EL DIA A DIA

Insecto

Por Madelaine BO.

A mis treinta y muchos me siento un insecto, voy sin camino fijo; aún me siento insuficiente para muchas cosas que debería tener dominadas, casa, trabajo, vida social, sentimental, etc.

Una y otra vez regresan los mismos pensamientos, esos que me atacan todas las noches, los mismos que están en mi contra.

Ellos me hacen mil preguntas y como no hay respuestas lo más fácil es desaparecer en sueños que me mantienen dopada por algunas horas ya que no tengo respuesta para tantas interrogantes.

A mis treinta y muchos me he visto tropezar una y otra vez en diferentes aspectos ya que no soy perfecta.

Pero hoy comprendo que no soy como un insecto. Soy más como una planta que florece y se apaga dependiendo la estación.

Algunas veces mis ramas son verdes, llenas de flores y otras tantas casi vacías y marchitas.

Y a pesar de lo pesimista que puedo llegar a ser en el fondo, me consta que soy de raíz fuerte y ancha… de esas raíces que aguantan cualquier tempestad, no importando la estación de año.

Y sé que siempre voy a florecer.

De profesión optometrista, soy de carácter fuerte y muy servicial, un poco loca y soñadora. Amante de los museos y exposiciones. Escritora amateur de pequeños poemas o pensamientos de «El día a día» con lo cuál quedan plasmadas las vivencias. Tengo mi propio club de lectura «Las Historias Fugaces» dirigido a niños y adolescentes, también pertenezco a otros clubs «Nuestra tienda roja- Circulo de lectura para mujeres» y «Sala de lectura Guadalupe Dueñas»

El cuidado de la casa por Jeanne Karen en La máquina verde

De nuevo la humedad de la ducha ha llegado hasta la fachada; ya hasta las gotas de agua residual han hecho una especie de mapa, alcanzo a ver un golfo, algunas islas que se dibujan a lo lejos en la extraña cartografía. No sé si llorar o si esperar con paciencia un milagro. El cemento para albercas debe hacer su trabajo y reparar de una vez por todas la filtración, entonces viene a mi mente la pregunta, ¿cuándo llega el momento de dejar el lugar de residencia, cuándo debe uno comenzar a pensar en guardar los libros, los recuerdos, los cuadros, porque simplemente se ha dado por vencida con tanta materia, con tanto qué cuidar?, cuando muchas veces ni siquiera hay tiempo para el cuidado propio.

Luego, veo pasar a un par de gatos con su serena existencia, con las colas que parecen materializarse en el propio aire de la mañana, ¿acaso ellos se preocupan por las viejas paredes, por la pintura desgastada, por el piso en mal estado o se preguntan qué pasa con la tubería y el sonido interminable que en los meses de frío interrumpe sueños, pensamientos, la dulce y calculada monotonía?

Entregar la llave, vaya oración, dejar a un lado, abandonar, bajar los brazos, renunciar a tanto trabajo, olvidarme del empeño que le he puesto por tantos años. La basura cada día se acumula más fácilmente, las cosas viejas, las hojas del otoño pasado y del otoño presente, pilas y pilas de hojas, unas más oscuras casi negras, otras en un rojo perfecto.

¿Cómo dejarla, cómo se va uno del mejor sueño o cómo seguir en la casa cuando le duele todo?

 Empezar a reparar cada gotera, quitar las baldosas rotas, trasplantar las plantas a macetas más grandes para que puedan crecer tranquilas o llevarlas a tierras fértiles en donde ninguna pieza de barro les impida seguir creciendo hasta tocar el cielo.

El chirriar constante de las puertas ahuyenta mis pensamientos, si estoy leyendo me detiene a cada página, la lectura adquiere un ritmo distinto y eso no es todo, lo más extraordinario es que la escritura también, pienso que debe parecer que voy a inaugurar mi propia vanguardia.

Los pasos sobre la escalera de metal parecen decirme entre más subo, ten cuidado, ten cuidado con todo lo que deseas y entonces vienen a la mente tantos poemas en donde el cuerpo es la casa, la vida es la casa, la consciencia es la casa, el mundo es la casa. Todo poeta habla de la casa, cada uno con su luz o con su sombra.

GREGORIA

-Gregoria, busca el mecapal para poner el pulque en mi espalda.

La niña buscó entre la leña, encontró el mecapal seco y sucio, lo sacudió, lo enredó para ponerlo en la espalda y en la  cabeza de su madre. Vio a su padre poner un palo entre las puertas para atorarla, mientras le ordenaba revisar que los toros estuvieran bien amarrados, con agua suficiente, que los pollos estuvieran en el corral. Gregoria, con sus manos y sus ojos revisó que las cuerdas estuvieran fuertes para que los toros no se escaparan y que los pollos no pudieran salir del corral. A la niña siempre le costaba despedirse de sus perros, fue a donde estaban, acarició sus cabezas y los miró a los ojos para que pudieran saber sus sueños y preocupaciones, y después susurró.

