De recuerdos, aventuras y reflexiones|Ella es así

Por Tania Farias

Ella llegó con un poco de retraso a la cita que teníamos para comer; todos estábamos ya alrededor de la mesa. Con la sonrisa que la caracteriza saludó a mi esposo, le presenté a la pareja de amigos que también nos acompañaban y, después, se dirigió a mi hijo, al cual no había visto desde que este tuviera unos dos años. El niño ahora alcanzaba la misma estatura que ella, quien con su metro cincuenta acostumbraba contonearse con soltura por la ciudad. Y por supuesto, como ya era recurrente entre nosotras, no pude evitar el hacer la remarca de lo pequeña que era y, como de costumbre, también me respondió con la misma espontaneidad de siempre que « los mejores perfumes siempre vienen en frascos pequeños ».

Más tarde, acompañamos a mi marido y a mi hijo a la estación de tren; ellos irían a casa de mis suegros en la región de Normandía y yo me quedaría en París durante toda la semana. Mi amiga, la cual conozco desde mis primeros días en esa ciudad veinte años atrás,  me daría hospedaje no solo a mí, sino también a una prima y una tía que llegarían al siguiente día. 

Esa noche, las horas no fueron suficientes para ponernos al día. Teníamos dos años sin vernos y, probablemente, el mismo tiempo sin conversar de verdad. Ella tenía que trabajar al siguiente día y yo sufría de un cansancio impresionante por el jet lag y la fatiga general del viaje (tenía apenas veinticuatro horas en el país), pero eso no fue impedimento para que habláramos hasta el agotamiento. 

A ella la conocí una noche de septiembre en un evento organizado por la agencia de au pairs que nos había reunido en París. Todas las asistentes a la cena teníamos en común nuestra juventud, nuestras ganas de descubrir otras culturas, de vivirlas, de aprender otro idioma. Las nacionalidades eran variadas. Por un lado estaban las rusas, por otro, las que hablaban inglés; en otra mesa se habían sentado las alemanas, y en otra, estábamos las latinas. En esa ocasión la mayoría veníamos de México, a excepción de ella, la única colombiana.

Nuestra amistad, en otras circunstancias quizás habría sido improbable, pero el destino nos había reunido y con el paso de los meses habíamos comenzado a tejer lazos que continúan creciendo aún hoy en día, cuando el tiempo y la distancia nos separan. 

Con ella aprendí otra forma de ver el mundo, de sus experiencias de vida que no habían sido siempre las más sencillas, de sus ánimos por no dejarse vencer y siempre luchar aun cuando las circunstancias fueran las más adversas, de su alegría contagiosa, de su terquedad, en ocasiones, insoportable. Ella es de esas amigas a las que puedo dejar de ver por años, pero el día en que nos reunimos pareciera que nos hubiéramos visto el día anterior: la comunicación fluye sin complicaciones, aun cuando se llegue a atorar de vez en cuando por la testarudez de cada una; y hasta somos capaces de iniciar una pequeña pelea que acaba en un abrazo después de que alguna fue lo suficientemente madura para reconocer que había ido demasiado lejos. 

Ella es la amiga a la que la confianza me permite pedir alojamiento, en una de las ciudades más caras del mundo, no solo para mí, sino también para mi compañía. No solo nos abrirá las puertas de su casa; además liberará tiempo para pasarlo juntas. Ella es la amiga en cuyos brazos lloré desconsolada con el corazón roto, y quien a su vez, mis brazos la recibieron cuando fue su turno. Ella es la amiga con quien ir de fiesta, es una verdura rumba pues acaparará todas las miradas con su sabor único para bailar. Ella es la amiga que corrió a mi lado cuando la maternidad me agobiaba y sentía que me consumía. Ella viajó hasta donde yo me encontraba y con sus propias experiencias de madre, me mostró que era capaz de ocuparme de ese chiquitín que Dios me había mandado. 

Ella es unos de los ángeles que me envió la vida para hacer mi camino por la tierra más placentero. Ella… ella es así.

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Arrebol de azul cerúleo | Vals de media noche

Maleni Cervantes

Esa noche pareciera que todo sucedía cual lo había planeado. Afuera, en el cielo, resplandecía una hermosa luna menguante convexa rodeada de pequeñas estrellas que figuraban ser las principales bailarinas del Waltz No. 2 de John Campbell que resonaba en la bocina que se encontraba en el recibidor. Mientras que los pinos, encinos, cedros y madroños les hacían segunda al dejar llevar sus hojas al compás del viento que las mecía de una manera delicada, pero constante.

Adentro, en la cabaña, yacían las velas que alumbraban de manera tenue la habitación que tenía vista al cielo estrellado y al denso bosque. En el ambiente la tranquilidad denotaba la paz que solo el amor puro puede traer consigo en una noche de otoño.

Al centro del lugar, una mesita con una botella de champaña Brut, dos copas tipo tulipa y un plato repleto de queso Comté, parmesano y gouda. Sin contar un sobre color café que pareciera sacado del siglo pasado por sus tonalidades, aunque con un hedor a café recién tostado.

“X” miraba a “Y” descansar en el sofá frente a la ventana. Nunca se había deleitado de una manera tan exorbitante al ver a ninguna mujer. Era la primera vez que una fuerza indescriptible la llevaba a querer situarse frente a ella de rodillas para suplicar cuan lo menos una mirada que le regocijara al corazón.

