A veces creo que voy a extrañarte toda la vida Tu ausencia es una sombra que me acompaña Caminas conmigo sin importar si hay luna o sol.
La gente dice que mis lágrimas entorpecen tu partida Que obstaculizan tu llegada al lugar Donde la memoria no te puede alcanzar.
Si ellos supieran que lloro por mí Llora mi parte egoísta que no se quiere despedir, Mis ojos son ríos que no aprenden a dejarte ir.
En las plegarias que pronuncio antes de dormir Mantengo vivo tu recuerdo. Entre veladoras y altares Sé que estás ahí.
Le pido al viento que lleve mis palabras hasta ti: Todavia te recuerdo. Aunque he de extrañarte toda la vida Vete con la tranquilidad de saber que sigo aquí.
Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 23 años de edad, psicóloga, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.
Paso de nuevo (como todo lo bueno en esta vida) siempre nos encuentra.
Y contadas son las veces que llegan a estar ahí esas historias.
La mía inició en una noche con luces rozando por el rostro, una guitarra que retumbaba en sincronía, letras que ves pasar como recuerdos, con un calor que recorre todo el cuerpo, hasta que no puede más y se mueve sólo por moverse.
Y decir esto es muy poco a lo que se experimenta al conectar con quienes componen desde sus entrañas.
¿Te resulta extraña esta sensación?
Si es así, te imploro que si tienes el chance de ir o escuchar a alguna persona tocando música, no solo pases de largo, quédate unos minutos; observa, conecta, mira su fuerza de estar presente ante un público.
el sonido se siente
y en ocasiones con mucha fuerza.
Monica Tadeo
Artista Visual procedente del sureste del país, cuando no observó a través de la cámara, lo plasmó en palabras y en ocasiones estas se combinan. Con un interés por enunciar el sentir, cuestionarnos y replantearnos la vida en sí misma.
A Regina la terminó su novio hace varios años. Sus motivos para dejarla fueron escuetos: no le caía bien a la familia de él y un contundente “no te voy a decir por qué” fueron los principales argumentos. Era lo de menos, en el fondo él ya no quería estar con ella, sin importar el motivo, el resultado era el mismo. Sin embargo, el dicho popular reza que la forma es fondo, y viendo la situación ya de lejos, esas parcas razones comenzaron a tener sentido y a concatenarse con otros elementos imperceptibles que trataré de relatar ahora.
Por supuesto, Regina no es ni era perfecta. Sin duda podían existir otras razones para dejarla ir, pero el momento y las circunstancias en el que la terminaron, sin duda tenían mucho peso. Ella no lo sabía (y paradójicamente, al parecer él sí), pero cuando esta persona decidió irse de su vida, ella inauguró formalmente el inicio de una carrera profesional próspera que sigue en formación. La dejó cuando ella incursionaba en el mundo de lo caóticamente público. Sin duda, a Regina le hubiera gustado que él hubiera estado con ella ese momento, pero las condiciones eran otras. Lo bueno es que ella era fuerte y tenaz, y como ya lo sabemos todas a cierta altura de la vida, ella pudo continuar su camino sin él.
Pasó poco más de un año de que Regina había terminado con este hombre. El corazón ya no dolía tanto, además, la realidad de todo es que la vida era buena con ella. No necesitaba nada más. Y entre todas las cosas lindas que le daba su buena existencia, Regina viajaba de regreso de Bogotá a México, porque había sido seleccionada para tomar un curso. El trayecto no es tan largo, quizá unas 5 horas en las que decidió matar el tiempo viendo una película. Al no ser una adepta al cine, prácticamente no había visto ninguna de las que estaban disponibles, si alguien le hubiera preguntado cuál era su película favorita no sabría qué responder, así que se decidió por una muy clásica y común, pero que no había visto: El diablo viste a la moda.
La película, para quienes no la conocen, es la historia de una chica llamada Andrea que logra trabajar con la gran Miranda Presly, quien es jefa en una prestigiosa revista de moda. Miranda es una mujer fuerte, con carácter, exitosa, bella y muy talentosa. Toda la película transcurrió bien, hasta que llegó la escena en la que Andrea descubre a Miranda llorar porque su esposo la dejó y porque no era la primera ocasión que un hombre la dejaba por no poder con toda su fama y poder. Cuando la mujer poderosa se vio destruida en la película, Regina lloró junto con ella y no sabía por qué, pero afortunadamente esa sensación duró algunos segundos o quizás minutos, porque entre las olas de emociones que la invadieron llegó la luz: un texto de análisis feminista de las películas de Disney.
En ese entonces, a Regina la perspectiva feminista no le interesaba del todo, de hecho, tampoco recuerda por qué leyó ese artículo, solo llegó a sus manos y lo observó por alguna razón que no era relevante. La lectura de ese documento fue un evento cualquiera que pasó desapercibido en su vida (por fortuna, no en el inconsciente), pero en ese momento, inmediatamente la salvó. El análisis que leyó hablaba de cómo las primeras películas de princesas de Disney habían sido criticadas desde los feminismos: si haces y renuncias a todo por amor, tendrás un final (el único final posible) feliz con el hombre de tus sueños, tu príncipe azul. Y continuaba diciendo que la respuesta de Disney a tales críticas, fue cambiar las realidades de las protagonistas; en las películas más modernas, las princesas son fuertes, valientes y de alguna forma rechazan a los hombres que las aman, pero al final el recado sigue estando concatenado al mensaje de las primeras películas: ¿Así que no quieres que el centro de tu universo sea el amor de un hombre? Adelante, pero sufrirás las consecuencias, te quedarás sola… y eso es terrible, lo peor que le puede pasar a una mujer.
En esos breves espacios de tiempo en que se enfrentaban la idea del texto feminista contra el mensaje de la película, Regina entendió que le estaban mintiendo. La cultura y sistema en el que había vivido, trataba de convencerla de que o su sueño era el amor de un hombre o que si quería ir en contra de ese mágico y taquillero destino, su castigo sería la soledad, traducida ésta como “la falta de un buen hombre en su vida”. Regina respiró y fue feliz de nuevo. Sabía que lo que había aprendido desde que nació era un falso dilema. Ella podía seguir siendo exitosa y compaginar su vida al lado de un compañero, o bien, decidir transitar la vida consigo misma y ser feliz, sin embargo, su historia de vida y los aprendizajes de la cultura popular la hicieron creer por un momento que todo estaba perdido; que estaba condenada o a abandonar sus sueños, o a no ser feliz. Regina sonrió cuando se dio cuenta de todo esto.
La historia de Regina está basada en una historia real que lamentablemente podría ser la situación de muchas niñas, adolescentes y mujeres. Regina tuvo la fortuna de pasar por en medio de los cuernos de un dilema falso que incluso, en ocasiones olvida por todos los dogmas que ha adquirido a lo largo de su vida, pero muchas otras mujeres, no. Ella tuvo la oportunidad de leer un documento que cuestionaba la cultura popular y sus mensajes, y encarar sus arraigadas e inconscientes creencias que por un momento le causaron un dolor inducido.