-Cuiden la casa mientras no estamos, no dejen entrar a nadie, ladren tan fuerte que pueda oírlos aunque esté lejos. Si nos miramos a los ojos, podré sentir en donde quiera que esté el peligro que ustedes sienten. Cuiden nuestra vida.

Se despidió acariciando sus orejas, los perros la vieron irse sentados en la tierra, vieron cómo la niña se ponía en la espalda a su hermano, para  envolverlo y cargarlo en el rebozo, tomando de la mano al otro,  vieron cómo la familia se alejaba caminando y se perdía, por donde subía la neblina. 

Después de caminar una hora, se empezó a dispersar la neblina, sintieron el calor que les regalaba el sol, pero también el cansancio de cargar pulque y a un bebé. A la orilla del camino se sentaron, cuando las mujeres se quitaron las cargas que tenían, sintieron el viento, secando el sudor que mojaba su espalda. Sacaron de una bolsa tortillas, untadas con un chile rojo, una masa que llamaban chintextle y calmaron su sed con el pulque. Los padres descansaban, mientras Gregoria arrullaba al bebé para que durmiera lo que quedaba del camino. Emprendieron sus pasos de nuevo, llegaron a un barranco en donde se divisaba el pueblo,  lo que más se distinguía era la iglesia con cúpula roja, al verla Gregoria supo que ya faltaba menos. La niña solo conocía el pueblo los días fiesta, todos los años acompañaba a sus padres a la plaza en esa fecha para vender pulque y disfrutar de esos días en donde llegaban las bandas de viento de todos los pueblos, Gregoria soñaba todo el año con la llegada de ese día, para verse reflejada en los instrumentos de los músicos, ver su cuerpo en un espejo dorado que pasaba tocando la alegría de la fiesta mientras caminaba los últimos pasos, esa ilusión se convertía en miedo, por ver tantas caras que no conocía, por ver llegar a gente de todos lados y por las voces que no eran música pero inundaban todo el pueblo. Gregoria se preguntaba cómo podía existir tanta vida, cómo podía nacer tanta gente, le asustaba saber que esas personas se alimentaban de los animales que ella criaba, de los que había aprendido su idioma, esos sentimientos de ilusión y de miedo la perseguían hasta dejarla asustada. Sin embargo, al llegar a la plaza del pueblo, sus miedos desaparecían primero porque veía a otros seres similares a ella, los veía correr uno tras de otro, todos los años tenía la intención de hablarles, quera saber qué pensaban, cuál era el sonido de su voz, quería preguntarles cómo cuidaban a sus animales y saber si tenían los mismos huecos calientes que ella en sus manos, pero tenía miedo de que la rechazaran, por eso cada vez que volvía a casa después de la fiesta del pueblo se convencía de que su lugar y su cariño estaba donde podía cuidar a los animales. Llegando al pueblo, sus padres se acomodaron en la plaza para vender el pulque, la niña se quedó con ellos, esperando a que se terminara para que llegara uno de los momentos más esperados de Gregoria en la fiesta: Su padre la llevaba a una casa, al borde de la montaña, para que le hicieran huaraches nuevos.

-Vamos Gregoria, apúrate, ve pensando cómo quieres los huaraches este año, camina delante de mí para que no te pierdas.

En todo el camino, la niña veía las montañas en donde sus perros, gallinas y guajolotes la esperaban, pensaba en qué estarían haciendo, si sentían tristeza por no verla, si pasaban hambre o si les pesaba la soledad. ¿Cuántos días faltaban para poder volver a ver sus ojos? ¿Y si alguien entraba con intenciones de hacerles daño? ¿Y si hacía mucho frío? La familia no estaba, no podían prender el fogón pero si ellos sentían todo eso, también Gregoria lo sentiría, pues recordó que había mirado sus pupilas, para saber lo que sentían o pensaban. Ahora todo estaba tranquilo, pues solo sentía alegría por sus huaraches nuevos.

-Papá, ¿cuando eras niño, el pueblo era como es hoy?

-No, antes no había tantas casas y la iglesia era solo una capilla. Lo primero que recuerdo es el dia que llego la Virgen, por eso esta fiesta es tan importante para la familia. Anda Gregoria camina más aprisa y da la vuelta en donde ya sabes, quedé de venir esta tarde.

