Entre Caos Poético y Textos Perdidos | El fin del mundo : la muerte como vértebra del sentir mexicano.

Por Elizabeth Vázquez Pérez


«24 octubre de 1994: Mi tía tocaba el timbre para invitarnos a observar desde su automóvil el despertar del volcán Popocatépetl que yacía entre ceniza y adrenalina mas no se pudo notar  nada, solo una brasa a lo lejos nos amenazaba para poder ir regresando a casa. Fue donde tuve una sensación de temor por morir que me invadió más que la curiosidad a la que no alimenté. Mejor guarde debajo de mi cama  en una maleta aditamentos y cosas importantes hasta quedar dormida. Esa era mi otra yo guardando el miedo por sentir quizá mi fin aunque la verdad no sería de esta manera, supuse…»

Puede sonar muy trillado el tema del fin del mundo y sin duda existen muchos mitos que a lo largo de la historia  se han divulgado  sin embargo para mí  significa el culmine de la vida, la muerte.

La muerte es un sentir que vive pausado en el ser humano puesto que sabemos que algún día llegara más no sabemos cuando  suprimiendo la idea en el vivir quizá hasta cuando se sea un anciano y esperar a ver que pasa aunque en realidad no se sabe puesto que es un momento y no existe persona alguna que haya regresado para contarlo.


La visualización de la muerte cambia en cada persona dependiendo el contexto, tradiciones costumbres y cultura en la que se desarrolle. Como por ejemplo la tradición en México de los fieles difuntos y de todos los santos festejado el 1 y 2 de noviembre de cada año dónde se hacen diversos altares a los difuntos o muertos que conforman un ritual para regresar al mundo a degustar , las acostumbradas calaveras literarias qué en sus versos reflejan una forma burlesca a la muerte, la ironía del temor.
Por estas razones creo que la sociedad mexicana se fortalece  transformando esta sensación como parte de la tanatología haciéndolo increíblemente consciente y venerado.
Pienso que la muerte  es como la vértebra del sentir mexicano porque se fusiona la creencia con la incredulidad, la fe con la expectativa y la esperanza con la agonía en el último suspiro de vida.
En mi experiencia he retado en diversas ocasiones a sentirla de cerca como la citada anteriormente donde el temor formó parte de mí hasta después de analizarlo bien, donde el contexto era una erupción volcánica . También he visto mi vida en un segundo tras no poder subir a superficie en una piscina que fue lo más cerca de ella que estuve a los quince años.

Foto @lizzie_chknormal28


Conforme pasan los años el temor por el final de la vida  lo tratamos de alejar  como en el juego de la cuerda donde hay veces que se gana tiempo luchando con toda fuerza mientras que en el lado contrario  el hilo de la vida corta con precisión y nos conduce al fin allegado.

Sucede que a veces nos concentramos en el «después de» como los que se mencionan en  diversos libros de biografías históricas donde los personajes  planean su funeral sin embargo aunque se deje estipulado su voluntad no siempre se cumple del todo y eso hasta nuestros días sigue sucediendo.

Mientras llega mi momento sólo diré que el fin del mundo aunque se anuncie próximo de manera global no sabremos que pasará al igual que el nuestro y la manera de visualizar será distinta en cada ser humano por lo que no debe ser motivo de preocupación, no más que sobrevivir.

Yo solo quiero que se me recuerde en el cempasúchil cuando el fin del mundo pase a ser la vértebra de mi sentir, sentir mexicano.

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Elizabeth Vázquez Pérez escribe desde siempre en la ciudad de Puebla, México. Estudió en el Instituto García de Cisneros y en la facultad de Contaduría Pública en la BUAP (2002).
Estudió ensayo literario en la Secretaría de Cultura del gobierno del Estado (2019-2020). Ha publicado en revistas electrónicas: revista Hilal Puebla (ensayo Un vicio silencioso, 2020), Revista Foco Literario de Argentina (poesía, Haiku 2021) y Caracola Magazine en México (poesía Degustación, ensayo "Solo ellos pueden hacerlo" , relato " Dos por un cuarto de hora", 2021), editorial CEA España (retos escritura 2021,haiku) , ha publicado en Poesía de morras , Revista "El Cisne"(poesía)
Apasionada, creativa, no sabe quién es, le gusta escribir. No anda en busca de estilo, sino de retos.

Puedes encontrarla en:

Historias de alacenas, vitrinas y macetas. I Retrato en sepia.

Por Arizbell Morel Díaz.

Photo by Juanjo Menta on Pexels.com

En medio de la ofrenda, Petra colocó mi fotografía más reciente. En ella luzco como si toda mi vida hubiera sido color sepia y jamás una sonrisa se hubiera cruzado por mi rostro enjuto aunque joven. Mi fotografía que contrasta con el colorido de las calaveras azucaradas y el papel picado la mira desde los recuerdos. A pesar de ellos, Petra sonríe. 

Petra siempre me quiso más que cualquier otra persona, solamente ella pondría mi fotografía en esta casa donde las paredes hablan gritando, donde un altar no es para un santo y los perros se han olvidado hasta de ladrar. 

¿Para qué volvería mi ánima a este lugar?

Pero Petra no piensa en eso, ella solo se encarga de ponerme la ofrenda y sonreír con sufrimiento. Petra quien siempre fue más que una buena madre. 

El calor de las velas me gusta. Hace que la habitación sea más cómoda y menos lúgubre. Ni la hojarasca se atreve a entrar con el viento. El amarillo de los árboles se queda pegado en los cristales de las ventanas como si supieran que en este sitio no cabe ni la esperanza de la felicidad. 

Petra sigue limpiando, se dirige a la cocina y comienza a lavar unas ollas. Ella que no cree en los fantasmas pero atesora mi fotografía anhelando que tal vez el mío sí exista.

Hoy, la miro tallar las cacerolas con detenimiento. Petra frunce mucho el ceño. Eso nunca me gustó, no tendría por qué hacerlo. 

Si pudiera decirle que la otra vida es un constante día helado en el cual has olvidado tu suéter favorito, ella solamente se reiría de mis ocurrencias. 

¡Tiene mucha imaginación, Lolita! Me decía cuando en las mañanas, sentadas frente a una taza de café con piloncillo, le contaba mis aventuras del día anterior. Miles de sueños por realizar despierta. Cuando estaba viva me encantaba la idea de viajar. 

Pero no, nunca pude. El dinero, el tiempo, la compañía se interponían entre los miles de planes que encajaba mi cabeza, en los planos de lugares por conocer que ya no existen más. 

Ahora que no necesito ni el dinero pero tengo el tiempo no puedo viajar, trasladarme me parece poco sensato. ¿Quién cuidaría de Petra sino estoy yo para asegurarme de que si cae muerta en la cocina se escuche un ruido?

¿Quién más se alertaría si un día no regresara para apagar las velas de un altar improvisado que le hizo a su sobrina? 

Ella que siempre fue mi única compañía se quedaría completamente sola a escuchar los ruidos de la casona casi vacía. 

No, no puedo hacerle eso. Aunque los años pasen, mi fantasma está ligado a las lágrimas de su rostro, al frío de esta habitación, a la mugre entre los azulejos añejos que ya pueden ser de cualquier color. 