En la pequeña biografía que la que suscribe usa en La Coyol, digo que debemos analizar las expresiones artísticas y culturales “porque nunca se sabe cuándo esas reflexiones pueden ser útiles para alguien.” Ojalá que este texto llegue a las manos de la Regina que necesite cuestionarse sus creencias o bien, que guarde esta reflexión que tal vez, solo tal vez, en un futuro la pueda salvar. O bien, que le hagan saber a las Reginas del mundo que sus logros no se ven mermados ni invalidados por la falta de un hombre en sus vidas y que estar consigo mismas es también es un gran proyecto de vida.
El ejemplo de Regina es uno de muchos. Vale la pena reflexionar en cuántas representaciones del arte o de la cultura popular habrán arraigado creencias para oprimir a ciertos grupos sociales. Recientemente, se cuestionó que saliera la película de La Sirenita con una actriz afrodescendiente o la película de Buzz Lightyear con representaciones lésbicas, y no podemos dejar fuera la película de Barbie, que también fue repudiada por algunos sectores. Lo cierto es que la falta de representaciones no hegemónicas en espacios donde las personas ejercen sus libertades, o bien, el fortalecimiento de ideas que siguen oprimiendo a algunas personas, constituyen realidades palpables sociales que se interiorizan en cada persona oprimida. No es solo una inofensiva película, es una representación que fortalece miradas colectivas y personales desiguales.
Tal vez no podamos hacer mucho por cambiar las decisiones que toman las grandes productoras de películas, canciones, obras de arte, juguetes, anuncios o cualquier otra creación humana, pero lo que sí podemos hacer es resistir por conducto de la crítica a las mismas:
¡Escribe, denuncia y haz crítica a aquello que nos sigue educando y formando!
¡Visibiliza los mensajes que perpetúan la opresión!
Y quizá nuestro mensaje le llegue a Regina y ella pueda saber, que hay otras formas de mirar el mundo.
Natalia Mendoza Servín es abogada y maestra en transparencia por la Universidad de Guadalajara. Se ha dedicado a temas relacionados con transparencia, acceso a la información y privacidad, pero desde el año 2020 ha decido decirle al mundo que ama la causa de las mujeres, así que también es especialista en Estudios de Género por la Universidad Pedagógica Nacional, y ha combinado lo que le apasiona con el feminismo desde entonces. Le gusta hacer análisis jurídico y feminista de las expresiones artísticas, y lo comparte, porque nunca se sabe cuándo esas reflexiones pueden ser útiles para alguien.
Inventar un lenguaje de mujer.
Pero no de la mujer como es dicha en el lenguaje del hombre
[…] Toda mujer que quiera tener un lenguaje que le sea propio
no puede sustraerse a esta urgencia extraordinaria: Inventar a la mujer.
Annie Leclerc
El hecho de que las mujeres hayan pasado tanto tiempo sin poder escribir o sin ser tomadas en cuenta en su labor literaria, no significa que ellas se mantuvieron pasivas ante la negativa. Al contrario: las mujeres que la historia literaria ha dejado fuera han estado siempre observando, siempre aprendiendo y aprehendiendo las formas en las que se desarrolla cada estructura hegemónica patriarcal a la que pertenecen. Gracias a esto aprendieron a nombrarse según habían sido nombradas antes -por el discurso patriarcal- y aprendieron que1 el imaginario patriarcal ubica al cuerpo femenino en dos extremos: el cuerpo divino y el cuerpo monstruoso adorando al primero y despreciando al segundo. Es decir: la representación literaria del cuerpo femenino se encuentra alineada con respecto a un discurso dictado por hombres.
Basta con hacer un breve repaso por la historia de la literatura para notar que en las grandes -y no tan grandes- obras escritas por hombres, los personajes principales o los más complejos son siempre varones, mientras que las mujeres que figuran en la ficción se encuentran siempre a la sombra de los personajes masculinos y carecen de complejidad y ejercicio del poder. Es fácil notar que los autores dotan a las mujeres de bondad o maldad según sea el caso: aquellos personajes femeninos que se mantienen pasivos y obedientes (según el discurso patriarcal de las buenas costumbres) son representación de bondad2; mientras que los personajes femeninos que no cumplen con las normas establecidas son representación de maldad3. Ahora, en el discurso literario los dos tipos de representación femenina son presentados a través de la descripción corporal de uno y otro, y dichas descripciones pasan de tradición literaria en tradición literaria -porque las tradiciones literarias siempre habían sido enteramente patriarcales-. El discurso literario, entonces, gira en torno a una experiencia masculina que pretende hacerse pasar por hegemónica.
Sin embargo, en las últimas décadas el discurso literario femenino4 se abre paso de entre las sombras,buscando exponer una experiencia enteramente femenina que sea capaz de atravesar la obra desde su creación hasta su recepción. De esta forma las representaciones corporales y la carga de significados que estos obtienen en la ficción, comienzan a mostrar cambios notables en la creación literaria contemporánea. Vale la pena recordar la pregunta que Gerda Lerner se hacía en 1970: “¿Cómo sería la historia si se viera a través de los ojos de las mujeres y estuviera ordenada por valores dirigidos por ellas?”5 porque desde una perspectiva «ginocrítica»6 actual es posible ensayar una respuesta.
En el ámbito de la literatura fantástica, desde Mary Shelly hasta Amparo Dávila la escritura femenina ha explorado los caminos que llevan a la representación de un terror que es cada vez más específico en su creación y recepción femenina. Uno de los elementos más constantes en la literatura de terror es la representación de figuras monstruosas cuyo simbolismo se encuentra relacionado con el miedo que busca exponerse. Herencia de una tradición literaria patriarcal y cristiana, en muchas ocasiones el cuerpo monstruoso que encarna el mal es un cuerpo femenino que solo abarca la mitad oscura, irracional, natural, incomprensible y voraz; que el bien (encarnado generalmente en el cuerpo masculino) debe vencer y superar, logrando que la mitad luminosa, racional, conocida y controlada prevalezca.
La literatura de terror contemporánea escrita por mujeres se diferencia de esta tradición. Pienso por ejemplo en Monica Ojeda, una autora ecuatoriana nacida en 1988. Heredera de una tradición literaria hispanoamericana construida por hombres, pero heredera también de una tradición femenina (cultural y literaria) que su escritura nunca pasa por alto. En la crítica femininsta en el desierto, Showalter destaca que “las mujeres viven una dualidad: como miembros de la cultura general y como participantes de la cultura femenina”,7 resultado de esto, en la creación literaria de terror actual existe una suerte de apropiación y resignificación de las figuras monstruosas femeninas, narradas anteriormente por hombres.
Pienso por ejemplo en Mandíbula, la última novela escrita por Mónica Ojeda, donde la narración se encuentra enteramente centrada en la experiencia femenina del terror: Seis amigas adolescentes, estudiantes de un prestigioso colegio bilingüe del Opus Dei, forman una especie de secta perversa cuya suerte de templo es un edificio abandonado. El lugar secreto motiva un culto donde las estudiantes exploran sus intereses creativos y las fronteras de la sexualidad, la violencia y el miedo. Por otro lado Clara, su profesora de Lengua y Literatura, llega a trabajar al colegio después de ser secuestrada en su propia casa por dos alumnas de su anterior trabajo. Clara siente por su madre un amor tan ferviente y atemorizante que termina por desbordarse de un modo enfermizo y la arroja hacia la enajenación de su papel de guía de estudiantes. Finalmente su desempeño se vuelca en una formación siniestra, hasta secuestrar a una de sus alumnas.
