Letras desarraigadas|Piku´unk matyakyë

Por Kiixy Miriam

Mi madre me acomoda,

en su espalada voy,

cómoda en el rebozo,

a ratos durmiendo

y en otros siento que vuelo.

Veo los árboles,

sus copas tan altas,

escucho el andar del agua,

Me vuelvo a dormir.

[…]

Se escuchan los instrumentos vibrar,

la gente rezando en ayuuk,

agradeciendo,

implorando.

Hemos llegado al santuario del señor de Alotepec.

La abuela nos llevó,

desde la madrugada emprendieron el viaje

y en la tarde nos recibió la música.

[…]

La abuelita lola pidió por todos,

agradeció a et naaxwiin1,

pasó la limosna sobre mi cuerpecito,

de sus labios surgieron rezos en ayuuk.

Intercedió por esta Piku´unk2,

deseándole un buen camino,

un destino “mejor”,

pidiendo que tenga fuerza,

para enfrentar la adversidad.

Que pueda conocer otros lugares,

otras maneras de vivir,

pero que no se olvide de su raíz,

que siempre regrese a su origen,

al lugar donde está su pu´utskj3.

1 Naturaleza

2 bebé

3 ombligo


Kiixy Miriam

Miriam J. Chimil es una mujer migrante ayuuk. Nació en San Juan Metaltepec, mixe, Oaxaca. Desde pequeña la separaron de su hogar y creció en la periferia de la ciudad de México. Ahí disfrutaba explorar y recorrer los vestigios de naturaleza. Eso la llevo a estudiar biología y a centrarse en la relación mujer- naturaleza. Su ombligo la regresó a su origen a estudiar las plantas y el conocimiento generado por sus ancestras. A través de la escritura recrea sus vivencias y reflexiona sobre la migración y su identidad al encontrarse en el limbo entre el campo y la ciudad.


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Insurrecciones Estéticas | Duelos y duermevelas

Por Selvia V. Kotasek

A veces, el sueño es el camino que encuentran los vivos para evadirse del mundo, y en ocasiones los muertos se comunican con ellos para hacerles olvidar la tristeza y la soledad.

Sueño profundo, Banana Yoshimoto

Cada cierto tiempo me pasa (y estoy segura de que no soy la única) que el aura de algún libro, película o canción me llama de manera particular, como un susurro que me invita a responder a un mensaje que luego de leer, ver o escuchar, entiendo por qué debía recibirlo.

Algo así me pasó hace poco con “Sueño profundo” de Banana Yoshimoto, un libro con tres relatos de la autora japonesa que, aunque independientes, se unen por las experiencias de sus protagonistas que entretejen pérdidas, duelos, incertidumbres y resoluciones a través de un hilo común: el sueño.

En las tres historias hay ausencias. La muerte está siempre presente, no como amenaza, sino como certeza que devuelve una pregunta que, por lo menos en mi experiencia, se vuelve recurrente cuando perdemos a alguien: “¿y ahora qué sigue?”. Una pregunta (permanentemente implícita) sin respuestas claras o inmediatas, pero que permea en esos momentos inciertos y borrosos que acompañan un duelo.

A lo largo de los relatos, el sueño se vuelve enemigo, aliado, obstáculo, posibilidad, desamparo y refugio. Y una como lectora, encarna cada una de esas posibilidades. Mientras leía, pude (re)vivir la sensación del sueño pesado a través de las ocasiones en que pararme de la cama era un gran desafío. Resoné con los largos períodos de sueño que permiten evadir la realidad y recordé el deseo por los encuentros imposibles que ofrecen los viajes oníricos, irreales y breves.

En cada página me fue posible acuerpar las sensaciones que Yoshimoto evoca de manera fina y cercana sobre lo que se vive ante una pérdida: los baches que parecen eternos; el estado de duermevela que no es sueño pero tampoco vigilia; el letargo y la sensación de ir en automático en una vida que ya perdió sentido y dirección.

Sin embargo, a pesar de la dureza de los temas elegidos, hay en cada relato un final enternecedor protagonizado por relaciones entre mujeres de diferentes dimensiones, cuyo amor y cuidado transcienden para instalarse en nuevas certezas que permiten transitar hacia una nueva fase de la ausencia de la persona amada. Una ausencia que no se hace menos, pero sí más llevadera.

Por supuesto, no pude evitar resonar con ello, pues si bien las experiencias de las protagonistas giran en torno a relaciones con algún hombre de sus vidas, es en sus relaciones con otras mujeres donde encuentran respuestas, descanso, paz y fuerza.

Destaco, además, que las certezas encontradas por las protagonistas no descansan en hechos racionales o verdades absolutas. No se trata de la resolución del duelo (término que le encanta a la psicología clínica) o de resolver cada aspecto de la vida. Se trata más bien de creer. Dar un voto de confianza a aquello que no tocamos pero que sí sentimos. Permanecer abiertas y atentas para recibir mensajes o incluso tener conversaciones en sueños.

Se trata de dejarnos llevar ante la posibilidad de habitar la ausencia desde un lugar de dolor, pero no necesariamente de sufrimiento. Una posibilidad nutrida desde el pequeño gran acto de fe que se requiere para creer que quienes ya no están, siguen aquí, tal vez no de la manera en que quisiéramos, pero en forma de historias, recuerdos, imágenes, olores, canciones, libros… que se vuelven susurros y a los que sólo queda responder.

