Historias de alacenas, vitrinas y macetas I Arboleda en una tarde veraniega.

Por Arizbell Morel Díaz.

Árboles sin nombre.

En una tarde de verano Lola se encontraba sentada con el único objetivo de observar las hojas caer. Aunque siempre había soñado con dormir bajos cerezos y almendros que perfumarán sus cabellos, en su ciudad solamente existían árboles tan comunes que ni nombre tenían. Pero a ella le gustaban; eran así: Olmos criollos que decoraban las aceras y evitaban que el sol calcinará sus brazos desnudos cuándo caminaba bajo su sombra. 

Escuetos a los costados de las banquetas, sus árboles la miraban y le contaban los secretos que solo las niñas saben ver. Porque ellas se detienen a ver el mundo pasar y las hojas caer, una a la vez. 

Ésta es la historia de uno de esos secretos. 

El más novedoso de todos, aquel cuento que Lola comprendió en la víspera de un atardecer dorado con los rayos de luz en la cara y la brisa corriendo entre sus cabellos.

Resulta que había un árbol enamorado. Uno que había crecido algo torcido por la fuerza de las gotas de lluvia al caer sobre su tronco cuando a penas era un brote. Este árbol, que no era como los otros, nunca se enderezó pero sí se adaptó a su nueva forma. Con la sabiduría de su tallo supo integrar las curvas que el paso de la vida integró en su ser; su savia fluía cual espiral de caracol y lo mantenía vigoroso aún cuando el verano era solamente un recuerdo en sepia que le brindaba fortaleza en el crudo invierno que siempre dura más que las bellas estaciones aunque la primavera se anuncie vigorosa. 

Este árbol, que bien podría ser un naranjo o uno lleno de olivas, desde su lado del parque veía a otro, a otra planta, que le llamaba la atención entre las múltiples arboledas que lo rodeaban. El otro árbol —el de ella, el árbol dónde Lola solía pasear—, era más joven que el enamorado, tan solo por un par de primaveras. Como su observante, no tenía un pedigrí claro: Sus frutos jugosos no parecían comestibles y sus flores cambiaban de color con cada estación al igual que sus hojas. Para esta planta, siempre era otoño. 

Tal vez por eso el primer árbol la amaba, porque nunca era igual por más que las estaciones pasaran. Esta planta joven tenía un ciclo interminable de variaciones que la hacían ser especial ante las raíces del otro, aunque no fuera un almendro.

Al notar la mirada del árbol (¿cómo pueden verse las plantas?) el segundo árbol camaleónico notó su fuerza, la resiliencia que brotaba desde sus raíces a sus ramas y se enamoró también de él. Pero ninguno de los dos hablaba, mudos cuál plantas que eran sabían que para cosechar había que esperar (¡y es que los vegetales saben de paciencia!).

Debajo de los árboles, debajo de la tierra, existen los micelios que son un montón de venitas que comunican a cada planta con la otra por más lejos que se encuentren. Ellos comenzaron a mandarse mensajes por esta red subterránea e idearon un plan: unirían sus raíces a la distancia aunque sus corolas jamás pudieran tocarse. 

Tomó varios ciclos solares pero lo lograron…una puntita de sus raíces se entrelazaba con la otra, unidas en una flor rugosa que nadie podía ver. De esta flor de ramas cubiertas surgió una semilla tan mestiza como ellas. Y cuando Lola se enteró de este relato la semilla de ahuehuete mulato se encontraba plantada en la tierra mojada por la lluvia. Tal vez, un día de verano, pueda germinar.  

Fotografía: Shu Villegas.

Arizbell Morel Díaz.

Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” en el ciclo 2021-2022 y 2022-2023 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021). 

Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida. 

Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera”, “Barista”, “La máquina que todo lo escribe” y “El color de tus ojos al ver las hojas caer” (2021).

De historias que nos hacen/ Sobre aquella vieja mujer solitaria… que se convirtió en bruja

Brenda Garrido Hernández

Hasta hace algunos años, hubiese dicho sin vacilación que mi película favorita es el gran pez (2003) de Tim Burton. Actualmente la pregunta sobre mi película favorita acarrearía una pausa más grande de la esperada y… seguramente mi respuesta se vería afectada por mi estado de ánimo en ese momento.

A un así el gran pez, sigue siendo una de mis confort movies, una de esas que buscas cuando una parte de ti necesita un abrazo emocional, una inyección extraña de optimismo ciego y (a pesar de la redundancia) de confort.

La película en general trata de un hombre conocido por repetir sus historias de vida, con cierto grado de misticismo y fantasía, pero aun así cada una de esas historias resulta tan atrapante, magnifica y llena de gente que en suma han ido construyendo y aportando a la vida de aquel hombre que resulta… francamente hermoso.

El problema es que su tendencia por contar sus historias termina hartando a su hijo. Este dice que no conoce realmente a su padre y después de años, y con el padre enfermo decide hacer las paces. La película habla sobre aquellas historias que construyen nuestra vida, las relaciones que nos forman y como a su vez, nuestra propia vida impacta en otros, incluso cuando nuestras interacciones sean tan breves y efímeras como una breve nota al pie.

Irónicamente no es de la película de lo que quiero hablar hoy, y es que para quien la ha visto no resultara extraño la presencia de cierto personaje intrigante y extraño, lleno de aires de misticismo, cuya interacción con el protagonista impacta de muchas maneras.

El personaje de la bruja, que en una de las historias es capaz de mostrar la muerte de las personas por medio de su ojo con el parche. En otra historia, resulta que no es una bruja, solo una mujer solitaria que nunca se casó, jamás tuvo hijos, su casa se fue deteriorando y los niños del pueblo le fueron construyendo una leyenda. Aquella mujer solitaria se volvió una bruja.

