De recuerdos, aventuras y reflexiones|Les Sablons

Por Tania Farias

Miré hacia arriba y por varios segundos me quedé como pasmada, sin saber cómo haría para subir esa escalera que me parecía infinita; mientras mis  manos apretaban, con intensidad, las asas de las enormes maletas que llevaba conmigo: sesenta y cuatro kilos de ropa, zapatos, libros y objetos preciados, que se habían convertido en mi todo desde el día en que había decidido volar del nido familiar y explorar nuevos horizontes lejos, muy lejos de donde había crecido.

Después de la sorpresa causada por una « simple escalera » y antes de que el pánico se apoderara completamente de mis sentidos, mi cerebro se puso a trabajar a mil por hora tratando de idear la mejor forma de subir aquellos escalones cargando mis pertenencias. Había escuchado muchas cosas sobre París, por supuesto, en su mayoría, de personas que nunca habían vivido en la ciudad, pero que la habían visitado con frecuencia y, entonces, se sentían con la autoridad moral para lanzar un veredicto, casi siempre negativo.

Sin embargo, no tuve que encontrar una solución. Esta apareció de la nada mientras yo continuaba totalmente abstraída en mis elucubraciones. Sin siquiera preguntar, un joven que, supongo, adivinó la situación en la que me encontraba al verme inmóvil a los pies de esos escalones, tomó las dos maletas, subió las escaleras y al llegar a la cima, las soltó y emprendió su camino sin mirar atrás ni permitirme expresarle mi agradecimiento. Su acción fue tan espontánea y rápida que no tuve ni el tiempo de crear escenarios catastróficos en mi cabeza, pero, dada mi naturaleza “inventiva”, estos llegaron segundos después, cuando ya afuera de la estación volvía a coger las asas de las maletas y veía al chico alejarse hasta perderse entre la gente. No, no me las había robado, sino simplemente había sido un ángel salvador al brindarme la ayuda tan necesaria. En mi primer día, un parisino me había mostrado que la amabilidad, contrario a lo que se me había pregonado, era también parte de su ADN. Un presagio, tal vez, de lo que sería mi vida allí.

Miré alrededor, me encontraba sobre una avenida bulliciosa, de anchos y varios carriles; la gente iba y venía por entre las múltiples tiendas, los restaurantes y las oficinas. Volteé a la derecha y, a lo lejos, distinguí con agrado el famoso Arco del Triunfo. Después, miré hacia la izquierda y mi vista se detuvo en el moderno Arco de la Defensa. Entonces, volteé hacia el lugar de donde había salido: la estación en sí no tenía nada en particular, no era una de esas estaciones con una entrada en Art Déco, ni el interior contaba con frescos en sus paredes o un diseño especial, pero el nombre se quedó bien marcado en mi memoria: Les Sablons. Hasta aquel momento desconocida, nadie podría decirme que esa estación se volvería el principio y el fin de muchas de las cosas que estaban por venir.

Como un pequeño animalito que sale por primera vez al mundo, comencé a explorar con precaución mi entorno y poco a poco empecé a expandir las distancias. Al principio, solo ingresaba a la estación para salir unas paradas más adelante; después, empecé a desplazarme en el laberinto subterráneo de la ciudad y nuevas estaciones aparecieron ante mis ojos. De la misma manera fue con los horarios. En un inicio entraba y salía de Les Sablons con la luz del día, pero pronto me fui permitiendo salir de allí al caer la noche; y no pasó mucho tiempo para que mis entradas a la estación fueran con la noche ya bien avanzada, antes del último tren del día, o que mis salidas fueran hasta el día siguiente con el sol en el horizonte anunciando el amanecer.

En un reciente viaje a París, después de más de quince años de haberme mudado de esa ciudad, no tuve la oportunidad de ir hasta la estación de Les Sablons, estación por la cual entré y salí tantas veces que mis pies aprendieron a desplazarse por ella con familiaridad. El destino había querido que todo el tiempo que viví en la ciudad, seis años, por si alguien lo pregunta, nunca hubiera tenido que utilizar otra estación para llegar a casa, a pesar de haber cambiado de domicilio cuando me casé. El único cambio que fue necesario fue el tener que utilizar una salida diferente de la misma estación, pues al casarme, mi nuevo hogar se ubicaba cruzando la avenida de Charles de Gaulle, al lado opuesto de donde solía vivir. 

