El nublado cielo.

Por Yessika María Rengifo Castillo.

Desperté esa mañana con la ilusión de que nuestra vida volvería a ser como antes. El plan de los hijos, cafés en las madrugadas y los jazmines en nuestro balcón iluminarían nuestro amor en inviernos. Mis sueños se extinguían en la fría mesa del olvido, Karen nunca regresó a casa y partió al sur quebrando mi corazón. Le escribí varias cartas suplicándole que volviera pero nunca hubo una gota de su rastro, el diario me contó que ahora es la señora de Gómez.  Sentí que mi vida se partía en dos y nada tendría sentido, lloré como un niño desconsolado ante el nublado cielo que se ha ido con la llegada de las mariposas a mi ventanal. 



Yessika María Rengifo Castillo, Poeta, narradora, articulista, e investigadora, colombiana. Docente, licenciada en Humanidades y Lengua Castellana, especialista en Infancia, Cultura y Desarrollo, y Magister en Infancia y Cultura de la Universidad Distrital Francisco José De Caldas, Bogotá, Colombia. Desde niña ha sido una apasionada por los procesos de lecto-escritura, ha publicado para las revistas Infancias Imágenes, Plumilla Educativa, Interamericana De Investigación, Educación, Pedagogía, Escribanía, Proyecto Sherezade, Monolito, Perígrafo, Sueños de Papel, Sombra del Aire, Plumilla y Tintero, Chubasco en Primavera, Íkaro, Grifo, La Poesía Alcanza Para Todos, Ibídem, Narratorio, Piedra Papel & Tijeras, Extrañas Noches, Cadejo, Microscopías, Psicoactiva, Ágora, Con voz  Propia, Un Mar de Letras, Cheshire, Luke, Revolución. Net, entre otros. Autora del poemario: Palabras en la distancia (2015), y los libros El silencio y otras historias, y Luciana y algo más que contar, en el librototal.com. Recientemente ha publicado su tercer y cuarto libro: La espera bajo el sello editorial Historias Pulp, y Entre Causas y Otras Causas en la casa editorial Letroides. Ganadora del I Concurso Internacional Literario de Minipoemas Recuerda, 2017 con la obra: No te recuerdo, Amanda.


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Todo por Roxi.

Por María Isabel Tamayo.

Hoy es el cumpleaños de Roxi. Como su mejor amigo es mi deber buscarle un regalo. Cuando salimos a jugar básquet con nuestros compañeros, siempre se queda mirando el escaparate de la Boutique “Encanto de mujer”. Es que Roxi es diferente.

Aunque el resto se mofa, a Roxi le resbala, y continúa su camino. Yo, que siempre me quedo esperando a veces me imagino a Roxi usando esos conjuntos, esos vestidos tan finos. Roxi, parecería como si hubiera salido directo de un cuento de hadas con alguno de esos. Muy pocas veces me atrevo a mencionárselo. Se sonroja tan bonito, y me pega en respuesta. Cada vez que me golpea pierdo en el básquet porque el brazo me duele por lo fuerte de su puñetazo.  

Roxi, después del básquet va a la zona roja a buscar a su abuelo. El viejo Galindo, que brinda servicios a las mujeres y le pagan muy bien. Roxi me prohibió averiguar cuáles servicios. Con esa plata Roxi compra el pan, la leche, los huevos y demás comida. A veces me preocupo que camine por esas calles a esas horas, pero Roxi siempre me dice que no tengo por qué. La gente de la zona se lo piensa dos veces antes de siquiera acercársele. Esa historia es muy violenta, Roxi prefiere que no se sepa, no quiere problemas en el colegio, ya tiene suficiente con su vida. Es que Roxi es diferente. Por eso yo estoy siempre a su lado, me aseguro que los que tengan ganas de molestar se arrepientan de sus acciones. A la salida, detrás del colegio tenemos un ring sin cuerdas, ahí nos damos. 

—Simón eres un imbécil. 

Roxi sabe que yo me peleó con todo el mundo para que no molesten, y eso lo irrita mucho. Yo dejo que se desquite, cuando me pone el alcohol y las curitas. Roxi no aplica para nada la delicadeza. 

—No servirías para estudiar medicina.

—La verdad me vale, no soporto a los humanos. 

Así es Roxi, diferente. En su casa siempre he sido bienvenido. Las paredes, verde limón mal pintadas, con las marcas de una silla de ruedas que apenas alcanzaba a pasar por los estrechos pasillos. La silla abandonada nos mira indiferente desde el fondo del pasillo oscuro. El recuerdo de su madre afecta mucho a Roxi, se niega a tirarla porque la guardará para su padre, si es que aparece.

Roxi no quiere que se sepa esa historia. La quiere olvidar, y sepultar en lo más profundo. Mi deber es estar a su lado, listo con la pala para echar tierra. 

—¿Qué quieres de regalo de cumpleaños?

—De ti nada, Simón. 

— ¿Por qué? Somos amigos desde el Kinder. ¿Qué tiene que te haga un regalo?

—No tienes ni para dónde caerte muerto Simón. No me des nada.

—Te daré algo.

— ¡Eres un necio!