No tengo un mejor ejemplo ficcional para describir el punto y tal vez a la mujer de la que quiero hablar (aunque muchas villanas Disney encajan en este tropo).

Cuando era niña y mi familia recién comenzaba su independencia estrenábamos nuestra casa con cierto grado de dificultades, de esas que no ves cuando eres niña, pero se vuelven evidentes con los años. Una de las primeras cosas que me dijo mi madre en su momento y eventualmente le repitió a mis hermanos, fue que evitáramos la casa de mi vecina.

Ella era conocida por su fuerte carácter, no tener mucha paciencia con los niños, por tener una presencia económica y política tan fuerte que incomodaba a otros. Muchos en el barrio, al menos a sus espaldas, la llamaban bruja. Yo siempre la conocí como Doña Manuela.

Manuela Maldonado Díaz, un nombre que tal vez se termine perdiendo con el paso del tiempo, y que para esta altura de la historia ha perdido fuerza. Pero… al menos yo considero con total franqueza que no debería perderse.

Aquella mujer ya era relativamente mayor cuando la conocí, tenía una presencia muy fuerte, era dueña de varías propiedades, tenía un único hijo que la visitaba en cada fecha importante y era tan odiada como respetada en nuestro barrio.

Era una militante política activa, al grado que ninguna decisión importante podía hacerse sin tener su autorización o mínimo su opinión. Alumbrado público, drenaje y el revestimiento de las calles, todo (al menos en nuestro barrio) fue por causa suya. Al igual que algunos beneficios y programas políticos que llegaron mientras ella estaba con vida.

Mi madre dice que cuando quería algo, se presentaba en la presidencia y si algún secretario intentaba detenerla (o funcionar como intermediario) ella solo decía “Yo no hablo con gatos” y pasaba derecho a la oficina del presidente sin importarle si estaba con alguien, y luego decía lo que quería, cuando lo quería y por supuesto como lo quería.

Daba su nombre y era seguro que aquello que quisiera, seria dado a la mayor brevedad posible. Donó una casa completa en la que se estableció una escuela, su única condición era que su nombre fuera puesto en el lugar. Después de su muerte ni siquiera su nombre fue conservado, casi como si el inmueble hubiese sido dado por una entidad invisible y sin nombre.

Mi madre, que con los años se volvió más cercana a ella, me contó un poco de la historia de la casa y su antigua dueña. Aparentemente ella había estado casada cuando era joven, con el padre de su único hijo. La que se volvió escuela era el lugar que habitaban juntos. Un día aquel hombre lo golpeó y en medio de la noche salió rumbo a la casa de sus padres.

Su padre, un viejo hombre de rancho que gozaba con el poder económico e inmobiliario que ella heredaría, lejos de consolarla o algo parecido. Le llamó la atención recordándole que ellos eran los del poder en ese lugar y que aquel tipo que era su esposo, en comparación suya no era nadie.

Luego de una larga discusión, su padre le hizo prometer que jamás lo buscaría solo para salir con escopeta en mano y correrlo del pueblo con la amenaza de que, si algún día regresaba, encontraría su muerte.

Nunca volvió a saber nada de aquel que fue su esposo, nunca volvió a casarse, crío a su hijo en soledad, heredo gran parte de lo que su familia tenía que ofrecer y jamás durante el resto de su vida (o al menos lo que yo supe) se dejó humillar por alguien.

Como vecina era una mezcla extraña entre gentileza dura y cortesía espinosa. Mi madre la consideraba más que una simple conocida, un algo parecido a una amiga. Se pelearon varías veces a lo largo de su relación, pero estaban en los malos momentos para ser un oído que escucha, un apoyo en los momentos difíciles, una enseñanza trascendente a veces pequeña, pero oportuna como el saber como escoger un buen melón.

Aquella mujer era extrañamente bondadosa cuando le caías bien, pero jamás dejaba esa mascara de dureza que la vida le había obligado a adoptar. A veces te daba una fruta de sus arboles o te regalaba un dulce y mantenía una conversación que sonaba ligera, pero a su vez parecía ocultar algo importante.

No era de mi familia, pero su presencia en mi vida siempre se sintió como algo constante. A veces sin querer me encuentro extrañándola, y me duele que su nombre corra peligro de perderse, fue de las primeras grandes mujeres poderosas que conocí, fue la abuela que escogí, aunque ella no supiera.

En mi barrio la mayoría de las personas la consideraban una bruja, pero no era una mala persona, solo era una mujer que no se dejaba de nadie. Con los años la fui conociendo fuera del mito, jamás por completo, mi madre la conoció un poco más, también solo fragmentos. Historias inconexas que me gustaría que jamás se perdieran, que siguiera viva en la memoria de aquellos que la conocieron. Incluso si fuera recordada de manera negativa, creo que con su carácter… le hubiese gustado.  

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Con ternura, para ti | Amiga, ¿Te puedo enviar un mensaje?

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Por: María Daniela Ortiz Soriano

A Julieta no solo le rompieron el corazón, sino que también le destruyeron su estabilidad emocional. Comenzó cuando atravesaba un momento difícil en su vida, tenía muchos problemas familiares que se reflejaron en su desempeño escolar y, para su mala fortuna, empezó una relación amorosa con Diego, un chico que adoraba ser la prioridad de todos.

Se conocieron en una fiesta que el amigo de un amigo había organizado. Casi al mes, tal vez un poco menos, Diego le pidió ser su novia: ella era su prioridad y admiración; mientras que Julieta sentía haber encontrado su alma gemela en él: cada fantasía, cada anhelo, cada sueño de amor que ella haya tenido, fue complacido por Diego… pero al tercer mes, las cosas comenzaron a cambiar tan rápido, que Julieta, no entendía por qué su relación perfecta se había vuelto insostenible.