Bajaron una vereda para llegar a una casa que estaba al borde del camino, olía a cuero recién cortado, en el suelo había piel de toros secándose, su padre habló en voz alta y salió el huarachero, era un hombre con manos que conocían el significado del trabajo, portaba un mandil de una tela gruesa, los recibió, dándoles un pequeño banco para que pudieran sentarse frente a él. El padre de la niña comenzó a platicar con él, sobre los problemas que tenían de las tierras con sus vecinos, entre estas pláticas el huarachero le pidió a la niña que pusiera su pie desnudo en la hoja blanca, lo acomodó en el centro y, con un pedazo de carbón fino, retrato la silueta del pie. La niña sintió los suspiros del dibujo rozando su piel, primero uno y después otro, después le dio a decidir entre varias pieles, sus ojos eligieron la que brillaba. Padre e hija se despidieron del huarachero y quedaron en pasar mañana a la misma hora para la entrega puntual, pues al día siguiente era la quema del castillo y no había niña a la que le entusiasmara más estrenar huaraches para tan importante evento. Regresaron donde su madre y sus hermanos, que estaban esperando su regreso, la niña le platicó cómo iba ser la piel de sus huaraches nuevos, mientras la madre le ponía a su hermano en la espalda para sujetarlo con el rebozo, caminaron veredas hacia abajo, para llegar a la casa de su abuela, una casa de adobe, que cada mañana se perdía entre la neblina, con ventanas de madera que  encerraban a las montañas en esa vista. La mamá de su papá  era viuda y vivía desde hacía años sola en el pueblo. Cuando llegaron, la abuela se emocionó por ver a sus nietos pero el corazón le latía más por ver a Gregoria: era la primera nieta, y además de su hijo mayor, eso le daba a la niña un lugar diferente en su corazón,  se identificaba con ella, compartían el amor por los animales, la preocupación por los perros, la atención para aprender de las gallinas y guajolotes, compartían también la misma forma de la cara, de las manos y de los ojos, el papá de Gregoria  insistía frente a su hija que tenía la misma cara y ojos que su madre, ojos tan oscuros como los capulines decía.

-Madre, hemos llegado, te guardamos un poco de duraznos que traemos desde la montaña.

-Gracias hijo, los pondré a cocer. Molí maíz para comer con salsa amarilla, dejen las cosas y siéntense en la cocina.

La abuela les sirvió en un plato hondo, una tortilla gruesa que cada uno despedazó para mezclarla con el caldo, sus dedos hervían de calor junto con la comida. Después  los adultos tomaron café, mientras hablaban de sus problemas, de sus inquietudes. Gregoria salió al patio a perseguir con su hermano a los pollitos recién nacidos de su abuela, mientras, su abuela, entre platicas, la observaba y pensaba en que hasta los movimientos de la niña le daban razones para quererla. Cuando su hijo dejó calló sus preocupaciones, la abuela pudo dejar de escucharlo y concentrar su mirada en su nieta. Pasaron la tarde calentando a los pollos entre sus manos, la abuela le enseñó a Gregoria a curarlos, sacándole con un hilo las lombrices que los atormentaban, desgranaron maíz para los guajolotes y se quedaron platicando mientras mataban las pulgas que se escondían entre las alas de las gallinas, los ojos de ambas se encontraban y no era solo una mirada, sino una historia que se trasmitía. Gregoria aprendió esa tarde los gestos de su abuela, la forma en la que acomodaba sus manos para recibir a los pollos y cómo los acercaba a sus oídos para escucharlos piar.

Al día siguiente, la mañana se disolvió en la neblina, el vapor del café y la brisa, a mediodía los preparativos para la noche comenzaron, el papá de Gregoria recogió sus huaraches y se los entregó, la niña había aprendido a medir el tiempo por el desgaste de sus huaraches, sabía que cuando brillaban el tiempo era nuevo y había muchas cosas que debía aprender hasta que sucediera la próxima fiesta para tener huaraches brillantes. Se los midió con emoción y las correas de cuero que habían sido hechas para detener su pies en los pasos que ella diera los abrazaron. Por la tarde su abuela la llamó a la cocina, de un baúl de madera sacó uno de sus ceñidores, color rojo intenso que hizo que a la niña se le iluminaran los ojos, pues no era prestado, sino un regalo que ella cuidaría como un tesoro. Al ver el asombro de la niña, la abuela le enredó el ceñidor en su cintura, en cada vuelta que le daba se lo apretaba más hasta que llegó a su fin. Después de este acto la señora le desenredó con un peine de madera el cabello a Gregoria, allí sentada le trenzó sus miedos y guardó en cada pliegue de la trenza los sueños que tenía para su nieta. Cuando termió, los amarró con un listón de lana hasta que estuvo segura de que no se iba a deshacer. Las dos se encaminaron a la Iglesia seguidas de los padres de la niña, allí frente al Dios que conocían, cada una de ellas pidió por la vida de la otra, por poder compartir tardes como la del día anterior, por aprender la niña de las experiencias de la anciana, por más días reconociendo el lenguaje de los pollos, perros y guajolotes, pero sobre todo dieron gracias por el corazón y los sentimientos que compartían y Dios les había dado.

Al terminar la misa, toda la familia se encontró en el atrio y juntos fueron a presenciar la quema del castillo, era el momento más esperado. El castillo era una estructura construida por cuetes que se convertía en un espectáculo de luces y colores diferentes. Gregoria miraba fijamente  la estructura apagada y ese momento era su felicidad máxima: tenía huaraches nuevos, había aprendido más de lo que ya sabía sobre los animales con su abuela, había heredado un ceñidor y ahora esperaba a que estallara el espectáculo de luces. Esperaron quemándose las mejillas de frío, huyendo de la brisa y la neblina, esperaron bailando y escuchando al viento que se convertía en música cuando pasaba por los instrumentos. Hasta que el momento esperado llegó y las luces de diferentes colores iluminaron el rostro y la mirada de los que estaban allí presentes, caía del cielo una lluvia que brillaba, entre el sonido de la fiesta los cuetes estaban presentes, la felicidad se desbordaba en el pueblo como la luz que salía del castillo.

