Desde hace algunos días, he notado que la falsa modernidad me consume o, mejor dicho, nos consume como sociedad. Y, es que, la vida se compone de un vaivén de rutina, placeres y desmotivación continúa.
Por un lado, los trabajos, para las nuevas generaciones, son cargas excesivas que no respetan horarios laborables y que, además, pagan un sueldo no tan justo para todo lo que exigen.
Desde estos aspectos, a la sociedad no le queda más que una puerta viable, entre todas aquellas que le han sido cerradas: la puerta del hastío. Por lo que, es normal que se busquen placeres inmediatos para saciar ese vacío oscilante que va desde lo pedante de la cotidianidad hasta lo insulso de los sueños a futuro.
No hay nada como llegar a casa, encender alguna pantalla para disfrutar de una buena serie o un montón de vídeos cortos sin sentido, que de alguna manera se roban nuestro poco tiempo libre sin dar ningún fruto a cambio. Acciones que, en consecuencia, provocan la distracción sobre lo que es realmente importante en la vida: la contemplación y creación de la realidad.
¿Qué más da si pierdo el tiempo al ver vídeos de tipos bailando un trend viral o, si me informo únicamente por medio de vídeos que ya no sé si son reales o ficticios?, ¿qué más da si me enfrasco en mis problemas y dejo que el mundo gire?, ¿qué importa si allá hay una guerra, más acá una elección cercana, cuando lo que me interesa es por qué sagitario es más enojón que tauro?
Estoy cansada mentalmente para pensar y tener una opinión propia, me falta tiempo para reflexionar y cuestionarme, pero me sobra para beber y olvidar el contexto que me rodea. No obstante, me atrevo a decir que, estos problemas son los problemas del ahora y de la gran mayoría.
La literatura, el arte, la filosofía, las humanidades en general, quedan de lado ante la necesidad de los avances tecnológicos y la generación de riqueza para unos cuantos que se alimentan de la pobreza de muchos.
Ya no hay tiempo, la sociedad nos educa para actuar de una manera determinada. Entre más domesticados estemos, entre más parecido pensemos, es mucho mejor. La diversidad asusta, el aburrimiento también. La humanidad lleva a la tristeza, y la cotidianidad, con sus asombrosos descubrimientos, conlleva a una felicidad creada, pero inconstante a través de la rapidez de sus impulsos.
Un hombre que se aburre y busca su refugio entre letras que lo enfrentan a la realidad, es un arma que despertará a las ovejas que querrán salir corriendo para enfrentar a los lobos.
En este contexto, y con este pensamiento abrumador que me consume cada noche, llegué a la lectura de un libro llamado Fahrenheit 451 que es una novela de ciencia ficción escrita por el autor Ray Bradbury. En dicho texto, me di cuenta de que hay tantas cosas que ya son una realidad tangible en la actualidad.
La obra nos relata la historia de una sociedad futurista donde prácticamente se prohíbe leer (aunque es una situación, en gran parte, causada por elección propia), y donde los bomberos en vez de apagar el fuego, lo provocan quemando los libros y las casas de las personas que tienen libros. En este punto, la sociedad comparte un vacío y una monotonía que los rige. Las personas ya no tienen la capacidad de la socialización, de la sensibilidad ante los mínimos detalles como una puesta de sol, no tienen un motivo real de vida, sino aquel que se les impone desde que nacen. Por estas razones, se les prohíbe leer libros, para que no rompan con el equilibrio creado que conlleva una felicidad inventada, donde se casan con personas que ni siquiera conocen, o donde sólo importa el conseguir un montón de pantallas para pasar el tiempo.
Esta obra es el descubrimiento de la identidad de un hombre que se dio cuenta de todo lo que les narré en el párrafo anterior. Un hombre que comienza a cuestionar todo a su alrededor: lo incoherente que era su trabajo, la infelicidad de su matrimonio, el por qué le era prohibido aprender y conocer más allá del presente, cuando en el pasado había muchas cosas que le atraían, como la lectura y escritura de los libros.
Pero, sobre todo, el libro en sí, deja la cuestión de ¿qué pasaría si nosotros como sociedad evolucionamos a un mundo sin razonamiento propio, donde todo está limitado a una sola visión como sociedad? Sin embargo, es necesario aclarar que aquí, el término de evolución no lo utilizo como sinónimo de avance, sino como el pasar del tiempo con los cambios que se presentan en las maneras de vivir, es decir, como un simple proceso desencadenado por las consecuencias de las decisiones tomadas a lo largo de los años.
Por otro lado, aclaro que no estoy diciendo que la tecnología sea mala, ni que nuestra sociedad sea completamente absurda, pero sí afirmo que nuestra falta de interés o asombro por aprender cosas nuevas, nos está conduciendo a la decadencia como especie. O siendo un poco menos drástica, al menos nos encaminaremos hacía una nueva época de oscurantismo, pero uno lleno de una falta de tolerancia, empatía y sensibilidad, donde la violencia y egoísmo serán los principales motores culturales.
Bueno, dejaré de lado mi mala vibra y mejor les invitaré a que lean ustedes el libro, comparen la realidad y se dejen llevar por un mundo fantástico y real que los envolverá en una atmósfera de tensión y reflexión continúa. No sin antes cerrar con una cita que les da una probada de lo que es esta novela en sí:
Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de Estado o cuánto maíz produjo Iowa el año pasado. Atibórralo de datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices, porque los hechos de esta naturaleza no cambian. No les des ninguna materia delicada como Filosofía o la Sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino se encuentra la melancolía (…). Así, pues, adelante con los clubs y las fiestas, los acróbatas y los prestidigitadores, los coches a reacción, las bicicletas, helicópteros, el sexo y las drogas, más de todo lo que esté relacionado con los reflejos automáticos (Bradbury, 2017, p. 73).
Ahora sí, me despido, y les dejo abierta la pregunta de la ciencia ficción en general: ¿qué pasaría si…? ¿Qué pasaría si nos vemos en la siguiente columna para leer otra sugerencia de lectura?
Referencias Bradbury, R (2017). Fahrenheit 451. México: Penguin Random House Grupo Editorial.
Maleni Cervantes (1997) nació en Yahualica, Jalisco. Actualmente, es egresada de la Licenciatura en Letras Hispánicas por parte de la Universidad de Guadalajara. Como autora ha participado en distintos proyectos, entre los más destacados se encuentra su columna de opinión “Vagando por las calles” en la revista de Engarce donde trata temas de cultura mexicana. Por otro lado, ha publicado cuentos en diversas plataformas, por ejemplo, en el libro Bajo el paraguas o en la revista electrónica Letralia. Además, ha sido tallerista de escritura creativa para estudiantes de preparatoria por parte de Luvina, la revista literaria de la UdeG.