Diego acusaba a Julieta de ser la causa de todos los problemas entre ellos; para él, Julieta era una novia tóxica y codependiente porque pedía demasiado. Una tarde, Julieta tuvo un ataque de ansiedad y, en medio de este, Diego le pidió terminar la relación: “Me estás exigiendo mucho y no es mi responsabilidad, eres una codependiente” decía, mientras veía a Julieta deshacerse en llanto, sintiendo la punzada del abandono. Después de esto, Julieta cayó en depresión. Diego había bloqueado hasta sus llamadas telefónicas, así que ella no tuvo de otra que sumir sus días en la soledad de su habitación.

Una tarde, Julieta encontró publicaciones en Facebook sobre abuso y manipulación en el noviazgo; al leer algunas anécdotas similares a su situación, decidió dejar un comentario con su historia y, para su sorpresa, no solo recibió respuestas de aliento, sino que también conoció a Victoria.

A través de un mensaje de chat que decía: “Amiga, ¿te puedo enviar un mensaje?”, Victoria contactó a Julieta y se pusieron a conversar sobre sobre sus ex noviazgos; cada una contó como sucedió, como se sentían y ahí, a través de audios y mensajes de textos, ambas encontraron consuelo ante una situación que las hacía preguntarse: ¿de verdad, soy tan difícil de amar, soy tan exigente y soy tóxica?

Victoria confesó que sentía la necesidad de repasar una y otra vez sus recuerdos en busca de un por qué o una justificación a las acusaciones que recibió y al desamparo propio que sentía; de igual manera, Julieta declaró no entender cuándo se convirtió en la terrible persona como su exnovio la calificaba.

A través de contar sus historias, sin saberlo, ambas chicas iban soltando el peso que sus abusadores dejaron en ellas. Julieta aceptó que había sido víctima de abuso emocional, mientras que Victoria dio un paso en volver a creer en ella, en su inteligencia y en sus recuerdos.

¿Se imaginan el poder que tiene contar nuestras historias? Ellas no necesitaron un foro o ser grandes narradoras, solo encontrarse y escucharse. En cada palabra que utilizaron para narrar su historia, iba la carga de su experiencia: el mismo dolor, la misma táctica de manipulación, el mismo encanto vuelto pesadilla para mantenerte presa, pero en diferente cuerpo, en diferente tiempo; sin embargo, la fuerza que tiene narrar y escuchar, no solo formó un lazo de empatía entre dos mujeres que no se conocen en persona, sino que también resignificó su trauma: Julieta aceptó que necesitaba ayuda profesional para arreglar lo que otro había roto, mientras que Victoria, pudo repasar su historia una vez más, para soltar la culpa que no le pertenecía.

Por desgracia, la historia no termina ahí. En el caso de ambas chicas, sus exnovios las difamaban entre amigos y redes sociales llamándolas tóxicas, demandantes y hasta posesivas; a Julieta, incluso Diego la volvió a contactar pidiéndole volver porque según él, la amaba mucho; al principio no supo qué decirle, pero ante la indecisión, él propuso ser “amigos con derechos”, facilitando a Julieta la decisión de alejarse para siempre de Diego. 

Por suerte, podemos encontrar ayuda psicológica y en el camino, hacer nuevas amigas, círculos seguros de mujeres donde la escucha y la empatía, son bálsamo para la estabilidad emocional que rompieron algunos. Julieta y Victoria no se conocen en persona, pero siempre pueden contactarse por un mensaje, de la misma forma que todas, podemos hacerlo para acompañar nuestros procesos de sanación y perdón

Con ternura, para ti.

Maria Daniela Ortiz Soriano. Egresada de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana de la UNAM, y Técnica Auxiliar Museógrafo Restaurador por la misma institución. Sus áreas de interés son la investigación literaria en el campo de dramaturgia y literatura Mexicana, la escritura creativa, investigación en perspectiva de género y teoría feminista, los programas de divulgación cultural, la Museografía y restauración del acervo histórico de la nación, y la participación activa en montajes escénicos.  

«Escribo porque me gusta vivir y me gustan las mariposas.» 

Bruja

Aletargada en el espejo

señalada por la orfandad

mi rostro y mi voz

buscaban su propio lugar.

Cansada de esperar

amor / suerte/ oportunidad.

Que otro me definiera

Maestro/ pareja/ sociedad.

Buscándome bien en la tierra

sin atinar ni encontrar…

Cansada pues de preguntas

de dudas e inestabilidad

lecturas/ angustia/ soledad…

Por fin un día me atreví a volar.

– Bruja, dijeron

las mujeres no vuelan

te caerás.

En pleno vuelo aprendí a disfrutar

sin reglas/ sin hombre/ sin deberes

mía fue la inmensidad.

Aprendí lo que se aprende

en la lucha/ en el deseo/ en la voluntad.

Una noche de luna encontré con quién soñar

venía también sin alas

sin itinerario

sin armaduras puestas

y sin cadenas en el interior

amigo/ amante

capaz de acompañar.

Entonces supe que soy una bruja

por derecho de nacimiento

y mi sino es volar.

Aquí, entre las nubes respiro amor/ fuerza y libertad.*

Nací un 2 de noviembre

La imagen es una pintura de: Emeterio Fragoso León

Acrílico sobre madera

Historias de alacenas, vitrinas y macetas I Capuchino Skin.

Por Arizbell Morel Díaz.

Capuchino Skin @arizbellmorel

Capuchino Skin. 

who’s your kin?

Dandelion girl,

tell me how is it going to end. 

Capuchino.

Color canela.

Piel de café.

Mulata. 

—¿Eres mexicana?

—Te ves muy exótica para serlo. 

Nora escucha esto todos los días de su vida. Probablemente comenzó a escuchar estos comentarios antes de nacer. Al ser su madre caucásica y su padre afromexicano, las personas no podían concebir su existencia desde antes de que ella viera la luz de su primer amanecer. 