A pesar de no haberme ido hacia la estación de Les Sablons durante mi reciente visita,  verla señalada en los mapas del metro había sido suficiente para transportarme hacia aquella época en la que era mi punto inicial y final de una jornada. Una sonrisa se dibujó en mi boca al recordar algunos momentos de complicidad con amigas mientras viajábamos en el metro y nos dirigíamos hacia mi casa, cansadas, después de haber pasado toda la noche bailando y cantando en algún club de la ciudad. También recordé algunos instantes en que la juventud se me había subido a la cabeza y había hecho alguna tontería, que afortunadamente no tuvo mayores repercusiones en mi futuro. Y como a toda alegría suelen seguirla momentos de tristeza, la sonrisa se me borró cuando me recordé viajando en el tren con el corazón roto, para salir corriendo por las mismas escaleras que me habían parecido eternas aquella primera vez que llegué a Les Sablons, y subirlas cargando no ya con el peso de mis maletas sino con el de mis emociones.

Recuerdos tristes o alegres, ahora ya no me importa la clasificación que les toque, pues al final recuerdos son y, a la vez, son la certeza de que un día, ya lejano, mi vida cotidiana la vivía entrando y saliendo de aquella estación. 

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Tramas Humas | Odio al Odio

Hace unos meses, una noche cualquiera, mi papá me invitó a acompañarlo a un centro budista. Estaba explorando un camino espiritual y quiso compartirme algo de eso. Acepté, sin saber muy bien a qué iba, pero con la curiosidad de quien busca entender el mundo un poco mejor.

Esa noche, entre paredes sencillas, aroma a incienso y la calma inusual del lugar, un monje nos guió en una meditación. No era solemne, ni rígido; hablaba con una tranquilidad firme, como quien ha peleado muchas veces con sus propios demonios y decidió hacer las paces.

En cierto momento, el monje dijo algo que se me quedó grabado:


“Odiar a quien te hace daño es como pegarle al fuego porque te ha quemado.”

Lo dijo despacio, con intención. Luego explicó que muchas veces confundimos a las personas con el odio que las atraviesa. Que el odio es como una sombra que se apodera de alguien por un momento, pero que no lo define. “No odies a la persona —dijo—, odia al odio que la habita.”

Nunca nadie me lo había explicado así.

Ese día entendí que el odio no se trata solo de violencia o rabia descontrolada. Se trata también de lo que elegimos hacer con el dolor que otros nos provocan. De qué parte de nosotros dejamos que se active cuando alguien nos hiere. Y de cómo, muchas veces, el odio no resuelve, solo perpetúa.

Desde entonces, cada vez que siento que algo me quema por dentro, me acuerdo de esa noche. Y pienso que quizás no se trata de perdonar inmediatamente, ni de justificar lo injustificable. Pero sí de recordar que el odio, aunque nos dé la ilusión de fuerza, termina quemándonos primero a nosotros.

Testimonios del odio:

«El odio que arde sin descanso»
Luisa, 36 años, diseñadora gráfica

“Yo no sabía que era neurótica hasta que empecé a ir a terapia. Me di cuenta de que vivía enojada. Todo me alteraba: el tráfico, los mensajes sin responder, los ruidos de los vecinos. Me irritaba incluso que la gente no entendiera cómo me sentía. Pero lo más fuerte fue aceptar que había gente a la que realmente odiaba. Personas que me traicionaron, que me hicieron sentir menos. Sentía que si las perdonaba, les estaba dando permiso de seguir existiendo sin consecuencia.