Esa noche quedó grabada en el alma de la niña, era un recuerdo que la construía Se terminó la fiesta esa madrugada y las personas recogieron lo que quedaba de ella, con la esperanza de volver a celebrar el siguiente año. A Gregoria le dolía que la fiesta terminara, dejar a su abuela, volver al camino a su casa, esta vez con nostalgia. Los padres de la niña platicaron esa mañana con ella, tenían que llevar algunas velas para pedir por la vida de la familia a la virgen ese día pero les preocupaba dejar más tiempo la casa sola, la comida de los pollos se habría terminado, los perros iban a comenzar a aullar de hambre, los toros estarían inquietos y cualquier persona viendo la casa sola no iba a dudar en robarlos por lo que era mejor que Gregoria regresara a casa con sus dos hermanos. En un morral guardaron los recuerdos de la fiesta, el pan que habían comprado en la plaza con comerciantes yalaltecos y la panela para endulzar el café, entre lágrimas Gregoria acomodó en un rebozo a su hermano en su espalda, su abuela besó su frente y con sus palabras pensó una oración para que Dios cuidara a la niña en su camino.

De camino a casa, Gregoria sentía como la nostalgia la consumía, el color del cielo era diferente, se paró al borde de la montaña en donde se divisaba el pueblo pero esta vez lo vio con tristeza, la fiesta le había dado razones para vivir o por lo menos para esperar hasta el próximo año. Llegaron a la casa, los perros estaban tan ansiosos por verlos que comenzaron a ladrarles hasta que reconocieron la silueta de sus dueños, las gallinas cacarearon pidiendo que las sacaran del corral, los guajolotes miraban a la niña con cuidado, sus ojos la habían extrañado, los toros habían estado dos días esperando volver a caminar lentamente en el monte pero libres.

Esa noche Gregoria acomodó la leña para prender el fogón, dejó a  los perros dormir cerca de la puerta para que sintieran el calor y con cuidado le dio a sus hermanos café con panela y el pan que quedaba de la felicidad de la fiesta. Durmieron juntos y los perros cuidaron sus sueños.

La nostalgia de la fiesta fue desapareciendo esa mañana, los padres de los niños aun no regresaban pero lo harían pronto, a más tardar esa tarde. Mientras pensaba en ellos, Gregoria arreó a los toros, juntó leña, desgranó maíz para los pollos y encerró a los guajolotes, mientras estaba al pendiente de sus dos hermanos que se entretenían jugando con las piedras. Mantenía su vista en los animales y en sus hermanos para estar al pendiente de ellos, que los niños no se lastimaran y que los animales no se perdieran. Cuando se  rompió el silencio, un sonido alteró la armonía de las montañas, parecía que el cielo se caía y el viento venía de un lugar diferente, no era el mismo que la niña conocía. Gregoria corrió para abrazar a sus hermanos, llevarlos a la casa y salir para guardar a los animales, sentía que ese sonido era el del fin del mundo, los perros no paraban de aullar a algo en el cielo, algo que la mirada de Gregoria no veía, sus tímpanos trataban de reconocer de dónde venía el sonido pero por más que lo buscaba no lo encontraba, le preocupaban sus animales y que el sonido que aún no sabía de donde venía se los llevara. Con miedo pudo lograr encerrarlos a todos, sintió que el viento era tan fuerte que deshacía sus trenzas. Volvió a alzar la mirada y pudo reconocer de dónde tenía el sonido, era un pájaro enorme, gris, su canto hacía todo ese viento y el sonido que no conocía daba varias vueltas en el cielo torturando los oídos de los niños y de los animales.

Ese día Gregoria conoció el sonido del fin de su mundo, y al ave que manejaban los hombres que no hablaban su mismo idioma. Ese pájaro al que Gregoria no podía entender. Y en ese momento Gregoria vio a sus padres bajando por la montaña, mirando a ese cielo, que ya no era suyo. La montaña repitió el eco de ese desconocido, la voz de los que ya no estaban calló y el viento se agitó con un movimiento que Gregoria no conocía.