Verlos caminar juntos, generaba preguntas. Vergüenza en la mente de quiénes (en un país megadiverso y multicultural) viven con el sistema de castas en las venas, con el virreinato como secuela generacional. 

Su madre le enseñó a no prestar atención. Su padre le aseguró que estas palabras formarían parte de su vida, pero que se vive a pesar de ellas, a pesar de que se adhieran al cuerpo cuál tatuajes de henna. 

Le dijeron que sembrara un jardín. Le dijeron que cosechara aquello que no le pertenecía. Le dijeron que la resiliencia se aprende, quizá se hereda cuando pareciera que la existencia es un privilegio. Creció con estas premisas; preguntándose si sería cuestión de genética o selección natural aquello que la salvaría del deseo de desaparecer, de sumergirse, de no-estar tal como muchos y muchas lo querían. 

[Aunque hay días en que quisiera no haberlo hecho (nacer, ser, existir), sabe que la gente siempre le dirá así: Capuchino Skin.]

Cuando iba en la prepa, recorría los pasillos de una institución que ya no existe con estas palabras adheridas a su cabeza. Al ser becada, era inevitable no encajar. 

[Y cuando no perteneces no se trata de la ropa que usas, a quién escuchas o si ves la TV.

Cuando no perteneces, se crea una herida que delimita tu ser. No pertenecer también es una identidad, aunque esté vetada.]

Nora, aprendió a asimilar una marca que no sentía como suya, pero que encajaba con su cuerpo como si fuera hecha a su medida. Con su piel de Blancanieves y sus rizos de chocolate, con sus labios gruesos y ojos claros. Con sus piernas, sus senos y sus brazos que eran una aberración porque no eran ni de uno ni de otro lado: Porque ella, como los capuchinos, estaba compuesta por capas, una sobre otra, como la tierra sedimentada en las montañas o como las cebollas que tanto sufrimiento causaban al cortarlas, al separar sus facetas. 

Ella lloraba como si la cebolla multicapa fuera el mundo y con cada respiración se cortara una nueva máscara que aún estaba por conocer. 

Hasta que un día lo comprendió: Ella no necesitaba encajar porque no era la pieza de un rompecabezas. Nora no era el patrón de un molde de costura o una horma de zapato hecha de cuero viejo. 

Ella, podría recorrer otros pasillos, alimentarse de otras voces que no la metieran en cajas acartonadas de siglos donde se leían historias de piratas. 

El día que lo entendió, comenzó a cantar. Su voz andrógina fue la guía, las migajas en el camino que sembrarían una nueva existencia. 

Cantar, la música, le dieron fuerza para resistir ante el borrador que amenaza con alcanzarla como las olas del mar a la orilla. Siempre el mismo patrón, siempre una y otra vez. 

Su melodía entonaba géneros como el son, el cardenche, el jazz y el rock. Timbres musicales de aquellas y aquellos que como ella, sembraron con la esperanza de un porvenir. 

Ahora el mundo la conoce como Capuchino Skin

Y su voz resuena en cuerpos que, como ella, tal vez, “no deberían existir”. 

Pero que están.

Que forman un ensamble cuyo sonido no tiene igual. 

[…]

¿Te gustaría escuchar a Capuchino Skin?

Arizbell Morel Díaz.
Fotografía: Shu Villegas.

Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” en el ciclo 2021-2022 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021). 

Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida. 

Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera”, “Barista”, “La máquina que todo lo escribe” y “El color de tus ojos al ver las hojas caer” (2021).

Piezas de un alma simple

Déjame

Escrito por: Alondra Grande

Déjame ser luna cambiante y amarte en todas tus fases
Cobijar con mis brazos tu alma rota,
Entender la mirada triste de esos ojos
Que ven a la nada cuando el sol se apaga.

Déjame estar en paz conmigo misma
Verme en silencio en los espejos
Sin juicios ni tormentos
Ni ruido interno que me incite a escapar.

Déjame abrazar nuestra cuerpa mientras sanamos
Esperando pacientes que la mar se lleve entre sus olas el llanto
Mientras nos arrulla el viento y cae el ocaso.

Déjame hacer las paces contigo,
Perder el miedo de ver hacia el abismo
Girando junto con el mundo sin prisa
Esperando llegar a cualquier lugar.

Déjame amarte con todas mis fuerzas
Con cada latido de éste anhelante corazón
Que espera alcancemos todas nuestras metas
Que reza a las diosas para no tener temor.


Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 21 años de edad, estudianta de psicología, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.

De historias que nos hacen/ Sobre aquellas cosas que se rompen

Por Brenda Garrido Hernández

Kintsugi, es el nombre de una técnica japonesa en la que la cerámica fracturada o rota es reparada, con barniz de resina y polvo de oro. Es parte de una filosofía en la que las roturas de un objeto se vuelven parte de su historia, lo embellecen, se muestran con orgullo y por lo tanto lo hacen más valioso.

En su momento pasé por una leve gran obsesión con la cultura japonesa; pero irónicamente no me enteré de esta técnica hasta algunos años después, en los que mi obsesión se había enfriado lo suficiente. El nombre de un álbum, de mi banda favorita, Death Cab For Cutie, me dio suficiente curiosidad para investigar y conocer un poco de lo que significaba.  

En su momento la idea de esta filosofía me pareció francamente hermosa, una manera de reivindicar las cicatrices, aceptar nuestros fracasos y que de cierta forma todo lo malo que nos construye nos hace más hermosos y valiosos en el proceso.

Una parte de mi sigue pensando que es un pensamiento hermoso, pero a veces y en mis circunstancias actuales, no puedo evitar preguntarme ¿Qué pasa con aquellas cosas que se rompen y no merecen ser salvadas? O con aquellas que directamente no pueden repararse a pesar de nuestros intentos más fieros.  