Una vez mi terapeuta me dijo: ‘el odio también te encierra a ti’. Y eso me pegó. Porque es cierto: no podía avanzar. Todo mi pensamiento giraba en torno a ese enojo. Como una cuerda apretada en el estómago. Todavía me cuesta, pero ahora lo reconozco cuando llega. Me digo: ‘esto que sientes no eres tú. Es solo la vieja costumbre de defenderte quemando todo a tu alrededor.’

«El odio que quiso quedarse y no lo dejaron»
María Elena, 42 años, maestra de primaria

“Mi mamá nos maltrató durante años. Y yo crecí con una rabia adentro que no me cabía en el cuerpo. Juré que nunca la perdonaría.

Pero hace poco me enfermé gravemente. Estuve hospitalizada y ella fue la única que estuvo ahí todos los días. No hablamos mucho, pero se sentaba conmigo en silencio. Me traía fruta cortada. No me pidió perdón, ni yo a ella. Solo fue.

No sé si eso basta. Pero entendí que a veces el odio también quiere quedarse porque nos protege. Yo lo solté un poco ese mes. No porque ella cambiara, sino porque yo ya no quería que esa parte de mí decidiera por mí. El odio me sostuvo un tiempo, pero también me quitó alegría. Ahora lo veo llegar y le abro la puerta solo lo necesario, como a un visitante que ya no me manda.”

«El odio como herencia colectiva»
Fernando, 28 años, sociólogo

“Cuando crecí, me enseñaron a odiar a los hombres ricos. A odiar a los policías. A odiar al sistema. Y en parte tenía sentido: yo vengo de un barrio muy golpeado, donde la injusticia era el pan de cada día.

Pero con el tiempo me di cuenta de que ese odio me estaba volviendo ciego. Que no podía distinguir a la persona de la estructura. Empecé a conocer gente que trabajaba dentro de ‘ese sistema’ y que también intentaba cambiarlo desde dentro. Gente buena, solidaria, empática.

Eso me dolió, porque me desarmó. Me obligó a cuestionar las etiquetas con las que yo organizaba el mundo. No dejo de indignarme. Pero ahora trato de que mi enojo no se convierta en odio ciego. Porque el odio nos une, sí, pero a veces también nos empobrece.”

Pensar en el odio: entre la permanencia y el desprendimiento

Hay una constante en todas las historias que escuché: el odio no aparece como una emoción pasajera, sino como algo que se queda. Se instala, se hace casa en el cuerpo. Y lo más peligroso es que, muchas veces, confundimos ese arraigo con verdad.

Creemos que si lo sentimos por mucho tiempo, es porque tenemos razón. Como si la duración de una emoción le diera legitimidad absoluta. Como si el dolor, al repetirse, se volviera justo.

Pero el odio, aunque parezca sólido, no es inmóvil. Con el tiempo cambia, muta, se contamina o se diluye. Y ese tiempo no pasa solo: necesita voluntad, conciencia y un esfuerzo activo por no dejar que el odio nos moldee la identidad.

El odio tiene sed de permanencia. Quiere convencernos de que solo siendo leales a él podremos protegernos. Nos ofrece una armadura, pero también nos quita el tacto.

En una sociedad donde el conflicto es constante, hemos aprendido a elegir bandos, a odiar con coherencia política, con rigor moral. Pero no siempre se trata de odiar menos —a veces se trata de odiar mejor. Es decir, de reconocer que ese odio debe ir dirigido a las acciones, a los sistemas, a las injusticias estructurales… y no al cuerpo frágil que en algún momento nos hirió.

Y entonces vuelvo a la frase del monje:
“Odiar a quien te hace daño es como pegarle al fuego porque te ha quemado.”

El fuego no es culpable. Quema porque es fuego. Las personas, como el fuego, a veces nos hieren desde un lugar que tampoco saben nombrar. ¿Eso las justifica? No. Pero tal vez, si en lugar de pegarle al fuego, aprendemos a reconocer su forma y su calor, podremos dejar de herirnos tratando de castigar lo inevitable.

El odio existe. Está ahí, latiendo en las relaciones humanas, en las estructuras sociales, en los discursos públicos y en los vínculos más íntimos. No es una emoción marginal: es una respuesta poderosa ante el agravio, la injusticia o el dolor. Pero eso no lo convierte en una brújula confiable.

