El ojo de Lya | Devoción al talento

Breve crónica nostálgica y musical con Gloria Trevi, la de los 90’s.

ESCRIBIR NOS LIBERA: SOBRE EL MIEDO A MOSTRAR LO QUE ESCRIBES

El miedo se puede llegar a ver tan grande como una ballena, pero no te aterres, las ballenas son sabias y guardianas de las profundas emociones

Por Aimeé Miranda Montiel

Escribir es un acto demasiado personal e íntimo, escribimos muchas veces cuando estamos solxs, y en caso de estar rodeadxs de otras personas, escribimos en el silencio, porque estamos clavadxs en nuestros pensamientos, en estructurar ideas, historias o en recordar cómo nos hizo sentir algo, cómo reaccionamos ante ciertos eventos, o en el caso de que escribamos ficción, hacemos lo mismo poniéndonos en el lugar de nuestrxs personajes.

La escritura suele ser un oficio de solitud, por ello, es que en ocasiones nos resistimos a mostrar lo que escribimos, porque es una manera de desnudarnos frente a alguien más, porque es mostrarle una parte nuestra a unx desconocidx, porque es dejar pruebas fehacientes de lo que hay en nuestro interior (aun cuando escribamos ficción), pues todo lo que creamos tiene algo o mucho de nosotrxs.

Si bien es cierto, se escribe por una necesidad de plasmar una historia, una vivencia, un pensamiento, y de alguna manera, con el simple hecho de escribir ya se cumple con gran parte de esa necesidad; sin embargo, ¿quiénes seríamos sin las historias que otrxs nos han contado?, ¿quiénes seríamos sin las ideas de personas distintas a nosotrxs?, ¿quiénes seríamos sin esos mundos ajenos a los que sólo nos hemos podido asomar a través de leer historias de otrxs?

Por ello, compartir lo que escribimos es vencer el miedo al juicio de otrxs sobre lo que escribimos o sobre la manera en que lo hacemos, es romper la barrera de lo íntimo para que otrxs tengan nuevas perspectivas del mundo o de sí mismxs, es estar dispuestxs a equivocarnos, a reescribir, a modificar partes de nuestros textos que a veces son confusas, pero también estar dispuestxs a tocar vidas con nuestras palabras, a recibir gratitud y admiración por quienes nos leen, es también una forma de vencer el egoísmo o la falsa vanidad, para mostrar la magia que vive dentro de nosotrxs.

Hoy te invito a que muestres lo que escribes, porque una parte de la liberación que nos da la escritura es al momento de ejercerla, pero a veces es aún más liberador cuando permites que alguien más te lea, cuando te dejas que esa otra persona entre a tu mundo.

Gracias infinitas por estar en este espacio una semana más, gracias infinitas por iniciar conmigo este nuevo ciclo 2024 en el que sé muchas letras compartidas nos aguardan y en el que deseo y elijo que esta parte de mí, te siga inspirando a escribir.

Te dejo estas líneas que brotaron hoy:

Me confundo y me esclarezco,

camino y sueño despierta

me meto en tu mente y terminas en mi cuerpo,

escribo para revivir historias o vivo del recuerdo,

invento o me reinvento,

¿estoy en un laberinto o en un conocido trayecto?

Gracias infinitas por leerme, puedes escribirme en los comentarios de este blog, o por DM en Instagram: @leer.eschingon o @viveconmagia_eclecticaheal.

Y sigamos juntxs escribiendo, porque ESCRIBIR NOS LIBERA.

El desborde. Relatos del mundo que habito | Alas y raíces


Por: Ximena Moranchel


He vivido en 8 casas desde que empecé a vivir sola, 8 diferentes espacios en 4 ciudades distintas. 8 casas en 8 años. Hasta hace un año nunca había tenido una planta. Es una de las implicaciones de estar siempre de paso, de andar siempre volando. Porque no sólo es que mi vida sea itinerante, sino que también es incierta. Pocas veces sé cuánto tiempo me voy a quedar en cada sitio. Eso se define sobre la marcha, sobre las vueltas del día a día. Por eso nunca hay plantas en mis ventanas, o muebles propios, o utensilios de cocina ostentosos, ni ornamentos que adornen las paredes. No le veo el caso, cuando más temprano que tarde cambiaré ese lugar por otro, que probablemente quede bastante lejos como para trasladar todo eso que suele vestir el interior de un hogar. Viajo con pocas maletas llenas de ropa, un par de zapatos, algunos libros, una que otra artesanía y un chingo de recuerdos. Nunca me ha molestado. Me gusta la emoción de lo desconocido, la nostalgia permanente, la sensación de libertad que me da el saber que puedo irme cuando quiera y que no acumulo objetos que me atan a un sitio. Me gusta vivir ligera, suficientes cosas ya carga una como pa’ seguir echándole a la valija.