La perversidad se hace presente todo el tiempo en los personajes femeninos de Mandíbula, pero lo importante aquí es que un mismo personaje puede expresar ternura y violencia en los mismos niveles y, en algunas ocasiones, al mismo tiempo. Lo que modifica significativamente la representación corporal femenina, pues las cuerpas en la novela se encuentran cargadas de un discurso dictado por las instituciones más cercanas a ellas (su familia, la escuela y la religión) que las ha etiquetado como malvadas, enfermas, desviadas y perversas y que las orilla a un estado de marginalidad con respecto a la estructura dominante. Ya que “La novela da cuenta de un despertar de las seis jóvenes protagonistas, particularmente de Fernanda y Annelise, al confrontar de distintas maneras su propio ser femenino”8 las cuerpas se encuentran propensas a una constante reprobación porque “en está etapa de autodescubrimiento, cuando su cuerpo empieza a ser un desconocido terrible, las adolescentes exploran los alcances de sus pulsiones sexuales, de su naturaleza femenina indomesticable y de los valores reprobables.”9
La novela narra el desarrollo de relaciones femeninas que se tejen de formas complejísimas y que desembocan en teorías psicoanalíticas como la de Lacan o la de Kristeva.10 Todo se remonta a tres palabras: Madre, hermana, hija. Mandíbula, se narra desde la “parte desértica” en la experiencia femenina, espacio sobre el que Showalter resalta:
[…] si pensamos esta zona desierta desde una perspectiva metafísica, o en términos de la conciencia, no tiene un espacio masculino correspondiente […] En ese sentido, lo ‘desierto’ es siempre imaginario desde un punto de vista masculino […] En términos de antropología cultural, las mujeres conocen la parte del círculo masculino, aún cuando nunca lo hayan visto, porque se convierte en el tema de la leyenda. Pero los hombres no saben lo qué hay en el desierto.
Showalter,p. 400
Según el análisis de Romano Hurtado, Mónica Ojeda retoma la teoría Lacaniana del estrago materno11 donde equipará el deseo de la madre a las fauces abiertas de un cocodrilo que pueden cerrarse intempestivamente sobre la niña si es que no interviene el padre como punto de detención. Al respecto de esto, es importante destacar que en la novela los padres de las jóvenes protagonistas (Fernanda y Annelise) no figuran dentro de la ficción y el padre de Clara, la profesora, tampoco ‘existe’. Fernanda y Annelise rara vez comparten espacio y tiempo con sus madres, y cuando lo hacen son acontecimientos siempre violentos. Fernanda y Annelise crean entonces una especie de relación fraternal, donde lo más importante es destacar su igualdad, lo que permite que la relación escale de la mano de exploraciones corporales que rayan en el sadomasoquismo pero que al mismo tiempo fortalecen su amor y hermandad: “A: ¿Sabes qué es lo peor que alguien puede hacerle a su mejor amiga? /F: Sí, sé qué es lo peor que alguien puede hacerle a su mejor amiga./A: A su ñaña gemela./F: A su siamesa perfecta./A: Lo peor que alguien puede hacerle es traicionarla./F: Lo peor que alguien puede hacer es darle la espalda a su igual./A: A su hermana./F: A su doble./A: Eso es lo único que no se puede hacer./F: Eso es lo único que yo jamás voy a hacer.”12 Por otro lado, Clara desarrolla un apego materno enfermizo (gracias a que su propia madre la obliga a permanecer encerrada a su lado). Con el paso del tiempo el amor desbordante y aterrador de Clara por su madre se manifiesta de forma que la hija comienza a imitar la personalidad y corporalidad de su madre -como una especie de doble… o de igual- que tomará su lugar una vez que la madre muera. Explica Eugenio Trias:
La transgresión del cuerpo nace del impulso siniestro del deseo desbordado, es decir, es la realización de un deseo escondido, íntimo y prohibido. Siniestro en un deseo entretenido entre la fantasía inconsciente que comparece en lo real; es la verificación de una fantasía formulada, como deseo, si bien temida’. Desde ahí la concepción del espacio íntimo, tan privado como es el propio cuerpo, sostiene la articulación de lo siniestro, pierde su ocultamiento para exhibir su verdadera condición perturbadora.
Trías, p. 94
Las cuerpas de Mandíbula, entonces, son cuerpos reconocidos hegemónicamente como femeninos, pero capaces de encarnar lo siniestro que potencia una transformación anatómica que conduce a lo monstruoso.13La novela se encuentra repleta de situaciones donde el espacio de tensión entre el deseo y el miedo deja ver que existe algo sobrenatural, que escapa a la norma de cómo entendemos el mundo y que da paso a un nuevo cuerpo que es al mismo tiempo femeninoymonstruoso. Elsa López Arriaga señala que “Esa monstruosidad emplaza al cuerpo femenino a una posición siempre liminar, donde se conjuga una naturaleza bipartita: la falta y el exceso de lo natural y lo anormal, la protección y la destrucción, lo conocido y lo terrible”14 dicha estructura permite a las protagonistas de la novela identificarse desde otra perspectiva con esa parte monstruosa que habita en ellas y apropiarse de ella: Clara, la profesora de Lengua y Literatura cumple con diligencia las rutinas que su madre realizaba todos los días y copia con prolija dedicación la estructura ósea deformada que su madre desarrolló con los años “—algunas veces notó, por parte de los pocos familiares vivos que le quedaban (y con quienes ya no mantenía ningún tipo de contacto), un abierto desprecio a causa de la incomodidad que sentían cuando ella no solo fingía ser su madre, sino que llegaba a serlo (en esas ocasiones en las que su interpretación alcanzaba su cenit, Clara se veía a sí misma diluyéndose en el personaje materno igual que una gota de sangre sobre otra gota de sangre).”15Mientras que Fernanda y Annelise realizan con absoluta solemnidad los rituales y pruebas físicas del culto que ellas mismas inventan y experimentan con entera seriedad el deseo y la violencia que sus cuerpas exploran juntas en soledad:
«Muérdeme tan fuerte como puedas», le pide su hermana de renacimiento. Annelise le entrega sus huesos limpios para matar su hambre sobre los manteles de algodón. Le entrega su cuello para que lo estruje: sus músculos para que los mastique. «No quiero hacerte daño, pero voy a hacerte daño», le dice Fernanda. «Márcame», le pide Annelise en la ducha. «Sángrame con tus 32 dientes». Y 32 veces la muerde. 32 veces la lengua baja por las piernas ensalivando de rojo las estrellas.
Ojeda, p. 205
Los personajes femeninos en Mandíbula entonces “se encuentran en un estado intermedio ante las mutaciones corporales y la pérdida de lo que conocían de sí […] los paradigmas de los mundos real y sobrenatural, cuando los elementos del mundo conocido se tornan extraños, se abre un intersticio donde habita lo desconocido, lo anormal y lo indefinido ‘una especie de limbo vital’ […] el horror se sitúa en esa incertidumbre, en esa indeterminación puesta en marcha a través de los cuerpos.”16De manera que las imágenes literarias de las mujeres comienzan a diversificarse y con ellas la imagende la «mujer monstruo», que ya no es nombrada por un hombre, ni desde un extrañamiento que se presenta manipulado por la jerarquía que exige la otredad. Sino que son nombradas por la voz femenina motivada por el deseo de exponer algo que -por más desconocido que pueda parecerle a la cultura hegemónica-, siempre estuvo ahí: en el margen o el desierto femenino.