Sin embargo, para esa noche, tenía planeada otra acción maestra. Se acercó a ella, le tendió la mano y le propuso danzar tan sólo una canción. “Y” accedió, se puso de pie y pegó su cuerpo al de “X”. Comenzaron a bailar con pequeños giros, suaves y fluidos en un compás de tres por cuatro.

Exquisito es el olor de una fragancia que te es conocida, como el perfume de la persona amada. La música, la elegancia de un buen baile, la atmosfera en la que dos almas cruzan miradas y se entrelazan para siempre.

“X” contaba en su mente los días, meses y años que había esperado para que llegase ese momento. Recordó las veces que oró en silencio a un Dios que le parecía silencioso. Si tan sólo “Y” supiera lo mucho que la amaba desde el primer instante en que sus labios habían tocado los suyos en más de una ocasión.

Luego de la canción, sin perder más el tiempo, “X” actuó su papel de amante del siglo XIX, recogió el sobre de la mesita de centro y se arrodilló frente a su enamorada. Mientras en su rostro un pequeño rastro de sudor contrastaba con el brillo amarillento de las velas.

«Hay ocasiones en las que el corazón es un caballo sin jinete que lo guie por el sendero de aquello que se considera factible y correcto; es como si de un hilo dependiese la cordura de su fulgor, de la pasión de un sentimiento que es tanto incontrolable como imprescindible. Y, el día de hoy, quiero que comprendas cómo mi alma se aferra tanto a la tuya, así como si la vida misma dependiera de ello. Por ti esperaría la letanía de un desconsuelo que quema la razón por el aturdimiento de un amor incomprendido. Por ti estaría dispuesta a postrarme de rodillas mañana, tarde y noche con la devoción de un fiel al santo más predilecto. Debo de confesar que mi corazón quisiera seguirte fiel, cosecharte como una camelia roja por la cual late sediento y de manera tan ardiente por lo que la llama de mi deseo es tan inextinguible como la primera ocasión en la que tu aliento se topó con la barrera de mi cuello; es como si mi alma se abrazara a la idea fervorosa de que eres el lirio más blanco y perfecto, ese que es un deleite para la mirada, la belleza de la naturaleza misma al contacto de la sensibilidad del hombre; pero es que, aun así, mi ser entero se aferra a ti con el amor de un clavel rojo que he de entregarte sujeto a la cola de cabello que llevas hoy atada a los hombros. No sabes cuántas noches lloré en silencio, deseando estar frente tuyo, sujetar tu mano entre las mías, confesar todo esto que llevo en el pecho, todo lo que callo, mas te expreso con miradas de abstinencia, cual droga encuentro en tus besos. Hoy quiero entregarte lo más puro que me queda, la inocencia de un amor absorto por la luz de tus ojos, por la perfección de tus labios en la sonrisa que se traza en el lienzo de tu rostro. Hoy quiero pedirte que, si existen otros mundos paralelos o, incluso en este mismo, seas la mujer que me acompañe como si fuésemos una misma, tal cual en la inoculación de los árboles que esta noche nos rodean. Quiero tener la dicha de despertar por la mañana, observarte dormir, acariciar tus mejillas, reacomodar tu cabello, y amarte con la intensidad con la que ama la parte más profunda de un artista que no se cansa de esculpir la belleza de lo efímero que es la vida. Hoy quiero pedirte que seas tú, la mujer de lo que me resta de tiempo en este mundo terrenal. ¿Quieres ser mi fiel compañera de aventuras, deseos, nostalgias y anhelos?».

En el fondo de sus oídos, la sonata se había detenido. Al igual que todo lo que la rodeaba. En un instante, el mundo se paralizó, se detuvo a la espera de una respuesta que se comprendería entre un monosílabo de afirmación o negación, un juego en el que el corazón se esconde precipitado en lo más profundo de la carne humana.

La tensión se sujetó a sus mejillas y a una sonrisa forzada al igual que alguien que cuenta los segundos para escabullirse entre las calles y rostros que le son desconocidos. ¿En qué momento una coincidencia se toca con la punta de los dedos cual la delicadeza con la que una mirada conserva el recuerdo de un ser semejante?

Ahí estaba “X” tan enamorada como hacía doce años. Para cumplir una promesa nunca susurrada por sus labios. Esperando atenta a que el anochecer diera paso a un sol que aturdiera la mirada más diestra. Con una mano sujetando la carta que había escrito una noche a la luz de las velas y con la compañía de la luna. Mientras que en la otra mano sujetaba la de su amada.

Acto seguido de soltarse las manos y la carta, para buscar en el bolsillo del pantalón un anillo de compromiso que comenzó a colocarle en el dedo anular izquierdo. Un minuto eterno en el cual el pulso le fallaba, la respiración estaba entrecortada y sus labios tartamudeaban palabras inaudibles.

Y, el acto final, culminó con un beso en el que sus labios se entrelazaban en un ir y venir desesperado como con la presura del sueño que acaba de vislumbrarse ante sus ojos. Cuando se toparon por primera vez, saludándose de manera formal e inequívoca con un «buen día».