Últimamente no dejo de pensar en eso, ¿Cuándo es mejor rendirse y desechar los pedazos de algo roto? y ¿cuándo es mejor intentar reparar algo, aunque el proceso de reparación parezca destruirte en maneras que no imaginabas? ¿Cómo tomamos esa decisión? ¿Cómo sabemos que algunas cicatrices no merecen someterse a un proceso parecido al del kintsugi?

Es común cuando vemos obras de ficción que se nos presentes situaciones imposibles, en las que de vez en cuando y si estamos de ánimo, y a veces sin estarlo, nos gusta proyectarnos. Si estuviéramos en una situación similar ¿Haríamos lo mismo?

Si alguien nos engañara después de tantos años juntos ¿seriamos capaces de perdonarlo y simplemente dejarlo pasar?  Como cuando en Grey´s anatomy cada cierto tiempo algún personaje comete alguna infidelidad, para aderezar la trama con más drama y vemos como algunos lo soportan en silencio, otros explotan y gritan, algunos recurren a la terapia y otros simplemente lo dejan… la mayoría intenta seguir con su relación, pero como espectadora no puedo evitar preguntarme si la confianza puede ser arreglada y repuesta después de una traición de ese tipo.

Una traición solamente comparable a que tus mejores amigos te expongan y revelen tus secretos ante un montón de extraños, como en alguna escena de guerra de novias (2009)  o te dejen en una posición demasiado vulnerable como en Bromas que matan (1999).

O como todas aquellas veces en las que alguna pareja en la ficción Después de tantas veces fallando en una relación se niegan a dejarlo morir, en esos casos ¿Vale la pena seguir intentándolo? Al grado de dejar nuestro empleo soñado en Paris para saltar en los brazos de un amor que idílicamente suena bien, pero en la práctica solamente ha demostrado ser un desastre.

A lo largo de nuestra vida y nuestra extraña formación como seres humanos, se nos enseña que debemos aferrarnos a lo imposible, porque si creemos con fuerza en algo podemos conseguirlo, aunque sea doloroso y sin importar si nos rompemos en el proceso, porque la recompensa final lo valdrá.

Nos enseñan que hay relaciones que deben protegerse, procurarse, en las que debemos dar TODO de nosotros para no perderlas porque la soledad que nos espera al perderlas es peor que la traición de un amigo o una pareja y por supuesto es peor que nuestra falta de confianza en nosotros mismos y en aquellos que nos rodean.

Justificamos y dignificamos el dolor y el sufrimiento porque tenemos la esperanza de que lo que logremos construir con eso será más fuerte, más valioso y hermoso. Será parecido a lo obtenido con la técnica del kintsugui pero tal vez en ocasiones es válido reconfigurar nuestro cerebro y darnos cuenta que hay cosas que no merecen y no pueden repararse.

Que hay relaciones que es mejor perder, que el daño que nos hacen no vale tanto la pena cuando la garantía de convertir todo en algo mejor no existe. Que cuando algo o alguien nos destruye en piezas tan pequeñas, que apenas y nos reconocemos es mejor dejar aquellos fragmentos sin unir e intentar reconstruirnos de otra forma.

Aunque claro, supongo… que eso depende de cada uno y nuestra respuesta al encontrarnos frente a la pregunta de si algo merece ser salvado una vez que ha sido roto.

Aniquilación

Voces sobre el fin del mundo

nos inundan

como olas suaves

de a poco enfurecidas

susurros

empiezan a escucharse

gritos.

La profecías se cumplen

de siempre lo sabemos

las abuelas de barro

lo dejaron escrito

eran ciegas

y lo veían

eran sordas

y lo escucharon

eran mudas

pero lo dibujaron

y esculpieron

con sangre en la semilla.

La Era está por morir

las mujeres del maíz

la veremos crujir

despedazarse

y explotar.

Mírome el ombligo

en mi ombligo el universo

en ese universo tú.

¡Qué arda pues!

que se vuelva un caos

que nos condene

o nos redima

Kukulcán nos espera

volveremos a nacer

con el Nuevo Sol.

Crédito de imagen: «Corn mother» Recuperada de pinterest

Letras imprecisas | Lo que no se dice: La estética del silencio en La condesa sangrienta, de Alejandra Pizarnik

Por María Fernanda González Lozada

A través del tiempo se han concebido distintas maneras de hacer arte, una de ellas es el arte de lo grotesco, esta tendencia parte de los ideales góticos –sin embargo, se considera que dentro de la cultura Romana comienzan a originarse las bases del arte grotesco como lo conocemos en la actualidad– y comienza a consolidarse a través de las vanguardias, en esta época se da una ruptura en la categorización del “arte por el arte” y se percibe una preocupación por exaltar las emociones ante la contemplación artística, es decir, importa más lo que se representa y lo que provoca, más allá del objeto material. En la literatura un ejemplo de ello es La condesa sangrienta (1966)1 de la argentina Alejandra Pizarnik –quien tuvo una gran influencia surrealista–, en su texto hace uso de recursos literarios que le permiten contar una  historia verdaderamente perturbadora.

La autora consolida su texto a través del uso intertextual, pues recurre a la reescritura de La condesa sangrienta (1962) escrita por la francesa Valentine Penrose. Pizarnik, toma datos históricos de la húngara Erzsébet Báthory –conocida como La Condesa Sangrienta o La Vampiresa–, a quién se le acusa de haber asesinado cruelmente a seiscientas cincuenta mujeres, para poder utilizar su sangre y bañarse en ella, creía que de esta manera podría conservar su belleza y juventud. Los diversos elementos utilizados por la autora han dificultado clasificar la obra dentro de un género literario, pues oscila entre la novela, el ensayo, la poesía en prosa, entre otros.

