Te escribo porque sé cómo te sientes, Te escribo porque sé que encuentras consuelo entre las palabras que no dices.
Hace años que no esperas que nadie venga a salvarte Salvarnos a nosotras mismas es liberador y díficil.
A veces se siente como si nos hubiéramos equivocado. ¿Por qué seguimos sintiendo el pecho vacío?
¿Por qué nuestras manos siguen temblando? Existe un después del «felices por siempre».
Querida yo: Sé que estamos asustadas Temblando de miedo todas las noches Tan deseosas de sentir Y aterradas de lo que estamos sintiendo.
No sé a dónde quiero llegar con lo que hoy te escribo. Hace un año cuando lo dije parecia saberlo.
Mis dedos bailaron entre el teclado Y al final las palabras nos dieron consuelo.
Pero hoy, querida yo, hoy no lo encuentro; Y está bien. Podemos sentirnos agobiadas, está bien.
La neblina invade nuestra mente y no encontramos palabras, Está bien.
Tal vez hoy no sepamos qué haremos mañana, Y está bien. Querida yo: Tenemos tiempo.
Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 23 años de edad, psicóloga, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.
Esta foto es de una ofrenda que realicé durante una Ceremonia para un Bebé que estaba por llegar a esta Tierra, se me hizo perfecta para esta columna, pues estas palabras son una ofrenda en este momento, y porque sé que después del dolor, siempre hay un RENACIMIENTO.
Por Aimeé Miranda Montiel
Escribir la columna de esta semana, me ha resultado de lo más difícil, incluso me planteé varias veces el “fallar”, el dejar vacío este espacio por una ocasión, ¿qué es lo peor que podría pasar? Nada. Entonces si nada grave sucedería ante la ausencia de estas palabras, ¿para qué escribirlas?
Pero voy a dejar de divagar, para contarte lo que en realidad casi me detuvo a compartir estas letras contigo, en estos momentos me siento rebasada por la vida, supongo que a ti te ha pasado en alguna ocasión, deseo que no en demasiadas, pero es que ahora todo parece un torbellino y de pronto nada tiene sentido, imagínate que es como si te perdieras en un desierto: no sabes dónde estás, todo parece igual, no sabes hacia dónde esta la salida y te sientes agotadx todo el tiempo.
Y es en esos momentos en que se aparece el DOLOR, así con letras mayúsculas, hay veces en que nos suceden cosas que nos toman por sorpresa y que nos llevan a darnos cuenta una vez más, que no controlamos nada, que nuestros mundos se pueden poner de cabeza, que perdemos personas, que de pronto cosas importantes o quizá todo a nuestro alrededor se derrumba, y lo que es aún peor, que al estar viviendo todo eso, llegamos a perdernos a nosotrxs mismxs.
Hay una delgada línea entre evadir el dolor y entre sumergirse tanto en él que termines ahogándote… a veces no queremos sentir, porque sentir implica de verdad ser honestxs con lo que estamos viviendo, decirnos la verdad: LA ESTOY PASANDO MAL, ME SIENTO TRISTE, ME SIENTO SOLX, ME SIENTO VACÍX, ME SIENTO UN FRACASO, SIENTO QUE YA NO PUEDO MÁS… pero esas son frases ya conocidas, lo realmente complejo es personalizar lo que estamos viviendo, poner palabras honestas y significativas a nuestro dolor.
Estamos acostumbradxs a ponerle una etiqueta universal a nuestras experiencias íntimas, ¿por qué?, porque no nos enseñaron a aceptar nuestro dolor, nos enseñaron a huír de él, a negarlo, a esconderlo, a mentir respecto a su existencia, nos enseñaron que la alegría y el bienestar valen más que la tristeza y el dolor; pero ¿sabes?, nada es mejor, lo único importante es ser honestx contigo mismx y honrar todas tus vivencias.
Además contamos con el súper poder de las palabras, y al nombrar lo que estás experimentando, aunque no sea bello como un gran poema, aunque no sea gramaticalmente correcto y aunque no se vaya a convertir en el próximo best-seller, SIEMPRE, SIEMPRE, SIEMPRE: ESCRIBIR LIBERA.
