encerrarme en un capullo y meditar un largo tiempo
hasta encontrar la respuesta.
Sufrir, sentir, rendirme, intentar una vez más
hasta salir, abrir mis alas y despegar como cometa.
Mónica Benítez
Mónica Paulina Benítez Castro (Puebla, Pue. 1998), escribe poesía y narrativa, pinta en sus tiempos libres y actualmente estudia la licenciatura en Lingüística y Literatura Hispánica en la BUAP.
De tantos días y años mirando un paisaje azul, veraniego de un sentir salado, resulta a veces imposible no tocarlo con la piel (de vez en cuando) Resulta sentirlo extraño, en esos días nublados, con un viento inesperado, esperando que se lleve todo y deje solo lo necesario ¿Pero necesario para quién? para ti para mi (o ambos) Con cierto temor hay que evitar ver el oleaje, ya que si miras demasiado, te puede conducir a un lejano horizonte. Y de tantos días extrañandolo, es necesario regresar, para sentir profundo de nuevo.
Monica Tadeo
Artista Visual procedente del sureste del país, cuando no observó a través de la cámara, lo plasmó en palabras y en ocasiones estas se combinan. Con un interés por enunciar el sentir, cuestionarnos y replantearnos la vida en sí misma.
de regresar a esas tierras y de re-encontrarte con la naturaleza que habita en ti.
Kiixy Miriam
Mujer migrante ayuuk. Nació entre los cerros de San Juan Metaltepec, mixe, Oaxaca. Desde pequeña la separaron de su hogar y creció en la periferia de la ciudad de México. Ahí disfrutaba explorar y recorrer los vestigios de naturaleza. Eso la llevo a estudiar biología y a centrarse en la relación mujer- naturaleza. Su ombligo la regresó a su origen a estudiar las plantas y todo ese conocimiento generado por sus ancestras. A través de la escritura recrea sus vivencias y reflexiona sobre la migración y su identidad al encontrarse en el limbo entre el campo y la ciudad.
De profesión optometrista, soy de carácter fuerte y muy servicial, un poco loca y soñadora. Amante de los museos y exposiciones. Escritora amateur de pequeños poemas o pensamientos del día a día con lo cual quedan plasmadas las vivencias. Tengo mi propio club de lectura “Las historias Fugaces” dirigido a niños y adolescentes, también pertenezco a otro club “Nuestra tienda roja- Circulo de lectura para mujeres»
Acudí a ver Barbie, la película, el día del estreno. ¡Por supuesto! Soy parte de esas mujeres cuyos recuerdos de infancia fueron con estas muñecas. Sin embargo, esta opinión la quiero hacer con objetividad lejos de la nostalgia que evoca el característico emblema de la muñeca.
A través de este filme, Greta Gerwig despliega una metáfora de la vida misma. El inicio, un mundo rosa, alegre que representa la inocencia y juegos de la infancia, cuando un día la pubertad nos sorprende con los cambios físicos y conflictos emocionales. Luego la adolescencia, juventud, hasta que aceptamos el golpe de realidad de que en la vida lo único constante es el cambio.
Allá vamos por la adultez tratando de cumplir expectativas, lidiando con la depresión, ansiedad, desigualdad salarial, sororidad, maternidad, envejecer…, bueno, todo eso que nos duele a todas, o la mayoría, de mujeres. Es el discurso de la personaja de Gloria (América Ferrara) el que conjuga la contrariedad del existencialismo de ser mujer.
Esta muñeca, que el mundo vio por primera vez en 1959, durante décadas nos ha dicho a millones de niñas que podemos ser lo que queramos. Pero en nuestro mundo real eso no ocurre tan fácil. Y… ¿Si al final sólo queremos llegar a casa, sentirnos felices, despojarnos de la culpa por no querer ser extraordinarias? Es uno de los muchos mensajes de empoderamiento de la película.
