Ángel del Olimpo.

Por Sadys Ramos Cruz.

Te espero desnuda; 

mis alas sacuden el viento.

Quiero que vengas 

a socorrer mi urgencia de poseerte.

Esparzo al viento pétalos de rosas 

para que encuentres el camino

llevan la esencia de mis besos 

fijadas a su textura fina.

Oigo tus pasos 

que desde lejos recorren el olimpo,

Los ángeles salen a tu encuentro 

para conducirte a la cúspide 

donde aguardo con paciencia.

Al llegar al umbral 

te quitarás tu ropa de lino 

que envuelve tu esbelta figura,

entrarás sigilosamente por los atrios 

desnudando hasta el alma,

me tomarás en tus brazos 

como quien carga un jarrón de porcelana,

me llevarás a mi alcoba 

despacio 

hablándome al oído 

como quien confía un secreto.

Pondrás mi cuerpo 

encima de espesas nubes blancas 

donde acostumbro a reposar mi cuerpo,

solo que hoy haré que de nuestra lluvia 

broten truenos que retuerza tu simiente.



Sadys Ramos Cruz, poeta proveniente de La Lisa, La Habana, Cuba.


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Vibraciones de amor, en primavera..

Por María Belén Martire.

Cuando pensaba que nada podía cambiar

apareciste frente mis ojos

¿en qué momento un completo desconocido dio pase a mis sentimientos? ´

créeme, pensaba que nada iba a cambiar en mi vida.

Las vibraciones cubren cada parte de mi ser, provocando electricidad

mi ritmo cardiaco se acelera al oír tu nombre

y, soy consciente de ello. Tenía miedo de volver a sentir emociones

era una persona viva, pero, era un ser humano que había dejado de existir hace décadas

Revolucionaste mi corazón. 

De la manera más poética que podría existir

 ¿por qué apareciste en el momento indicado?

hace décadas que había dejado de escuchar a mi corazón latir… volvió la vida a mi ser.

¿Cómo una persona puede provocar tanta revolución en otra? 

mi respiración es pausada, solo por escucharte.

¿cómo puede existir un ser humano tan puro e inocente en esta tierra?

donde la maldad abunda… Nunca sentí amor.

Siempre fui un espectador de las emociones

siempre viví por el otro

nunca viví mis propias emociones. 

estoy aterrada, lo confieso…

El miedo consume cada parte de mi cuerpo, me aterra la idea del amor

pero todo miedo e inseguridad se desvanece cuando escucho tu risa…

aquella melodía, creada por los mismos ángeles 

¿cuál es tu objetivo? Por favor, dímelo.

Tengo un sentimiento inexplicable

lo que siento… ¿son las creaciones ficticias que denominaron: mariposas en el estómago?

mariposas modifican las señales de mi vida. ¿por cuánto tiempo creí poder evitar el amor?

que incrédula. Ese sentimiento…

Ese sentimiento de vida en la persona, es lo que quise toda mi eternidad

llegó en el momento indicado…

oh, ¿eres tú? la persona que espere toda mi vida.

mi corazón palpita a gran velocidad, aturdiendo mis tímpanos. Dime si eres tú…

Dudo aguantar un segundo más dentro de mis casillas, me motivas a vivir.

daría mi vida por descubrir si eres tú…

comencé a amar la primavera, porque, fue justo cuando te conocí

y fue maravilloso, el saber que existes, en un mundo de tanta oscuridad.

Definitivamente, eres tú.



María Belén Martire, soy una joven escritora de 19 años, residente de Argentina. Nací el 17 de enero de 2003 en Tierra del Fuego, Ushuaia. Comencé a escribir a la edad de 6 años. A la edad de catorce años escribí mi primera novela en la Plataforma de libros digitales Wattpad, mi novela alcanzó 4.9K de visitas. Mi carrera literaria formal comenzó a mis diecisiete años. Al día de hoy cuento con 31 premios Literarios Internacionales en Europa y Latinoamérica.


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 La locura que es amar.

Por Frida Abascal.

«La locura que es amar»
Ilustración y texto por Frida Abascal.


Frida Abascal, 21 años, mexicana y fiel creyente del poder de las palabras, soy estudiante de Diseño y Comunicación Visual, me gusta escribir, diseñar, pintar y fotografiar, en pocas palabras soy amante de crear.


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 El retrato.

Por María Eugenia Gonzalez.

Ese tren de la madrugada más fría del año, aún lo recuerdo, todo a mí alrededor estaba teñido de blanco. El reloj anunciaba la hora de partida hacia un nuevo destino. Tome mis valijas y subí asumiendo que dejaba todo atrás, con la esperanza de encontrar algo mejor por delante. 

Me senté al lado de la ventanilla para observar mejor el paisaje, quería guardar en mi retina las últimas fotos de aquel lugar en donde había crecido y me tocaba despedirlo o, más bien, el me despedía a mí. 

Sentada en aquel vagón observe que había un señor mayor, tenía un semblante luminoso, ojos color cielo, y una barba que dejaba caer. Me contó que pintaba retratos, entonces le pedí que me dibujara, sentía emoción por tener esa experiencia. Al terminar me mostró la obra y para mi sorpresa me noté un poco diferente, algo había cambiado. Con timidez le pregunté sobre aquel retrato, pensando que quizás no veía bien, pero con su tibia voz me dijo «yo no pinto lo que ven mis ojos, pinto lo que ve mi alma». Me quedé en silencio por mucho tiempo tratando de entender, de pronto el tren se detuvo y anunció mi destino, tomé mis valijas y bajé, al mirar atrás para despedirme de aquel hombre, ya no estaba. Tome con fuerzas aquel retrato y con lágrimas en los ojos continúe mi camino.