Mientras vuelo de regreso a casa me pregunto cómo será volver a abrazarlo después de tantos años, extraño platicar con él, sentados en la mesa tomando café, por más que lo intentó nunca pudo sostener la comunicación a la distancia. Y aunque no lo culpo, su imposibilidad de poner en palabras lo que siente, ha creado un océano de distancia entre nosotros. Hay muchas cosas que no se permite: llorar es una de ellas. Sus ojos se notan pesados, como si cargaran todas las lágrimas no derramadas. «Eran otros tiempos, todos teníamos que trabajar, no había lugar para jugar.», responde cada que le pregunto por su infancia, y con la misma prisa que el conejo de Alicia, termina por cambiar de tema. Conozco poco de su historia. A veces pienso que ni él tiene acceso a ella. Como si la hubiera guardado en un cajón y no tuviera ni idea dónde ha dejado la llave. Se necesita fortaleza para vivir sin hablar de lo que te atraviesa. Y para una morra como yo, que encuentro en la palabra, sentido, ahí dónde sólo había vacío, me es difícil comprenderlo. Por eso pienso en él como un hombre fuerte, aunque quizá no por elección propia. Ha dedicado su vida al trabajo. No lo recuerdo de otra manera. Siempre chambeando, hablando de chamba o quejándose de la falta de ella. Me costó tiempo y dolor comprender que él no dice te quiero, y que sus brazos no son refugio, él te cocina tu platillo favorito, o un día cualquiera te dice, ahí te compré esos aretes que querías, sin percatarse siquiera que te está dando un regalo. Me tiembla todo el cuerpo, no logro distinguir si es a causa del aterrizaje (la posibilidad de que se estrelle el avión me aterra) o si son mis nervios respondiendo al encuentro que me espera cruzando las puertas del aeropuerto. Mis maletas aparecen rápidamente en las bandas, las tomo, temblorosa. Inhalo y exhalo 3 veces, en un intento de tomar fuerza. Lo difícil de irse es volver. Camino entre otros que probablemente también regresan y al fondo, veo su rostro, lo observo detenidamente y descubro algunas líneas nuevas, ahora forman parte de esas facciones duras y rígidas que han estado siempre ahí, Don Héctor se hizo viejo, quiero correr a abrazarlo y decirle lo mucho que lo he extrañado, pero mis piernas como jugándome una broma, eligieron detenerse. Se acerca entre la gente, me mira, sus ojos extrañamente se encuentran ligeros, qué raro, pienso, y cuando llega justo frente a mí, lo noto, está llorando, me abraza tan fuerte que las vibraciones de mi cuerpo cesan y es ahí cuando escucho, me has hecho tanta falta hija.
Ximena Moranchel Gutiérrez. Licenciada en Psicología Clínica por la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ). Cursó un semestre de la licenciatura en la Universidad de Buenos Aires. (UBA). Ha participado en diversos talleres entre ellos en el curso de Psicoanálisis y Género impartido por Ñandutí. Actualmente trabaja de manera independiente, dando terapia en línea en su mayoría a migrantes hispanohablantes. En el 2016 migró a Buenos Aires y desde entonces su corazón está dividido entre dos lugares; México y Argentina. Feminista, viajera y nostálgica a tiempo completo. Escribe para no asfixiarse y lee para poder respirar.
No siempre pagar con la misma moneda, el desagravio de otro, es la respuesta correcta, aunque quieras hacer justicia. “¿Te maltrató? Dime qué te hizo ese cobarde. Su mamá no le enseñó que eso a una mujer no se le hace, no se hace… ¡No se hace!”es uno de los versos que interpreta el famoso cantante Silvestre Dangond en la producción musical “La Justicia” junto a Natti Natasha. Lejos de cumplir con las expectativas de Dangond, el cual afirmó: “Espero que esta canción le lleve esperanza a muchas otras mujeres que en sus vidas sienten el maltrato y que sepan que al final del día, siempre se hará justicia” (RCN, 2018). El sencillo presenta entre sus versos, como sucede con la mayoría de las piezas musicales en la actualidad, expresiones micromachistas.
El micromachismo es una “forma de machismo que se manifiesta en pequeños actos, gestos o expresiones habitualmente inconscientes” (Real Academia Española, s.f., definición 1). Micro machismos utilizados para culpar a otra mujer del fracaso romántico y además justificar la infidelidad. En el verso anterior, se alberga una afirmación antiquísima de la responsabilidad de la mujer en la crianza exclusiva de los hijos e hijas y que por lo tanto cualquier error o defecto en sus relaciones afectivas, significa una equivocación de la madre. Refiero: “Su mamá no le enseñó”. Ciertamente la psicología avala la influencia del lado materno en el desarrollo integral de los hijos e hijas, sin embargo con respecto a las relaciones sociales el padre es el responsable. Suárez Vélez, psicóloga, Especialista en familia, con énfasis en Enfoque sistémico aplicado a contextos familiares, educativos y organizacionales, señala la importancia del padre en los procesos de desarrollo de los hijos, en particular en la parte afectiva; particularmente en tres áreas: desarrollar una mayor autonomía e independencia en el hijo, facilitando el proceso de separación-individuación de la madre (Suárez cita a Pacella 1989; Lamb, 1977; Abelin 1975); el padre impulsaría la diferenciación y la tipificación sexual en los hijos (Suárez cita a Lamb, 1986; Smorti, 1987); el padre promovería la adquisición de los valores sociales y, por consiguiente, el desarrollo moral (Suárez cita a Lamb, 1981; Parsons y otros, 1982). La figura paterna debe asumir el compromiso social- afectivo responsable hacia los hijos e hijas para gestionar las emociones empáticas en las futuras relaciones románticas.
Por otro lado, Natti interpreta otra línea en la cual refleja la dinámica social del consciente colectivo al normalizar el comportamiento promiscuo del hombre en contraposición estigmatizante hacia la mujer: “Si un hombre es quien la pega eso es un macho (Y que es una mujer cuando pone los cachos)”. La Vanguardia (2019), presenta las valoraciones del Observatorio Europeo de la Infidelidad, ante un estudio realizado por el instituto de estudios de opinión Ifop para la web de encuentros extraconyugales Gleeden, en el cual se confirma que aún se estigmatiza lasrelaciones extraconyugales de las mujeres. Y con respecto a la toma de decisión de la mujer con respecto a su cuerpo. En la canción se agrega un verso: “Él no sabe que ella tiene suplente/ Es que hace tiempo nadie me pone caliente” ¿Es la mujer un objeto sexual? ¿El sexo es su plusvalía? ¿O es una escueta referencia a la insatisfacción sexual que recibía? Cual sea el contexto, la letra expone el principio de una sociedad alienada que hipersexualiza a la mujer para que encuentre satisfacción al brindar placer incondicional al hombre: “Hicimos justicia porque en el amor el que la hace la paga”. En realidad, la mujer encuentra consuelo en imitar las acciones de su pareja infiel o fue manipulada por su “amigo incondicional” en un momento de vulnerabilidad emocional. Y es aquí donde retomo el verso en el cual, el amigo le invita a despejarse en una noche, pero quien lleva las riendas de lo que harán será él, no ella: “Coge tu cartera, yo manejo.”. Además, en otro verso afirma: «Que me mate con flores y no con golpes”. Ella, le da permiso a él que la mate. No con golpes, sino con prácticas pasivas agresivas: las flores. Lo que conlleva a una inmediata relación al macabro final de la mujer en este tipo de relaciones tóxicas: la muerte. En conclusión, considero que no hay necesidad de vulnerar a la mujer en una canción con tan buenas intenciones por parte de los artistas, se debe trabajar en la revisión de la letra y mensajes que transmiten en sus canciones.
