Grietas aterciopeladas // La dueña de la jauría: el milagro de ser, por fin, visible

Enola Rue

Al final, lo que nos gusta no es el monstruo, sino el alivio de ver que alguien más se dio cuenta cuán roto puede estar el mundo. Y que, a veces, romperse es la única forma de que entre un poco de luz, aunque la luz sea negra. La Tosquera no es un accidente de la naturaleza, es un agujero hecho por los seres humanos, representa lo que queda cuando las empresas se van: pozos de agua estancada y mitos peligrosos. En Los peligros de fumar en la cama, publicado originalmente en el 2009, posiciona a Mariana Enriquez como la reina del gótico rioplatense, siendo “La Virgen de la Tosquera” y “El carrito del villero” los cuentos que convergen en la película dirigida por Laura Casabé este 2025.

Al mezclar los cuentos, el horror es expansivo, se convierte en un castigo social. Las protagonistas no sufren porque son celosas, sufren porque son crueles. La película nos muestra que la maldad social es lo que invoca el horror sobrenatural. Laura Casabé entiende que en el Conurbano Bonaerense, las leyendas no vienen en cajas separadas, la leyenda de la Virgen se alimenta de la miseria del villero del carrito, todo está conectado por la misma tierra.


En el cuento original, un acto de crueldad gratuita hacia un hombre que vive en la calle desata una cadena de desgracias como locura, robos, suciedad, enfermedad física y mental. En la película, este acto de desprecio no es un evento aislado, es lo que pudre el ambiente de las protagonistas. Combinar estos dos cuentos es como mezclar alcohol con pastillas, siendo el resultado mucho más turbio y difícil de olvidar que si los lees por separado. La película pronto deja de ser un drama de celos para ser una crónica de la degradación moral, donde el alivio no viene con la salvación, sino con el reconocimiento del horror.


No hay lecciones morales, solo consecuencias. El que las hace, las paga… pero con una moneda que no es de este mundo. La falta de piedad en los personajes es lo que abre la puerta a lo sobrenatural. En la tosquera, un amor viscoso justifica el sacrificio; en el barrio, la complicidad silenciosa de los vecinos que ven cómo la miseria y la sangre del villero se pudren en la puerta de su casa y prefieren seguir mirando para otro lado. A todo esto, lo que termina de cocer los cuentos es la textura, te hacen sentir que tienes que lavarte la cara con lavandina. Esta suciedad no es solo ambiental, es el horror manifestándose en lo que olemos y tocamos: el agua estancada, la costra de mugre, la sangre seca, el calor que hace que todo fermente. Todo comienza con el pueblo que se pudre porque alguien decidió que una persona no valía, del mismo modo que ignoran la sangre y su carrito. Toda esta podredumbre converge en la tosquera, donde la Virgen a la que acude Natalia es la forma que toma su propia oscuridad cuando necesita un altar.

Si estamos trazando puentes con la devoción popular y el misticismo que bordea lo trágico, la Santa Rita de Casia, conocida como la Patrona de los Imposibles, es casi un guión de terror gótico y de resiliencia extrema. Rita no tuvo una vida de nubes y ángeles, fue una sucesión de traumas que explicarían por qué se convirtió en el refugio de los que ya no tienen esperanza. Sus padres la casaron con un hombre brutal, Paolo Mancini, bajo el cual ella vivió dieciocho años de abusos y amargura. Ella representa esa violencia doméstica silenciosa que ocurre detrás de las paredes de una casa “normal”. Tras el asesinato de su marido en una vendetta, los hijos juraron vengar su muerte. Rita, en un acto radical y aterrador, le rezó a Dios para que se los llevara antes de que se convirtieran en asesinos. Poco después, ambos murieron por la peste. Ya siendo monja, mientras rezaba frente a un crucifijo, se dice que una espina de la corona de Cristo se clavó en su frente, un claro estigma divino que nunca sanó, se convirtió en una llaga purulenta y con un olor fétido que la obligó a vivir aislada la mayor parte de su vida.

Esa llaga en la frente que no sana es la representación física de la suciedad que nombramos en los cuentos de Mariana Enríquez, es el horror que emana del cuerpo sagrado. A Santa Rita no se le reza por cosas pequeñas, se le reza cuando el agua nos llega al cuello, muy parecida a esa fe ciega y oscura de los personajes de “La Virgen de la Tosquera”.

