El mar de espigas ondula el horizonte. Olas verdes acariciadas por el viento frío. Un pastor cuida sus ovejas. Desparramadas por los linderos de la presa, beben con descuido. Cientos de borregos. Dos perros se aventuran por el borde de la represa. De un lado el agua, del otro, el vacío. Van y vienen. El pastor silba. Hora de recoger el rebaño.
Tres hombres pescan. Tres hombres de sombrero de palma. El embalse es pequeño, es antiguo. Es el agua de Tembleque, la de Otumba. La de la tierra vieja y sedienta. Entre los reflejos del agua se abigarra el viento y la luz del sol. Tonos de azul y verde de agua violácea. Trozos de cielo se despeñan entre el agua que corre, siempre corre. Corre, corre, corre. Desde hace siglos, corre.
Un puente blanco. El aire despeina mi cabello. La tierra pródiga. Verde, ocre, amarillos y rojos. Flores en los nopales. Una pequeña ermita de madera. La cruz en lo alto del cielo. Unas espinas me arañan al pasar. El puente blanco sobre el agua que corre. El silencio canta. Vuelvo.
Los arcos de piedra. Dos arcos de piedra. Dos hombres. Verde y negro militar. No tienen rostro. Ocultan su rostro. No los veo bien, ¿están de paseo? ¿Por qué no los veo? Los vi antes, de reojo. ¿Vienen de paseo?
– ¡Hijo de tu puta madre! ¡Abre el carro!
No le pegues. Ya lo abrió. ¿Vienen de paseo?
– ¡Métete a la cajuela!
Tiene una pistola. Una pistola negra. Una pistola negra y fría.
– No me lleves a mí. Llévate todo. Ya tienes las llaves. Llévate todo.
¿Por qué habla tan quedo? Su rostro es blanco. Su rostro es miedo. No se lo lleven. Una mano aprieta mi brazo. Me duele el brazo. Mi brazo estuvo hinchado y morado por dos semanas. ¿Qué le pasó a mi brazo? No me acuerdo.
Hay días en los que todo lo demás no alcanza. Solamente necesito volver a la poesía, unas veces a toda velocidad como un auto de carreras que se sale de la pista y otras, de forma muy lenta, como el desprendimiento casi imperceptible de un pedazo de hielo de una enorme superficie o como una brizna, un copo que se eleva. Arriba, un cielo retocado entre azules y después rosas que se acomodan en medio de las nubes, una superficie lista para inspirar, un sitio para mirar cuando la creación apremia, esa carrera del conejo perseguido por un zorro. Luego, llegan las palabras igual al rastro sobre la nieve, patitas, gotas de sangre, olores, ramas quebradas, mucho miedo. Después la relectura, el repaso, la lectura en voz alta que suena igual a un barco que entra a un puerto casi destruido, un lugar abandonado, igual que nuestra certeza.
Escribir poesía a veces es como mirar una lluvia inexistente, sentir las humedades que se van instalando en la ropa, luego en los zapatos. Hacer poemas es enviar naves al espacio, sin tripulación, sin objetivo, por el solo hecho de mirar. Escribir un poema en martes 13 es vencer todo temor, imaginar que la suerte se carga en el dado bueno o que en la mano de pronto se dibuja una luminosa línea del destino, escribir hoy es llamarle al gato negro que atraviesa la noche y deja una estela de oscuridad por donde pasa, pero, de todos modos atreverse a pensar que todo estará bien y desearlo por encima de cada mal conjuro, con el conocimiento de que la poesía siempre es arrasadora.
Jeanne Karen
Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, una de próxima aparición, además uno libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.
Para Monserrat V. que siempre con una sonrisa me alegra los días
Hace pocos días retomé una novela que comencé a leer cuando tenía alrededor de 15 o 16 años. Recordé que en su momento me llamó la atención y pensé en darme la oportunidad de releerla. Además, ya casi es 14 de febrero y todos queremos poseer, de alguna manera, una historia de amor, por lo que me gustaría que sepan un poco más de este libro.
La verdad no sabía qué esperar de la historia, era como entrar en un mundo desconocido con los ojos vendados para luego hacer frente a una historia que provocó varios sentimientos en mí.
El lustre de la perla de Sarah Waters es una novela reconocida dentro de la comunidad lésbica. A decir verdad, creo yo que, la mayoría que la leemos vamos motivados en busca de encontrar una historia de amor tierna y pura entre Nancy Astley (personaje principal) y Kitty Butler.
