Por Liana Pacheco
“Nunca te voy a dejar”.
Eso dijo él, un mes antes de irse.
Esta ruptura fue tan sorpresiva y dolorosa que, durante un tiempo, creí que no conseguiría recuperarme de aquella tristeza.
Durante año y medio, la presencia de este hombre fue constante y amorosa, lo que profundizó en mí un sentimiento de amor, deseo y apego. Sin embargo, la relación no era sostenible por el contexto personal de ambos. Como no podía continuar en esa incertidumbre, le pedí que termináramos.
Él respondió:
“No. Eres lo más bonito que he tenido en la vida. Nunca te voy a dejar”.
Me sedujo la certeza de estas palabras. Me deleité con la idea de seguir juntos, a pesar de que racionalmente sabía que eso era imposible. Semanas después, llegó ante mí con un abrazo forzado y una inverosímil excusa. “Gracias por todo. Te quiero muchísimo”. Sin más, se fue y yo me quedé tratando de comprender lo que había pasado.

Los meses siguientes, transité en una existencia vacía. El tiempo se me desgastaba en preguntas. “¿Cuándo volverá? ¿Por qué se marchó?”. El dolor profundizaba al recordar su promesa; me aferré a la idea de que si yo era lo más bonito de su vida, encontraría la manera de regresar. Paulatinamente, vislumbré la contradicción y me sorprendí por permitir que sus palabras se quedaran conmigo, a pesar de que él se había marchado. Lo que encendió una mezcla de enojo y duda: “Si no lo sentía, ¿por qué dijo lo que dijo?”.
En este duelo, retomé la serie: “The Handmaid’s Tale” / “El cuento de la criada”, de la que había postergado una reseña. Hace poco que volví a los apuntes que recabé, encontré uno que llamó mi atención: “Nick es un pendejo, igual que todos los hombres”. Reconozco que, en ese momento, la lectura de este personaje fue atravesada por mi experiencia personal.

Nick es el interés amoroso de June, la protagonista. En los últimos capítulos de la serie hay una escena en la que él dice: “Pienso que eres lo único bueno en mi vida. Huyamos a París”. Pero en el episodio siguiente, la traiciona, poniéndola en riesgo. Mi enojo reapareció, al encontrar en aquella ficción un eco de mi propia ruptura.
En diferentes contextos, por supuesto, pero había una coincidencia, imposible de ignorar: un hombre declaraba amor y, poco después, sus acciones contradecían sus palabras.
La imagen de Nick y June removió recuerdos de mis propias experiencias amorosas. Encontré que esta dinámica se ha repetido: sostener vínculos afectivos con sólo escuchar promesas, sin observar si sus acciones las respaldan. Lo atribuyo a los efectos del enamoramiento, que me imposibilitan distinguir entre la emoción que expresan las palabras y la certeza que pueden ofrecer.
Tampoco es aterrizar a la polaridad de que todos los hombres mienten. Durante meses pensé que las palabras que él me dijo, eran mentira. Con el tiempo consideré la posibilidad de que el sentimiento fuera real, pero sin la voluntad para convertir sus palabras en hechos. Aunque persiste la interrogante de por qué no cumplió su promesa, la única realidad es que él me dejó.

El duelo por esa ruptura fue como despertar en resaca, repitiendo: “no volveré a amar de manera tan intensa”. Con la emoción en calma, comprendo que no se trata de dejar de hacerlo, sino entender que las palabras pueden expresar un sentimiento, pero son las acciones las que revelan si ese sentimiento puede sostenerse.
