Por Tania Farias
Miré hacia arriba y por varios segundos me quedé como pasmada, sin saber cómo haría para subir esa escalera que me parecía infinita; mientras mis manos apretaban, con intensidad, las asas de las enormes maletas que llevaba conmigo: sesenta y cuatro kilos de ropa, zapatos, libros y objetos preciados, que se habían convertido en mi todo desde el día en que había decidido volar del nido familiar y explorar nuevos horizontes lejos, muy lejos de donde había crecido.
Después de la sorpresa causada por una « simple escalera » y antes de que el pánico se apoderara completamente de mis sentidos, mi cerebro se puso a trabajar a mil por hora tratando de idear la mejor forma de subir aquellos escalones cargando mis pertenencias. Había escuchado muchas cosas sobre París, por supuesto, en su mayoría, de personas que nunca habían vivido en la ciudad, pero que la habían visitado con frecuencia y, entonces, se sentían con la autoridad moral para lanzar un veredicto, casi siempre negativo.
Sin embargo, no tuve que encontrar una solución. Esta apareció de la nada mientras yo continuaba totalmente abstraída en mis elucubraciones. Sin siquiera preguntar, un joven que, supongo, adivinó la situación en la que me encontraba al verme inmóvil a los pies de esos escalones, tomó las dos maletas, subió las escaleras y al llegar a la cima, las soltó y emprendió su camino sin mirar atrás ni permitirme expresarle mi agradecimiento. Su acción fue tan espontánea y rápida que no tuve ni el tiempo de crear escenarios catastróficos en mi cabeza, pero, dada mi naturaleza “inventiva”, estos llegaron segundos después, cuando ya afuera de la estación volvía a coger las asas de las maletas y veía al chico alejarse hasta perderse entre la gente. No, no me las había robado, sino simplemente había sido un ángel salvador al brindarme la ayuda tan necesaria. En mi primer día, un parisino me había mostrado que la amabilidad, contrario a lo que se me había pregonado, era también parte de su ADN. Un presagio, tal vez, de lo que sería mi vida allí.
Miré alrededor, me encontraba sobre una avenida bulliciosa, de anchos y varios carriles; la gente iba y venía por entre las múltiples tiendas, los restaurantes y las oficinas. Volteé a la derecha y, a lo lejos, distinguí con agrado el famoso Arco del Triunfo. Después, miré hacia la izquierda y mi vista se detuvo en el moderno Arco de la Defensa. Entonces, volteé hacia el lugar de donde había salido: la estación en sí no tenía nada en particular, no era una de esas estaciones con una entrada en Art Déco, ni el interior contaba con frescos en sus paredes o un diseño especial, pero el nombre se quedó bien marcado en mi memoria: Les Sablons. Hasta aquel momento desconocida, nadie podría decirme que esa estación se volvería el principio y el fin de muchas de las cosas que estaban por venir.
Como un pequeño animalito que sale por primera vez al mundo, comencé a explorar con precaución mi entorno y poco a poco empecé a expandir las distancias. Al principio, solo ingresaba a la estación para salir unas paradas más adelante; después, empecé a desplazarme en el laberinto subterráneo de la ciudad y nuevas estaciones aparecieron ante mis ojos. De la misma manera fue con los horarios. En un inicio entraba y salía de Les Sablons con la luz del día, pero pronto me fui permitiendo salir de allí al caer la noche; y no pasó mucho tiempo para que mis entradas a la estación fueran con la noche ya bien avanzada, antes del último tren del día, o que mis salidas fueran hasta el día siguiente con el sol en el horizonte anunciando el amanecer.
En un reciente viaje a París, después de más de quince años de haberme mudado de esa ciudad, no tuve la oportunidad de ir hasta la estación de Les Sablons, estación por la cual entré y salí tantas veces que mis pies aprendieron a desplazarse por ella con familiaridad. El destino había querido que todo el tiempo que viví en la ciudad, seis años, por si alguien lo pregunta, nunca hubiera tenido que utilizar otra estación para llegar a casa, a pesar de haber cambiado de domicilio cuando me casé. El único cambio que fue necesario fue el tener que utilizar una salida diferente de la misma estación, pues al casarme, mi nuevo hogar se ubicaba cruzando la avenida de Charles de Gaulle, al lado opuesto de donde solía vivir.
A pesar de no haberme ido hacia la estación de Les Sablons durante mi reciente visita, verla señalada en los mapas del metro había sido suficiente para transportarme hacia aquella época en la que era mi punto inicial y final de una jornada. Una sonrisa se dibujó en mi boca al recordar algunos momentos de complicidad con amigas mientras viajábamos en el metro y nos dirigíamos hacia mi casa, cansadas, después de haber pasado toda la noche bailando y cantando en algún club de la ciudad. También recordé algunos instantes en que la juventud se me había subido a la cabeza y había hecho alguna tontería, que afortunadamente no tuvo mayores repercusiones en mi futuro. Y como a toda alegría suelen seguirla momentos de tristeza, la sonrisa se me borró cuando me recordé viajando en el tren con el corazón roto, para salir corriendo por las mismas escaleras que me habían parecido eternas aquella primera vez que llegué a Les Sablons, y subirlas cargando no ya con el peso de mis maletas sino con el de mis emociones.
Recuerdos tristes o alegres, ahora ya no me importa la clasificación que les toque, pues al final recuerdos son y, a la vez, son la certeza de que un día, ya lejano, mi vida cotidiana la vivía entrando y saliendo de aquella estación.
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