El presente trabajo tiene como objetivo abordar cómo funcionan los silencios y las imágenes en el texto de Pizarnik, los cuales sirven para sugerir otras realidades, dicho de otra manera, para decir lo que no se puede expresar con palabras. Los hechos narrados son tan grotescos que no logran ser descritos con las palabras, por ello la autora se auxilia de otros medios que le permiten ejemplificar plenamente lo que busca expresar; estos recursos estéticos también sirven para generar terror y perturbar a los lectores,  pues, en ocasiones, –dentro del discurso– tiene más peso aquello que no se dice.

Se han referido distintas posturas sobre la “estética del silencio” –definición dada por Susan Sontag y Amparo Amorós–,2 por un lado, parece imposible concebir el silencio como parte de la literatura, pues esta siempre se ha pensado como un acto reducido solamente a la palabra escrita, al respecto, Juan Manuel Ramírez comenta: “Bajo esta mirada no existe un lugar para el silencio: Todo está cubierto por la palabra.” (2016, 148). Sin embargo, el lenguaje no se limita solo a la palabra, esta construye canales de comunicación, pero no es el lenguaje en sí, dicho de otra forma: “—el lenguaje— es la actividad lingüística, las palabras son el instrumento material de esa actividad.” (Cit. Ramírez, 2016, 154). Por ello es importante considerar otras formas de comunicarse cuando las palabras no son suficientes.

Como ya se ha sugerido líneas anteriores, el lenguaje no logra representar por completo la realidad y “solamente podemos hablar de lo obvio” (Cit. Cerda, 2015, 11), es aquí donde el silencio juega un papel importante para sugerir hechos indescriptibles. En el caso de La condesa sangrienta, cuyo tema central es la muerte provocada por la tortura, se narran acontecimientos sumamente atroces que las palabras no son capaces de describir por completo, si bien, se presentan escenas descritas a través de la escritura, lo que no se dice genera más miedo en el lector, un ejemplo es cuando se habla de la risa de Erzsébet, se presenta en el texto:

Durante sus crisis eróticas, escapaban de sus labios palabras procaces destinadas a las supliciadas. Imprecaciones soeces y gritos de loba eran sus formas expresivas mientras recorría, enardecida, el tenebroso recinto. Pero nada era más espantoso que su risa. (Resumo: el castillo medieval; la sala de torturas; las tiernas muchachas; las viejas y horrendas sirvientas; la hermosa alucinada riendo desde su maldito éxtasis provocado por el sufrimiento ajeno). (Pizarnik, 2012, 18)

Si bien las palabras anteriores ya son bastante perturbadoras, lo que no se dice genera más repudio hacia la Condesa, las palabras groseras, los “gritos de loba” y los silencios configuran un lenguaje grotesco; además, su risa se constituye dentro del silencio, pues a pesar de que la risa genera ruido y por obvias razones puede oírse, no dice nada, pero a la vez lo dice todo, es decir, la Condesa nunca habla, sin embargo, imaginar su risa provoca sensaciones escalofriantes, pero lo que en realidad la vuelve perversa es lo que provoca su risa, aunque, siempre se relaciona con felicidad y tiene una connotación positiva, Erzsébet se regocija ante el dolor de sus víctimas.

El silencio no se trata del simple acto de callar, más bien: “es el camino que conduce al poeta al reencuentro con la palabra.” (Ramírez, 2016, 166), dicho de otra forma, es el elemento que le permite a la escritora representar una forma distinta de concebir el mundo que no se puede notar a simple vista. Otro elemento presente en la obra es la configuración del personaje, pues en varias ocasiones se describe como silenciosa, en el texto se lee: “Dorkó vertía el rojo y tibio líquido sobre el cuerpo de la Condesa que esperaba tan tranquila, tan blanca, tan erguida, tan silenciosa.” (45. El énfasis es mío); como se menciona anteriormente, la Condesa no dice nada con palabras, pero su lenguaje silencioso expresado a través de su comportamiento permite descifrar la personalidad de Erzsébet.

Además, en un principio se presenta solo como espectadora de los actos atroces perpetuados por sus sirvientes: “Esta sombría ceremonia tiene una sola espectadora silenciosa.” (8), esto reafirma la idea de que la Condesa no tiene que decir nada para provocar miedo, en sí misma encarna la maldad, incluso en el texto se menciona: “Por eso, tal vez, representaba y encarnaba la muerte” (21), lo atroz es algo adherido a ella y los lectores lo intuyen, no solo por lo que está escrito, sino, porque lo sienten a partir de las sugerencias ocultas, el silencio le permite a los lectores leer entre líneas y así descubrir una doble intención.

Pizarnik, utiliza la elipsis como elemento estético que le permite embellecer los crueles e inhumanos actos de la Vampiresa, Kristov Cerda comenta: “las imágenes violentas cuya esencia bella se procura recoger por esta reducción elíptica” (2015, 10), la autora toma algunos elementos de la historia real, esto no tiene la intención de reducir el discurso, sino, busca reconstruir el crimen a partir de elementos “que le permitan hacer resplandecer el significado (la belleza) en su prístina pureza.” (Cit. Cerda, 2015, 10). No se trata de romantizar y embellecer el acto de asesinar, sino que, la autora pretende mostrar una historia a través de lo bello, para provocar emociones puras en los lectores.

Otro aspecto importante es la inclusión de imágenes, esto permite ejemplificar de mejor manera la historia narrada, de tal forma se presenta una relación imagen-literatura, aunque podría parecer que no tienen relación, ambas se complementan, Paulo Andrés Arias cita a Jacqueline Lichstenstein:

Palabra e imagen son distintas, pero también iguales. Incompletas en sí mismas buscan en la otra su complemento, pero cuando se encuentran resaltan sus diferencias. Esta incompletitud es inherente a toda forma de representación, es el síndrome de la unidad original que liga palabras e imágenes justamente como representación verbal y visual. (2016, 35)

Estos recursos visuales le permiten al lector imaginar con mayor precisión los acontecimientos narrados:

En el encuentro con la imagen, la intención es recuperar el objeto ausente. Esta recuperación está definida desde la subjetividad de quien observa, debido a que la imagen, en rigor, realiza la remisión no al objeto ausente, sino a la “presencia” del objeto en la conciencia del sujeto que mira. (Cit. Arias, 2016, 39).