Y aquí estoy, frente a la boutique. Roxi, no sabe cuánto he ahorrado. Entro y pregunto por el vestido rosado. Me señalan muchos vestidos, con nombres de colores que parecen inventados: malva, fucsia, palo de rosa. Para mí todo eso es rosado, escojo el que vi el otro día en el escaparate. Pago en efectivo. Envuelven el vestido en una caja, pregunto si le pueden poner un moño, el único que tienen es azul. Les digo que no importa. 

Voy a la casa de Roxi, ya debe tener listo el pastel y los quesitos con pasitas, las galletas con atún y mayonesa, la gelatina y los chitos picantes, la cola de manzana. El viejo Galindo seguramente tiene listo la música. Las velas azules de números con el 15 en el centro del pastel se iluminan. 

En cuanto entro empiezo a cantar, y su abuelo se me une <<Feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños Roxas, feliz cumpleaños a ti>>

Roxi sopla las velas, y las apaga de un tirón. Comemos el pastel y todos los aperitivos, mientras el viejo Galindo nos cuenta los chismes del barrio. 

—Roxas, mi adorado nieto—dijo el viejo al levantarse de la mesa para ir a trabajar—. Ya tienes edad. 

—¿Edad para qué?

Su abuelo no le respondió nada solo le despeinó el pelo, le dio un fuerte abrazo. El viejo Galindo me guiñó el ojo al salir. 

Ni bien cerró la puerta, saque de la bolsa el paquete, y di dos pasos atrás por si acaso quiera pegarme. Roxi me vira los ojos y le quita el moño, entre abre la caja, y la cierra de inmediato, me mira incrédulo, la vuelve abrir. Nunca había visto que a una persona se le iluminara el rostro por la felicidad, solo lo he visto en las películas, y ahora lo vi en mi Roxi. 

Roxi me regresa a ver, abre la boca como que me quiere gritar, pero no me dice, ni me grita nada. Alza el brazo con la mano en puño, pero no me pega. Solo me roza el brazo muy delicadamente. 

—Veamos cómo te queda. 

Cuando éramos más niños nunca tuvimos la oportunidad de quedarnos en la casa del otro, a mis padres no les gustaba que me quedase muy tarde en su casa, ni tampoco que Roxi se quedara. Pero ahora, siendo la medianoche puedo ver como los postes de luz iluminan el cuarto de Roxi, a la vez que escucho a las patrullas haciendo sus rondas nocturnas. Sé que me castigarán, debería ir a mi casa, pero no quiero moverme. La habitación de Roxi es muy diferente en la noche, su cama es muy cómoda, y no cruje. Roxi duerme plácidamente sobre mí. 

El vestido le quedó bonito. El rosa es su color, se lo puso con lágrimas de alegría en sus ojos. Me encantó ver como se lo ponía, pero disfruté mucho más quitárselo. Me pongo a pensar que este mundo tan violento podría dañar a mi Roxi. Pero para eso estoy aquí, para acabar con todos los que intenten hacerle daño. Es que Roxi es diferente, y yo también.



María Isabel Tamayo Gudiño, nació en Atuntaqui, Ecuador en el año de 1991. Pero vivió en la ciudad de Ibarra por sus primeros 18 años. Estudió Ciencias Biológicas. A la mitad de su carrera, y durante sus estudios de biología molecular, descubrió su amor por la escritura. Escribió algunos fanfictions. Publicó su primer cuento “El lagartijo”, en la antología “Los que Vendrán, 2018-19” publicada por el taller de escritura creativa del cual participa. Publicó otros dos cuentos, en las antologías siguientes: “Lo que no se puede borrar” en “Los que vendrán 20-20”, y “Lo eterno” en “Perseídas”.


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¿Cíhuatl, quién soy?.

Por Samantha García.

Soy mujer.

No un ser sangrante ni procreador.

Soy mujer, mente y afecto, ese es mi concepto.

Y voy más allá de eso.

Soy más que una musa.

Soy origen.

Mi cuerpo es más que un desnudo para el artista, de esos que solo pintan.

Para estos, solo soy musa cuando callo, cuando camino,

pero no existo cuando yo quiero.

No soy su musa cuando siembro.

Soy más que una pose.

Soy artista natural.

De mi piel quemada brotan flores,

Como aquellas que arrancan del suelo.

Mis lunares y marcas, marcadas imperfecciones,

son recuerdos de semillas,

algunas cortadas por el tiempo.

A esas semillas las intento besar todos los días,

por las veces en que me hicieron pensar que no valían.

Mis senos son más que tus fantasías.

De ellos brotan gotas con sabor a miel y alegrías.

Entre mis piernas fluye la sangre y pasión,

la misma que les asquea y me piden que cubra,

olvidando que es la misma que les cubre y les forma.

Soy creación.

Soy tu musa cuando quieres que exista.

Soy tu sombra cuando quieres que calle.

Soy tu pesadilla cuando no quieres que me resista.

Pero yo soy esa fina línea que se ve entre la tierra y el cielo,

y, al estirarme, a este llego.

Le pido a este cielo que me libre de malos ojos y me recuerde ser yo,

y que las estrellas me guíen a dónde voy

y no necesitar de tu ayuda para recordar quién soy.



