El cielo de mi ciudad por Jeanne Karen en La máquina verde

Hoy parece que solamente trabajo los lunes por la mañana, estoy motivada, terminé la limpieza de la casa y por fin, frente a la computadora y con un buen café, abro un archivo de Word.

No sé si el texto de hoy será valioso, no sé ni siquiera si quedará guardado entre tantas cosas que ya tiene la memoria, no solo la propia, también la de la máquina. Estos días he estado leyendo algunas cosas, por lo que llegué pronto a la conclusión de que los libros que amo me han llegado siempre; por alguna razón he tenido suerte o tal vez solamente soy neurótica, por lo que evito salir e ir a conseguir algún libro; sin embargo espero con paciencia los días de los eventos, de las ferias, de las presentaciones y aunque no acudo a todo, trato por lo menos de ir a las cosas que más me interesan y que además entran dentro de mis días libres.

Tengo pocas horas al día para hacer lo que realmente deseo y lo que más quiero, es tener más poesía para leer, para vivir, no me importa tanto de dónde venga, solamente quiero leerla, disfrutarla, conocerla más. Los libros de poesía entran a mi vida, pero rara vez se van.

Hace poco fui a un espacio universitario, invitada para realizar una actividad, no sabía si era una lectura de mi obra o si tendría que charlar sobre un tema, pero estaba ahí también porque necesitaba un gran hallazgo, había venta de libros y pensé que era una buena oportunidad para encontrar algo por mi cuenta, pero para cuando llegué, el último stand estaba a punto de ser desmantelado, pero, en lugar de caer en la desilusión, decidí disfrutar el momento y así fue.

Había una interpretación de poesía sobre la muerte, a cargo de un grupo de teatro de la universidad, los jóvenes estuvieron fantásticos, sentí ese ánimo y vitalidad que a las personas de mi edad ya les empieza a hacer falta; en fin, el evento me gustó, pero lo que realmente llenó mis ojos esa noche fue el extenso cielo estrellado, hacía tanto que no lo veía así, cerca de casa hay tantas luces artificiales que ya no se disfruta, en cambio allá, en la parte elevada de la ciudad se puede ver con más definición y sentí la libertad del animal bajo ese manto, bajo lo nocturno, bajo lo desconocido.

Por lo que pensé en lo afortunada que soy, en lo afortunados que somos, pensé también en la dicha de percibir, de detenerse, de sentir. Más noches así, más tiempo para mirar los cielos estrellados y hacer divagar nuestras mentes, que el puente entre lo que debemos y lo que deseamos hacer, se acorte, se caiga, desaparezca.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, una de próxima aparición, además uno libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.

De recuerdos, aventuras y reflexiones|Todo por una chuleta

Por Tania Farias

En Francia, en todo caso, en aquella época en que viví la experiencia de ser una au pair, los niños de las escuelas primarias no asistían los miércoles a clases. Para los padres que trabajaban era todo un reto de organización. Algunos podían contar con el apoyo de la familia para cuidar a los pequeños durante esos días; otros, pagaban, cuando la escuela lo ofrecía,  el servicio llamado Centre de loisir donde los niños realizaban actividades recreativas. Algunos, en su mayoría de veces la madre,  optaban por trabajar a medio tiempo y así quedarse en casa los miércoles. Otras familias, esas que tenían los medios económicos, elegían llamar a alguien externo, una niñera o como en mi caso, una au pair que entretuviera a los vástagos durante todo el día. De sobra está decir que los miércoles no eran mis días favoritos. Los miércoles además de que M y P se quedaban en casa L, la hija mayor,  tenía una jornada corta y regresaba justo al mediodía para comer con nosotros.

Las primeras dos semanas, la señora C dejó preparados los alimentos y mi tarea solo consistía en calentarlos y servirlos. Esa alternativa era para mí la mejor manera de organización, pues digamos que para ese tiempo mis aptitudes culinarias eran casi nulas.

La tercera semana de mi estadía en casa de la familia A estuvo muy agitada y  la señora C no tuvo el tiempo de preparar con anticipación la comida de ese el miércoles. Así que el martes por la noche me dio dinero con las instrucciones de comprar cuatro chuletas de cerdo, las cuales, me dijo serían muy sencillas de preparar. Solo tendría que sazonarlas con sal y alguna hierba que encontrara en la cocina y asarlas en una cacerola. Para acompañar, me propuso preparar pasta “sigue las instrucciones de cocción en el paquete, las escurres y les agregas un poco de mantequilla”, me explicó.  Por último, debía comprar un bonche de ejotes con la señora que tenía su puesto de verduras a un lado de la carnicería y cocerlos en agua y sal.

A esos de las diez de la mañana, un poco preocupada por esa comida completa que debía preparar, pedí a los niños que se cambiaran porque teníamos que ir a hacer algunas compras al diminuto centro del pueblo donde vivíamos. Como desde el primer día, P ignoró mis órdenes y fue M quien tuvo que ayudarme a convencerlo de obedecerme. Con tan poco tiempo en el país, mi nivel francés era muy limitado  y una vez en la carnicería evité en lo máximo conversar con el dueño, así que con escasas palabras le expliqué lo que necesitaba: cuatro chuletas de cerdo. Por ignorancia, y sin duda, por falta de vocabulario, no me preocupé por el tamaño ni el peso de cada chuleta.

De regreso en la casa les dije a los niños que se fueran a jugar un rato; yo tenía que ocuparme de asuntos serios. Desde la cocina podía escuchar que los chicos habían elegido jugar en el cuarto de juegos/mi habitación. Eso me causaba un poco de disgusto; no me agradaba saberlos tan cerca de mis cosas, de mi privacidad, sin mí presente. Al no poder quejarme por esa situación, decidí concentrarme en la tarea delante de mí.

Aún seguía cocinando cuando L llegó. Mi entras se quitaba botas y abrigo, yo salí rapidísimo de la cocina, pues temía que algo se quemara, para explicarle que pronto comeríamos. L preguntó por sus hermanos y después se dirigió a su propia recamara.