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Letras Revueltas |¿Tránsitos o estadías?

Por Illari Alderete

Noviembre es el mes de los cumpleaños: mis amistades y yo nacimos en este mes. “¿Qué significan los cumpleaños?”, les pregunté a los asistentes de mi taller y les pedí que hicieran un listado de asociaciones. Primero aparecieron las comunes: regalos, pastel, mañanitas… aunque en los listados también se asomaron (tímidas, temerosas, tambaleantes, a media voz) temáticas “extrañas”: cirugías, decepción, tristeza, lluvia, Halloween. Pregunté la razón de algunas. Una compañera me dijo: “Cirugía, porque el año pasado, en mi cumpleaños, operaron a mi tío”. Sonreí, el año pasado también operaron a mi hermana. Coincidimos. 

En la cultura occidental el cumpleaños es una fecha de celebración: en las películas, series o telenovelas es el día especial para cada persona. ¿Qué ocurre cuando no puede ser así? ¿Por qué los cumpleaños, años nuevos y navidades son a la vez los días más frustrantes para algunos? De los mismos listados de mi taller puede inferirse una posible respuesta: expectativas muy altas. Y no sólo eso, sino que en los cumpleaños ocurre algo similar que en los años nuevos: una revisa lo que ha logrado. Al menos, ese es mi caso. Me gustaría transitar por los cumpleaños sin hacer el recuento de lo que he vivido, porque mi mente, ansiosa, me dice: no has hecho nada. No ha cambiado nada. 

A los cumpleaños se suma una doble catástrofe. Una espera una fiesta impecable, amigos que se diviertan, baile, risas, comida excepcional, regalos. Y allí mismo aparecen los demonios: el carácter de la familia, las expectativas, los rezongos, los reproches. El paso del tiempo. ¿Cómo se evalúa la vida humana? ¿Cómo se mide la evolución? ¿Y si no he cambiado, o si he cambiado demasiado? Hasta dónde el tiempo me transforma y beneficia; hasta dónde me destruye. Antes del cumpleaños, una está flotante, esperando. Después, el tiempo se desboca.  

El pasado año nuevo, uno de mis objetivos fue ser más disciplinada. ¿En qué?, en lo que sea. Tengo problemas para leer un libro de corrido, para ver una serie, para levantarme y dormirme a la misma hora. En mi familia soy el patito feo que no puede cumplir las órdenes, los límites, los horarios. Yo pienso que me falta disciplina. Leo qué hacen las escritoras y los escritores para producir sus obras y todos señalan las rutinas. Unas se despiertan en las madrugadas y escriben, otras se quedan en las noches con los fantasmas de sus casas y escriben. Yo casi no escribo. Y aun así digo que soy escritora. 

Las maravillas de las rutinas no sólo las escucho en el ámbito de la escritura, también son comunes en los gimnasios, en los deportes e, incluso, suelen ser la fuente del éxito. En tiktok, instagram y facebook aparecen una y otra vez los reels sobre “¿cómo tener una rutina saludable para mejorar tu productividad?”. ¿En verdad la rutina es capaz de convertirme en una persona exitosa? Después, aparece un vato en otro reel ufanándose: se despierta a las 5 am, corre 40 minutos, se baña con agua fría para despertar el organismo y desayuna té chai para no romper la dieta, mientras escribe en su diario de agradecimiento. La rutina termina y parece que su vida también. 

Se acerca mi cumpleaños y siento mi cuerpo en órbita; “disociado”, como le dicen hoy. No me siento yo. Recuerdo la tenebrosa frase de Eso:  “Todos flotan”, y a Milán Kundera con La insoportable levedad del ser. Esto es sentirse leve, flotar. Sentir que tu cuerpo es ajeno. El cumpleaños me respira en la nuca. Veo a mi alrededor y todo está fuera de lugar, ¿cómo llegué aquí? Me despierto a las 7:30. Veo las redes sociales, aunque mi intención es leer. Desayuno kéfir, fruta, atún o huevo. Me siento en la sala y trato de leer mientras tomo café. El café se enfría. Tomo el celular. Me baño. Voy al trabajo. El tiempo vuela. Lavo los trastes. Hago la comida. Como. Me siento para intentar leer. Las plantas necesitan agua. Me baño. Pasan dos horas. Mi pareja llega, ya no es tiempo de leer sino de ver la serie que hemos visto los últimos meses a la misma hora. A las 11:30 nos dormimos. Me despierto a las 7:30.

Suena el teléfono, es mi mamá. Platicamos sobre los problemas de la familia y cómo solucionarlos sin que les digamos nada a los involucrados. “El lunes es tu cumpleaños”, me suelta. “Mmm, sí”. “¿Qué haremos?, ¿qué harás?”. “No sé, depende de con quién esté”. Últimamente no nos vemos el día de mi cumpleaños porque ambas nos sentimos incómodas. Lo noto en su voz y ella en la mía. “Bueno, te quiero, bye”. Colgamos. La voz de mi mamá me recuerda que pronto va a pasar otro año. Que no soy aquello que esperaba ser; o sí, pero que no se siente como pensé que se sentiría. 