Petra me tiene a mí, a Dolores para cuidarla. Si supiera que estoy junto a ella, tal vez se sentiría menos solitaria, menos abandonada. Entonces, tal vez y solo tal vez, abriría la ventana chirriante para dejar entrar unas cuantas hojas y en medio del altar habría una alfombra de amarillos y naranjas que combinaría con el sepia de mi retrato a medio olvidar. 

Pero Petra no puede saber eso, ella solo talla una olla más. 

Ahora soy una estadística, un número más en los obituarios de la Ciudad abominable e innombrable que está más allá de estas cuatro paredes amarillentas, deslavadas como la blusa de Petra.

¿Qué es una vida? Me pregunto todavía si existe una respuesta. 

Saberlo ya no me afectaría, pero el gato aunque muerto tiene hambre de comprender. La curiosidad nos hace humanas, las respuestas nos matan. Es una muerte lenta la del saber, a cuenta gotas. Despacio, como la erosión, el cuerpo se va desgastando, se va deshilachando hasta que no queda más que un retazo de lo que una fue. 

Ojalá mi muerte hubiera sido así.

Ojalá mis ojos se hubieran secado poco a poco y mi cráneo pulido con el viento, dejando una maraña de cabellos entre los huesos lisos y medio rotos de lo que fue una mujer. 

Pero no, mi muerte fue la de México. A mi muerte yo no la elegí. Él la seleccionó y ella vino a mí. Solo se les olvidó avisarle a Petra que yo ya no iba a venir. 

Entre la ofrenda, ella me busca y adorna la casa con cempásuchitl oloroso esperando que los pétalos, un tanto ya descoloridos, me puedan guiar de vuelta aquí. Petra, que quiere más que nada en el mundo que yo venga a apagar una de sus velas, que coma el dulce de camote y parta la calabaza para hacernos una sopa con ella. Ella, mi madre, mi tía, mi vecina quien todavía desea que yo llegue con las manos rebosantes de papel picado a decirle ¡Qué bella tu ofrenda! ¡Qué colores, qué olores! Pero le falta un muerto para merecerla. 

Al menos, yo te traje una muerta. 

Petra termina con sus quehaceres, voltea a la ofrenda y sonríe. Camina despacio hacia su habitación, hacia nuestra habitación y cierra la puerta con la fuerza que le queda. La escucho sollozando, ojalá pudiera abrazarla. 

Decirle, no fue tu culpa. Estas cosas pasan, aunque una no quiera. En realidad, ya sabía que podía ocurrir…La ofrenda te ha quedado divina, no siempre nos llevamos bien. Petra, mujer, vive tú, aprovecha las horas que a mí ya no me quedan. Sal a correr por los campos de asfalto. 

Yo ya no estoy, olvídate de que existí si es para llorarme. No busques entender, la justicia es una ilusión, un consuelo a la moral. 

Vive, si me quisiste realmente, vive. 

Pero el único ruido que escucha Petra es la hojarasca tratando de entrar por esa ventana. 

Arizbell Morel Díaz.

Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart, Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla con la compañía La Crisálida así como el proyecto “Dame un tenor” de Ken Ludwig seleccionado en el programa “Incubadoras de Grupos Teatrales UNAM 2020-2021” de cual también es co-traductora. 

También se desempeña como asistente de dirección y elenco de “Die Dreigroschenoper” de la Facultad de Música de la UNAM, dirección de Diana Viguri y adaptación de Horacio Almada Andersen. 

Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera” (2021)  y “Barista” (2021).

Fragmentos sobre nuestro nombre secreto

Por Nitz Lerasmo

I

Una sentencia tatuada en las entrañas de un fruto agridulce y prohibido. Degustar aquel fruto nos inició en las visiones del saber esotérico, del conocimiento oculto. Desnudas, nos arrojó a la envidia y a la maledicencia que sufren todas las iniciadas en una aldea de profanos.

II

Grabaron en nuestra memoria la sangre como un castigo. Pero el rubí líquido era un don de vida que fluía, río indómito, entre los muslos.  No quisieron mirar de qué leche se nutrieron y por eso, tras veladas sedas, ocultaron nuestros senos.

III

El odio que otros nos profesaron se volvió una costumbre que terminó por asentarse en nuestras cabezas. El Dios de nuestros amos nos declaró obscenas y voluptuosas. Tuvimos que cubrir nuestros cabellos frente a ellos para no despertar su lujuria. Poco a poco, nuestro cuerpo emuló la forma de la jaula en la que estábamos encerradas.

IV

Hartas de la inmundicia y perversidad que nos adjudicaron, renegamos y maldijimos nuestro cuerpo de mujer que sólo servía como receptáculo de simientes. Piedra en mano, rompimos el espejo que reflejaba nuestra nítida imagen.

V

Soportamos el miserable ultraje y la humillación que lacera la carne del alma. Soportamos, aprendices de aves fénix, las llamas que calcinaron nuestros duros huesos. Soportamos la culpa imputada a la inocente. Y contemplamos la coronación universal del culpable.

VI

Mudas, retornamos a nuestras alcobas para adornar con lágrimas el espejo fragmentado.

Tratamos de unir las piezas, de reconstruir lo destruido. Pero ninguna pieza encajó porque ya habíamos aprendido el varonil arte de despreciarnos entre nosotras.

VII

Las raíces del tiempo se expandieron en todas las direcciones, y el mundo continuó su cortejo fúnebre. Mientras tanto, fuimos vejadas una y mil veces más, calumniadas y ahorcadas por las manos de hierro que nos esposaron. Morimos plagiadas y anónimas, sepultadas en una tumba sin fecha, en un cementerio custodiado por el cielo nocturno.

VIII

Pero cuanto más fuimos odiadas, más nos volvimos temerarias y desobedientes. Nos convertimos en sirenas devoradoras de náufragos. Y entonces, en la oscuridad de la sospecha, aprendimos a adorarnos como se adoran a las antiguas diosas de arcilla desenterradas y redescubiertas.

IX

Con la goma de las estrellas caídas, unimos las piezas del espejo fragmentado. Reconstruimos la imagen, emblema de nuestro rostro. Nos empeñamos en resucitar la memoria. Incendiamos la bandera del olvido que se había erguido en el territorio de nuestro cuerpo. Emprendimos la búsqueda del nombre que nos arrebataron.

X

Y cuando el espejo estuvo listo, acariciamos nuestra imagen reflejada. Besamos aquellos senos y el consagrado monte de Venus. La imagen cobró vida y salió del espejo para amarnos cuerpo a cuerpo, entre iguales. Para amarnos entre cómplices del útero primigenio, el anhelado fruto que porta nuestro nombre secreto.

De disfraces, Chicas pesadas y muchas conejitas

Por Fernanda Loé

En la literatura es común que se presente la oportunidad de ser alguien más, de parecer otra persona, de engañar, de cobrar venganza sin ser descubierto. Todas estas situaciones van de la mano de un elemento clave: el disfraz. La indumentaria siempre ha provisto las herramientas necesarias para permitirnos mostrar u ocultar nuestra identidad. Y claro que estos elementos han sido explotados en su máxima potencia, sobre todo en el teatro, con personajes como Rosaura en La vida es sueño, por ejemplo.