La Virgen de la Tosquera es una Santa Rita provocadora a la que Natalia entrega su inocencia y su lealtad a cambio de un imposible: Diego. Sin embargo, para que la Virgen rompa las leyes de la realidad, necesita un pago equivalente. El objeto de su deseo ya no es de Silvia, pero se lo entrega a Natalia roto, muerto e inalcanzable. Es la ironía máxima del horror: tener lo que querías, pero de una forma que te destruye. Es una deidad que proyecta el dolor hacia afuera, hacia los que se atreven a pedirle algo. No espera el sufrimiento, lo provoca porque entiende la fe y el amor como un sacrificio.

Para alguien que crece en este entorno, el desastre social es solo ruido de fondo. Natalia mira el incendio del carrito, el caos del cibercafé y el robo al carnicero con una frialdad casi anestesiada. La atención de Natalia está en una oscuridad distinta, el silencio es su forma de expresar que esas son grietas menores frente al desastre que va a suceder.

Cuando aparecen “sus perros” para castigar a Silvia y a Diego, Natalia finalmente se quiebra en llanto, pero esas no son lágrimas de arrepentimiento, son de reconocimiento. Los perros son suyos porque ella les dio permiso de existir al desear el mal, llora porque el milagro se cumplió y ya no hay vuelta atrás, la belleza por la que ha rezado es terrible.

Natalia no llora por la miseria del vecino, porque esa miseria es un paisaje cotidiano. Llora porque descubre que el horror no es algo que le pasa a los demás, sino que algo que ella misma sacó a pasear. Sus perros no muerden por hambre, muerden por obediencia. Y no hay nada más aterrador que ver cómo tus deseos más oscuros cobran vida y te saludan con la cola.

El matiz que convierte al cuento en una tragedia de poder y corrupción espiritual es cuando ella dice “Son mis perros”, está reclamando la autoría del horror. No es una víctima de las circunstancias, ni espectadora de un milagro ajeno, es la arquitecta de la destrucción. En la religión tradicional, uno pide un favor y la divinidad decide. En cambio, Natalia ha realizado una transustanciación, es decir, el odio que sentía por Silvia y el deseo por Diego se han materializado en esos animales. La Virgen de la Tosquera le prestó su fuerza para que Natalia misma ejecutara la sentencia.

Esa apropiación es profundamente provocativa, porque subvierte el rol femino pasivo. Ella no espera que el destino se lleve a Silvia, ella suelta a sus perros. No está demás señalar que siendo sus perros, también le muerden el alma, porque al reclamarlos también admite que la fealdad del barrio, el humo del carrito incendiado y la sangre en la tosquera ahora viven dentro de ella.

El horror definitivo no es que existan monstruos en la tosquera, sino que Natalia, una adolescente con el corazón roto, los mire a los ojos y diga: Son míos. En ese momento, la divinidad profanada y la voluntad humana se funden en un solo acto de crueldad. Natalia no es una devota de esta Santa Rita provocativa, decidió ser esta Santa Rita para dejar de sufrir los imposibles y empezar a provocarlos.

La monstruosidad de nuestros propios sentimientos mundanos es el verdadero terror cotidiano. Ser una adolescente despechada no es solo un drama de jovencitas, es un estado de vulnerabilidad absoluta donde el mundo se vuelve hostil. Esa sensación de sentirse vulnerada por otra mujer que quiere demostrar superioridad es el motor de la crueldad social. No es solo envidia, es la lucha por la existencia en un espacio donde parece que solo hay lugar para una. Silvia no solo “gana” a Diego, sino que ostenta su belleza y su seguridad como un arma. En cambio, Natalia no responde de la misma forma, ella reza a la Virgen de la Tosquera. Podríamos plantear que el terror no es algo que nos pasa, sino algo que hacemos para defendernos de la humillación.

Nos han enseñado a temer a lo que camina de noche, pero el verdadero miedo debería darnos la chica que calla cuando ve la miseria del barrio, el robo del carnicero, o mientras se quema el carrito del villero. El terror es esa calma tensa de quien se sabe herida por otra y decide que, si el mundo la hizo sentir menos, ella va a demostrar que es dueña de la jauría que desgarra el mundo. El despecho no es una emoción, en las manos de Natalia, es una declaración de guerra.

Natalia siente que Silvia ya decidió quién es: la amiga segundona, la que mira desde afuera, la que no tiene el poder de atracción. Todo lo que haga Natalia será visto por Silvia desde ese pedestal de superioridad. Lo mismo con el villero, el barrio ya decidió que es un despojo, un estorbo de mugre en sus calles perfectamente limpias, no importa si el hombre es bueno o malo, todo lo que haga es interpretado desde ese prejuicio. El horror en estos cuentos de Enríquez y que Casabé retrata perfectamente en la película es la soberbia de creer que podemos definir la esencia de los demás. Cuando decidimos quién es el otro, le quitamos su humanidad y ahí entra la luz negra. Sin embargo, esa ceguera del otro resulta ser su mejor escondite, porque mientras ellos ven la imagen que inventaron, los protagonistas se refugian en esa invisibilidad para cultivar su poder.