Estoy por cumplir 40. Leí en Los peligros de estar cuerda, de Rosa Montero, que aunque pase el tiempo una no se siente vieja, se siente joven. Ahí está de nuevo la discusión filosófica sobre si somos cuerpo y espíritu o sólo somos. Mi cuerpo envejece, aparecen canas, arrugas, cansancio. Aunque el cansancio lo he sentido la mitad de mi vida.

Han pasado 20 años desde que salí de la universidad. Sigo yendo allí. Cosas han cambiado y yo sigo entrando y saliendo de la misma facultad. Revisitando, revisitándome. Yo me siento como hace 20 años.

Sentir que eres un ser que fue inyectado por los extraterrestres en un cuerpo, así siento la memoria. Se acumulan los recuerdos en mí y a la vez se borran. Me cuentan cosas que hice, cosas que dije, que yo no recuerdo.

Detrás de todas estas preguntas se esconde una fundamental: ¿quién soy, ahora? Me mudé con mi pareja, renuncié a proyectos que me lastimaban, comencé a adaptarme a la rutina del día a día. Mi existencia se mudó de un ser desorganizado, que dormía a las 2 o 3 de la mañana viendo series y que se despertaba a las 11 o 12 del día sin saber qué hacer ni a dónde seguir, si comer o no a este ser en el que la posibilidad del asombro y del vértigo se desvanecieron con la rutina. Sé que no he resuelto esta dicotomía, ni pretendo hacerlo. Añoro los tiempos sorpresas, tanto como amo mis días de paz: los desayunos a las 9 de la mañana, las series a las 9 de la noche. Cada vez que llego a estas preguntas me acuerdo de la frase de Blaise Pascal en Pensées; “Disponiéndonos siempre para ser felices, resulta que no lo somos nunca”. Ya él hablaba sobre la incapacidad humana para mantenernos quietos. 

No quiero negar la necesidad del cambio, a veces marcada por las fechas importantes: las navidades, los fines de año, los cumpleaños.Y aunque la transición hacia la calma fue compleja, tampoco reniego de ella. La vida florea. Se abre paso. Sé que en 20 años, cuando lea este texto, me desconoceré, tal y como lo hice con mis diarios de la niñez. Pero al mismo tiempo sabré que en ese momento, esa era yo, o al menos, que allí me asomaba. Las rutinas pueden ser asfixiantes, tanto como los cambios. El asunto es mantenerse quieto, observar. Rehabitarse las veces que sea necesario. Son inevitables los tránsitos y las estadías. 

Fijo una fecha para escribir, un horario, lo cumplo y allí escribo. La escritura surge de manera espontánea y me siento satisfecha.

Illari Alderete

Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi un año cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.

Extraño Cotidiano | Finisterrae I

Susana Argueta

Caleidoscopio de palabras | Refugio de un pájaro

Por Mónica Benítez

Refugio de un pájaro

En mí hay un pájaro encendido

que se agita,

se agita cuando el aire entra por mi garganta

y sale disparado con las alas bien abiertas 

como flechas, apuntando al panal

y las abejas  

me pican, me envenenan

la corteza

porque no soy una flor blanca con el centro amarillo

soy unas ramas que crecieron por ahí

donde se alojan plumas de pájaros cansados

que perdieron el vuelo de las otras aves

y por eso mi voz es suave

y dolorosa,

de pausas prolongadas

palabras deshilachadas

que agitan 

las plumas del pájaro

pero lo sigo haciendo, 

sigo agitando el panal

porque mi voz es libre.

Mónica Benítez

Mónica Paulina Benítez Castro (Puebla, Pue. 1998), escribe poesía y narrativa, pinta en sus tiempos libres y actualmente estudia la licenciatura en Lingüística y Literatura Hispánica en la BUAP.

De recuerdos, aventuras y reflexiones | Ese primer día

Por Tania Farias

Después de una buena noche de más de quince horas, agotada por un exhaustivo viaje de travesía por el Atlántico y llegar hasta ese pequeño pueblo en la región del Gard, al sur de Francia, desperté en la habitación que se convertiría en mi espacio de escape por los próximos ocho meses. En ese lugar podría alejarme de los miembros de la familia que me recibía, cuando nuestras diferencias culturales y personales me agobiaban; allí lloraría durante horas hasta ser vencida por el sueño y también sería el lugar donde devoraría libros buscando en mis momentos más oscuros y de soledad escapar de allí, al menos con la imaginación.

Mi contrato de Au Pair estipulaba que tenía que disponer de una habitación para mí. Y así fue. Sin embargo, como en muchas situaciones, la familia A cumplía sólo “en papel” con las reglas establecidas por la Dirección de Trabajo de Francia, pero las ajustaban demasiado a su conveniencia y no siempre a la mía.

El cuarto que se me asignó estaba ubicado en el ala izquierda de la casa, justo arriba de la cocina. Esa disposición era cómoda para mí, pues todas las otras habitaciones se encontraban en el lado opuesto de la residencia dándome una sensación de privacidad. Al dormir en el costado izquierdo de esa vieja casa de piedra, tan solo escuchaba un mínimo de las frecuentes discusiones de pareja, a excepción, por supuesto, de las que explotaban en el comedor que se encontraba a medio camino. Era común que los altercados llegaran a los gritos, situación que, como alguien ajena a la familia, me hacía sentir  incómoda, como si fuera una intrusa que participaba de un momento privado que no me pertenecía.