Verónica José Obregón Potoy de Managua, Nicaragua. Propongo un espacio dirigido a presentar reseñas de libros y análisis de canciones a través de la columna llamada «Entre libros y canciones».
Si nos ponemos con tecnicismos, entonces acepto que el viaje inició cuando me subí al avión. Sin embargo, me niego a dejar por fuera el proceso que me llevó a realizarlo, dado que no se trataba de un mero viaje, sino del inicio de la aventura que cambió por completo mi destino.
Después de terminar mi carrera, comencé la vida laboral con la ilusión y el orgullo de haber culminado algo. Además de que me pagaban por hacer lo que me sigue haciendo feliz: escribir. Pero como mi historia no era parte de un cuento de hadas (pues ni yo era una princesa y el que yo había elegido como a mi príncipe, tenía tonalidades tirándole más hacia al gris que al azul), el desencanto llegó pronto. Mientras yo me sentía emocionada y motivada para seguir aprendiendo, mis compañeros de trabajo, quienes me ganaban con varios años de experiencia en el área, parecían ya hastiados del sistema. Quizás yo era demasiado inmadura o influenciable, pero la morosidad en el lugar empezó a pesarme tan fuerte que en ocasiones me sorprendía a mí misma lista para gimotear. O tal vez, simplemente, muy dentro de mí sabía que mi destino estaba en otro lugar y que había llegado el momento de empezar a buscarlo, o al menos prepararme para ello porque este estaba por alcanzarme.
Quien dice trabajo, dice salario; así que con la posibilidad de poder, por fin, pagar mis antojos, quise cumplir con un deseo reprimido desde mi infancia; siempre había soñado con hablar otros idiomas. Aún tengo grabadas en mi memoria esas tardes frente a mis libros soñando despierta y recreándome escenas en las que me encontraba con personas de diferentes nacionalidades. En mi juego de roles imaginario, algunos extranjeros me hacían preguntas y yo los asombraba con respuestas en un perfecto francés, italiano, inglés o portugués.
Cuando me enteré del inicio de un diplomado en francés organizado por la Facultad de Lenguas de la Universidad donde había hecho mis estudios superiores a un horario que me convenía y con una periodicidad que me ayudaría a obtener en un año suficientes conocimientos de la lengua de Moliere, no dudé en inscribirme. En ese diplomado una de las compañeras nos contó un día que acababa de regresar de Francia, donde había pasado varios meses viviendo con una familia bajo un estatus que ella llamó au pair. Nos explicó que a través de ese sistema, jóvenes de diferentes nacionalidades podían vivir en otro país con techo y comida proporcionadas por la familia que los recibía a cambio del cuidado de los niños por algunas horas al día. Además de que era obligatorio estudiar el idioma del país. La historia de mi compañera fue una verdadera revelación pues jamás había escuchado hablar de ese sistema. En esa sesión se plantó una semilla en mí, aunque seguramente se trataba de una muy pequeña pues necesité dos años para tomar la decisión.
Mientras la semilla germinaba de poco a poco, investigué más sobre la manera cómo ella había partido. Viajar como au pair me permitiría cumplir el sueño de descubrir otras culturas, a pesar de mis limitadas posibilidades económicas y las de mi familia.
Desconocía la existencia de agencias que sirven como intermediarias entre jóvenes estudiantes y familias, así que utilicé el medio que la chica en mi clase de francés había dado: una página de internet por la que se podía hacer el enlace sin intermediarios. Creé mi perfil en dicho sitio y al poco tiempo fui contactada por una familia con tres niños: un pequeño de cinco años, otro varón de ocho y una adolescente de doce.
Desde el momento en que establecimos el contacto hasta el día de mi partida acontecieron varias situaciones que me hicieron pensar que no se decidirían por mí. Aferrada como nunca a irme, hice todo lo necesario para que finalmente, seis meses después de nuestro primer contacto, me informaran que me invitaban a su hogar como su au pair. En la siguiente semana recibí por mensajería la invitación oficial que se trataba en realidad de un contrato emitido por el Departamento de Trabajo de la región donde ellos vivían, en el cual se estipulaban mis obligaciones (número de horas de trabajo por semana, tipo de actividades a realizar y la asistencia a un número determinado de horas de clases de francés), y mis beneficios (una habitación, comida, seguro de salud y un rubro llamado dinero de bolsillo).
Con mis pequeños ahorros, y el apoyo de mi hermano, quien debió haber sacado dinero de hasta por debajo de las piedras, pues a diferencia de mí y a pesar de ser mayor que yo, continuaba estudiando su carrera profesional, compré mi primer boleto de avión. La fecha de partida se fijó para finales de ese octubre.
Con el contrato en mis manos solicité mi primer pasaporte y enseguida inicié el trámite de la visa. A unas semanas de la fecha programada para mi partida, las dudas me rondaban como alma en pena. Me preguntaba sin cesar si estaba realmente lista para dejarlo todo, renunciar a mi trabajo y cambiar mi carrera, por ir a cuidar niños de extraños; dejar a mi familia, a mis amigos, los cuales formaban una de las partes más importantes de mi existencia en esos momentos de mi vida. Y es aquí donde el falso príncipe azul volvió a la escena pues estoy segura de que uno de los grandes factores que me ayudaron a decidirme, fue que en esos momentos estaba enamorada, más no correspondida. Definitivamente, un corazón roto toma decisiones drásticas.
Cuando la ansiedad por el tremendo cambio que se acercaba comenzaba a aplastarme, me consolaba pensando en que solo me iría por un periodo de diez meses, aunque mi contrato de trabajo estipulaba nueve. Mi boleto de regreso estaba fijado para finales de agosto del siguiente año. Con inocencia, me había dado un mes extra en el que según yo viajaría por toda Europa para descubrir sus bellas ciudades. Tenía la absurda idea de que con el dinero de bolsillo que la familia me pagaría podría hacer mis sueños realidad. Como una tonta había hecho la conversión de euros a pesos, y establecí mis ganancias de acuerdo al único punto de referencia que tenía: mi costo de vida en México. Sin embargo, fue quizás esa ignorancia la que me lanzó a irme, pues si hubiera comprendido el nombre con el que se mencionaba a lo que sería mi salario en el contrato que recibí “dinero de bolsillo”, tal vez no me hubiera ido y sin duda mi destino sería otro.