Ahora bien, no olvidemos a las mellizas. Si Natalia es el brazo ejecutor del horror, las mellizas son el coro griego de esta tragedia del Conurbano, ellas no intervienen, no juzgan, solo atestiguan con una naturalidad que resulta escalofriante. Las mellizas no se alejan de Natalia porque, en el fondo, comparten la misma frecuencia. Para ellas, la muerte de Diego es el resultado lógico de haber jugado con fuego. Esto demuestra que en la adolescencia que retrata Mariana Enríquez la intensidad no es un defecto, es una forma de existir. Todo esto refuerza la culpa de clase y de grupo, porque la lealtad de las mellizas es hacia Natalia y los demás son sacrificables. Su falta de lágrimas es la prueba de que el pacto de amistad es más fuerte que cualquier moralidad convencional.

Las mellizas representan esa sociedad que mira el desastre y sigue caminando por la vereda de enfrente. Cuando a diario vemos pruebas de lo podrido del mundo, la muerte de un chico lindo es un detalle más en la crónica del día.

No hay que olvidar la escena del boliche en la película, porque es perfecta para retratar esta culpa de clase y la coreografía visual que revela quién es quién. En el boliche, Silvia usa su cuerpo y el espacio como una dueña, Ella es consciente de que la miran y usa a Diego como un trofeo, no como un novio. En esa escena, Silvia es la “Santa” que todos quieren tocar, mientras que Natalia y las mellizas son las sombras que la rodean.

Natalia sufre y se retuerce de envidia, mientras que las mellizas son las que validan que el brillo de Silvia es artificial, sólo tiene valor si otros la miran, y son las que atestiguan que el barro de la tosquera es lo único real. La película captura algo que en el cuento es sutil pero en escena es brutal: la humillación pública. Es fascinante como Diego pierde su agencia, es un objeto que pasa de mano en mano, la pelea no es por él, es a través de él, así Natalia mide fuerzas con Silvia. Sin embargo, en medio de la música y la gente, Natalia se encuentra en un desierto emocional que termina de romperla. Cuando ve a Silvia y a Diego juntos bajo las luces, entiende que ella es la perdedora. Por eso, al salir de ahí, lo único que le queda es reclamar a sus perros.

En el boliche, Silvia gana la batalla de la superficie, la de las luces y el deseo inmediato. Pero Natalia, custodiada por el silencio de las mellizas, gana la batalla de la profundidad.

No hay que pasar por alto la peregrinación hacia el altar escondido de la Virgen en la tosquera. Mientras que Natalia y las mellizas rodean la tosquera a pie en una procesión lenta, terrenal y calurosa; Diego y Silvia se lanzan al pozo con la soberbia de cruzarlo a nado. Sin embargo, estos últimos al llegar a la otra orilla, deciden volverse a nado al ver a las chicas, un claro desplante a la comunión de una peregrinación y al altar de una Virgen que se alimenta de la carencia y el dolor, no del placer ajeno. Y como bien sabemos, en el gótico rioplatense, lo que se ignora es precisamente lo que termina por devorarte.

Lo que Diego y Silvia ven como una broma de verano, la Virgen lo ve como un sacrilegio. En la literatura de Mariana Enríquez, no hay diferencia entre el milagro de una santa y una macumba de barrio. En “El carrito del villero”, la macumba no es un hechizo que se realiza en plena calle con velas negras, es una energía que se activa cuando los vecinos lo desprecian y ofrendan su propia crueldad, de hecho el villero no reza ni los maldice para que les vaya mal, su sola presencia herida es la que pudre el ambiente. De la misma forma, Natalia no le reza a una Virgen de mármol en una iglesia impecable, le reza a esta versión de la Patrona de los Imposibles que entiende que ese odio fermentado en la calle del barrio es la misma energía redirigida al imposible de Natalia: Diego. Es decir, el ruego de Natalia converge en que si el mundo es tan sucio como para dejar que un hombre se muera en la calle, entonces que esa misma suciedad le quite Diego a Silvia.