Dentro de La condesa sangrienta, hay una gran variedad de fotografías que aluden al crimen de Erzsébet Báthory, a continuación se presentaran dos de ellas, por cuestiones de espacio no es posible presentar todas:

Imagen tomada de La Condesa Sangrienta, p. 14
Imagen tomada de La Condesa Sangrienta, p. 16


Ambas fotografías3 son muy descriptivas, algo peculiar –no solo en estas fotografías, sino en todas las que se presentan a lo largo de la obra– es que están a blanco y negro, lo único que se presenta a color es la sangre, algo que resulta perturbador debido al tema tratado por la autora, además presentan algunos simbolismos referentes a lo narrado. La primera fotografía pertenece al apartado “La Jaula Mortal”, en donde se describe como se introducía a las jóvenes en una jaula colgante con clavos que lastimaban a la víctima y debajo la Vampiresa esperaba pacientemente a que la sangre cayera sobre ella.

En la ilustración la víctima se representa con un pájaro, el cuerpo es de una mujer, pero en vez de brazos tiene alas y la cabeza no es humana, sino de un ave, con ello se representa la pureza de la joven –todas las muchachas eran vírgenes y rondaban entre los doce y dieciocho años–, el pájaro representa la libertad, pero al estar en la jaula, simboliza el encierro en cuerpo y alma de la víctima. La segunda fotografía pertenece al capítulo “Torturas clásicas”, este método consistía en flagelar a las jóvenes hasta que su piel se desgarrara, en la imagen la última mujer de izquierda a derecha se presenta teñida de sangre, con ello representa el proceso de tortura ejercido por la Condesa y sus ayudantes.

También, en la imagen se presenta un lobo que simboliza la presencia de Erzsébet Báthory que observa la ceremonia de tortura, además, dentro de la narración se le compara con los lobos: “gritos de loba” (18). Todos esos simbolismos representados en los recursos visuales permiten que el lector se introduzca en los espacios representados y pueda sentir con más veracidad el terror de las víctimas ante la cruel Condesa.

Las fotografías no son el único elemento que permite al lector visualizar los hechos, pues las minuciosas descripciones también son imágenes que crea la autora a partir de la palabra escrita, en el texto se presenta:

Una vez maniatadas, las sirvientas las flagelaban hasta que la piel del cuerpo se desgarraba y las muchachas se transformaban en llagas tumefactas; les aplicaban los atizadores enrojecidos al fuego; les cortaban los dedos con tijeras o cizallas; les punzaban las llagas; les practicaban incisiones con navajas (si la condesa se fatigaba de oír gritos les cosían la boca; si alguna joven se desvanecía demasiado pronto se la auxiliaba haciendo arder entre sus piernas papel embebido en aceite). La sangre manaba como un geiser y el vestido blanco de la dama nocturna se volvía rojo. (17)

Las imágenes representadas no solo pueden ser ilustraciones tangibles, también pueden crearse a partir de los recursos estéticos que utiliza la autora como la descripción y la comparación; esta forma de escribir también revela la forma en la que la escritora percibe el mundo y el lector va ajustando esas imágenes a su realidad, en palabras de Paulo Andrés Arias: “sea de forma consciente o inconsciente los elementos en la escritura van reflejando de algún modo nuestra forma de ver el mundo.” (2016, 37). Es así como la escritura y la imagen se complementan dentro de la obra.

Los silencios dentro de La condesa sangrienta resultan importantes para la configuración de la obra, gracias a ellos la narración consigue un doble sentido que permite transmitir miedo puro a los lectores, las sugerencias hacen que el lector imagine y cree sus conclusiones sobre el texto sin que la autora le exponga claramente la verdad. En un principio puede parecer un texto ficcional o fantástico por la forma en la que está escrito, sin embargo nada de lo narrado es falso, sin embargo, los recursos literarios crean una dualidad literatura-realidad. Por último, los recursos visuales también funcionan como silencios, pues sin necesidad de palabras y a través de los escenarios representados comunican lo ocurrido en el Castillo de Csejthe.


Notas

1 Esta obra se publicó por primera vez en la revista Testigo.

2 V. Rmírez, Juan. “Hacia una retórica y una poética del silencio”.

3 Las imágenes presentadas en La Condesa Sangrienta pertenecen al argentino Santiago Caruso (1982).


Bibliografía

Arias, Andrés. Voces desde las sombras en “La amortajada”. Tesis de Maestría, Universidad de Concepción, Facultad de Humanidades y Arte, 2016, pp. 4-40.

Cerda, Kristov. “Estética y sadismo en La condes sangrienta de Alejandra Pizarnik”. Estudios filológicos 56 (2015): 7-19.

Montenegro, Rodrigo. “La condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik: una poética sin límite. El horror de la belleza; la belleza del horror”. Espéculo. Revista de estudios literarios 42 (2009): 1-28.

Pizarnik, Alejandra. La condesa sangrienta. Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2012.

Ramírez, Juan. “Hacia una retórica y una poética del silencio”. Revista CS 20 (2016): 143-174.


María Fernanda nació una tarde de marzo en la Ciudad de México, mujer de nombre fuerte. Fue criada bajo el seno de mujeres valientes, quienes la motivaron a no espantar sus sueños con el “yo no puedo”. Actualmente estudia la licenciatura en Letras hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana la “casa abierta al tiempo”. Es amante de los gatos, se identifica con cualquier manifestación artística y con el feminismo. Comenzó a colaborar en La Coyol Revista en mayo de 2021 con el artículo «Yo nací libre: el desengaño del “amor romántico” en el Quijote». Su tiempo libre se lo dedica a la pintura.