Pero conforme vamos leyendo nos damos cuenta de que la historia sobrepasa una historia de amor. Conlleva una serie de caminos que se entrelazan y nos conducen a un montón de sobresaltos donde reflexionamos acerca de la desdicha humana.
Nancy Astley es una chica que vive en un pueblo dentro del seno de una familia que vive del comercio de ostras. Ella tiene ciertas preferencias por el teatro y los music-halls, por lo que los fines de semana acude al teatro para despejarse. En este lugar se cruza con Kitty Butler, quién es una joven que hace un número vestida de chico. ¿Y qué creen? Así es, aquí comienza todo el embrollo.
Nancy descubre su sexualidad y se enamora perdidamente de Butler al grado de mudarse con ella a Londres. Esta última le promete que siempre estarán juntas, pero el destino habrá de traerles unas sorpresas que ni siquiera imaginaron.
Ustedes dirán «oye, pero, eso no es más que otra historia de amor». Sin embargo, realmente es una bomba relacionada a la diversidad sexual. Tenemos que tener en cuenta que en esta historia veremos varios puntos que son fundamentales en la vida de una persona que se identifica con un género y una sexualidad distintas a las normalizadas. A continuación, desglosaré unos puntos de reflexión que notarán en la historia:
1.El descubrimiento de la orientación sexual. ¿Qué significa realmente darse cuenta de que te gusta una persona de tu mismo género?, ¿cuántos de los problemas en la historia (basada en la Época Victoriana) siguen vigentes años después?, ¿qué significa tener una orientación sexual diferente en una comunidad hetero-patriarcal?, ¿cuánta violencia engloba el descubrimiento de la orientación sexual?, ¿cuántas puertas nos son cerradas sólo por tener un gusto «atípico» de acuerdo con las normas sociales? Todas estas preguntas las veremos en las desgracias por las que tiene que pasar Nancy Astley a lo largo del relato. Iniciando por el rechazo de su hermana y la postura de Kitty en cuanto a su relación.
2. ¿Y si hablamos de géneros? En el relato se le da gran peso al hecho del travestismo y cómo Nancy descubre que por alguna curiosa razón se identifica más con el género masculino que con el femenino, aunque al mismo tiempo hay ocasiones en las que le gusta hacer elogio de su feminidad. Quizá aquí encontramos una invitación a conocer un poco más acerca de lo que implica el género y las problemáticas que son provocadas por el hecho de no identificarse con las binariedades de género. Por otro lado, surge otra cuestión: ¿qué tipos de discriminación sufren las personas que se identifican con un sexo distinto o con ambos sexos? De nuevo, un ejemplo de este problema lo podemos observar en la manera en que el público ataca a Kitty y a Astley en medio de su función con el pretexto de estar vestidas como hombres.
3. El peso de las palabras. En el estudio del lenguaje existe algo conocido como pragmática. Esta rama de la lingüística analiza la manera y el propósito con el que decimos las cosas. Seamos conscientes de que las palabras pueden conllevar un sentido positivo y otro negativo, o como dicen por ahí, son un arma de doble filo. Es en este punto donde viene la reflexión en cuanto al uso de palabras como «marimacho». ¿Qué tanto odio denotamos al utilizar este tipo de vocabulario con personas pertenecientes a la comunidad?
Si nos damos cuenta, hay varios puntos por reflexionar a partir de la novela. Digamos que si somos amantes de la literatura de género no deberíamos de perdernos la oportunidad de leer este texto. También, si son personas heterosexuales cisgénero que quieren aprender del tema no estaría mal que comiencen con esta lectura para adentrarse un poco en todo esto, es una deliciosa invitación para analizar las diferencias entre sexo, género y orientación sexual y sus implicaciones/problemáticas sociales.
Mi recomendación no sólo es diversa, sino un buen pretexto para disfrutar el 14 de febrero con un amor algo trágico. Más, me gustaría resumir el hilo narrativo de la historia con una frase de una canción de la Barranca que lo ejemplifica y resume muy bien: «no hay placer sin dolor, no es amor si no lastima». Debido a que la novela está al borde de una historia de descubrimiento, aventura, desgracia, desdicha y un final reconfortante. Créanme que la historia de Nancy va a lastimar y mucho, más si son personas sensibles. Tomemos en cuenta que hay amor a montones, erotismo para degustar en pareja o solos en nuestra habitación, frustración por el destino y las desigualdades, problemáticas sociales (no solo de género, sino también aquellas relacionadas con la pobreza y explotación laboral y la prostitución).