Con esto entendemos que los milagros y las macumbas no son hechos aislados, en el universo de Mariana Enríquez, sino que el horror es reciclable, es decir, la energía del odio social que sobra en una esquina se usa para alimentar un deseo privado en la otra. Natalia no le ofrece flores a la Virgen de la Tosquera, le ofrece el caos del cibercafé, el humo del carrito quemado, el robo al carnicero, toda la fealdad cotidiana que la rodea para que la Virgen la use y le de a Diego.

La Virgen de la Tosquera es provocativa porque no es una estatua pasiva, es una entidad que, al igual que Santa Rita con su espina en la frente, muestra su fealdad. El ruego funciona porque la Virgen se ve en el despecho de Natalia, es un pacto entre dos seres vulnerados que deciden dejar de sufrir para empezar a morder.

Sin embargo, la Virgen no le concede un milagro como tal, le concede una jauría. Y Natalia, en vez de asustarse, los reconoce como sus perros. Estos son la macumba y el milagro convergiendo en algo aterrador y ese es el momento en que el horror deja de ser un evento ruidoso para convertirse en un estado mental permanente. Al apropiarse de ellos, Natalia ya no es la jovencita linda que compite con Silvia, es la dueña de todo lo que los demás temen.

La escena final de Natalia y las mellizas volviendo en micro a sus casas es el cierre perfecto. Las tres ejecutan el acto final de la complicidad, ellas miran el paisaje de la ventanilla con frialdad, no hay trauma porque el mundo en su cotidianeidad ya les demostró que el que no muerde, es mordido.

El colectivo arranca y el paisaje empieza a correr detrás del vidrio, Natalia y las mellizas se muestran con una calma que hiela la sangre, no hay culpa, solo alivio. Han dejado atrás la tosquera, los cuerpos de Diego y Silvia, pero no huyen de nada. Se llevan el desastre puesto como una segunda piel. El horror cotidiano es el viaje de vuelta a casa sabiendo que mientras el mundo sigue girando distraído, ellas son las únicas que saben de quién son los perros de la tosquera.

Los pasajeros que las ven son sombras que van y vienen, ellos no saben que Natalia acaba de “romper” la realidad. Natalia ya no pertenece a la misma dimensión mental que el resto de los pasajeros, es precisamente esa burbuja de horror lo que la protege de la banalidad del mundo. Las tres miran por la ventanilla con normalidad, con el silencio de quienes han ganado una guerra que nadie más sabe que existió.

Lo más inquietante es que el colectivo las lleva de vuelta a casa, a la cena, a la televisión con Susana Gimenez de fondo, se van a lavar la cara, a quitarse el barro de la tosquera y van a seguir existiendo. El viaje es el proceso de digestión del horror, el tiempo que necesitan para que el pulso se normalice y sigan su rutina.

Natalia no es una criminal, es una pasajera más que mira el atardecer por el vidrio sucio. Al apropiarse de su milagro, ha ganado una paz que contempla un nuevo mundo donde los perros siempre saben a quién morder y las santas siempre se cobran lo que dan.

Ella ha ganado sobre Silvia, pero en su victoria habita la soledad de los dioses caídos. Se queda con el poder, se queda con la jauría, pero pierde el derecho a la distracción. Al final esta Santa Rita provocativa le concedió el deseo más peligroso de todos: el de no ser como los demás. Y ahí, en el asiento del micro, mientras el sol se pone sobre el conurbano, Natalia comprende que ser la dueña de las sombras significa que nunca más podrá caminar bajo las luces de la ciudad sin que sus perros le pisen los talones.

La gran paradoja del poder en el universo de Mariana Enríquez es que el deseo cumplido es la celda más solitaria del mundo. Al apropiarse de los perros y de la voluntad de la Virgen, se ha exiliado de la humanidad común. Ya no puede quejarse de un desamor con su tía, ni comentar un chisme de boliche. Su vida interior se ha vuelto un territorio prohibido. La soledad no es sólo física, es no poder ser traducida por nadie más. Al final, hay más cosas en el cielo y la tierra que las soñadas en nuestra filosofía, un lugar donde los imposibles se cumplen, siempre y cuando uno esté dispuesto a dejar que tus propios perros te muerdan el alma.

Publicado por Enola Rue

Enola Rue es estudiante de Letras en la UNLP y una observadora incansable de las grietas de lo cotidiano, donde busca rescatar lo que el ruido diario suele ocultar. Desde su blog Indie tear, explora la literatura como su alternativa de vida más vital, traduciendo su visión del mundo en poesía y narrativa. Es autora de «¿Qué dice la margarita?» (2° lugar Clásicos Romances) y su cuento «No se admite ser para la muerte» forma parte de la antología Esa otra voz (Editorial Rubin).

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