El odio tiende a cerrarse sobre sí mismo. Aunque nace muchas veces del deseo legítimo de justicia, fácilmente se transforma en hábito, identidad o ideología. Y ahí radica el peligro: cuando dejamos que el odio organice nuestra manera de mirar el mundo, terminamos replicando la lógica que creíamos combatir.

Odiar al odio, como enseñó aquel monje, no significa romantizar a quien hiere. Significa no permitir que su sombra nos arrebate la posibilidad de actuar con conciencia. Significa elegir —una y otra vez— no devolverle al mundo la misma violencia con la que fuimos tocados.

Por Alondra de Castilla.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.

Colaboraciones: «La tía Sonsoles» Narrativa 

Por: Miriam Rodríguez Roa

Esa mañana de invierno Laia despertó con la fragancia intensa y familiar que venía desde la cocina.

Estaba segura, ese era el olor de la leche caliente con cascarilla de cacao tostado. Salió de la cama y como persiguiendo el perfume, llegó al lugar donde solo había unos pocos muebles, silencio, fogones apagados sin rastro de leche o cacao. Decepcionada, se sentó en una de las sillas rojas y por una pequeña ventana pudo ver cómo caía la lluvia. Pero su sentido del olfato insistía en guardar esa esencia.

Entonces como Dorothy, se vió envuelta en un huracán, pero no llegó al camino amarillo que la llevaría hasta Ciudad Esmeralda, en busca del mago de Oz, sino hasta un lugar real, que ella conocía muy bien: el lugar donde podía volver a tener seis años.

Sonsoles era su tía abuela. Dulce, cariñosa, frágil, delicada, el cabello blanco siempre sostenido por un par de peinetas. Sus pestañas, seguían siendo rubias y rizadas y daban marco especial a un par de ojos azul profundo. Esto hacía que Laia creyera que ese era el motivo del origen de su nombre, se repetía para sí: “ los ojos de la tía son soles ”.

Sabía que cada visita, indefectiblemente traía aparejada el mal trago de la merienda, pero no le importaba, porque su “sacrificio infantil ” bien valía la pena. No le gustaba la leche, mucho menos con esas cascarillas. Pero ¿alguien podía negarse a saborear el brebaje humeante del tazón de loza que te habían servido con amor esas manos pequeñas, tan suaves como delicadas? Cada vez la veía preparar todo con suma dedicación y por eso jamás hubiese rechazado esa taza de sentimientos. Sí, de sentimientos. Pensar que el líquido blanco donde habían navegado esos trozos tostados, como barquillos en medio de un maremoto, llevaba la impronta de la bondad infinita de su tía, la hacía apretar los dientes y tragarlo sorbo a sorbo, mientras que claro está, había largos intervalos de una cuchara danzando dentro del recipiente.

Sonsoles era la hermana mayor de su abuela, esa abuela que no conoció, a quien nunca siquiera pudo soñarla, porque había muerto muy joven, a la que miraba desde una foto color sepia, colocada sobre una prolija carpeta tejida que abrigaba el mármol de la mesita de luz y a la que nunca le faltaba una flor.

La tía la llevaba de la mano hasta allí, como si fuesen a entrar en un lugar mágico. La habitación siempre olía a jabón con hierbas, a pulcritud, a bosque fresco. Tomaba la imagen y la besaba y luego le indicaba que hiciera lo mismo. Sus ojos azules eran más parecidos al mar que nunca. Laia podía ver cómo se le encharcaban de agüita salada y cuando la abrazaba fuerte, podía sentir los latidos de su corazón y escuchaba cómo estos le decían lo mucho que había querido a esa hermana, cuánto la extrañaba y que esa era la razón de que ella fuera su pequeño tesoro.

Es que Sonsoles, hablaba así: con el corazón . Su boca jamás había emitido palabra alguna, tampoco sus oídos habían escuchado el ruido del mundo y su alma pura no sabía de la furia que rodaba como moneda corriente.