El impacto mediático de la película es la capacidad de empatizar con su público objetivo, no sólo evocando recuerdos de infancia: “yo tuve la casita de los sueños, los zapatitos rosa, la Barbie rarita”, sino también mostrando la problemática íntima y emocional, aunado con la ideología machista y violenta, que muchas personas enfrentamos cada día, todo en una narrativa visual entretenida, de color rosa, y emotiva sin caer en la manipulación.
El arco narrativo es la estructura simple del «Viaje del héroe». La irrupción del mundo feliz de Barbie que la orilla a salir para enfrentarse a sus conflictos y que al final el conocimiento se abre ante sus ojos. Pero es la manera en que Greta perfila cada personaje cuyas cualidades se vuelven memorables a la vista del espectador. Así también las múltiples referencias a los filmes que, seguramente, han sido enseñanza y aprendizaje para la directora. Quién hubiera imaginado una clara recreación de la apertura de la magnífica Odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968), o Matrix (Hermanas Wachowski, 1999) reemplazando las pastillas por una chancla y un zapato de tacón color rosa, por mencionar.
A pesar de los aspectos positivos, es necesario destacar que otra de las razones del impacto mediático son las reseñas y críticas que etiquetan la película como un panfleto feminista, progresista, anti hombre, incluso pro aborto.
No olvidemos que los trabajos anteriores de Greta Gerwig tienen una fuerte presencia femenina y mensajes de empoderamiento, por lo que es implícito que en la película de Barbie exista crítica al patriarcado y machismo.
Pero esta crítica se hace de forma irónica y divertida, finalmente estamos hablando de juguetes. En ningún momento es de modo violento, ni reduciendo los personajes masculinos a seres sexualizados con nulo aporte a la trama, y sí, me refiero a las décadas de cine donde la mayoría de actrices únicamente interpretan el conflicto amoroso del héroe-protagonista o son innecesariamente cosificadas. En Barbie, los chistes sobre el mansplaining, falta de compromiso en una relación afectiva, hasta la violencia financiera son altamente disfrutables y acertados dentro de la trama.
Ken, el eterno novio de Barbie, experimenta un aprendizaje que surge luego de conocer el mundo patriarcalmente real, lo que lo lleva a una introspección y búsqueda de su valor como hombre, tanto en el mundo rosa de las muñecas y entre los demás Ken’s. Al final de su viaje él está consciente de ser un hombre deconstruido que llora sin temor a ser juzgado.
Desafortunadamente al salir de la sala de cine y volver a nuestra realidad, es creciente la cantidad de hombres que descalifican la película de Barbie desde una perspectiva machista y misógina, sin argumentos basados en elementos técnicos del séptimo arte. No olvidemos que el patriarcado nunca ha tomado en serio, ni con respeto, el trabajo creativo, artístico o profesional de las mujeres y en cuestión de reconocimientos o premios, ellos siempre tendrán un discurso para demeritar nuestro trabajo. Sin temor a equivocarme, todas hemos vivido esta incómoda situación.
Retomando la crítica técnica, y para concluir, la película de Barbie no sigue una estructura ordenada en su desarrollo. Con una voz en off recurrente, incluso en varias escenas hay rompimiento con la cuarta pared, también secuencias con un estilo que remontan a la animación u otras de baile y escenarios propios de un musical. Arranca con un ritmo muy vigoroso que mantiene al público atento. Pero en el tercer acto la película pierde fuerza, son demasiadas las inconsistencias que la arrastran, como barco a la deriva, a una resolución estilo Deus ex machina, donde la creadora de la muñeca aparece con el discurso concluyente para Barbie.
A opinión de los espectadores, estas inconsistencias la hacen una mala película o por el mero hecho de ser feministamente rosa, e incluso radical, terminará en un odio generalizado o, quizá, será demasiada la saturación de la euforia rosa, como suele ocurrir con muchos productos de la cultura popular, cuya fama tiene cercana fecha de expiración.
