Por Julia Ivalú
Crecí mirando al cielo: segunda estrella a la derecha, y luego todo recto hasta el amanecer. Quería llegar volando al país de Nunca Jamás, quería encontrar a los dioses, al Olimpo, a Asgard. Pero en mi viaje no volé, mis alas no se alzaron hacia el sol, cavaron abruptamente un camino hacia el subsuelo, lo in(f/t)erior. Me vi niña perdida en un terreno prohibido y, sin darme cuenta, intentando alcanzar a los dioses celestiales, había iniciado mi descenso a la Gran Diosa. Un reconocimiento de las mitologías desde la femineidad.
Los ritos, las ceremonias, los objetos simbólicos han estado presentes en mi vida desde la infancia. Primero, claro, por mi contexto religioso católico. Antes de hablar ya había
participado en un rito de suma importancia -y completamente en contra de mi voluntad-, el bautismo. Y aunque de niña mi fe católica era bastante fuerte, conforme fui creciendo esta religión me fue quedando corta, hasta que un día finalmente la dejé. Dice
Bṛihadāraṇyaka-upaniṣad ( la Gran Upanishad del Bosque) de los hindúes, que los dioses que cada uno adora no son otra cosa que la propia habilidad de cada persona para experimentar y concebir lo divino. Las que buscan motivo de su adoración en el exterior no han entendido nada. “Vuelve tu vista a tu interior, allí encontrarás las trazas del misterio del ser”.
Es interesante ver cómo unas cuantas religiones predominan y dominan al mundo. Cuántas instituciones religiosas se van haciendo de cientos de adeptos cada minuto que pasa. En mi caso, me inculcaron la imagen de Cristo y de la Santísima Trinidad como la máxima autoridad habida y por haber de cualquier hombre en el mundo. Desde el kinder hasta la preparatoria estuve en un colegio católico donde aprendí sobre la Biblia -o las interpretaciones sesgadas de mis maestras y maestros de ese entonces-. Mi familia nunca fue de las que iba cada ocho días a misa los domingos pero sí de las que se sentía culpable de cuando no iban -porque bien sabemos que la culpa es uno de los métodos más efectivo para controlar tus masas de seguidores-. Cuando hice mi primera comunión ese fue uno de los pecados que dije en mi primera confesión, ese y ser grosera con mi abuela (spoiler alert, no era grosera, la cuestionaba por su favoritismo a los nietos hombres en la familia, principalmente mi hermano, pero tal parece que generarse un criterio es la materia prima del pecado).
Ah, el catolicismo. Si tan sólo me hubiera ofrecido diálogo, una imagen más neta que las
lecturas flojas y timoratas en criterio de sus evangelios. Malcolm el de enmedio me dio una respuesta más certera sobre la propia Iglesia que los padres en sus sermones de los
domingos. Está este evangelio, del Evangelio según san Mateo (Mt 19, 30-20, 16) para citar correctamente, en donde se dice esta famosa frase “los últimos serán los primeros”. En resumen, es un tipo que tiene una granja y las personas van a pedirle trabajo. Tiene tanto terreno que puede ofrecerle trabajo a un sin fin de personas. La gente fue llegando a lo largo del día y el patrón les dio trabajo a todos, por lo que hubo quienes trabajaron desde el amanecer, y otros que llegaron más tarde que sólo trabajaron unas horas. Al terminar el día el patrón les pagó exactamente lo mismo a todos. “Oye, no friegues, yo llevo aquí doce horas partiéndome el lomo, no mames que mi paga es la misma que la de este wey que lleva nomás una hora”, palabras más palabras menos fue lo que varios le dijeron al patrón. Astuto el patrón, les recordó que con cada uno había acordado pagarles un denario (cien pesos, por decir algo más coloquial), ni más ni menos. ¿Cómo por qué era injusto que el patrón pagara lo que le diera la gana y que además ellos habían acordado? (cualquier semejanza con la realidad capitalista NO es mera coincidencia).
Cuando los sacerdotes terminaban este evangelio a la hora de explicarlo, en más de una
ocasión -y más de un sacerdote- llegaban a la conclusión de que eso era la demostración del amor de dios, que a tooooodos nos quería por igual. Eso para mí no explicaba nada. Un día en mi casa, viendo Malcolm el de enmedio pasó un capítulo donde Hall (uno de los personajes principales, padre de familia) está teniendo una discusión con unos vagabundos. Intenta sobornarlos para que lo dejen en paz, pero los vagabundos le dicen que los mandó el pastor de la Iglesia, Hall entonces les ofrece el doble, a lo que los vagabundos responden “¿el doble de salvación eterna? No sea ridículo”.
¡Eso! ¿Cómo divides la salvación eterna? Con tal capital en tus bolsillos, ¿qué más necesitas? Nos adoctrinan que si queremos la salvación eterna debemos de trabajar como mulas todo el día y lo que debemos esperar es tan sólo lo que el patrón, o sea dios, nos quiera dar. Una religión donde mi participación como creyente era tan pasiva e ingenua no era para mí. Y, siguiendo lo que dice la Gran Upanishad del Bosque, yo no me sentía identificada con ese dios autoritario, suprematista y machista. La cualidades de ese dios católico no eran cualidades que yo quería replicar ni cultivar en mi persona, y aunque la introducción de la imagen Virgen María al catolicismo intenta cubrir un poco esta carencia, esta religión nacida en una geografía desértica nos condena a una aridez simbólica espiritual desde que nacemos: “polvo eres y polvo te convertirás”.
No siempre pensé esto. Yo disfrutaba mi creencia católica. Me dio cobijo y fortaleza en algún momento. Fui parte, incluso, de grupos misioneros en mi adolescencia, pues creía
fervientemente en “la palabra de dios”. Luego me di cuenta que lo que me gustaban eran sus símbolos, sus ritos y ceremonias que daban sentido de pertenencia, que generaban comunidad. Empecé, pues, mi búsqueda hacia diferentes mitologías, viaje que poco a poco me fue llevando a un camino subterráneo que más tarde me llevaría a la Gran Diosa. Peeero todavía no llegamos ahí. Pasitos de bebé, amixes, que este descenso a la Diosa se devela de a poquito.


Julia: mujer de raíces fuertes. Ivalú: la primera mujer del mundo para los nómadas esquimales. Julia Ivalú: la primera mujer nómada de raíces fuertes. Calculadoramente impulsiva; nunca aprendió a cortarse las alas. Escritora, poeta y artista audiovisual mexicana feminista. Lic. en Animación y Arte Digital por parte del Tec de Monterrey. Cuenta con el diplomado en Danza Terapéutica Humanística y otro en Antropología del Arte, así como con diversos cursos de Escritura Literaria en Literaria Centro Mexicano de Escritores. Su cuento «La caída de un mago» fue seleccionado para su lectura en el auditorio del Museo Soumaya (2015). Su relato corto «So(m)bras» está incluido en el volumen Vita Contemplativa: Los invisibles, coordinado por el Mtro. José Manuel Suárez Noriega (2017). Su obra «Se acerca un zopilote» forma parte de la antología Teatro Mínimo, colección de la afamada dramaturga mexicana Gabriela Ynclán (2019). Su publicación más reciente «Gatonejos», se encuentra en el poemario Cuerpo o inferno, compilado por la poeta oaxaqueña Yendi Ramos (2020).
IG: @julia_ivalu
FB: Julia Ivalú – Escritora
Página web: bit.do/julia-ivalu
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