Al punto de las doce treinta la mesa estaba lista y la comida servida. Desde el comedor grité para que todos bajaran a comer. Por supuesto, mi llamado fue ignorado y tuve que subir y casi obligarlos a pausar su juego, o de otra manera la comida fría estaría incomible.

Con los niños sentados a la mesa, aun seguíamos esperando a L quien finalmente después de un rato bajó acariciando su larga cabellera rubia de la cual estaba sumamente orgullosa. Cuando L llegó, los problemas también. Al sentarse y ver la chuleta ocupando casi la mitad de su plato empezó a quejarse por la comida. Al principio, le respondí con tranquilidad que esas habían sido las instrucciones de su mamá. Por supuesto, mis explicaciones  le fueron insuficientes y continuó la queja con argumentos tales como que el cerdo era muy grasoso, ¿acaso yo tenía la intención de engordarlos?, ¿qué eran esas porciones? Concluyó su letanía proclamando que ni de loca se comería eso pues ella sí se preocupaba por su peso y salud. L tenía razón, las chuletas eran enormes, pero mi inexperiencia no me permitió actuar de una mejor manera. Qué sabía yo de porciones infantiles, tan solo me limitaba a seguir instrucciones.  

Mi respuesta para cada queja fue la misma, “tu mamá me pidió que les preparara eso”.  Por el contrario, mi paciencia ya no era la misma y esta comenzó a agotarse cuando M y P se unieron al unísono a las quejas de su hermana mayor. De pronto, L se levantó sin haber probado un solo bocado y me lanzó un “a mí no me vas a obligar a comer eso”. M y P le siguieron. Viendo a los tres de pie, intenté sentar a los más pequeños. L salió corriendo con una sonrisa maliciosa e hizo un llamado a sus hermanos para que no se dejaran atrapar.

Con poca experiencia cuidando niños, en la universidad no había aprendido eso, además de que era muy joven, no fue difícil caer de lleno en la provocación. En un momento dado, me encontré también corriendo por entre los muebles, tratando de atrapar a los niños y  gritando que debían comer pues era la orden de su mamá. Ellos se reían a carcajadas y armaban “estrategias” para que no los pudiera atrapar.

Frustrada y hasta cierto punto humillada vi como abrían las puertas y salían al jardín sin suéter y en pantuflas, a pesar de que el otoño (y para mi cuerpo nada habituado al frío) ya estaba bien instalado. Mortificada y vencida me dejé caer en el primer escalón de las escaleras que llevaban al jardín. Mis pensamientos en ese instante eran de temor, cómo le explicaría a la señora C lo sucedido, cómo le diría que los niños no habían comido nada, cómo le explicaría que no había podido hacer mi trabajo.  Mientras tanto los niños seguían corriendo y hasta se acercaban para luego alejarse de nuevo, burlándose de mí. L seguía liderando la revuelta y ver su sonrisa de triunfo aumentaba mi frustración.

En el punto más bajo de mi desasosiego, llegó de repente un nuevo pensamiento a mi cabeza y un sentimiento de alivió me llenó. Si no querían comer no era mi problema, yo no seguiría con ese juego idiota. Me dije que no tenía que soportar esos tratos y la solución la tenía en mis manos. Entonces, limpié mis lágrimas, me metí a la casa, y empecé a recoger el comedor. Después, seguí con la limpieza de la cocina. Los niños al ver que yo ya no reaccionaba a su juego se cansaron de seguir corriendo y entraron al poco tiempo. El frío debió haberles empezado a calar. L pasó cerca de mí buscando retarme con la mirada, pero la ignoré. También, cansada con el juego, se fue a su cuarto a hacer la tarea, porque eso sí, en casa podía ser la adolescente provocadora y rebelde, pero en la escuela era una estudiante modelo y tímida.

Cuando la señora C regresó, yo la esperaba en la sala mientras los niños jugaban en mi cuarto y L seguía en el suyo. Después de su saludo me preguntó cómo había estado el día. Sin rodeos le respondí que mal y proseguí a contarle lo que había sucedido y como L había liderado la revuelta. Su semblante cambió cuando le dije que no estaba dispuesta a recibir esos tratos, que para mí eran una falta de respeto. Yo estaba allí con la intención de aprender un idioma, de intercambiar experiencias culturales, pero no a ese precio. No tenía la necesidad de sufrir de esa manera,  y le pedí que me diera solo el tiempo suficiente para cambiar mi vuelo. Regresaría a México en los próximos días y así todos estaríamos contentos.

La señora C se exaltó y me dijo que no podía hacerle eso. Ella estaba trabajando y necesitaba de alguien para cuidar a los niños en su ausencia. Le expliqué que entendía su posición pero para mí sus hijos habían rebasado un límite y nuestra relación laboral no podía funcionar bajo esos términos. Después de un momento, la señora C se calmó, prometió que nunca se repetiría una situación similar,  y me pidió de favor que no me fuera.

Esa noche, al término de la cena, los niños fueron privados de postre y el señor F con una cara de enfado les explicaba que no podían volver a comportarse como lo habían hecho ese mediodía. Los pequeños miraban a su plato sin atreverse a decir nada. Fiel a sí misma, L continuaba desafiando a todos con la mirada.  A pesar de su insistencia por revoltarse, ella y yo nunca volvimos a tener un enfrentamiento similar.

Algunos días después, durante el desayuno, estalló una discusión entre L y su papá. Sin temor a nada, la adolescente lanzó fuertes insultos que en mi familia jamás hubieran sido tolerados. No puedo ni siquiera imaginar el castigo que me hubiera representado decirle algo de ese estilo a mi padre. Pero L solo recibió otro grito de parte del señor F diciendo que a él no se le hablaba así. L salió de la cocina con la cabeza en alto en señal de triunfo, protegida por la impunidad que allí reinaba. En ese instante comprendí que era evidente que en algún momento esa niña debía haber rebasado los límites conmigo pues ni siquiera a su padre respetaba.