Desde siempre, el disfraz ha representado esa otra parte de nosotros que puede salir a la luz, al intercambiar el rostro que mostramos al mundo por el que nos gustaría representar, aunque sea por un rato. Claro que las intenciones del disfraz pueden ser muchas, ya lo he mencionado, pues no tenían la misma intención Rosaura al vestirse de hombre, que Zeus disfrazándose de Artemisa, por ejemplo. Sin embargo, siempre se reconoce un hilo conductor, que, a mi parecer, es la intención detrás del cambio, es decir, el fin último de aparentar.

Pero para hablar de cómo el disfraz ofrece la oportunidad de ser más de lo que se es, voy a recurrir a películas donde los estamentos sociales son claros y definitivos, es decir, películas de adolescentes, donde uno de los clichés más conocidos es el de escalar por la pirámide social. Así lo muestra la película La nueva cenicienta, estrenada en el 2004 y protagonizada por Hilary Duff. Como bien lo dice el título, la historia está basada en el clásico de Disney, La cenicienta, por lo tanto, la protagonista, Sam, vive con su madrastra y hermanastras, que la tratan con la punta del pie, sin embargo, por su carácter bondadoso, amable e inteligente, soporta todo eso con tal de ir a la universidad con el dinero que le dejó su papá al morir.

Es necesario mencionar que, en la escuela, Sam, junto con su mejor amigo, Carter, pasan desapercibidos puesto que no pertenecen al grupo de “populares”. En esta versión el hada madrina es su amiga Rhonda, mesera del restaurante donde trabaja Sam. Ella, llegado el momento del baile, le proporciona el vestido y el antifaz que será su disfraz. La realidad es que no hace falta nada más para ocultar su identidad, puesto que la mayoría no la nota en el día a día. Así que el disfraz le proporciona la oportunidad no sólo de ocultar su identidad, sino de destacar. Y vaya que funciona puesto que logra hablar con su príncipe azul, el atleta más popular de la escuela, Austin Ames.

Lo interesante es que el disfraz es útil para otros personajes también. Austin Ames en realidad usa un “disfraz digital” puesto que con un nombre falso ha estado hablando con Sam sin decirle su verdadera identidad para evitar prejuicios. Para él el disfraz le garantiza una especie de filtro, evitando que la gente finja simpatía por conveniencia. Por otro lado, Carter, disfrazado de El zorro, muestra una parte de su carácter y personalidad que nunca había mostrado, pues se desenvuelve de manera audaz y confiada. Para él, el disfraz le da el empujón que necesitaba para obtener lo que quiere: besar a la chica más popular de la escuela. Más adelante incluso menciona que sin el traje de justiciero, sus poderes sociales desaparecen.

Otra película en las que los disfraces son icónicos, no tanto por el gran diseño de vestuario sino por la dinámica que generan, es Chicas pesadas del 2004. Cady (Lindsay Lohan), la protagonista, se adentra en el concepto de Halloween, pensando que triunfará, pero está muy equivocada. Acostumbrada a estudiar en casa, para ella todas las “reglas sociales” son desconocidas, entre ellas, la del propósito de la festividad, por lo menos entre adolescentes:

“En el mundo normal, Halloween es cuando los niños se disfrazan y salen a pedir dulces. En el mundo de las chicas, Halloween es la única noche del año en que una chica puede vestirse como una absoluta mujerzuela y ninguna otra puede criticarla. Las chicas más rudas solamente usan lencería y alguna forma de orejas de animales.”

Dejemos un poco de lado todas las implicaciones horribles que eso trae, desde que son menores de edad hasta que se comercializan disfraces cuyo objetivo es convertir a quien lo porta en objetos de deseo. La misma frase insinúa que la crítica puede venir de otras chicas, no de otros chicos, puesto que los hombres jamás se molestarían al ver a las mujeres vestidas de manera sensual. Pero hablemos mejor de cómo esto está relacionado a la pirámide social y obviamente, a la popularidad.

La triada más poderosa está al tanto de la regla, por lo que Karen (Amanda Seyfried) se disfraza de ratoncita, Gretchen (Lacey Chabert) de gatita y la punta de la pirámide social, Regina George (Rachel McAdams) se viste de conejita. Siguiendo al pie de la letra lo antes dicho, todas llevan algún tipo de lencería, desde un corset, un babydoll y hasta un traje de cuero. Lo único que define sus disfraces son las orejas peludas y uno que otro accesorio. El objetivo obviamente es ser sexys, las más sexys de la fiesta. Es casi su obligación como reinas de la escuela. Además, saben de antemano que los ojos van a estar puestos en ellas, no sólo por sus reveladores disfraces. Aunque, como en el carnaval, es el único día del año que pueden ser tan reveladoras como deseen sin ningún tipo de represalia.

Cady, al contrario, cree que el objetivo es tener el mejor disfraz, obviamente aterrador, y caracterizarse por completo para dar miedo. Por lo tanto, se disfraza de una novia muerta, recurriendo a un vestido, peluca, maquillaje e incluso unos dientes falsos. Con lo cual resulta ser la burla de los asistentes, cosa que no entiende hasta ver al resto de las chicas de la fiesta, todas con sus disfraces minimalistas, maquillaje que las hace ver arregladas, botas altas, etc. Este suceso marca una clara diferencia entre quién puede lograr “brillar” en Halloween y por lo tanto, en la escuela, pues como era de esperarse, en la fiesta el chico más popular, Aaron, termina besándose con la chica más popular, Regina, que llama su atención debido a su disfraz.

Y aunque en esta película esto representa una ventaja, una mención honorífica entre el círculo social de las chicas, la situación resulta desfavorable en otras cintas. Un ejemplo de esto es Legalmente rubia, del 2001, donde la protagonista, Elle (Reese Whiterspoon) acude a una fiesta vestida de conejita de Playboy pero esto resulta en una burla, puesto que la fiesta no es de disfraces. La nueva novia de su ex le dice que es con disfraz obligatorio para hacerla quedar mal.

Algo muy similar sucede en El Diario de Bridget Jones, de 2001 también, donde Bridget (Reneé Zellweger) acude a una fiesta que inicialmente era temática de clérigos y prostitutas, pero que al final se convierte en una comida normal. Sin embargo, Bridget no recibe el aviso y tiene que soportar las burlas, comentarios y miradas de todos los asistentes al llegar vestida de conejita.

Como último ejemplo, la cinta Jamás besada, de 1999, en la que el baile de final de año es justamente de disfraces, la temática: parejas legendarias de todos los tiempos. Josie (Drew Barrymore), la protagonista pasa toda la película tratando de pertenecer al grupo de “populares” y como al final lo consigue, eso le trae nuevos beneficios. Consigue como cita al chico más popular y guapo, y por lo tanto, su disfraz tiene que estar a la altura. Pareciera, como siempre, que su vestimenta debe reflejar el estamento al que ahora pertenece. Por lo cual elige disfrazarse de Rosalinda y su pareja de Orlando (Shakespeare). Por cierto, él nunca entiende el disfraz, demostrando el cliché de que o eres guapo o eres inteligente.