Hace un año caminando por mi barrio; y digo “mi”, porque aunque como siempre, en algún momento dejará de serlo, mientras vivo ahí, es mío; encontré en una callecita un local en el que vendían plantas, una mujer pequeña y de origen chino sentada en el medio del cuarto, en una silla blanca que resaltaba entre todo el verde que nos rodeaba, y sin dejar de sonreír se convertía en la publicidad perfecta que lograba hacerte entrar. Ya adentro comencé a preguntarle a la china con un genuino y nuevo interés sobre los distintos nombres y cuidados de todos esos seres que estaban a nuestro alrededor. Y de pronto me encontré a mí misma saliendo de esa tienda con un hermoso Potus o teléfono, como lo llamaba mi abuelita, entre las manos.

Caminé de vuelta a mi departamento y coloqué a Potus en una mesita en medio de la sala, y me senté a contemplarlo. No es algo que haga seguido, eso de sentarme a contemplar una planta dentro de una casa. Me pasa en la montaña, en la playa, incluso en las calles de grandes ciudades, pero nunca en una casa.

Pero ahí estaba yo admirando a ese ser que a partir de ahora compartiría el living conmigo, observándolo detalladamente, como esperando a que en algún momento me diera la respuesta a una pregunta que yo desconocía.  

No entendía por qué, pero sabía que ese momento era importante, que no debía de olvidar esa tarde, ni todo lo que me estaba haciendo sentir. Una mezcla de desconcierto al no comprender la razón por la cual había comprado una planta cuando sabía perfectamente que otra vez me iba a ir, sumado al cosquilleo en el estómago producto de los nervios e ilusión que me generaba pensar, que algo estaba cambiando aunque no lograra descifrar qué.

Han pasado varios meses desde que ya no vivo ahí, ni en esa casa, ni en esa ciudad. Potus ahora comparte el espacio con un amigo. Y yo aún no tengo plantas en mi nuevo hogar. Hace algunos días mientras tomaba un taller y tomaba café en la cafetería de mi nuevo barrio, como la última pieza que faltaba para armar el rompecabezas, apareció por primera vez un pensamiento: ¡Qué ganas de echar raíces y cuidar por un rato largo las raíces de otro!

Ximena Moranchel Gutiérrez. Licenciada en Psicología Clínica por la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ). Cursó un semestre de la licenciatura en la Universidad de Buenos Aires. (UBA). Ha participado en diversos talleres entre ellos en el curso de Psicoanálisis y Género impartido por Ñandutí. Actualmente trabaja de manera independiente, dando terapia en línea en su mayoría a migrantes hispanohablantes. En el 2016 migró a Buenos Aires y desde entonces su corazón está dividido entre dos lugares; México y Argentina. Feminista, viajera y nostálgica a tiempo completo. Escribe para no asfixiarse y lee para poder respirar. 

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Doritos y Coca | Saltburn: Entre el privilegio y el deseo

La cosa es, ¿no somos todos pervertidos asquerosos?

EmERALD fENNELL

Por Silvia Santaolalla


Advertencia de spoilers

En entrevista para The Black List, el director surcoreano Bong Joon-ho confesó que el éxito mundial de su película Parasite le había sorprendido debido a la cantidad de detalles y actuaciones coreanas que no esperaba fueran entendidas por el público internacional. Su teoría es que el film trascendió las barreras culturales ya que «quizá no hay fronteras entre países ahora porque todos vivimos en el mismo país, uno llamado capitalismo». Este fin de año el ímpetu en redes por Saltburn, la segunda película de la directora, actriz y guionista británica Emerald Fennell, ha remitido a muchos al furor que Joon-ho causó en el 2019. Nada más lejos de la realidad.

Saltburn se ha convertido, a estas alturas, en una mala traducción. Mal clasificada como un Euphoria tímido, un Élite superproducido, un Parasite inglés. Saltburn no es una crítica sobre la injusta distribución de la riqueza. Mucho menos «una demostración de culpa de clase» por parte de Fennell, quien es hija del famoso joyero Theo Fennell y la escritora británica Louise Fennell. Estudió en el Marlborough College (el mismo colegio al que asistió Kate Middleton) y en la Universidad de Oxford. Saltburn es realmente una historia perversa sobre el privilegio y el deseo, con fuertes raíces en la tradición británica del gótico. Por si quedan dudas, el título lleva el mismo nombre de la propiedad donde sucede la historia, al igual que Cumbres Borrascosas.