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Polilla en Versos | Las Ciudades (No) Visibles. Parte II

Por Paola Rodríguez

Tlanquipán del Ausente


Conocida como la ciudad de lo perdido, Tlanquipán del ausente, se encuentra en el pequeño rincón que existe entre los muebles y el olvido. Es a donde va a parar la pieza faltante de un rompecabezas, los centavos que se quedan en el forro de un abrigo descosido y las llaves del auto justo antes de una entrevista de trabajo. 

La principal característica de este lugar es su desmesurado turismo. Algunos visitantes solo van de paso y se quedan un par de minutos, pero otros se quedan para siempre. Es muy fácil entrar en esta frenética urbe, basta de un momento de ausencia o desconcierto para terminar en la plaza principal de la ciudad. Sin embargo, salir tiende a volverse más complicado. La Ley de Migración en su artículo octavo estipula: “Los individuos que transitan el territorio de Tlanquipán del Ausente podrán abandonarlo libremente siempre que aparezcan fuera de este”.

La mayoría de los residentes terminan por resignarse a que esta extraña ciudad se convierta en su nuevo hogar al cabo de unos años, incluso algunos lo hacen en un par de meses. Se buscan un espacio entre los calcetines sin par y las agujas bajo los cojines del sillón, y parece que viven más o menos felices. Sin embargo, hay un grupo en particular que siempre está inconforme con las leyes migratorias que rigen el territorio: Las personas. 

Desde que arriban en Tlanquipán parecen mostrarse un poco hostiles con el resto de los habitantes, exhibiendo en seguida su desagrado por la ciudad y su deseo por abandonarla lo antes posible. La mayoría gritan exigiendo que se les deje salir o rompen en llanto rogando por un boleto para regresar. Los más tranquilos suelen ser los niños, aunque sospecho que es porque aún no entienden que están perdidos. Hay una niña de no más de cinco años, ella cuenta que fue tras su pelota en el parque, que escuchó la puerta de un carro abrirse y luego apareció aquí. 

Las personas suelen usar toda clase de pretextos con tal de saltarse las reglas de migración. Utilizan un gran repertorio de excusas con tal de irse: «Que su madre se preocupara si no llega a casa esa noche», «que están ahí por error, que ellos iban al trabajo», «que alguien los seguía antes de terminar aquí», «que sus hijos los necesitan». Sinceramente a veces dan un poco de pena, pero las leyes son inamovibles. 

Las autoridades suelen estar capacitadas para lidiar con ellos, hay un módulo especial en las oficinas de migración. En él les dicen que seguramente su familia los está buscando, que recuerdan haber visto una foto de sus rostros en las noticias… que sean pacientes y los encontrarán, pero aquellos que tienen más tiempo aquí saben que solo les dan falsas esperanzas para evitar más revuelo entre los habitantes. Ellos saben que es más fácil que salga de aquí la aguja olvidada en un pajar que alguno de ellos y que, entre más tiempo pasa, las probabilidades disminuyen, pero prefieren no decirlo. Solos terminarán por enterarse y se resignarán. A fin de cuentas, es mejor estar desaparecido, que buscar a uno.


Biografía del autor. Paola Lizbeth Rodríguez Gómez (Tepatitlán de Morelos, 1999) Egresada de la Licenciatura de Escritura Creativa de la Universidad de Guadalajara. Algunos de sus textos narrativos han sido publicados en la revista de literatura Al Margen, además de otras pequeñas colaboraciones en revistas independientes y fanzines. También disfruta de la poesía visual y el art-journal.

Extraño Cotidiano | Finisterrae III

Susana Argueta

No hay indicación sobre la distancia hasta el bendito santuario. ¿Voy? Todavía puedo dar la vuelta y regresar a la semiseguridad de la carretera, pero mi orgullo es más fuerte. “Ok, Google, ¿cuántos kilómetros faltan para el Santuario de Cactus”. Silencio. ¡Demonios! Perdí la señal.

Teodora huyó de Metepec y llegó a Real del Monte. Se fue por el miedo de perder a sus hijos, sobre todo a Eduardo, el único varón y heredero del rancho. Se lo podían quitar. Fue un impulso, el primero de muchos de ahí en adelante. Tomó a su prole y salió del Tepozán. No sabía de qué iba a vivir, ni dónde, ni cómo. No se sabe mucho. Dicen que una vecina se compadeció y le enseñó a hacer tortillas para vender en el mercado. El primer día no vendió ni una. Sentía vergüenza.

¿En qué momento? ¿Cómo? ¿Cuál fue el evento que la hizo cobrar conciencia, vencer el temor y hacerse cargo de su vida?

Vaciar una montaña | Escuchar al ‘loco’ del tarot, en la Nada, de Janne Teller

Nada importa, hace mucho que lo sé. Así que no merece la pena hacer nada. Eso acabo de descubrirlo.

Por: Samia Badillo

Kary me regaló en mi cumpleaños un libro donde se lee esa frase en la portada. Lo inicié en un viaje donde pasé cinco horas en carretera. A medida que iba avanzando me quedaba un poco helada con la narración y una vocecilla dentro de mí me decía: “déjalo ya, lo último que necesitas ahora es una lectura nihilista; tu estado de ánimo no está como para perder las esperanzas y deprimirte”. Pero había en mí un impulso fuerte por atravesar la duda. Así que me dije: si el sinsentido va a explotar dentro de mí, que explote por completo. Y continué leyendo.

La frase descrita es en realidad una declaración de principios que hace uno de los adolescentes protagonistas, Pierre Anthon, mientras se levanta de su pupitre en su escuela y recoge con tranquilidad sus cosas, para abandonar después el salón de clases, ante la mirada perpleja de los demás alumnos.  

Quizá esa hubiera sido sólo una anécdota de final de las vacaciones de verano para sus compañeros, de no haber sido porque Pierre se sube a un árbol de ciruelos todos los días y desde allí lanza y lanza frases que increpan a los adolescentes que pasan necesariamente por allí hacia su colegio. “Todo da igual, porque todo empieza sólo para acabar. En el mismo instante que naces, empiezas a morir. Y así ocurre con todo” o: “La tierra tiene cuatro mil seiscientos millones de años, pero ustedes llegarán como máximo a cien. Existir no merece la pena en lo absoluto” o incluso: “todo es un gran teatro que consiste sólo en fingir y ser el mejor en ello”.