Hubo tropiezos hasta el último segundo. A dos días de mi partida, mi hermano me gritaba desesperado al otro lado de la línea de teléfono que había estado en el consulado de Francia y que había un retraso con mi visa. Yo lloraba desconsolada sin saber qué hacer. Sin ella, el viaje era imposible y no podía imaginar cambiar la fecha del vuelo por el costo que eso significaría. Después de varios minutos, e imagino que por el llanto incontrolable de mi parte, mi hermano se calmó, me dijo que en el consulado le habían pedido que se diera una vuelta al día siguiente. Esa noche recé con todas mis fuerzas, y le pedí al angelote que tengo en el cielo, a mi madre, que me hiciera el milagro. Mis plegarias fueron escuchadas; al otro día mi hermano me llamó para decirme que salía del consulado con mi visa en sus manos. Esa tarde viajé a casa de mi hermano, como estaba previsto, para que me llevara al aeropuerto al siguiente día.
Con el corazón retumbando como un tambor africano, veintitrés años, dos maletas rellenas de ropa, unos libros, algunos regalos para la familia que me recibiría, dos botellas de salsas Valentina —que serían mi consuelo en momentos difíciles—, pero sobre todo, repletas de sueños e ilusiones, me despedí con un abrazo eterno de mi hermano y de mi prima, quien también había hecho el desplazamiento al aeropuerto.
Jamás había viajado sola, jamás había salido de México, y jamás me había subido a un avión. No pude evitar que unas lágrimas rodaran por mis mejillas y que su sabor a iodo humedeciera mis labios. Respiré profundo y avancé para perderme en los controles de seguridad, después de girarme por última vez y hacer un gesto de adiós con mi mano.
Durante el viaje me relajé un poco y me permití disfrutar de estar por primera vez por encima de las nubes. Me quedé maravillada de la vista que mi ventanilla ofrecía al atravesar un huso horario cambiando drásticamente del día a la noche. Después de más de once horas que necesitamos para cruzar el Atlántico, finalmente el piloto anunció nuestro descenso en el aeropuerto París-Charles de Gaulle. Al escuchar el anuncio, detuve por unos instantes mi respiración. Estábamos llegando y ya no había marcha atrás. Miré por la ventanilla. Era un día gris, como muchos de lo que vería en los próximos meses.
A pesar de comprender un poco el francés (aunque de nuevo, era demasiado inocente al creer que mis clases en México serían suficientes para enfrentarme a la vida en este país), no estaba familiarizada en lo absoluto con la arquitectura de un aeropuerto. Así que después de bajar del avión me limité a seguir a todas las personas que iban delante de mí confiando en que me llevarían a donde necesitaba ir. No recuerdo cómo estuvo mi paso por inmigración; supongo que debí haber estado con los nervios de punta, pues a pesar de que ahora he atravesado ese espacio en muchas ocasiones, aún mis manos sudan y mi corazón se acelera cada vez que me paro frente a un agente de inmigración.
A pesar de la larga travesía por avión que había emprendido, mi viaje aún no terminaba. La familia que me recibiría por los próximos nueve meses no vivía en París, sino en la región de Gard, por lo que necesitaba tomar un tren que me llevaría al sur de Francia. Ellos me habían explicado a grandes rasgos cómo funcionaba el servicio ferroviario y me dijeron que tenía el tiempo justo para tomar el tren de las nueve treinta de la mañana. También me informaron que el trayecto sería de tres horas, en un tren de alta velocidad, el TGV. Ellos me esperarían a mi llegada en la ciudad de Nimes.
Después de recoger mi equipaje, sentí cómo el cansancio me caía encima, mas no tenía tiempo que perder; así que arrastrando mis maletas, me dirigí lo más rápido que pude a la estación de trenes que se encontraba dentro del mismo aeropuerto.
El espacio, a pesar de ser inmenso, estaba atiborrado de pasajeros que iban y venían sin parar. El bullicio me desconcertaba haciendo más difícil encontrar mi camino. En medio de la estación, frente a las pantallas gigantes que anunciaban la llegada y la partida de los trenes, miraba espantada el inmenso reloj en medio de ellas. Ya pasaban de las nueve de la mañana y aún no sabía dónde compraría mi boleto. Después de varios segundos distinguí, hacia mi derecha, una fila frente a unas ventanillas. Con un francés inseguro y repleto de errores, le expliqué al vendedor mi destino. Si en ese tiempo no hubiera sido tan joven y con el corazón sano, estoy segura de que habría sido víctima de un infarto al escuchar el precio del boleto, el cual consumió gran parte del dinero que llevaba conmigo.
Con el ticket en las manos, miré de nuevo al reloj cerca de las pantallas: me quedaban unos cuantos minutos antes de que el tren saliera. Debía llamar a la familia que me recibiría para avisarles que estaba en París, pero ya no había tiempo. No podía perder el tren. Empecé a correr hacia las vías, había decenas de ellas. Revisé mi boleto para tratar de descifrar de cuál de todas saldría mi tren. Sin comprender, me dirigí hacia una al azar. Miré la pantalla que estaba en medio de la vía anunciando el destino, el mío no estaba. De repente escuché por los altoparlantes algo que sonaba un tanto similar a la ciudad a la que debía ir, Nimes. El tren estaba por salir y me di cuenta de que necesitaba cruzar por una plataforma, que solo era accesible por largas escaleras o un ascensor a varios metros de donde me encontraba. Corrí tan rápido como pude arrastrando mis pesadas maletas, pero cuando cruzaba dicha plataforma, desde la cual se dominaba la totalidad de las vías de la enorme estación, pude ver como el tren se iba sin mí.
Sin otra solución entre las manos, me dirigí de regreso hasta las ventanillas donde había adquirido minutos antes mi boleto. Echando mano de todo el francés que disponía, le expliqué al cajero, al borde del llanto, que el tren partió antes de poderlo abordar. Temblaba de miedo al pensar que me pidiera comprar de nuevo el boleto, acabando por completo con mis ahorros. Creo que una vez más mi angelote en el cielo intercedió por mí, pues el vendedor me dijo que podía darme un billete para el siguiente tren sin costo alguno. El tren saldría a la una de la tarde. Sin embargo, me explicó que los únicos lugares disponibles estaban en el vagón reservado para fumadores —afortunadamente desde hace muchos años el fumar en lugares cerrados es impensable. Mi ignorancia salió a relucir de nuevo, pues me dije que un poquito de humo no podría hacerme daño. Hasta ese momento desconocía la reputación de los franceses como fumadores empedernidos. De cualquier manera, no tenía más alternativa. Era eso o esperar no sé cuántas horas en la estación.
Me alejé de la ventanilla con lentitud. El bullicio aumentaba y disminuía de acuerdo a la partida y llegada de los trenes. Por más que intentaba no lograba comprender una sola palabra de lo que las personas a mi alrededor decían. Me sentía como un alienígena. Tenía muchas horas de espera delante de mí, y fue justo en ese momento que resentí el drástico cambio de temperatura que había sufrido mi cuerpo. Después de haber vivido durante siete años en una ciudad costera, donde la temperatura promedio oscilaba en los treinta grados centígrados, me encontraba en un lugar donde las pantallas me informaban hacía quince grados. Llevaba una chamarra ligera y mi cuerpo se estremecía al sentir las corrientes de aire que se filtraban por todos los frentes. Froté mis brazos con mis manos tratando de darme a mí misma un poco de calor y me puse en búsqueda de un teléfono público para llamar a la familia.