La destreza de un destino que recién comenzaría. Cuando de un sueño despertamos y nos aferramos a una sonata de unos audífonos destartalados como la realidad inmediata que nos absuelve de los pecados y los deseos más ocultos. Un sueño que inicia en el imaginario y se apodera de lo más tangible a nuestros sentidos.

Raíz Invertida / La Fuente de los Deseos

Me transporto al pasado, cuando tenía 8 años y pensaba que tenía la fuente de los deseos en mis ojos, no en la mirada, en los ojos. Tengo un recuerdo muy vívido de mi mamá diciéndome que cada vez que se me caía una pestaña y una persona me la quitaba de la cara, la ponía entre sus dedos y yo adivinaba si estaba en el dedo superior o inferior, podía soplarla y pedir el deseo que quisiera y se me iba a cumplir. 

A los 8 años yo tenía la fuente de los deseos pegada en los ojos, a lo que mi mente inocente pensó porque desperdiciar TANTOS deseos esperando que se que caigan las pestañas cuando yo tengo el libre albedrío de decidir cuando los quiero, después de todo la fuente de los deseos está en mi cuerpo, desde ese día empecé a comprender la esencialidad de decidir sobre mi. Empecé a pedir tantos deseos que un día la mirada la tenía vacía y no solo porque no se cumplían si no que me estaba quedando sin fuente de los deseos. Cuando mi mamá vio que me estaba quedando sin pestañas empezó mi primera lucha sobre MI CUERPO MI DECISIÓN, yo iba a ser la niña sin pestañas por decisión propia hasta que se me cumpliera por lo menos un deseo, esa fue mi primera lucha y sí claramente la perdí. Mi mamá me revisaba todos los días como iban mis pestañas y claro a medida el tiempo pasaba, las fui recuperando.

Fui recuperando las ganas de desear, pero me crecieron más las ganas de luchar porque no se me olvida el día que perdí mi primera lucha por la decisión de mi cuerpo, por querer que mis sueños se hicieran realidad. 

A la niña de 8 años que llevaba la fuente de los deseos en los ojos le digo, que ahora sigo pidiendo deseos, sigo soñando en grande, solo que no espero que se me cumplan por una pestaña caída, si no por hacerme nudito con las almas conscientes que también vienen soñando y llevan a su niña interna de 8 años también luchando por decidir sobre sus sueños, deseos y sobre todo sus cuerpos.

Amelia Serrano Arias (Honduras, 1994) escritora, ilustradora, diseñadora gráfica y activista feminista. Tiene una licenciatura en Diseño Gráfico y una maestría en Escritura Creativa por la Universidad de La Rioja. Su obra transita entre la poesía, la narrativa íntima y la ilustración, abordando temas como el cuerpo, la memoria, la espiritualidad y la lucha por la igualdad.

Dos de sus poemas han sido publicados en antologías en Chile y Colombia, y su trabajo literario ha aparecido en diversas revistas virtuales mexicanas. Forma parte de redes feministas que impulsan los derechos de las mujeres y la equidad de género.

Piezas de un alma simple

Fe

Escrito por: Alondra Grande

Ponerte en pie, cada día, aferrada
como polilla a las luces de neón,
donde se pierden las estrellas
de esta ciudad indigna.  

Decidir quedarte, permanecer,
seguir respirando como acto de fe,
como promesa constante,
como plegara elevada a ningún dios.

Dejar que corran los días de agosto
y entre sus lluvias se lleven tu pesar.
Pensar que mañana habrá calma,
calmado será el cielo
para que puedas volver a volar.

Que tus pulmones se cubran de aire,
que tus tormentas se vuelvan risas,
que entre las sombras Tánatos
no bese tus manos vacías.

Cada día, al despertar, deseo que encuentres
motivos suficientes que te hagan seguir:
respirar tranquila, levantar la cara
volver a sonreír.  


Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 25 años de edad, psicóloga, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.

Los árboles y las pantallas que me rodean | Árbol de mango


Por Mijal Montelongo Huberman


La primera casa donde viví ha sido la mejor por diferentes razones, la principal es porque había muchas plantas rodeándola pero sobre todo había un gran árbol de mango en el patio trasero.

Su presencia promovía la de muchos animales: hormigas, arañas, escarabajos, cucarachas, ardillas, águilas, pájaros carpinteros, colibrís, mariposas, lombrices, gusanos quemadores, entre otros.

Me encantaba descubrirlos y observarlos, e incluso intenté criar a algunos. Ellos iban y venían pero el árbol siempre estaba allí. Aunque no era inmutable sus hojas alargadas cambiaban de color: amarillo, verde y café cuando estaban secas. Ellas se le caían constantemente (las cuales yo tenía que recoger) sobre todo después de mucha lluvia y algún norte. Le salían de vez en cuando unas flores blancas con amarillo y rosa diminutas en comparación con toda la estructura del árbol, le crecían unos frutos verdes y redondos pequeños hasta formar mangos del tamaño de un puño, esos mangos se caían con un ¡plaf!

Si apenas estaban madurando los podíamos recoger aunque no nos los comíamos porque no eran tan dulces y eran muy fibrosos. Si ya estaban maduros se estrellaban contra el piso y si no limpiábamos sus restos después de unos días se volvían cafés y negros.