Sin embargo, se ve la contraparte de los chicos que al principio eran sus amigos y que no son tan populares pero muy inteligentes. Ellos, representando sus intereses y su escalafón, se disfrazan de cadena de ADN, algo que a los demás no les resulta nada cool, de hecho, les da oportunidad de burlarse de ellos como es costumbre.  Un poco lo que pasa con el disfraz de Ross en Friends (va de Spotnik, un juego de palabras sobre el satélite Sputnik).

Las chicas “populares” por su lado, demuestran también que su elección de disfraz deja ver su personalidad. Todas llegan vestidas de una versión distinta de Barbie. Es decir, son una copia unas de otras, con pequeñas diferencias, pero, al fin y al cabo, una copia. Incluso se quejan de que a todas se les ocurrió lo mismo, aunque más bien, ninguna pudo pensar en un disfraz más ingenioso.

En conclusión, dejando de lado que cada película, por la época a la que pertenecen, tiene algo que hoy ya entendemos como inapropiado (La nueva cenicienta: maltrato infantil, Mean Girls: anorexia, homofobia, El diario de Bridget Jones: gordofobia, acoso laboral, Jamás besada: relaciones inapropiadas entre profesores y menores de edad, etc.), creo que nos regalan escenas icónicas gracias a los disfraces que muestran. Son películas que me encanta ver y que siento que siguen vigentes. Siguen llamando la atención entre el público joven, más allá de sus desaciertos, porque nos acerca a esa ilusión de fiestas de disfraces, maquillaje especial, pelucas, etc. Al fin y al cabo, ese deseo de ser alguien más, aunque sea por un día, sigue vigente.

50 sombras de morado | Escritoras latinoamericanas de la A a la Z, o para que leas la próxima vez que se caigan las redes sociales.

Por Irene González.

En los últimos años hemos visto con muchísimo gusto cómo un número importante de escritoras latinoamericanas se ha ido abriendo paso a través del mundo literario. Muchos años las voces femeninas se vieron silenciadas; a la sombra de una figura masculina, disfrazadas con seudónimos o tajantemente censuradas. Por ello hoy queremos listar en orden alfabético y con hipervínculo, a algunas de estas mujeres cuya obra y trabajo debemos tener en la mira.

Queda un largo camino por recorrer en términos de equidad en el mundo literario, sin embargo al difundir, conocer y respetar el trabajo de mujeres escritoras avanzamos un poco más hacia esa meta y honramos la labor de aquellas que nos abrieron paso. Así que ya sabes, guarda este listado en la pestaña de favoritos y encuentra aquí tu nueva lectura para el próximo día de cataclismos digitales.


Irene González estudió la licenciatura en Arte y Animación Digital en el Tecnológico de Monterrey. Graduada del Diplomado en Literatura y Creación Literaria por “Literalia Editores”, fue miembro del círculo de escritores tapatío “El Jardín Blanco”. Ganadora del primer y tercer lugar en cuento en el “Concurso Nacional de Literatura del Tecnológico de Monterrey” 2011 y 2014 respectivamente. Finalista en el concurso internacional “Novelistik de Ciencia Ficción” 2016. Ha publicado en diversos medios digitales e impresos, incluyendo “Sirena Varada”, “En Sentido Figurado”, “Teresa Magazine”, “Quinde Cultural”, el periódico “La Jornada” y en su blog personal “Dystopian Fantasy”.  

Instagram: @r.irenegon 


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El realismo terrible de una religión con los mal llamados «dioses humanos» y los límites de la comprensión humana reflejados en los mitos griegos.

Por Enola Rue

Lefkowitz en su libro Dioses griegos, vidas humanas: lo que podemos aprender de mitos (2003) comienza planteando el problema de que muchos no siempre leen los mitos de las fuentes originales, sino aquellos mitos modernizados que tienden a trivializar el papel de los dioses. Por ejemplo, la frase errónea utilizada por Edith Hamilton que dice que «los antiguos griegos tenían dioses humanos».

Ahora bien, cuando los escritores antiguos cuentan las historias, los dioses juegan un papel importante e incluso dominante. Los mitos eran fundamentalmente historias religiosas, las cuales narraban sobre cómo llegar a un acuerdo con fuerzas más allá del control humano.

A saber, la Ilíada les enseña que aun los más grandes héroes no podrían haber logrado muchas de sus hazañas sin la ayuda de los dioses, o saber con certeza cuáles serían las consecuencias de sus acciones. Además, los mortales no son conscientes de las acciones de los dioses porque estos aparecen disfrazados o envueltos en niebla.

De igual manera, Lefkowitz señala que cualquier cosa extraña, repentina o impredecible puede ser un presagio. Por ejemplo, nos recuerda la anécdota histórica sobre Creso, el rey de Lidia en Asia Menor (hoy parte de la Turquía moderna) fue al oráculo de Delfos para preguntar si debía atacar a los persas. La famosa y ambigua respuesta fue, según Heródoto en el siglo V a. C.: “Si cruzas el río Halys, destruirás un gran imperio”(1.53.4).

En efecto, Creso olvidó que los mensajes de los dioses suelen tener un lenguaje ambiguo o difícil de interpretar, que estos pueden engañarnos deliberadamente. Como sabemos, un imperio fue destruido, pero fue el del propio Creso.

Con certeza, nuestra noción de divinidad difiere de la de los antiguos griegos. A nuestro entender, o al menos los que se criaron en la tradición judeocristiana, Dios es bueno, se preocupa y quiere en última instancia ayudar a la humanidad. No obstante, para los antiguos griegos, los dioses se mantenían en el Olimpo, alejados de los humanos. Estos no amaban a ninguna persona incondicionalmente. Incluso si se preocupaban por sus hijos, o si se enamoraban de otros mortales, siempre los abandonarían.

Pongamos por caso a Odiseo, un mortal tan inteligente y valiente que nunca se dará cuenta de la extensión de su propia ignorancia y al final de Odisea está a punto de perder todo aquello por lo que ha luchado por su deseo de venganza. Entonces, Atenea interviene para detenerlo, siempre disfrazada y nunca se queda por mucho tiempo. Lefkowitz demuestra que a la diosa Atenea le gusta Odiseo por su ingenio, pero esto no le impide abandonarlo a su suerte por años y tampoco se enfrenta a la ira de su tío Poseidón con el héroe. Entonces, la autora señala que los mitos ayudan a los seres humanos a aceptar los límites de su propia comprensión.

En el mismo orden de ideas, en Edipo y Antígona de Sófocles, los dioses no intervienen para evitar la ruina y muerte eventualmente de toda la familia. Lefkowitz manifiesta que el problema no era que Edipo estaba enamorado de su madre, esa interpretación del mito nos dice más de Freud que de Edipo, sino que, tal como lo relata Sófocles, Edipo no sabía quién era realmente.

Inicialmente, la obra nos muestra como la ciudad de Tebas se encuentra bajo una plaga terrible. Por lo que el oráculo de Delfos, bajo un mensaje ambiguo, le dice que la plaga fue enviada por los dioses porque un asesino estaba contaminando la ciudad. El mismo Tiresias le advierte a Edipo que el asesino no era otro que el mismísimo Edipo. Sin embargo, aquel no le cree e investiga por su cuenta, solo para descubrir que en su intento por evitar la conocida profecía que tendía sobre sí, se las había arreglado para cumplirla.