Con ternura, para ti | Mi primer beso.

Por: María Daniela Ortiz Soriano.
Fotografía tomada por Daniela Ortiz, 2014.

El año en que Monse cumplió 15, fue el año de su primer beso. Sus compañeras de clase a veces le hacían comentarios hirientes por ser la única del grupo que no había besado nunca a un muchacho y, aunque a Monse la idea de besar a un chico la tenía sin cuidado, las fugaces burlas y juicios de “rara” o “mojigata” si le molestaban, ¿Por qué importaba tanto si besaba o no a un chico?

Pero Monse solo era una niña de 14 años. A ella le gustaba más la Biología y bailar que buscar novio entre sus compañeros de escuela, sin embargo, ella soñaba con enamorarse. Veía las telenovelas en casa de su abuelita (todas las tardes, después de hacer la tarea, ella bajaba a casa de su abuelita a cenar) y suspiraba con la idea de un romance. ¿De quién se enamoraría? Quién sabe, eso también poco le importaba.

Así llegó el fin de la secundaria para Monse. Además de las emotivas despedidas entre los estudiantes, llegó el momento de prepararse para los exámenes de admisión a la preparatoria, trámite que se realiza aquí, en México. A pesar de ser una buena estudiante, Monse decidió tomar cursos de regularización escolar y ahí, fue donde conoció a Sarahí.

Sarahí era, en palabras de Monse, un “fenómeno” pero en el sentido extraordinario. Ella era ruidosa y su cabello esponjado y negro, pintaba sus ojos con delineador negro y usaba pulseras y gargantillas, además olía a frutas y caramelo. Tenía una apariencia que tal vez definan “intimidante” pero su carácter era abierto, franco, empática y cariñosa. En cambio, la apariencia de Monse era promedio, no destacaba de las demás, pero en palabras de Sarahí, Monse tenía un aroma a naranjas dulces que notó desde el primer día del curso. Ambas se hicieron amigas, no de inmediato, pero si en los primeros días.

Hacían la tarea del curso juntas y apoyaban las participaciones de la otra durante clases, cuando era la media hora de receso, bajan a la tienda a comprar golosinas. Sarahí era muy glotona y compraba cualquier dulce, pero Monse no, y fue con su nueva amiga con quien probó por primera vez las frituras y dulces empaquetados que su madre le tenía prohibido. Entre los 10 y 15 minutos que les sobraban después de comer, Monse le enseñaba a Sarahí de la música que bailaba y Sarahí aprendió a bailar.

Cuando terminaba el curso, una esperaba a la otra hasta que llegaran sus padres y las recogieran y, como no había redes sociales en esos años, esperaban hasta el otro día del curso para volver a platicar de lo que vieron en la tele, cenaron, hicieron en la escuela, etc.

Ambas comenzaron a quererse más más allá de su amistad. Sarahí fue la primera en sentirlo cuando el primer día del curso, olió el perfume de naranjas dulces en el cabello de su amiga, provocando su primera atracción hacia una chica. Monse, en cambio, nunca sintió ese arrebato, pero sentía una enorme ternura hacia Sarahí una vez que la conoció más allá de su apariencia vibrante; entre más dulces compartían, entre más pasos de baile le enseñaba o secretos se confiaban, más crecía la ternura en el corazón de Monse, hasta sentir un gusto mayor por el aroma a frutas y caramelo de su amiga.

A veces Sarahí se acercaba tanto al rostro de Monse en busca de un beso, pero Monse al principio no entendía su coqueteo, lo que hizo pensar a Sarahí que su amiga no sentía lo mismo por ella y que tal vez, estaba mal sentirse enamorada. En cambio para Monse, día a día crecían sus ganas de mirar más de cerca los ojos de Sarahí, de conocerla y pasar más tiempo juntas; cuando ambas se hicieron inseparables, al grado de ir juntas a su examen de admisión para darse valor, se dio cuenta que le gustaba su aroma, sus manos y la forma en que su amiga se acercaba a su rostro como ocurría en las telenovelas que veía con su abuela.

Se querían y se amaban. Sarahí se sintió atraída primero y Monse lo hizo cuando su amistad era un lazo más fuerte. Pero llegaron los resultados de los exámenes y ambas fueron seleccionadas en escuelas diferentes, no pudieron estar juntas. El último día que se vieron, fue cuando presentaron los exámenes, donde se despidieron intercambiando números telefónicos. El último día que hablaron, fue por teléfono en la mañana que vieron los resultados. En esa llamada, Sarahí le confesó a su amiga que la amaba y que le gustaba desde el primer momento que hablaron; Monse correspondió sus sentimientos y lloró un poco, porque no podría ver a su amiga en el nuevo ciclo escolar. Antes de colgar, Sarahí besó el teléfono para que Monse lo escuchara. Ese fue su primer beso.

La verdad, no sé si Monse y Sarahí se volvieron a encontrar. Pero estoy segura de que Sarahí aceptó que le gustan las mujeres y Monse que está bien no sentir atracción física hasta no forjar un vínculo emocional. Su primer beso les enseñó mucho sobre querer y amar (se). ¿Y el tuyo?

Con ternura, para ti.

Maria Daniela Ortiz Soriano. Egresada de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana de la UNAM, y Técnica Auxiliar Museógrafo Restaurador por la misma institución. Sus áreas de interés son la investigación literaria en el campo de dramaturgia y literatura Mexicana, la escritura creativa, investigación en perspectiva de género y teoría feminista, los programas de divulgación cultural, la Museografía y restauración del acervo histórico de la nación, y la participación activa en montajes escénicos.  

«Escribo porque me gusta vivir y me gustan las mariposas.»