De recuerdos, aventuras y reflexiones|Camino a la escuela

Por Tania Farias

Tendría ocho o nueve años cuando el ir y regresar sola de la escula se volvió parte de mi rutina. Vivíamos en una ciudad pequeña que conservaba su alma de pueblo. Mi casa se ubicaba a menos de tres cuadras del colegio.

No creo que mis papás se hayan sentado un día a discutir si yo estaba o no en edad de irme sola a la escuela. Tal vez era la época o el vivir en un lugar donde todos se conocían, pero era una práctica común que los niños se desplazaran sin supervisión adulta desde muy temprana edad. Mi hermano mayor había terminado su ciclo en la escuela primaria y ya no podría ser mi compañero de trayecto. Con su pasaje a la secundaria (la cual se encontraba mucho más lejos que mi colegio) y un inicio de clases más temprano que el mío, simplemente inicié mi cuarto año de primaria yendo yo sola a la escuela. Aunque me pregunto si antes, aun cuando mi hermano y yo íbamos al mismo plantel, ya hubiera ensayado el irme sola: me gustaba llegar temprano, tanto que no sé cuántas veces fui la primera alumna y hasta tuve que esperar a que la conserje abriera las puertas del instituto. Si mis recuerdos no fallan, mi hermano no era adepto de mis hábitos tan mañaneros y es muy posible que en más de alguna ocasión yo hubiera salido de casa antes que él.

Ahora, las circunstancias han cambiado en su totalidad, ya no vivo en una pequeña ciudad, sino todo lo contrario. Si le agregamos el contenido de los noticieros y las redes sociales, jamás se me hubiera ocurrido dejar ir a mi hijo solo, no únicamente a la escuela, sino a ningún lugar, a la misma edad a la que yo lo hice por primera vez. Esto sin importar que el colegio estuviera ubicado a escasos minutos de donde vivíamos. La sola idea de que tuviera que atravesar una concurrida avenida llena de automovilistas ya estresados buscando dejar a sus hijos y llegar al trabajo a tiempo, me daba escalofríos. Así que todas las mañanas me preparaba religiosamente para llevarlo y, por supuesto, estaba muy puntual, para recogerlo, a la hora de la salida.

Recientemente nos instalamos en un nuevo país y en la nueva ciudad donde vivimos es común ver a los niños desde los diez u once años tomar el transporte público para dirigirse a sus planteles sin la supervisión de adultos. Mi hijo, a sus doce años y ávido de probar libertad e independencia, nos pidió ir solo a la escuela, incluso antes de realizar la mudanza. Explícitamente nos pidió vivir a una distancia que pudiera caminar a pie, para que mi preocupación no interviniera con sus deseos. Aunque también creo que, a pesar de decirse listo para experimentar esa libertad, en el fondo aun siente un pequeño temor de realizar, él solo, una distancia larga.

Durante el primer mes en la nueva ciudad, mi hijo no pudo llevar a cabo su petición. Resulta que estábamos alojados en un departamento cuyo trayecto a la escuela exigía una buena caminata y, sobre todo, el atravesar grandes y concurridas avenidas. Ese primer mes, tuve las justificaciones perfectas para acompañarlo: una ciudad desconocida para él, el descubrimiento de una zona a la cual ni yo ni mi marido estabamos acostumbrados, sin olvidarnos de la distancia.

Para la buena suerte de mi hijo encontramos una vivienda a un par de cuadras de la escuela. Ahora sí me había quedado sin excusas para impedirle irse solo. Apenas nos habíamos mudado a nuestro nuevo hogar, de inmediato hizo la pregunta de si su plan ahora sí podría realizarse.

Esa mañana me fue muy extraño no tener que prepararme para acompañarlo hasta la puerta de la escuela. Con una taza de café en las manos, lo miraba ir y venir por la casa mientras yo seguía enfundada en mis pijamas. Sentía el impulso de correr a mi habitación, cambiarme de ropa y salir con él. Sonreía como si todo estuviera en calma, pero en mis adentros sentía el latir de mi corazón a toda prisa y la angustia que me trepaba hasta la garganta. Cómo podría quedarme tranquila dejándolo salir sin tener la certeza de que había llegado a su destino. Y entre bromas le comenté cuánto me estresaba esa situación.

Con una sonrisa él me dijo, pues track me. ¿En serio?, ¿me dejarías hacerlo?, le pregunté de inmediato. Sí, me dijo, si así vas a estar tranquila, hazlo.

No lo dudé. Corrí a buscar un artefacto de rastreo que habíamos adquirido hacía un mes con el objetivo de seguir la caja de mi perro, el cual había tenido que viajar en la zona de carga en el avión. Demasiadas historias de animales perdidos en los aeropuertos me aterraban. Por lo menos quería estar segura de encontrar su caja y dar con su paradero si algo sucedía.

Se lo coloqué en la mochila. Lo despedí en la entrada y lo vi partir. Por supuesto que minutos más tarde revisé mi teléfono para verificar que había llegado a su destino.

Estoy consciente de que mis acciones y reacciones pueden ser exageradas, pero no puedo evitarlo. Desconozco cómo hacían nuestros padres para vernos partir y no saber de nosotros hasta que estábamos de regreso al final de la jornada escolar. Me digo que debe ser que su generación tenía un superpoder que la nuestra perdió en el camino.

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Publicado por tanif24

Nací en Zapotlán el Grande, México y después de haber vivido en el extranjero por dos décadas regresé a mi país y actualmente resido en CDMX. Soy Licenciada en Comunicación Social por la Universidad de Colima, México y Maestra en Recursos Humanos por la Universidad París XII, Francia. Colaboré en la revista cultural Ventana Latina en Londres, Inglaterra y después de un pasaje por Toronto, Canadá he participado en diferentes antologías como Nostalgia Bajo Cero (2020), Laboratorio de Historias Breves (2021), La Casa en el Arce (2022), Sexta Antología de Escritoras Mexicanas (20239. Actualmente publico para las revistas Bikiniburka de España y Lacoyol de México.

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