Los animales que vivían con nosotros en esa época interactuaban de maneras específicas con el árbol: las ardillas construían nidos en las ramas a mayor altura, se comían los mangos y después los tiraban mordisqueados. Nuestros gatos afilaban sus uñas en el tronco y lo trepaban.

Un día mi hermano perdió a su iguana y resultó que estaba en una de las ramas más altas, aunque todavía de buen grosor, así que la recuperó sin problema.

La primera perra con la que conviví únicamente comía los mangos que caían de él en sus últimos días de vida.

La forma del árbol invitaba y aceptaba que él fuera trepado también por personas, no sin antes superar ciertos desafíos: el tronco principal tenía una ligera pendiente como una rampa hacia arriba que desembocaba en una «U» con ramas gruesas que podías abrazar y si tomabas vuelo a unos metros de distancia se podía subir corriendo por el tronco. Eso hacía mi hermano constantemente, yo como buena hermana menor intentaba imitarlo sin éxito ya que no era simple. Una vez ahí teníamos que empezar con la cabeza agachada para que no se nos atorara con las cuerdas para tender la ropa, bajar un escalón, esquivar un poste que sostenía un toldo y subir un escalón de la jardinera donde había varias plantas para llegar al centro donde estaba el árbol. La corteza del tronco tenía rugosidades y hendiduras, entonces los tenis tenían mucho agarre.

Había que dar entre tres y cuatro pasos sobre el tronco inclinado para llegar a la » U», agarrar la rama de la bifurcación a la derecha porque era la más próxima, allí nos podíamos quedar y contemplar el patio desde tres metros de altura. ¡Pero subíamos más!

Normalmente nos íbamos a la derecha porque esa rama era accesible y tenía más agarres. Lo que buscábamos era explorar al máximo el árbol.

Mi hermano se apiadó de mí y de mis intentos infructíferos por subir por el tronco. Me hizo una polea con una cuerda hecha de cinturones de taekwondo que pasaba sobre otra bifurcación para que yo me pudiera subir sola. Al principio, no podía hacerlo y él me ayudaba, pero no siempre estaba en la casa entonces eventualmente logré llegar con mi fuerza. Para trepar al árbol no solo tenía que subir hasta el tope de la cuerda, también tenía que agarrarme de una rama y jalarme para pasar las piernas sobre ella y estar realmente sobre el árbol.

Estas maniobras implicaban restregarme contra la corteza rugosa y al final terminaba con varios raspones en las manos, los brazos y las piernas. De hecho, todavía tengo unas pequeñas cicatrices en el dorso de una mano de esa primera vez que logré trepar al árbol sin ayuda de nadie. Los esfuerzos valían la pena por el hecho de haber llegado.

Mi hermano descubrió la manera de subirse al techo del segundo piso de la casa por el árbol. Siempre quise hacer eso también, nunca lo logré. Me imaginaba que era un lugar mágico de paz y soledad. Supongo que lo fue para él, un lugar escondido completamente expuesto al cielo y al que nadie más podía llegar todo gracias al árbol.

Las casas de alrededor también tenían árboles. Un día las vecinas de al lado decidieron talar uno de los suyos lloré bastante un rato al verlo porque la ventana de mi cuarto había tenido como vista ese árbol. Mi mamá cerró la ventana y las persianas para que ya no lo viera pero todavía podía oírlo. Sufrí mientras escuchaba la motosierra cortar la madera y los pedazos del árbol caer.

No entendía por qué alguien querría deshacerse de uno cuando eran parte de nuestro entorno.

Me imaginaba lo que podría sentir el árbol de mi casa si decidieran talarlo y me llenaba una gran desolación. No estoy segura de si sigue el árbol de mango que me acompañó en la infancia, pero prefiero pensar que sí. Me da mucha tristeza imaginar que un ser tan majestuoso y lleno de vida ya no exista.

Después de esa casa con el árbol de mango nos mudamos a otra también en Tampico pero con muchas menos plantas pero ninguna que pudiera trepar ni admirar.

Ahora llevo años viviendo en un departamento en la Ciudad de México donde hay varias plantas en macetas pero dependen completamente de las personas, no son un ser propio, independiente e imponente como lo fue el árbol de mango, los parques cuentan con árboles altísimos incluso más de lo que fue mi árbol sólo que la diferencia es que todos esos son pasajeros no forman parte de mi vida. En el futuro anhelo como muchas personas tener una casa aunque lo veo poco probable. Deberá tener un árbol gigante y preferentemente de mango.


Mijal Montelongo Huberman (México, 1996). Estudió la carrera de Biología y la maestría en Ciencias Biológicas con enfoque en Ecología en la UNAM. Es traductora, divulgadora y educadora científica. Ha publicado artículos de divulgación científica y de investigación, traducciones literarias, cuentos y minificciones. Siempre está acompañada de libros, perros y gatos.

Puntuación: 1 de 5.

Colaboraciones| Poemas Paulina Hanay Apolinar


Juegos


Entre el juego y la verdad,
¿Dónde ha sido verdad?
no lo sabemos
o tal vez sí.

Jugaste, jugué, jugamos,
¿con culpables, con responsables?
No lo sabemos
o tal vez sí.

¿Rota?

Me has dejado rota,
¿Rota? –preguntó ella.
Sí, rota – respondí, con la voz en pena.

Ella te rompió,
No sanaste y me rompiste yo.