Por otro lado, mi recámara tenía sus desventajas. La primera: el baño que debía utilizar y que compartiría con los niños más pequeños de la familia, P y M, se encontraba en el último piso del ala derecha de la casa. La segunda, mi habitación era una recámara improvisada. En vista de mi llegada, la familia había instalado una cama individual en el cuarto de juegos. Si bien era un espacio muy amplio, donde el mobiliario que se agregó para mí (una cama, una pequeña mesa y una silla), cabía perfectamente entre los anaqueles repletos de juguetes, todos los fines de semana a las ocho en punto tenía a los niños, en especial al más pequeño, tocando y gritando detrás de mi puerta deseosos de jugar. La situación de por sí era bastante molesta, pero lo era aún más los domingos, que se suponían, eran mis días de descanso. Digo que se suponía porque en los primeros meses llegó a ocurrir que la señora C me pidiera echarles un ojo a los niños mientras ella y el señor F salían a hacer algunas diligencias. Viviendo bajo el mismo techo, me era imposible negarme, aunque sabía de antemano que no habría una retribución a cambio de las horas extras trabajadas.  

Lo peor fue que ese tipo de “favores” se volvieron una constante. Incluso, el favor llegó a extenderse a un fin de semana entero en que los señores de la familia A decidieron viajar  dejándome con sus tres hijos a cargo. 

P, el hijo menor, de tan solo cinco años, era un niño rubio, con sus facciones aún de bebé y un tanto regordete. Tenía un carácter fuerte y en numerosas ocasiones me hizo reclamos por la ausencia de su mamá. Para el pequeño P, yo era la culpable de que su mamá no pasara tanto tiempo con él. Por otro lado y para mi fortuna, creamos un lazo de amistad y de mucho cariño con el hermano de en medio, M, de ocho años, quien era más bien pelirrojo, de cabellos muy parados y una carita repleta de pecas. Él siempre estaba al pendiente de mí, era quien me motivaba a leerles por las noches para que mi pronunciación se mejorara y aumentara mi vocabulario; veíamos películas juntos, jugábamos mucho y nos divertíamos. Fue M quien me enseñó muchas expresiones coloquiales y me ayudó a comprender la cultura francesa desde el mundo infantil. Gracias a él pude, muchos años después, cantarle a mi hijo, las  canciones de cuna e infantiles más populares en Francia. Con L, la mayor, logramos crear un poco de complicidad, pero al mismo tiempo me exasperaba su actitud caprichosa y grosera. L también era rubia, de un castaño cobrizo. Llevaba una melena larga y lacia, la cual cepillaba con devoción durante largos minutos cada noche mientras esperábamos la cena. 

En ese mi primer día en Francia, después de estirarme por unos segundos en la cama retiré las cobijas, bien necesarias para esos últimos días de octubre. Caminé hasta el otro extremo de la habitación y me detuve frente a la diminuta ventana. Corrí la cortina y lo primero que noté fue el cielo gris que se extendía sobre los viñedos que comenzaban justo enfrente de la casa. Esa falta de luz estaría presente en muchos de mis días y sería motivo de discusión y de risa en mi clase de francés algunas semanas después. Unos compañeros, una pareja de jubilados de Inglaterra, compartirían con la clase que lo que más apreciaban de vivir en el sur de Francia eran los numerosos días de sol. “Es chistoso”, les respondería yo,  “para mí es todo lo contrario. Cada día que me levanto y abro la cortina lo primero que me pregunto es: ¿por qué nunca sale el sol aquí?”

La casa estaba en silencio y por un momento creí estar sola. En la planta baja me encontré con la señora C quien preparaba un pequeño refrigerio con carnes frías, queso y pan. La señora C, al igual que sus hijos era rubia, de piel muy blanca que se tornaba a un rojo intenso cuando se exponía al sol o hacía un esfuerzo físico. En estatura, era más baja que la mía (como referencia, tan solo mido un metro con sesenta y dos centímetros) y tenía una fuerte corpulencia, todo lo contrario a su esposo, el señor F quien era de cabello oscuro, delgado y un tono de piel que denotaba su ascendencia española.

Eran cerca de las doce del día. Mientras comíamos, la señora C me explicó que los niños estaban en la escuela y que iríamos a recogerlos juntas a la hora de la salida: las cuatro de la tarde. Sería la ocasión para presentarme a las maestras y mostrarme el camino que tendría que emprender por los siguientes meses al menos cuatro veces al día, pues según mi contrato sería mi responsabilidad levantar a los niños menores cada mañana, y llevarlos a la escuela. L se levantaba sola e iba a la secundaria con un bus que salía de la plaza del pueblo y la regresaba al mismo sitio por la tarde. Tres veces por semana, yo tendría que recoger a los niños al medio día, darles de comer en la casa y regresarlos al plantel para concluir la jornada. Los otros dos días, como lo estipulaba el tipo de visa con el que había entrado al país y mi contrato, podría asistir a cursos de francés en la ciudad de Nîmes, que se localizaba a unos veinte minutos de la comunidad donde vivíamos. Esos días, los niños se quedaban a almorzar en la escuela.