María Eugenia Gonzalez, me llamo Maria Eugenia Gonzalez, aunque la mayoría me dice “Maru”. Nací en Choele-Choel, provincia de Río Negro. Actualmente vivo en Concepción del Uruguay (Entre Ríos), donde estudié y me recibí, primero de Licenciada en Enfermería y luego de Profesora de Educación Inicial. Hoy en día me desempeño como docente de Nivel Inicial desde el año 2019. Soy autora del libro del cuento infantil Ele la mariposa (2021).

Leer y escribir son una forma de encontrarme y una forma de donarme a los demás.


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De vivir en la cultura de la violación, contratos sexuales y el sistema detrás de todo

Por Fernanda Loé

Vivimos en el mundo de la cultura de la violación. Es imposible no verla, escucharla, leerla. A pesar de los esfuerzos, atraviesa nuestras vidas porque es promovida por todos los medios posibles. Pero ¿qué es a ciencia cierta la cultura de la violación? A continuación, la definición de Raquel Miralles (2020):

Los años 70 sentaron las bases de lo que hoy conocemos como cultura de la violación: un sistema que tolera, acepta y reproduce la violencia sexista a través de narrativas que encontramos no sólo en la publicidad, el cine y la literatura, sino también en los aparatos del Estado, el sistema judicial, los medios de comunicación, la sanidad, la educación y, por supuesto, la familia, la pareja o las personas que conforman nuestro círculo más cercano. (p. 85 )

Es decir, todos los días, por todos lados, recibimos información que justifica la violación, señala a la víctima como culpable o trata de minimizar los actos violentos, lo que nos lleva a internalizarla a tal punto que la convertimos en parte de nuestra cultura. Por lo tanto, la replicamos en nuestro día a día, educamos desde ella, aprendemos a normalizarla.

Desde el aula, cuando en lugar de recibir educación sexual en un espacio seguro y sin juicios, donde se hable sobre consentimiento, nos ponen a ver una película como Perfume de violetas o A los trece, creyendo que, si no nos hablan sobre sexo, nunca vamos a descubrirlo. Y que conste que no tengo nada en contra de esas películas, pero debería ser un apoyo a lo que nos enseñen en la escuela, no suplir lo que deberíamos estar aprendiendo.

 En ese momento, en el que tenemos muchas dudas sobre nuestro cuerpo, lo que sentimos hacia otros o las relaciones que entablamos, es cuando la pornografía entra y nos muestra lo que se supone que es el sexo. Encuentros violentos, nada de charlas acerca de consentimiento, hombres que someten a las mujeres, relaciones con diferencia de edad enorme, insinuaciones que se consideran equivalentes a un sí.

Así, poco a poco construimos la idea de que el deseo sexual es el equivalente de la violencia sexual. Si tú te insinúas, inicias el coqueteo, abres la conversación sobre sexo, entonces has dejado asentado un enorme “sí” del que ya no se puede regresar. Has firmado un contrato sexual en el que ese “sí” inicial anula cualquier “no” que pueda surgir después. No pasan desapercibidas frases como “prendes el boiler y no te metes a bañar”, las cuales son populares dentro de nuestra cultura, y que llevan dentro ese sentido de que, si la mujer inicia algo, en el ámbito sexual, tiene que terminarlo. Están normalizadas.

La cultura de la violación es omnipresente. Está grabada en nuestra forma de pensar, de hablar y de movernos por el mundo. Y aunque los contextos pueden diferir, la cultura de la violación siempre está arraigada en un conjunto de creencias, poder y control patriarcales. (Barczyk, 2019)

Esto escala hasta el ámbito judicial. Las víctimas son revictimizadas en la corte, mientras que se repiten frases como “su forma de vestir era insinuante”, “estaba borracha”, “no supo cuidarse”, “no debía haber estado en la calle sola a esas horas de la noche” y miles más que justifican al agresor y hacen responsables a las víctimas de la violación ocurrida. Y eso en un caso de “éxito” en la que el agresor haya sido detenido, porque en la mayoría de las ocasiones, ni teniéndolo en frente, con prueba en mano, es llevado ante la justicia.

Por lo tanto, claramente esta situación va sembrando una sensación de miedo, impotencia y vergüenza que hace que cada vez menos mujeres quieran hablar sobre la violencia que sufren. Creamos los espacios perfectos para que la violación quede impune y luego nos quejamos de que las victimas hablan de lo que les sucedió, 5, 10, 15 años después o tal vez nunca. Las redes sociales nos dan el espacio para escribir comentarios como “¿ya para qué lo cuenta ahorita?, “es su culpa por no decirlo al momento”, “así ni quien le crea”. Los periódicos utilizan términos como encuentro sexual, coito o relaciones sexuales, en lugar de decir violación porque al parecer para ellos es lo mismo, son términos intercambiables. Así como coqueteo con acoso o piropos con agresión verbal.