Pierre lanza frases y sus compañeros le lanzan piedras. Y así empieza una pelea entre el sentido: “Yo sí llegaré a ser alguien” (como piensa el grupo de sus antiguos amigos, reafirmados diariamente por la sociedad en la que viven) y el sinsentido “nada importa” (que pregona Pierre Anthon, descansando sobre un ciruelo mientras los demás cumplen con las demandas sociales y sus rutinas). 

Pasadas las primeras páginas, mi vocecilla interior pensaba: pues, Pierre Anthon tiene razón: somos un suspiro en la vida de la tierra. ¿De verdad vale todo el esfuerzo de creernos un poco más que actores en este gran teatro del mundo? pero a la vez también pensaba: pero sí hay cosas que tienen sentido, porque nosotras se lo damos…¿O no?

Los adolescentes tienen esta contradicción y apuestan por ganarle a Pierre. Primero, lo derriban del ciruelo, pero esto sólo es una victoria efímera. Pierre vuelve con más frases que amenazan su idea de mundo. Sofie, la más pequeña del grupo, es quien finalmente da una idea para confrontarlo definitivamente: “tenemos que demostrarle a Pierre Anthon que existen cosas que importan”. Y es así como el grupo de amigos va hacia una bodega abandonada para depositar allí lo que más tiene significado para ellos, y armar así, con todo esto, un montón de significado. ¿Cómo elegir qué cosa irá a parar a ese montón? bueno, el mejor amigo/a o la persona más allegada de ellos en el grupo, lo decidirá.

¿Qué es lo que tiene más significado para un adolescente o para un niño? ¿Una bicicleta? ¿Unas zapatillas verdes, deseadas muchas veces frente a una brillante vitrina? Quizá el tapete de oración para un joven musulmán. ¿Un hamster que acompaña a una joven hija de padres divorciados? pero… podemos ir más allá ¿qué me dicen del certificado de adopción de una de las protagonistas? o ¿el hermano muerto de otra? ¿Y si alguien pidiera la virginidad de una de ellas?… exactamente. 

Llegadas a este punto, es imposible que como lectoras no nos preguntemos ¿Qué es eso que nos es tan valioso, a lo que le tenemos apego? ¿Qué es lo que a nosotras nos da significado? ¿Qué iría a parar ahí, en el montón de significado de estas chicas y chicos? ¿Qué perderíamos realmente si renunciamos a eso que nos significa?

Lo que pasa en la novela después, muchas personas lo han tildado como surrealista. No daré spoilers y sólo diré que descubrirlo mediante la lectura de este libro vale mucho la pena. Lo que sí apuntaré es que el libro es una invitación a preguntarnos por los sentidos que nos mueven. Como dice la autora en una nota, al final de la novela: “Pierre Anthon podría lógicamente tener razón si observamos la vida a largo plazo. Pero la cuestión es que no vivimos en el largo plazo. Vivimos en el aquí y en el ahora”. 

Estos y estas jóvenes están descubriendo el mundo y por ello es vital demostrar que hay sentido en él. A casi cualquier costo. Pero, nosotras, de adultas, ¿tenemos nuestro sentido afianzado e inamovible del mundo? ¿Desde dónde creamos sentidos y sobre qué descansa el sentido y el significado que nos mueve?

Justo ahí creo que entra la voz inquietante y disruptiva de nuestro Pierre Anthon. Una voz ‘loca’ que, sobre todo de adultas, tratamos de callar. A veces nos peleamos con ella; a veces, la reprimimos. A veces, no la validamos: tenemos tantas cosas valiosas en qué pensar. ¿Cómo vamos a perder tiempo en filosofías y sin sentidos? Pero esa vocecilla existe. Y si no le hacemos caso, se anida. Lo que no te mata te hace más fuerte, dice el refrán. Pues lo que se reprime, se hace más fuerte, y busca siempre la forma de expresarse. 

Esta voz me recuerda mucho a lo que representa el loco en el Tarot:  algo descabellado, nuevo, con un impulso frenético. Algo impulsivo, incluso por su potencia, amenazante. Algo disruptivo (sobre todo con el orden establecido). ¿Qué es lo que sí se le permite decir al loco por su condición y que sería fuertemente juzgado en la voz de un cuerdo? ¿A dónde acomodamos eso que amenaza a nuestra racionalidad y nuestras propias ideas del mundo? ¿Qué lugar le damos nosotras a nuestro propio ‘loco’ en nuestra vida?

La autora, al final de la novela, dice que, a pesar de la censura que ha sufrido por tratar temas muy fuertes (insisto, vale mucho la pena seguir el desarrollo de los personajes y de lo que son capaces), en la novela hay una luz. Quizá los personajes no lleguen a verla, pero la luz, a través de ese trayecto, se ilumina para nosotras, las lectoras: ¿Qué nos dice nuestro propio loco? ¿Qué ‘verdad’ nos grita, callando a nuestro ego? 

Las verdades de la vida, pienso, no siempre llegan en frases literales o unívocas.

Que la vida no tenga sentido per se, puede ser una verdad. Que el sentido es lo que construimos día a día, con los significados que creamos y nos crean en el mundo, también.

Quizá no lleguemos a nuestras verdades más profundas (las nuestras, no las de la sociedad o el exterior) sin oír nuestras propias voces. Completas. Y eso incluye a aquellas que son incómodas, desafiantes, abrumadoras, que se posan campantemente sobre un árbol y sonríen mientras las escuchamos, como Pierre Anthon. 

Las voces de la nada quizá escondan tras de sí las voces del deseo. Y quizá el sentido espere allí, en esa confrontación con nuestras propias voces, que nos miran risueñas, cantando sobre el ciruelo. 