Sus hijos también sufren otras desgracias. Sus dos hijos se matan en un combate singular y su hija Antígona muere por realizar los ritos funerarios para uno de ellos, yendo contra las órdenes del rey Creonte. De la misma forma, Tiresias le advierte que los dioses deseaban que se realizara el entierro, pero cuando persuade a Creonte ya era demasiado tarde: Antígona, el hijo y la esposa de Creonte se habían suicidado. La obra culmina con el rey Creonte quedándose solo.

Ahora bien, ¿por qué los dioses permitieron que tantas desgracias se sucedieran, cuando pudieron evitarlas fácilmente? Los dioses castigaron a Edipo por un crimen que había cometido Layo. Como dice el coro en Antígona de Sófocles, un crimen lleva a otro y eventualmente los dioses provocan la destrucción de una familia completa.

Ocasionalmente, personajes menores en estas obras aconsejan la moderación y el honrar a los dioses, pero Lefkowitz se pregunta cómo saber que eso es exactamente lo que hay que hacer, si los mensajes que los dioses envían son ambiguos y nosotros tendemos a equivocarnos. ¿Cómo puede alguien saberlo, si incluso los más sabios entre nosotros no están seguros de con quién están hablando?

¿Por qué los dioses no están preparados para ayudar a los mortales a ser menos ignorantes? Lefkowitz plantea que un griego antiguo podría responder que se debe a que los dioses no existen con ese propósito, que ellos están en el poder y solo heredaron a la humanidad como parte del mundo creado por sus predecesores. Los antiguos griegos jamás esperarían en Zeus a un padre que los cuidara o verían en Hera a una madre sustituta, un papel que no sería para la diosa más enfadada y engreída de todas. No obstante, los seres humanos les ofrecían sacrificios y ofrendas en santuarios y espacios sagrados para que los dioses los ayudaran.

Para concluir, la autora nos manifiesta que la principal razón por la que se contaban estos mitos es porque su religión describe el mundo tal como es, con un realismo terrible. Los mitos explican por qué una persona no puede escapar de un destino aciago confiando en su propia inteligencia: en el proceso de evitar la profecía, Edipo se las arregló para cumplirla. También relata como alguien como Antígona puede hacer lo correcto pero, no obstante, morirá y no será recompensada en vida.

Es incuestionable que es una religión en la cual no se puede depender de deidad alguna, ofrece responsabilidades en lugar de recompensas al ser humano. Los mortales siempre recurriremos a otros mortales para recibir apoyo y afecto, porque en el mejor de los casos, la simpatía de los dioses no es menos que distante.

Aun con las claras diferencias entre esta religión y las principales religiones de nuestros tiempos, Lefkowitz asegura que es una religión que busca el cuestionamiento de las divinidades y los oráculos porque ese cuestionamiento ayuda a comprender mejor las limitaciones humanas. Entonces nos alienta a preguntarnos ¿realmente sabemos lo que nos sucederá cuando decidamos “destruir un gran imperio”?

Entre Caos Poético y Textos Perdidos | Feroz Sentir


Por Elizabeth Vázquez Pérez

 La noche se tiende sobre un feroz sentir 
un sentir que no es indiferente  
es un demonio que habita en la comodidad de mi ser,  
fiel durmiente en mi pecho, 
descansa, 
se desplaza con paciencia entre mi cuerpo, 
nubla mi ser, 
aparece cuando no le necesito 
como hiel en la sangre que quiere lastimar.  

Cuando le pienso  se ausenta 
se esconde en el rincón más oscuro de mí 
 es noble.  

Cuerpo y pensamiento 
no se lleva bien con ellos 
es un fiel errante compañero leal. 

Cuando es libre me enamora con sutileza  
me embriaga de maldad 
con su fuego que no cesa 
hasta muy de mañana y 
bebo con agudeza el elixir de su victoria, 
con mis  ilusiones  por debajo de la mesa y 
sobre ella la miel derramada yace con mosquitos  
mientras las flores 
se marchitan suplicando en sus pétalos inmortalidad . 

Me duele el pecho 
quizá porque a ese demonio 
le tengo prisionero la mayor parte del tiempo 
y más cuando le pienso. 
Elizabeth Vázquez Pérez escribe desde siempre en la ciudad de Puebla, México. Estudió en el Instituto García de Cisneros y en la facultad de Contaduría Pública en la BUAP (2002).
Estudió ensayo literario en la Secretaría de Cultura del gobierno del Estado (2019-2020). Ha publicado en revistas electrónicas: revista Hilal Puebla (ensayo Un vicio silencioso, 2020), Revista Foco Literario de Argentina (poesía, Haiku 2021) y Caracola Magazine en México (poesía Degustación, ensayo «Solo ellos pueden hacerlo» , relato » Dos por un cuarto de hora», 2021), editorial CEA España (retos escritura 2021,haiku) , ha publicado en Poesía de morras , Revista «El Cisne»(poesía)
Apasionada, creativa, no sabe quién es, le gusta escribir. No anda en busca de estilo, sino de retos.

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Con ternura, para ti | «Salir a tomar el sol»

Por María Daniela Ortiz Soriano

Las últimas semanas ha estado lloviendo muy fuerte en la CDMX. En lo personal siempre me gustaba la ciudad en temporada de lluvias: el caos vehicular, las inundaciones, la gente que corría desesperada o se aglomeraba en espacios pequeños eran escenarios que me recordaba lo fácil que es desesperarte con un poco de lluvia. Pero esta temporada fue diferente.

Esta reflexión vino a mi una tarde que veía la lluvia caer desde mi habitación. Sentí como de pronto mi vida se sentía igual que la temporada de lluvias más desastrosa, cada parte de mi mente parecía inundarse con lágrimas que no derramaban mis ojos, y cada pensamiento parecía derrumbarse sobre mi calma. La lluvia causaba caos fuera de mi ventana y también dentro de mí. ¿Les ha pasado?

Los sentimientos comienzan a inundar tu mente y no te dejan pensar con claridad, las nubes grises no dejan pasar la luz y pierdes la noción del tiempo. Te vas a dormir por la noche y al despertar, ves penumbras de nuevo. Pero un día no tan lejano, despiertas y al mirar el cielo ahí está el sol de vuelta. Es un día soleado.

Esa mañana que vi de nuevo el sol colarse entre las cortinas mi mamá me despertó con una peculiar orden: “Sal a tomar el sol.” En automático y sin razonar la orden que me dio, yo la obedecí de inmediato. Me puse mis pantuflas y salí al pequeño patio en mi casa en busca del sol que ya se encontraba calentando un rinconcito del patio, donde mi mamá había acercado unas plantas. Me senté junto a las macetas, justo debajo del rayo del sol y cerré los ojos.

En cuanto sentí el calorcito subir por mi piel, con mis ojos cerrados siendo iluminados por el amarillo del sol, entendí porqué mi mamá me ordenó salir a tomar el sol después de pasar varios días de lluvia y cielos grises. Cada rayito de sol parecía entrar hasta los nubarrones de mi mente y despejarlos poco a poco, la luz entraba de nuevo y sentía en su calor un poco de calma mientras las lágrimas estancadas comenzaban a secarse como la humedad en el patio de mi casa.