Dice Emiliana Pariente (2020):

Una cultura –dentro de la cual se articulan una serie de comentarios, conductas, acciones y comportamientos cotidianos y aparentemente inocuos– que a la larga ha servido para reforzar un imaginario en el que la víctima es finalmente la culpable de haber sido agredida, acosada, violada o violentada. Una cultura que naturaliza, mediante distintas manifestaciones, la violencia sexual hacia las mujeres.

Y así, poco a poco, la cultura de la violación echa raíces tan profundas que se vuelve parte de nuestra identidad. Y digo identidad porque se ve reflejado en los chistes de los que nos reímos, la ropa que compramos, las películas que nos gustan, las canciones que cantamos, la gente a la que le damos follow, etc.

Estoy casi segura de que no hay persona que no haya visto una película o serie, escuchado una canción, leído alguna publicación en redes sociales e incluso encontrado alguna prenda de ropa que contenga frases alusivas a la violación desde una perspectiva de broma, o como algo que se retrata dentro de lo cotidiano, de lo normal. El siguiente es un fragmento de la canción Blurred lines de Robin Thicke que recibió la nominación a la Mejor Canción del Verano 2015 en los MTV Video Music Awards :

Sé que lo quieres,

sé que lo quieres,

sé que lo quieres,

pero eres una buena chica,

la forma en la que me agarras,

debes querer ponerte indecente

adelante, insinúate

La canción completa se dedica a hablar de este juego en el que se cree que cuando una mujer dice que no, en realidad está diciendo que sí.  Es entonces el objetivo del hombre, hacerle ver a la mujer lo que en realidad quiere y esto justifica ignorar su negativa verbal. Cuántas veces no hemos oído la justificación de que una violación no era violación porque se notaba que ella quería. Y al parecer eso puede parecer válido hasta delante de un juez. Así de profundo corre la cultura de la violación.

“Retiran de tiendas playeras que incitan a violar mujeres” es el título de una noticia publicada en 2018 en donde se señalaba a la tienda de ropa Cuidado con el perro por vender playeras con frases como «Hazla creer que está segura» o «Su cuerpo es tu territorio». Lo mismo pasó con Amazon cuando se denunció que estaban vendiendo playeras con frases como “Keep Calm and Rape On» (Mantén la calma y sigue violando).

En la película ¡Qué duro es el amor!, la protagonista, Natalie (Nina Dobrev) se rehúsa a cantar la canción Baby it’s cold outside porque a pesar de que es una reconocida canción navideña que todos piden que cante, habla de una violación, por lo que cambia la letra para que en lugar de que el diálogo sea el intento del hombre de hacer que la mujer no se vaya, le diga que no está cómodo con que ella esté en ese estado, así que mejor la lleva a su casa. ¿Eso pasaría en la vida real?

Este es un fragmento de la letra original:

I ought to say no, no, no, sir

Mind if I move in a bit closer?

At least I’m gonna say that I tried

What’s the sense of hurting my pride?

Debería decir que no, no, no, señor

¿Te importa si me acerco un poco más?

Al menos voy a decir que lo intenté

¿Cuál es el sentido de herir mi orgullo?

Otra cinta que no se queda atrás es Sixteen Candles, una de las películas adolescentes ochenteras más famosas. En una de las escenas la novia del protagonista, Jake, toma mucho en la fiesta en la que se encuentran, al punto de quedar inconsciente.  Él, que es el chico más popular, entabla una conversación con Ted, el chico nerd, en la que le dice que podría tener sexo con cualquier chica e incluso podría violar a Caroline (su novia) porque ni siquiera se daría cuenta. Y le atribuye la culpa de ponerse en esa situación señalándola como una chica fiestera a comparación de la protagonista que es inocente y virginal.

Remata dejando a su novia con Ted, en total estado de inconsciencia, dándole verbalmente permiso de hacerle lo que quiera con tal de poder irse a buscar a la nueva chica que le gusta. Y así hay miles de ejemplos más, algunos de los cuales hablaré en la próxima entrada de esta columna.

Es por eso que la primera estrategia que podemos usar en contra de la cultura de la violación es el cuestionarnos todo, desde los comentarios que recibimos hasta los que hacemos. La manera en la que hablamos sobre la sexualidad femenina, cómo construimos las relaciones que tenemos. Porque solamente así podemos poner un freno a las acciones, palabras, ideas, que perpetúan la cultura de la violación. Sin olvidar que es nuestro derecho exigir a los otros que respeten esto, desde nuestros amigos hasta las autoridades.

No lo hagamos parte de nuestra normalidad, no le demos like a los comentarios en redes sociales que se burlen del consentimiento, no regalemos nuestro tiempo a programas en los que se enaltezca a la “chica buena” sobre la “chica indecente”, no permitamos que nuestros amigos hagan comentarios como “voy a esperar a que esté más tomada para ir a hablarle” o “dice que no quiere, pero ve cómo me mira”. Si nos cuestionamos, podemos poner un alto por lo menos en nuestro círculo de amigos, familia, colegas. Y aunque parezca poco en un inicio, puede marcar la diferencia a largo plazo. Creemos espacios con cero tolerancia ante la cultura de la violación.