Como bien apunta Lopez Arriaga al respecto: “Mandíbula sugiere la potencia de lo liminar, de una realidad imposible de conocer y comprender, por lo tanto, a su estructura subyacen distintas manifestaciones del miedo, ya como una respuesta frente a lo desconocido, ya como efecto de una amenaza física”17 pues en las breves interacciones que las protagonistas sostienen con personajes masculinos, estas deciden transitar la experiencia a través de su potencia femenina monstruosa: Fernanda narra a su psicoanalista absolutamente todo lo que hacían ella y su mejor amiga. Por otro lado, Annelise decide mostrar a unos universitarios en una fiesta, una fotografía de ella modelando desnuda con heridas sangrantes provocadas por su mejor amiga. Los personajes masculinos son implacablemente arrastrados al margen de los acontecimientos. Ningún hombre en la narración sabe lo que realmente está pasando, ninguno tiene, literalmente, nada que decir: los padres nunca son nombrados y el psicoanalista de Fernanda es reducido a una imagen sin voz, que sirve a la adolescente como balde donde ella deposita libremente toda la suciedad que su tren de pensamiento es capaz de formular; por su parte, los universitarios se aterrorizan tanto al ver las heridas fotografiadas que deciden alejarse de las jóvenes.
[…]«Lo que se vea aquí, se quedará aquí». Fernanda les tuvo pena: ninguno de los cuatro sabía lo mucho que a Annelise le gustaba asustar a otras personas. «Está bien, les enseñaré mi nude». Ninguno sabía lo mucho que quería asustar a Miss Clara igual que lo había hecho con Miss Marta, la ex profesora de Lengua y Literatura. «Primero, cierren los ojos». Sólo Fernanda la conocía y veía en su sonrisa oculta el deseo de mostrarles la peor de las fotos. «Ábranlos». Es decir, la que le hizo ella en la ducha. «¿Qué es eso?». La que le permitiría poner en práctica su talento para el terror. «¿Qué chucha es eso?». Su talento para el horror. «¿Qué clase de mierda enferma es esta?». Annelise intentó mantenerse tranquila a pesar de que a los chicos se les deformaron los rostros. «Soy yo, desnuda». Gabriel se alejó de la pantalla del teléfono y se apoyó en sus rodillas. «¡Qué hijueputa!». «¡Qué hijueputa!».
Ojeda, p. 109
Fernanda: Seh, seh. Ya sé que la violencia no soluciona los problemas y bla, bla, bla, pero puede llegar a hacernos sentir bien cuando lo necesitamos. Solo estoy siendo sincera.
Dr. Aguilar:
Fernanda: Creo que es porque tenemos muchas cosas en común. Antes yo también actuaba como si estuviera poseída por lo que me inventaba con Anne. Y aunque ahora ella quiera negarlo y me odie, yo, su BF o ex BF, whatever, ayudé a crear cada una de sus historias. Hacemos, o hacíamos, tooodo juntas. Y yo quería ser ella. A veces hasta soñaba con meterme adentro de Anne y llevarla encima como un disfraz. Porque es perfecta, you know? O casi: es guapa, divertida, inteligente…
Fernanda: […] No sé cómo explicarle lo íntimas que éramos. Nos duchábamos juntas, pero como amigas, claro, y eso se sentía bien porque era como verse en un espejo. Anyway, yo siempre he sido menos prude que Anne, siempre le sacaba temas sobre sexo y masturbaciones y supongo que por eso me odia, porque es como si le hubiera dado la confianza suficiente de abrirse conmigo y mostrarme lo que en verdad quería y, después de verlo, yo la hubiera mirado con asco y me hubiera ido. Y quizás hice eso. Pero no tuve ninguna mala intención, I swear. Yo la quería. Bueno, la quiero, aunque a veces es una bitch muy grande. Sorry.
Dr. Aguilar:
Ojeda, pp. 116-117
La imagen monstruosa que ellas mismas deciden adoptar y mostrar adquiere un nuevo significado, señala Berenice Romano que “La posibilidad de ser el monstruo, en lugar de dejarse comer, incluye convertirse en esa madre-Dios que tiene en sus manos el poder de crear y destruir cualquier cosa. Ser la mandíbula es serlo todo.”18Y repercute en la recepción de la obra literaria, donde lo monstruoso deja de ser un adjetivo marginal y despectivo y se resignifica como uno capaz de nombrar «esa» parte de la experiencia femenina que la cultura y el discurso hegemónico hasta ahora habían pasado por alto: las relaciones femeninas, y sobre todo las que se dan exclusivamente en en el lado desierto de la estructura, no pueden ser exclusivamente bondadosas, sororas y pacíficas. El discurso hegemónico y patriarcal nos ha orillado a identificarnos en uno u otro extremo de la experiencia corporal femenina, pero las lectoras siempre habíamos sentido que de un lado u otro, la representación estaba incompleta.
Mandíbula describe una experiencia femenina completa y por lo tanto compleja, que se presenta amenazante por su calidad desconocida para la tradición literaria hegemónica, y su capacidad de reconocimiento en la experiencia femenina de las lectoras contemporáneas. Mónica Ojeda ha cruzado a ese otro lado del que Showalter hablaba: “La escritora -heroína- guiada a menudo por otra mujer, viaja al ‘país materno’ del deseo liberado y la autenticidad femenina, cruzar al otro lado del espejo, como Alicia en el País de las maravillas, representa, a menudo, un símbolo del paso.”19El terror actual se narra a sí mismo desde el otro lado del umbral.
El Dios Blanco es nuevo. El Dios Blanco es lo que somos cuando estamos aquí.