Samantha Mariel García Cuellar, estudiante de restauración con un gran amor por el arte en todas sus formas, enfocándose en la escritura, pintura y fotografía. Su poesía busca recontextualizar a la mujer más allá de solo ser una musa. La mujer es artista- creadora y su propia inspiración. Siempre intenta encontrarse en todo lo que hace; por lo que su trabajo es un reflejo de aquello que se oculta y se prefiere evitar porque muchas veces no se sabe cómo hablar.


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 A la orilla del Lago.

Por Tania Farias.

Me negaba a ir. De ser mi sueño convertido en realidad, esa cabaña frente al lago propiedad de sus padres se había convertido en mi peor pesadilla. La primera vez que Mario me golpeó fue después de una fuerte riña familiar con sus hermanos. Apenas habíamos cumplido nuestro primer aniversario de bodas. Ese día, llegó a la casa con los ojos encendidos y me exigió estar lista para partir en los próximos quince minutos. Manejó hasta la cabaña, a donde llegamos poco antes del anochecer, solo nos bajamos y se internó en el bosque sin decirme una palabra. Con la esperanza de que esa caminata en la naturaleza lo ayudaría a tranquilizarse, preparé una cena con los ingredientes que encontré y me dispuse a disfrutar de una copa de vino frente al lago. Me gustaba estar allí, frente a sus aguas pasivas. Pasaron más de dos horas y mi marido no  había regresado.

Sentada, con la cena fría sobre la mesa, contemplaba el resplandor de la luna rompiendo la oscuridad de la noche. Con ansiedad, intentaba descubrir cualquier movimiento que me anunciara su llegada. Esperé varios minutos más y después encendí el televisor en la sala. Necesitaba distraerme para no pensar en cosas malas. No sé en qué momento me quedé dormida, solo recuerdo que desperté al recibir un puñetazo en la cara y antes de que pudiera abrir los ojos, sentí un jalón de cabellos que me tiró al piso. Le siguieron las patadas y más puñetazos. 

Cuando todo terminó, me quedé enrollada como un ovillo en el piso, temblaba sin control. Mi marido se acercó y me levantó con dulzura para llevarme a la cama, allí limpió mis heridas y me pidió perdón llorando.

La escena se repitió dos meses después, con la muerte de su padre, y de nuevo cinco meses más tarde, por otra riña familiar a causa de la herencia que no lograban repartir. Siempre en la cabaña. 

Esta noche su hermana llegó a la casa totalmente fuera de sí. Los gritos escalaron a forcejeos y terminaron con ella tirada en el piso después de un fuerte aventón de Mario. Ofuscada se fue jurando que jamás volvería y entre lágrimas y la voz entrecortada le gritó a su hermano  que se olvidara de ella y de toda su familia.

Cuando la puerta se cerró, Mario se quedó por varios segundos inmóvil. Yo rezaba que no me pidiera ir a la cabaña. Pero mi devoción fue en vano; al cabo de unos minutos subió al cuarto, preparó una pequeña maleta y me dio la orden de preparar la mía. La pesadilla se repitió una vez en la cabaña.

Con sus golpes sentía como mi ser se difuminaba, se borraba, desaparecía. En las otras ocasiones también me había pasado, pero quizás, el calvario había sido más corto y su arrepentimiento me había devuelto mi cuerpo. Pero esta vez, fue implacable, cruel, sin corazón. Me golpeó hasta agotarse y entonces se salió y me dejó allí como si no existiera y entonces mi ser se hizo invisible por completo. Ya no hubo disculpas, ni sanación de heridas. Tirada en el piso lloré, hasta que mis lágrimas se secaron. Y tuve la certeza de que era invisible y solo tenía un camino para volver a reaparecer.

Me levanté con lentitud, pues cada movimiento me calaba hasta los huesos. Me paré frente al espejo que no me reflejó. Me quedé allí de pie, por varios minutos, como si pudiera contemplarme. Pasé mi mano por cada una de las heridas. Eran tantas que no podía contarlas, aunque no pudiera verlas. Toqué mis brazos, toque mis piernas, las sentía. Estaban allí mas no eran visibles.

Después, caminé lentamente en dirección del lago, el dolor me detenía. La silueta de Mario se adivinaba gracias a la fogata que este había alumbrado. Decidida, avancé hacia el embarcadero. Mi verdugo estaba bebiendo. Tenía a su lado un balde lleno de cervezas. Varias botellas vacías yacían a sus pies. Tomé la cubeta y la llevé hasta el borde, a un lado del lago. Esperé con paciencia a que Mario terminara la botella que tenía en sus manos y se viera obligado a levantarse por otra. No tardó mucho, tambaleándose después de girar sobre sí mismo buscando su balde con cervezas, avanzó hasta el límite del embarcadero donde yo lo había dejado.  

Lo empujé al agua fría de otoño. Mario no sabía nadar. Gritó con todas sus fuerzas por auxilio mirando hacía la cabaña como esperando que saliera a ayudarlo, sin saber que lo observaba desde lo alto del embarcadero, a escasos centímetros de él. Mientras se hundía, yo sentí cómo mi ser volvía a ser visible, como mi cuerpo reaparecía. Nuestras miradas se cruzaron por última vez. Me di la media vuelta y me fui.     



Tania Farias, escritora.


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La mujer del espejo.

Por Maribel Castillo.