Fuentes consultadas:

Hernández Briceño, S. (2020). Cultura de la violación, un análisis del continuo en la violencia sexual que viven las mujeres. Pacha. Revista De Estudios Contemporáneos Del Sur Global, 1(3), 89–103. https://revistapacha.religacion.com/index.php/about/article/view/44

Miralles, R. (2020). Cultura de la violación: una cuestión política. Libre pensamiento, 102, 83–88. https://librepensamiento.org/wp-content/uploads/2020/05/LP-N%C2%BA-102.pdf#new_tab

Burgos, A. (2017, 6 marzo). La cultura de la violación. Drogas & género. Recuperado 26 de abril de 2022, de https://www.drogasgenero.info/la-cultura-la-violacion/

Bautista, F. (2021, 16 abril). «Sixteen Candles», o cómo el cine reproduce la cultura de la violación | Meditación en el umbral #14. Tríada Primate. Recuperado 26 de abril de 2022, de https://triadaprimate.org/sixteen-candles-o-como-el-cine-reproduce-la-cultura-de-la-violacion-meditacion-en-el-umbral-14/

López, A. (2019, 23 junio). Cómo contribuyes a la cultura de la violación sin darte cuenta. elconfidencial.com. Recuperado 26 de abril de 2022, de https://blogs.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/tribuna/2019-06-23/cortometraje-mar-y-maria-cultura-violacion-maltrato-mujer_2080858/

Pariente, E. (2020, 4 agosto). «Estaba curada»: Guí­a para desnormalizar la cultura de la violación. La Tercera. Recuperado 26 de abril de 2022, de https://www.latercera.com/paula/estaba-curada-guia-para-desnormalizar-la-cultura-de-la-violacion/

Barczyk, H. (2019, 18 noviembre). Dieciséis maneras de enfrentarte a la cultura de la violación. ONU Mujeres. Recuperado 26 de abril de 2022, de https://www.unwomen.org/es/news/stories/2019/11/compilation-ways-you-can-stand-against-rape-culture#:%7E:text=Por%20ejemplo%2C%20la%20cultura%20de,y%20la%20mutilaci%C3%B3n%20genital%20femenina.

Tardón Recio, B. (2016, 26 noviembre). Cultura de la violación: complicidad y silencio en torno a la violencia sexual. lamarea.com. Recuperado 26 de abril de 2022, de https://www.lamarea.com/2016/11/24/cultura-la-violacion-complicidad-silencio-torno-la-violencia-sexual/

unotv.com. (2018, 7 diciembre). Retiran de tiendas playeras que incitan a violar mujeres. Recuperado 26 de abril de 2022, de https://www.unotv.com/noticias/portal/nacional/detalle/retiran-de-tiendas-playeras-que-incitan-a-violar-a-mujeres-383642/

Conversaciones de madrugada | Jane Eyre: el romanticismo sano en una equívoca sociedad

Por: Monserrat Chávez

El amor romántico nos ha llevado a asimilar ideas no sanas sobre las relaciones interpersonales, aquel amor que observamos a nuestro alrededor o aquel que leemos en novelos clásicas o contemporáneas. Sin embargo, también nos hemos de encontrar con el romanticismo que cuestiona los lineamientos sociales y se vuelca en un amor libre y recíproco.

Semanas atrás conversamos sobre la mirada femenina en la literatura, hoy deseo retomar la charla. Hace tiempo leí que “¿no has pensado en por qué las mujeres nos sentimos más atraídas por los hombres escritos por mujeres e identificadas por los personajes femeninos?”

Desde entonces esa pregunta no ha salido de mi cabeza, la respuesta a ello lo sé y lo expuse en la columna mencionada. Pero hoy quiero recordar una obra con miles de matices, hábil y hermosa para cualquier lectora/lector y que bien puede clasificarse como “female gaze”.

Jane Eyre fue escrita a mediados del siglo XIX por la autora inglesa Charlotte Brontë y antes de continuar, es propio considerar el contexto social y época en la que fue creada, así podremos apreciar las muestras feministas y fortalecidas en el carácter de la protagonista.

En su época fue señalada de ser una novela con tintes rebeldes y feminista, por los argumentos y el actuar del papel femenino. Y yo, cómo feminista, me fue imposible percibir ciertas características que en la actualidad serían muy cuestionables, pero de eso hablaré más adelante.

No creo, en verdad, no creo que haya sido intensión de la autora ni mía tampoco, romantizar o normalizar algunos actos; pero es para mí impensable no mencionarlos y causarme un ejemplo del limpio y suave romanticismo que han caracterizado a las buenas obras literarias.

Aún con el estilo de vida no sólo patriarcal, también dominante y clasista de aquellos años, es fácil distinguir, si se le pone la suficiente atención, la línea divisora entre el consentimiento y la imposición. Querida/o lectora/o, si ya leíste esta novela, seguro coincides conmigo en lo que diré a continuación.

Ya señalé algunas particularidades de la mirada femenina y esta obra cumple con muchas de ellas. Para empezar, la manera tan específica en la que nos presentan a su protagonista, permitiéndonos conocerle desde su tormentosa infancia.

Las infancias son seres con sentimientos y pensamientos con merecida validez social que en nuestro adulcentrismo hemos rebajado a meros caprichos y ello, Brontë lo expresó y ejemplificó de forma tan realista que es imposible no desbloquear recuerdos infantiles que se creían ya perdidos.

Y seguro lo tenía bastante claro la escritora cuándo a su personaje le dio armas verbales y una inteligencia emocional tan vivaz que, a su manera, intentó defender su integridad; porque las infancias si son conscientes de la violencia o el amor que les rodea y Jane pequeña lo supo desde siempre.

