Piscina privada.

Por Eiden Guerrero Zaragoza.

Es que tropezar lo hace cualquiera,

pero tú, 

tú tropiezas con el aliento de las palabras  

con el corazón caído que se atora en las cobijas

con la frente en alto, con la punta del zapato

pero tú, 

tú sacas la cabeza 

de la piscina de pirañas 

que hincan pudor en tus arterias

que hacen un festín de tus pies raspados por el asfalto

que se aparean con tu sexo lesionado 

y anidan en la armonía de tus llantos 

de los que huyen

con un carraspeo

(están y luego ya no)

descienden con uñas quebradas

  por la garganta 

La superficie no tiene linde

entre la corona otoñal y la quijada abierta,

ni siquiera el brinco te ha de sacar

de la piscina que con celo

te escondes en el pecho

…y tú sin saber nadar.



Eiden Guerrero Zaragoza, Poeta, cuentista, gamer, feminista. Nacida en el estado de Hidalgo el 26 de febrero de 1996. Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad autónoma del Estado de Hidalgo. Finalista del III CERTAMEN DE RELATO CORTO “URRIKE” del año 2020, con el relato No estás realmente aquí. En el periodo 2018-2019 cursó el diplomado en línea de Literatura Europea Contemporánea por el INBA. Beneficiaria de la beca Voces Flamantes 2021 del Centro Transdiciplinario Poesía y Trayecto A.C.


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Infarto cerebral de mi abuela.

Por Julieta Teresa.

Infarto cerebral de mi abuela

A Delfina

Ha muerto parte del sol que levantaba los tallos de tus campos de flores

te quedaste          con el cuello roto hacia la derecha, abuelita

Con la columna 

vegetando su vejez

        tu vejez

y como te ves me veré, si no tengo suerte

Y mi estrella también se muere total o parcialmente

por una falla del tiempo interno 

También dejaré de recordar los nombres de mis hijos 

Los días tendrán menos horas 

Mis pies serán cera para mi propia ofrenda

Hoy la zona de penumbra ha arrancado la raíz lumínica de tu vida

Y se rompe más a la derecha tu cuello y tu

brazo se vuelve más parte de la andadera que de tu

torso

Y dices: Yo puedo ver

Déjame sola

     Yo puedo

Pero no puedes y no te dejaré sola porque está muy oscuro

Y yo tampoco veo



Julieta Teresa, poeta

IG @letrasdejulietateresa

FB Julieta Teresa


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Rapiña.

Por Alejandra Estrada Velázquez.

I

Un ave carroñera circunda mi sexo

muerde mi seno izquierdo

picotea mis muslos        hurga en mis riñones        anida en mi esófago   

   escupe 

                 mi 

nombre

mi nombre  

que sangra 

     en la punta 

de su filoso graznido

II

ave efímera 

ave momentánea

ave del instante

soy la rama seca donde te ocultas

soy el viento en el que te deshaces

porque desearme te avergüenza

ave sin rastro

ave enigma

III

(meditación)

A quién le dan pan que llore

y un cuerpo apto con un sexo listo

y la jerarquía más alta

y la categoría más importante en la taxonomía

y el eslabón dominante de la cadena alimenticia

y el origen del mundo

con estatuas de mármol y huellas en el paseo de la fama

y la fuerza de los héroes

y la forma de los dioses

y ejércitos

y la guerra 

y su victoria

A quién le dan pan que llore

y la tierra con todas sus mujeres

y una madre que sabe canciones de cuna

     su regazo

su leche convertida en galaxias

y otra y otra y otra mujer 

con el sexo atravesado por el miedo

como si la penetra la historia con todos sus hombres

y sin embargo, un sexo listo

a quién le dan pan que llore

IV

Un hijo tuyo

fecundado de instantes

Un hijo tuyo

producto de la impermanencia

Un hijo tuyo: 

pajarillo ciego

                      Tiresias minúsculo

Un hijo tuyo

V

Sueño con tus ojos desbordados de noche.

Sueño con tus ojos repletos de infiernos.

Sueño que soy un cadáver arrojado al desierto.

Sueño que de  mis ojos nacen flores.

Sueño con un buitre que traza la trayectoria de su hambre sobre mi cuerpo.

Sueño con un buitre que tiene tus ojos. 



Alejandra Estrada Velázquez, poeta.


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Aguasal.

Por Mariana Duque García.