Mediadora de lectura, narradora y creadora de contenido digital. Su trabajo ha estado ligado al acompañamiento de grupos, la creación literaria y la investigación de la Literatura de tradición oral en México y sus vínculos comunitarios. Actualmente se desempeña como consultora en el área de diseño y comunicación en equipos de UX (User Experience).

Entre calles y páginas | No se vuelve más fácil, se vuelve costumbre

Por Ángeles Serna

Cuando salí de la carrera tenía ganas de hacer todo, menos lo que estoy haciendo ahora: trabajar. Creo que uno de mis miedos más grandes era trabajar de 9 am a 6 pm en una oficina, un horario que te consume la mayor parte del día. Además, sumar las horas de camino, porque sí, ya me di cuenta de que no llego en 20 minutos a cualquier parte, y mucho menos si me traslado de San Nicolás a San Pedro. Trabajar y manejar han sido las actividades que he realizado la mayor parte del año.

Cada vez que platico con algunas amigas y familiares, sale el tema de la duración en el trabajo y sugieren plazos de dos o tres años de experiencia en el puesto, en la empresa. Pero, existen varios factores para tomar en cuenta sobre cumplir esos plazos y obtener la suficiente experiencia. Uno de estos aspectos es la calidad de vida en el trabajo. Cosa que, a mi consideración es uno de los factores principales que detonan la rotación de personal en las empresas.

Esta semana leí Las niñas bien (1991) de Guadalupe Loaeza, dentro del libro, encontré el texto “La mala costumbre de acostumbrarse” en el cual, la autora plasma la imagen de la ciudad colapsada en el tráfico de Ciudad de México en los noventa, donde se afirma que los mexicanos nos acostumbramos a todo; sube el precio de la canasta básica ¿y qué importa? si hay que comprar la comida; sube el costo de la gasolina, sólo exclamamos un “¡Ya está en veintitantos!” y llenamos el tanque; sube el costo del transporte público y prácticamente es lo mismo, lo terminamos pagando, porque no hay de otra.

¡Qué buena onda somos los mexicanos, a todo nos acostumbramos! Ya aprendimos hasta vivir con la crisis, con la inflación. Cuando leemos que sube el arroz, el frijol, el huevo y el aceite, nos enojamos, nos indignamos, “ya ni la muelan” decimos furiosos, pero algunas horas después, los que tenemos con qué pagar ya ni nos acordamos, nos resignamos y tan tranquilos, seguimos comiendo rico moros y cristianos con huevos rancheros bien grasosos.

(Loaeza, 1991, p. 81).

“Nos resignamos” es lo expone Guadalupe en el texto, una idea que a mi parecer es bastante atemporal. En los primeros meses de trabajo le contaba a mi mamá que era bastante agotador lidiar con los problemas de la oficina, las malas actitudes y trato de mi jefe y el tráfico de dos horas para llegar a mi casa. No tenía ganas de hacer nada, ni de leer ni de ver series ni de sacar a Bruno a pasear –Bruno es un perrito de dos años–. En el tráfico de Morones Prieto pensé “¿Esto es lo que me espera durante dos o tres años?, ¿esto vale la experiencia laboral?, ¿a esto es a lo que me tengo que acostumbrar?”.

Los fines de semana también era vivir en una constante preocupación, por esos pensamientos de autosabotaje que me decían “no ser suficiente” o la preocupación diaria de dar más. Por lo que, el desarrollo personal y social era completamente nulo, durante estos meses tuve un distanciamiento hacia mis seres queridos por esa búsqueda de dar más en mi trabajo, porque ahora a eso debía “acostumbrarme”. Acostumbrarme a un mal trabajo, a los malos tratos, a la falta de reconocimiento y a la falta de derechos laborales.

 En el artículo Derechos laborales: una mirada al derecho a la calidad de vida en el trabajo (2015) de Juana Patlán Pérez presenta el concepto de calidad de vida en el trabajo (CVT) como:

Un constructo multidimensional y complejo que hace referencia principalmente a la satisfacción de una amplia gama de necesidades de los individuos (reconocimiento, estabilidad laboral, equilibrio empleo-familia, motivación, seguridad, entre otros) mediante un trabajo formal y remunerado.

(p. 121).

Esto me hizo analizar mi empleo y cuestionarme si realmente estaba obteniendo este marco laboral que plantea Pérez. La respuesta es sencilla: no. Durante este tiempo, en charlas con compañeros y amigos de otras empresas, les preguntaba sus experiencias laborales. Me contaban situaciones complicadas, donde no tenían esa calidad de vida en el trabajo. Algunos destacaban cierto aprendizaje que lleva al crecimiento laboral y otros solo comentaban que aprendieron a buscar mejores empleos.

Ahora, Nuevo León es el estado que durante el primer semestre del año tuvo el mayor aumento en generación de empleos –gracias a la Inversión Extranjera Directa (IED). No obstante, tener mayor inversión y generar más empleos no es suficiente para tener una mejor calidad de vida –que a mi consideración tener calidad de vida en Nuevo León es muy cuestionable–. No solo es necesario revisar la generación de empleos y el crecimiento de la oferta laboral, también es necesario revisar las condiciones con las que se crean estos nuevos espacios laborales.

Claro que dentro de este panorama debo de mencionar un factor que Loaeza expresa en su texto: “¿Protestar? ¿Para qué? Híjole, para protestar se necesita mucha energía, conciencia, solidaridad, organización y ¿qué más se necesita? No sé” (1991, p. 82). También se necesita tiempo y dinero, recursos que la mayoría de la población no tiene y, muchas de las veces, no se pueden dar el lujo de disminuirlos porque son responsables de una familia.

Para terminar, reconozco que estas primeras experiencias laborales no fueron las óptimas. Por varios meses pensé que así tenía que ser, que con el tiempo se vuelve más fácil, pero ahora me doy cuenta de que no necesariamente. Así que, negada a adentrarme por completo al mundo laboral y que mi único objetivo sea el beneficio económico. Decidí no acostumbrarme. Porque con el tiempo no se vuelve más fácil, se vuelve costumbre.