Sin embargo, sólo el tiempo definirá el destino de la película de Barbie en la posteridad. En una visión demasiado optimista el filme marcará un hito en la historia tal cual lo hizo la muñeca en la que se inspiró.
Liana Pacheco
Liana Pacheco es una escritora autodidacta radica en la ciudad de Oaxaca. Inicia su formación en 2018 en el taller «Escribe en corto una novela». En agosto de ese año se incorporó al Colectivo Cuenteros donde ha colaborado con más de diez cuentos. En octubre de 2019, autopublicó una selección de sus mejores cuentos en un fanzine artesanal que presentó en la 39 FIL Oaxaca. En 2020 su antología “Dualidad de caos” gana el premio estatal Parajes SECULTA, Oaxac
Mi casa está vacía y llena de polvo. Mis manos tienen callos y la vista me falla. Mi andar es torpe y lento. Mis sueños están rotos y mi corazón está apagado. Hace algunos años siento que nada de lo que hago importa. Mi vida es monótona y triste. Sé la razón, conozco muy bien por qué todo me resulta sinsentido.
La tragedia comenzó cuando nací. Mis padres me recibieron felizmente, creo que esperaban que fuera una persona importante al crecer, tenían la ilusión de verme convertido en un triunfante hombre con decenas de reconocimientos y premios. Los decepcioné, esa es la verdad.
Desde que abrí los ojos aparecieron los problemas. Los médicos dijeron que se llamaba heterocromía. Dos iris, cada uno de diferente color: verde en el izquierdo, amarillo en el derecho. Cuando tuve consciencia de mi anomalía inició el odio hacia mis ojos. Los niños me miraban con curiosidad y temor. Se apartaban y expresaban la asquerosidad que les infundía con sólo mirarlos.
Así desarrollé el hábito de morderme las uñas. Lo cual, si alguien me pregunta me gusta hacer incluso hoy, encuentro alivio en ello, y por instantes hace que desaparezca lo malo que me rodea. Luego, la genética me dio una discapacidad visual que agradecí. Podía ocultar mi rareza detrás de mis grandes lentes de pasta dura.
He estado acostumbrado a que la gente me pisotee, a que me despedacen con sus comentarios crueles y me hagan sentir inferior por mi físico. Tuve que optar por ocultarme, pasar desapercibido y ahorrarme todo el sufrimiento y vergüenza que conlleva ser yo.
Al principio me agradaba la idea de estar solo. Era habitual encerrarme en mi habitación y no hacer ningún ruido en todo el día. Ni siquiera deseaba hablar con mi familia, me irritaba que me bombardearan con preguntas y que intentaran hacerme reír con sus bromas de mal gusto. El aislamiento me hacía sentir bien. No tenía que pasar por el escudriño de personas superficiales con intereses banales. Pero… se volvió difícil lidiar con mí persona. Y cuando me di cuenta ya no podía salir de ahí.
«La soledad es insoportable, a solas conmigo mismo, a solas con mis pensamientos. No sé cómo distraerlos, como atontarlos para que no me atormenten. Surge entonces la rabia ante la impotencia, y la agresividad es un pequeño paso que doy en ese estado”.
Cuando leí a Cioran pude sentirme identificado. Memoricé algunas de sus palabras y las hice mías con mi manera de vivir.
El pesimismo se apoderó de mi cabeza por un largo tiempo, hasta que recobré el vigor y abrigué la esperanza de ser feliz. Aunque sea por única vez en la vida debía darme la oportunidad de demostrar que podía alcanzar mi mayor anhelo: convertirme en defensor de las leyes.
A decir verdad, no estuve asustado en su momento. Los desafíos académicos me llenaban de vitalidad y me impulsaban para ser mejor. Estaba seguro de que mis altas notas durante mi trayectoria estudiantil no habían sido en vano. Destaqué de entre mis compañeros en cada nivel educativo. Mi rareza y baja autoestima no impidieron que los maestros vieran mi potencial.