Tengo una fisura que se expande a medida del tiempo, que a su vez me quema y me irrita, crece y come como planta carnívora o como rata, y roe todo mi cuerpo. Está fisura entra a mis pulmones como arena, y ya solo puedo ver el mar, el mar rojo, lleno de peces negros y maletas abiertas gritando recuerdos, esos que atraen mil quinientas cinco mariposas amarillas, amarillas, milquinientas, invocando al Macondo ahogado.  En este vago recuerdo, como los barcos y aviones de papel, mis lágrimas flotan por los mares y los aires de mi cara, especialmente por mis las cordilleras de mis  mejillas. Ahora lo veo, mis pies, ya no son pies, son aletas, esas mismas que uso para volar o nadar , todo depende de mis climas interiores, de mi falta de letras y mi desborde de sensaciones , como el fuego cuando lo alimentan y solo tiene tiempo de alumbrar hasta enceguecer.    



Mariana Duque García, se desempeña como actriz, directora de teatro, escritora y dramaturga,  terapeuta y  modelo para producciones artísticas, fundadora y directora de MANGO COLECTIVO, grupo enfocado en el arte del video performance. También ha participado como escritora en el libro “contadoras de Historias” en alianza con la Organización de Naciones Unidas de Noruega, de igual manera ha publicado en la revista virtual “INNOMBRABLE,  también con publicaciones en la revista latinoamericana “OUROBOROS”, laboratorista de técnicas corporales y  de mediación Museo de Antioquia 2021. Consejera de cultura del municipio de El Santuario, estudiante de noveno semestre de Licenciatura en teatro de la Universidad de Antioquia, egresada del I er diplomado de arte y técnicas circenses ofrecido por el Ministerio de Cultura. (La Unión – Antioquia. 2019). Directora de LHACERARTE TEATRO desde 2019.


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El último ritual.

Por Miriam Robles.

Desde la semana pasada contemplo mis manos salpicadas de recuerdos. Nadie más lo nota, pero ahí están y me hacen cosquillas. Es imposible dejar de sonreírles o suspirar cada vez que se manifiestan como pequeños hologramas en mis palmas. Sus colores son cálidos al igual que esta tierra pero la danza que los acompaña me parece druida, celta, muy antigua. Quisiera atrapar algunos y hacerles su propia caja musical, luego pienso detenidamente que ya son parte de una: ellos vienen de mi memoria. ¡Tremendo cofre debe ser aquel! Repleto de ideas, pensamientos, cánticos, recetas, colores, personajes y mundos. 

Su presencia se ha intensificado durante el plenilunio de mayo. Ni siquiera he tenido que preguntármelo, ya sé la respuesta. O al menos lo descubrí esta madrugada en el patio, donde terminé de trabajar un par de cuadros y limpié mis esculturas. Me invadió repentinamente una nostalgia que no había sentido en muchos años. Al entrar a la casa, otros recuerdos más vívidos se asomaron de las bolsas de té y mis frascos de especias, algunos más reían con los pinceles en el estudio y los más entrañables, me aguardaron pacientes en mi alcoba. Los retratos en las paredes y las viejas fotografías ahora me contemplaban a mí. En ese instante, sentí los párpados cansados, la vista borrosa, casi no respiraba…

El Espíritu de la Transmutación impregnó mi hogar. Recostada en la cama con aquellos rostros flotando por toda la habitación, empecé a sentirme un poco desconcertada. Todavía no amanecía, de eso estaba segura pero ya no podía distinguir si aún estaba despierta o soñaba. Fue entonces que miré mis manos y ya no sujetaban fotografías ni bailaban los recuerdos en ellas. Tampoco encontré las manchas de mi piel y sus arrugas. Me veía rejuvenecida, ligera como pluma y descalza. Naturalmente, no tenía idea de lo que sucedía conmigo pero no me importaba caminar en medio de aquel lugar esplendoroso que me parecía tan familiar. Al dar un paso tras otro, mi memoria colapsó y los recuerdos llovieron sobre mí. De pronto, ese espacio y yo éramos uno mismo y pude reconocerme en mi propia consciencia. 

Debo partir desde aquí. Edward hizo un excelente trabajo. El jardín es hermoso, laberíntico y vivo: se mueve como una serpiente gigantesca. Es parte de un todo. Ahora comienzo a sentir cómo mi cuerpo se desvanece. Lo sé, estoy lista para sazonar el Cosmos con mi polvo estelar. Por eso me he reunido con mi alma hermana Remedios. Trajo sus gatos helechos y los liberó en el bosque. He traído al único animal lienzo, a mi siempre amado Caballete, un potro blancuzco que pide a relinchos que alguien lo convierta en eternidad. En ese algo que fascina al ojo humano, en arte sublime, en belleza que inspira, que te arranca lágrimas cuando la miras. Caballete quiere ser unicornio y sólo los duendes de Xilitla podrán revelar su verdadera identidad. Es preciso que les deje mi obsequio. Edward lo entenderá. Mi intervención es necesaria en este mágico lugar antes de cruzar las fronteras de mi propio limbo.