El desborde. Relatos del mundo que habito | A la niña que alguna vez fui


Por: Ximena Moranchel


Desde que crecimos pasaron muchas cosas. Teníamos tantas ganas de ser grandes para hacer lo que quisiéramos y no lo que nos decían qué teníamos que hacer, que ni nos dimos cuenta cuándo sucedió. De pronto un día estábamos solas tomando un avión al otro lado del continente, simplemente porque teníamos ganas de estar ahí. Y por más que sea una sensación hermosa, esa, la de vivir cómo queremos, en muchas ocasiones daríamos lo que fuera porque alguien nos mostrara el camino que hay que seguir. Te cuento que, aunque aún nos da miedo la oscuridad, algunos insectos y hablar en público, dormimos con la luz apagada rodeadas de unos brazos que nos hacen sentir seguras, hemos acampado en distintas ocasiones, en el bosque de Xilitla y en el desierto de Real de Catorce y lo disfrutamos tanto que nos olvidamos que estábamos durmiendo en la naturaleza rodeadas de un montón bichos, también a veces hasta nos hemos animado a pararnos frente a un montón de desconocidos a leerles cosas que hemos escrito. Conocimos el mar y se convirtió en uno de nuestros grandes amores y quizás por esas ganas de saber qué es lo que hay bajo su inmensidad azul, aprendimos a nadar, no profesionalmente, pero si lo suficiente como para ir detrás de una mantarraya gigante observando detenidamente sus movimientos. Nos sigue gustando cantar y bailar y procuramos hacerlo seguido, nos dimos cuenta de que nos hace sentir como cuando jugábamos en aquella resbaladilla enorme de piedra, una mezcla de felicidad, adrenalina y libertad. La navidad todavía nos emociona, resulta que al final la magia no estaba en los regalos, sino en el amor que hay en nuestra familia. Ahora sabemos que los abuelos no duran para siempre, fue un doloroso descubrimiento. Cuando nos caemos ya no basta con sobarnos para seguir, ahora necesitamos quedarnos un buen rato en el piso antes de volver a estar de pie e incluso a veces ni con eso basta, la buena noticia es que los abrazos de mamá siguen siendo el mejor ungüento del mundo. Todavía nos duele el dolor del otro, por eso seguimos ayudando cada que podemos. Hay días que no son fáciles y a veces nuestros problemas son un poco más grandes que un regaño de papá por no haber sacado una buena calificación, pero ¿sabes? Tenemos amigos que siempre están dispuestos a hacer de todo por vernos sonreír. Aún pasamos horas fantaseando, con universos y estrellas, con infinitas posibilidades, a veces escribimos sobre esos sueños y otras tantas los hacemos realidad, como cuando nos aventamos del paracaídas para saber cómo se sentía volar, o cuando nos mudamos a la playa porque queríamos tener cerquita al mar, o esa vez que nos fuimos a vivir solas a la otra punta del continente en búsqueda de nuestro lugar. Nos siguen gustando los cuentos de hadas, pero ahora sabemos que son sólo eso, cuentos, que no existen príncipes que te vienen a salvar, que nada dura para siempre y que el amor no siempre es suficiente. No hemos olvidado cómo andar en bicicleta, ni que hay que voltear a los dos lados antes de cruzar una calle, tampoco que la mejor cena del planeta es un vaso de leche con chocolate y unas quesadillas. Y aunque nos han roto varias veces el corazón, seguimos confiando en los otros. Y gracias a eso hemos conocido a gente maravillosa que nos ama y que amamos. Ya no nos dan vergüenza nuestras orejas, ni nuestra nariz y cada vez son menos las veces que criticamos nuestro cuerpo, hacemos el esfuerzo constante por no hablarnos mal, y hemos dejado de repetir afirmaciones que no son verdad. Hace un tiempo ya que no vamos a la iglesia, ni creemos en su Dios, entendimos el daño que nos hizo y nos alejamos por completo. Seguimos buscando quién es Dios para nosotras. Todavía amamos comer y aún odiamos cocinar, pero somos afortunadas, el hombre con el que vivimos, además de ser nuestro compañero de vida y mejor amigo, es un excelente cocinero. Aún nos duele el estómago de nervios y emoción cada que vamos a viajar. Nos sigue fascinando festejar nuestro cumpleaños. Todavía disfrutamos abrazar y ser abrazadas. Y aún lloramos cuando las cosas no salen como queremos. Desde que crecimos cambiaron muchas cosas. No somos más esa niña que pensaba que la felicidad estaba en casarse y tener hijos. Tampoco esa que en algún momento aprendió que la belleza determinaba el valor de las personas. Ni mucho menos la que imaginaba que el dinero era de las cosas más importantes que había que tener al crecer. Me gustaría decirte entonces, con seguridad, que sé quién somos el día de hoy, sin embargo hay momentos en donde todo se enreda y es difícil ver con claridad qué es eso que teníamos tantas ganas de hacer cuando fuéramos grandes, pero si alguna certeza tengo, es la de saber que hay algo que nunca dejaremos de ser, esa que busca y encuentra, todo el tiempo, razones para seguir sonriendo.

Ximena Moranchel Gutiérrez. Licenciada en Psicología Clínica por la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ). Cursó un semestre de la licenciatura en la Universidad de Buenos Aires. (UBA). Ha participado en diversos talleres entre ellos en el curso de Psicoanálisis y Género impartido por Ñandutí. Actualmente trabaja de manera independiente, dando terapia en línea en su mayoría a migrantes hispanohablantes. En el 2016 migró a Buenos Aires y desde entonces su corazón está dividido entre dos lugares; México y Argentina. Feminista, viajera y nostálgica a tiempo completo. Escribe para no asfixiarse y lee para poder respirar. 

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Serena en el mar y la arena | Quérido amigo

Por Anel Solis

Mi querido amigo…

Mi fiel compañero que me acompaña de noche y madrugada.

Mi fiel amigo que duerme conmigo 

hasta que desvanezca la mirada a la jornada cotidiana.