Así que cuando te quedes sin palabras para crear textos increíbles como sé que puedes escribir, cuando lo que estés viviendo te sobrepase, simplemente escríbelo, así como va, pon la verdad -por muy fea o dolorosa que sea- por escrito, y algo dentro de ti se liberará.
Te abrazo de corazón a corazón si es que estás atravesando un momento difícil o doloroso, y si es que la vida te está sonriendo wooow qué maravilloso, gózalo; pues aunque existan “momentos de mierda” como el que estoy atravesando, lo cierto es que: LA VIDA ES HERMOSA, LA VIDA ES UNA CHINGONERÍA.
Por último, te comparto estas líneas honestas, significativas e íntimas:
La estoy pasando mal porque esta pérdida es más significativa de lo que pensaba, y porque aún no me siento listx para compartir con quienes más amo lo que me pasó y cómo me siento al respecto.
Me siento triste porque es tanto el dolor que estoy experimentando que no he encontrado la manera de liberarlo por completo de mi cuerpo.
Me siento sola, porque no he abierto mi corazón por completo, para compartirme con las personas que amo y me aman.
Me siento vacía, porque esta pérdida se llevó un pedacito de mí que resultó ser una pieza clave para sentir alegría y conectar con mi fuerza y mi valentía.
Me siento un fracaso, pues aunque he atravesado tantas cosas fuertes en mi vida, aún no me he podido reponer de los últimos eventos.
Siento que ya no puedo más, porque veo a todxs a mi alrededor conectadxs a la vida, y yo, simplemente quiero rendirme.
Todo es efímero y a la vez cada instante es eterno. En la infinidad de la vida donde nos encontramos, todo es perfecto, pleno y completo. ¿Cómo puede ser esto aún más grandioso?
Eran los días más fríos de un largo invierno, que se prologaba por lo alto y ancho del ventanal de aquel departamento en donde viví. Al mirar el horizonte desde las alturas, solamente alcanzaba a distinguir una franja de concreto y después un llano, que al poco tiempo se convirtió en una alfombra de nieve.
Era una joven artista todavía, entre hacer ilustraciones y pintar, se iba todo el día y parte de la noche, además que cuidaba de mi pequeño bebé de pocos meses; la vida era difícil. Sin embargo, cerca de Día de Muertos, me contactaron para avisarme del segundo premio que gané, fue en el año 1997, un premio estatal, con un monto económico que me salvó en todos los sentidos. Un premio, por mi primer libro de poesía, aunque en realidad llevaba algunos años escribiendo, no había entrado a ningún concurso. Fue el principio de todo, de las grandes decisiones, de seguir por el lado de la literatura.
Mis días se complicaron, sé que no soy la única a la que le ha sucedido, que al llegar a un taller de creación literaria, en donde la mayoría de las personas que asistían eran mayores y además hombres, la situación se convertía en una batalla, a veces entraba del desconcierto a la terquedad en una sola sesión, los ataques no faltaron, pero ninguno certero.
Nunca me desanimé, nunca dejé de escribir, ni en los peores momentos, como el hecho de estar sola cuidando a un bebé, tener veintiún años y además sentir el peso del llamado: tenía que escribir, lo necesitaba y ya era conocida por el premio.
La literatura no era algo que fuera a abandonarme ni yo dejaría de escribir: sino escribía la humedad y sus heladas dagas se prolongaban a lo largo de mis dedos. Así comencé sin parar, hasta el día de hoy. Hay en mí una llama que no se extingue, una fuente de palabras y de imágenes que me acompañan.
Cuando digo que no soy la única, pienso en todas las mujeres que han necesitado dedicarse a las letras o en realidad a cualquier otra cosa, pero ahora hablo de las que escribimos: poetas, narradoras, investigadoras, dramaturgas y la lista sigue. A cada paso se nos pide, se nos dice que soltemos la pluma, a veces de forma directa y otra con acciones que en teoría deberían llevarnos a no insistir. Pero, ¿saben una cosa?, aquí estamos insistiendo, resistiendo, logrando nuestras metas. Con los años consolidé una carrera en la literatura, pero también me he dedicado a veces sí y otras no, a medios de difusión, revistas, radio.
Si pudiera decirle algo a la joven que fui, le diría que será casi imposible ser poeta, pero que la poesía es la que la salvará al final, cuando ya no queden los deseos, los anhelos, la poesía seguirá siendo la llama, la que llama y la que arde.