Mientras marcaba el número que tenía anotado en mi pequeña agenda, un pensamiento me atrapó: ¿Qué tal si todo había sido una broma? ¿Qué tal si la familia en realidad no existía? Había cruzado más de diez mil kilómetros, estaba sola, con muy poco dinero en los bolsillos, y muerta de miedo. El bonjour del otro lado de la línea me sacó de mis pensamientos y calmó un poco los rápidos latidos de mi corazón. Conocía esa voz, era Christelle, la madre de familia con quien había intercambiado en varias ocasiones. Me reconoció de inmediato y me preguntó dónde me encontraba. Le expliqué cómo pude mi amarga aventura y me dijo que no me preocupara. Ella me esperaría a las cuatro de la tarde en la estación.
Agotada por el largo vuelo, la enorme diferencia de horarios entre México y Francia, y las emociones vividas en unos cuantos minutos, me senté en uno de los asientos de la gran sala de espera. Corrientes de aire soplaban por todo el lugar y por más que me moví no logré encontrar un refugio para resguardarme. Resignada, me quedé sentada añorando la llegada del tren donde podría estar lejos del frío y dormir durante tres benditas horas.
Cuando se acercaba la hora y evitando encontrarme en la misma incómoda situación de esa mañana, me acerqué hacía las vías con mucha anticipación. Confirmé estar en el lugar adecuado y le pedí ayuda a una joven para explicarme toda la información que había en mi billete. Por fin pude entender que en ese pequeño papel estaba indicado el número de mi tren y que en las pantallas gigantes se me informaba la vía que le correspondía. También en el papel estaba escrito el número de vagón y mi asiento.
Unos minutos antes de la una, el tren llegó y subí sin perder tiempo. Busqué mi lugar y cuando me disponía a abandonarme al cansancio bien acumulado en todos mis músculos, la pesadilla comenzó de nuevo. Estar en el vagón de fumadores, fue estar en un vagón casi vacío por pasajeros fijos, pero con un número interminable de visitantes que entraban con el único propósito de fumar. Yo, que nunca en mi vida había fumado, me encontré sumergida durante tres horas en una nube espesa, gris y apestosa sin la posibilidad de abrir la ventana debido a la velocidad a la que viajaba el tren. Dormir me fue imposible a causa del deseo constante de vomitar y el punzante dolor de cabeza que me acompañó a lo largo del viaje.
Bajé del tren tremendamente mareada y con el deseo de vomitar bien presente. Respirar el aire limpio al exterior me trajo un poco de alivio, el cual se multiplicó cuando vi a Christelle esperándome al final de la vía. Por primera vez desde que había dejado a mi hermano y a mi prima en el aeropuerto de Guadalajara, más de veinte horas atrás, respiré con tranquilidad.
Ese día, después de mostrarme la que sería mi habitación, ofrecerme algo de comer y presentarme a los demás miembros de la familia, me fui a dormir y lo hice por más de doce horas sin interrupción. Al siguiente día mi nueva vida comenzaba, y lejos estaba de imaginar que nueve meses después llamaría a mi papá para informarle que no regresaría a México en la fecha prevista, sino que estaba por mudarme a París a continuar la aventura con una nueva familia. Y mucho menos imaginaría que esa aventura se transformaría en mi nuevo destino y que solamente regresaría a México por cortos periodos cada vez.
Tania Farías
Mexicana. Licenciada en Comunicación Social, Universidad de Colima, México y Maestra en Recursos Humanos, Universidad París XII, Francia. Colaboró en la revista cultural Ventana Latina, Londres, Inglaterra. En 2020 participó en la antología de cuentos Nostalgia Bajo Cero. En 2021 participó en la Antología Laboratorio de Historias Breves. En el 2022 participó la publicación de Cuentos para Todos en Cien Palabras, la colección de cuentos ¿Dónde están los otros?, La casa en el Arce y Cilsam 10 años. También fue parte de la Antología Arte y Literatura Hispanocanadiense.
Mi abuela Elvira nos contó una historia con moraleja. Una campesina iba camino al mercado con un cántaro en la cabeza, lleno de miel recién cosechada. Muy contenta, quería venderla e imaginaba todo lo que podía comprar con la ganancia. Se compraría muchos vestidos bonitos, iría a bailar, conocería jóvenes guapos y ricos. Se casaría, tendría una casa muy grande, hijos, amigos y sería feliz. Soñando así, no se fijó en sus pasos y tropezó con una piedra; el cántaro se resbaló de su cabeza, rompiéndose en mil pedazos y derramando toda la miel. El sueño se esfumó. Moraleja anticipada: no debemos soñar antes de tener las cosas seguras.
Elvira quedó viuda muy joven. El abuelo Félix era perforista en La Rica, una de las minas más importantes de Real del Monte en 1947, el año de su muerte. En esa época, las condiciones de trabajo de los mineros no eran buenas. Aun conociendo los riesgos, no se utilizaba equipo adecuado para evitar la inhalación de polvo de sílice; al paso de los años se irritan los bronquios y se producen pequeñas lesiones que cicatrizan y se acumulan. Esto es la silicosis, enfermedad incurable y mortal. Así murió mi abuelo, a los 38 años dejando a Elvira viuda a los 28. Sólo había estudiado hasta el segundo grado de primaria y aunque a ella le gustaba la escuela, no la habían dejado estudiar sólo por ser mujer. Su opción para mantener a sus hijas era el trabajo doméstico. Se pasaba los días en el lavadero y con la plancha hasta le prestaron un puesto de verduras en el mercado. Era algo diferente, una actividad menos agotadora y con un poco de mayor remuneración. Sólo era necesario ir dos veces a la semana a Pachuca a traer la mercancía. Iba directamente a las hortalizas y llenaba sus costales con la verdura que ella misma escogía y cortaba. Las hijas podían quedarse con ella en el puesto y ayudarla. Así, también ellas aprenderían y, con el tiempo, podrían tener cada una su propio puesto. Esa era su ollita de miel.
Era el viernes 24 de junio de 1949, día dedicado a San Juan Bautista. Como todo inicio de verano, se esperaban fuertes lluvias y ese año no fue la excepción; para Elvira era el día de ir del Real a Pachuca a traer la verdura para la venta de sábado y domingo, los días de mayor afluencia en el mercado. No llevaría con ella a sus hijas, la mayor ya tenía catorce años y podía cuidar a las otras dos, de cinco y siete. Se iba temprano y volvía por la tarde, pero ese día se retrasó. A las cuatro, todavía estaba en Pachuca. El cielo comenzaba a nublarse.
Con sus costales llenos y la lluvia empecinándose, Elvira esperaba el camión de regreso al Real. Estaba verdaderamente angustiada. Las calles se convertían rápidamente en ríos caudalosos que arrastraban a su paso autos, cajas, gente. No había manera de regresar, el camión ya no pasaría. Milagrosamente, un desconocido pasó junto a ella a bordo de un carrito de paletas. Llevaban el mismo rumbo y se ofreció a llevarla junto con sus bultos.