En este momento, me encuentro ante las imponentes estructuras del jardín y un espectacular desfile de orquídeas, aves, reptiles y mamíferos elegantes me reciben en la entrada. Daré inicio al ritual que les he preparado y para que no haya confusiones entre los presentes se los describiré a continuación: 

Primeramente, subiré por sus más altos escalones y dejaré las copas rebosantes de pintura fresca. También esparciré las pastillas de colores en trocitos junto a un montón de nueces. Por supuesto, no podrían faltar las acuarelas remojadas con agua de rosas. Un festín para los duendes y las quisquillosas hadas de la luna llena. Remedios subirá conmigo hasta el último peldaño y llamará con su ocarina tallada en ámbar a los gatos helechos. Acudirán aturdidos por la melodía y tirarán las copas, derramando un perfecto arcoíris. Las ardillas se comerán las nueces que he trozado con mis botas y extasiadas tomarán cada una un puñado de colores pastel y lo arrojarán al aire como en pleno festival Holi. Vendrán pajarillos a bañarse en acuarelas y salpicarán los peldaños, las columnas, la tierra. Con un silbido mío, Caballete marchará contento y su danza atraerá a los duendes. Lo montarán y peinarán con trenzas repletas de florecillas olorosas. Entonces, Remedios y yo, bajaremos y nos uniremos a la danza, seremos coronadas como ninfas del bosque tropical. Los duendes pintarán sobre el lienzo potro y nos marcharemos en silencio, mientras los gatos helechos se mecen con el viento y ronronean un cántico lunar. Para el gran final, jalaré las cuerdas que traviesamente he colocado entre los árboles y caerán los botes de pintura sobre el castillo. 

Mi último ritual, ha culminado: la cascada de acrílicos que se forma es el umbral para que la magia atraviese. Caballete ahora luce como un auténtico Pollock, no necesita ser unicornio, ya lo era. Voltea a vernos y nos dice que se irá a Nueva York con los duendes y armarán una banda instrumental. Remedios y yo nos tomamos de las manos y cruzamos el umbral de un salto.

Las hadas de la luna llena vierten aguarrás y lo queman todo, purifican el espacio. La vida en Xilitla es así, reverdece por donde mires y camines. Una vez más, olerá a renacimiento. Edward sabe que vendrán otros como nosotras, lo sabe por eso hizo con sus propios sueños y manos de alquimista este majestuoso reino atemporal, enigmático y sereno, un jardín vasto en escenarios multicolores e hipnóticos sonidos, el más hermoso laberinto que una hija de Minotauro pudo recorrer en libertad. Mi amigo Edward ha creado un puente hacia el infinito y es donde mis sueños o este último sueño gozoso, con todo y mi nonagésimo cuarto aliento de vida se fusionarán con la brisa que acarició alguna vez mis pies en este mismo lugar. 



Miriam Robles Medellín, (La Paz, Baja California Sur, 1990). Licenciada en Lengua y Literatura por la UABCS. Como parte de su formación profesional, se ha especializado en Narrativa y después, en Literatura Fantástica, por la Cátedra Extraordinaria Carlos Fuentes de Literatura Hispanoamericana (UNAM). Activa promotora cultural con experiencia en el apoyo logístico de presentaciones editoriales y difusión de eventos artísticos, culturales y literarios. Ha sido publicada en la revista CascabelFatum Lumpérica. Actualmente, es maestra del Taller de Creación Literaria en Casa de Cultura del Estado de BCS «Mtro. Armando Manríquez Manríquez» y mediadora en Círculo Literario «El Cuervo Lector». 


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Insistir .

Por Sandra Ivette González Ruiz.

Escribo para insistir en lo vital, 

en lo que nos mantiene vivas,

juntas, 

en lo que nutre,

en el aire. 

En lo que sana y nos conecta con nuestra oscuridad más profunda,

sin que eso signifique destrucción.

Insisto para limpiar mis heridas y respetar la pus que emana de ellas.

Para detener la sangre,

para conjurar posibilidades,

para nombrar mi cuerpo como me plazca,

para romperme y tejer nuevos comienzos.

Escribo para dolerme e insistir en el placer.

Para imaginar territorios y jardines propios y colectivos.