Para entrar en el mundo de Fennel, no debemos olvidar que, a pesar de que el Reino Unido tiene un pie en el capitalismo y la globalización, sus raíces siempre recuerdan el imperio colonial que fue durante mucho tiempo. Una nación que aún tiene una familia real, una Cámara de los Lores, nobles y títulos hereditarios. Una aristocracia que no necesariamente relaciona su poder con la riqueza. Y como muestra de estas raíces: la secuencia de apertura de Saltburn. Escrita, filmada y editada completamente en sincronía con el himno británico Zadok the Priest (Sadoc el sacerdote). Compuesto por Georg Friedrich Händel en 1727 para la coronación del rey Jorge II, ha sido cantado antes de la coronación de todos los monarcas británicos desde entonces. Como un dulce, que solo quien esté relacionado con el himno saboreará, la reorquestación de Anthony Willis cambia la letra de «Zadok the priest and Nathan the prophet anointed Solomon king» (Sadoc el sacerdote y Natán el profeta ungieron rey a Salomón) a «Oliver Quick and Nathan the prophet anointed Solomon king«. Dejando en un plano medio a Oliver Quick (Barry Keohgan) con el último God save the King! (¡Dios salve al Rey) del coro.

En entrevista para Vanity Fair, Fennell admite que su cosa favorita es la simpatía por el diablo. «El tipo de persona que no podemos soportar, el tipo de personas que son aborrecibles —si podemos amarlos, si podemos enamorarnos de esas personas, si podemos entender por qué son tan seductoras, a pesar de su crueldad palpable, su injusticia y una especie de extrañeza, si todos queremos estar allí, creo que esa es una dinámica interesante”. Por lo que el verdadero giro de trama no está en la escena de la bañera, ni en la de la tumba fresca de Felix Catton. Ni siquiera en la confesión del plan de Oliver a Elspeth en su lecho de muerte. La máxima crueldad es cuando, como en la canción de los Stones, Oliver Quick dice a Felix «permíteme presentarme, soy un hombre de riqueza y buen gusto». Felix no solo se siente traicionado por su amigo, sino que puede ver que detrás de la ilusión de Oliver se encuentra el reflejo de lo que decidió proyectar en él. No existe ningún niño de clase baja con padres adictos y una niñez terrible a quien Catton deba salvar. No hay ningún niño pobre pero inteligente que logró llegar con su esfuerzo a Oxford. No hay manera de mostrar que él, Felix Catton, no es otra persona terrible y elitista como su familia y amigos.

Al final, Saltburn es una oda a la perversidad de la que podemos ser capaces por las cosas que amamos. “Un estado perpetuo de deseo, necesidad y anhelo”, en palabras de Fennell. Una historia tan vieja como la humanidad, eso que nos atrae aunque temamos perder la cordura y la integridad. Así que sin pretensiones de justicia de clases, si conoces al diablo ¿tendrás algo de simpatía, cortesía y buen gusto?

Silvia Santaolalla, habladora, malcriada y rebelde. Escritora y artista visual. La primera de las dos ñañas siamesas. Su trabajo aborda temas como: el género, la sexualidad y el cuerpo. Ha sido publicada en las revistas: Marabunta (2018), Gata que ladra (2019), Punto de Partida UNAM (2022, 2023), Página Salmón (2022), Especulativas (2022).

De recuerdos, aventuras y reflexiones| Me temo que no comprendí

Por Tania Farias

Aprender un nuevo idioma es un proceso que toma su tiempo y es común que durante ese camino se presenten algunos errores de compresión. Al vivir en inmersión en un país extranjero, estos errores pueden tener sus consecuencias…

Habían pasado más de tres semanas desde mi llegada cuando finalmente se concluyeron los trámites de inscripción en la escuela de idiomas a la cual asistiría dos veces por semana; días en que los niños de la familia tomarían su almuerzo en la cafetería de la escuela. 

Para asistir a los cursos de francés, cuyo aprendizaje era obligatorio por el tipo de visa que se me había otorgado al entrar al país, tendría que ir a la ciudad de Nimes que se encontraba a una media hora del pueblo donde vivía.

En mi primer día de escuela, la señora C me llevó hasta una parada de autobuses en una comunidad cercana llamada Remoulins, ubicada a un aproximado de diez minutos en carro desde nuestra morada. La parada se encontraba sobre la calle principal que era parte de la carretera que conectaba las ciudades de Nimes y Avignon (es curioso, pero a pesar de tantos años transcurridos desde que aprendí aquella vieja canción infantil que hace referencia a un puente en dicha ciudad, no puedo evitar, cada vez que escucho el nombre de Avignon, que en mi cabeza se formen las estrofas de Sur le pont d’Avignon on y danse, on y danse. Sur le pont d’Avignon on y danse tous en rond). 

Para mi segunda clase y a partir de ese momento, yo llegaba a la parada de autobuses con el carro que la familia A había puesto a mi disposición: un viejo Renault de color azul. Al principio me sentí afortunada por tener un carro para mi pero pronto descubrí que era una mera ilusión por lo cual únicamente lo utilizaba en contadas ocasiones. Por un lado, la familia solo me pagaba una parte de la gasolina (cuando utilizaba el carro para llevar a los niños a sus actividades extraescolares fuera de pueblo) y el resto tenía que pagarlo yo. Aunque la situación era la misma con los tickets del autobús para viajar a Nimes, pues la familia únicamente pagaba el cincuenta por ciento del costo, era una opción mucho más adaptada a mi muy bajo presupuesto. 