Edición: Aimeé Miranda Montiel

Colaboraciones| El arte como camino de sanación y raíz.

Declaración de Artista

Uno de mis proyectos más íntimos y significativos es este cómic que nació como resultado de un proceso muy fuerte en mi vida: como mujer sobreviviente de abuso sexual y violencia de género, decidí convertir ese dolor en una obra que no solo me ayudara a sanar, sino que también pudiera acompañar a otras mujeres en su propio camino. No fue fácil. A menudo, el trauma viene acompañado de culpa, silencio y una pérdida profunda de identidad. Pero en el proceso creativo encontré una especie de renacer. La ilustración se convirtió en mi lenguaje y mi refugio.

Este cómic no es solo una historia personal, es un grito compartido. Es una invitación a romper el silencio, a dejar de sentir vergüenza, y a abrazar nuestra verdad con compasión y libertad. Quiero que otras mujeres sepan que no están solas, que su historia merece ser contada, y que el arte puede ser ese puente entre el dolor y la luz.

Mi intención como artista es crear desde el alma. No busco solo “hacer cosas bonitas”, sino obras que hablen, que acompañen, que cuestionen y que inspiren. Que nos inviten a volver al cuerpo, a la tierra, a las emociones, a lo que fuimos y a lo que todavía podemos ser.

El arte nos observa, nos abraza, nos transforma. A veces es espejo, a veces medicina. Y en mi caso, ha sido también un hogar. Un espacio sagrado donde puedo encontrarme, reconciliarme y florecer.

***

Hola, soy Melissa Morteo. Tengo 35 años (ya casi 36) y vivo en la Riviera Maya, muy cerca de la isla de Holbox. Soy diseñadora gráfica, ilustradora y escritora emergente de poesía, pero más allá de los títulos, soy una mujer que cree profundamente en el poder del arte como herramienta de transformación, sanación y memoria.

Colaboraciones| Feminicidios y otros cuentos

Reseña: Feminicidios y otros cuentos

Por Karina Piriz

No hay mujer que en el transcurso de su vida no haya pasado por violencia de género en alguna de sus manifestaciones. Muchas de nosotras fuimos criadas con el temor de salir a la calle con una minifalda. Fuimos niñas que jamás cuestionamos a los adultos a pesar de saber que no todos tenían una conducta proba. Crecimos en una cultura patriarcal que nos enseñó a mantener el silencio, comportándonos como mujeres sumisas y sometidas. La discusión está planteada en todas las mesas familiares: «Papá, no seas machirulo». La conciencia sobre la práctica estructural que viola los derechos humanos y nuestras libertades son explicitadas cada vez más.

Estos relatos se sumergen en esas violencias, intentando con la ficción remedar la llaga, vengar la inocencia perdida o hacer justicia. Las situaciones se desarrollan en espacios muchas veces a la vista de todos: el colectivo, el ámbito familiar, la calle, el club, la escuela. Los movimientos feministas han logrado que las mujeres, ya adultas, pudiéramos revisar de la mano de las más jóvenes, prácticas instituidas, (familiares, educativas, sociales). Este libro ficcionaliza, en algunos casos en primera persona, la violencia sexual, doméstica, institucional, obstétrica, el acoso callejero y otras violencias simbólicas, instauradas e invisibilizadas, a las cuales decimos: «¡Basta!»

***

Karina Piriz

Nació en 1971 en Buenos Aires, Argentina. Es Licenciada en Letras y Especialista en Enseñanza de Español como lengua segunda y extranjera por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Editora y correctora en diversos ámbitos editoriales. Pertenece a PLECA (Profesionales de la Lengua Española Correcta de la Argentina) y a la SADE. Ha desarrollado la tarea docente como Maestra, Profesora de Literatura y Directora de escuela. Como escritora ha sido seleccionada en antologías literarias de Argentina, España y Latinoamérica. Es parte del Colectivo Autores de La Matanza.

Colaboraciones| En todas las vidas hasta el último aliento.

En todas las vidas hasta el último aliento

Por Jessica Concepción Ruíz Tukuch.