Así que decidí anotarme en la universidad, presenté el examen de ingreso y esperé ansioso los resultados que me llevarían a disfrutar de mi nueva vida.
Recuerdo ese maldito sentimiento de impotencia, rabia y tristeza que me invadió cuando fui rechazado. Jamás me sentí más humillado en mi vida.
Reaccioné como cualquier ser humano lo hubiera hecho ante la noticia de que su único sueño era imposible. Lloré hasta que mis párpados fueron dos bolsas hinchadas. Me resigné a una vida rota. A mis 18 años supe que el tormento de estar vivo apenas comenzaba.
Me amargué, me frustré, me rendí.
Estaba encaminado a la mediocridad.
Una vez más estaba cayendo, y junto a mí se esparcían piezas de mi corazón ya muertas.
“Nuestro rencor procede del hecho de haber sido inferiores a nuestras posibilidades y no haber podido alcanzarnos a nosotros mismos. Y eso nunca se lo perdonaremos a los demás”.
Entonces me fui de casa, necesitaba salir lo más pronto posible del castillo de mis fracasos. Me refugié en la soledad, volví a ella y me recibió con los brazos abiertos.
Completamente solo y en medio de cuatro paredes encontré la comodidad. Ningún alma seria ya testigo de mis fracasos. Para el resto del mundo sería una sombra circundante de esta ciudad pequeña abarrotada de personas con trabajos miserables y rostros tristes.
Y así fue. Me limité a trabajar en una oficina archivando documentos, y a visitar a mis padres una vez cada tres meses. Mis días libres estuvieron dedicados a la felicidad momentánea que adquiría al consumir bebidas alcohólicas. Cuando estaba sobrio evitaba mirar en retrospectiva. El pasado es doloroso. Y para ser sincero ¿Quién quiere sentirse más desdichado de lo que ya está?
Después de 22 años del suceso más trágico de mis días pienso en las oportunidades que malgasté por estar tan enfrascado en lo que perdí. En este momento asumo la culpa por mis acciones, me responsabilizo del error que me llevó a la desilusión y a la derrota.
«La única, la verdadera mala suerte: nacer. Se remonta a la agresividad, al principio de expansión y de rabia aposentado en los orígenes, en el impulso hacia lo peor. No es de extrañar que todo ser venido al mundo sea un maldito».
Faltan unos años para llegar por fin, al esperado día de mi muerte.
El único sueño que no puede serme arrebatado. La culminación de mi existencia.
Leslie Urbina
Licenciada en Letras Españolas por la Universidad Autónoma de Coahuila. Cursó un Diplomado de Literaturas Mexicanas en Lenguas Indígenas, por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura.
Tallerista y promotora de lecto-escritura para la Dirección General de Bibliotecas de la Secretaría de Cultura. Colaboró en la escritura de “Voces Translúcidas” (2019), obra publicada como proyecto universitario en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades (UAdeC). Participó en el segundo número del suplemento literario “Letras Libres”, publicado en la ciudad de Saltillo.
Motivada por su pasión literaria, actualmente se dedica a la docencia.
La noche apenas caía cuando Victoria se dio cuenta de que iba a morir. No esta noche, ni la siguiente, ni siquiera en un par de años, pero a medida en que las horas en vela pasaban, se le ocurrió de repente un rostro arrugado donde, en los recovecos de la mirada, la anciana aún guarda sus sueños. La vieja es ella, esa es la pesadilla. Se muere así, soñando, porque los logros son para los jóvenes, o eso le han dicho, y ella ya no está ni tan joven ni tan vieja, ni tan nada.
«No, aún no, pero algún día», concluye. Da un giro más en la cama, pero esa voz molesta, la propia a sus adentros, no deja de decirle que no puede descansar si aún no ha ido al espacio, publicado un bestseller, o ha criado mínimo a un hijo. «Nadie que no haya hecho nada extraordinario, o lo mínimo indispensable para justificar su existencia, debería dormir en paz», le dice la voz trastornada.