Monica Ojeda, Mandibula 2018
Con respecto a ambas representaciones corporales, véase una lectura feminista de estas en Mujer que sabe latín, de Rosario Castellanos y El segundo sexo, de Simón de Beauvoir.↩︎
Tal es el caso de Penélope en la Odisea, “la mujer que espera para siempre” quien de noche destejía lo que había tejido de día y, mientras tanto, esperaba el retorno de su esposo, quien sufría todo tipo de aventuras, amorosas o no. Como había prometido casarse cuando acabara de tejer, esto le impedía casarse con los pretendientes al trono de Ítaca.↩︎
Pienso por ejemplo en el mito de Medusa: Se comenta que la hermosura de medusa cautivó a hombres y a dioses, no dejando vivo al propio Poseidón, el dios de los mares, quien la tomó por la fuerza sobre el frío mármol del templo de la diosa Atenea, quien muy enojada por la profanación de su lugar sagrado, como castigo hace que de su cabello le brotaran víboras, por el acto impuro consumado en el templo de la diosa, aunque Medusa fue víctima de Poseidón, pues la había tomado por la fuerza sufrió las consecuencias y la convirtió en un monstruo ctónico, que tenía la maldición de transformar en piedra a todo aquel que se le quedara mirando fijamente a los ojos.Denigrada por los dioses, temida y odiada por los hombres, arrinconada por las Moiras, las tejedoras del destino; la desconsolada e inocente Medusa fue expulsada y mandada al exilio, con la forma monstruosa que le había dado Atenea.↩︎
Con relación al discurso femenino en el análisis ginocrítico Showalter apunta que “una implicación de este modelo es que la literatura femenina puede leerse como un discurso femenino a dos voces, que encierra una historia ‘dominante’ y una ‘silenciada’, lo que Gilbert y Gubar denominan ‘palimpsesto’”↩︎
Gerda Lerner, “The challege of Womens History”en The Majority Finds Its Past: Placing Women in History, Nueva York, Oxford University Press, 1979.↩︎
Showalter define la ginocrítica como el estudio de las mujeres como escritoras, y sus objetos de estudio son la historia, de los estilos, los temas, los géneros y las estructuras de la escritura de mujeres; la psicodinámica de la creatividad femenina; la trayectoria individual o colectiva en las carreras de las mujeres y la evolución así como las leyes de la tradición literaria femenina.↩︎
Elaine Showalter “la crítica feminista en el desierto”en TEXTOS de teorías y crítica literarias: (Del formalismo a los estudios postcoloniales)/Selección y apuntes introductorios Nara Araújo y Teresa Delgado. – Rubí (Barcelona): Anthropos Editorial; México: Universidad Autónoma Metropolitan, Iztapalapa y Rectoría General, 2010.,p. 401↩︎
Elsa Lopez Arriaga, “Un silencio Perfecto: el horror blanco en Mandíbula de Mónica Ojeda” en America sin nombre, 29 (2023)., p. 93↩︎
Para un análisis psicoanalítico de Mandíbula, véase: Hijas abyectas de una madre-falta: Mandibular de Mónica Ojeda, de Berenice Romano Hurtado. En Devenires (2023)↩︎
El término estrago es para referirse a las consecuencias de la relación primordial con el deseo del Otro materno en la construcción del sujeto.↩︎
Anna Boccuti señala la importancia del monstruo femenino en cuanto a alianza en la conquista de autonomía y emancipación del discurso homogéneo patriarcal, por otro lado, lo monstruoso femenino como aquello donde juegan un papel fundamental las marcas del género y las funciones reproductivas, pero que depende de la naturaleza liminar del cuerpo de la mujer, representación de lo sagrado y lo terrorífico.↩︎
Berenice Romano Hurtado. “Hijas abyectas de una madre-falta: Mandíbula de Mónica Ojeda” , en Devenires, Año XXIV, Núm. 47 (enero-junio2023): 131-165., p. 158↩︎
BEAUVOIR Simón. El segundo sexo. Buenos Aires: Sudamericana; 2018. 1024 p.
BOLOGNESI, Sara. La a-moralidad femenina en Mandíbula, de Monica Ojeda: un diálogo entre la literatura y el psicoanálisis. En Anales de Literatura Hispanoamericana. 51, 2022., pp 299-307
CASTELLANOS, Rosario. Mujer que sabe latín. México, Fondo de Cultura Económica, 1973. 213 p.
CIXOUS Helene. La joven nacida. Barcelona: Anthropos; 1995. 160 p.
CUEVAS Velazco, Norma y MENDOZA Vega, Luis. La maldad como seducción. Mandibula y Páradais, dos narraciones de la violencia y el miedo. En Colindancias. 13/ 2022, pp. 105-126
GARNICA Broncos, Helen. (2023). La madre monstruosa: figuraciones de la casa y de la maternidad en Mandíbula de Mónica Ojeda. Revista stultifera, 6(2), pp. 261-186.
LECRERC, Annie. Palabra de mujer. Buenos Aires (Argentina), Asociación Editorial La Aurora, 1977. 190 p.
LÓPEZ Arriaga, Elsa. “Un silencio Perfecto”: el horror blanco en Mandíbula de Mónica Ojeda. en América sin nombre, 29 (2023): pp. 89-105, https://dio.org/10.14198/AMESN.22667
MALVESTIO, Marco. En la corte del Dios Blanco: Folclore digital y Gótico global en Mandíbula. En Brumal, vol. X, nº 1, (primavera 2022), pp. 99-118
MONTÚA, Fabián. Una reflexión sobre las investigaciones de Foucault del cuerpo y del poder. En efdeportes. Buenos Aires. Año 10. Nº 89. Octubre de 2005. http://www.efdeportes.com/
OJEDA, Mónica. Mandíbula. Barcelona, Candaya, 2018. 288 p.
ROMANO hurtado, Berenice. Hijas Abyectas de una madre-falta: Mandíbula de Mónica
SHOWALTER, Eleine “la crítica feminista en el desierto”en TEXTOS de teorías y crítica literarias: (Del formalismo a los estudios postcoloniales)/Selección y apuntes introductorios Nara Araújo y Teresa Delgado. – Rubí (Barcelona): Anthropos Editorial; México: Universidad Autónoma Metropolitan, Iztapalapa y Rectoría General, 2010
Ojeda. DEVENIRES. Año XXIV, Núm. 47 (enero-junio 2023): 131-165
TAPIA Vázquez, Jazmín. La nueva frontera de lo fantástico: Escritoras Hispanoamericanas en los umbrales de la irrealidad. En LEJANA. Nº 16 (2023)
Karla Mendiola | @Nastirabit__ Entusiasta de la literatura. Profundamente interesada en las artes escénicas, la exploración de la voz y la expresión corporal. Actualmente estudiante de la licenciatura en letras hispánicas, en la UAM IZTAPALAPA.
No sé por qué, no sé por qué ni cómo me perdono la vida cada día.
Miguel Hernández, “Me sobra el corazón”
Por Silvia Santaolalla
No he podido evitar pensar en la muerte. Aunque lo correcto sería decir: estos días no he podido dejar de pensar en ella. No he podido evitar hacer un conteo de las muertes en mi vida. Las que siguen siendo heridas abiertas. Las personas que he perdido, de lo mucho que me siguen doliendo, de lo cerca que estoy de las lágrimas cuando los pienso, de lo que me cuesta escribir estas palabras. La garganta que se cierra. De lo mucho que me cuesta levantarme de la cama estos días, hacer la vida diaria, poner el café, escribir los correos, preocuparme por las entregas. De lo cansado que es ocultar que no soporto las fotografías en el altar, porque entonces tengo que aceptar que me engaño cuando pienso que Héctor está de viaje. Y que el deseo recurrente de que un día entrará por la puerta de la casa a saludar y contar historias a gritos y la risa que revienta los oídos es solo una forma de no volverme loca.
La primera muerte de la que tengo recuerdo es la de la mamá de mi abuela. No me dolió, ni siquiera la sentí. Solo recuerdo la ausencia de mi madre unas horas. Cuando era adolescente estaba muy enamorada de un chico, un día tuvo un accidente en su moto. Ingenuamente pensé que esa sería la pérdida más grande en mi vida. Jamás había hablado con él, ahora no recuerdo bien el nombre y su cara se me pierde en la memoria. Unos meses después mi abuela moriría de un infarto y yo descubriría lo que era el dolor de la pérdida, el desconcierto, el sentimiento de que el piso se abre bajo tus pies y no sabes que hacer. Fue como madurar de golpe. De ahí todo en la vida fue como una bola de nieve de problemas adultos, decisiones, mudanzas, pérdidas, búsquedas.