Para dibujar jaulas abiertas.

Para que el silencio no me devore.

Para que el silencio no te devore. 



Sandra Ivette González Ruiz, es poeta, investigadora y bordadora feminista. Viene de una genealogía de mujeres oaxaqueñas. Se doctoró en Estudios Latinoamericanos, UNAM, con la tesis «Cuerpo, violencia y transgresión. Constelaciones de mujeres que escribieron poesía durante las dictaduras en Chile y Argentina». Imparte y coordina talleres de escritura poética para mujeres diversas. Tiene dos poemarios publicados en La Jardinera. Club de Lectura y Casa Editorial: «Apuntes para entrar en un jardín» y «Del cuadernos de notas de la Mujeres Pájaro o algunas maneras de despedirnos». Ha participado en antologías de poesía, la más reciente se titula «Alguien aquí que tiembla. Celebración poética de mujeres. Año 1 de confinamiento», publicada en Ediciones Sin Nombre.


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La bestia.

Por Laritza Perez Rodriguez.

Dentro de mi casa soy una bestia insomne. No importa el cansancio, el esfuerzo o los brebajes: dentro de mi casa no puedo dormir. La certeza de saberme en un lugar no-seguro me lo impide. Cuando cae la noche, y las luces se apagan, yo monitoreo cada ruido. El crujido del techo. El empuje del viento en las ventanas. Los cuerpos que se mueven en la habitación de al lado. Mi cuarto no tiene puerta. Nada me protege. Suelo esconderme en el baño. Compruebo obsesivamente que nadie pueda entrar. Tomo la llave y la escondo en mi bolsillo. La puerta del baño me protege del resto de la casa. Afuera, aguardan por mí. La mirada de mi padre, que se escurre por mi cuerpo helándome los huesos. La palabra hiriente de mi madre, que me reprocha el acto de no ser “buena hija”. He nacido del vientre de una madre-ciega, madre-esclava, madre-cómplice. La hija (no pródiga) que se entrega en un ritual de sacrificio. Soy la bestia que no merece ser salvada. La incorregible. La irreverente. La que osó crecer cuando la preferían niña. La que se niega a dormir y guarda siempre un cuchillo (que nunca ha usado) bajo la almohada. Soy la bestia que se refugia tras la puerta del baño, y llora porque no posee la fuerza de las bestias mitológicas. Golpeo mis puños contra las paredes hasta que duelen. Los veo sangrar. En los cuentos nunca hablan de la sangre de las bestias. Son sus muertes inminentes. Necesarias. Para las personas que visitan mi casa soy un ser detestable. No saludo con besos, ni levanto la mirada cuando me hablan. Todos aseguran que estoy loca. Me distraigo cortando mi labio inferior. No comprenden la paz que trae consigo el sabor a metal. La sangre de una bestia prueba que está viva. Aunque las miradas de los hombres la profanen como si estuviera muerta. Mirar el piso del baño me distrae. Memorizo sus patrones (flores y manchas). Mi mamá limpia esas baldosas todos dos días. Aunque esté cansada. Aunque sea tarde. Aunque mi padre lleve horas en el sillón del portal, insistiendo en que me siente en sus piernas. Mi mamá me regaña porque me niego a sentarme. Me culpa de las penurias de nuestra familia. Restriega en mi cara que no quiero a nadie. Tiemblo de rabia. Convulsiono. Y me pregunto: cuándo fue que mi mamá olvidó que, también ella —una vez—, fue la bestia. 



Laritza Perez Rodriguez, cubana de 28 años que ama la literatura y las gatas. Soy psicóloga y activista por los derechos de las mujeres lesbianas y bisexuales.


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Hipnótica.

Por Elsa Méndez Silva.

Hipnótica, onírica.

Intrépida gacela,

entre faros y sirenas

cruzaste la avenida.

Centella dorada,

tu ráfaga de viento 

alteró la brújula 

de mi corazón rígido.

Esa noche, me sincronicé contigo.

Y aprendí a escapar 

del tiempo lógico

para llegar a un espacio mágico.

Escenario de gacelas

nos fundimos en un rito

corporal, cinestésico,

lenguaje percusivo.

Cíclico encuentro.

Noche tras noche 

 hembra-mujer, 

nos aprehendimos

Hoy,

sé que no es delirio.

Una gacela en alerta

está conmigo.