Como nota especial, desde que se hicieran los trámites para mi visa, la familia A había sido informada de su obligación por cubrir la totalidad del costo de mi transporte para que pudiera asistir a clases. Desafortunadamente, esa información llegó a mi conocimiento muy tarde. En una visita que hice al Departamento de Trabajo, casi al final de mi contrato con la familia A, la responsable me preguntó sobre mi experiencia, con la intención de verificar que las obligaciones del contrato habían sido cumplidas por ambas partes. Resultado: la familia A había incumplido con varios lineamientos. 

La segunda razón por la cual solo utilizaba el carro en ocasiones especiales y por  cortas distancias, era que en realidad no me sentía cómoda conduciéndolo; mis habilidades eran muy limitadas. Si bien contaba con un permiso de manejo, las  horas que había pasado detrás de un volante, antes de llegar a Francia, habían sido muy pocas.

Cada martes y jueves, después del término de mis clases, salía de Nimes a eso de las dos y media de la tarde. Era importante que llegara a más tardar a Remoulins a las tres porque debía recoger a los niños a la salida de su escuela. Mi rutina era siempre la misma: bajarme en la  parada, cruzar la calle para llegar a donde dejaba estacionado el carro y emprender mi camino al pueblo. Fue en una de esas ocasiones en que conocí a H, un chico alto, de cabellos rizados, facciones finas, a excepción de sus labios gruesos, y muy probablemente un par de años más joven que yo; jamás confirmé su edad. 

Por la manera en que se dio nuestro primer encuentro, estoy segura de que H ya me había visto llegar con el autobús a Remoulins en al menos otra ocasión. Ese día, el camión había salido con retraso de Nimes. Con ansiedad, miraba, deseando que el carro se moviera a una mayor velocidad, primero la carretera y después el reloj de un viejo celular que la señora C me había prestado para poder estar en comunicación conmigo. Todo el camino lo hice con la preocupación y el temor de no poder estar a tiempo a la salida de la escuela de los niños. Al bajar el primer escalón del bus vi a un chico, de mirada intensa, que me tendía la mano. Retiré la mía, como si me la fuera a robar, pero sin vergüenza e insistencia, el chico me tomó la mano y la guardó en la suya hasta que las puertas del camión se cerraron detrás de mí y continuó su ruta. Yo había sido la última en bajar. 

De pie en la baqueta recuperé mi mano y escuché que el chico pronunciaba frases que apenas si podía comprender. En los siguientes encuentros que tuve con él supe que H era de origen Marroquí y que había emigrado a Francia junto con su familia cuando era un niño pequeño. Fue justo después de conocerlo que noté que en las regiones del sur de Francia había una gran población de inmigrantes de los países del Magreb: Marruecos,Túnez y Argelia. Al principio, en mi ignorancia, creía que todas las personas que veía en la calle eran de origen francés, a pesar de que evidentemente en el físico había diferencias.

Esa primera conversación con H fue muy corta ya que yo no disponía de tiempo para alargarla. En el momento en que me despedía para correr al carro, H gritó pidiendo mi número de teléfono. Aunque H no era exactamente el tipo de chico que me solía gustar me pareció atractivo, así que sin pensarlo más le di mi número. Además, si mi objetivo al vivir en Francia era alcanzar un buen nivel del idioma, no había nada mejor que el poder practicarlo lo más posible. Un nuevo interlocutor siempre era bienvenido.

Me volví a encontrar con H el lunes de la semana siguiente. Me había llamado y acordamos que nos veríamos en el pueblo donde yo vivía antes de que fuera a recoger a los niños a la escuela. La cita fue en una plazoleta muy cerca de la casa de la familia A. Después de un saludo con un doble beso en las mejillas que me sorprendió, pues yo solo estaba acostumbrada a saludar cuando mucho con uno, H me propuso ir a caminar por unos de los senderos que rodeaba el pueblo. Era el camino hacia el cementerio de la comunidad; lo conocía porque habíamos paseado con los niños un miércoles después del almuerzo. A lo largo del sendero se extendía una valla en piedra que separaba el camino de los terrenos de cultivo y de los viñedos, muy numerosos en la región.

Durante la caminata, H me contaba cosas sobre su escuela. Yo tenía que hacer un esfuerzo enorme por seguir el hilo de la conversación, pues a pesar de que mi comprensión oral había mejorado con el tiempo que ya tenía viviendo en el país, aún me quedaba un largo camino por recorrer. H me dijo que estudiaba para un día ser panadero. A mí me parecía interesante el hecho de que en Francia existieran escuelas en las cuales las personas pueden prepararse para oficios manuales como la panadería, la carpintería, la construcción y otros. Todo a través de un sistema de alternancia: uno días de la semana se asiste a la escuela y los otros se aprende en el terreno; además de recibir un sueldo.