Se pasa los dedos entre el cabello enmarañado y casi en automático, se dirige al baño para mirarse en el espejo. Observa su frente lisa, sus ojos sin señales de edad, pero sí de cansancio. Piensa con nostalgia en aquellos tiempos en los que en su mirada se encontraban estrellas.
Vuelve a la cama. Tic, tac, tic, tac. Las horas pasan, hasta que la vence el sueño. De pronto, abandona la pequeña habitación en un séptimo piso y vuelve a caminar por el campo de la casa de sus padres, en aquel pueblo en la sierra oaxaqueña donde hace muchos años decidió poner un pie fuera para, con un poco de suerte, subir a los escenarios como los grandes artistas.
A lo lejos ve su hogar, recuerda el carente abrazo de papá y el olor a suavizante cuando su madre recorría la casa repartiendo la ropa limpia. Piensa en ese lugar con añoranza y resentimiento. Se le ocurre que quizá, de no haber nacido en un sitio como ese, pero sí uno en la ciudad, en un barrio mejor acomodado, ella de seguro cantaría en escenarios con reflectores casi tan brillantes como alguna vez fue el brillo de sus ojos. Por el momento, lo que mantiene en pie su espíritu de artista son los viernes de éxitos de los noventa donde, por una hora, uno que otro oído la escucha entre el sonido de las máquinas del casino.
Inhala. El olor a petricor combinado con el dulce cítrico de las orquídeas la regresa al pasado. De nuevo, se siente una niña que corre con pies descalzos por el campo y canta. «Deberías ser de esas de la tele», escucha decir a su hermanito, ese primer fanático cuyo entusiasmo mantuvo vivo el sueño por años.
Vuelve a usar su voz. Canta. Canta para el viento, los grillos y la montaña. No hay barreras, carencias ni rutinas que decidan la dirección de su voz. Canta sus canciones, aquellas que escribía cuando aún tenía ganas. Se acuesta en el campo e inhala una vez más. Goza de sentirse, por un momento, Victoria, la persona, y victoria, sinónimo de su nombre. Tic, tac, tic, tac, es hora de despertar.
Abre los ojos. Recuerda la libertad del sueño con un nudo en la garganta, pero se consuela de que aún, en ese intangible, es aquella chica de la sierra con unos sueños que quizá algún día lo sacudirán todo. Se recoge el cabello en una coleta, se pone el saco y viste la esperanza como estandarte en el alma antes de salir corriendo al metro. Tararea para sí, pues recuerda que siempre la escucha el aire que ella respira. Esta mañana, en el cielo nublado de su mirada, se asoma un rayo de sol.
Karen P. Magallanes
Escribe desde la ciudad del sol. Es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Sonora y tiene un Diplomado en Literatura Mexicana del Siglo XX por el INBAL. En 2019, fue seleccionada en el taller literario “Un año, una novela”, de la escuela de escritores del Instituto Sonorense de Cultura. Ha formado parte de diversos talleres de escritura creativa y de corrección de estilo. Actualmente, labora como redactora de contenido y teje letras en el silencio nocturno.
Máquina Verde es el nombre de mi columna literaria, porque recuerdo las primeras veces que intenté poner en orden mis ideas y recibí una máquina de escribir en un tono verdoso, -regalo de mi papá-; yo miraba detenidamente los detalles, las teclas, la cinta, el espaciador, era maravillosa y era enteramente mía.
Ese presente, me impulsaría por primera vez a redactar algo más allá de lo que estaba en mis cuadernos, pensaba que sería algo serio, un poco más cercano a la realidad, a esa adultez que soñaba llena de horas dedicadas a la lectura y a la propia escritura, a un trabajo intelectual que sería difícil, pero que más allá de todo el esfuerzo, por fin algún día podría ver un libro publicado, con trece años, una puede pensar tantas cosas.