“¿Te sientes mejor? Acuérdate que somos como las plantas, necesitamos agua, tierra fértil y sobre todo sol, hija”, me dijo mi mamá mientras se me acercaba con uno de esos jugos verdes que tanto le gusta beber en la mañana.

Entendí hace unos días que las temporadas de lluvias no las podemos evitar. Tarde o temprano nuestros cielos se nublarán y las gotas de lluvia comenzarán a caer. Puede ser divertido al principio, justo como yo veía así la lluvia, pero otras veces es tanta la precipitación que te sentirás inundada por tus pensamientos.

Por suerte son solo eso, “temporadas”, y un día simplemente saldrá el sol. Salir a tomar el sol, como dice mi mamá, es una necesidad para nuestro bienestar. Somos como plantas que necesitan agua para refrescarnos, una tierra fértil para florecer y extender nuestras raíces, y rayos que nos reconforten, que nos de calorcito después de tanto frío, que sequen nuestras lágrimas y nos iluminen los pensamientos.

Busca siempre tus rayitos de sol.

Con ternura, para ti.

Maria Daniela Ortiz Soriano. Egresada de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana de la UNAM, y Técnica Auxiliar Museógrafo Restaurador por la misma institución. Sus áreas de interés son la investigación literaria en el campo de dramaturgia y literatura Mexicana, la escritura creativa, investigación en perspectiva de género y teoría feminista, los programas de divulgación cultural, la Museografía y restauración del acervo histórico de la nación, y la participación activa en montajes escénicos.  

«Escribo porque me gusta vivir y me gustan las mariposas.»

De Margarito Ledesma, Chamacuero y ser un humorista involuntario

Por Fernanda Loé Gómez

Hace unos años, en una librería de viejo, encontré un libro que en ese momento compré por su aspecto y por el precio. Estaba bastante amarillo y costaba $15, perfecto para mi bolsillo de estudiante. Otra cosa que me llamó la atención fue el nombre del autor, por lo que llegué a mi casa directo a buscarlo en internet. La sorpresa más grande me la llevé cuando al hojearlo descubrí que eran poemas que daban risa, pero, sobre todo, que estaban escritos de manera coloquial y divertida. Para mí fue extrañísimo por fin encontrar un libro de poesía que no tenía palabras rebuscadas ni hablaba de sentimientos profundos y sublimes.

Así apareció ante mí la poesía de Margarito Ledesma. Todo, desde la portada del libro, es todo un caso. Abajo del nombre del autor se lee “humorista involuntario”, cosa que a lo largo del libro siempre repite. Inicia con una explicación que habla del autor en tercera persona e indica que los poemas contenidos a continuación, fueron mandados por su creador para ser corregidos por el que escribe esta explicación, el licenciado Leobino Zavala. Hasta ahí todo pareciera normal, pero resulta que Margarito Ledesma es el seudónimo de Leobino Zavala, quien creó todo un personaje para publicar su libro, cosa que mantiene hasta la última página.

Luego sigue un prólogo que pareciera ser escrito por un amigo de Margarito, Melitón Palomares, para recomendar la poesía de su amigo. Cabe recalcar que el supuesto Melitón claramente no es estudioso, puesto que el prólogo está escrito de manera coloquial, y sus motivos para recomendar el libro son simplemente porque son amigos y el autor es buena persona. Después, bajo el título de “Dos palabras”, Margarito agradece la insistencia y el apoyo de sus amigos y compadres para publicar sus poesías, como él les llama, recalcando que no es experto ni estudioso. Por último, antes de iniciar con los poemas, se agrega una dedicatoria al estado de Guanajuato, tierra que vio nacer al poeta y a la que le está profundamente agradecido. 

De esta manera comienza el libro, con la portada y un poema que se titula “Portada” en el que el poeta deja claro que lo que ambiciona es el galardón de llamarse poeta, por lo que no le importan las burlas que puedan surgir a partir de la publicación de su libro.

Y antes de que hable de lleno de los poemas, es necesario hablar de Leobino Zavala. Según su biografía, que consulté en la ELEM, vivió en San Miguel de Allende toda su vida, fue notario público y diputado local y federal. Adoptó el seudónimo de Margarito Ledesma para publicar su único libro, Poesías, editado en varias ocasiones y aumentado con nuevos poemas. En lugar de ser considerado un “poeta popular” se convirtió en un «poeta de culto» a pesar de que la crítica literaria lo ha desdeñado. Entre los que lo apoyaban, se encuentra José Luis Martínez, José Emilio Pacheco y Juan Domingo-Argüelles. Por lo tanto, Margarito y Leobino muchas veces se confunden, puesto que el autor construyó toda una identidad para permitirse ser cronista de sus tiempos y dejar claro que era cercano a todo aquello que retrata en sus poemas.

Y como no podemos conocer al poeta sin conocer su obra, voy a ir mencionando diferentes poemas para ejemplificar los temas que abarca a lo largo de su libro Poesías, del que afortunadamente poseo la edición completa. Primero, y como lo deja claro en su dedicatoria, el poeta le tiene un profundo amor a su tierra natal, Chamacuero, de donde saca todos los recuerdos y vivencias que cuenta en sus poemas. En “Dúo poético” contrasta la triste despedida del momento en el que se va con la dicha cuando regresa, para al final declarar:

Y aquí, con honor sincero,

te juro de buena fe

que nunca te abandonaré,

¡Oh, inolvidable Chamacuero!

Como parte del deseo de dar cuenta de su vida en Chamacuero, Margarito también le dedica algunas de sus poesías al lugar y a sus alrededores, como lo es el rio de La Laja, que, según la descripción propia del poeta, corre a orillas del pueblo. No solo es parte del paisaje, sino de la vida cotidiana, ya que, como Ledesma describe, en él las señoras lavan, las mujeres se bañan, la gente hace tamaladas a sus orillas, es centro de reuniones de amigos y escenario de historias de amor. Y al ser parte de la comunidad, queda plasmado en las poesías.

Pero, sin embargo,

yo no te hago cargo

de tantas maldades,

y en mis soledades,

¡oh, rio murmurante!

sueño delirante

con el alma toda

en hacer mi boda

junto a tus orillas.

Al mismo tiempo Margarito es cronista de sus tiempos, cosa que le da un valor diferente a sus poemas. Uno de los temas de los que habla, demostrando la situación en la que vive, es la política. Mediante una crónica chistosa y descarada, critica los procesos electorales, un ejemplo es su poema “Las elecciones” en el que narra que el día de elecciones, hubo tanto desorden que las urnas, que en realidad eran cajones mal hechos, a fin de cuentas fueron robadas por desconocidos mediante balazos y golpes, cosa bastante familiar para los que vivimos en México. Al final dice:

Y de esos modos tan tristes

se acabó la función.

La verdad, para esos chistes,

mejor que no haya elección.

Tampoco falta la crítica social, en especial a los políticos, que en realidad son personas comunes y corrientes que de pronto consiguen un cargo y a partir de eso se comportan muy diferente con los amigos, los enemigos y hasta entre ellos. Además, claro, de la ventaja monetaria que adquieren a costa de su empleo a pesar del poco trabajo que muchos realizan. Todo esto a mayor y menos escala, como él dice, desde el jefe de la comunidad hasta el señor presidente.