De pronto, H se detuvo, se sentó sobre la valla y me jaló de la mano para que me sentara junto a él. Lo seguí, y cuando yo estaba apunto de consultar la hora en el celular, H se levantó y se puso frente a mí. Con una amplia sonrisa y mirándome fijamente me preguntó:

—Tu veux être ma copine ?

Según mis libros de francés (al menos, los que había podido estudiar hasta ese tiempo) copine era un término utilizado para referirse a una amiga; por lo mismo, se me hizo extraño que me preguntara si quería ser su amiga, pero al mismo tiempo, me pareció un gesto lleno de ternura, y con la misma sonrisa que él me ofreció, le dije que sí. Cuando menos acordé, sus labios estaban sobre los míos y su lengua dentro de mi boca.

Como se acercaba la hora en que debía ir a recoger a los niños, aún en estado de sorpresa, dejé que me tomara de la mano durante el camino de regreso. Mientras su brazo pasaba alrededor de mi cintura, yo sentía como todos mis músculos se contraían y no podía borrar la sorpresa de mi cara. Había un verdadero malentendido en esa situación y era claro que mi comprensión del francés se estaba quedando corta. 

Pasamos por enfrente de la casa donde vivía pero preferí no darle esa información, así que seguimos hasta la plazoleta donde nos habíamos encontrado, y me despedí. Por supuesto, H no me dejo ir sin darme un último abrazo y otro beso en la boca.

Al día siguiente, llegué  a la escuela de idiomas muy temprano. Esperaba dando pequeños brinquitos afuera del salón que se encontraba aún cerrado. Mi nivel de ansiedad era tan  alto que apenas si intercambié algunas palabras con mis otros compañeros. En cuanto vi a la maestra acercarse corrí hacia ella. Necesitaba despejar mis dudas fuera del alcance de los oídos de mis compañeros.

Después de saludarla, le pregunté si estaba equivocada en que el término para novia en francés era Petit amie. Esa era la manera como yo lo había aprendido en los cursos que había tomado en México. La maestra me dijo que sí, que tenía razón. Sin embargo, eso dependía de la edad de las personas.

—¿Cómo así? —pregunté más intrigada que nunca.

Petit amie lo utilizan, digamos, los chicos de secundaria. Cuando ya se es más

grande, se utilizan otros términos. Copine, es el más común —me dijo abriendo la sala e invitándonos a entrar.

Mientras me sentaba en mi lugar y preparaba los cuadernos para empezar la clase me dije: “de los errores también se aprende. En todo caso, parece que ya tienes tu primer novio oficial en Francia”.

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Dejar pasar al intruso, primera parte

Nelly González

Dejar pasar al intruso es el nombre de mi columna pero también es lo que en este momento me atraviesa. A propósito del año nuevo puedo decir que en este y en muchos años anteriores el intruso ha estado en mí, es increíble lo poquísimo que cambiamos, como un continuo vivir en automático, con lo apre(he)ndido por la familia y el contexto donde crecimos, sin reflexionar profundamente por qué pensamos o decimos lo que decimos de cierta manera: todxs tenemos paradigmas y una vez que identificamos cuáles son los nuestros es una traición hacia una misma seguir actuando de cierta forma si no estamos conforme con ello; lo interesante de estar vivxs es que cada día podemos mejorar, modificar, pausar y, sobre todo, cuestionar quiénes somos, no para el mundo sino quién soy yo estando a solas, por qué me duele lo que me duele o por qué siento tanto afecto por esto o lo otro.

Desde que nació Eileen ya no he tenido opción de ignorar al intruso, porque claro que cuando se es más joven es divertido ser irresponsable y dejarse llevar por la corriente, que otrxs tomen el control y así tener a quién culpar cuando las cosas no salen como queremos, pero la maternidad cambia todo drásticamente: de golpe dejé de ser Nelly para pasar a ser la mamá de Eileen, de golpe renuncié a muchas posibilidades y aunque cuando una se embaraza medio lo sospecha, es hasta que lo vives cuando puedes verte situada en el inicio de la montaña más grande y con una larga caminata cuesta arriba, que es el educar a un humanito, y de la necesidad de hacerlo lo mejor que se pueda, sin transmitir la ira, los caprichos, el miedo, los complejos, entonces así, de golpe, tuve/tengo que dejar de evadir a mi intruso y verlo a los ojos.