Amor te ha faltado,
Compañía no te han dado,
Fidelidad jamás te ha llegado.

No rompas, no rompas,
El amor me acompaña,
La fidelidad en mi ser no se daña.

El ciclo podrá huir,
Mas no dejo de resistir.

¿Cómo pretendías amarme tan vagamente?

¿Cómo pretendías amarme tan frágil,
Si yo soy auténtica, fuerte y ágil?
Yo, tan floral, tan llena de vida,
Por el poco amor que me ofrecías perdía.

¿Cómo pretendías amarme así, tan vagamente,
Si mi alegría exige de un amor valiente?



Paulina Apolinar (Mérida, Yucatán, 11 de septiembre de 2005) es estudiante de Comunicación Social en la Universidad Autónoma de Yucatán. Apolinar, como le gusta ser llamada, se caracteriza por su alegría y su conexión con las amistades, la familia y los colores que le dan vida a su mundo.
Le apasiona aprender lengua maya y capturar instantes únicos a través de la fotografía. Ha publicado el ensayo La relación entre la comunicación, el arte y el amor y el poema ¿Me creerías? en el Blog Libropolis UNAM (2023). También se ha desempeñado como reportera en la revista Ecos: Expresión Estudiantil (2024) y ha participado en exposiciones fotográficas como El Museo a través de Mis Ojos en el Gran Museo del Mundo Maya (2023) y Miradas en el Centro Cultural Mid Guía (2024). Además, es miembro del Colectivo Weech (2024-2025).

Puntuación: 1 de 5.

Colaboraciones| Cintura estrecha


Por Noemí Ester Marmor

Argentina


Se miró, desnuda en el espejo, asombrándose de la figura que vislumbró.

Una sonrisa burlona se le perfiló en la boca, contrastando arruguitas de hilaridad.

Su mirada bajó a la zona abdominal, y recordó lo orgullosa que estaba de su cintura cuando era adolescente: ahora, la grasa instalada le evocaba el cambio que cada embarazo produjo en su cuerpo. 

En principio lo había vivido en forma dramática, cual una pérdida irreparable, manándole lágrimas de los ojos mientras amamantaba a sus hijos. Ahora le hacía una gracia tremenda.

Todos esos estúpidos “defectos” que la amargaron por sus treinta, en la cincuentena perdieron totalmente el sentido.

Se arrepentía de haber escondido su panza en una malla enteriza, cuando amaba el color que el sol le pintaba en la piel. Ahora usaba biquinis sin culpas ni complejos. Al que no le gustara su cuerpo, que no lo observara…

Lo que sí debía admitir eran los cambios espirituales que el tiempo dejaba como una impronta imborrable, que iban más allá de concepciones estéticas, o autovaloraciones.

Su mirada. Ella recordaba muy bien como era, cuando joven. Tenía dulzura, un brillo de esperanza por cumplirse, una frescura de flor recién abierta…

Ahora veía una dureza acerada, un escudo protector que escaneaba la realidad con crudeza feroz.

Su parte tierna, quedaba escondida por un laberinto de emociones que año a año se acomodaron, ladrillo sobre ladrillo, para cuidarla y alertarla, ya perdida la espontaneidad e inocencia de una época de oro.

Su sonrisa se hizo más ancha, y le salió una carcajada, a la vez que las lágrimas afloraban ante el descubrimiento frente al espejo: le dolía mucho más las veces que la vida le había roto el corazón, reflejadas en sus ojos, que las carnes ensanchadas y flojas.

Y así, entre divertida y triste, se descubrió riendo escandalosamente, en pelotas, burlándose de la tragicomedia de la vida, mientras sacudía jocosamente la grasita de su panza…


Sobre la autora

Biografía
Cuentos publicados: 
Hoy día Córdoba, diario físico: Convocatorias “De amor y terror” 
y “Ciencia ficción”.
“Antología APAIB”, 2019, Argentina. 
“Antología Beatle 2020” Editorial Hoja por Hoja, “Eleonora”, 2020.
Plaquette “Sangre de tu sangre”, Ediciones Winged, 2020, 
México.
Columnista de la revista digital mexicana Rigor Mortis, con el personaje “Edgard, el 
coleccionista”.
lll Concurso literario Camp de Túria, microrrelatos, “Cambio de dieta”.
En junio de 2021, la editorial Passer, de España, lanza su novela “La misión de Muriel”. 
Este libro se presenta, de manos de la SADE, (sociedad argentina de escritores), de la 
Feria del Libro Córdoba 2022 en la Agencia Córdoba Cultura, y en el Museo de las 
Mujeres, disponible en su biblioteca, seleccionada por su contenido.
“Pentágono”, novela de terror, Passer Ediciones, 2022, España.
Antología Winged, Editorial Winged, 2022, México.
Artículo en revista Pluma y Papel, de Passer Ediciones, 2023.
Cuento “La Juana”, Mención, Consurso Internacional “Córdoba 450 años”, SADE CÓRDOBA, 2023, Argentina.
Cuento “Morocha”,Diario de la SADE, septiembre 2024.
Lectura en la Feria Internacional del Libro 2024, stand Deodoro Roca, SADE, Argentina, Córdoba capital, “

Edición: Elizabeth Vázquez Pérez

Puntuación: 1 de 5.