Luego luego se fajan pistola

y se aplastan detrás de una mesa,

y muy serios menean la cabeza

y todo el día se están dando bola.

Una característica de la poesía de Ledesma es que muchos poemas son crónicas de su vida en el pueblo, con los diferentes personajes característicos de ese tipo de comunidades y, sobre todo, de la vida diaria con sus altas, bajas y momentos cómicos. Con su poema “En la fiesta titular del lugar”, nos cuenta a detalle todo lo sucedido en la celebración del pueblo, que, entre alcohol, baile, cuetes y más, desembocó en escenas como la siguiente:

Andaba uno de Celaya

que dicen que a la mera hora

se le perdió la señora

y que todavía no la haya.

Como no sólo es cronista de los otros, también de sus propias vivencias, también se detiene a contarnos sobre su casa, sus amigos y hasta sus perritos. Le escribe varios poemas a cada una de sus mascotas, y en “Mis otros perros” dedica unas palabras para los que han sido sus compañeros y para los que en un futuro espera que sean sus animales de compañía:

Porque si no nos preocupamos de su vida

y no tratamos de tenerlo grato,

nos puede dar un mal rato,

pegándonos una fuerte mordida

o arrancándonos la suela de un zapato.

Por último, a Margarito no le pasó desapercibido un tema tan universal e importante como el amor. Lo que sí es cierto, es que lo retrató a su modo, entre risas, quejas, burlas e incluso, doble sentido. A lo largo de su libro narra muchas situaciones que sufren los enamorados: encuentros prohibidos, el desagrado de las familias, los primeros besos, las habladurías que despierta el romance, las relaciones con diferencia grande de edad e incluso los problemas matrimoniales. Como muestra dejo estos siguientes versos de su poema “¿Por qué te tapas?”:

Al pasar junto a mi lado,

te tapas con el rebozo,

¿Pues qué crees que estoy sarnoso

o que estoy descomulgado?

Pues no tengo nadad de eso,

pues mi defecto mayor

es el tenerte este amor

que sin miedo te confieso.

Si no tienes voluntad,

siquiera de contestarme,

yo creo que no hay necesidad

ni menos de avergonzarme.

Así que con todo esto que he mencionado, creo que además de conocer a Margarito Ledesma, podemos llegar a la conclusión de que hay mucha poesía allá fuera esperando a que la descubramos si nos atrevemos a buscar un poco más allá de los estantes de enfrente. Poemas que nos pueden, además de hacer suspirar, remontarnos a diferentes épocas, enseñarnos rinconcitos del mundo desde los ojos de sus habitantes, contarnos cómo era la vida, compartirnos historias sobre tradiciones y hasta servir como chismógrafo. Tal vez incluso corran con la suerte de encontrarse, como yo, un libro de Margarito Ledesma, amarillento, barato y lleno de polvo, vivencias y risas.

Acerc-Arte | 19 de septiembre

Por Reyna Morales

A la memoria de todos aquellos que partieron de este mundo a causa de estos siniestros naturales.

19 de septiembre de 1985. 7:19 am. En cama, sin pensar en nada más que en la buena noticia de no tener que levantarme temprano porque no había clases en mi escuela. Tenía 11 años y nada de experiencia en desastres naturales.

De pronto, sentí como mi cabeza recargada en la cabecera pegaba contra la pared. Mi mamá, alarmada, entró a la habitación a vernos a mis hermanos y a mí, a levantarnos. «¡Está temblando!» decía mientras nos sacaba en pijama, medio adormilados y nos llevó al patio. No se por qué, pero mi papá siempre tuvo un plan de contingencia. Después de que revisó la casa de lado a lado sin olvidar detalles, nos dejó regresar. De inmediato la televisión encendida para ver que decían los noticieros. Ya estaba Jacobo Zabludowsky reportando desde las calles… Todo era escombro, polvo, confusión… Gente corriendo acá, allá, llevando, trayendo… En la cara de los sobrevivientes de aquella catástrofe se reflejaba el desconcierto, el miedo y el dolor. Y lo que al principio fue desorden y destrucción dio paso a lo que hasta hoy en día nos distingue: la solidaridad. Ante la ausencia de cuerpos de auxilio, la gente se organizó y comenzó la ayuda. Mexicanos rescatando a otros mexicanos. Hace ya 36 años…

19 de septiembre del 2017. 13:14 pm. Jornada laboral. Una interesante plática sobre ética con mi compañero de trabajo. De repente sentí que perdía el equilibrio, me iba a caer, y vi toda la estructura de la tienda de autoservicio balanceándose de un lado a otro. «¡Está temblando!» nos dijimos. Acto seguido y de un salto bajamos la cortina metálica del local que ocupábamos y salimos rápidamente. A nuestro paso, personas nerviosas caminando a la salida, otras buscando un refugio… Dos ancianitas abrazadas, no daban crédito a lo que veían. En el curso de Primeros Auxilios me enseñaron a desalojar con calma y sin detenerse para ponerse a salvo. Que si una persona no permite ser auxiliada debemos dejarla y seguir nuestro camino, tratando de desalojar a todo el que se deje. Otra pareja de ancianitos no permitió dejarse llevar. Ni modo. Hay que seguir el proceso… El Jefe de Seguridad con cara entre miedo e incredulidad, radio en mano y paralizado. Sus ojos como platos y sin atinar a nada. Lo dejamos atrás. Había que ponerse a salvo. Al fin afuera. Arremolinados en el estacionamiento. No podíamos creerlo… Y no era para menos. El movimiento fue violento, fuerte. La estructura del inmueble se tambaleaba. Podía verse como se agitaba. Y ese sonido ¡Dios! Ese sonido, ese crujir que aún no me quito de la cabeza. Todavía escucho ese estruendo cuando cierro los ojos. No puedo olvidar como se movía la tienda, como caía polvo del techo, como se tambaleaban los estantes. Algunas cosas se cayeron. Todo esto lo reconstruyo a partir de mis recuerdos, de lo que queda en mi memoria.

Recuerdo sentirme responsable de mi compañero, por eso traté de mantenerme ecuánime y en mi centro. Era mi prioridad. Verlo asustado me hizo pensar en que debía mantener mi cabeza fría. Por eso no rompí en llanto. Hubiera querido pero no era el momento. Tratamos de controlarnos, de estar pendientes.

Hasta que estuve afuera pensé en mi marido -aunque sé que es inteligente, ágil y que sabría cómo actuar ante un evento así-. Y pensé: «¿y si no tengo la posibilidad de decirle que fue una discusión sin sentido y sin importancia? Que lo amo porque siempre está para mi y que sin él mi vida no sería la misma»… ¡¡¡Sentí tanta culpa!!! Cuando por fin pude escuchar su voz, recobré algo de tranquilidad. Mi otra preocupación era mi flaquita, mi niña. A esas horas aun estaba en la escuela, la cual tiene un plan de contingencia; además de que confío en que sabe que hacer para proteger su integridad. Con todo y eso, busqué la manera de comunicarme con ella. Obviamente las telecomunicaciones se bloqueron momentaneamente. No podía comunicarme con ella. Media hora después supe que ella y su novio estaban bien.

