres el martes por la noche. No te puedo negar que se siente como un logro, pues con todos los retrasos y problemas que tuvimos, en algún momento pensé que no sería posible. Dormir de nuevo en la cama de un espacio que, aunque temporal, puedas considerar como tuyo (me refiero a no más hoteles, ni casas de familiares), proporciona un alivio y un cierto confort de privacidad.
Como lo habíamos planeado, volamos a Europa e hicimos una parada en Francia para dejar a nuestra perrita en excelentes cuidados mientras arreglamos la manera para traerla con nosotros. El tema de la perrita, como ya lo sabes, ha sido bastante complejo. Aún sabiendo que es la mejor decisión, nos costó muchísimo despedirnos de ella.
La última noche en Francia fue muy difícil para mi pequeño, mucho más que el día que salimos de México. Siento que fue hasta ese momento en que la realidad lo alcanzó. Habíamos pasado unos pocos días en casa de mis suegros donde él había encontrado consuelo, gracias a la compañía de sus abuelos y sus tías, con todo lo que estaba por cambiar, incluido, el renunciar a su perrita por unos meses. Como te decía, esa última noche en Francia fue el derrumbe. Teníamos que despertarnos temprano la mañana siguiente y a la hora de dormir, se ensimismó primero y luego se soltó a llorar en un llanto silencioso pero lleno de dolor. De repente, todos los miedos que quizás debieron haber rozado su pensamiento en los meses previos, surgieron como la lava de un volcán en erupción. No quería dejar a sus abuelos y mucho menos empezar el camino sin la perrita en su regazo, no quería ir a la nueva escuela y las preguntas empezaron a surgir: ¿qué sucederá si no logro hacer amigos?, ¿qué pasará si nadie me acepta?, ¿si los profesores no me quieren? Y una serie de preguntas relacionadas con el viaje hacia ese mundo desconocido, aún cuando se tratara en realidad de un retorno a la tierra que lo vio nacer.
Siempre decimos que los niños son seres muy resilientes, y lo son, pero esa verdad no reduce en nada el dolor que los ajustes durante un cambio de país, de residencia, pueden producir en un niño de su edad, en especial, si el cambio implica cruzar el Atlántico y alejarnos tantos kilómetros de todo aquello que le era familiar. Ver las lágrimas correr por su carita es quizás una de las cosas que más pena me causa de todo este proceso.
Si tuviera que describirte cómo ha sido esta primera semana con una sola palabra, elegiría “intensa”; intensa tanto física como emocionalmente. Para mi hijo se representa en una nueva escuela, nuevos compañeros en una ciudad prácticamente desconocida para él. Para mi marido, ha sido regresar a un ritmo acelerado, como quien se incorpora a una carrera que ya empezó y tú apenas has calentado. Para mí han sido reuniones de escuela, nuevas caras, nuevos encuentros, un idioma diferente que me exige un nivel de concentración agotador y visitas de casas y departamentos para encontrar el que será nuestro nuevo hogar.
Es raro estar aquí de nuevo y sobre todo, es extraño tener que pensarlo como mi nuevo hogar. Es como un deja vù desde otra dimensión: todo me es familiar pues ya he caminado otras veces muchas de las calles de esta ciudad. Hace una década solía desplazarme en ella de un punto a otro y me sentía en casa, pero ahora, todo se siente lejano, ajeno, como si en todos estos años de ausencia me hubiera perdido. Extraña sensación.
Como puedes leer, los ánimos en estos primeros días no están en lo más alto. La adaptación cuesta y habiéndolo vivido antes, sé que me esperan varios meses antes de poder encontrar de nuevo mi lugar en esta ciudad. Si a todo eso le sumas la nostalgia de México, el resultado se vuelve más complejo. Siento como si estuviera haciendo un duelo de algo que creía superado. La primera vez que me fui de mi país, me tomó años aceptar que había renunciado a tantas cosas: la distancia con mi familia, la falta de cercanía con mis amigos, los sabores, la calidez de mi gente, el sol que iluminaba mi rostro todos los días, la posibilidad de poder caminar por los pasos de mi infancia, de mis recuerdos. Durante los años que viví fuera, me había hecho una razón para ya no tenerlos. Jamás imaginé que recuperaría todo eso. Pero así fue, tuve una tregua de tres años, y ahora, una vez más, tengo que soltarlos. Es como un duelo sobre un antiguo duelo.
En fin, cuéntame cómo va todo por allá. Tus relatos serán la brújula que me ayudará a navegar estos primeros meses en que me sentiré perdida. Por mi parte, ya te iré contando más.
Te mando un abrazo.
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