Lo que más amaba de abrir un libro o de comenzar a mirar una buena película era el deseo de que algún día, otra muchacha al abrir mi libro, imaginara también lo incierto y lo terriblemente hermoso del mundo y tendría las palabras necesarias para describirlo, para mostrarlo.
Supongo que muchos soñamos que nuestro trailer, -esas líneas de fuego por las que uno simplemente temía, pero también deseaba tener-, fueran la revelación de fenómenos para los que no estábamos hechos, para una serie de vicisitudes que podrían haber sido escritas por algún poeta hace muchos años o tal vez hasta por un robot.
Fui desarrollando el sentido del comienzo, todo debe explotar, sin dejar de ser sugerencia, debe fluir el río del genio, pero también nos debemos dar la oportunidad de mirar a un cielo lleno de fuegos artificiales.
Ahora escribo sobre esa primera vez frente a la Máquina Verde, la hoja en blanco era un campo desolado, una playa vacía, un territorio lunar inexplorado, un poema sin final y me dejé llevar, abrí paso al lenguaje, a la poderosa imaginación.
Tantos años desde entonces y aquí estoy, tratando de resolver en mi mente otra vez, qué texto dejaré sobre la hoja virtual, estoy por ahora repasando en mi cabeza esos poemas y diálogos que necesito escribir; ¿cómo abrir la conversación, cómo decirles de la dificultad de ser una poeta, de escribir desde un país donde sus habitantes apenas leen, cómo vivir de lo que amo, de lo que hago, de lo que sé?, si las propias instituciones dedicadas al arte y a la cultura ponen muros infranqueables, con o sin intención, para que los artistas podamos apenas seguir.
Después de la pandemia fue difícil recuperar las lecturas en espacios públicos, festivales, invitaciones, presentaciones, ventas de libros, ¿qué le diría a aquella muchacha?, ¿le fallé?, la vida no se puede escribir y vivir a la vez, no alcanza para el sueño, no habrá un anzuelo de oro que atrape a los lectores, a los editores, ¿qué poderosas palabras se pueden usar para dinamitar una realidad ya tan demolida?
Sin embargo mi parte necia, mi yo salvaje me arroja a examinar las cosas, a llegar un día a esos versos que abren un texto impresionante, ya lo demás es mi sudor, mi arrojo, ese trabajo que he realizado sin descanso por muchos años.
¿Vendrá el momento de por fin llegar ahí, a esa especie de paraíso donde una vive de lo que hace?
Entonces, el desvelo, la tristeza, las lágrimas, los dedos adoloridos por tanto teclear, corregir y editar, habrán valido la pena, porque escribir para mí no es solamente el mero acto mecánico, implica también repasar lo vivido, escudriñar en los cajones desconocidos, encontrar líneas que jamás imaginé que estarían ahí. Escribir es para mí la extensión de mi propio ser, la rareza, lo íntimo, lo estético, lo común, la alegría, toda esa que soy, que busco.
Nos encontraremos para la próxima, en estos espacios sublimes e infinitos del multiverso electrónico para continuar con esa larga charla que es nuestra existencia, nuestra mirada y la palabra escrita.
Jeanne Karen
Jeanne Karen (San Luis Potosí, mayo de 1975) Tiene quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023.
Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999.
Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.
Brenda Navarro, autora mexicana, economista y socióloga, debutó su carrera como escritora con la novela Casas vacías, obra que ahonda en la maternidad y todas las vertientes que pueden surgir de esta pero, sobretodo, se enfoca en lo doloroso que puede ser convertirse en madre, al grado de perder la individualidad y trasmutar a una tristeza que se expande hasta el fin de los tiempos.
La novela se divide en dos protagonistas, quienes se encargan de mostrarnos las dos caras de la misma moneda. La primera madre arranca la historia con la noticia de que se han robado a su hijo, Daniel, de tres años de edad. Su narración es una mezcla entre una tristeza rancia y la culpabilidad duradera, cada línea está cargada de una sensación de impotencia que asfixia. «Respira, respira, respira…» Repite constantemente la mujer, cuyo nombre jamás llegamos a conocer.