Hace poco, quizá dos meses, un chico en una moto atropelló a otro que cruzaba la calle. Lo vi volar por el aire, caer, morir. Todo fue silencio. Ni un grito, ni los frenos, ni el impacto de un cuerpo contra el concreto. El sonido se suspendió en un minuto eterno. Mi hermana y yo nos quedamos heladas, agarradas de la mano, llorando. Nadie pudo hacer nada más que acompañar al repartidor de Didi que no tuvo la culpa pero la vida le había dado un giro terrorífico a su existencia. Aún pienso en ese momento, en los sonidos apagados, el semáforo en verde, la cara tranquila del chico en el suelo, la bolsa que tenía agarrada en la mano, su cuerpo en el piso como si durmiera tranquilamente. Pienso en lo fácil que se puede ir la vida y en lo mucho que quise vivir después de ese momento. Un frío helado me baja por la espina y aunque lloro lo único que quiero es vivir más que nunca.
Hace tres años perdí a mi primo, hace seis a mi abuelo, hace catorce a mi abuela. La muerte tiene una cosa rara que te hace aferrarte a la vida, pero también que produce un miedo terrible a amar. Te hace querer alejarte de la gente porque duele mucho perderla. Aún siento el sabor metálico en la lengua de cada una de las veces que me dijeron que alguien que he amado ha muerto. La más difícil fue sin duda la de Héctor, la vez que no debió suceder. Pasé dos años enteros sin ganas de seguir. Pero entonces hubo un concierto, entonces hubo una carta de aceptación, entonces hubo un beso, entonces la música me atravesó los oídos y las lágrimas me escurrieron, entonces hubo un choque. Entonces me acordé lo que se siente estar viva, lo que me enseñó mil veces Héctor, que en la vida solo vale la pena disfrutar.
Abro el correo viejo, el que no uso desde hace mucho, cuando escribíamos con errores ortográficos y mandábamos cadenas, cuando no existían las redes. Un Héctor de 23 años nos escribe:
Jueves 12 de abril del 2007, son las 5 45 am y carajo tengo examen de Dispositivos Electrónicos, voy a la cocina y solo keda cereal me preparo un plato el cual vomito 25 min. después, despertando a todo akel k vive aki.. contemplo el alimento que acabo de expulsar y SI!! Hoy Toka MUSE !!!!! Si Carajo !!!!! Hoy toka MUSE!!!!!!!!
Ocho años después estaría yo en el mismo Palacio de los deportes, escuchando al mismo Matt Bellamy cantar la misma Knights of Cydonia. Hoy dieciséis años después, al igual que Héctor sigo persiguiendo el éxtasis total.
Silvia Santaolalla, habladora, malcriada y rebelde. Escritora y artista visual. La primera de las dos ñañas siamesas. Su trabajo aborda temas como: el género, la sexualidad y el cuerpo. Ha sido publicada en las revistas: Marabunta (2018), Gata que ladra (2019), Punto de Partida UNAM (2022, 2023), Página Salmón (2022), Especulativas (2022).
Era un 2 de noviembre, en la bella mañana de Guadalajara. Estaba sentada frente a la luz buscando inspiración para la revista Coyol y para compartirla con mis amigas artistas.
Trataba de pensar y encontrar mi fuente de versos, pero de repente llegó la huesuda y casi muero del susto.
-¡Desayuna algo, chiquilla! Si no, se te verán los huesos y sentiré envidia. Vine a llevarme a alguien y no quiero que te resistas.
-No te lleves a mi familia, llévate lo que quieras, menos a la mía.
-¡No seas tonta, chiquilla! Vengo a llevarme a Anelilla.
-¿Anelilla? Pero si yo soy esa niña.
-No te equivoques, chiquilla, tú eres más vieja. La que busco es esa niña de unos 16 años, insegura e hiperactiva, la que bailaba y reía en todos lados con singular locura y alegría. La que se equivocaba y lloraba cada vez que caía, la que no aprendía de sus errores y los repetía mil veces, la que se quejaba con sus padres y pataleaba cuando no la llevaban a un concierto.
-¡Aaa! Esa Anelilla, sí la conozco y de vez en cuando me visita. Cuando siento miedo, euforia, placer y diversión, disfruto mucho con ella y he aprendido muchas cosas de su noble corazón.
-Sí, esa Anelilla. ¿La has visto? Necesito de sus carcajadas y su carisma. Esta noche hay tamaliza, tepache y pachanga, no quiero llegar tarde, quiero alcanzar unas gorditas.
-Sí, está justo aquí conmigo, pero no quiero que se vaya. ¿Y si no soy la misma, si me siento perdida sin ella? ¿A quién le contaré mis aventuras? ¿Quién me enseñará de la vida?
-Tranquila, chiquilla, estarás bien. Ella vendrá a visitarte de vez en cuando, paseará contigo en las caminatas cortas de atardeceres, en las noches de chocolate caliente y pan recién horneado. Despídete de ella con alegría. Cada año vendré por una en mi carcacha blindada.
-Adiós, vieja amiga. Te recordaré con amor y siempre te seré agradecida. Seguiré aprendiendo a mi manera, mientras disfrute con mis seres queridos y lleve una vida liviana en este juego de azar llamado vida.
En este escrito, plasmé el sentimiento de dejar ir, que puede ocurrir con una antigua versión de nosotros, un trabajo, una amistad e incluso un ser querido que nos espera en otra vida. Los cambios son inevitables y necesarios para avanzar, seguir aprendiendo y no estancarnos. Siempre podremos recordar algo o alguien que ya no está, en una charla, una canción, un sentimiento, etc. Lo bonito es guardarlo en nuestro corazón, y mientras esté allí, nunca morirá.
En este Día de Muertos, recordemos con amor a esos seres queridos que se nos adelantaron, con quienes compartimos años, alegrías, tristezas. Abracemos esos recuerdos. Cada año recordemos lo especiales que fueron para nosotros y lo especiales que fuimos para ellos, ya que una parte de nosotros vive en ellos. Recordemos con orgullo ese «antiguo yo» que creció de la mano de personas que tuvieron triunfos, errores, experiencias. Conservemos gran parte de ellos en nosotros: tradiciones, costumbres, ideologías, lugares, genes, etc. Al final no hubieramos sido lo que somos hoy sin ellos.
Agradezcamos a la vida por aquellos que nos acompañaron y a la muerte que hoy, 2 de noviembre, celebramos el amor eterno.
Es poco el tiempo y son muchos los temas para abordar en espacios tan valiosos como una columna semanal. Durante los últimos días, me he estado preguntando, ¿qué deseo escribir, qué deseo compartir?, porque la realidad es que no siempre confluyen ambos ejercicios; uno es lo que escribo, otro, lo que final llega al público lector.
Me he sentido fascinada por ejercer la escritura, más allá de la literatura. Desde distintos sitios, momentos, tareas. Estar comprometida con la poesía, también me ha llevado por otras encrucijadas, por nuevas sendas que estoy explorando. Por ejemplo estar aquí con ustedes.
Para las personas que escribimos debe ser fundamental encontrarse en otros medios, porque al final nuestras voces hacen eco o por lo menos, es lo que quiero creer, ahora con la tecnología y el internet, el rango de acción es enorme.