Primeras noticias. Por redes las imágenes iniciales. ¡Increíbles! En Xochimilco sus trajineras soportando el agresivo movimiento de sus aguas. Edificios caídos. Desplomes, explosiones. Gente corriendo, llorando, gritando. Polvo. Humo. Otra vez confusión y caos… Poco a poco todos se fueron organizando para nuevamente empezar el salvamento. Comenzaron los civiles, improvisando, haciendo cadenas humanas. Ciclistas y motociclistas llevando desconocidos. Comenzaron a verse los primeros cascos, los primeros chalecos. No había guantes. Cubetas, palas, lo que se pudiera. Y así, una vez más, los mexicanos empezaron a rescatarse a sí mismos. Quise creer que eran fotos de otras partes, de otras catástrofes, amarillismo vil, pero confirmé mis temores con los primeros reporteros llegando a las áreas del desastre. No otra vez. No otro terremoto. ¿Porqué otra vez mi México lindo y querido?

Una tarde tensa. Triste. La tienda vacía. Pocos clientes. Supongo que todos buscaban abrazar a sus familias.

Conforme pasaban las horas, la gravedad se iba descubriendo… Ahora más gente con cascos, chalecos ¡y por fin: guantes! Inició la llegada de fuerzas como la Marina, el Ejército, la Policía Federal, la Cruz Roja, los Topos; perros entrenados para búsqueda y rescate. Frida se convirtió en emblema donde la gente encontró un poco de alivio entre tanta desgracia. Aunque no fue la única. No olvidemos a Evil, Ecko, Eska, Oporto, Titán, Eros, Gery, Kublay y Gala junto a sus binomios humanos… La gente sentía un poco de alivio porque por fin la fuerza pública vendría al rescate.

El resto de la tarde me dediqué a compartir información por redes sociales. Fotos de personas extraviadas, direcciones de los primeros centros de acopio, lugares siniestrados, mascotas extraviadas o encontradas. Nombres, fotos, todo lo que ayudara a informar. Hubiera querido salir corriendo a ayudar, a hacer acto de presencia y ayudar con mis propias manos, pero bien dicen que mucho ayuda el que no estorba. Mi única herramienta era mi teléfono celular y mis redes sociales para compartir. No se si fue poco o mucho, pero era mi única trinchera.

Llegó la noche. No sólo uniformados, no sólo civiles haciendo labores de búsqueda y rescate. Civiles repartiendo agua. Particulares prestando herramientas, su casa misma si era necesaria. Labores pesadas toda la noche. No pude dormir. Aproveché la madrugada para seguir mi labor informativa (hasta el día de hoy, comparto cosas no solo en mis redes, uso los hashtag como #HastaEncontrarte o #unagarritaporfavor por ejemplo). En casa mi familia humana y gatuna a salvo y durmiendo placenteramente. Yo agradecida con Dios por darme la oportunidad de vivir y de estar juntos. Pero sin llorar. Un nudo me bloqueó. Un nudo que ya conozco y que anteriormente tardé casi 10 años en romper.

Para alguien tan nacionalista como yo, ver derrumbada mi ciudad, mi país en ruinas, fue algo muy doloroso. Pero no pude llorarle. Cada vez las noticias eran más duras, cada vez nacían y morían las esperanzas. Fue ver como se detenía el tiempo, como se mantenía estático.

Después del caos inicial, vino un poco de orden. Ayuda de todos lados. Gente que venía de todos estados. Gente que tenía muy poco, compartiendo con quienes no tenían nada. Fue enternecedor ver llegar jóvenes de todas partes a ver en que podían ayudar. Conmovedor ver jóvenes, casi niños, dedicándose a organizar, a transportar, a clasificar. Algunos eran buenos para cargar, otros para acomodar, otros para administrar, otros para compartir información. La gente volcada en los autoservicios para adquirir víveres para compartir. Me impactó ver anaqueles semivacíos, carritos llenos de latas, desabasto de agua potable, y no por acaparamiento, sino por ayudar…

Fue sorprendente ver, como ya lo había mencionado antes, tanta gente joven, tantos millenials, a quienes recriminamos por su falta de interés, por su indiferencia, su inactividad y su falta de compromiso. Los creemos egoístas y apáticos ante todo. Pero ese día, nos dejaron con la boca abierta. Prácticamente todos se lanzaron a las calles a ayudar, a crear centros de acopio, a ir a los lugares -cercanos y lejanos- dañados por el terremoto, coordinando la logística. Como si siempre hubieran sabido que hacer. A los mayores nos tocó ayudar reactivando la economía… A ellos les toca reconstruir un país. Pero, ¿saben qué? Si esto hubiera sucedido en los 90’s, mi generación hubiera hecho lo mismo. Me tocó una generación de jóvenes cobrando conciencia ya del cambio climático, con una incipiente lucha por los derechos humanos. Una generación con el sueño de la no discriminación, de igualdad, de antirracismo, del bien común. Sólo piensen: nos tocó el fin de la guerra fría, la caída del muro de Berlín, las campañas de Green Peace y Benetton. La caída del Apartheid y de la Perestroika… Crecimos con la idea hippie heredada de «amor y paz». En los 70’s, John Lennon había compuesto la canción «Imagine». En los 80’s y 90’s nos llegó el mensaje… Y los hijos de mi generación supieron interpretarlo y llevarlo a cabo de manera magistral. Me atrevo a decir que estos millenials, hijos de la Generación X, captaron nuestro mensaje. Siempre creí que nuestra lucha, nuestros ideales habían muerto. Ahora veo que no.

Los días han pasado. Hemos pasado de la emergencia a la reconstrucción. Falta mucho todavía. Hay que recargar energías y volver al trabajo, a levantar nuestra gran nación. La consigna sigue en pie más que nunca: «Aquí hemos de fundar nuestra nación […] y grandes cosas habrán de suceder» (Mito mexica de la peregrinación). Sabemos de pérdidas, de dolor, de sufrimiento, de injusticias. Pero si algo distingue a nuestra patria es su tesón, su ingenio y su necesidad de seguir existiendo.

Esto no nos va a derrumbar. Es sólo una prueba más a nuestra fortaleza. Una experiencia más que contar a las siguientes generaciones.

19 de septiembre del 2021. Cuatro años ya. Cuatro años de seguir levantando al país. La misión no ha sido fácil, pero ha sido un ejemplo de que aún en la situación, los mexicanos no sabemos dejarnos caer.

Falta mucho. Desgraciadamente, la corrupción lo empantana todo. Aún así, seguimos de pie. Espero pronto podamos decir «¡Estamos listos pa’ lo que sigue!» Por ahora sólo queda trabajar para el futuro. Vamos avanzando. Y como siempre, nada nos va a detener… Aunque una nueva amenaza nos ronda y pareciera que de pronto nos alcanza y nos supera… Se llama indeferencia e ignorancia, ante el peligro de una pandemia que no da tregua. Tal parece que algunas personas esperan ver ruinas para reaccionar… Pero ese es otro tema del cuál ya tendré oportunidad de abordar.

Mientras tanto sigo en mi trinchera, apoyando, aportando y compartiendo cada vez que sea necesario. Sigo atenta.

«En tanto, mientras exista el mundo no acabarán la gloria y la fama de México Tenochtitlan»

Memorias de Culhuacan

Cambio y fuera.