Les aseguro que no habrán de arrepentirse de conocer esta historia de amor donde amarán a Nancy, al igual que la van a compadecer y odiar a montones, de esos instantes en los que la van a considerar egocéntrica y narcisista e incluso cruel. Así que, vivamos un 14 de febrero diverso y literario. ¿Qué esperamos?
Posdata: a lo mejor también dentro de la lectura podemos encontrar un mensaje subliminal (más bien irónico y sin sentido, una relación que hice por los apellidos de Kitty) que nos invita a leer y aprender sobre sexualidades con Judith Butler.
Últimamente me siento a escribir y olvido la intención tan pronto como acabo mi taza de café. Hay tantas cosas por hacer, pero al sentarme frente a la computadora a beber el descubrimiento de un tal Kaldi, se detiene el desenfreno del día a día. Es como un pequeño ritual que precede al proceso de perderse en los bucles mentales de la escritura, aquellos donde no debería colarse la larga lista de pendientes, el mensaje de WhatsApp que dejé en visto hace una semana, el paseo del perro y los platos sucios de anoche. Pero tan pronto como se acaba aquel líquido, recuerdo los mandados, las lecturas incompletas; recuerdo que ya no tengo calcetines limpios y que si no lavo ropa en este momento no tendré nada que ponerme.
Me levanto del escritorio y doy por terminada la sesión de escritura. «Pero aún tengo mañana», me consuelo. Al día siguiente lo olvido luego de la cita con el dentista, el paseo del perro, la compra de materiales para «X» o «Y» taller, los estudios, el pago de la tarjeta de crédito. Pronto vendrá el fin de semana donde el descanso obligado aliviará un poco el frenesí de atender las aparentes urgencias de la vida.
Llega el sábado, me siento frente al archivo en Word mientras avanzan las manecillas del reloj. Intento tener una idea en esta carrera contra el tiempo, pero me quedo en blanco. No encuentro ni una palabra. «Lees a tantos autores, escuchas tantos podcasts, hablas con tantas personas, y ahora resulta que no te llegan las ideas», me recrimino. No tengo letras esta noche, menos cuando la pila de platos sucios sigue esperando con el mole pegado del almuerzo.
Esa vajilla sucia es el testigo del día atareado. Cierro la computadora; no hay palabras para mí, solo platos. Enjugo mientras me pierdo en los remolinos mentales, la materia gris se alborota y recuerda todo lo que podría estar escribiendo si no tuviera que cumplir con esta tarea mundana que nos separa de los cavernícolas. La mente comienza a inventar historias, personas inexistentes, vidas apasionantes. Me digo que planear es el primer paso de la creación, como un consuelo por estar escribiendo en la mente, como si trazara las palabras en los restos de comida de la vajilla cada vez más limpia. «Mañana escribiré sobre eso», pienso, enjugando la taza de café.
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Escribe desde la ciudad del sol. Es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Sonora y tiene un Diplomado en Literatura Mexicana del Siglo XX por el INBAL. En 2019, fue seleccionada en el taller literario “Un año, una novela”, de la escuela de escritores del Instituto Sonorense de Cultura. Ha formado parte de diversos talleres de escritura creativa y de corrección de estilo. Actualmente, labora como redactora de contenido y teje letras en el silencio nocturno.
Alguna vez una gran amiga dijo que nuestras historias personales a nadie le importan; lo que importa es lograr sacar de dicha historia el común denominador de aquello que nos pasa, vivimos y sentimos por el simple hecho de ser seres humanos, y me parece que tiene algo de razón. La cultura popular, las y los grandes escritores ponen énfasis en aquello que nos hace conectar con nuestra humanidad, incluso sin importar a veces, los periodos generacionales. Somos y seremos en esencia.