Dentro de la poesía caben todos los mundos, eso platicaba hace poco con un compañero escritor. Si bien es cierto que la poesía es un lenguaje, no es un lenguaje frecuente, es decir que no se usa para el día a día, para realizar nuestras actividades importantes, para lo más urgente, no tiene códigos, signos o símbolos que puedan ser usados de forma natural. La poesía es una construcción, una especie de aparato, un artefacto. La poesía tiene otros momentos, otros espacios que sí le son esenciales e inherentes.
A veces me siento con impulso suficiente como para cruzar caminos, patrones y entonces con un poco de buena fortuna: tratar de exponer en un solo contenido, todo tipo de formas de escritura, sin duda es algo que resultaría fascinante.
Hay cartas que nos conmueven, por ejemplo, pero también nos explican, nos abren los ojos, nos comparten hechos, temas trascendentes. Hay poemas que solamente juegan con las palabras, que las hacen ir de aquí para allá, como en una especie de vaivén, un movimiento repetitivo, con un ritmo atrayente. Otros poemas nos rompen en mis pedazos, abren la cortina de la realidad, parten el suelo de la sociedad, nos iluminan el rostro con verdades que hieren, de tan fuertes, de tan terribles nos derrumban en cuanto pasamos de un verso a otro; a esos poemas los veo como una especie de explosión, apenas dura, pero el impacto es enorme.
Existen esos otros poemas que vamos disfrutando poco a poco, como un perfume, como un lugar sagrado: entramos con pasos suaves, de puntillas, sin querer mover nada, sin hacer ruido, como captando todo lo que nos rodea, ese tipo de poesía permanece más tiempo con nosotros, porque tenemos que revelar cada verso, encontrando una y otra vez algo distinto. No es una explosión, es la inmersión a otros universos. Ambas formas son fundamentales.
Ahora, a mí me gusta que ustedes como lectores puedan sentir en un solo texto, todas las emociones y sensaciones posibles, esa es mi aspiración cuando escribo algo diferente, cuando salgo de lo versado, cuando trato de llegar a otros cielos, cuando procuro ver a través de los espejos con distinta mirada.
¿Para qué la poesía si tenemos la vida, la música, la pintura?, ¿para qué la poesía si tenemos formas más efectivas de comunicarnos?
Ustedes, ¿qué piensan? Yo creo que en la poesía encontramos las palabras que precisamos cuando nos afrontamos a los grandes temas de la humanidad como la existencia, el amor y la muerte.
También creo que en la prosa encontramos la manera de llegar más rápido, más pronto, más efectivamente, por ejemplo como ahora, que seguramente se darán cuenta de que escribo desde una certeza como una hoja en el aire y todas los cuestionamientos posibles como la infinita combinación de palabras de un nuevo poema.
En la poesía conviven: el amor, la vida y la muerte.
Tengo 23 años y me duele el pecho, No como un mal congénito No como la clase de dolor que justifica un médico.
Tengo un titulo universitario Un puñado de sueños Y un futuro incierto.
Me tiembla todo el cuerpo Mi mente grita todo el tiempo ¿Cómo llegaré viva a los sesenta si no tengo empleo?
No hay trabajo que pague renta Se van 12 horas de mi vida Entre idas y venidas Para al final quedarme haciendo fila.
Tengo 23 años y tengo miedo, Lo que sé hoy me hubiera servido aplicarlo ayer. Mañana caduca el conocimiento.
El mundo gira tan rápido Y otras tan lento, Nunca se detiene a esperar Pero me exige tener paciencia.
¿Para qué espero? ¿Qué espero? Nada parece tener solución ¿La oscuridad viene desde dentro?
Hay gente que tiene mi edad Familia, trabajo, la vida resuelta Para otros esto apenas empieza. Los «mejores años de mi vida» pesan.
Tengo 23 años y me doy cuenta: No todo lo que me enseñaron resultó ser bueno. Tengo energía y estoy cansada Me siento sola estando acompañada
Y pienso: ¿Será que a los 25 encuentre la calma? ¿Me sentiré mejor cuando cumpla 30?
Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 23 años de edad, psicóloga, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.
Cuando tienes 24 te sientes dueña del mundo; no digo que los otros años sean más o menos emocionantes, pero es que a los 24 casi llegas al cuarto de siglo y pues, tienes un montón de entusiasmo y energía para derrochar en lo que sea, siempre y cuando no se trate de una tesis o de ser constante en los talleres sabatinos. Ya saben, la vida amorosa pasa a segundo término cuando decides ser emprendedor y dueño de tu tiempo, partidario de la vocación y el amor al arte, solvente, responsable, autosuficiente, independiente, desinhibido, desobediente, desiderata… desempleada. Sí, un día, de la nada te quedas sin trabajo, sin ingreso y te encuentras a la deriva, pero qué más da, si tienes 24 y eres dueña del mundo… lo que viene es historia. ¿Cuándo abandonas los sueños? porque parecen muy pocos los diez años de antigüedad que marca la firma en mis primeras pinturas, o la fecha de algún poema mal escrito que no sabía de talento pero sí de pasión. ¿Cuándo nos resignamos a las reglas, a la vida cuadrada que marcan las oficinas, los horarios, la rutina? ya sé que el mundo no funciona así, que por algo existen esas sandeces, pero díganme si soy la única que ha sentido que nació en la «civilización» equivocada, porque puedo no saber a veces qué quiero, pero tengo clarísimo, desde siempre, qué es lo que no quiero, que el mundo me juzgue por eso y no por otra cosa, no por cobarde. Igual estoy desvariando, pero es que ¿de verdad nadie aprecia el amor, la libertad, esos dos que se nos otorgan como algo natural desde que llegamos al mundo? ¿nadie puede entender que a la mitad de tu vida promedio te sientas libre de no seguir a nadie más que a ti, capaz de perder un buen amor por rehusarte a las ataduras, a la enajenación? ¿a ninguno de ustedes les han brotado del cuerpo las ganas de mandar todo al carajo y dedicar sus suspiros a la contemplación de grandes paisajes o sublimes atardeceres y no a la frustración, al encierro? Ese sí que debe ser dominio del ser y no el de los hippies que sin drogas no son nada… pero a los 24, ¡carajo! a esta edad matas mosquitos y sientes que el mundo debe respetarte porque, pues, esos bichos son una plaga molesta que a todos nos enfada, o ¿conocen a alguien que asegure que su animal favorito es el mosquito? a mí por lo menos, con todo y mi amor por la Pachamama, matar mosquitos me ha hecho feliz, porque hoy por hoy, soy desempleada y al fin, dueña del mundo.
Los cerros le formaron una cuna hace 30 años en Amacuzac, Morelos. De pequeña escribía sobre el olor a guayaba y hoy sabe que hasta la corteza de un árbol se puede convertir en una historia. Es comunicóloga y acá materializa su amor a las letras.
Respiro, no va a pasar nada, me digo y procedo a prender la licuadora, mi corazón está acelerado, como si hacerle sopa a Eileen se tratara de un deporte extremo… el sonido anuncia una mezcla exitosa de jitomate, agua, cebolla y ajo, lo veo todo aterrada, mi ansiedad me dice que la licuadora podría explotar e imagino vidrios insertados en mi ojo, o que podría hacer un corto circuito porque en la parte superior del vaso hay una fisura donde el líquido se saldría fácilmente, regreso a la respiración y me regaño: hay una probabilidad bajísima de que eso suceda; la apago y regresa la calma.