Una vez terminado el refrigerio, la señora C me dijo que necesitaba resolver algunos pendientes en una pequeña ciudad, llamada Uzes, a unos cuantos kilómetros de allí. Me invitó a acompañarla. Ella se encargaría de sus asuntos y yo podría explorar un poco el lugar. Antes de salir, pensé que se cambiaría pues vestía unos pantalones un tanto desgastados y una blusa lila sin mangas, con algunas pequeñas manchas de grasa encima. Sin embargo y para mí sorpresa, pues estaba acostumbrada a que en mi país, mis allegados no salían de casa sin un atuendo limpio y en buen estado, tan solo jaló la liga de su cabello para deshacer la coleta que llevaba, se pasó con descuido los dedos por su corta melena  y cogió una chamarra ligera y muy amplia que se puso justo en la entrada de la casa.

En la época feudal, Uzes había sido un ducado, así que en el centro de la ciudad se erigía un castillo que seguía siendo propiedad del Duque heredero. La señora C me explicó que cuando el duque estaba de visita, se izaba con orgullo la bandera con los escudos de su familia en lo alto de una de las torres. Ese día la bandera ondeaba en todo su esplendor.

Después de estacionarnos, caminamos hacia la calle principal, una de las pocas donde circulaban los automóviles, dado que casi todo el pueblo era peatonal. Una vez allí me dijo que nos encontraríamos en ese mismo lugar cuarenta minutos más tarde. Entonces se alejó y me quedé sola admirando todo a mí alrededor. El pueblo era precioso a mis ojos, con edificios tan antiguos, en su mayoría construidos en la época medieval; todos con paredes de piedra blanca y calles de adoquines.

Caminé en contra del flujo de la circulación de los autos. De vez en cuando me metía a explorar alguna de las calles perpendiculares, pero más tardaba en entrar en ellas que ya había regresado de nuevo a la avenida principal. No tenía idea de que tan grande era el pueblo y temía perderme. Había atravesado el Atlántico, pero mi espíritu aventurero tenía un límite. Con las próximas visitas, en las semanas que siguieron, me daría cuenta de que mi miedo era absurdo. El lugar era tan pequeño que perderme sería imposible.

Después de caminar por varios minutos, me adentré por una calle no muy lejana de donde me encontraría con la señora C. Llegué hasta una pequeña plaza rodeada de negocios pintorescos y restaurantes. Me senté en una banca a esperar a que se cumpliera la hora. Sentía mucho frío, mi chamarra de mezclilla forrada de lana no era suficiente para hacer frente al cambio drástico de temperatura que había sufrido mi cuerpo. El termómetro marcaba trece grados; para mí, después de haber vivido por siete años en una ciudad costera a más de treinta grados, era como si  me hubiera adentrado en  un crudo y desconocido invierno.

Mientras los minutos desfilaban con lentitud, observaba a los pasantes y ponía especial atención en las conversaciones de aquellos que caminaban muy cerca de mí. Por más que lo intentaba tan solo logré atrapar alguna palabra al vuelo; era como si estuvieran hablando un idioma que me era totalmente desconocido. Eso me frustró, pues había pasado los últimos dieciocho meses aprendiendo francés. No obstante logré contentarme un tanto diciéndome que al menos lograba comunicarme con la familia que me acogía. La diferencia con ellos, en especial con la señora C, era su acento. Todos los miembros de la familia A hablaban como las personas del centro del país de donde eran oriundos y según me dijeron, de dónde se habían mudado algunos años atrás. Ellos tenían un acento más neutro y no tan marcado como el que se hablaba en el sur de Francia. Además, por supuesto, de la velocidad. La señora C me hablaba lento y con un léxico sencillo, y cuando mi expresión delataba que no había comprendido, ella se tomaba la molestia de explicarme el significado y me mostraba la pronunciación correcta. A pesar de las diferencias que tuvimos en el tiempo que viví con la familia A, no puedo dejar de reconocer que todos y en especial la señora C y M se dieron a la tarea de conversar conmigo y corregir mis errores con el fin de que progresara en el aprendizaje del francés, razón por la cual había dejado todo en México y había aceptado trabajar como Au pair. 

De vez en cuando miraba mi reloj. El frío seguía calando. Mis pensamientos se iban hasta México e imaginaba lo que estaría haciendo si estuviera allá. Me encontraba distraída cuando un hombre mucho mayor que yo, o al menos a mí me lo parecía, vestido de un traje café, pasó con paso presuroso frente a mí. Al verme, me sonrió. Le devolví la sonrisa por educación y seguí metida en mis pensamientos. El tipo solo había dado unos pasos en su trayecto cuando regresó y se detuvo delante de mí. Me saludó con una enorme sonrisa; le respondí con cierta incomodidad. Su cara estaba marcada con muchas líneas de expresión, era muy delgado, un poquito más alto que yo, de cabello rizado y negro. Además, aunque mi olfato podía percibir un toque de colonia, el hombre desprendía un olor rancio y penetrante a sudor. Me dijo algo que no comprendí. Con dificultad, le pedí que me hablara más lento pues mi francés era muy limitado. Dijo llamarse Lackdar, con una sonrisa que parecía fijada en su rostro y una mirada insistente, mientras estiraba su mano para saludarme. Guardó mi mano entre la suya por más tiempo del que hubiera deseado.