La Jane niña se sabía sola pero completa, conoció rápido el desinterés del prójimo por las injusticias y no buscó consuelo o ayuda en alguien más que en ella misma. Ella nunca se alejó de sus ideales pese al intento de persuasión de quienes le rodeaban y tampoco les juzgó, siguió su camino hasta su edad adulta.

Así, durante los primeros diez capítulos, la autora nos muestra lo equivocada que esta la sociedad respecto a las niñas. Llenando de escenarios y expresiones que nos dejan claro la valentía, fortaleza, inteligencia y razonamiento de esas pequeñas mujeres.

Pues bien, pasemos a una de las mejores partes y es la adultez de Jane Eyre. Trataré de no alargarme y hablarles sobre lo más importante de su personalidad. A nuestro personaje femenino nunca le atemorizó encontrar su libertad en una sociedad dominada por el hombre.

Tampoco se intimidó con la presencia ni palabras de quien era su jefe, al contrario, se mostró entera y acertada. Fue honesta respecto a sus ideales y nunca huyó de ellos para buscar la aprobación de aquel hombre o del resto de los personajes catalogados como “alta sociedad”.

Yo pienso que usted no tiene derecho a darme órdenes, porque haya conocido más mundo o porque sea más viejo que yo, esa superioridad que usted se adjudica dependerá de cómo haya usado su experiencia y su tiempo. (Charlotte Brontë, 1847 pp. 118)

Palabras como esas serán leídas frecuentemente durante la novela; porqué, una vez más, la autora sabía lo ambiguo que es la jerarquización y lo inexplicable de seguir esa tendencia que sólo aviva la conciencia sin clase.

¿Y saben qué más sabía? Diferenciar la unión por consentimiento aún con sus matices y la unión bajo una imposición manipulada y nada recíproca. Lo primero con Mr. Rochester y lo segundo con John Rivers.

¿Recuerdas cuándo te dije que cómo feminista detecté algunas cosas cuestionables? Pues lo fue la edad entre el personaje masculino principal y la protagonista, pero vaya, también mencioné que no debemos olvidar el contexto en el que se sitúa y los viejos usos y costumbres.

El amor entre Eyre y Rochester fue espontáneo y apasionado, pero no honesto por los secretos que éste guardaba. Aquí la autora nos invita a reflexionar sobre lo que hay que hacer cuándo el ser amado nos ofende y lastima, elegir quedarse por lástima o elegir irse para sanar y que el tiempo haga lo suyo.

Pero también nos invita a reflexionar aún más cuándo Rivers, cegado en su beneficio propio, pretende obligar a Jane a contraer matrimonio con él. Su manipulación escala al grado de señalar a Jane cómo traidora y egoísta, sin darse cuenta que el indiferente es él por no considerar nunca el corazón de nuestra protagonista.

Y Jane, siendo una mujer complaciente pero no abnegada, coloca límites entre ella y él, haciéndole saber desde el inicio lo poco locuaz de su discurso moralista y fatídico. Sin duda, Brontë nos mostró la diversidad masculina, todavía patriarcal pero una menos frágil que la otra.

Finalmente, nuestros protagonistas se reencuentran. Él, más reflexivo, empático y sereno, dispuesto a tomar la mano de su compañera de viaje y verla cómo eso, no un proyecto en el cuál trabajar para presentar ante la sociedad.

Y ella, con su interior fortalecido, madura y comprendiendo que los cambios que el destino trajo para ambos eran para acercarlos a la responsabilidad afectiva y el apoyo muto.

Veremos, al final, a un personaje masculino capaz deshacerse de su orgullo para amar completamente a la mujer que ha despertado en él deseos nunca vistos, a un hombre adulto consciente de que aquello deberá construirse con respeto, sinceridad y cariño.

¿Qué te digo? Un romanticismo que nos lleva al cuestionamiento interior y exterior, a reflexionar sobre nuestro actuar tanto en relaciones interpersonales como intrapersonal. Y que, nos sigue regalando amores sanos y correspondidos que crecen en su sentido emocional.

Quisiera seguir charlando más sobre esto, pero es tarde ya y debo dejar hasta aquí mi intervención. No sin antes pedirte que, a veces es bueno descansar de los lentes morados y disfrutar de las obras exquisitas que dejaron tantas autoras que en su momento, fueron poco reconocidas.

Recuerda que, aun cuando el sistema insiste en adentrarse hasta en los pequeños huecos, siempre habrá mujeres que nos muestren alternativas en ese mundo hecho para y por hombres. Ellas nos han creado un mundo para nosotras y merecemos disfrutarlo.

Monserrat Chávez Olivas. Licenciada en Ciencias y Técnicas de la Comunicación.

He laborado en distintos medios de comunicación en la ciudad de Durango, como El Sol de Durango, Radiofórmula, Periódico Contexto, Enlace conexión entre culturas y DurangoPress, así como en la ciudad de Tijuana, Baja California en la televisora PSN.

Me he desempeñado como reportera, redactora web, videografa, editora de vídeo y fotógrafa.

También he laborado en el área de Comunicación Social como en el Instituto Municipal de Arte y Cultura, Feria Nacional de Durango y en campañas políticas.