Cuando digo intruso una pensaría en el otro, en lo otro, lo que hay afuera y llega a corromper el espacio nuestro. Un algo que llegó sin ser invitado, sin embargo, está ahí, como el elefante en la habitación: este intruso es mi discurso interno,  mi drama personal, mi inclinación al autosabotaje, mis celos y posesión, la envidia, los reclamos, es también el miedo que una vez mi madre sembró en mí y el siempre erguido “no puedes”, es el agua estancada que con el paso de los años despide el olor del olvido, de la incapacidad,  pero esa semilla la sembraron también en ella y eso me queda claro; es también la ausencia de mi padre, el carácter de mi abuelo violento, los golpes y la sumisión constante de mi abuela,son sus dieciocho años estando embarazada sin, pienso yo, quererlo, es el fruto de mi cultura machista, de los mensajes confusos que llegaban a mí siendo niña cuando me decían «no te dejes de ningún hombre pero sí sirvele a tus hermanos», y aunque en mi adn ya esté la tristeza no puedo vivir más justifcando mi inacción, mi continuo no sé, mi quietud sobre los pasos que doy.

Carl Jung denomina a este intruso como la Sombra que yace en el inconsciente, ese algo que carece de luz; sólo la conciencia goza de ella, siendo la voz que narra todo y a la que creemos controlar por completo pero, como una marioneta, es la Sombra quien termina permeando el velo con que vemos el mundo. Según el psiquiatra esta sombra es mucho más antigua que la conciencia porque ya está inherente en la inquietud de nuestra especie, ese algo que la humanidad ha querido/reprimido desde que empezó a ser un ser pensante: es un patrón emocional heredado al que llamó arquetipo, cabe mencionar que la psiquiatría moderna no toma tan en serio sus teorías por considerar que van encaminadas más al ocultismo/ lo esotérico, y que sus referencias fueron más utilizadas para la literatura y la filosofía, así como la astrología y el tarot, pero en este espacio es bienvenido el misticismo y todo lo que no le guste a la hegemonía.

Para Jung hay muchos arquetipos y valdría la pena hablar de ellos más a fondo, pero en esta entrada solo mencionaré a la Sombra y la Persona, la primera muestra su oscuridad en los sueños y tiene diferentes rostros, de ahí que haya quienes, como yo, tengan pesadillas recurrentemente. Entre más en silencio esté el intruso-sombra más crece su oscuridad, y en un momento es ya quien controla por completo al individuo, puesto que contiene todos los traumas (olvidados o no), las emociones no gestionadas o reprimidas, lo que desaprobamos de nosotrxs mismxs, mientras que la Persona es cómo nos introducimos en la sociedad, es esa máscara que usamos para poder ser aceptados, lo políticamente correcto, lo que no causa problemas, lo que lleno de prejuicios dictamina lo bueno y lo malo, es quien cuida a nuestro ego y, como en una obra de teatro, sabe cómo actuar dependiendo de con quién estemos. La Persona es la jaula de la Sombra. ¿Y nuestra verdadera y auténtica esencia dónde está?

En la parte dos de este texto ahondaré más en Jung y las pesadillas como espejo de la Sombra, sin embargo quiero dirigir mi idea a la cosmovisión de la feminista chicana Gloria Anzaldúa, quien se refiere a este intruso como la Bestia-sombra.

“Nos da miedo que nos abandone la madre, la cultura, la raza, porque no somos aceptables, somos defectuosas, estamos estropeadas … para evitar ese rechazo algunas de nosotras nos amoldamos a los valores de la cultura, forzamos a las partes inaceptables a quedarse en las sombras. Lo que nos deja solo un temor- que nos descubran y que la Bestia-sombra consiga salir de la jaula…”.

Pero algunas otras queremos saber el origen de nuestra bestia-sombra-intruso, ¿cuándo llegó, por qué no se va, ya estaba ahí desde que nacimos o fue nuestro contexto quien lo introdujo? Anzaldúa propone una solución drástica, no solo mirar a la bestia-sombra-intruso, sino despertarla, despertar ese fuego que arde dentro, ese animal salvaje que es inmoral, que es sexual, que es rebelde y que no les va a gustar porque no es amable, no es sumiso y ya no llora, cuenta que “algunas afortunadas hemos visto en el rostro de la bestia-sombra no lujuria sino ternura”.

Yo interpeto estas palabras como aceptarnos completamente, integrar la sombra para mayor autoconocimiento: dejar de ser tan duras con nosotras mismas y abrazar eso que no nos gusta, porque no se irá solo por desear que se vaya, tenemos que trabajar en ello y el primer paso, al menos el que a mí me ha empezado a funcionar, es tener más apertura a nuevas cosas (cuando dejas entrar te ves obligado a ir quitando); desde que empecé a teorizar en el feminismo mis preguntas han cambiado de forma y aunque sigo en la búsqueda de las respuestas entiendo que mucho de lo que pienso está muy atado a los valores de mi cultura, que es profundamente patriarcal y no tiene que ver con lo que yo quiero ser y quiero enseñar a mi hija, entonces sí, el primer paso es la aceptación del intruso y una vez que lo hemos visto, con ternura tratar de entenderlo y siempre, siempre, cuestionarnos su origen, por lo que las lecturas son aliadas, la información de lo que ha sucedido y de dónde estamos paradas tiene más que ver con nosotrxs de lo que creemos, de ahí que digan que lo personal es político. Hasta aquí la parte uno de esta entrada, espero que su 2024 esté lleno de auto-reflexión, plenitud y mucha ternura hacia ustedes mismas.