—Te pareces a Pocahontas — me dijo de repente.

Yo le sonreí pensando que su comentario era bastante idiota. 

—No creo —le dije de inmediato—. Soy mexicana. No vengo de los Estados Unidos.

—Pero sí. Mira tu linda piel bronceada y tu cabello negro. Además esos rasgos. Para mí eres Pocahontas.

El hombre continuó hablando y lanzándome elogios. No acostumbrada a ellos, y en especial cuando venían de alguien que no me gustaba y que parecía tener una gran diferencia de edad conmigo, en lugar de agradarme me entraron unas verdaderas ganas de salir corriendo.

—Mira, tengo una reunión aquí cerquita, pero no me tardo —me dijo señalando hacia un edificio a varios metros de la plaza—. Dame diez minutos y ahora vuelvo. No te vayas, por favor.

Solo me limité a estirar mis labios con una mueca que se parecía a una sonrisa. Lo miré alejarse e inmediatamente volví a ver mi reloj. Aún faltaba tiempo para encontrarme con la señora C. Quería irme de allí. No deseaba estar en el mismo lugar cuando él regresara. Ponderé el moverme del sitio, pero el temor de perderme fue más fuerte y me quedé sentada a que se cumpliera la hora para encontrarme con la señora C. Por otro lado, me decía que el hombre no volvería. Eso de que regresaría en diez minutos solo debían haber sido palabras lanzadas porque sí.

Para mi mala fortuna, el hombre regresó diez minutos después, como había amenazado. Cuando me vio en el mismo lugar seguro debió pensar que lo estaba esperando, pues al percibirme corrió hacia mí con su amplia sonrisa; y los elogios recomenzaron. Me pidió mi número de teléfono porque según él, tenía que volver a verme. Por supuesto que aún no tenía uno propio y darle el número de la familia A estaba fuera de discusión. Pero el tipo no se dio por vencido y sacó un papel donde anotó con letras claras su nombre y su número de teléfono. Me lo entregó haciéndome prometer que le llamaría. Promesa que por supuesto no tenía intención de cumplir, pero el destino se encargó de cruzarlo en mi camino más tarde. Sin duda tenía una lección que enseñarme.

Notando mis intenciones de irme, me propuso ir a tomar un café en uno de los restaurantes de la plaza. Me negué pretextando que ya era hora de encontrarme con alguien. Le dije adiós y salí corriendo. Me detuve en una esquina fuera de su vista; los minutos que tuve que esperar por la señora C me parecieron eternos. Temía que el tipo se apareciera de nuevo y se me acercara con su mirada insistente y su olor desagradable.

Por la tarde recogimos a los niños en la escuela y conocí a sus maestras como prometido. El recibimiento de M fue grato, con timidez pero cálido. En cambio, P me miró con desconfianza y me recibió con frialdad. Aquellos primeros momentos fueron un adelanto de lo que serían después el tipo de relaciones que tendría con ellos. 

Esa segunda noche me fui a dormir agotada. Mi cabeza se sentía pesada, adolorida. Vivir en otra lengua era un esfuerzo constante.

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Esto no son solo cifras ,las personas desaparecidas no son un porcentaje que ensucia al gobierno, son niñas,hijos,mujeres,estudiantes, trabajadores y madres que buscaban a sus seres queridos ; porque lamentablemente las madres buscadoras también sufren este destino ,en los meses transcurridos de enero a agosto 3 madres buscadoras han sufrido desaparición forzada. La búsqueda de personas desaparecidas también es un riesgo ,búsqueda que dicho sea de paso es trabajo que corresponde a las autoridades que con incompetencia y corrupción entorpecen o simplemente no buscan a los desaparecidos.

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Me atrevo a decir que ciertamente las y los desaparecidos en México no son la cantidad del censo ; son aún más, porque en ocasiones la ciudadanía no denuncia por miedo y porque la fiscalía no toma en serio esto ,te reciben con las preguntas cliché donde vuelven responsable a la víctima y te regresan a casa diciendo que si en 48 horas no aparece puedes volver.
Resulta ofensiva la falta de acción y la negligencia del gobierno ante esta situación . Es frustrante el saber que miles de personas desaparecen cada año y sigue sin haber justicia .
Estamos cansadas del circo mediático ,pareciera que para ellos las desapariciones fuesen un juego ; no deberíamos salir con miedo o tener que llevar una navaja para sentirnos seguras .En mi pecho puedo sentir como la rabia estalla al ver cómo el gobierno solo ignora y calla . Los nombres de las mujeres desaparecidas se pierden en un mar de indiferencia judicial. Debemos de exigir respuestas y justicia sin cesar ,no ceder hasta que no haya más desaparecidos que lamentar.
Como sociedad considero que tenemos como obligación moral no deshumanizar a aquellas personas que desaparecen, no podemos simplemente verlas como un número más a la lista,debemos hacer consciente la crisis de desaparición forzada y hacer lo posible por mantener este tema en el centro de la conversación, especialmente en el contexto actual .