Elsa Méndez Silva, nació en la Ciudad de México (1957). Profesora normalista con estudios complementarios a nivel Licenciatura en las áreas de Español y Literatura, tiene gran inclinación por temas relacionados con la Literatura Infantil, el Arte en la Educación, la Lectura en Voz Alta. De 2011 a la fecha ha participado en talleres de lectura y poesía que le han permitido explorar sus posibilidades creativas a través de la palabra. Hasta el momento ha participado en publicaciones colectivas: Sublevación y delirio (2011), Bosque de palabras (2014), Cortezas (2018), La Coyoxauhqui Revista Digital Número 2 (2021), Sensualidad y Naturaleza II (2021),  Los días azules (2021).


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Llegar al horizonte.

Por Yusimí del Toro Pérez.

¿Qué hay más allá de ese prado brillante? Allá donde las palmas se confunden con el cielo y se vuelve verde el horizonte. -Esa era la pregunta de Marla cada miércoles; pero esta vez sus pasos se perdieron en la espesura.

Tropieza y cae. Toda enlodada reacciona y con algo de esfuerzo logra liberar su zapato, atrapado entre las gruesas raíces de un framboyán. Sobre el fango, una capa de flores rojas esperaba por sus manos. No importa un poco de tierra húmeda; llevó unas cuantas hasta su dorada cabellera y la nueva corona, le dio un toque de ninfa, de niña, de reina.

Olvidando el tiempo se entregó al viento, mientras reía y alzaba la mirada para ver en toda su magnitud al padre de sus rojas flores. -¿Cómo se le ocurrió la idea de tener un bonsái de framboyán? – pensó de repente. -¿Cómo hacerlo y no sentir que hiere sus raíces, que deja trunca las ramas, que limita su florescencia?- Se alegró de no haber iniciado su proyecto y avanzó por el estrecho camino que la llevaba hacia la luz.

Al principio fue cegada por el resplandor del sol sobre las hojas. Era evidente la primavera. Los verdes brotes de hierba, con diferentes matices cubrían el prado; como una manta dispuesta a recibir al viajero cansado. Recordando los campos, donde alguna vez corrió con sus primos, dio largos pasos en círculo; con los brazos abiertos se dejó caer en el mullido colchón terrestre, y cerró los ojos.

¿Cuánto tiempo ha pasado? – se pregunta Marla, cuando el calor del sol molestaba en su rostro. – Debo continuar, quiero llegar al horizonte. Se incorporó de un salto, imitando a los acróbatas circenses y echó a andar. Como no tenía reloj no pudo precisar la hora, pero cuando sus pasos comenzaron a adentrarse en los arbustos, observó que el sol se encontraba avanzando al suroeste y calculó que quedarían apenas tres horas antes que llegara la noche.

Siete palmas reales se alzaban a unos cien pasos de ella. -¡Ah! ¡Bellas!- gritó a los cuatro vientos. – Con razón está en la mayoría de nuestros paisajes, en las pinturas, en el escudo – pensaba, y a lo lejos otros árboles teñían de verde el espacio. Verde horizonte que adentraba sus brazos en el cielo. Verde y azul, como el mar.

Un golpe de aire fresco le hizo ver que era hora del retorno y se dispuso a regresar en una sola carrera. 

– Ahora les voy a entregar una hojita para que escriban. 

– ¿Una pregunta escrita? 

– Exacto. Es para que expongan el objeto de estudio de las ciencias políticas. 

El alboroto espabiló a Marla, que seguía con la mirada perdida en la pintura colgada en la pared del aula.



Yusimí del Toro Pérez, escritora.


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 Ilustraciones.

Por Cristina Meza

«Fantasma» (2020)
Óleo sobre papel
25 x 32.5
Cristina Meza
«Aparición» (2021)
Óleo sobre bastidor
18 x 23 cm
Cristina Meza
«Infancia» (2020)
Acuarela sobre papel
10 x 15 cm
Cristina Meza

Ver

Ahora estás frente al espejo y reconoces un rostro ajeno para mí

“se te han adelgazado los labios” piensas

y prosigues a mirarte los ojos

como para saber si en ellos

todavía habita la niña

que teme a la oscuridad



Cristina Meza Olivares, Guadalajara, Jalisco, 1997. Poeta y artista plástica. Autora del poemario Nada se mueve por Ediciones El Viaje. Ha publicado en antologías, revistas y medios electrónicos, como El Debate, Sin Embargo, Tierra Adentro, Revista Levadura, Engarce, El Creacionista y Liberoamérica. En 2019 presentó su primera exposición de pintura en solitario Variaciones de lo Intimo en Ciudad Guzmán, Jalisco y en 2021 su segunda exposición Enfermedad y muerte en el Museo del Arte y la Historia de Ocotlán, Jalisco.


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