Más fuerza así, siempre. No dejen de escribir si han sentido la vocación, no importa si se enfrentan al frío, las distancias, el odio, el silencio, la envidia. La literatura debe estar encima de todo eso. Si eres una joven escritora y tienes el talento, si sientes que será o es tu vida: no desistas, por favor no cambies. Aléjate de las ideologías, de las creencias, crea eso sí, crea con todo lo que eres.
Jeanne Karen
Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, una de próxima aparición, además uno libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.
Comentarios sobre la adaptación de Netflix a “Temporada de huracanes” de Fernanda Melchor.
Por Liana Pacheco
Temporada de huracanes es de esas obras literarias que luego de concluir la lectura se desea no volver a leerlo. Por supuesto que no lo digo señalando una mala prosa narrativa. Todo lo contrario, es una obra literaria que despliega la maestría, talento y destreza de una, orgullosamente mexicana, escritora. Desde las primeras líneas de la novela, las palabras de Fernanda Melchor aprisionan entre sus filosas garras de frases, escenas y diálogos, para liberar al lector después de engullirlo en su prosa contundente, grotesca y obscenamente perfecta. La novela se distribuye en capítulos en los que cada protagonista cuenta su versión y participación en la historia, entretejiendo a los otros, que pueden o no tener su capítulo propio, pero que al final el lector ya posee en su imaginario la causa, origen y desarrollo del conflicto: en un caluroso pueblo de la costa, aparece el cadáver putrefacto de una persona a la que apodaban La Bruja.
Los involucrados directos son La Bruja, Luismi, Brando, El Munra, las personajas indirectas son: La Lagarta y Norma, a opinión personal los dos capítulos con tramas mejor desarrolladas. Existen otros personajes que circundan o son causas de los protagonistas, cuyas historias las desarrolla la autora al mismo ritmo vertiginoso, siempre manteniendo el equilibrio de la tensión. En noviembre de este año, la plataforma Netflix estrenó la adaptación cinematográfica de la novela. No considero que la obra literaria en que se basa el filme, sea el punto de referencia más importante para calificar la calidad de esta. Sin embargo, para los lectores qué tenemos en nuestra memoria la historia, persistia la incertidumbre y expectativas.
El filme emplea el formato, al igual que el libro, de dividir la historia en capítulos y recurre a la voz en off en escenas de algunos personajes. No es que estos factores sean negativos, sin embargo, considero que se usaron a falta de una pluma creativa que no pudo desarrollar una estructura narrativa contínua, sin necesidad de seccionar. Lo que me hace pensar que se hizo copia y pega de novela al guión. Posiblemente se hizo para mantenerse lo más apegado al libro, pero existen escenas y/o diálogos que no era conveniente trasladar fielmente a la pantalla, sobretodo cuando se omiten los elementos qué, en en libro, construyen el impacto de la escena, pero al omitirse en la película, se siente como inverosímil o fuera del contexto.
Por ejemplo, cuando la abuela corta el pelo a la Lagarta. En el libro explica que lo único que le gustaba de ella misma era su cabello, largo y sobre todo lacio, a diferencia de sus primas qué se caracterizaban por cabello chino. Pero en la película se plantea esta escena como un arrebato de su abuela, sin explorar porqué la castigó precisamente con el cabello. También observé escenas cuando los personajes decían alguna frase reflexiva copiada del libro, se sentía como un cambio de registro en su voz, ajeno a la personalidad que se construyó en pantalla. Aclaro, mis comentarios mucho son influenciados por el previo conocimiento a la novela. Sin embargo, considero que el espectador cuyo primer contacto con Temporada de Huracanes sea la película, encontrarán una buena historia.
La ambientación me parece muy buena, sin recurrir a elementos artificiales. En las ramas rompiendo el cielo tormentoso, transmiten el aire pesado del pueblo que Fernanda Melchor describe en su libro. Aplaudo la escena de Norma bajando del autobús, mientras la cámara permanece en el autobús, haciendo a los espectadores partícipes de la deriva soledad de esa niña. La mayoría de la película, carece del arco narrativo con inicio, nudo y desenlace, ya que los enfoca en cada capítulo. Lo que deja al espectador la tarea de unir las tramas y conflictos para armar la historia completa. Tanto en el libro como en la película, desde el inicio, es la personaja de la Lagarta la que declara quién asesinó a la bruja, quedando el resto de capítulos para explayar las motivaciones de ese asesinato. Fernanda Melchor lo describe y detalla con destreza en su trabajo literario; sin embargo, Netflix deja pendiente algunas dudas e inconsistencias y sobre todo nos queda a deber la narrativa gráfica, bestial, grotesca o incómoda qué ameritaba la adaptación de este magnífico libro.