A título de celebración y reflexión en el mes del amor y la amistad (al menos en México), me parece importante hablar de uno de los capítulos de la serie de SheHulk, una abogada experta en materia de derecho y súper humanos. Antes de hablar de la trama, es importante decir que Jennifer o SheHulk es una mujer con dos identidades físicas, una humana y otra de súper humana. En las dos es inteligente, talentosa, apasionada, graciosa y fuerte… y muy hermosa en ambas facetas, aunque sean abismalmente distintas. Lo que sí debe mencionarse es que sin duda, cuando se convierte en heroína, su cuerpo es hipersexualizado, como en muchos otros temas en el que el capitalismo únicamente ve la posibilidad de mostrarnos así a las mujeres.
Bien, pues Jennifer, en su versión de heroína o de SheHulk, decide abrir una cuenta en una aplicación de citas, donde conoce a un chico con el que la pasa increíble en diversos planos de una relación amorosa, sin embargo, cuando él descubre que también existe una versión de ella misma con otro cuerpo, decide que no es ella la persona con la que quiere estar.
Más adelante y por azares del destino, SheHulk es acusada por el uso de una marca registrada relacionada con su versión súper humana, pero que, sin duda, ella ostentó desde siempre, pero le ganaron el registro. Para su defensa, su abogada consideró llamar a este hombre para que testificara que, desde antes del registro de la marca, ella se ostentó como SheHulk
El tipo dio la información que la abogada necesitaba, pero reiteró que a él le gustaba SheHulk y no Jennifer. SheHulk salió del Tribunal ganando su juicio, sin embargo, una felicidad tan grande como como ganar un asunto legal, se vio opacada por el comentario del hombre con el que había salido. Ella le comentó a su abogada, palabras más, palabras menos: ganamos el juicio, aunque sin duda, tendré que ir a terapia.
A lo que su abogada contestó: hay mejores hombres que ese y te los mereces. Ahora resulta que un tipo que solo cuenta con acceso a Internet y que ha encontrado por mera fortuna a una mujer que incluso tiene súper poderes, cree que podrá encontrar a alguien mejor que tú.
Sin duda, todo mundo tiene derecho a elegir qué quiere y qué no en una relación de pareja, pero la cultura popular trata de visibilizar el problema desde un común denominador: es frecuente que en las apps de citas haya hombres sin ganas de un compromiso y que llegan a actitudes como la que muestra la serie, pero no nos centraremos en eso, sino en el sentimiento que desarrollan grandes mujeres al sentirse rechazadas y no elegidas.
Como también se ha reflejado en algunas otras expresiones de la cultura popular, es difícil ser mujer, porque se espera una perfección casi imposible de cumplir. Entonces, nos topamos con una chica que lo tiene todo en exageración, hasta súper poderes. En resumen, es maravillosa. Pero ella no lo sabe, se siente insuficiente. No basta ser SheHulk porque no fue elegida. ¿Nos suena familiar? El hombre de la serie, aunque con sus muchas posibles virtudes, no está para nada cerca de todo lo que Jennifer es y ha logrado tanto en su versión humana como de heroína. ¿Por qué debería sentirse así? Parece ser que por el contrario, ella podría optar por un hombre grande como ella, pero cree que no basta con ser todo lo que ella es, y que dicho sea de paso, no es poco.
SheHulk es una serie interesante porque además de la trama de héroes de Marvel, conecta con esa parte humana de una mujer excepcional, con talento y futuro prometedor a raudales, pero llena de inseguridades. ¿Cuántas SheHulks no hemos conocido en nuestras vidas? ¿Cuántas mujeres grandes se habrán quedado con opciones pequeñas por no sentirse merecedoras?
Este 14 de febrero, les deseo a todas las SheHulks del mundo mucho amor propio, reconocerse como personas merecedoras de todo lo bueno, sentirse orgullosas de ellas y de lo que son, pero sobre todo, deseo que se miren al espejo, reconozcan su grandeza y se sepan completas. El amor comienza adentro.
Natalia Mendoza Servín es abogada y maestra en transparencia por la Universidad de Guadalajara. Se ha dedicado a temas relacionados con transparencia, acceso a la información y privacidad, pero desde el año 2020 ha decido decirle al mundo que ama la causa de las mujeres, así que también es especialista en Estudios de Género por la Universidad Pedagógica Nacional, y ha combinado lo que le apasiona con el feminismo desde entonces. Le gusta hacer análisis jurídico y feminista de las expresiones artísticas, y lo comparte, porque nunca se sabe cuándo esas reflexiones pueden ser útiles para alguien.