Desliza las salvas por sus dedos.
Olor dulce y amargo en la punta de su lengua, en la palma
de su mano.
Respira hondo, traga saliva.
La soledad la acompaña como fiel amiga.
Brevedad silenciosamente oscura en la caída de sus
párpados, en la caída de sus mares.
Se mira al espejo y observa su lumbrera hueca.
Esclava de una eminencia que ya no existe.
Cayó en un hoyo donde ni siquiera Alicia cavó.
No hubo un conejo con prisa o un banquete esperando.
Se quedó sin tiempo, se quedó con hambre.
¿Quién podría cortarle la cabeza si no ella misma?
Desliza las salvas por sus dedos.
No tiene una espada, no tiene un cuchillo.
El canto hipnotizante la guía, recóndita en un susurro,
siempre esperó el abrazo sonoro.
Nadie más puede escuchar.
Mundo cruel, mundo inmundo.
Brutalidad sin compasión, ferocidad que la dejó sin ternura.
¿Dónde está el color de sus ojos y el brillo de sus mejillas?
En este mundo creció y se enfrentó a los demonios que
habitaban afuera y a los que habitaban en ella.
No tuvo escudos, ni polvo de hadas.
Hubo una flor con espinas y hubo un dedo sangrante.
Moza dormida con los ojos abiertos.
Pesadillas siniestras acechando su intensidad, reduciendo a
cenizas la delicadeza de su ser.
Desliza las salvas por sus dedos.

Mortalidad de cuentos, abismo de serpientes.
Ha bebido del veneno, ha mordido la manzana, se ha
enfrentado al dragón.
Nadie apagó el fuego, nadie pudo despertarla.

***

Mi nombre es Jessica Concepción Ruíz Tukuch y tengo 23 años. Amo la poesía y la música. Autopubliqué mi primer libro en 2024, En todas las vidas, hasta el último aliento, una compilación de poesía contemporánea y cuentos en prosa sobre el duelo y el «permitirse sentir, incluso si es doloroso». Creo que el arte no es solo una forma de expresión, sino también de sentir y vivir con intensidad; es un modo de preservar lo que somos.

Colaboraciones| Mujeres que Maternan Demasiado

Mujeres que Maternan Demasiado

Por Flor Estrella

La primera vez que escuché el veredicto
estaba en el vientre de mi madre.
Ella se tragó las palabras
que como eco resonaron en mí.

No hables,
escucha.
No llores,
seca sus lágrimas.
NO GRITES
Baja la voz.
De preferencia, no digas nada.
No importa si quieres o no,
finge:
que te gusta,
que lo quieres,
que estás de acuerdo.
Acéptalo.
Naciste para esto.

Mi madre hizo de estas palabras
su instructivo marital,
su instructivo de maternidad,
guiada por el propósito de mantenerme con vida,
guiada por el propósito de conservar en mí, su vida.

II
Mi madre tuvo un solo parto,
pero atendía a dos bebés.
Yo era uno de ellos;
todos los días me daba de comer
sin rechistar.
El otro era mi padre,
y todos los días tenía que darle
de comer
sin rechistar.

Maternar
Maternar

III
La segunda vez que escuché el veredicto
estaba en el funeral de mi madre.
Ella se ahogó con las palabras
que le obligaron a guardar.

—No llores, seca tus lágrimas—,
escuché decir a mi papá.

***

Flor Estrella nació en Autlán el 31 de mayo de 1998, pero vivió durante veinte años en Emiliano Zapata, municipio de Cihuatlán. En 2018 residió en Ciudad Guzmán, donde comenzó a participar en el taller del maestro Sigala. Colaboró en el suplemento cultural de la UNAM Universo de Letras y en la Gaceta Universitaria del Centro Universitario del Sur. También participó en la tercera Antología de Poetas de la Grana y se mantuvo activa en su blog personal en Facebook. En 2024 publico su libro Rompecabezas, en la editorial Libro de Arena. Actualmente, Flor Estrella reside en la ciudad de Guadalajara, donde ejerce su carrera como trabajadora social y, además, continúa nutriéndose como escritora.