Miriam J. Chimil es una mujer migrante ayuuk. Nació en San Juan Metaltepec, mixe, Oaxaca. Desde pequeña la separaron de su hogar y creció en la periferia de la ciudad de México. Ahí disfrutaba explorar y recorrer los vestigios de naturaleza. Eso la llevo a estudiar biología y a centrarse en la relación mujer- naturaleza. Su ombligo la regresó a su origen a estudiar las plantas y el conocimiento generado por sus ancestras. A través de la escritura recrea sus vivencias y reflexiona sobre la migración y su identidad al encontrarse en el limbo entre el campo y la ciudad.
Alguna vez leí que trabajar venía del latín tripalium, que significa “torturar”. Lo compartí en redes porque en el fondo detesto el trabajo, algunos me dijeron que trabajar dignifica a las personas. Yo pienso que en el trabajo hay un poco de ambos aspectos, aunque más del primero.
Cuando decidí estudiar Letras, no me preocupé por el tema del trabajo. Ni siquiera pensé en qué trabajaría, estaba en una especie de burbuja en la que no existía ese asunto. En esa época, me interesaban los escritores fuera de lo canónico. Los raros. Casi todos habían terminado sus días olvidados, con empleos mal pagados o desempleados, en eso consistía la rareza. Entre ellos se encontraban Emily Dickinson, poeta que si bien famosa en la actualidad, murió sin que se supiera que escribía, Julio Torri, a quien se le achacaba que escribía poco, su revalorización es reciente; Elena Garro, que sufrió de precarización debido a que tuvo que dejar México y también por su marido; Leopoldo Díaz Panero, que se la pasó en un psiquiátrico al igual que Zelda Fitzgerald, misma que tuvo la mala suerte de estar casada con Francis Scott Fitzgerald. Quizás sabía que algo compartiría con ellos.
Mi vida laboral comenzó cuando terminé mi servicio social en un programa de fomento a la lectura en hospitales, yo me imaginaba leyendo a enfermos y haciendo un poco más amena su estancia hospitalaria, pero en realidad terminé pegando portadas, repartiendo propaganda, acomodando mesas y sillas y haciendo de vez en cuando alguna presentación de los libros. En otro programa vieron mis habilidades y me contrataron; dijeron que era la mejor en el servicio social.
Con el tiempo, mi entusiasmo por el trabajo fue decayendo al ver las injusticias laborales: estaba en un programa que trataba de llevar los libros a los rincones del, aquel entonces, Distrito Federal. Tenía que ir de lunes a domingo y sólo descansaba cada tres semanas. Mi salario era poco (en aquel entonces lo creí justo) y en ocasiones tardaban meses en pagarme. Decidí abandonar ese empleo cuando me di cuenta de que, por más que me esforzaba, mis jefas no estaban satisfechas; incluso me reclamaban si me atrevía a llegar tarde. Además, no pasaba tiempo con mi familia. Dejé ese trabajo después de un año.
«Tal vez que esas universidades que se jactan de humanísticas, de humanas no tienen nada.»
Me dejé llevar y de pronto ya era profesora de un Taller en la Casa Universitaria del Libro. Allí comencé a dedicarme a la docencia. Era más joven que hoy pero me empeñaba más que ahora. Aprendí el oficio. ¿Qué pensaría la Illari de entonces si supiera que tras cinco años la despedirían sin siquiera decírselo? Tal vez que esas universidades que se jactan de humanísticas, de humanas no tienen nada. Admito que disfruté estar en esos salones con piso de madera y habitar un espacio al que no habría entrado por cuenta propia. Pero no se trataba más que de otra ilusión que se apoya en la precariedad de las profesoras y profesores. Hace poco, la UNAM volvió a hacerme lo mismo. Después de ocho años, decidió que ya no me necesitaba: que no soy hombre, tampoco soy blanca, y mucho menos tengo el capital cultural que se requiere para ser docente allí.