Flores, Lourdes. (2023). Nuevo León disminuyó 36.6% la población no económicamente activa disponible para trabajar. https://www.eleconomista.com.mx/estados/En-Nuevo-Leon-disminuyo-36.6-la-poblacion-no-economicamente-activa-disponible-para-trabajar-20230723-0005.html

Patlán Pérez, Juana. (2015). Derechos laborales: una mirada al derecho a la calidad de vida en el trabajo. https://www.redalyc.org/journal/104/10446094004/ 

Ángeles Stefanya Serna Moreno

Angeles Stefanya Serna Moreno (Monterrey, Nuevo León) es egresada de la licenciatura en Letras Hispánicas de la UANL, en donde obtuvo el primer lugar de generación. Fue becaria en el Centro de Estudios Humanísticos (2020) y el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora (2021-2022). También fue la primera residencia universitaria en el Centro de Escritores de Nuevo León (2022). Colaboró en sitio oficial de noticias de la UANL, Punto U, con notas periodísticas sobre Arte y Cultura. Además, ha sido ponente en diversos congresos a nivel nacional e internacional en las áreas de literatura, teatro y sociología.

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M, ¿tú eras obediente cuando eras niña? Enredo el hilo entre los dedos mientras uno las últimas partes del trabajo que estoy tejiendo, el sueter que voy a entregar. Dicen que los gatos imitan las conductas de los humanos que los crían y estoy casi segura de que mi gata es la más desobediente del mundo. Se escapa detrás de otros gatos, me muerde la cara cuando duermo, maúlla sin control, muerde y rasguña hasta que dejo en paz el libro que estoy leyendo y la acaricio. A veces me tapa la nariz cuando duermo hasta que despierto asustada y se echa a correr. Le cuento todo eso a M, le digo: ¿tú le hacías caso a tu mamá? Enredo y desenredo los hilos mientras suelto la lengua. Le digo: M, ¿no sentías algo dentro de ti que iba siempre en contra de ella? Cuando me doy cuenta llevo más de tres horas tejiendo y contando lo desobediente que siempre fui (soy) con mi mamá.

Después de entregar el sueter me voy a casa leyendo en el camión. La gente que se apretuja, el sol pega del lado de mi ventana, el cabello se me enreda. Sigo pensando en la obediencia, en lo mucho que me cuesta seguir las reglas. Pienso en lo difícil que ha sido para mi madre tener una hija tan malcriada como yo. En las peleas que nos hubiera ahorrado si pudiera aprender por fin a decir sí. En ponerme el vestido que quería, en peinarme como le gustaba, en llegar a casa saliendo de clase, en limpiar en lugar de cargar con libros, libretas, plumas chorreadas y audífonos puestos todo el día. Pienso en las paredes con flores que hubiera preferido en lugar de los posters pegados con engrudo, las frases rayadas al pie de las paredes, las sábanas revueltas, la ropa arrugada, los tenis sucios. Pienso en los años de adolescencia, pero incluso los de infancia fueron complicados cuando me negaba a hacer lo que las maestras me pedían. Entre todas las fallas que me encuentro la lengua suelta es la peor, la lengua salvaje, la que nunca me muerdo.

Olvídate del cuarto propio dice Anzaldúa, «escribe en la cocina, enciérrate en el baño. Escribe en el autobús o mientras haces fila en el Departamento de Beneficio Social o en el trabajo durante la comida, entre dormir y estar despierta». Entonces de niña no lo sabía pero era como si me hubiera leído Una carta a escritoras tercermundistas. Desde que aprendí a leer, me lo leí todo, me lo bebí con sed voraz. Me lo devoré todo como quien no ha comido en días. Me quedaba despierta abajo de las colchas, encerrada en el baño, con luces escondidas. Después en el celular, en la computadora. No hay regaño, castigo, advertencia, amenaza que me haya detenido. Y ahora la lengua es indomesticada. Creo firmemente en la relación que hay entre quien toma la palabra, la doblega, la hace suya y la desobediencia.

Hay que tener curiosidad para cuestionar lo establecido, pero también el fuego del cambio. Y por eso creo que mi mamá siempre esperó que fuera desobediente. Por eso no me daba miedo responderle, estrellar la puerta con furia, negarme a seguir órdenes absurdas en la escuela. Por eso puedo ver con indiferencia el desórden, las pilas de libros por la casa, el polvo, mientras escribo esto. Puedo tirarme la tarde entera a leer sin culpas domésticas. Puedo alzar la voz en un salón. Puedo decir no. Porque ella también fue parte de ese chispazo que me hace no temerle a las reglas. Por eso hablo con lengua salvaje, indomesticada.

Silvia Santaolalla, habladora, malcriada y rebelde. Escritora y artista visual. La primera de las dos ñañas siamesas. Su trabajo aborda temas como: el género, la sexualidad y el cuerpo. Ha sido publicada en las revistas: Marabunta (2018), Gata que ladra (2019), Punto de Partida UNAM (2022, 2023), Página Salmón (2022), Especulativas (2022).

Derechos y Colores| Reflexiones sobre salir

Por Natalia Mendoza Servín

Todas y todos tenemos estándares de pareja. Algunos más altos y otros menos. Identificarlos y tenerlos presentes está bien porque nos permiten “acercarnos” a una felicidad añorada; a una expectativa de la vida en pareja. A los treintas, y por lo que he visto con personas a mi alrededor, en edades parecidas y todavía solteras/os, hay un común denominador: se tiene miedo. Hemos tenido ya algunas experiencias en pareja que nos hacen preocuparnos y ocuparnos de nuestras posibles relaciones; sabemos qué es lo que podemos tolerar y lo que no.

Por alguna razón, ya no es como cuando teníamos veintitantos en donde se tenía pareja y el futuro no era un problema. Tal vez por nuestra ignorancia de que las cosas pueden terminar o doler. Sobre todo, éste último. El dolor, nos hace ser selectivos, evitar en todo momento ese costo que puede tener la felicidad.