Mi fiel confidente que me consuela 

con tan solo su profunda mirada llena de amor y esperanza.

Vigilas mi sueño, lo cuidas, y mis tristezas las cura con tu amor incondicional.

Iluminas mi vida cómo el sol al alba y la luna en la dulce velada. 

Amigo…

  Juro al tiempo lo que desee para que conmigo siempre estés.

  Aprecio cada día de tu existencia cómo el primer día de tu presencia. 

¿Cómo aprenderé a vivir sin ti?

 ¡O amigo mío! ¿Porqué no eres eterno? irónicamente un día a tu lado 

  Basta para sentir la paz que quiero eternamente en mi vida. 

Me quedo con ese pensamiento y ese sentimiento perpetuamente.

Ser hermoso de luz mientras sigas a mi lado todo mi amor será para vos.

Con amor Serena en el mar y la arena.

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Versátil : La libertad de pensar | Sueños fúnebres

Osmara Rodriguez


Mi respiración fluye lentamente, mientras mis párpados comienzan a pesar.
Una sonrisa serena adorna mi rostro.
Dispuesta a perecer, cayendo hacia una pacífica muerte.
Entonces, tu voz interrumpe mi sueño fúnebre.
Tú cuestionas sobre las divagaciones de mi mente y yo llena de sentimientos, solo enmudezco.

No sé cómo expresar la magnitud de mi amor,
no conocía esta clase de amor.
Anhelo ser uno, pero a la vez dos;
dos almas amantes.

Oh, mi amado, no sé cómo decirte que si mi corazón dejara de latir en este instante, mi alma encontraría consuelo, pues nunca conocí esta clase de paz y felicidad.
Temo que la dicha que siento
se acabará y que el destino nos separará.

Oh, mi amado, morir estando en tus brazos sería la más hermosa dicha que mi melancólico corazón podría conocer.

ESCRIBIR NOS LIBERA: «ESCRIBIR PARA TI», ES NECESARIO

Una de las libretas más bellas que tengo, regalo de mi amiga Majo una amante de la lectura. En esta libreta me he permitido escribir sólo para mí.

Por Aimeé Miranda Montiel

Pensamos muchas veces que escribimos sólo porque queremos ser escritorxs o porque queremos publicar nuestros textos algún día, pero hace unos días un amigo me dijo “…escribe para ti” y esas tres palabras me movieron muchísimo; porque muchas veces escribimos pensando si el texto será lo suficientemente bueno para que alguien nos lea, o si será estructuralmente correcto, o si va a funcionar la historia para que atrape a nuestrxs lectores, pero de verdad que se nos olvida escribir para nosotrxs, por el gusto de escribir nomás.

Y es que escribir en muchas ocasiones va cargado de un propósito, de un fin o de una expectativa, pero para mí lo más grandioso de escribir y que va mucho más allá de “contar historias” o de “crear una narrativa”, es poder conectar con esa parte de ti que no le compartes a nadie -incluso a veces tampoco a ti mismx-, unir esas piezas de ti que están dispersas para encontrarles un sentido, escribir te permite saber dónde estás paradx para saber a dónde quieres ir, escribir es sobre todo un ejercicio de intimidad y conexión, por eso hoy la invitación es: ESCRIBE PARA TI.

Chance en este momento te estás preguntando ¿cómo escribo para mí?, en principio pudieras pensar que las #morningpages (práctica que te recomendé en la columna de la semana pasada, que si no la has leído, hazlo aquí) son una forma de hacerlo, pero no tanto en mi opinión, si bien esas primeras páginas del día te harán sacar mucho de lo que traes dentro, lo cierto es que sirven más como un desahogo, una especie de “vómito mental”; pero escribir para ti, es poder conectar con tu magia interna y tu creatividad.

Para de verdad «escribir para ti», algo que puedes hacer, es escribir en cualquier momento que te venga la inspiración, si es una frase que te llegó, escríbela, si viste un árbol y quieres describir su belleza o lo que te hizo sentir, escríbelo, si es un haiku, dale, si es un recuerdo, escríbelo también, en resumen: ESCRIBE TODO LO QUE LLEGUE A TI, POR EL MERO GUSTO DE ESCRIBIR PARA TI.

Y como cada semana, aquí te comparto algo que escribí para mí, disfrútalo y ojalá te inspire a ESCRIBIR PARA TI:

Y si me pierdo, tal vez me encuentro,

Tal vez me reinvento,

O quizá sólo sigo flotando en el sueño.

Gracias infinitas por leerme, puedes escribirme en los comentarios de este blog, o por DM en Instagram: @leer.eschingon o @viveconmagia_eclecticaheal.

Y sigamos juntxs escribiendo, porque ESCRIBIR NOS LIBERA.