He sido participante de distintos talleres y diplomados de periodismo y creación literaria, pero los más importantes para mí y mi formación ha sido el Diplomado de Creación Literaria organizado por el ICED, mismo que se llevó a cabo durante el 2019 en el CECOART.

También, durante noviembre de 2020 fui participante del V Campamento Literario: El ejercicio novelístico del noreste de México.

El nublado cielo.

Por Yessika María Rengifo Castillo.

Desperté esa mañana con la ilusión de que nuestra vida volvería a ser como antes. El plan de los hijos, cafés en las madrugadas y los jazmines en nuestro balcón iluminarían nuestro amor en inviernos. Mis sueños se extinguían en la fría mesa del olvido, Karen nunca regresó a casa y partió al sur quebrando mi corazón. Le escribí varias cartas suplicándole que volviera pero nunca hubo una gota de su rastro, el diario me contó que ahora es la señora de Gómez.  Sentí que mi vida se partía en dos y nada tendría sentido, lloré como un niño desconsolado ante el nublado cielo que se ha ido con la llegada de las mariposas a mi ventanal. 



Yessika María Rengifo Castillo, Poeta, narradora, articulista, e investigadora, colombiana. Docente, licenciada en Humanidades y Lengua Castellana, especialista en Infancia, Cultura y Desarrollo, y Magister en Infancia y Cultura de la Universidad Distrital Francisco José De Caldas, Bogotá, Colombia. Desde niña ha sido una apasionada por los procesos de lecto-escritura, ha publicado para las revistas Infancias Imágenes, Plumilla Educativa, Interamericana De Investigación, Educación, Pedagogía, Escribanía, Proyecto Sherezade, Monolito, Perígrafo, Sueños de Papel, Sombra del Aire, Plumilla y Tintero, Chubasco en Primavera, Íkaro, Grifo, La Poesía Alcanza Para Todos, Ibídem, Narratorio, Piedra Papel & Tijeras, Extrañas Noches, Cadejo, Microscopías, Psicoactiva, Ágora, Con voz  Propia, Un Mar de Letras, Cheshire, Luke, Revolución. Net, entre otros. Autora del poemario: Palabras en la distancia (2015), y los libros El silencio y otras historias, y Luciana y algo más que contar, en el librototal.com. Recientemente ha publicado su tercer y cuarto libro: La espera bajo el sello editorial Historias Pulp, y Entre Causas y Otras Causas en la casa editorial Letroides. Ganadora del I Concurso Internacional Literario de Minipoemas Recuerda, 2017 con la obra: No te recuerdo, Amanda.


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Todo por Roxi.

Por María Isabel Tamayo.

Hoy es el cumpleaños de Roxi. Como su mejor amigo es mi deber buscarle un regalo. Cuando salimos a jugar básquet con nuestros compañeros, siempre se queda mirando el escaparate de la Boutique “Encanto de mujer”. Es que Roxi es diferente.

Aunque el resto se mofa, a Roxi le resbala, y continúa su camino. Yo, que siempre me quedo esperando a veces me imagino a Roxi usando esos conjuntos, esos vestidos tan finos. Roxi, parecería como si hubiera salido directo de un cuento de hadas con alguno de esos. Muy pocas veces me atrevo a mencionárselo. Se sonroja tan bonito, y me pega en respuesta. Cada vez que me golpea pierdo en el básquet porque el brazo me duele por lo fuerte de su puñetazo.  

Roxi, después del básquet va a la zona roja a buscar a su abuelo. El viejo Galindo, que brinda servicios a las mujeres y le pagan muy bien. Roxi me prohibió averiguar cuáles servicios. Con esa plata Roxi compra el pan, la leche, los huevos y demás comida. A veces me preocupo que camine por esas calles a esas horas, pero Roxi siempre me dice que no tengo por qué. La gente de la zona se lo piensa dos veces antes de siquiera acercársele. Esa historia es muy violenta, Roxi prefiere que no se sepa, no quiere problemas en el colegio, ya tiene suficiente con su vida. Es que Roxi es diferente. Por eso yo estoy siempre a su lado, me aseguro que los que tengan ganas de molestar se arrepientan de sus acciones. A la salida, detrás del colegio tenemos un ring sin cuerdas, ahí nos damos. 

—Simón eres un imbécil. 

Roxi sabe que yo me peleó con todo el mundo para que no molesten, y eso lo irrita mucho. Yo dejo que se desquite, cuando me pone el alcohol y las curitas. Roxi no aplica para nada la delicadeza. 

—No servirías para estudiar medicina.

—La verdad me vale, no soporto a los humanos. 

Así es Roxi, diferente. En su casa siempre he sido bienvenido. Las paredes, verde limón mal pintadas, con las marcas de una silla de ruedas que apenas alcanzaba a pasar por los estrechos pasillos. La silla abandonada nos mira indiferente desde el fondo del pasillo oscuro. El recuerdo de su madre afecta mucho a Roxi, se niega a tirarla porque la guardará para su padre, si es que aparece.

Roxi no quiere que se sepa esa historia. La quiere olvidar, y sepultar en lo más profundo. Mi deber es estar a su lado, listo con la pala para echar tierra. 

—¿Qué quieres de regalo de cumpleaños?

—De ti nada, Simón. 

— ¿Por qué? Somos amigos desde el Kinder. ¿Qué tiene que te haga un regalo?