En el camino, Elvira pudo ver cómo un señor se ahogaba al tratar de salvar un fajo de billetes y cómo el agua que entraba al mercado Benito Juárez, salía con latas y cajas de comida. La providencia quiso que toda esta mercancía quedara atorada entre la malla de alambre de una casa cercana. Esto pareció beneficiar al dueño, pues días después de la inundación su situación económica mejoró notablemente. O al menos eso dijeron. En la cárcel local, nueve presos quedaron atrapados y se ahogaron. En las escuelas los niños fueron subidos a las azoteas para salvarlos del agua.
Todo fue muy rápido. La torrencial lluvia se desplomó sobre la ciudad y, en cuestión de minutos, se convirtió en una tromba con granizo del tamaño de huevos de paloma, desbordando el río de las Avenidas e inundando las calles principales.
El saldo de la inundación fue de 40 muertos y 200 desaparecidos.
Elvira siempre agradeció el haberse salvado. Contaba esta historia viviendo de nuevo la angustia de haber podido sin padre ni madre a sus pequeñas hijas. Ella murió mucho tiempo después, a los 92 años, con cuatro hijos, diecisiete nietos, treinta bisnietos y dos tataranietos.
Susana Argueta
Cd. de México, 22 de enero de 1967. Buscadora de la palabra para crear nuevos mundos. Es también fotógrafa y artista visual. Ha participado en diversos escenarios como maestra, locutora de radio y productora de televisión, editora, autora de libros de texto, poeta, cronista, escritora. Recientemente diplomada en Creación Literaria por el INBAL. Ha sido merecedora del Premio Ariadna de Poesía 2022 y con mención honorífica en el Premio Ariadna de Cuento 2022. También ganó el segundo lugar del concurso de crónica “Historia de mi colonia” en 2022, convocado por el Archivo Histórico de Iztapalapa.
Tokischa se describió a sí misma para Vogue Latinoamérica como una dominicana de barrio en París. El pasado junio la rapera, reguetonera y denbowsera dominicana fue invitada a lucir un look de Jean Paul Gaultier en la semana de la moda en París. “Allá en el barrio de donde yo vengo no hay revista Vogue. Entonces estar hoy en Vogue es muy especial pa mí. Se lo dedico a mi mami” cuenta a la cámara mientras le trenzan el cabello. La colección de este año estuvo a cargo de Julien Dossena, quien reinterpretó piezas anteriores de Gaultier imprimiéndole su propio sello. Sin embargo, este no es un texto sobre alta costura, la moda ni las grandes influencias francesas de Gaultier o Dossena. Este es un texto sobre lo que sucedió cuando el desfile terminó y Tokischa subió fotos topless en su hotel parisino.
Esa noche, Tokischa incendió Twitter con cuatro fotos, dos con el atuendo de la pasarela y dos sin el top, y la descripción “Tetasss tetasss tetassss”. En minutos el post se llenó de comentarios ofensivos acerca de los pechos de Tokischa. “Ta duro ese calor, mira como se le están derritiendo las tetas…” “Pero esa teta parecen de 60 años” “mi autoestima está más arriba que eso”. Y aunque la mayoría de los tweets pertenecían a hombres, por supuesto que existieron críticas de mujeres que afirmaban tener mejores tetas, que cuestionaban porque había subido las fotos, que “no lo decían por criticar” pero le preguntaban porque sus senos estaban tan caídos. Sin embargo, muchas de las fans de Tokischa la llamaron diosa y se unieron para llenar el hilo con fotos de sus propias tetas. Decenas de pechos de diversas formas, tamaños y colores para sepultar las críticas.
En un primer momento me pareció que las reacciones negativas respondían a una postura machista, hombres enfrentándose a pechos no hegemónicos. Pero fue cuando alguien comparó el atuendo de Tokischa con el que hizo Gaultier para Madonna en los noventa cuando reafirmé que el problema del sistema es que la opresión no es solo una. El sistema no es patriarcal sin ser racista. Para ponerlo en palabras de Yasnayá Gil: “A veces se nos olvida que patriarcado, colonialismo y capitalismo son, como la santísima trinidad, caras del mismo monstruo”. Así que, permítanme utilizar la alta moda para explicar esto.
En 1992 Gaultier organizó una gala de beneficencia para la Fundación Americana para la Investigación del SIDA en honor a su novio y socio Francis Menuge, quien murió de una enfermedad relacionada con el SIDA dos años antes. Para el cierre de la pasarela, Gaultier salió acompañado de Madonna, quien al quitarse el saco que portaba dejó al descubierto sus pechos. El diseño de Gaultier era una falda de talle alto con un sujetador estilo arnés que dejaba expuestos los senos de Madonna. Este momento fue nombrado como icónico en la moda de los noventa. Como mencioné antes, la pasarela de este año a cargo de Dossena estaba inspirada en los momentos clave de Gaultier, por lo que diseñó para Tokischa una pieza similar a la de Madonna. Sin embargo, el sujetador de la dominicana tenía unos pechos falsos y blancos que remitían a los de la cantante estadounidense. A todos les pareció bien el atuendo, lo suficientemente provocador sin llegar a perturbar la norma. Pero cuando Tokischa mostró sus propios pechos, de repente su cuerpo no estaba a la altura para ser icónica, provocadora o irreverente como la reina del pop. “Si pero Madonna las tenía lindas no como 2 huevos fritos”.
Cuando Sara Ahmed habla de la repugnancia en su libro La política cultural de las emociones se pregunta “¿Por qué es tan crucial la repugnancia para el poder?” Prosigue afirmando que la relación entre repugnancia y poder es evidente en la jerarquización de los cuerpos. La repugnancia establece límites y pone a ciertos cuerpos sobre otros. Entonces cuando alguien va a Twitter y escribe “Que perro asco maldita sea” sobre el cuerpo de alguien más, hace dos cosas al mismo tiempo. En primera establece una jerarquía entre los cuerpos aceptables y los que no lo son. Mientras que marca un límite entre el cuerpo que le asquea y el propio. En palabras de Ahmed: “quien está asqueado es quien siente repugnancia, la posición en la que se “está arriba” se sostiene con el costo de cierta vulnerabilidad”. Así que hablar del cuerpo ajeno tiene una función social para separarte de aquellos que no cumplen con la hegemonía, aquellos que no “sirven” para el sistema, aquellos que deben excluirse para que exista una hegemonía.
Así que, el problema no son las críticas, entiendo que todas las personas que exponemos de manera pública nuestros sentires, cuerpos y vivencias estamos expuestos a comentarios. Lo importante aquí es lo que encierran las palabras de quienes señalan. La manifestación de la hegemonía a través de comentarios que «no buscan criticar, solo dar su opinión». Opiniones formadas por un sistema patriarcal, racista y colonialista. Un sistema que perpetúa la superioridad de algunos, y que nos utiliza para normar a los demás, convirtiéndonos en policías unos de otros para señalar quien si puede pertenecer y quien no está “a la altura”. A fin de cuentas, ¿no son los mismos comentarios a los que se enfrentó Karol G cuando reclamó el Photoshop de su portada en GQ? ó ¿ Yalitza Aparicio cuando tuvo una portada en Vogue? Porque como escribió Anzaldúa: “Es más fácil repetir los modelos y actitudes raciales que resistirlos, especialmente los que hemos heredado por miedo y prejuicio”. Es más fácil pensar que el asco que siento por el cuerpo ajeno es natural, que aceptar que es algo aprendido.