Quiero saber: ¿cómo me han dignificado esos trabajos?
Decidí dedicarme a la literatura y me he consagrado al oficio, pero ella parece ser campo para unos cuantos, para los elegidos.
Aun así continúo, continuamos. Y ¿tú?
Illari Alderete
Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi un año cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.
Siempre he creído que las letras deciden cuándo y cómo ser escritas. Creo que ellas forjan su camino, su sintonía y su marcha. Creo que ellas deciden cómo será su paso por esta tierra y por aquella hoja de papel. Y aunque todo lo anterior es una mera especulación mía, lo puedo asegurar casi como si tuviera un estudio científico que lo avale, pues en sinceridad, reconozco que en el camino de vida de mis letras yo solo soy su transporte, solo soy la cara que dan ante su destino, ante sus lectores y ante su historia.
Sé que yo les pertenezco a ellas, y para ser sincera, creo que ellas también me pertenecen a mi. Lo hacen, no sólo por el hecho de escribirlas, si no, porque en lo más profundo de mi ser, sé que las letras son un sentimiento más íntimo, mismo que ni con ayuda de ellas mismas podría expresarlo. Si se me pidiera hacerlo diría que; escribir es como si la letras se formarán en una fila, se proyectarán en orden y bailarán un bolero siempre tan calmado y tan suave como para permitirse, mejor dicho, para permitirme ser, plasmadas por mi pluma, en una libreta colorida de forma francesa que semeja tener flores en la pasta.
Permítanme decir que escribir es un acto de amor y de pasión pero sobre todo es un acto de valentía, un acto de mucha valentía y es que escribir va más allá de trazar unas letras para que formen una oración, va más allá de una buena sintaxis, va más allá de una buena ortografía. Escribir es ser elegido por las letras para contar su historia, es tener la capacidad de gritar todo lo que arde dentro de nosotros. Escribir es contar esas historias que nadie sabe pero que a todos nos hace falta leer.
Es por eso que cuando me preguntan sobre mi camino por esta tierra, pienso en el camino que trazan las letras, sé que no es lineal ni fácil pero aunque tenga su complejidad no deja de ser maravilloso. A veces escribir se fija en un camino recto, tan recto que teme a subir o tan alto y con tanta fuerza que teme a bajar y quedarse ahí estancado. Y justo así siento que se siente vivir, porque cuando la vida fluye es un baile liviano, sereno, calmado y armonioso pero cuando la vida no va como nos gustaría, se siente muerta y vana tal cual como se siente el camino de las letras cuando este no quiere ser trazado.
Sentir una relación estrecha con las letras siempre ha estado en mi, en mi persona y en mi vida. Nunca había notado que tanto eran mías, y qué tanto yo era de ellas hasta hace algunos días que busqué durante horas la manera de que él me sintiera cerca en un día tan difícil. Pensé en enviarle flores, en hacerle mi famosa gelatina y hasta en irle a visitar, aunque todas las ideas anteriores me parecían maravillosas, sabía que con ninguna de ellas me sentiría cerca y es que aunque estuviera físicamente no estaría presente o no tan presente como quería yo estarlo en ese momento. Así que sí encontré una forma de hacerme presente, mi forma de hacerlo y le llamé para leerle lo que le había escrito. Le escribí algo para estar cerca de él. Y ahí entendí que no hay mejor manera de que yo esté ahí para alguien, que yo esté ahí para mi, que mis letras.
Mis letras siempre serán mi forma de hacerle saber al mundo que existo, que siento, que soy y que estoy viva. Escribo porque abrazo a mis miedos, a mi progreso y acepto mi camino por esta vida. Escribo porque voy con mi destino y con el de la mujer que llevo dentro. Escribo porque honro la fuerza con la que siento. Escribo porque nací para escribir.
Hoy no me da miedo escribirlas y menos que ellas me acorralen, como por un poder divino sé que a ellas tampoco les da miedo ser escritas, porque a fin de cuentas si me hundo ante ellas, ellas se hunden ante mí y no hablo de un tema de poderes, hablo de un tema de amor y de aceptación. Aceptamos que no estamos en lucha, aceptamos que desde nuestra humanidad ambas buscamos lo mismo; escribir sobre lo que nació para ser escrito y en esa búsqueda encontramos nuestra felicidad.