Cartografías del Instante| Bitácora de una madre

Bitácora de una madre

Por Anyela Botina

I

Te digo que el día en que naciste hacia un sol inmenso. Desde la ventana miraba un cielo limpio, sin una sola nube. Conoces esta historia, habita en ti como tus manos, tu cabello, tu rostro. Te digo también que el sol quiso conocerte primero, y por eso apartó todas las nubes. Entonces, sonríes y tu boca, sin pronunciar palabra, es el origen de este mito.

II

Siempre me ha parecido que tus ojos buscan un lugar para ser, me miras y te apoderas de algo mío que te pertenece.

III

Cuando me miras recuerdo que alguna vez fuiste una bebe, y cuando buscas mis brazos para dormir recuerdo tus movimientos en mi vientre. Quisiera pensar que siempre estaremos así, tu y yo en el tiempo, unidas por un cuerpo nuestro, un cuerpo profundo al que se le escapa la vida por las grietas.

IV

Cuando supe que crecías en mí, en las noches cerraba los ojos y te sentía: eras como una burbuja de aire que descendía desde mi ombligo hasta la pelvis. Nunca se lo conté a nadie; creía que eran solo cosas mías. Ahora, cuando quiero conversar contigo, te cuento estas cosas. Tú sonríes, quizás piensas que son ocurrencias de tu madre, pero lo que quiero es que sepas que tejí tu cuerpo con mi sangre y mi historia, con mi carne y mi palabra.

V

Después de tu nacimiento, fuimos dos cuerpos, elegí tu nombre, lo dije a los demás para que también pudieran llamarte así, para darte un lugar de todos los posibles en los que ahora podrías estar. Ya no mas en mi vientre. Te di un nombre para ofrecerle a tu cuerpo una casa.

VI

Sentir el cuerpo agrietado y que por las grietas se filtre el viento, el frio. Si, volverme mas sensible al frio. Sentir que la tristeza se me escurre por las grietas. Desear quedarme en la ducha, recobrar mi cuerpo, unir lo roto. Escribir mi nombre muchas veces para traerme de vuelta. Visitar mi armario, encontrar mi ropa de antes del embarazo, no encontrarme en la ropa, no encontrarme en la piel. Alimentar su cuerpo, sentir que no es suficiente, que llora porque no es suficiente.

VII

Pasé nueve meses tejiendo una manta que nunca llegaste a usar. Fue en mis manos mientras tejía que supe como llegarías a ser. No te dio abrigo, pero terminé colocándola sobre mis hombros, porque era mi espalda la que dejaba abierta la entrada al frío.

Dicen los antiguos que la gente solía tejer sus propias mortajas, como quien se prepara pacientemente para el final. Yo siento que, aunque tú nunca usaste la manta, yo ya sabía que iba a necesitar un lugar que me sostuviera.

Quizás fue sólo un azar, una coincidencia, pero hacerse una vida son muchos actos echados al azar y tejerse un nuevo cuerpo no es más que contarse de nuevo la historia de nacer y morir. Quiero pensar que ese tejido hecho con mis manos me recogió en la tristeza, y fue el útero donde volví a nacer.

VIII

Todos nacimos primero de un mito, nacimos de una palabra, ¿No ves que Dios dijo “hágase la luz” y la luz se hizo o que también se cuenta que “el Verbo divino se encarnó”?. Las palabras que te dieron origen tejieron un rayo de luz que atravesaron la oscuridad, figuraron tu cuerpo, yo camine por ese lugar oscuro, intuyendo lo que serias, no fue con los ojos, no te miraba, pero te sentía en el calor de mis manos y en el dolor con el que te hacías un espacio en mi cuerpo. Al nacer toda la oscuridad se vacío y te entrego en mis manos que fueron tu primer nido.

***

Anyela Botina (1993. Pasto, Colombia). Soy profe de filosofía y hago reseñas de escritoras latinoamericanas en Tejiendo Historias. Escribí dos libros que se titulan Desarraigos (2022) y Aucas (2024). También, puedes escucharme en los podcast Pola y Letra e Historias de Barbaros. Puedes visitarme aquí 👇

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De recuerdos, aventuras y reflexiones|Mi eterna compañera

Por Tania Farias

Desperté de un sobresalto. El aire parecía escaso, mi corazón latía acelerado, como si estuviera participando de una carrera, y podía sentir la pesadez de la ansiedad en el pecho. Era un sueño turbio el que me había despertado, pero no lograba recordarlo con exactitud; tan solo habían quedado imágenes confusas y distorsionadas que revoloteaban en mi cabeza. Tenía ganas de llorar y deseaba salir de aquella cama, tomar un carro y viajar los casi 250 kilómetros que me separaban de él. Las dudas me asaltaban y la reciente desgracia que había azotado a un campamento de verano en Texas no aliviaba mi sentir.  