—No tienes ni para dónde caerte muerto Simón. No me des nada.

—Te daré algo.

— ¡Eres un necio!

Y aquí estoy, frente a la boutique. Roxi, no sabe cuánto he ahorrado. Entro y pregunto por el vestido rosado. Me señalan muchos vestidos, con nombres de colores que parecen inventados: malva, fucsia, palo de rosa. Para mí todo eso es rosado, escojo el que vi el otro día en el escaparate. Pago en efectivo. Envuelven el vestido en una caja, pregunto si le pueden poner un moño, el único que tienen es azul. Les digo que no importa. 

Voy a la casa de Roxi, ya debe tener listo el pastel y los quesitos con pasitas, las galletas con atún y mayonesa, la gelatina y los chitos picantes, la cola de manzana. El viejo Galindo seguramente tiene listo la música. Las velas azules de números con el 15 en el centro del pastel se iluminan. 

En cuanto entro empiezo a cantar, y su abuelo se me une <<Feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños Roxas, feliz cumpleaños a ti>>

Roxi sopla las velas, y las apaga de un tirón. Comemos el pastel y todos los aperitivos, mientras el viejo Galindo nos cuenta los chismes del barrio. 

—Roxas, mi adorado nieto—dijo el viejo al levantarse de la mesa para ir a trabajar—. Ya tienes edad. 

—¿Edad para qué?

Su abuelo no le respondió nada solo le despeinó el pelo, le dio un fuerte abrazo. El viejo Galindo me guiñó el ojo al salir. 

Ni bien cerró la puerta, saque de la bolsa el paquete, y di dos pasos atrás por si acaso quiera pegarme. Roxi me vira los ojos y le quita el moño, entre abre la caja, y la cierra de inmediato, me mira incrédulo, la vuelve abrir. Nunca había visto que a una persona se le iluminara el rostro por la felicidad, solo lo he visto en las películas, y ahora lo vi en mi Roxi. 

Roxi me regresa a ver, abre la boca como que me quiere gritar, pero no me dice, ni me grita nada. Alza el brazo con la mano en puño, pero no me pega. Solo me roza el brazo muy delicadamente. 

—Veamos cómo te queda. 

Cuando éramos más niños nunca tuvimos la oportunidad de quedarnos en la casa del otro, a mis padres no les gustaba que me quedase muy tarde en su casa, ni tampoco que Roxi se quedara. Pero ahora, siendo la medianoche puedo ver como los postes de luz iluminan el cuarto de Roxi, a la vez que escucho a las patrullas haciendo sus rondas nocturnas. Sé que me castigarán, debería ir a mi casa, pero no quiero moverme. La habitación de Roxi es muy diferente en la noche, su cama es muy cómoda, y no cruje. Roxi duerme plácidamente sobre mí. 

El vestido le quedó bonito. El rosa es su color, se lo puso con lágrimas de alegría en sus ojos. Me encantó ver como se lo ponía, pero disfruté mucho más quitárselo. Me pongo a pensar que este mundo tan violento podría dañar a mi Roxi. Pero para eso estoy aquí, para acabar con todos los que intenten hacerle daño. Es que Roxi es diferente, y yo también.



María Isabel Tamayo Gudiño, nació en Atuntaqui, Ecuador en el año de 1991. Pero vivió en la ciudad de Ibarra por sus primeros 18 años. Estudió Ciencias Biológicas. A la mitad de su carrera, y durante sus estudios de biología molecular, descubrió su amor por la escritura. Escribió algunos fanfictions. Publicó su primer cuento “El lagartijo”, en la antología “Los que Vendrán, 2018-19” publicada por el taller de escritura creativa del cual participa. Publicó otros dos cuentos, en las antologías siguientes: “Lo que no se puede borrar” en “Los que vendrán 20-20”, y “Lo eterno” en “Perseídas”.


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¿Cíhuatl, quién soy?.

Por Samantha García.

Soy mujer.

No un ser sangrante ni procreador.

Soy mujer, mente y afecto, ese es mi concepto.

Y voy más allá de eso.

Soy más que una musa.

Soy origen.

Mi cuerpo es más que un desnudo para el artista, de esos que solo pintan.

Para estos, solo soy musa cuando callo, cuando camino,

pero no existo cuando yo quiero.

No soy su musa cuando siembro.

Soy más que una pose.

Soy artista natural.

De mi piel quemada brotan flores,

Como aquellas que arrancan del suelo.

Mis lunares y marcas, marcadas imperfecciones,

son recuerdos de semillas,

algunas cortadas por el tiempo.

A esas semillas las intento besar todos los días,

por las veces en que me hicieron pensar que no valían.

Mis senos son más que tus fantasías.

De ellos brotan gotas con sabor a miel y alegrías.

Entre mis piernas fluye la sangre y pasión,

la misma que les asquea y me piden que cubra,

olvidando que es la misma que les cubre y les forma.

Soy creación.

Soy tu musa cuando quieres que exista.

Soy tu sombra cuando quieres que calle.

Soy tu pesadilla cuando no quieres que me resista.

Pero yo soy esa fina línea que se ve entre la tierra y el cielo,

y, al estirarme, a este llego.

Le pido a este cielo que me libre de malos ojos y me recuerde ser yo,

y que las estrellas me guíen a dónde voy

y no necesitar de tu ayuda para recordar quién soy.