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Osmara Rodriguez

Según cifras oficiales del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO)dio a conocer que en México hay 111 mil 045 personas desaparecidas y que en promedio hay 27 desapariciones por día en lo que va del año. 27 personas desaparecidas, quiero que por un segundo piensen en las 27 personas que más aman,piensen en sus nombres y rostros,ahora aquellos a quienes aman ya no están y nadie les dice sobre su paradero. Esto es lo que pasa en México.La negligencia y la misoginia arraigada de nuestros servidores públicos y de la sociedad es deplorable, pues aunque se niegue o quieran decirnos que ahora las instituciones gubernamentales dan prioridad a las mujeres, el 55% de las desapariciones en México son mujeres. Esto no son solo cifras ,las personas desaparecidas no son un porcentaje que ensucia al gobierno, son niñas,hijos,mujeres,estudiantes, trabajadores y madres que buscaban a sus seres queridos ; porque lamentablemente las madres buscadoras también sufren este destino ,en los meses transcurridos de enero a agosto 3 madres buscadoras han sufrido desaparición forzada. La búsqueda de personas desaparecidas también es un riesgo ,búsqueda que dicho sea de paso es trabajo que corresponde a las autoridades que con incompetencia y corrupción entorpecen o simplemente no buscan a los desaparecidos. El presidente de la República aseguró que las cifras brindadas por el RNPDNO son menores

«Si hay miles de desaparecidos ,pero no la cantidad que establece el censo».

Me atrevo a decir que ciertamente las y los desaparecidos en México no son la cantidad del censo ; son aún más, porque en ocasiones la ciudadanía no denuncia por miedo y porque la fiscalía no toma en serio esto ,te reciben con las preguntas cliché donde vuelven responsable a la víctima y te regresan a casa diciendo que si en 48 horas no aparece puedes volver.Resulta ofensiva la falta de acción y la negligencia del gobierno ante esta situación . Es frustrante el saber que miles de personas desaparecen cada año y sigue sin haber justicia . Estamos cansadas del circo mediático ,pareciera que para ellos las desapariciones fuesen un juego ; no deberíamos salir con miedo o tener que llevar una navaja para sentirnos seguras .En mi pecho puedo sentir como la rabia estalla al ver cómo el gobierno solo ignora y calla . Los nombres de las mujeres desaparecidas se pierden en un mar de indiferencia judicial. Debemos de exigir respuestas y justicia sin cesar ,no ceder hasta que no haya más desaparecidos que lamentar.Como sociedad considero que tenemos como obligación moral no deshumanizar a aquellas personas que desaparecen, no podemos simplemente verlas como un número más a la lista,debemos hacer consciente la crisis de desaparición forzada y hacer lo posible por mantener este tema en el centro de la conversación, especialmente en el contexto actual .

Entre calles y páginas | Hasta encontrarlos…

Por Ángeles Serna

La última semana de septiembre, estaba en espera de las proyecciones de películas del Centro Cultural Plaza Fátima, tenía la esperanza de que para finales de ese mes ya comenzaran las películas de terror y suspenso, especialmente esas que tratan más el tema de lo sobrenatural. Quería ver algo que me diera miedo y me dejara pensando. Revisé el ciclo de cine y para ese día estaba programado Desvanecimiento –O Spoorloos– (1988) de George Sluizer. La traducción que habían puesto en la publicación de Instagram no me daba ninguna idea de lo que trataría y no quise buscar ningún resumen ni recomendaciones, solo tenía ganas de ir a ver algo distinto. Sin muchas expectativas, fui a ver la película.

De manera general y sin spoilers –aunque yo no creo en eso– el filme trata de la desaparición de Saskia, donde parten dos historias; la de Raymond Lemore, quien es el responsable de la desaparición y la de Rex pareja de Saskia, quien no deja de buscarla durante tres años. De la película, llamó mi atención la muestra de lo cotidiano en cada uno de los personajes. Sluizer expone una escala de grises de los comportamientos y sentimientos que tenemos las personas, con esto me refiero a no encasillar a ningún personaje con comportamientos “de los buenos” o “de los malos”, incluso muestra la otra cara del secuestrador (como padre y esposo) y las bromas pesadas entre pareja. Además, juega con los indicios del protagonista y antagonista, pero, sobre todo, comparte la angustia que siente Rex –por la desaparición de Saskia– con el espectador.

Sobre la película, como objeto estético, se puede crear un análisis muy extenso y minucioso, sobre la imagen, algunos simbolismos y los sonidos presentes –o no– en cada escena, pero ese no es el objetivo de este texto. De hecho, la escena que detonó mi cuestionamiento de esa semana fue cuando la pareja de Rex –posterior a la desaparición de Saskia– le dice que “Ella existe, ella se interpone entre nosotros”, debido a la obsesión que generó Rex por no encontrarla ni saber nada de ella. Esto se convirtió en un problema en su relación actual, lo que me dejó pensando en las desapariciones de mi entorno. Raymond Lemore se llevó más de una vida cuando desapareció a Saskia y eso, a pesar de ser ficción, es algo que también sucede en el plano de lo real.

Asimismo, en esa última semana de septiembre, se presentó la exposición Buscándo(te) del colectivo Buscadoras de Nuevo León con la curaduría de Jaqueline Gutiérrez y la colaboración de Blanca Medina. En esta muestra se expusieron las fotos, documentos oficiales y pertenencias personales de 186 personas que están desaparecidas. Al inicio del recorrido, Blanca dijo una frase que relacioné con la película “Ellos están presentes hasta que nos digan lo contrario”. 