BIBLIOGRAFÍA

Jung y el ocutlismo: arquetipos, sombras y proceso de individuación en https://www.youtube.com/watch?v=xAY9FVetAtl

Anzaldúa, Gloria, La nueva mestiza, traducción de Carmen Valle.

Yaneli J. González Velasco nació en Calvillo, Aguascalientes en 1995. Es egresada de Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Correctora de estilo y mamá de Eileen.  Su cuento “La huida”(2022) obtuvo el primer lugar nacional  por la librería sinaloense Sra. Dalloway. Es parte de la antología de poesía hidrocálida Brevario pandémico (2020) por la editorial independiente Agujero de Gusano. Como Camila Sosa Villada ella cree, con firmeza, que sin la escritura no habría posibilidad de vivir.

Historias de alacenas, vitrinas y macetas I Body Shame

Por Arizbell Morel Díaz

Me veo en el espejo y no me siento
¿de quién es este cuerpo?
parece que se lo puede llevar el viento…

Flesh, on my own flesh…

Los brazos muy gordos o muy chuecos.
Las piernas que se tocan, llenas de pequeños vellos.
El abdomen (siempre la panza) que no desaparece
por mucho que lo niegue, éste no perece…

Haz cardio, come menos, come mejor…
…no uses esa blusa con ese pantalón…
siempre el body shame
siempre buscando ese “te ves muy bien”

…veo una película y la siento otra vez…
todas las chicas cuyos huesos se pueden ver
a través de su piel
¿enserio eso es lo que debemos merecer?

Cuerpos, no cuerpos, restringidos al doble cero
siempre te sobra comida (más no el deseo)
¡Toca, que me sobra, me siento llena de sebo!

Y mis piernas que no dejan de crecer…

Los muslos muy juntos o muy gruesos.
Mi cara, que sin ser luna, no me da una
razón menos de angustia.
Siempre el body shame, no se le puede perder.

Ocupar espacio me produce culpa.
Ocupar tela es pedir una disculpa.
Un cuerpo que no me quiere pertenecer
o muy o poco, nunca te puedes ver bien…

…¿qué es verse bien?
alguien (sin Photoshop), ¿lo puede hacer?
Yo solo quiero que se acabe el body shame…
Yo solo quiero poder comer…

Arizbell Morel Díaz

Licenciada con Mención Honorífica en Literatura Dramática y Teatro por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” desde el ciclo 2021-2022 al presente (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021). Integrante activo de la Comitiva de Encuentros “Apuntes” de la Cátedra Bergman de la UNAM desde 2021. 

Ha dirigido obras como “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida. Actualmente se dedica a la producción y dirección de proyectos teatrales y musicales enfocados en la sustentabilidad, las jóvenes audiencias, la perspectiva de género y las comunidades. 

También es actriz entrenada en verso y asistente de producción. 

Ha escrito narrativa y ensayo. Su primer texto publicado en La Coyol es “Bitácora de una planta en resistencia” (2020).

Sueños superados por Jeanne Karen en La máquina verde

Hay un tiempo para temer y otro tiempo en que nuestros sueños, los que antes fueron los más oscuros, los más pesados y angustiosos, de pronto se han convertido en parte de nuestra vida. Ya extraño cuando no hay una catástrofe, cuando no siento que el ahogo me cobija, cuando mis piernas permanecen en la misma y confortable posición; así es, lo que antes fue una pesadilla, ahora es un hermoso monstruo que me saluda desde la ventana de mi subconsciente, me hace un gesto, sonríe, sonrío.

¿Cuándo me transformé en esta persona, a la que sus miedos ya no la confunden, ¿habré perdido por fin el último aliento, el último deseo?; no lo sé, pero por las noches, dentro del mundo onírico parece que ya nada me sorprende.

Encuentro un gran número de preguntas, encuentro también cientos de significados y no he decidido a cuál darle nombre, cuerpo, una historia, una existencia más allá del pensamiento, un lugar en la materia. 

En algún oscuro rincón, seguramente, estarán por nacer nuevos malos sueños, nuevas histerias y horrores; porque la verdad no se puede vivir ya con los mismos, arrancados de su raíz, expuestos.

También estar en blanco cansa, despertar sin sed, sin un golpe en el pecho, sin el impulso por hacer algo. No lo sé, tal vez debe ser que me estoy sintiendo cómoda y no me gusta, tal vez mi interior trata de decir que hay que crear más, vivir más intensamente, conocer más, llorar más, intentarlo todo, caer como en el principio y levantarme de nuevo con el dolor, pero también con el impulso.