Y es aquí cuando dejó las preguntas, rompo paradigmas y suelto los enredos. Las letras no me pertenecen, ni yo les pertenezco, pues buscar un sentido de pertenencia en algo que nació para ser, sería desafiar destinos y romper tiempos.
Yo solo sé que nací para ser escritora y que las letras nacieron para ser escritas. Sé que aquello que nació para ser escrito nació para una escritora y que una escritora nació para escribir aquello que por esencia nació para ser escrito.
Así que sí, ninguna de las dos nos pertenecemos porque reconozco que aquello que nació con el fin de darle vida a lo otro desde esencia siempre serán una misma.
Dayane Ortiz
Hola, me da mucho gusto que mis letras hayan llegado a ti. Soy Dayane, pero, me gusta que me digan DAyis, tengo 19 años y soy una estudiante de medicina, aficionada con la luna y amante de las letras, pero sobre todo soy una mujer valiente, fuerte y resiliente. Gracias por la oportunidad al leerme, mi querido lector.
Yo en un momento de mucha luz, dos doritos después… cosas pasaron, como la vida misma.
Este año tomé un curso de autobiografía de dieciséis semanas, mas que un espacio de escritura, fue una burbuja de sanación, de introspección, de autodescubrimiento y un proceso de mirarme, de mirar todo el mundo a través de mis recuerdos, de mis puntos de vista, de mi sentir…
Y fue ahí, que se me hizo interesantísimo cómo es que hay ciertas memorias que tenemos muy nítidas, hay recuerdos que están difusos, hay momentos de nuestra vida que hemos olvidado por el paso del tiempo o debido al enorme esfuerzo que a veces hacemos para bloquear el dolor o una experiencia que asumimos como horrible.
Los recuerdos, siempre me remiten a una frase de García Márquéz que aparece en su libro autobiográfico Vivir para contarla: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla.”; y es que quién nos puede garantizar que nuestras memorias son fidedignas, que lo que nosotros asumimos como “realidad” es lo que en verdad pasó, y no una rara asociación entre: imágenes, memorias pasadas, puntos de vista, estado de ánimo, emociones, puntos de referencia anclados a experiencias anteriores, y muchos elementos más que le puedes añadir a ese extravagante cocktail que son los recuerdos.
Para mí “no hay una realidad”, sino versiones de la misma, cada ser humanx, tiene una historia de lo que pasó, e incluso, cada persona puede ir modificando sus recuerdos o las emociones relacionadas a estos, con el paso del tiempo o al adquirir nueva información, que le permita tener una perspectiva diferente, del evento en sí, de las personas involucradas en él o de su rol dentro de esa vivencia.
Pero aún que existan doscientas mil versiones de “la realidad”, para mí ha sido un gran ejercicio escribir textos autobiográficos, pues me han dado una perspectiva sobre mi misma, sobre lo sucedido en mi vida, e incluso me ha permitido recordar lo valiente, inteligente, poderosa y fuerte que soy, en fin… escribir la vida misma, nos hace esclarecer parte de nosotrxs que de alguna manera tenemos necesidad de recordar, de descubrir, de sanar, de liberar, de reinterpretar…
Por eso, te invito a escribir sobre ti, sobre tu vida, si lo que escribes es verdad o ficción, será lo de menos, lo importante es que escribas tu “recuento de los daños” (alusión a una canción ¿noventera?) a tu manera, en la perspectiva de quien eres hoy y listo… chance mañana o en unos años, puedas escribir una nueva versión esos mismos recuerdos, de ti mismx… pero por ahora escribe lo vivido, resignifícalo y libérate.
Para cerrar, te comparto un pedacito de un texto autobiográfico que escribí durante mi curso:
“…durante gran parte de mi vida lo que me sucede es que no escucho sólo las palabras cuando alguien habla, sino que percibo la energía detrás de las mismas, o incluso los pensamientos que la persona esta teniendo mientras habla conmigo…”
Es como un duelo, donde nos perdimos a nosotras mismas y tiene sus tiempos complejos, sus oleadas de tristeza y furia, la imposibilidad de predecirlo, aunque también sabemos que con el tiempo duele menos, a veces deja de doler, a veces muta a la pura rabia, a veces podemos contarlo y sentirnos liberadas, después podemos simplemente brillar, florecer; ser sin partir de ahí o tenerlo cerca; o no. Cada una lo vive y los sobrevive como puede, o no.