Considero que la presencia de una persona desaparecida se encuentra en la angustia de cada uno de sus familiares y seres queridos. Esa angustia no nos debería de ser ajena como sociedad. Tanto en la película como en la exposición presentaron la “normalidad” de las desapariciones; en el filme de Sluzier la pregunta era “¿por qué no la dejas de buscar?”, a final de cuentas ya habían pasado tres años; y, en la exposición las buscadoras hacen énfasis en que, ahora, a las personas les parece normal si alguien desaparece, incluso se acompaña con la creencia de “si lo desaparecen es porque andaba en malos pasos”. Este último comentario, me deja pensando ¿quién merece desaparecer? ¿quién merece esa angustia? A mí parecer, ninguna persona debería pasar por esa violencia –ni por ninguna otra–.

Al buscar en Google “¿Qué son las desapariciones en México?” los primeros resultados arrojan la siguiente definición: “El fenómeno de la desaparición de personas no ha cesado, en la actualidad la desaparición en México es una práctica empleada por parte del crimen organizado, otros criminales en lo particular, así como algunas autoridades del estado”. Desde el 2019 el colectivo Buscadoras de Nuevo León se acompañan en la búsqueda de sus familiares: hijos, esposos, hermanos, nietos… cada uno con una historia diferente. Según los datos del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas desde 1964 hasta 2023 la cifra supera las 100 mil personas desaparecidas en México y en Nuevo León la cifra supera a las 10,000 desapariciones.

Entiendo el uso de cifras, porcentajes, números, etcétera, sin embargo, cada desaparición es más que un registro, porque junto con ella se llevan la tranquilidad de las familias, de sus seres queridos. Dejan un vacío, un vacío que sí notamos, porque nos afecta a todos como sociedad. Buscándo(te) expone un acercamiento, por medio del archivo, para observar que no hay ninguna diferencia entre las personas desaparecidas y los espectadores.

A lo largo del recorrido, encontré un diccionario forrado de lustrina verde, en la portada tenía escrito “Diccionario–Español” y al centro una etiqueta para los datos personales, de esas que se usaban en la escuela. Bajo el diccionario estaba una libreta Scribe también de color de verde y entre las hojas se encontraba una boleta de calificaciones, esas de color gris que expedía la SEP, tenía impreso entre nueves y dieces. Reconozco que son cosas que yo también tengo y estoy segura que son cosas que mi mamá guarda en una de las tantas cajas del armario, así como las guarda la familia de A. Fernández. Sin conocernos tenemos algo en común.

A lo que quiero llegar con esto es contrastar la creencia de “No me va a pasar a mí”. Durante este tiempo, en México y, específicamente, en Nuevo León han sido lugares donde la violencia ha ido en aumento y, como causa-efecto, el incremento de desapariciones. Buscadoras de Nuevo León exponen otras de las caras identitarias del estado, porque son situaciones que como sociedad nos afecta y no debemos de ser ajenos a ellas. En relación con lo anterior y un poco a la pregunta que le hacen a Rex “¿por qué no dejar de buscarla?” tanto en la película como la exposición mencionan la falta en empatía de autoridades, medios de comunicación y las mismas personas que integran la sociedad. ¿Por qué no dejar de buscarlos? por la simple razón de que no es normal que las personas desaparezcan.

Nadie está exento de vivir tal tipo de violencia y es aquí donde establezco la relación entre la película y la exposición, justo con esta frase que dijo una de las madres buscadoras “Estuviste en el lugar equivocado a la hora equivocada”. En la película, Lemore presenta el proceso que siguió para encontrar una víctima, ninguna de las mujeres locales caía en sus trampas, pero aparece Saskia, una extrajera ingenua ante los peligros de una nueva ciudad y con la curiosidad de practicar un nuevo idioma. En los cortes de escena, sabemos que el objetivo inicial de Lemore no era Saskia, sin embargo, ella estuvo en el lugar y momento equivocado, como muchas de las víctimas por desaparición.

Como en esta ficción existen historias reales de personas desaparecidas en lugares comunes, como son los parques, calles, centros comerciales, entre otros. No somos culpables de estar en el momento y lugar equivocados, las familias tampoco son culpables, pero son las que atraviesan una angustia constante, un dolor que no sana y un daño irreparable, todo esto hasta no saber dónde están. Por lo que, si en algún momento necesitamos ayuda para buscar a un ser querido, el colectivo Buscadoras de Nuevo León será el primero en escucharnos, apoyarnos y en salir a buscarlo. No esperemos en necesitar su ayuda para sumarnos.

Angeles Stefanya Serna Moreno

Angeles Stefanya Serna Moreno (Monterrey, Nuevo León) es egresada de la licenciatura en Letras Hispánicas de la UANL, en donde obtuvo el primer lugar de generación. Fue becaria en el Centro de Estudios Humanísticos (2020) y el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora (2021-2022). También fue la primera residencia universitaria en el Centro de Escritores de Nuevo León (2022). Colaboró en sitio oficial de noticias de la UANL, Punto U, con notas periodísticas sobre Arte y Cultura. Además, ha sido ponente en diversos congresos a nivel nacional e internacional en las áreas de literatura, teatro y sociología.

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