Entre calles y páginas | Un espacio propio también necesita flores

Por Ángeles Serna

Bloom – is Result– to meet a Flower

And casually glance

 Would scarcely cause one to suspect

 The minor Circumstance

 –Emily Dickinson

Hace unos días, platicaba con un amigo sobre Envía Flores, reconozco que, por un tiempo, me salvó de algunos compromisos. Gracias a ese uso recibo los típicos correos de descuentos, promociones y las fechas “importantes” para enviar algún detalle. En esa conversación, recomendé el servicio, seguido de la pregunta “¿le has enviado flores a alguien?”, su respuesta fue que sí, específicamente a sus parejas –o exparejas–. Después de esa tarde me quede pensando en la acción de dar flores.

Este año, también he visto en redes sociales fechas especiales –no sé si nuevas o visibilizadas– para regalar flores de cierto tipo, esto se suma a la cantidad y costo de las mismas. Mientras más caro y grande el ramo hay más compromiso y mejores sentimientos –o simplemente más reacciones en Instagram o Facebook–. El tema de regalar flores me ha perseguido por varios días. Creo que a diferencia de estas situaciones que acabo de describir, nunca he esperado flores de alguna pareja o por una situación en particular.

Desde siempre, en mi casa, se ha acostumbrado a tener jarrones llenos de flores. Recuerdo que mi mamá me llevaba a comprar los ramos de rosas y tulipanes a unas florerías que están en Venustiano Carranza una avenida del centro de Monterrey. No esperábamos un motivo especial, sólo mi mamá tenía el gusto porque tuviéramos flores en casa. Esto se me hizo costumbre y, aunque, ya no voy hasta el centro de la ciudad a conseguir mis flores, sí es algo que está en la lista del súper de cada quincena.

A inicios de este mes, una amiga me acompañó a surtir mi despensa y vio que llevaba mi respectivo ramo de flores, me preguntó “¿por qué no esperas a que te las regalen?”. Entonces pensé “¿por qué esperar a que otra persona me dé algo que quiero?”. Sé que la idea, o mejor dicho, tradición de regalar rosas viene desde la mitología griega, según esto, regalarlas simboliza la conquista. Considero que, a pesar de tradiciones, leyendas y estas prácticas sociales, comprarse flores representa parte de la independencia emocional y económica de una persona, específicamente, de las mujeres.

Esto me hizo pensar en varias obras como Una habitación propia (1929) de Virginia Woolf, La mujer habitada (1988) de Gioconda Belli y Una carta a escritoras tercermundistas (1980) de Gloria Anzaldúa. En cada uno de estos textos se destaca la autonomía de la mujer desde la importancia de tener un espacio propio hasta el manejo del tiempo para realizar actividades de interés como escribir –pero puede ser cualquier otra–. Además, en estas obras se presenta la relevancia de independencia económica, sin embargo, también se expone algunas de las dificultades –y desigualdades– a las que nos enfrentamos las mujeres para lograr esa independencia. Gloria cuestiona “¿quién tiene el tiempo o la energía para escribir después de cuidar al marido o al amante, los hijos, y casi siempre otro trabajo fuera de casa?”.

El ingreso económico y el tiempo son retos con los que las mujeres lidiamos cada día. Pero que hemos sabido superarlos para encontrar espacios en nuestra agenda para familia, amigos y, lo más importante, nosotras mismas. También hemos conseguido el desarrollo profesional y laboral, a pesar de la brecha salarial por género. A lo que voy con todo esto, es que las mujeres hemos conseguido apropiarnos de espacios desde lo personal hasta lo colectivo. Incluso, hay un término muy utilizado en estos temas que es empoderamiento (el término original en inglés es empowerment), Brígida García lo define como “ampliación de las capacidades individuales, pero también con el acceso a las fuentes de poder” (2002, p. 222).

Es preciso recordar, desde palabras de Foucault, que el poder está inmerso en las relaciones sociales y determina el acceso y control de diferentes recursos. Actualmente, las mujeres podemos ser propietarias de bienes materiales, trabajar y conseguir ingresos propios. Se podría decir – y con muchas excepciones– que la mujer contemporánea tiene la opción de ser independiente. Sin embargo, existen otros factores relacionados a las interacciones sociales desde el poder de los actores. El modelo de empoderamiento de la mujer que plantea Jo Rowlands (1997) consiste en tres dimensiones:

La personal (desarrollo del sentido de ser, de la confianza y de la capacidad individual), la referente a las relaciones cercanas (habilidad para negociar la naturaleza de la relación y las decisiones que se toman en su interior), y la colectiva (participación en estructuras políticas locales o informales, internacionales o formales; acción fundamentada en un modelo cooperativo y no competitivo).

(García, 2002, p. 227).

A pesar de que el cuestionamiento inicial del texto es ¿por qué esperar a que alguien más nos regale flores? Considero que la reflexión va más allá del poder comprarse o no cualquier objeto. Primero presento la importancia de la independencia económica y, después, lo relaciono con las dos primeras dimensiones de empoderamiento de Rowlands, ya que se encuentra la capacidad individual y la toma de decisiones, porque no sólo basta con tener los recursos y las herramientas, sino también tener esa independencia emocional para concebirnos como seres autónomos. Mi objetivo con este texto no es demeritar la acción de regalar flores, al contrario, es revisar y cuestionar el por qué las damos y por qué las esperamos.  Además, así como hemos creado nuestros espacios, sean casas, cuartos, cocinas, salones, bibliotecas, en dónde hayamos encontrado un espacio para nuestro desarrollo personal, también es responsabilidad de nosotras habitarlo con lo que nos representa.