           La razón de mi desasosiego, de esa crisis de ansiedad en medio de la noche, era que esa mañana había acompañado a mi hijo de once años y lo había dejado en su primer campamento de verano. Para varios de mis conocidos, y habiendo vivido en Canadá, esa era una actividad común. Incluso, muchos de ellos habían enviado a sus hijos a edades más tempranas. Para mi esposo y para mí era algo nuevo, no desconocido completamente; mi hijo ya había realizado viajes escolares con anterioridad. Pero esta ocasión sería diferente. En el momento en que acepté inscribirlo supe que sería un ejercicio de aprendizaje para mi hijo y para mí. Por un lado, él disfrutaría de dos semanas llenas de actividades físicas y recreativas, en un ambiente seguro y vigilado, pero lejos de casa y de sus papás. Para mí, sería un momento para hacerle frente a mis aprehensiones.        

           La ansiedad y yo hemos sido siempre grandes compañeras: la recuerdo desde mi infancia, presente cuando papá llegaba con retraso a casa o a buscarme en casa de mi abuela, o cuando la maestra había dicho algo y yo lo había interpretado como negativo hacia mí o cuando alguna amiga no me había hablado en la escuela al cruzarnos durante el receso. Un cúmulo de ideas invadían mi cabeza y pensaba siempre en desenlaces terribles. A lo largo de los años he aprendido a vivir con ella, aun cuando su presencia, en muchas ocasiones, me haga la vida muy compleja. Más bien, he aprendido a vivir a pesar de ella.

           Sin embargo, desde el nacimiento de mi hijo, mi eterna compañera ha alcanzado una nueva magnitud y, verlo crecer, aun cuando lo hago con orgullo y admiración por ser partícipe de lo maravillosa que es la naturaleza, la ansiedad llega con nuevos temores cada día, los cuales se acumulan y, a veces, me cuesta respirar. Quisiera tener la capacidad de mantenerlo a salvo de cualquier peligro de la vida. Pero comprendo que mi deseo es querer guardarlo en una burbuja, lo cual es imposible. Sé que debo soltar poco a poco, darle su espacio, su tiempo, pues el objetivo al final del día es hacer de él un adulto responsable, independiente, empático, capaz de forjar su propio destino.

           Lo más difícil de todo fue no tener noticias de él. Los días pasaban y la angustia me atrapaba por instantes durante los cuales tenía que convencerme a mí misma de que todo estaría bien, que de seguro él estaba disfrutando al máximo de la experiencia. Revisar las esporádicas fotografías que eran publicadas en las redes sociales del campamento era la única manera de saber de él, aunque no fuera de forma inmediata, pues las fotografías llegaban a cuentagotas; cada dos o tres días, con suerte. Inspeccionaba las imágenes tratando de encontrarlo y aun cuando solo se percibiera su suéter, su gorra o sus zapatos, era una bocanada de aire fresco la que llenaba y una vez más podía darle un receso a mi perenne compañera… hasta el día siguiente.

           No voy a mentir, el momento en que lo vi detrás de las mesas de recepción, el día en que la sesión del campamento terminó, las ganas de llorar llegaron como un caballo a galope; deseaba gritar de alegría y correr hacia él. Pero respiré hondo, pues sé que a su edad una muestra tan grande de afecto podría incomodarlo. Sonreí, caminé hacia él y lo apreté contra mí dejándome invadir por la sensación de plenitud de tenerlo de nuevo conmigo.

Decir que he vencido a la ansiedad después de esta experiencia sería de gran soberbia, además de una verdadera sandez, pues ella sigue a mi lado en cada paso que doy. Sin embargo, la experiencia me enseñó que soy más fuerte de lo que a veces me concedo y que la vida es un proceso.

Como no quiero alimentar más a mi eterna compañera pensando en el futuro, en el momento en el que mi hijo tenga que dejar definitivamente el nido familiar (a pesar de que ese tipo de reflexiones llega de improviso y me hace saltar un respiro), trataré de vivir el día a día; por el momento, mi hijo solo tiene once años. Más adelante… ya veremos.

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Por Illari Alderete

Atraída por el olor a incienso, entré en la tienda de brujerías, así le dice una amiga que vive en la Santa María la Rivera, el lugar parecía lúgubre, tenía adornos de gatos negros y en las repisas se vendían objetos mágicos; santos, símbolos, frascos, así como una amplia gama de hierbas. Desde siempre me han atraído los lugares así, los olores son un gancho implacable para mí. Dicen que soy un sabueso. Tras el mostrador me atendió una chica, de aspecto agradable, una girly que contrastaba de manera extraña con el lugar. Al mirarme, sus palabras fueron contundentes, ¿qué buscas?, ¿estás perdida? Quizás fueron dichas al azar, pero algo en ellas me resonó. Me quedé quieta. Dijo que podía hacerme una lectura de tarot gratis, si quería. Pese a mi natural atracción por las cosas sobrenaturales, intuyó en mí la incredulidad , así que me describió el ritual, comenzaría por decirme quién era yo y si lo deseaba podría preguntar por mi futuro. Accedí, la tarotista encendió una vela y otro incienso, colocó el mazo de cartas frente a mí, me pidió que dijera mi nombre completo en voz alta y que pensara en aquello que quería saber. Mezcló las cartas y me indicó que eligiera tres cartas. Sobre el futuro sólo me daría un consejo. Las cartas que salieron, fueron la torre, el as de bastos y la emperatriz; el cambio, los inicios y la fertilidad. La lectura tardó más de treinta minutos, yo me perdí entre las palabras, la explicación de las formas y colores, y los significados, cuando llegó a la última carta me dijo y ¿bien?, ¿te hablo del futuro?, acepté: debes confiar en que todo lo que deseas se cumplirá, confía en tu instinto, no hay que hacer nada más. 

