Por Tania Farias
Llegó de últimas, cuando la lista de invitados ya estaba completa. Llegó altiva, mirando a su alrededor con suficiencia, como aquellos que saben que han nacido para ser líderes, para ser respetados. Sin embargo, nunca había sido el caso.
Siempre había sido aquella a la que todos ignoraban, a la que se le hacía menos y se le dejaba de lado. Cuando en raras ocasiones alguien la miraba lo hacía con desdén, con desprecio. Toda la escuela hablaba pestes a sus espaldas. « Es rara » era el pensamiento colectivo en la institución. Desde su vestimenta, en su mayoría color negro en un clima cálido, con un sombrero puntamiaguado y nunca a la moda, hasta su gusto por tarararear melodías que a todos nos molestaban, pasando por su insistencia de ser aquella con las mejores notas. A pesar de ser la más impopular de la escuela no parecía importarle, se movía según sus propias ganas. Nunca respetaba ni seguía a la mayoría. Eso último era quizás lo que más incomodaba a quien estuviera cerca de ella: esa autonomía y seguridad que nadie le había permitido. Lo diferente molesta, deja con un mal sabor de boca. Por todo eso y más hasta de bruja la tratábamos.
Todos nos quedamos callados, superados por su presencia imponente. Nadie se atrevía a reclamar su asistencia: no figuraba en la lista de invitados. Hasta el DJ (uno de nuestros compañeros que presumía haber nacido con el ritmo en la música y por lo cual se había vuelto uno de los chicos más populares de la escuela) quien, hasta ese momento parecía haber estado completamente absorto por el encadenamiento de ritmos musicales que él mismo elegía, detuvo el sonido.
El salón de la casa quedó en completo silencio, por tanto, éramos numerosos, pero nadie decía nada. Solo se escuchaba el retumbar de sus tacones, de sus pasos decididos que avanzaban hasta el fondo del salón. Todos la mirábamos sorprendidos, en espera de la reacción de Loana, la dueña de la casa y organizadora de la fiesta quien en ese momento justo se encontraba en la cocina. Se suponía que yo también debía estar con Loana en la cocina pues justo con nuestro grupo de amigas habíamos preparado algunos bocadillos especiales y un pastel de cumpleaños; razón por la cual nos habíamos reunido ese día: celebrábamos a Juanpa, el novio de Loana. Sin embargo, una pequeña pelea que había iniciado en el área de bebidas me distrajo. Loana me pidió detenerlos; según ella yo tenía cierta influencia en ambos chicos implicados. Fue justo después de que los hubiera calmado sin mayor problema y cuando me disponía a alcanzar a Loana en la cocina que ella entró.
Había llegado sola, pero era tal la fuerza que despedía que pareciera que hubiera llegado con un séquito que la seguía de cerca, como cuidando cada paso que daba. Ella avanzó hasta donde se encontraba el DJ, quien seguía sin siquiera moverse. Un gesto de parte de ella y él le tendió el micrófono.
Antes de hablar nos observó a todos con una sonrisa que reflejaba la satisfacción que nuestra reacción a su presencia había causado. Después miró en dirección de la cocina como si supiera que Loana saldría de allí en cualquier instante. Esperó, con esa sonrisa de suficiencia, hasta que Loana apareció cantando feliz cumpleaños con el pastel en las manos, velas encendidas y un grupito de chicas detrás de ella; las que siempre la seguían como a un animal superior en la cadena alimenticia.
—Querida, buenas noches —comenzó su discurso interrumpiendo el canto de Loana y el grupo que la acompañaba—. Sé que no esperabas verme aquí. Ni ninguno de ustedes. —y miró con lentitud a todos los presentes.
Loana, al igual que todos nosotros, estaba estupefacta. Como rendida a la dulce pero decidida voz que salía desde el micrófono.
—Pero no pongan esa cara. No me gustan las fiestas. Así que mi presencia será corta. He venido porque por alguna razón hoy me sentí harta de ustedes y de su actitud conmigo.
Y como una mamá que regaña a su hijo pequeño, lanzó una mirada reprobatoria a toda la audiencia al mismo tiempo que movía la cabeza de derecha a izquierda.
—Solo he venido a decirles que aquí estoy y que no me pienso ir todavía de este pueblo. Así que tienen que aguantarme y respetarme, aún cuando les pese.
Cada palabra era pronunciada como si hablara a un grupo de niños que se había portado mal. El salón entero seguía en total silencio, a la expectativa de ella y lo que diría o haría a continuación. Tanto valor para estar allí tenía que deberse a algo poderoso. Ni Loana quien esa misma mañana, le había recalcado en su cara que no estaba invitada, se atrevía a interrumpir el discurso.
Enseguida hizo como que le daría el micrófono al DJ, pero en un último instante cambió de opinión y dijo:
—¿Creen que soy una bruja? Si lo soy, condeno a todo aquel que me lance tan solo una mirada desagradable, no se diga que hable mal de mí, aun a mis espaldas, a ser un verdadero fracasado. Podrán llamarle mala suerte, pero después de tantas desavenencias acumuladas me recordarán y recordarán esta noche.
Guardó silencio como si esperara las reacciones de todos.
—Todavía queda la posibilidad de que no sea en realidad una bruja. A ustedes de correr el riesgo. —concluyó con una carcajada punzante.
Entonces soltó el micrófono, el cual al tocar el suelo provocó un ruido estridente que nos obligó a cubrir los oídos. Ella salió del lugar como llegó, con su mirada y paso altivo.
La fiesta terminó en ese mismo instante. Todos nos negábamos a hablar sobre lo sucedido. Supongo que nadie quería correr el riesgo de que sus palabras fueran ciertas y cualquier cosa que dijéramos fuera interpretado como desagradable..
Mientras recogía los vasos regados por todo el salón, no podía borrar de mi mente aquella mirada altiva y aunque mi cabeza se niega a creer en brujas ni nada de eso, algo me dice que ella no estaba bromeando.
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