Silvia Santaolalla, mexicana, escritora y artista audiovisual. Su trabajo aborda temas como: el género, la sexualidad y el cuerpo. Ha sido publicada en las revistas: Marabunta (2018), Gata que ladra (2019), Punto de Partida UNAM (2022), Página Salmón (2022), Especulativas (2022).
El deseo de presencia, de estética subvertidora, es el de ver en el cine nuestro cuerpo, leerlo en la literatura, gozarlo en la cotidianidad, defenderlo políticamente.
Francesca Gargallo
En ocasiones nos han hecho creer que el Arte es asunto de unas cuantas personas (en su mayoría hombres) que tienen formación, talento y “buen gusto”. Y sí, hay un Arte (así, con mayúscula) que efectivamente les pertenece a unos cuantos (hombres ricos y blancos, para ser más exactas).
Afortunadamente siempre ha habido un arte otro. Un arte, así, con minúscula, que no intenta mantenerse en la neutralidad política y la imposible objetividad, al contrario, se posiciona desde un lugar alterno y produce obras y prácticas artísticas que muestran otras posibilidades de representación que no intentan encajar en cánones universales (ósea, masculinos) clasistas, sexistas y racistas.
Aquí, quisiera enfocarme en ese arte otro, rebelde y desobediente. Especialmente aquél producido por mujeres. Porque no hay nada más insurrecto que quitarte la imposición de ser musa y objeto de representación para develarte como creadora y artista.
Y para estar a la altura, hablaremos de otra estética. Tradicionalmente esta disciplina es concebida como la encargada de estudiar el Arte, pero aquí, no seremos de tradiciones.
Aquí, retomaremos la estética que se ocupa sí, del arte, pero también de la liberación de las mujeres. Porque desde este lugar alterno e indisciplinado, la estética y la liberación no son cosas aparte. Estaremos hablando, pues, de estética feminista.
No son pocas las teóricas y artistas que se han apropiado de ámbitos artísticos históricamente negados a las mujeres, produciendo obras y referentes teóricos feministas. Francesca Gargallo, gran filósofa, escritora y activista feminista autónoma, fue una de ellas y es a quien invoco para retomar su propuesta sobre una estética feminista que, al rechazar la mirada y el juicio masculinos sobre el quehacer de las mujeres, postula, entre otras cosas, modos diferentes de experimentar las emociones vitales, la percepción de la realidad y la producción de la imagen de sí y de la otredad y sostiene, por lo tanto, no sólo la percepción de lo que se ha dado en llamar arte, sino también percepciones íntimas, acciones y memorias.
Así pues, la estética no será aquí, un asunto de señoros diciéndonos cuál y cómo es el buen Arte, sino una forma de mirar nuestra liberación de cánones opresivos y ajenos que nos dictan cómo debemos vernos, actuar y hablar. La estética aquí será esa que mira no sólo las obras, sino su contexto, y que concibe a las mujeres como sujet(a)s creadoras de cultura.
Aquí hablaremos de arte en el sentido más amplio de la palabra, por lo tanto, no nos acotaremos a los lugares convencionales. Aquí, nos convoca el arte otro. El de nosotrAs, así, con mayúscula para resaltar lo subversivo y provocar a los guardianes de la buena lengua.
Aquí seremos estetas para subvertir la Cultura y el Arte hegemónicos y reconocer producciones estéticas que, en palabras de Gargallo, son capaces de desplazar los valores estéticos que guían el comportamiento y los juicios desde las imposiciones del poder; es decir, que contribuyen directamente a la creación de nuevos imaginarios, más liberadores, más nuestros.
Aquí, la apuesta será buscar atisbos (o montones) de representaciones explícitamente feministas o no, que nos permiten vernos representadas con la esperanza de inspirarnos lo suficiente y no ser únicamente espectadoras, sino también creadoras de nuestra cultura.
La apuesta es encontrar propuestas estéticas feministas que no sólo adornen, sino posibiliten nuestra liberación. La invitación es, pues, a ser insurrectas. Bienvenidas.
Defeña de nacimiento y habitante de la ahora CDMX. Psicóloga social que mira al mundo con permanente sospecha. Feminista que se reencontró con sus ancestras, aprendió a alzar la voz, y busca formas de habitar y resistir principalmente desde la cultura y el arte de mujeres. Reciente maestra en Estudios de la Mujer que se (des)encontró con la academia y diplomada en prácticas narrativas. Consultora en temas de género, educación y derechos humanos. Con una constante tendencia a la nostalgia, es escritora de sus historias preferidas y dibujanta que se reencuentra con la niña que fue.
“Muévete, Márgara, ¿qué no ves que un gadget precioso próximamente robará nuestros avestruces?”, me dice mi nana mientras vacía frenéticamente los cajones buscando algo que le sirva. No estoy segura para qué. No es como que podamos ganarle a un artefacto alienígena del que no sabemos nada. ¿Cómo se pelea contra tecnología extraterrestre? ¿Bastará con golpear la carcasa del aparato con martillos y cazuelas hasta que se rompa?, o ¿será que si escondemos nuestros pájaros en un bunker subterráneo se harte y se vaya para siempre? Por supuesto que no: a los alienígenas les sobra y les basta presupuesto como para hacer un berrinche de escala monumental tan alocado como este.
Ya te digo yo que no sabía lo mucho que importaban los avestruces. Cuando los alienígenas nos dijeron que se iban a robar todas y cada una de ellas, la gente se volvió verdaderamente loca. Los presidentes empezaron a tener juntas a cada rato, y la gente salía a marchar porque temía que empezaran una guerra accidentada, por miedo a los alienígenas, y (claro) por miedo a perder sus avestruces. Nosotros, como buena familia de rancho, no nos quedamos atrás. Nos pusimos a protestar con letreros que decían: “No más secuestros”, “No más terrorismo extraterrestre” y “Mejor llévense a los pingüinos”. Empezamos bien, pero después de algunas horas nos jactamos de lo idiotas que nos veíamos con carteles como aquellos. Si el gobierno no prestaba atención a causas feministas con décadas de antigüedad, ¿qué posibilidad teníamos nosotros, los granjeros de avestruces? Teníamos que encargarnos del asunto con nuestras propias manos. Seguro que los políticos no entendían las implicaciones de tener un establo(diagonal)gallinero con criaturas anatómicamente anormales y prácticamente inservibles.
Y podrías cuestionarme, ¿cuál es el caso de tener animales tan inútiles como esos en una granja? Y yo podría responderte que ninguno. Cero. Siempre que le preguntaba a mi nana cómo es que ganaban dinero para la familia, ella volteaba a ver a tata Marco con incomodidad. Ninguno tenía forma de responder. “Vendemos sus huevos”, decían, y sonreían con una curva forzada en los labios. “A-já”, y ya mejor no les pregunté nada.