La sangre dice el futuro y a mí se me caerá la cabeza.
Mónica Ojeda
Por Silvia Santaolalla
¿No es el duelo una emoción invisible? Yo quisiera ahora quitarme los zapatos y salir a la calle descalza. Ser niña de nuevo y comerme la masa con la que cocinabas. Ser adolescente de nuevo y que me trenzaras el cabello. ¿No es el duelo una locura personal? Poética, caótica, primitiva.
En 1991, Félix González Torres llenó Nueva York con la imagen de una cama vacía. La cama que compartió ocho años con su pareja Ross Laycock. El duelo es esa emoción invisible que permite que mientras el cubano conmemoraba la muerte de su amor, la gente paseaba indiferente a la imagen de una cama vacía. ¿No es eso el duelo? Que mientras yo escribo esto en las escaleras de la casa en la que crecí, la vida sigue para todos los que son ajenos a lo que te pasó. Los problemas cotidianos siguen, los misiles estallan en otras partes del mundo, la gente llega cansada a sus casas, los mensajes se me acumulan, los memes llenan las redes. El duelo es esa niebla que solo es visible para los que perdemos a alguien. Mientras nosotros lloramos y nos abrazamos pensando en ti, allá afuera la vida es indiferente a la muerte.
Al duelo se le gana con algo pequeño a la vez. Levantarse de la cama, comer algo, lavarse los dientes. Pero yo tengo ganas de gestos grandes, como abrirme la piel. O arrancarme el cabello. Hundirme las uñas en la carne. El duelo es una emoción invisible pero también egoísta. Porque yo quisiera que tú estuvieras aquí y nada me doliera. O en su defecto, que a todos les doliera el alma como a mí. Una locura, porque yo he reído cuando otros sufren. Y porque tú en vida decías hija pon música, hija cuéntame un chiste, hija te voy a contar una historia.
Hace un par de meses que no podía escribir. Yo sabía que era la ansiedad de que tú morías y yo llenaba páginas enteras de palabras sin sentido. También supe que no iba a poder hilar una sola frase hasta que todo terminara. Jamás te había escrito algo en la vida, nunca supe atravesar tus ojos verdes a veces traviesos, a veces tristísimos. Al final tu cara ya no era la de la mujer de mi infancia que nos preparaba café bien caliente y bien cargado para que remojáramos galletas dulces.
El duelo es eso que pasa cuando tú ya no estás pero yo sí. Y solo me quedo deseando que veas a Héctor, que veas a mi abuelo, que un día seamos hogar otra vez.
Silvia Santaolalla, habladora, malcriada y rebelde. Escritora y artista visual. La primera de las dos ñañas siamesas. Su trabajo aborda temas como: el género, la sexualidad y el cuerpo. Ha sido publicada en las revistas: Marabunta (2018), Gata que ladra (2019), Punto de Partida UNAM (2022, 2023), Página Salmón (2022), Especulativas (2022).
Hay días en los que no se antoja nada, ni escribir, ni dormir, ni levantarse, días en los que todo parece eterno, pero eterno estático, hasta las ráfagas de viento son repeticiones de otras ráfagas, de otros años, de otro tiempo. Mañanas en las que sale el sol para anunciar un triste comienzo, el terrible inicio del primer acto, el cero, la simpleza del todo.
Y sus tardes, tardes en que ni el polvo de las calles se levanta, tardes en las que los gatos no mueven sus tupidas pestañas ni abren los ojos como la metáfora de una espesa oscuridad que viene de cada rincón, de cada entraña. Tardes en las que el hambre no aprieta, ni aparece, que ni siquiera le importa ya, si tenemos o no tenemos alimento; hambre que es como el miedo, se mueve, comienza haciendo un hueco en el estómago y no es derrotado, sube por todo el cuerpo, es el viaje de la sangre o el instante en que cae un párpado. Tardes para no hacer nada, más que sostener un teléfono celular en la mano, un libro o una taza de té. Tardes para recordar y caminar sobre nuestros pasos, rumiar la rabia. Tardes para caer sobre el sofá de la sala mientras se acerca el último vendaval. Tardes que no se detienen, los relojes que no paran, la mayor tristeza de Auden. Tardes como el eco de los chorros de agua, la no presencia de algo. Un sonido, un frío que recorre la piel mientras el sol está tieso sobre un cielo deslucido; el sol, casi imperceptible con su traje de color plata entre nubes grises y negras. Tardes en que nada cae, tardes ausentes del ocaso en tonos dorados, tardes para quedarnos como las moscas, pegados a un vidrio de la ventana y la luz que no se va.