La segunda madre tampoco tiene un nombre, se reduce a ser la novia de Rafael, la hija de su madre y la hermana de su hermano muerto. La que hace paletas y pasteles y los vende, la que se mantiene sola, la que si la golpean, golpea. La que desea, más que nada en el mundo, ser madre. La que se roba a un niño de un parque para poder criarlo.
Las narraciones en sí son muy distintas, la primera madre, reparte su dolor en oraciones poéticas, embellecidas, habla desde la ausencia y la sensación de una búsqueda perpetua que no desemboca en nada. «No importa lo que diga el resto: muerto es mejor que desaparecido. Los desaparecidos son fosas comunes que se nos abren por dentro y quienes las sufrimos lo único que deseamos es poder enterrarles ya…» Confiesa la mujer mientras se lamenta de no haber abortado, de no haberse evitado ese dolor que ella nunca quiso, puesto que jamás se vio a sí misma como a una madre. Por otro lado, la segunda madre, mantiene un ritmo fresco, intenso, tristísimo, porque mientras más va conociendo una como lectora su historia, más se le apachurra el corazón. Hija de una violación, amante de un hombre violento, resignada a un mundo donde todo parece estar «jodido». Lo único que ella anhela es una hija, que Rafael le haga una niña, y con eso ella se quedaría feliz. Siempre feliz.
La novela me encantó, me causó mucha tristeza leer esta historia, dos mujeres que sufren incluso desde antes de ser madres, y que sufren aun más al serlo. Relaciones románticas que se desgastan, que terminan por lacerar el alma, hijos que no les pertenecen, y miedos que las estancan. Ambas madres se contemplan a sí mismas como mujeres que se quedan por miedo, que esperan, cada día, que la situación mejore, y cuando se dan cuenta de que aquello no va a suceder, se resignan, porque al mundo se viene a sufrir. «¿Por qué lloramos al nacer? Porque no queríamos venir a este mundo».
Daniel, quien cambia de nombre a Leonel con la segunda madre, es el objeto de deseo de ambas y, al mismo tiempo, su mayor tristeza y lamento. Un niño con autismo que llena de amor y dolor a las dos mujeres, quienes lo adoran al tiempo que no saben qué hacer con él. Lo aman tanto como lo temen.
La novela, en mi opinión, es una profunda reflexión sobre la maternidad, los mitos de la madre perfecta, y la mentira de que los hijos vienen a solucionar la vida de los padres. De igual forma, Brenda nos comparte una realidad que atormenta y acecha el presente, las desapariciones, que están tan presentes aunque cueste encararlas. La autora plantea esta cuestión como un dolor intenso, que se queda para siempre, que no hay descanso, puesto que lo que predomina es la incertidumbre.
Samantha Lamaríz
Licenciada en Escritura Creativa (2023). Guadalajara, Jalisco, México. Publicó su primer libro “Los enredos del Diablo” (2021) y lo presentó en la Feria Nacional de Escritoras Mexicanas un año después.
Varios de sus escritos figuran en antologías como El festival Rulfiano, Todo se sabe en este mundo (Editorial Fallidos editores), Adelante (Institut Universitari d ́ Estudis Feministes), Minificciones desde el encierro (Editorial UDG), Caminos de la libertad (Grupo Salinas), Fóbica Fest (Editorial Paraíso perdido) y en distintas revistas literarias como Letrantes, El Narratorio, Ibídem, Palabrerías, Zomplante y Rigor Mortis, así como varias publicaciones en el periódico La Crónica de hoy Jalisco.