Pienso más bien que estaban metidos en cosas más turbias, a lo mejor traficando avestruces o vendiendo carne de “alta calidad” al menor precio. Fuera como fuese, esos pájaros inútiles pagaban mucho, mucho dinero; y el dinero, en tiempos tan terribles como los nuestros, es algo que debe defenderse como se pueda. Por eso ahora tenemos a nuestras fuentes de ingresos como en caja fuerte, escondidas en el ático de la casa. Y podrían pensar que es algo estúpido, pero uno nunca sabe qué pueda servir y qué no en casos como este.
No tenemos idea de cuándo llegará el gadget precioso a robar nuestros avestruces, sólo sabemos que pasará pronto. Como no podemos hacer mucho, terminamos recurriendo a las mismas opciones que mencioné al comienzo: escondimos nuestros pájaros y reunimos todas las armas potenciales en la cocina, e hicimos una defensa exterior con vallas puntiagudas con la esperanza de que estos alienígenas sean tan malos para encontrar, como nosotros somos para esconder.
Pensamos que, tal vez, ellos vendrán y no encontrarán lo que buscan y se irán como llegaron, o que entrarán y verán nuestra barricada y a una niña y dos ancianos con sartenes y herramientas en mano listos para defender lo que es suyo, y notarán que se trata de una familia que no les tiene miedo y se acobardarán ante la idea de combatir a criaturas tan anormales como nosotros. Pensamos que pensarán que somos raros y temerán que dañemos su precioso gadget, o que lo infectemos con algún mal desconocido del que no encontrarán cura. Porque cuando el resto de las personas se esté ocultando de los extraterrestres, nosotros les diremos que no nos dan miedo y seguiremos en pie defendiendo a animales tan raros, tan mediocres (o, si prefieren, tan inútiles) como nosotros. Y se asustarán de todas las demás personas porque no sabrán cuántas estarán tan mal de la cabeza como para hacer algo fuera de su alcance, y que pelearán y seguirán peleando por un motivo que supera a un berrinche tan descabellado como ese.
Saori Scarlet García Palacio. De Guasave, Sinaloa, 2003. Estudiante de la Licenciatura en Escritura Creativa de la Universidad de Guadalajara. Participante en talleres de lectura como “El cuento es un parpadeo perpetuo” y “5 maestros del terror”, por Alfonso Orejel Soria; y del “Taller de cuento” junio-julio 2023, impartido por el autor Alfredo Núñez y organizado por la Coordinación Nacional de Literatura (CNL). Creadora de contenido en “Tántalo Envenenado”, página de arte y poesía en Instagram. Escritora novel, con gran interés en la producción, traducción y análisis literarios, especialmente el ensayo y la poesía.
La cultura popular es sumamente importante porque refleja cómo las personas comprenden problemas sociales “complejos” y de dedicación “exclusiva” de ciertas profesiones. Por ejemplo, el derecho, que debería ser una materia de comprensión ciudadana para la defensa de nuestros derechos, es sumamente compleja sino se contrata a una persona profesional en la materia, sin embargo, eso no significa que miles de películas, canciones o poesías no se hayan pronunciado respecto a la ciencia jurídica de una forma más sensible y humana que el derecho mismo, que dicho sea de paso, se ha vuelto frío para quienes necesitamos de él.
Hoy quiero compartir o hacer alusión al pensamiento de Simone de Beauvoir plasmado en su obra El Segundo Sexo y que pudiera tener sentido en uno de los párrafos de la canción de Barbie, que ahora ha sonado más gracias al estreno de la película. Para ello, invitaría a situarnos en esta breve historia:
Decides casarte, y al hacerlo, como una de tus funciones estereotípicas de mujer, debes quedarte en el hogar, porque eso es “lo que te corresponde”. La mujer es de la casa, de la vida privada y el hombre, es quien provee, el de la vida pública. O eso dictan los estereotipos. Estar en esa posición, pudiera llegar a representar el aniquilamiento del ser, en el sentido de que esa mujer pierde la posibilidad de ser lo que quiso ser (siguiendo la insignia de Barbie), porque ahora tiene que dedicar su existencia a esa labor y olvidarse de algunos sueños a los que ya no podrá dedicar más tiempo. ¿Qué pedirías tú a cambio de aniquilarte?
He hecho esta pregunta a algunas personas y la respuesta más común suele ser “no sé”. La que más me ha llamado la atención es “¡Nada! ¡Es que eso no podría entregarse y mucho menos negociarse!”. Lo cierto es que sí se otorga y sí tiene un precio, que de acuerdo a Beauvoir, es la entrega total del alma del otro, es decir, se espera que al dejar de ser por ti, tú seas absolutamente mío. En otras palabras, casarse puede implicar un contrato en el que la mujer acepta renunciar a sus sueños e ideales, siempre y cuando, el hombre sea de tiempo completo para ella. Esta reflexión de unos renglones forma parte de la obra del Segundo Sexo, pero tal vez, algo que la representa con sencillez, es la canción de Barbie cuando ésta canta:
“You can touch
You can play
If you say, «I’m always yours»
Barbie le dice a Ken: puedes tocarme, puedes jugar, si tu me dices “soy solo tuyo”. Acaso, ¿esto no representa el pensamiento de Beauvoir? No sé si el grupo Aqua que creó esta canción alguna vez leyó el Segundo Sexo o si simplemente, desde la cultura popular; desde su música, desde lo que se observa en sociedad, advirtió que esto es una situación que ocurre. Algunas mujeres se aniquilan a cambio de creer que se posee al otro, ello sin considerar que el resto de la letra es profundamente machista.
La canción fue un éxito rotundo, y tuvo muchas críticas positivas como negativas. Para efectos de este tema, destaca la opinión de Larry Flick, que según algunas notas de Internet, mencionó que la canción contiene “muchas de las cosas retorcidas que la gente hace en secreto con la muñeca». Pareciera que estas cosas retorcidas, lamentablemente, son verdades en las vidas de algunas mujeres, pero en un secreto que ya no lo es tanto, que se reproduce en el seno de varias parejas, y que incluso, ya fue advertido en la cultura popular, en una canción como la de Aqua.
Esperemos pronto la cultura popular y grandes filósofas vayan identificando otras historias más amables en las que las parejas puedan vivir en entornos de respeto, igualdad y compromiso. Ojalá suenen nuevas canciones, otras voces, otras alternativas para nosotras.
Natalia Mendoza Servín es abogada y maestra en transparencia por la Universidad de Guadalajara. Se ha dedicado a temas relacionados con transparencia, acceso a la información y privacidad, pero desde el año 2020 ha decido decirle al mundo que ama la causa de las mujeres, así que también es especialista en Estudios de Género por la Universidad Pedagógica Nacional, y ha combinado lo que le apasiona con el feminismo desde entonces. Le gusta hacer análisis jurídico y feminista de las expresiones artísticas, y lo comparte, porque nunca se sabe cuándo esas reflexiones pueden ser útiles para alguien.