Después de salir del baño se paró frente al espejo, arrojó la toalla que cubría su cuerpo y se contempló desnuda, aquel cuerpo de Venus ya jubilado llevaba en sus arrugas historias y plasmado en su lienzo recuerdos que algunos dedos dibujaron. Hacía tantos años que la música de Elvis Presley sacaba a bailar sus pies; los paseos largos de la mano de aquel joven que nunca volvió a ver o las noches de cine llorando junto a Pedro Infante en “Ustedes los ricos”. Apenas era una sombra de aquella juventud perdida entre los pasos del tiempo, no podía reconstruir el pasado más que en su memoria. Pensó con aquella fuerza que una vez tuviera, que podría volver a bailar, a salir y contemplar el atardecer en una vieja bicicleta. Se midió la ropa, aplicó un poco de maquillaje y con la felicidad teñida en los ojos salió a la calle pero la mujer del espejo no la siguió.



Maribel Castillo, Mi nombre es Maribel Nohemy Castillo Guevara, tengo 27 años y escribo desde los 15 sobre todo narrativa. Nací en Ciudad Barrios, San Miguel, El Salvador y me gradué de Licenciada en Letras en 2018. He sido miembro de Talleres literarios y ganado una mención honorífica en cuento, también he publicado en revistas nacionales e internacionales y participado en antologías de poesía y minificción. Actualmente soy docente de la materia de Lenguaje y Literatura.


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La muñeca de porcelana.

Por Verónica Alejandra Cruz Casas.

Mi madre había enfermado extrañamente, su comadre dijo que alguien le había hecho “mal de ojo”, porqué de la nada había comenzado a sentirse mal, quedando casi sin fuerzas; tanto que en una semana se había ido consumiendo poco a poco, se veía avejentada, seca, triste, realmente enferma, ya no se podía mantener en pie y lo peor fue que hasta dejó de hablar, su hermosa sonrisa había desaparecido y el brillo de sus ojos se había opacado.

Su comadre le había llevado varias hierbas para un té y un amuleto que le colgó al cuello, pero no mejoraba, decía que necesitaba que la curandera la viera, que iba a ir a hablar con ella para que al día siguiente visitara a mi mamá, yo no puede resistir verla así un día más y ese mismo día la llevé al hospital.

Los médicos la auscultaron y dijeron que tenía una deshidratación terrible además de que debían hacer análisis para saber qué otros males le aquejaban. Cuando llegaron los resultados del laboratorio me informaron que mamá estaba anémica en grado extremo además de tener muy bajos muchos niveles, por lo cual estaba descompensada. No lo podía creer, mi madre siempre se alimentaba muy bien y sobre todo adoraba las espinacas y otros vegetales, siempre había sido muy saludable, hasta ahora. ¿Y la deshidratación?  Si ella era la que más agua bebía en la casa. ¿Cómo era posible que hubiera llegado a este estado así tan repentinamente?

Le pusieron suero con muchos medicamentos e incluso le dieron una transfusión sanguínea. Al segundo día del tratamiento le comenzó a volver el color a la cara y al fin pudo volver a hablar un poco. 

Su comadre me dijo que cuando la fue a visitar, mi madre le habló muy bajito al oído:

—Por favor lleve la muñeca a la curandera, dígale que vea si ahí está el mal. Pregúntele a mi hija, que le indique donde esta; pero cúbrala bien. ¡Por lo que más quiera, no la vea a los ojos o puede caerle el mismo mal que a mí!

¿De qué mal hablaba mi madre?  No lo sabía, pero conduje a la señora hasta su habitación. Al entrar sentimos mucho frío, era extraño, esa habitación siempre había sido la más cálida de la casa y no era época de frío. La luz de la vela que nos guiaba comenzó a danzar extrañamente, de pronto la llama creció muchísimo en una llamarada y así como creció un viento que no sé de dónde salió, la apagó. Como las cortinas se encontraban abiertas la habitación no quedó completamente a oscuras ya que entraba la luz de la Luna. Sobre la silla de la esquina se encontraba sentada una hermosa muñeca de porcelana antigua. Su cara era muy bonita, estaba pintada a mano, su cabello rubio y rizado estaba adornado por un par de moños a cada lado de la cabeza, tenía un vestido muy elegante con encaje de guipur francés. Había sido un regalo, no supimos de quién, llegó días después de que mi padre muriera repentinamente.  Había estado guardada en una caja, pero apenas la semana pasada mi madre la sacó y al ver que era tan bonita la puso en su habitación. 

La comadre le arrojó un rebozo encima, la envolvió con él y la metió en una bolsa con muchas hierbas y se la llevó.  La entregó a la curandera quien no la quiso ni destapar, después de que la comadre le contara todo lo sucedido, la puso en el piso rodeada de pétalos de flores, cuarzos y velas blancas, saco un libro muy grande de donde leía y rezaba cosas extrañas. La roció con un líquido que olía a hierbas, de pronto la bolsa se comenzó a agitar como si tuviera un animal vivo en su interior y a echaba humo.  La comadre de mi mamá se asustó tanto que quería salir corriendo del lugar, pero la curandera no se lo permitió, la tomó del brazo y le dijo:

—¡No! ¡No te muevas, no salgas de la zona de protección o el mal puede entrar en ti y consumirte como lo ha hecho con la pobre de Gertrudis! ¡Resiste, esto pronto va a terminar! —Ella no lo había visto pero estaban paradas dentro de un círculo de sal.