Pero este sentimiento de paz dura muy poco, porque ahora toca prender la olla exprés, una potencial arma para el ansioso, la cual también puede explotar o provocar un incendio, o al salir al súper en la camioneta (que cuando se trata de mantener la misma velocidad por un buen tramo me siento segura, como al ir a casa de mi mamá, en el campo, donde el caos de la ciudad no existe) ya sea al pasar por calles pequeñas conectadas unas a otras con distintos sentidos, imagino el choque, siento que de la nada saldrá un auto a máxima velocidad y la muerte será instantánea: no podré comprar la despensa, no veré crecer a mi hija, dejaré endeudado a mi esposo por la camioneta inservible, por el daño a terceros, por el costo del funeral (le he dicho que quiero ser cremada y mis cenizas enterradas en algún bosque, pero es algo que no podré controlar y eso también me da más ansiedad), y no se diga cuando manejo con mi bebé, la cadena de supuestos es más larga y dolorosa, por eso procuro dejarla en casa, con su papá o con su abuela.
Sucede lo mismo cuando voy con el dentista, muchas veces me pregunto si el haber visto con tanta devoción Destino Final cuando niña no sembraría la semilla de los accidentes improbables en mi mente, y es que el ruido de sus aparatos dentro de mi boca me produce terror, ¿y si el dentista tuvo un mal día y está distraído mientras quita la caries?, ¿qué tal que el aumento de sus lentes ya no es el que sus ojos necesitan y esa lámpara vieja anuncia la muerte próxima de su luz?
¿Fueron las películas o es esa incapacidad de estar presente y tranquila en mi día a día? Dice mi esposo que no está bien vivir en la imaginación y desconectarse de la realidad, pero para mí la muerte está latente en casi todo lo que hay afuera. A f u e r a. Si hay un afuera hay un adentro. Es necesario desglosar un poco esta dualidad. Todo se trata de mí. El ruido del mundo desvía la atención en lo importante: mi cuerpo, yo.
Después de ver un rato hacia adentro, me parece que esta ansiedad es una especie de refugio que justifica mi falta de acción en el mundo, es mi zona de confort. No pretendo hablar por las personas que tengan ansiedad, solo que yo lo veo/vivo así. Como si tener esta condición fuera un obstáculo para responsabilizarme de mi vida, no lo hago a voluntad, soy consciente de ello pero me es inevitable sentirlo. A veces es un estandarte que con orgullo muestro, otras es el intruso que llega a mi vida. Al finalizar el día, se ganaron varias batallas que solo yo sé.
Trato de comprender lo que siento con amor pero a veces la rabia sucede, por ser yo, pero tengo una hija que verá mi reacción ante la vida y quizá creerá que mis formas son las correctas, qué presión tan grande es ser madre: te obliga a sanar y salir de esos lugares seguros a los que nos hemos acostumbrado. Es necesario vivir de otra manera, pensar distinto, respirar profundo y decirme que todo irá bien, aunque no lo sepa, por ella, por mí. Y así llego a la filosofía budista, concretamente al mindfulness. Claro que ya había escuchado sobre este concepto pero al encontrarme a Sogyal Rimpoché y Thich Nhat Hanh me hizo más sentido y urgencia el aplicarlo en mí.
La cabeza está llena, sobrecargada de imágenes, discursos y recuerdos, a veces ficticios, que no le damos espacio a la serenidad. Vaciar nuestra mente para replantearnos si lo que nos decimos cada día es algo que funciona o no. No hay malo o bueno, solo lo que es útil o no para nosotras. Todo tiene un por qué, ¿por qué la ansiedad es mi refugio, por qué la victimización o la pereza son mi constante? Se trata de ser conscientes, y una vez que entendemos eso, se trata de actuar, pero iniciar este camino del autodescubrimiento es más cansado que seguir viviendo como siempre.
Callar la mente no, más bien encontrar su verdadera naturaleza, la esencia de quiénes somos, sin todos los prejuicios o modelos que se nos han impuesto, aceptando pero no haciendo parte de nosotras el ritmo del sistema que nos rige, dudando de todo y reflexionando no solo los actos que llevamos a cabo sino las palabras que elegimos para comunicarnos. Meditar es ver profundamente el corazón de las cosas, dice Nhat Hanh, y eso implica estar presente, para eso necesitamos poner atención a quienes nos hablan y a lo que sucede a nuestro alrededor.
Dejar de vivir en automático para que nuestro cuerpo y nuestra mente sean uno solo, porque si tú no puedes estar realmente ahí, donde sea que estés, leyendo esto, con tus amigxs, al estar con tu familia, al ver una película o escuchar una canción, al presenciar la caída del sol o la lluvia llenando de vida a la tierra, si tú no estás ahí, nada estará ahí. No hay luna espectacular si no estás tú viéndola plenamente y el viento no es viento si no escuchas su consejo. Podemos crear un mantra, esa frase que nos regrese a lo que queremos: estoy aquí y nada malo está sucediendo. Probablemente esto que digo sea trillado, pero para mí ha sido el ancla que me sujeta a la vida real, para poder estar en el mundo abrazando mi ansiedad.
Cuando meditamos logramos tres cosas, según Rimpoché, la primera es unir todos los aspectos de nosotras mismas, al llevar la mente dispersa a casa (el lugar donde nada perturba) podemos morar en calma y comprendernos mejor; la segunda es que la presencia mental desactiva nuestra negatividad, agresividad y las emociones turbulentas: más que suprimir las emociones o entregarse a ellas se trata de contemplarlas con aceptación y amor; y finalmente es revelar nuestro buen corazón esencial, lo que somos sin el ruido del mundo, eliminando el daño que hay en nosotras para poder unificarnos.
Meditar no es fácil, yo aún me distraigo con facilidad, pero lo importante es tener la iniciativa de hacerlo todos los días, un minuto, luego cinco y más adelante, hasta una hora, aunque el tiempo no es lo que importa más sino saber que meditar no es únicamente estar sentadas con la espalda recta y las piernas cruzadas, se puede meditar escuchando algo, leyendo, viendo un objeto que nos dé tranquilidad, al caminar, haciendo un escaneo corporal mientras respiramos, lo que sea que queramos hacer pero con atención plena y verdadera.
Aceptar nuestras emociones y tratar de entenderlas, sin juzgar ni castigar, ver cómo nacen, cómo pasan y cómo se van, como el cauce de un río. De esta manera descubrimos que no somos esas emociones: no soy ansiedad, no soy celos, no soy enojo, no soy miedo ni odio, y lo dejo pasar. Saber dejar es algo fundamental para poder evolucionar. Estamos en el proceso.
Bibliografía:
Nhat Hanh, Thich. True love, a practice for awaking the heart. Shambhala Boulder, 2006.
Rimpoché, Sogyal. El libro tibetano de la vida y de la muerte. Urano, 1994.
Yaneli J. González Velasco nació en Calvillo, Aguascalientes en 1995. Es egresada de Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Correctora de estilo y mamá de Eileen. Su cuento “La huida”(2022) obtuvo el primer lugar nacional por la librería sinaloense Sra. Dalloway. Es parte de la antología de poesía hidrocálida Brevario pandémico (2020) por la editorial independiente Agujero de Gusano. Como Camila Sosa Villada ella cree, con firmeza, que sin la escritura no habría posibilidad de vivir.