Y las noches, ruido que revienta en la sien, venas delgadas que se alteran, ojos que quieren con una mirada, descifrar todo lo que se rompe. Noches de gloria, noches para no dormir, para iniciar un viaje o noches para la poesía. Las de la premonición, las noches de la locura. Noches para morir de sed y que la boca seca nos levante de donde estamos para contemplar la larga y oscura cabellera del firmamento, porque ni una estrella se ha atrevido a asomarse, por temor, por venganza, no lo sé. Noches en las que cada pequeño ruido es una emboscada, un enemigo que viene a sorprendernos.
Las horas simplemente no terminan, planas en el final de los tiempos, desierto que nunca se cierra. Por último, el tiempo se revela como él mismo o como ella misma; quizá sea ella, con una carcajada, ella con el destino en la palma de su mano, ella con sus piernas para el baile en la pista del infierno, ella como la relojera perfecta de mil ojos y sus hijas que no se mueven. Horas como la ansiedad de un grito pero sin escándalo. Horas vacías.
Jeanne Karen
Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, una de próxima aparición, además uno libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.
Hoy, 31 de enero, se cumplen 2 años que mi abuela partió del plano terrenal. Ella compartía sus recuerdos y vivencia, el siguiente cuento fue inspirado en uno de ellos.
Por: Liana Pacheco
—¡Bernarda! ¿Qué estás haciendo? Ya te dije que te vayas.
—Pero no tengo a dónde.
—Yo qué sé. Vete antes de que el papá de ese chamaco regrese. —Mi mamá señaló a Argelio, que dormía sin saber que nuestra suerte era más oscura que el tizne del comal—. ¿Crees que yo estoy bien? Mataron a mi hijo y a mi marido.
—Ya le dije que no fue mi culpa —contesté—. No sabía lo que el “Chepo” hizo.
—Pues es tu culpa por casarte con un matón. Ese chamaco tiene sangre de matón. Mejor fuera que lo dejes tirado en el cerro, que sirva, aunque sea de comida a los coyotes.
Por ahí nos encaminamos, en la vereda que llevaba al pueblo, con el morral donde metí mis cosas: dos tortillas tiesas, trapos para usar de pañal, ¿ropa? La que traíamos puesta, nada más. A medio camino pensé en ir a casa de mi madrina Cándida; ella, que con tanta emoción aceptó amadrinar nuestra boda.
Poco me duró la emoción de casarme con José Ponciano o “Chepo”, como le decían. Apenas dos noches antes los policías rompieron la puerta de tejamanil del jacal, buscándolo. Al no encontrarlo, nos llevaron a mi chamaco y a mí. Fue en la celda que me enteré que mi marido mató de un machetazo a mi papá y mi hermano. Lo peor es que ni al entierro me dejaron ir. Mis demás hermanos, igual que mi madre, dijeron que yo sabía dónde estaba el “Chepo” y me reprocharon por casarme con él. Hasta eso me negaron, el desahogo de llorar y despedirme de mi papá y mi hermano.
Cuando llegué a la casa de Cándida la vi en el patio, dormida en una silla de madera que crujía con cada respiro que daba. No tuvo hijos, pero sí muchos ahijados.
—¡Madrina! —grité y la sacudí para despertarla.
—¿Quién chingados…? —Me miró y se levantó. Ahí apretada entre sus brazos y su aliento a mezcal, me solté a llorar—. ¡Ay, Bernarda! Sí que la tienes difícil. Sin marido, sin padre. Con una familia en tu contra y encima con un escuincle de brazos.
Adentro extendió cerca del brasero un petate, ahí puse a dormir a Argelio.
—Pobre chamaco. Mejor deberías dejarlo morir, ni un año ha cumplido y ya lleva en la sangre el estigma de la muerte.
—¿Usted también, madrina?
—Era solo un comentario, no te encabrites, chamaca.
Me ofreció una taza de atole, yo preferí una copa de mezcal. Al poco rato me agarró el sueño. Ahí vi a mi papá y mi hermano, cuando era pequeña y los ayudaba a hornear el pan. Deseé quedarme en ese lugar donde aún estaban vivos y olvidarme de todo, hasta de mí. De repente, un susurró gritaba mi nombre, era una voz como sacudida por el viento y que, en cuanto se acercó, me arrastró con ella a la realidad.