La curandera seguía haciendo oraciones mientras su ayudante aventaba líquidos, quemaba copal. La bolsa que contenía a la muñeca continuó echando humo, el cual fue en aumentando hasta que de pronto brotaron grandes llamas que la consumieron por completo junto con el rebozo, quedando al descubierto la muñeca sin el mínimo daño. 

—¡Qué horror! — gritó la comadre

—¡Cierren los ojos! ¡No la vean! —Ordenó la curandera.

Le echó un líquido encima, era un preparado de hierbas con agua bendita y algunas partes de animales e insectos, mientras su ayudante continuaba con los rezos.  La muñeca giraba rápidamente sobre sus pies, haciendo un ruido extraño como un chillido, las cosas que estaban colgadas en las paredes comenzaron a caerse. Los vasos que contenían a las veladoras se estrellaron y saltaron trozos de vidrios por todos lados.  Intensificaron los rezos hasta que de pronto la muñeca se rompió en muchísimos pedacitos que salieron disparados, como si hubiera explotado. La curandera vertió un poco más del líquido sobre el polvo que quedó en el piso y este se fue desvaneciendo.   

—Al fin nos hemos deshecho del mal! —La curandera había quedado exhausta. Ella sentía que había triunfado. Pero no fue cierto, ya que el mal no se había ido solo, se llevó a mi madre con él. La pobre falleció en el mismo momento que la muñeca se esfumó de la casa de la curandera.

Cuando el doctor me llamó a la habitación para decirme que mi madre había fallecido hacía unos minutos, no pude contener un grito de terror, ya que, al entrar a verla, encontré a mi madre tendida y entre sus brazos tenía a la muñeca.



Verónica Alejandra Cruz Casas, Ingeniera Geóloga mexicana. Autora de relatos, cuentos y minificciones de terror y fantasía como son “Fluido Vital” publicado por “La Sangre de las Musas”, 2016 en la “Antología Mexicana de Vampiros, Lobos y Zombies”.  “Zombie americano en Haití” en la colección de cuentos de Terror “RelatoZ” de editorial NECRO, 2017.  “Lo que el sismo nos dejó” en la Antología de relatos de Zombies en la CDMX “RelatoZ II” de editorial NECRO, 2020. “El gato y la aprendíz de bruja” en la antología “Perros y Gatos en un costal” en proceso editorial.


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Vengamos los jueves, dijo una madre.

Por Andrea Aviña.

«Ronda 2274 11-11-21»
Andrea Aviña
«No al pago de la deuda externa»
Andrea Aviña
«Abrazo»
Andrea Aviña
«Aquí vamos a permanecer»
Andrea Aviña
«La llegada a la plaza»
Andrea Aviña
«Circulen, circulen»
Andrea Aviña
«Hay motivos para resistir»
Andrea Aviña
«Hay que llenar las plazas»
Andrea Aviña
«Un pañuelo no, un pañal»
Andrea Aviña
«Siempre hay algo que decir»
Andrea Aviña


Andrea Trinidad Aviña Cardoso, (Ciudad de México, 1995). Egresada de la Licenciatura de Relaciones Internacionales y de Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM.


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Telescopios.

Por Vanessa Arvizu.

Cuando morí, esperé ver mi espíritu levantarse del cajón de mi sepulcro, mientras mis dolientes me daban la última despedida a través de sus oraciones con las cuales iría ascendiendo al cielo y olvidaría todo lo que había dejado en la Tierra. No sucedió.

También esperé escuchar a los ángeles con sus trompetas en una tierra de nadie, donde Dios y el diablo debatirían a quién pertenecía mi alma, poniendo en una balanza mis buenas obras y mis pecados. Pero tampoco ocurrió así.

En cambio, estaba en un cuarto casi vacío, a no ser por un pupitre en el centro y una figura humana que esperaba unos pasos delante de mí. Tenía en sus manos un lápiz y una libreta muy gruesa, me llamó por mi nombre y me acerqué. Me explicó que era mi guardián y me invitó a tomar asiento. Luego, me contó de qué trataba todo eso.

¿A dónde vamos después de morir? ¿En dónde se quedan nuestras memorias? ¿Se premian o se castigan nuestros actos? En mi caso, tenía dos encomiendas ya de muerta: rememorar y añorar. Mi guardián me dijo 

-Voy a pedirte que recuerdes, uno a uno, los momentos de tu vida. Cada que termines un recuerdo, tendrás que anotar lo que te diga-. Y me extendió la libreta y el lápiz. 

Los recuerdos llegaron de principio a fin. Aparecieron los instantes más gratos y los que me hicieron quebrarme: cuando mi madre me regaló el vestido rosa que tejió con hilo de acrílico; el viaje a Dolores Hidalgo cuando mi abuela me compró los jarritos de barro; la vez que parí un niño sin huesos que sólo sobrevivió dos días; cuando vi a mi padre ahogarse con una rama de orégano. Apenas terminaba de mencionarlos cuando mi acompañante me dictaba números:

-11 49 03.5, 13 35 07.9, 17 26 12.4…-

No entendía por qué los números ¿Serían pasajes bíblicos? ¿Una escala para determinar el castigo eterno? Y no tenía mucho tiempo para pensarlo porque mientras iba llenando las hojas de la libreta, más recuerdos aparecían. Hasta que me vacié. No había más de mi vida que los números escritos en ese cuaderno. 