Salí de allí aún más perdida de lo que entré, ¿Qué es lo que deseo? Al decir mi nombre no recuerdo haber preguntado nada, pero sus palabras sobre el futuro me abrumaron. ¿Cómo identifico mi instinto? Cuando era niña elegir era fácil, hoy podía ser presidenta, mañana profesora, escritora, científica, pero ahora no sé qué deseo hacer con mi vida. ¿Será que el destino existe? y si es así, ¿cómo saber que lo estoy cumpliendo? 

La palabra destino, me suena grandilocuente, me imagino solamente destinos heroicos; Hércules, Atila, Aquiles, Odiseo, no me imagino a Penélope, Ariadna, Medea, Perséfone, ni mucho menos a Medusa. Qué agobio ser alguno de esos héroes y ¿si no logro cumplir con mi sino? Prefiero ser Penélope y no tener ningún papel protagónico. 

Penélope
(Toma 1)
Lleva años así, dicen. Años
ya sin cáscara, enjutos. 
Trabajando en la misma tela
demorada, sus manos
han aprendido a moverse
como peces sin ojos, sin 
necesidad de que algo
las guíe. Años tejiendo 
un larguísimo tapiz, 
escena tras escena, 
a puerta cerrada. Años, 
demasiados,
hilando figuras con el escrúpulo
de quien ensarta venas
en un cuerpo, con el cariño
demacrado de quien trata
a un huérfano. Desteje 
cada noche la tela, dicen.
Pero se equivocan.
La tela se alarga y se alarga
igual que todos estos 
años flacos, sumando 
nuevas figuras a su 
historia sorda: hombres
echados que apenas 
se alimentan de flores,
gigantes de un solo ojo
de madera, criaturas brutales,
mitad mujer, mitad pájaro,
boquiabiertas. Marineros 
perdidos, ahogados, devorados,
convertidos en cerdos. Y,
en medio de todo, Odiseo
navegando preciso y cansado
hasta llegar a las costas
desmemoriadas de su isla,
disfrazándose de mendigo
para entrar a su propia casa,
traspasando la puerta justo ahora.

 Adalberto Sánchez Hernández. (Febrero 2023)

Revertir el destino es uno de mis deseos, pero ¿qué es el destino? Quiero pensar en el origen de este vocablo, el prefijo des-suele sugerir lo contrario de la palabra raíz, tino significa trayectoria u objetivo, quizás, como pensaba Aristóteles, el fin es tomar decisiones avocadas a la felicidad. ¿Quién fuera Medea sin la carga de la historia? Su destino fue liberarse y liberar a su prole. Tal vez únicamente siguió su instinto y ese tenía que ser su final, como dictan los pre-deterministas, entonces ¿Qué derecho tenemos nosotras/os de juzgarla? Lo que nos queda como lección es que sobre el deseo de los demás predominó la rebeldía de Medea. 

Admito que no sé lo que deseo, puedo enumerar lo que no quiero como un manifiesto, no pretendo un mundo injusto, lleno de opresiones, quiero ser capaz de huir ante los mandatos del mundo, quiero ser capaz de decidir sobre mi camino, ser dueña de mi propia muerte.

 Mi ideal está ligado al de Yeong-hye, personaje principal de La vegetariana de Hang Kan, quien con su vegetarianismo desafía las costumbres coreanas,  deseo convertirme en árbol. O tener múltiples conciencias como en Canto yo y baila la montaña, ser lluvia, rayo u oso, ¿qué hay del destino de estos seres? Y si el destino está formado por una voz llena de tradición, impuesto por una colectividad anónima como en «La lotería» de Shirley Jackson o por una sin razón, que nos lleva porque sí a la tragedia.

Quisiera tener, al menos un poco, la valentía de Elf, personaje de Pequeñas desgracias sin importancia de Miriam Toews, quien pese a que ha obtenido todo lo que una persona podría desear, busca su propio camino, en contra de las ambiciones de su hermana y su madre, y cuyo desenlace, al igual que el de Yeong-hye y Medea, se plantea enigmático, pues contraviene el sentido de la vida misma.  Mas solamente puedo ser como Yoli, la hermana de Elf, que dice:

«Yo no recuerdo lo que soy. Yo soy lo que sueño. Yo soy lo que espero. Yo solo soy lo que no recuerdo. Yo soy lo que los demás quieren que sea. Yo soy lo que mis hijos quieren que sea.”

Yoli. Pequeñas desgracias sin importancia de Miriam Toews

¿Cómo escapar a las exigencias de todos?, ¿de las cartas?, ¿del destino? Así sea el más benévolo, prefiero hacer mío el camino más sinuoso que aquel que se torna llano por designio. Mi historia no se llenará de grandes logros u odiseas. Sólo soy escritora de una columna en una revista digital que disfruta escribir porque sí, aprendiz de lo que su instinto le dicta y que deliberadamente me guía por un camino cuya fortuna desconozco.

*Penélope manda a Ulises a dormir al sillón». Periódico de poesía. UNAM. México.https://periodicodepoesia.unam.mx/texto/penelope-manda-a-ulises-a-dormir-al-sillon/

Illari Alderete

Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi un año cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.