En el caso de las mujeres, me parece que el reto aún es mayor; no se trata solo de temer por el hecho de que la relación se vaya a terminar o porque te vayan a lastimar, sino que también, o al menos en tiempos modernos, tratamos de estar con parejas que no quieran aniquilar nuestra esencia. El matrimonio y los hijos, para las mujeres representa “dejar de ser” para cumplir con un rol impuesto que no siempre queremos y aceptamos.

Dice Simone de Beauvoir que la posesión del otro es lo que hace fallar los matrimonios y por eso la institución ha fracasado. Nuestro carácter y condición de mujer nos hace posesivas de ellos, porque lógico es que, a cambio de aniquilarme, a cambio de dejar mis sueños, exijo cuando menos la entera disposición de tu alma.

Alejandra Kollontai, más o menos en el mismo sentido, y desde un análisis comunista de las relaciones sexo- afectivas apunta que para las mujeres, tanto el matrimonio como las relaciones casuales son desventajosas y abusivas. Propone el concepto de “amor- camaradería” en el que se respeta la autonomía de los sexos; hay complicidad y se evita el concepto de la propiedad privada entre seres humanos.

Pero queda claro que es teoría. La teoría gusta porque ayuda a entender los porqués de nuestras relaciones personales, los cuales no necesariamente se verán traducidos en factos, pero comprenderlos genera paz. ¿Encontraremos en este basto mundo, en el que sin duda, hay más hombres y mujeres que vida, al amante camarada? No lo sé. Mientras tanto, como bien sugiere Coral Herrera, vivamos en revolución amorosa, la mejor, en la que ante todo, nos preferimos a nosotros mismos.

Natalia Mendoza Servín es abogada y maestra en transparencia por la Universidad de Guadalajara. Se ha dedicado a temas relacionados con transparencia, acceso a la información y privacidad, pero desde el año 2020 ha decido decirle al mundo que ama la causa de las mujeres, así que también es especialista en Estudios de Género por la Universidad Pedagógica Nacional, y ha combinado lo que le apasiona con el feminismo desde entonces. Le gusta hacer análisis jurídico y feminista de las expresiones artísticas, y lo comparte, porque nunca se sabe cuándo esas reflexiones pueden ser útiles para alguien.

Letras que ab (sorben/sortan) | Incapacidad auditiva latente

Por: Maleni Cervantes

Dicen que el hombre por naturaleza tiende a ser un ser social. Palabras que he escuchado en repetidas ocasiones tanto en contextos académicos como familiares. Sin embargo, ¿qué tan cierto es esto?

Quizá pudiera observarlo en un primer plano, con una carrera que tiende a ser uno de los ejemplos máximos: la psicología. Donde el hablar se convierte en una herramienta para conocerse mejor y así poder sanar todo aquello que de manera directa o indirecta nos lastima. Sin embargo, en este proceso, hay un contexto comunicativo en el que hay una persona que habla y otra que lo escucha. Por lo que puedo concluir que, una persona puede resolver parte de sus problemas al relacionarse con alguien más.

O, a lo mejor, puedo percibir dicha premisa social en un restaurante, alguna cafetería o, incluso, en una oficina con servidores públicos. Lugares en los que las personas llegan a platicar con los trabajadores con una pregunta que termina por convertirse en la conversación de una anécdota personal. Ya que su intención es ser escuchados por alguien que, aunque no los comprenda ni le interese lo que digan, finge entenderlos y tener una pizca de humanidad al mantener trato con ellos.

Tal vez, todos en algún momento de nuestra vida hemos experimentado esa necesidad de hablar con alguien que nos escuche y nos dé una palabra que nos reconforte o consuele hasta cierta parte.

Yo, por ejemplo, en varias ocasiones he recurrido a hablar con mis allegados de ciertos problemas por los que he tenido que atravesar. Con el deseo de un consejo o, de por lo menos, sacar todo eso que me atormenta y que me causa nudos en la garganta.

Esta vida duele, está repleta de aventuras y tragedias. No sabemos cuándo, pero estamos conscientes de que en algún momento habremos de experimentar la ausencia de un ser querido, ya sea por una separación inevitable o una enfermedad que cobre la vida de esa persona especial.

Y es que, no somos conscientes de la necesidad de escucha de los demás. No somos capaces de escuchar a quienes nos rodean. No nos damos a la tarea de sacar esa parte humanitaria que existía anteriormente entre los vecinos que se daban la mano cuando lo necesitaban entre sí.

Ahora, todo se convierte en un individualismo que tiende a lo egocéntrico y narcisista en el que “yo” como persona no me interesan los problemas de los demás, sólo los míos. Si eres de mi mundo, adelante. ¿No te conozco? Ni siquiera te dirijo los buenos días, ¿para qué? ¿Qué me importa el luto ajeno?, ¿a mí qué me importan tus problemas económicos?, ¿por qué he de escuchar sobre la muerte de tu esposa?, ¿crees, acaso, que me importa la enfermedad terminal de tu madre? Yo vivo de mis propios asuntos. Hoy tengo que pagar la renta, el fin de semana tengo que comprar los adornos navideños y el lunes tengo una reunión para ver lo de la posada con mis amigos.

No obstante, si me pongo en ese plan y no deseo escuchar a nadie, ¿quién va a querer escucharme a mí cuando lo necesite? Nadie.

Y lo más triste del embrollo, en mi realidad inmediata, es que pese a que yo sí escuche a alguien, habrá momentos en los que nadie me escuche a mí. Entonces, ¿qué me queda?, ¿qué nos queda en esos momentos? Hablar con el perrito callejero que espera con alegría a la espera de un poco de croquetas en forma de limosna. Él siempre estará para cualquiera. Mientras las personas, casi en general, se absorben y absorberán en su incapacidad auditiva latente.

Queridos lectores, ¿lo comprenden?, ¿se sienten abrumados al igual que yo?, ¿comprenden la desesperación que me da al ver cómo un adulto mayor es ignorado en la soledad de la vejez?, ¿perciben la impotencia de un niño cuando necesita el oído de sus padres y no los de un aparato electrónico?