Mar Guerrera1
El pasado noviembre, Karla Souza, actriz y productora mexicana, recibió dos premios Emmy por la película “La Caída”: uno por Mejor película para televisión y otro por Mejor actriz. La cinta, que fue dirigida por Lucía Puenzo; producida y protagonizada por Souza y escrita por Mónica Herrera, Samara Ibrahim, Tatiana Merenuk, María Renée Prudencio y Lucía Puenzo, retrata la experiencia de una clavadista en torno a los abusos psicológicos, físicos, emocionales y sexuales que ejerce su entrenador.
La cinta está inspirada en hechos reales, acontecimientos específicos que sucedieron en el deporte mexicano en el marco de los juegos olímpicos del 2000 y que fueron denunciados por la atleta Azul Almazán obteniendo censura y revictimización como respuesta por parte de las autoridades deportivas. Asimismo, la experiencia de la propia Karla Souza fue inspiración para realizar la película, pues en 2018 denunció haber sido víctima de abuso sexual por parte de un director mexicano y la respuesta que obtuvo fue la misma que Azul: censura y revictimización por parte de medios de comunicación.
Los hechos reales que inspiran esta cinta no sólo son las historias de Karla y Azul, son las de muchas mujeres mexicanas; la mayoría, según las estadísticas. Este desafortunado hecho es el que nos permite conectar con la película, porque aunque no seamos atletas de alto rendimiento o actrices famosas, podemos reconocernos en las experiencias contadas. Y esto sucede porque la película no sólo relata los abusos mismos, sino todo aquello que los permite: el silencio, la censura, la revictimización, el poder y la complicidad.
La conexión con la cinta también es posible por la intención que tuvo el equipo de creadoras por contar la historia desde la experiencia de las mujeres. De esta manera, nos acercan a la preocupación y amor de una madre, a la represión de los recuerdos de la protagonista y a la vulnerabilidad de la más reciente víctima del abusador. El centro son las emociones y vivencias de ellas, quienes responden desde herramientas y recursos propios ante la violencia sufrida. En la historia podemos ver distintos modos de afrontamiento, como la represión y la negación, sin embargo, estos son plasmados sin juicio y sin insinuar que estas son respuestas innatas, esperadas o las únicas válidas, pues contextualizan lo suficiente para comprender por qué las protagonistas recurren a ellas. Así, sin decirlo explícitamente, la película valida cada una de estas respuestas, reconociendo que todas tenemos diferentes formas de afrontar situaciones violentas. El guion, además, está cuidadosamente construido para no caer en la revictimización y la ejecución evita generar morbo, no lo necesita.
Lo anterior no significa que la historia exente al abusador, si bien no es necesario darle tanta exposición a un hombre que en realidad puede ser cualquiera, sí brinda el suficiente espacio para visibilizar los mecanismos que él y muchos de los abusadores, si no es que todos, utilizan: la manipulación, el abuso de poder, la complicidad con otros. No vemos una historia que se centre en ellos y mucho menos que los justifique, pero sí señala y denuncia cómo esos mecanismos están construidos y protegidos socialmente, en este caso en el ámbito deportivo, pero que sabemos que en otros espacios operan más o menos de la misma manera para asegurar la impunidad de los perpetradores.
Y aquí me detengo en otro de esos mecanismos plasmados en la cinta: el “bien mayor”. Todas aquellas razones que se les imponen a las mujeres para no denunciar: la carrera deportiva, la estabilidad familiar, el empleo del abusador, su reputación; todo parece ser más importante que el bienestar de las víctimas, la obtención de justicia, la reparación del daño y el aseguramiento de la no repetición. Con frases como: “piensa en su familia” o “no pongas en riesgo tu carrera” se generan discursos que depositan la responsabilidad en las mujeres y que, muchas veces, no se quedan únicamente en palabras, sino que se transforman en acciones reales, tales como la exclusión de su familia, la terminación de contratos laborales, y por supuesto, las consecuencias físicas y emocionales que conlleva asumirse como la culpable de la situación.