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Colaboraciones| Feminización de la Pobreza: Cruzada por la Sobrevivencia.

Feminización de la Pobreza: Cruzada por la Sobrevivencia

Por Fabiola Juárez Avendaño

Hablar de feminización de la pobreza es hablar de una realidad hiriente y en franca expansión. El feminismo lleva tiempo utilizando esta “expresión para connotar el creciente empobrecimiento material de las mujeres, el empeoramiento de sus condiciones de vida y la vulneración de sus derechos fundamentales”. Aunque existe la impresión generalizada de que la vida de las mujeres está mejorando en todo el mundo, las cifras desmienten esta creencia. Es un hecho verificable que, tanto en las familias del Primer Mundo como en las del Tercer Mundo, el reparto de la riqueza no sigue pautas de igualdad, sino que sus miembros acceden a un orden jerárquico de distribución presidido por criterios de género.

También es un hecho que uno de los efectos más visibles de los programas de ajuste estructural inherentes a las políticas neoliberales es el aumento del trabajo no remunerado de las mujeres en el hogar, resultado de los recortes en los programas sociales por parte de los gobiernos. Esta situación provoca que responsabilidades que antes eran asumidas por el Estado—como la salud, la nutrición y la educación, entre otras—vuelvan a recaer en la familia y, en estos momentos pospandémicos, se agudicen aún más y se conviertan en una carga mayor, especialmente para las mujeres.

Si bien es cierto que está creciendo el segmento de mujeres que se insertan en el mercado laboral global, también lo es que este proceso se está llevando a cabo bajo condiciones laborales inimaginables hace solo treinta años.

“Las mujeres reúnen las condiciones que pide el nuevo mercado laboral global: personas flexibles, con gran capacidad de adaptación, a las que se pueda despedir fácilmente, dispuestas a trabajar en horarios irregulares o parciales, a domicilio, etc”.

Saskia Sassen, socióloga estadounidense, no solo sostiene que se está feminizando la pobreza, sino también la supervivencia. En efecto, la producción alimentaria de subsistencia, el trabajo informal, la emigración y la prostitución son actividades económicas que han adquirido mucha mayor relevancia como opciones de supervivencia para las mujeres.

Lo cierto es que las mujeres entran en las estrategias de desarrollo básicamente a través de la industria del sexo, del espectáculo y de las remesas de dinero que envían a sus países de origen. Y que éstas son las herramientas de los gobiernos para amortiguar el desempleo y la deuda externa . 

La globalización, es una adaptación neoliberal, es un proceso que está profundizando cada vez más la brecha que separa a los pobres de los ricos. Sin embargo, no se puede desconocer que las grandes perdedoras de esta nueva política económica son las mujeres. “En efecto, patriarcado y capitalismo se alinean como las dos macrorrealidades sociales que socavan los derechos de las mujeres” y detienen su empoderamiento. 

En México según datos del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), los hogares mexicanos dirigidos por una mujer aumentaron del 20.6% en 2000, al 23.1% en 2005 y al 24.6% en 2010. Esto significa que el modelo familiar tradicional de las últimas décadas del siglo XX, está cambiando. Hoy son cada vez más las familias que tienen como responsable a una mujer.

Considerando los datos del “Índice de Brecha de Género” del Foro Económico Mundial, en 2011 nuestro país ocupaba el puesto 89 de 135 países. México obtuvo una pésima calificación en cuanto a la participación de las mujeres en el ámbito laboral, situándose en la posición 112; en equidad de ingresos por trabajo similar, se ubicó en el lugar 111. Según otra medición, el denominado “Índice de Desigualdad de Género” (IDG), México fue clasificado en el lugar 79 de 146 países. Dicho índice refleja la desventaja de las mujeres en tres dimensiones: salud reproductiva, empoderamiento y mercado laboral.

Las mujeres no pueden integrarse al mercado laboral al igual que los hombres si cargan con un trabajo adicional no remunerado. En México 43% de las mujeres participa en el mercado laboral, en comparación con el 78% de los hombres, siendo de las tasas de participación de mujeres más bajas de América Latina.