Desde esta perspectiva, me gustaría compartir con ustedes una historia que me partió el alma. Un cuento que leí hace algún tiempo, pero que sigue marcando mi día con día. En “La tristeza” de Antón Chéjov veremos la historia de un cochero que espera ser escuchado (leído) por todos nosotros, con el propósito de sanar la herida de la ausencia y la soledad que carcomieron su vida.

Más, ya que lo lean, invítenlo a reflexionar con ustedes, a que conversen durante los instantes en que más falta les haga un corazón humano en el cual albergar sus pensamientos.

Hasta ahí llega mi recomendación literaria de esta vez con el propósito de quitarles la venda de los ojos para invitarlos a conversar con quienes lo necesiten. Quizá es mucha reflexión y poca descripción, pero espero que me comprendan, porque esto es una probadita de un cuento que puede marcar la diferencia entre nuestras interacciones sociales cotidianas.

Recomendación literaria disponible en: Chéjov, A. (2015). Obras maestras. Antón Chéjov. México: Editores Unidos Mexicanos, S. A.

Maleni Cervantes (1997) nació en Yahualica, Jalisco. Actualmente, es egresada de la Licenciatura en Letras Hispánicas por parte de la Universidad de Guadalajara. Como autora ha participado en distintos proyectos, entre los más destacados se encuentra su columna de opinión “Vagando por las calles” en la revista de Engarce donde trata temas de cultura mexicana. Por otro lado, ha publicado cuentos en diversas plataformas, por ejemplo, en el libro Bajo el paraguas o en la revista electrónica Letralia. Además, ha sido tallerista de escritura creativa para estudiantes de preparatoria por parte de Luvina, la revista literaria de la UdeG. 

ESCRIBIR NOS LIBERA: ¿ESCRIBIR CARTAS ES DEL SIGLO PASADO?

Escribir cartas
Esta es la representación de «cómo escribir cartas» que hay en mi cabeza, ya sé que es muy de la época de Jane Austen, pero al leer la columna sabrás que escribir cartas, va más allá de eso.

Por Aimeé Miranda Montiel

En algún momento de la historia humanx, las cartas fueron uno de los principales medios de comunicación tanto formal como informal, la mayoría de los sucesos trascendentales en la vida de las personas, de las comunidades, de las naciones incluso, tenían relación con las cartas; aún recuerdo que cuando estudiaba la primaria (hace unos pocos años obviamente ¡ja!), nos enseñaban a escribir cartas, a poner todos los datos del “remitente” y del “destinatario” (palabras que siempre me confundieron, pues no tenía muy claro quién era quién, ahora noto que casi es una obviedad, pero en ese entonces me hacían sufrir), en fin, las cartas eran medios importantísimos para generar interacción humana.

Sin embargo, desde hace unos años, los “mails” han ursurpado de alguna manera el lugar de las cartas, aunque en mi opinión no tanto, ya que a estos, se les suele utilizar principalmente en ondas de “chambing” o de algún trámite a distancia, pero fuera de eso no se ocupan con otros fines; aunado a lo anterior, la mayoría de los mails carecen de estructura, y ya si me pongo romántica, también les falta alma, esencia, están escritos como si quisiéramos dejarle a alguien un recado en un “post-it”: al grano, sin saludos o sin despedidas usualmente, incluso sin pensar que del otro lado hay un ser humanx que va a leer eso -quizá pensamos que como lo escribimos en una computadora, quien lo recibe es otra computadora, pero pues no-. Por eso y más, creo que en realidad los mails no han sustituido a las cartas.

¿Pero entonces las cartas están en peligro de extinción? ¿Hay forma de salvarlas? ¿Es necesario rescatarlas o la verdad es que han perdido su utilidad? Aquí te van algunas de mis teorías/respuestas:

Es posible que las cartas estén por desaparecer, pero encontré un lugar donde las cartas siguen siendo importantes, e incluso donde aún existen las “relaciones epistolares”, que por si no lo sabes, es cuando dos personas se “conocen” a través de cartas, sin haberse visto en persona antes y mantienen una “relación sentimental”, sólo a través de esa correspondencia; aclarado ese punto, y no es que te vaya a sorprender mi hallazgo, en muchos centros de readaptación social o reclusión (elige la acepción que quieras para definir estos lugares), las cartas siguen siendo un importante medio de comunicación. Sin romantizar lo que pasa ahí dentro, porque además ni tengo referencias cercanas a lo que sucede en realidad, considero que el ejercicio de escribir estas cartas, quizá permite a las personas liberarse (¿de sus pensamientos?, ¿de su soledad?, ¿de sus miedos?) y de sentirse parte del mundo de alguien.

Y al final esos dos puntos que acabo de mencionar, son lo que hace importante -posiblemente no necesario- “salvar” la existencia de las cartas; pues para mí, esa es la magia de sentarme a escribir una carta: liberarme y compartir mi mundo con alguien más… para terminar siendo parte del mundo de alguien más.

Así que ¿te atreverías a liberar parte de ti, a través de una carta?

Esta semana, te voy a compartir un mini extracto de una carta que escribí hace unos días:

“Holi (…) escribo esta carta con algo de resistencia y también con un poco de miedo y de duda, por qué, para qué, va a crear más escribir estas líneas o no, será terquedad o será la forma en la que hoy encuentro de liberar todo lo que traigo dentro, no lo sé… ojalá a través de estas palabras encuentre respuestas, con suerte, tal vez también tú…”

P.D. Escribir esta carta me tomó 3 horas y 6 páginas, unas ganas tremendas de vomitar en algún punto, pero al final sí me sentí muuuuy liberada. Recuerda que no es necesario que mandes todas las cartas que escribas, pues probablemente, aunque todxs lxs destinatarixs de nuestras cartas sean distintxs, quizá todas las cartas de alguna manera nos las estamos escribiendo a nosotrxs mismxs.

Gracias infinitas por leerme, puedes escribirme en los comentarios de este blog, o por DM en Instagram: @leer.eschingon o @viveconmagia_eclecticaheal.

Y sigamos juntxs escribiendo, porque ESCRIBIR NOS LIBERA.