La película es capaz de mostrarnos la sutil pero agresiva forma en la que opera este sistema, como una sombra que acecha a las mujeres y protege a los perpetradores. Sombra que sobresale de la pantalla a través del recuerdo de aquellas ocasiones donde nosotras fuimos las presas.
Así, podemos ver que la ficción es, desafortunadamente, la experiencia de muchas. Y aunque a veces pareciera que como sociedad se ha avanzado lo suficiente para generar condiciones más seguras para nosotras, la realidad es que denunciar todavía genera consecuencias para quienes deciden hacerlo, debido a que sus valientes voces son capaces de tambalear a todo ese sistema que encubre y mantiene el abuso, y por lo tanto, el poder.
No hay muestra más obvia de ello que las dificultades a las que se enfrentó Karla Souza para realizar la película, con múltiples rechazos, falta de presupuesto y de voluntad para contar una historia como esta; así como las reacciones que generó. Sin embargo, en mi opinión, esta es una de las grandes razones que hacen a esta obra una insurrección: su capacidad para incomodar a quien debe incomodar, a ellos. A los cúmulos de poder que sostienen sus instituciones con base en nuestro dolor. A quienes tocan y mallugan nuestro cuerpo y nuestra dignidad. A quienes no abusan sexualmente, pero sí se benefician de ello. A quienes con silencio e indiferencia siguen permitiendo que los abusadores sigan en el deporte, en el cine, en la calle, en los trabajos, en nuestra mesa…
Con La Caída se incomoda quien se merecer ser incomodado.
Y qué bueno. Porque estamos hartas de retratos morbosos y justificadores de los abusadores. Es tiempo de que seamos nosotras quienes contemos estas historias
para compartir.
Para denunciar.
Para sanar.
Tal como la propia Karla lo hizo: “La única forma de sobrevivir a todo eso fue canalizarlo a través de mis armas más fuertes, el arte y el cine”2
Así, La Caída resulta una obra valiente, que a través de un excelente trabajo técnico y una actuación impecable de Souza, retrata la vulnerabilidad que representa reconocerse víctima de abusos constantes, pero también (y aquí otra de las grandes razones de su potencia), la agencia que ese lugar nos puede brindar cuando, aunado a ello, también se reconocen las ganas de vivir una vida libre, lo que sea que eso signifique para cada una de nosotras.
La Caída está disponible en Amazon Prime. Recomiendo discreción para verla, puede ser detonante para quienes hayan vivido una situación de abuso.
Defeña de nacimiento y habitante de la ahora CDMX. Psicóloga social que mira al mundo con permanente sospecha. Feminista que se reencontró con sus ancestras, aprendió a alzar la voz, y busca formas de habitar y resistir principalmente desde la cultura y el arte de mujeres. Maestra en Estudios de la Mujer y diplomada en prácticas narrativas. Consultora en temas de género, educación y derechos humanos. Brinda acompañamiento terapéutico a mujeres a través de terapia narrativa con perspectiva feminista, enfocando su práctica en la prevención y atención de violencia machista. Con una constante tendencia a la nostalgia, es escritora de sus historias preferidas y dibujanta que se reencuentra con la niña que fue.
Te invito a leer otras entradas de mi columna «Insurrecciones Estéticas»:
-¿Necesario es el velo? los vocablos son también antifaces que, a veces, se acercan a la esencia de lo otro, pero el resto de los días no llegan, se atrasan, caminan solo por el borde, extraviados.
Hoy he tejido el cabello de mi hija y me ha dicho, con esos ojos grandes, que ella quisiera haber nacido sin cuerpo. Y pienso en el mío. Mi cuerpo. La herida en el vientre me recuerda siempre el amor de ella, la forma encorbada de mi figura, la ligereza de andar descalza, jugando a saber el rumbo, me orillan a decir lo exacto.
-¿Por qué te hubiera gustado nacer sin cuerpo?, pregunto.
-Así podría habitar las lilas o los quetzales.
E imaginé una vida donde ella es una flor y yo una ave, o al revés, o quizá yo una pluma o un pétalo para SER juntas. Y me gustó la idea de despojarme de esta piel, quedar sin nada para tenerlo todo nos pareció un trato justo.