Samantha Mariel García Cuellar, estudiante de restauración con un gran amor por el arte en todas sus formas, enfocándose en la escritura, pintura y fotografía. Su poesía busca recontextualizar a la mujer más allá de solo ser una musa. La mujer es artista- creadora y su propia inspiración. Siempre intenta encontrarse en todo lo que hace; por lo que su trabajo es un reflejo de aquello que se oculta y se prefiere evitar porque muchas veces no se sabe cómo hablar.


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 A la orilla del Lago.

Por Tania Farias.

Me negaba a ir. De ser mi sueño convertido en realidad, esa cabaña frente al lago propiedad de sus padres se había convertido en mi peor pesadilla. La primera vez que Mario me golpeó fue después de una fuerte riña familiar con sus hermanos. Apenas habíamos cumplido nuestro primer aniversario de bodas. Ese día, llegó a la casa con los ojos encendidos y me exigió estar lista para partir en los próximos quince minutos. Manejó hasta la cabaña, a donde llegamos poco antes del anochecer, solo nos bajamos y se internó en el bosque sin decirme una palabra. Con la esperanza de que esa caminata en la naturaleza lo ayudaría a tranquilizarse, preparé una cena con los ingredientes que encontré y me dispuse a disfrutar de una copa de vino frente al lago. Me gustaba estar allí, frente a sus aguas pasivas. Pasaron más de dos horas y mi marido no  había regresado.

Sentada, con la cena fría sobre la mesa, contemplaba el resplandor de la luna rompiendo la oscuridad de la noche. Con ansiedad, intentaba descubrir cualquier movimiento que me anunciara su llegada. Esperé varios minutos más y después encendí el televisor en la sala. Necesitaba distraerme para no pensar en cosas malas. No sé en qué momento me quedé dormida, solo recuerdo que desperté al recibir un puñetazo en la cara y antes de que pudiera abrir los ojos, sentí un jalón de cabellos que me tiró al piso. Le siguieron las patadas y más puñetazos. 

Cuando todo terminó, me quedé enrollada como un ovillo en el piso, temblaba sin control. Mi marido se acercó y me levantó con dulzura para llevarme a la cama, allí limpió mis heridas y me pidió perdón llorando.

La escena se repitió dos meses después, con la muerte de su padre, y de nuevo cinco meses más tarde, por otra riña familiar a causa de la herencia que no lograban repartir. Siempre en la cabaña. 

Esta noche su hermana llegó a la casa totalmente fuera de sí. Los gritos escalaron a forcejeos y terminaron con ella tirada en el piso después de un fuerte aventón de Mario. Ofuscada se fue jurando que jamás volvería y entre lágrimas y la voz entrecortada le gritó a su hermano  que se olvidara de ella y de toda su familia.

Cuando la puerta se cerró, Mario se quedó por varios segundos inmóvil. Yo rezaba que no me pidiera ir a la cabaña. Pero mi devoción fue en vano; al cabo de unos minutos subió al cuarto, preparó una pequeña maleta y me dio la orden de preparar la mía. La pesadilla se repitió una vez en la cabaña.

Con sus golpes sentía como mi ser se difuminaba, se borraba, desaparecía. En las otras ocasiones también me había pasado, pero quizás, el calvario había sido más corto y su arrepentimiento me había devuelto mi cuerpo. Pero esta vez, fue implacable, cruel, sin corazón. Me golpeó hasta agotarse y entonces se salió y me dejó allí como si no existiera y entonces mi ser se hizo invisible por completo. Ya no hubo disculpas, ni sanación de heridas. Tirada en el piso lloré, hasta que mis lágrimas se secaron. Y tuve la certeza de que era invisible y solo tenía un camino para volver a reaparecer.

Me levanté con lentitud, pues cada movimiento me calaba hasta los huesos. Me paré frente al espejo que no me reflejó. Me quedé allí de pie, por varios minutos, como si pudiera contemplarme. Pasé mi mano por cada una de las heridas. Eran tantas que no podía contarlas, aunque no pudiera verlas. Toqué mis brazos, toque mis piernas, las sentía. Estaban allí mas no eran visibles.

Después, caminé lentamente en dirección del lago, el dolor me detenía. La silueta de Mario se adivinaba gracias a la fogata que este había alumbrado. Decidida, avancé hacia el embarcadero. Mi verdugo estaba bebiendo. Tenía a su lado un balde lleno de cervezas. Varias botellas vacías yacían a sus pies. Tomé la cubeta y la llevé hasta el borde, a un lado del lago. Esperé con paciencia a que Mario terminara la botella que tenía en sus manos y se viera obligado a levantarse por otra. No tardó mucho, tambaleándose después de girar sobre sí mismo buscando su balde con cervezas, avanzó hasta el límite del embarcadero donde yo lo había dejado.  

Lo empujé al agua fría de otoño. Mario no sabía nadar. Gritó con todas sus fuerzas por auxilio mirando hacía la cabaña como esperando que saliera a ayudarlo, sin saber que lo observaba desde lo alto del embarcadero, a escasos centímetros de él. Mientras se hundía, yo sentí cómo mi ser volvía a ser visible, como mi cuerpo reaparecía. Nuestras miradas se cruzaron por última vez. Me di la media vuelta y me fui.     



Tania Farias, escritora.


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