—¡Bernarda! Ese chamaco y tú no han comido en varios días. ¿No tienes hambre?
—No, madrina. Ni hambre, ni ganas de vivir, ya ni miedo tengo de morirme.
—Bernarda, dale tiempo a la vida, el corazón decide cuándo volver a ser feliz. Pero no digas eso, porque si uno ya no tiene miedo a la muerte, ni el Santísimo puede ayudarnos.
Cándida salió al patio y trajo unos ramos de malacatillo, unas flores coloradas y de tallos largos. Me dijo que fuera al río, frotara mi cuerpo con ellas y luego las aventara al agua.
—Si no te cura el espíritu, de algo servirá. ¡Apúrale, Bernarda! Antes de que caiga la noche.
Agarré a mi chamaco y me fui hacia el río. Hice lo que mi madrina me indicó y luego me senté en el suelo a ver cómo la corriente se llevaba las flores, mas no mi tristeza. Deseé que los años volvieran al día que ese mismo río me arrastró, ahí hubiera preferido morirme. Pero el llanto de mi Argelio me hizo volver el pensamiento.
De lo distraída que andaba lo puse junto a un nido de hormigas, de su piel escurrían hilitos de sangre que salían de las grietas que picaron las arrieras. Eso no fue lo que me horrorizó, sino ver que su sangre no era roja, sino verde como el matorral.
—La sangre de matón —dijo mi madrina—. Ese chamaco nació con mala estrella.
—¡Ayúdeme, madrina! Usted sabe de curaciones.
—No, Bernarda. No quiero problemas. —Su mirada perdió la calidez con la que me abrazó apenas unos días antes—. Te andan buscando los topiles. Tu hermana Justina asegura que estás escondiendo a tu marido y que, si él no va a la cárcel, tú sí.
Lo único que le agradezco a mi madrina es que no me delatara. Ya no me interesa lo que Cándida, mi mamá o la gente del pueblo piense. Incluso si la muerte misma anda detrás de mis pasos, no me importa; que venga, voy a enrollar a mi chamaco en un rebozo y lo amarraré a mi espalda, aun así, podré ir más rápido que ella.
La verdad es que tengo miedo, pero creo que eso es bueno; sentir el golpeteo del alma dentro del pecho. A lo mejor mañana o pasado mañana ya vuelvo a tener el anhelo de vivir.
Cuento publicado en la antología: Dualidad de Caos. Premio Literario Parajes 2020.
El otro día me puse a reflexionar un poco acerca de lo que escribo en mis columnas y, como era de esperarse, me di cuenta de que en ocasiones hablo desde el estrés y la frustración.
Por otro lado, también concluí que siempre que me doy a la tarea de escribir una nueva columna choco con una muralla que me imposibilita a comunicarme desde lo mundano y lo sencillo, o al menos, así lo percibo de una u otra manera.
Siempre me esfuerzo por traer una lectura con semejante peso que pueda impactar en ustedes desde el primer momento como una piedra lanzada por una resortera a un objetivo certero. Una lectura que pueda causar un antes y un después como lo han causado en mí.
Me gustaría hacer las mejores recomendaciones, o hacer miles de ellas, llevarlos por el camino de una lectura guiada que les parezca cuan lo menos placentera y emocionante. Algo que los motive a adentrarse en el mundo de las letras, como cuando un niño recién explora el sabor de un chocolate con sus papilas extasiadas queriendo más y un poco más.
Pero me pregunto, ¿cuántas veces realmente logro mi objetivo? A lo mejor por querer decir mucho termino por decir poco y de una manera tan insulsa que hace que todos los textos que les recomiendo carezcan de sentido y belleza. Aunado a eso, tal vez no todo el tiempo nos apetece una lectura larga y reflexiva, como las que acostumbro a tratar de desglosar ante sus ojos. Quizá es el momento de dar un giro y mirar a otros horizontes.
De esta manera, en busca de unos minutos de descanso luego de una tarde exhaustiva de trabajo, me encontré con un texto que cambió mi ánimo y que logró que saliera del dilema de «¿qué lectura habré de recomendar esta vez?».