Es bueno iniciar, aunque no se sepa hacia dónde va el camino, el inicio es despedir las naves, decir adiós desde la orilla, crecer, envejecer, aceptar el ciclo. Causa incertidumbre, pero también nos ayuda a movernos; y lo que más me gusta es que nos muestra, de cierta manera, que seguimos vivos.

 Nuestra historia en este mundo es apenas un instante, un suspiro, un único latido, un verso del largo poema del cosmos. Los sueños superados, son como los viejos vagones de un tren que debe seguir en marcha, pesan pero ya no significan, están, aunque huecos.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, una de próxima aparición, además uno libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.

Derechos y Colores| Disfrutar del clima templado y el privilegio de clase

Por Natalia Mendoza Servín

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  1. Imagen de Freepik ↩︎

Vivo en Guadalajara, Jalisco, México y es un lugar donde siempre hace calor. No importan cuándo leas esto, siempre hace calor. Mucho. Del que quema, del que te hace sudar, y lo peor es que cada año es el último año más fresco. Si le preguntas a las personas que viven acá, te dirán que “en invierno sí hace frío”, pero mienten. Lo que es verdad, es que hay ocasiones en las que llueve o el clima es fresco, con suerte y está nublado.

Pero ocurre pocas veces, y cuando eso pasa, la gente lo agradece. Ves a todo mundo sacando sus escasos y empolvados suéteres que por fin tendrán un poquito de utilidad, tomando café, comprando pan, deseando ir a Mazamitla (pueblo mágico boscoso), estando en pareja o simplemente, mirando por la ventana la lluvia o neblina. No voy a negar que también es agradable para mí. Después de meses de tanto calor, nos pone de buen humor.

Pero cuando me refiero a “esa gente que agradece el clima templado”, me refiero a las personas que tenemos un poquito de privilegios como trabajar en oficinas, acudir a cualquier sitio en auto o que tiene prendas y ropa de cama adecuadas para disfrutar de un día frío sin padecerlo, incluso, para poder pagar café, pan o hasta una salida de fin de semana.

¿Algunas personas odiarán los climas templados en una ciudad como Guadalajara en el que a veces (muchas veces) rogamos a gritos algo de frescura y lluvia? Sin duda. Las personas que usan el transporte público que pasa y te recoge cuando quiere, las que tienen que caminar grandes distancias, las que no tienen dinero para comprar medicamentos si pesca algún resfriado, las que no tienen ropa adecuada para no pasarla mal.

La vida tiene matices, eso no puede negarse, En donde alguien encuentra belleza, otra persona no. El tema aquí es que el disfrute del clima depende de las posibilidades que tenemos y cómo, gracias a esas herramientas, las situaciones cambian de manera favorable a nuestras vidas. Esta era una reflexión pendiente que tenía desde noviembre. No quería dejarla pasar antes de que Guadalajara vuelva a ser ese lugar soleado, que de igual manera, será amado por unos y odiado por otros tantos. Observemos y reflexionemos las dos caras de vivir el clima.

Contacto en X: @NataliaMese

Natalia Mendoza Servín es abogada y maestra en transparencia por la Universidad de Guadalajara. Se ha dedicado a temas relacionados con transparencia, acceso a la información y privacidad, pero desde el año 2020 ha decido decirle al mundo que ama la causa de las mujeres, así que también es especialista en Estudios de Género por la Universidad Pedagógica Nacional, y ha combinado lo que le apasiona con el feminismo desde entonces. Le gusta hacer análisis jurídico y feminista de las expresiones artísticas, y lo comparte, porque nunca se sabe cuándo esas reflexiones pueden ser útiles para alguien.

Serena en el mar y la arena | 24

El anochecer cambia por amanecer, pero mi rostro permanece intacto, hay ocasiones en las que creo que mi rostro no cambia. Deseo cambiar, concluir mi carrera, un trabajo estable, mi cuerpo soñado, casarme, tener hijos, viajes, estabilidad económica, mental, auto propio, ser el ejemplo a seguir de alguien, aprender a cocinar, decidir sin dudar, y entre más pienso 24 razones, menos veo que el tiempo se va en pensar y planear. Muchas veces espere que el Año Nuevo me sorprenda, volver a empezar, es lo más lógico y razonable. Pero puedo decir que mi volver a empezar fue antes de la cuenta regresiva, y nunca había deseado tanto que el tiempo se detuviera al ver que la vida es efímera, que mi mano pudo soltar lo que más quería, tuve miedo y se lo conté a Dios, pedí ayuda y dudé al hacerlo, dejé a un lado mis deseos por alguien más y puedo decir que valore el presente y por un momento descanse del futuro, solo quiero que mi volver a empezar sea cada día, deseo que este año fluya con la marea sin miedo a no flotar y poder regresar a la superficie, nadar sola o acompañada no pensar en el peligro, disfrutar el paisaje, enserio anhelo una visita al mar, que solo sea yo serena en el mar y la arena.