Aún me quedaban la mitad de las hojas y fue cuando mi guardián me dijo:

-Ya quedaste vacía, ahora tendrás que llenarte. Pídeme, todas aquéllas cosas que te hubiera gustado vivir si no hubieras muerto._

Empecé con lo que no pude ver. La mano de mi bisnieta sujetar la de su padre, los perros que dejé solitarios tomando el sol en mi patio, las rodillas de mi esposo haciéndose pedazos por el desgaste, el cáncer avanzado de mi hija… Lo malo, lo triste, lo bueno, lo alegre, no reconocía nada y, sin embargo, me dejé llenar por las cosas de los vivos. Todo escrito con números.

Cuando la libreta se llenó, mi guardián me llevó a otro lugar. No era el cielo, no estaban ahí quienes quise y habían muerto, no había presencia de Dios, de ángeles o demonios. Era un cuarto oscuro con una ventana sin cristal por la que entraba luz. Frente a la ventana había un telescopio. Y en aquélla oscuridad que me inundaba, pude ver el universo que se extendía delante de mi ventana.

Esto fue lo que ocurrió después de muerte. Los números de mi libreta son coordenadas que me enseñaron a colocar en el telescopio y apuntar al lugar exacto, si uno lo hace bien, puede jugar con el tiempo para ver el pasado y el futuro. Así, me volví el ojo presente que recorrió mi vida y fui acompañante cuántas veces quise. Puedo regresar y observar las escenas a detalle, verme no sólo a mí, además al viento, la luz, la humedad y todas aquéllas presencias en el mundo. He sido testigo del deterioro del cuerpo y mente de quienes amé y a quienes no pude conocer. He estado ahí con los que me extrañan, he vuelto una y otra vez.

Después de todo es cierto que cuando uno muere se queda en los senderos por donde anduvo, en la esencia de las personas, en la soledad de sus animales y plantas. Y sólo después de eso aprendí la vida y fui la vida. Y no importa cuantas veces lo observe, siempre encuentro algo bello en ella.



Vanessa Arvizu, (Ciudad de México, 1985) Socióloga, comunicóloga, feminista y madre. Egresada de la licenciatura en Comunicación por la Universidad Nacional Autónoma de México. Maestra en Sociología con especialidad en Sociología de la Educación Superior por la Universidad Autónoma Metropolitana, institución en la que actualmente cursa el doctorado en Sociología. Ganadora del premio de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) por la mejor tesis de maestría en 2016.  Obtuvo mención honorífica en la categoría ensayo del Premio Dolores Castro 2019.


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Piñén: La diáspora mapuche creciendo en la periferia de Santiago de Chile.

Por Carla Agüero.

Piñén es un libro de cuentos de la escritora mapuche, Daniela Catrileo, publicado en el año 2019 por la editorial Pez Espiral. Esta obra, dedicada a la mapuchada, se compone de tres historias: 1) “¿Han visto cómo brota la maleza de la tierra seca?”, 2) “Pornomiseria” y 3) “Warriache”.  En cada uno de estos cuentos, Catrileo invita a explorar una cara no siempre visible en la literatura: la marginalidad social a la que son sometidas las comunidades mapuches en una de las grandes urbes latinoamericanas, Santiago de Chile. La autora logra representar en su narrativa la pobreza, la desigualdad, la violencia de género y el racismo que padece este sector social, pero también rescata su espíritu comunitario, su identidad cultural diversa y el compromiso con la lucha política por sus derechos.

La palabra piñén que titula este libro proviene del mapudungun o lengua mapuche y refiere al polvo o la mugre aferrada al cuerpo. Las comunidades indígenas de la periferia santiaguina son tratadas así, como piñén adherido a la capital al que se prefiere ocultar aislándolo en sus orillas. Este libro desde su título se escribe con una lengua mixturada que hace uso del español chileno y del mapudungun en un registro coloquial acercando al lector a la comunicación oral de estas poblaciones. De esta manera, la lengua se transforma en un puente que une perspectivas culturales y permite pensarse y pensar a otros. En este caso, reluce el lenguaje como una herramienta para cimentar una identidad que se constituye de lo múltiple, de lo diverso, de la champurria

En cuanto a los cuentos del libro, los tres se desarrollan en el mismo espacio: las poblaciones de la periferia de la capital chilena. Las comunidades establecidas allí se componen de un gran número de personas de origen mapuche que migraron desde los territorios del sur de Chile hacia la gran ciudad en busca de una mejor calidad de vida. Inicialmente, estos grupos migrantes vivían en casas precarias de nylon y cartón que en Chile son conocidas como callampas. El gobierno chileno erradicó estos asentamientos con un programa de viviendas sociales y las familias fueron trasladadas a edificios o blocks. Allí, las problemáticas a las que se deben enfrentar estas comunidades son otras, por un lado, al hacinamiento, ya que los departamentos son muy pequeños y por otro, a un limitado acceso a los servicios básicos al estar lejos del centro, lo que hace que estas poblaciones estén marginadas y sean inseguras. Catrileo logra retratar en su libro todas estas características de las viviendas sociales a las que denomina “nidos de espanto” (Catrileo: 2019, p. 14) donde, desde pequeños se crece rehuyendo de la muerte y la violencia.