En México, a diferencia de otros países de la región, es el único país donde no se ha logrado reducir ningún índice; por el contrario, datos oficiales señalan que la pobreza abarca ya a más del 60% de la población.

Esta conclusión es lacerante y no optimista, la pobreza se ha traducido en una desesperada cruzada por la supervivencia, un reflejo de un sistema patriarcal que funciona muy bien. Asesina poco a poco a niñas y mujeres, a través de la marginación que no solo es la carencia de recursos materiales, sino la prolongación de la condición histórica de subordinación que niega toda clase de oportunidades y posibilidades de desarrollo y sobre todo el buen vivir.

***

FABIOLA JUÁREZ AVENDAÑO

Antropóloga feminista egresada de la ENAH. He impulsado proyectos con perspectiva de género en la Asociación Civil ACICAMATI, A.C. Soy fundadora y editora de la revista feminista independiente “Las Genaras. Rumbo a la Equidad de Género”, y ponente en temas como mujeres y religión, ecofeminismos y economía del cuidado. Fui tallerista en la FARO Miacatlán y coordinadora de publicaciones con identidad, SEPI.

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Colaboraciones |Mindy


Por Selin Cab

Fue duro despertar esta mañana y no ver a la pequeña bolita de pelos acurrucada entre las sábanas.

Mirar el rincón vacío de la escalera donde solía estar su plato de comida. Ya no se escuchan los maullidos característicos pidiendo agua bajo el sol de medio día.

Ya nadie mantiene cálida esa camita bajo el comedor. Ya no hay quien grite a la hora de la comida en busca de obtener un pequeño taquito. Se ha silenciado ese maullido fuerte y exigente que se escuchaba en la casa pidiendo mimos y atención. Los rasguños son el último vestigio de su vida. Con tristeza, miro ese escalón vacío, ese donde a ella le gustaba recostarse y mirar a todos con desdeño,la extraño.

Me encantaba sentarme y contemplarla mientras ella se recostaba en el patio, disfrutando del viento fresco y de un baño con rayitos de sol.

Extraño cuando en tiempos de frío llegaba y se recostaba a mi lado.

Cuando llegaban nuestros humanos con cualquier tipo de golosina y los miraba esperando a que le dieran algún pedazo.

Extraño aquella vez que por primera vez acicaló mi lomo con suavidad y me hizo sentir querida por ella. Siempre creí que no le caía bien. Ahora se con certeza que yo le importaba.

¿A dónde fue Mindy?

¿Por qué los demás lloraron alrededor de su cuerpo?

¿Por qué sus ojos se veían sin luz? ¿Por qué se la llevaron y volvió solo su cobija?

¿Dónde estás, Mindy?

¿A dónde te llevaron?

¿A caso fue porque te molestaba mucho?

¿Qué es esa pequeña caja y por qué guarda tu aroma?

Extraño mucho esas pocas veces que me demostraste cariño.

Aunque tu rostro mostraba seriedad, tu pelaje oscuro como un luto elegante y tus ojos amarillos, de mirada dura, yo sabía en el fondo que tu me quisiste.

Ahora ya no estas y no sé cómo será mi vida sin ti confío en que cuidaran de mi hasta el día que vuelva a verte a ti, a Wisy y a Pinky, de quien he escuchado tantas historias.

Ojalá que en donde quiera que estén, me guarden un pequeño lugar para reposar y jugar eternamente.


Selin Cab (1998) Ciudad de México, México. Pasante de Lengua y literaturas hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México. “El mar de arena de Camus” es su primer cuento publicado en la antología : «El cuento en cuarentena» organizada por la revista Palabrerías en conjunto de las revistas Tintero blanco, Zompantle y Teresa Magazine como resultado del concurso del mismo nombre. Autora de “El ratoncito” y “Esa no es la gata” ambos publicado en la revista Metáforas al aire. Le gustan la narrativa de piratas, dibujar y Dragon Quest.