Imagínense que por una vez en su vida se dan cuenta de la ironía que se esconde en una acción tan rutinaria como una cena con sus amigos.
Sus pensamientos se presentan sin filtros al igual que las impresiones de los que les rodean, al menos aquellas que tienen sobre ellos y sobre ese instante en específico.
Es como si de un de repente se dieran cuenta de que hay momentos en los que el egoísmo y el yo están por encima de cualquier otra situación de emergencia. Por lo que, concluyen que en una situación trágica conocen a los que les rodean.
Fingen para luego dejar de hacerlo, se lamentan cuando en el fondo saben que no quieren aparentar una tristeza falsa, ya que realmente sienten una paz y tranquilidad tan placenteras que prefieren poner un punto y aparte entre lo que los une con cierto grupo de personas que creían allegadas a ustedes.
Ahora, piensen que todo eso se une gracias a la muerte y a la comida, y finalizan por reflexionar en una cuestión, ¿qué delimita lo perfecto, lo hipócrita y lo íntimo? O en palabras más certeras: «¿qué tanto tengo de la persona en mis relaciones cercanas que en momentos difíciles reluce mi sombra?”**
Más, a esto agreguen que la lectura de esta ocasión es un cuento que no les lleva ni diez minutos por leer y lo pueden encontrar fácilmente dentro del material de lectura gratuito que tiene la UNAM de manera digital***.
Ana García Bergua es una escritora que todos deberían de conocer. Una mujer que tiene la habilidad de hacernos reflexionar y reír al mismo tiempo. Te lleva a cuestionar la ironía en actos tan comunes como en el caso de Andrés que no es más que el relato de un joven que está conviviendo con sus amigos y fallece durante la cena y cómo estos actúan de acuerdo al momento que se les presenta.
Sin duda alguna, esta escritora me maravilló con su sencillez para demostrar el verdadero rostro humano como si se tratase de un espejo que nos refleja con nuestros desperfectos más comunes.
Por último, solo me gustaría dejarles la invitación a leer este breve cuento y si les gusta (que casi les apuesto un refresco a que sí) a seguir leyendo e investigando a la autora, así como yo comencé a adentrarme dentro de sus cuentos. Es hora de cuestionarnos a partir de la acción más sutil que nos alberga.
**La teoría que habla de los conceptos de la sombra y la persona corresponde a Jung. Donde el menciona que la sombra es nuestro lado oscuro como personas, la parte que dominamos y escondemos para poder encajar en la sociedad. Mientras que la persona es la parte de nosotros con la que convivimos con los demás y, que, por lo tanto hace uso de las normas, reglamentos y estatutos sociales de lo correcto y no correcto. Si desean conocer un poquito más acerca de la teoría les recomiendo el libro de Teorías de la personalidad de la autora Susan C. Cloninger, o directamente leer los libros y textos de Jung.
Es el décimo mes ancestral de leyendas urbanas macabras, tetzahupapalotl se apropia sobre un escenario resplandeciente.
De pronto una voz:
–¡Mala suerte, sáquenla de casa! «Tetz» huye como si se liberara de cargar el peso de una historia, deja su polen impregnado de rupestre sensación, libre de ataduras.
Microcuento
Elizabeth Vázquez Pérez escribe desde siempreen la ciudad de Puebla, México. Estudió en el Instituto García de Cisneros, facultad de Contaduría Pública en la BUAP (2002). Cuenta con un Diplomado de ensayo literario avalado por la Secretaría de Cultura del gobierno del Estado de Puebla con el autor José Luis Dávila (2019-2020). Ha publicado en revistas electrónicas: revista Hilal Puebla (ensayo Un vicio silencioso, 2020), Revista Foco Literario de Argentina (poesía, Haiku 2021) y Caracola Magazine en México (poesía Degustación, ensayo "Solo ellos pueden hacerlo" , relato " Dos por un cuarto de hora", 2021), editorial CEA España (retos escritura 2021,haiku) , ha publicado en Poesía de morras , Revista "El Cisne"(poesía)Participó en el concurso de Poesía de editorial JBernavil España (2021) con poema MI VOZ,MI Voluntad.
Cuenta con un Diplomado de Mediación Lectora , Fomento a la lectura en FCE .(2023).Su Club de lectura llamado Lectores A marte, ida y regreso el cual pertenece a Clubes de lectura ciudadanos, FCE.