Para publicar en la Coyol, me pidieron una muestra de la que sería mi columna, así que este es un intento. No sé a cuántas personas les interese leer mis reflexiones, pero sí sé que yo me he interesado por lo que las otras me han contado desde su cotidianidad. Por eso me gustaría hablar de mi situación actual como “escritora a ratos”, que pierde un poco el rumbo de la vida cuando no escribe y que, sin embargo, lo deja de hacer por un buen tiempo. Decidí pedir que me dejaran publicar en la Coyol para recuperar el cacho de vida que me roba la no escritura. Factores hay muchos. Ya muchas autoras y autores han hablado de ellos. Que pagar la renta, que asegurarse de tener una vejez digna, que sentirse vacío, puedo enumerar las miles de razones y no me interesa materializarlas más.
Es un hecho que para las mujeres es más complicado escribir, cargamos con una larga historia de menosprecio y si a eso le agregamos la clase y la raza, y el signo jeje, quiero decir; el carácter, parece que las cartas están echadas. Me gustaría ser una Gloria Anzaldúa y escribir en todos lados como una resistencia, o como mi amiga Adriana, que aunque tiene muchas cosas en su contra termina publicando un poemario cada dos meses. Yo soy una escritora a cuenta gotas. A veces me tomo muy en serio lo de que no sirvo para este oficio y abandono todo. También suelo asumir la dicotomía de que una profesora no puede ser escritora, me gustaría decir que soy pésima, pero algunos me han dicho, que mala profesora no soy. Y ¿entonces? ¿escritora? Eso no lo sé, sólo siento que en la escritura me encuentro, me oigo, me conozco y puedo percibir mejor el mundo que me rodea.
Este año comencé publicando un cuento en Especulativas que se llama “Para cuando nuestro señor llegué en él se habla sobre los apegos, me gusta escribir sobre terror cotidiano, no sé si ese término exista y pensé que lograría mantener una rutina de escritura. Pero ocurrió algo inesperado, conocí a un hombre, o más bien me mudé con él. Nunca había tenido esta experiencia, años atrás me había acostumbrado a vivir sola, llevaba por lo menos cinco años así. ¿Han escuchado lo de que el amor es el opio de las mujeres? Yo lo tenía en mis mandamientos feministas. Así que este evento me descolocó. No sabía todo lo que cambiaría al vivir con alguien.
Me ha tomado tiempo rearmar todo, encontrar quién soy, porque es bien fácil borrarse a una misma cuando estás en una relación tan cercana. Me peleo a diario con mi educación amorosa y de cuidado. Una está con un vato y de pronto todo gira en torno a él. Entonces hay que detenerse y cortar esas sogas que la familia y la sociedad han construido. Es complicado pensarse fuera de esa estructura y, con ella, para mí ha sido más difícil escribir.
En asuntos del amor suelo recordar a mi abuela Ceci, crecí con ella y sentí tanto amor de su parte, que cuando su alma se cubrió de estrellas fui directo a terapia. Con el tiempo he ido puliendo la idea del amor y he comprendido que mi abuela me amó con ese amor que duele, que lastima, sobre todo a quien lo ejerce. Que siempre ponía a los demás por sobre ella misma, por sobre quién era ella. Esa idea a veces me ronda y picotea. Deseo regresar a mi abuela, revivirla, contruir una máquina que la haga venir y enseñarle que hay un lugar lleno de amor que es capaz de redimirnos a ambas: que no me necesita para sobrevivir, que ese vacío que sentía y por el cual me acorralaba para que no la dejara, lo puede llenar con cosas que le gustaban, con alegrías por sus logros, por la belleza de la vida.
Suena fácil, pero las cadenas, aunque invisbles, persisten. En algunos casos las colocarán las parejas, los hijos, el trabajo, en otros seremos nosotras mismas cuando aceptamos la idea de que no servimos para el mundo intelectual. Quiero pensar que con esta columna podré escapar del mandato, que al fin lograré tomar de la mano a la escritora de 12 años que me impulsó a estudiar literatura. Así que esta columna pretende hablar sobre preocupaciones literarias, feminismos, cárceles y todo lo que se me(nos) atraviesa en la vida.
Illari Alderete
Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi un año cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.