La presencia de la voz femenina narrando cada cuento es un elemento importante a señalar. La lectura del libro hace especular que se trata de una misma narradora para los tres relatos aunque esta hipótesis tambalea por momentos, ya que si bien presentan coincidencias entre sí por pertenecer al mismo lugar, cada una manifiesta una mirada particular y una historia diferente. Son narradoras jóvenes entrando a la adultez y se retrotraen a su pasado para comprender desde sus infancias y adolescencias lo que sucede en su presente. 

En el primer cuento, “¿Han visto cómo brota la maleza de la tierra seca?”, una narradora de la que se desconoce el nombre, reflexiona sobre la muerte de un ex compañero del colegio, Jesús, quien fue asesinado por estar involucrado en la venta de drogas. El escenario del asesinato es el block en el que la narradora vive, quien desde su ventana observa toda la situación y el comportamiento de sus vecinos, ocultándose igual que ella, para evitar que una bala perdida los mate. Este escenario violento lleva a la narradora a reflexionar sobre su infancia y la del joven asesinado cuando cursaban sus estudios primarios en una escuela pública dirigida por monjas. Allí pasaban casi todo el día porque sus padres no podían ocuparse de ellos. Además, en ese lugar los alimentaban y eso era un factor determinante para aceptar quedarse aunque no quisieran y adoptar las creencias religiosas que les infundían dejando de lado las mapuches. Este contacto con el cristianismo hace que la narradora establezca una relación entre el Jesús de la Biblia, bueno y noble, con su compañero, problemático y desafiante. Recuerda además a otro Jesús, un vecino adolescente que decidió suicidarse, hecho que la perturbó cuando era niña. Un lazo une a estos personajes que portan el mismo nombre, la muerte, y lo que los distingue es que sólo uno de ellos puede resucitar, los dos restantes deben resignarse a desaparecer. 

En el segundo cuento, “Pornomiseria”, la narradora comienza describiendo un video pornográfico en el que penetran a una mujer que se resiste a mantener relaciones, pero de igual forma un grupo de hombres la somete. El placer sexual es un tema que genera controversias en este tipo de producciones por estar vedado para las mujeres  y, al mismo tiempo, asociado con un acto de poder sobre el cuerpo femenino al que los hombres pueden violentar sexualmente. La narradora analiza lo que significa ser mujer en un contexto periférico donde este tipo de videos circulan y se asumen como verdad. La amenaza sobre los cuerpos femeninos ya sean de niñas, adolescentes o adultas es constante. Tanto el espacio público como el privado pueden prestarse para perpetuar abusos y violaciones de menores de edad y de mujeres. En este relato sobresale la historia de una vecina de la narradora, una niña violada y embarazada por su padre, este último decide suicidarse para evitar el escarnio social. El reencuentro entre la narradora y aquella vecina después de años de lo sucedido, le permite entender a la primera que cualquier niña de su barrio, e incluso ella, pudo ser víctima de una situación similar y que, en realidad, sólo tuvo suerte. 

En el tercer cuento, “Warriache”, quien narra la historia es una de las protagonistas,  Carolina Calfuqueo. Ella se encuentra visitando a Yajaira, una amiga de la infancia quien cumple años. El lugar en el que ahora vive Yajaira no se parece en nada al espacio en el que compartieron su niñez. Durante su paso por la escuela se dieron cuenta de su origen mapuche gracias a una docente que reparó en sus apellidos. Con esa anagnórisis que las hace pensarse dentro de una cultura diferente a la de una niña capitalina, comienzan a forjar su identidad, retomando las luchas de sus antepasados y enfrentándose a una sociedad racista que las segrega. Así, viven una adolescencia compleja que las lleva a rebelarse contra todo y también a darse cuenta de la importancia que tiene ser parte de una comunidad indígena. 

Para finalizar, sólo resta decir que esta propuesta narrativa presenta una estética diferente que nace de los márgenes literarios y que expone una mixtura a nivel lingüístico y cultural, representado la realidad de las comunidades indígenas mapuches desde una mirada que emerge de las mismas. Catrileo presenta una poética de la diáspora mapuche que  entrelaza la tradición cultural de los pueblos indígenas del sur con los nuevos imaginarios propuestos por quienes habitan el resto de las regiones chilenas, entre ellas, la periferia de la capital del país. Su prosa clara expone con crudeza problemáticas sociales silenciadas, dando la posibilidad de reflexionar de manera comunitaria sobre estos temas que aquejan a todos sin distinción alguna. 

Bibliografía:

 Catrileo, D. (2019) Piñén. Editorial Pez Espiral, Chile. 



Carla Gabriela Agüero Vedia, escritora.


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Don’t act like you don’t know…

Por Dalia Estrada.

-Recuerda ese detalle, por favor, por favor, por favor, no lo olvides. Si retomas el sueño mañana ya sabremos qué hacer aquí.

Suena: Back in the 90s i was in a very famous TV show …

– ¡Ah la madre, duele horrible!