García, Brígida. (2002). Empoderamiento y autonomía de las mujeres en la investigación sociodemográfica actual. https://estudiosdemograficosyurbanos.colmex.mx/index.php/edu/article/view/1162

Angeles Stefanya Serna Moreno

Angeles Stefanya Serna Moreno (Monterrey, Nuevo León) es egresada de la licenciatura en Letras Hispánicas de la UANL, en donde obtuvo el primer lugar de generación. Fue becaria en el Centro de Estudios Humanísticos (2020) y el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora (2021-2022). También fue la primera residencia universitaria en el Centro de Escritores de Nuevo León (2022). Colaboró en sitio oficial de noticias de la UANL, Punto U, con notas periodísticas sobre Arte y Cultura. Además, ha sido ponente en diversos congresos a nivel nacional e internacional en las áreas de literatura, teatro y sociología.

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Las redes sociales y la creación literaria por Jeanne Karen en La máquina verde

Prendí el celular para publicar algunas fotos en mi cuenta de Instagram, a veces guardo ahí las cosas que me gustan, pueden ser lugares, fiestas, situaciones, lo que sea, pero que de alguna manera me lleve a un recuerdo o a un pensamiento agradable, imágenes de las cuales, de alguna pueda tener la intención de escribir algo. Estaba en mi tarea, cuando de pronto sale ante mi vista un meme, que más que causarme gracia, me hizo pensar en una situación que para mí es rara. El meme en cuestión, trata de una forma ligera la idea de que ahora existen muchas personas que quieren ser escritores, pero no desean escribir o no escriben, lo que me parece fascinante, de verdad sería un buen tema de estudio. Lo señalo porque cuando era joven, no soy vieja todavía, pero digamos que cuando era más joven, la simple idea de soñar con ser escritores, desde luego implicaba en primer lugar escribir y no solamente escribir cualquier cosa, no, se tenía que trabajar sobre lo ya escrito; trabajar y trabajar sobre los textos que más o menos considerábamos que podrían servir para algo; no se diga en el caso del texto literario, que siempre necesitó de toda la atención, además de horas en la tarea de edición y la segunda cuestión, de igual importancia era la lectura, pero ese es otro tema.

 Por lo que me enteré a través de ese sorpresivo meme, ahora las personas desean ser escritores, pero no escriben, no sé, imagino que en sus perfiles de las más conocidas redes sociales, suben algún tipo de frases, escritos, pensamientos o no sé qué otros nombres les den a las cadenas de palabras que publican, muchas veces son copias de autores, que en realidad se esforzaron por darnos algo propio.

Entonces, tengo la sensación de que lo que importa ahora no es la calidad de lo escrito, sino más bien la cantidad de likes, vistas, corazones, reacciones y todo lo que implica subir material a una red social, no sé si es bueno o malo, simplemente es lo nuevo.

Lejos estamos del tiempo en que temblorosos nos presentábamos en cuanto taller era posible, con un par de poemas en la mano para realizar un verdadero ejercicio de lectura que iba más allá de la simple comprensión, de verdad se hacía de manera profunda y respetuosa, aunque nunca faltaban los desacuerdos, pero al final siempre, siempre, salíamos con un texto digno de ser leído y compartido; lo más importante, ahora que lo veo, salíamos con un poema que bien o mal, había sido creado por nuestro propio pulso, había nacido de nuestra visión de la vida y de la naturaleza de las cosas, no era un copia y pega divino, con alitas de ángel o de mariposa, purpurina de colores, palabras que se mueven al unísono con alguna tonada pegajosa de fondo.

La literatura era otra cosa, nuestros maestros nos exigían esa novedad del lenguaje, de la que habla Bachelard en la Poética del Espacio; tal vez ahora vamos a exigir también esa novedad pero a través de las infinitas modificaciones de alguna aplicación. Veamos a qué nos lleva, hacia dónde va la tecnología, qué pasará con los textos desnudos, con esos que son solamente palabras, una tras otra, que han salido de la mente creativa de un escritor de este siglo, ¿se van a perder, dará pereza leerlos porque no tienen sapitos y unicornios o siguen la tendencia de moda?

 Tal vez las escritoras como yo tendremos que dejar a un lado la vieja computadora portátil para instalarnos de manera definitiva en nuestra diminuta oficina de bolsillo, el celular, la Tablet o alguna otra cosa inteligente y comenzar a crear videos, bailar y escribir al ritmo de algún tono simpático, ponerle cuanto tamiz se nos ocurra a lo que tomamos de otro perfil y subirlo como propio, ya intervenido, con infinidad de estrellitas.  

¿En algunos años, todavía habrá quién escriba poemas o tal vez estamos destinados a ver repeticiones con nuevos filtros, más llamativos, más luminosos, únicos por un momento?

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, una de próxima aparición, además uno libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.

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Susana Argueta