Sigue sonando: I’m Bojack the Horse, Bojack the Horse, don’t act like you don’t know …

Una mano toca mi hombro y de repente escucho: – ¡Felpu, despierta! ¡DESPIERTA!, ¿Por qué te gusta poner tus alarmas temprano si las dejas sonando y te levantas tarde? Pregunta Iran, quien está en medio de su clase sobre dermatología. -No lo sé, realmente no la escuché, respondo confundida, ¿ya es tarde? – Son las 8:15am, apúrate. 

Nota 1 en el celular: 

Nunca había muerto en mis sueños, momentos antes de morir me despertaba o mataban a alguien en mi lugar y yo lo vivía de cerca o justo cuando me daban cambiaba de sueño y ya no era el inicial, pero esta noche han logrado herirme, me dolió, lo vi sangrar, sentí que me estaba yendo y justo ahora me duele el pecho, un dolor terrible cada vez que respiro, justo donde esa cosa me clavó el cuchillo. ¿Quién me quiere asesinar’ o ¿será que mientras duermo alguien me hirió en esa parte del cuerpo y en el sueño lo manifiesto? ¿Habrá sido Molly con sus patitas? Definitivamente no vuelvo a ver A nightmare on Elm Street para arrullarme. 

Nota 2 en el celular:

De nuevo volví a soñar que moría, pero ahora sentía el cuchillo entrar y salir de mi cuerpo mientras lloraba, sudaba, me dolía cada vez más y veía la sangre, jamás había llegado a ver y sentir esto dentro de mi sueño, desperté gracias a que Molly se sacudió y cuando lo hice me di cuenta de que estaba sudando, tenía lágrimas en los ojos y me duele terriblemente el estómago, por dentro y por fuera y fue en este sitio donde ese imbécil me lastimó. Esto está mal. 

Nota 3 en el celular:

Escribes esto para no olvidar ningún detalle que puedas recordar de tu sueño y cuando vuelvas a dormir partiremos de ahí para averiguar. Lee las notas que escribes durante el día antes de dormir. 

Nota 4 en el celular:

Le conté a mi mamá de mis pesadillas, le echa la culpa a mi gusto por las películas de terror y que definitivamente debo retomar la terapia. 

Le conté a mi novio, piensa que es raro, pero me cree, aunque creo que ve en esto el potencial para un cuento o un guion cinematográfico y yo siento curiosidad, pero no necesito respuestas, quizá si escriba algo con esto. Aunque empiezo a preguntar si alguien más ha muerto en sus sueños, de 14 personas entrevistadas sólo dos me han dicho que sí, pero no en mis condiciones trágicas. 

Nota 5 en el celular: 

Hablé con Iran, mi hermana que estudia medicina, y le pregunte si puede pasarle algo a mi cerebro mientras duermo que me haga morir desangrada, ella dice que no, mi cuerpo puede entrar en un desequilibrio con relación a la presión u oxigenación y causar un fallo sistémico, pero nada alarmante que pudiese generar una hemorragia, al menos no por sí sola. Esto me tranquiliza. 

Nota 6 en el celular: 

Hoy el sueño fue la persecución del asesino, no es una trilogía, pero nunca he podido ver a la persona que me mata, mis sueños casi nunca se conectan, pero en este lo estamos cazando. Es una ciudad vaquera, como Westworld, sé que lo buscamos, pero no lo veo, siento que está cerca y también estoy más consciente que nunca del tiempo fuera de mi sueño, que existe una alarma y que va a sonar en cualquier momento. Me siento como Nancy Thompson cuando programa su reloj para sacar a Freddy y pelear. 

Lo busco y sé que está cerca, algo me lo dice y lo siento, realmente lo siento, pero debo apurarme y no lo veo. Me siento desesperada como cuando me va a dar un ataque de ansiedad. – ¡Él no está aquí! -escucho que alguien lo grita desde afuera. -No puede ser, me digo y lloro desconsoladamente. No entiendo qué me pasa. 

Después de buscarlo no volví a soñar con él o más bien, no volví a soñar que moría. No sé quién estuvo tan cerca, cómo se atrevió o cómo pasó, pero nadie muere en sus sueños. Nadie jamás me había matado ni herido nadie nunca … me veo en el suelo … me cayó un ladrillo, ¡ESTO CADA VEZ DUELE PEOR Y VEO BORROSO!, ¡CARAJO!

Suena: Back in the 90s i was in a very famous TV show …

Abro los ojos, me duele la frente y un poco la cabeza, al menos no tengo un moretón o un chichón y mientras me lavo los dientes tengo un recuerdo, la nota 8 en mi celular que dice: DEJA DE BUSCARME. MORIRÁS, PERO NO ASÍ.  Busco la nota en mi teléfono, claramente no está porque esas notas no las escribo aquí, sino allá y ya sabe que nos vamos a encontrar. 



Dalia Estrada, es ensayista, literata y periodista, egresada de la licenciatura en Lingüística y Literatura Hispánica por la BUAP. Trabajó en la edición y publicación del libro Alteridad: el rostro del otro con la Universidad de Colombia, Universitá degli Studi di Salerno (Italia) y BUAP. Fue becaria dos años seguidos del programa Verano de la Investigación Científica y Tecnológica del Pacífico (Delfin). Ha publicado sus textos en varias revistas de divulgación cultural y actualmente escribe para la sección de deportes y cultura del periódico digital E Consulta en la ciudad de Puebla. .  


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