Los árboles y las pantallas que me rodean | Árbol de mango


Por Mijal Montelongo Huberman


La primera casa donde viví ha sido la mejor por diferentes razones, la principal es porque había muchas plantas rodeándola pero sobre todo había un gran árbol de mango en el patio trasero.

Su presencia promovía la de muchos animales: hormigas, arañas, escarabajos, cucarachas, ardillas, águilas, pájaros carpinteros, colibrís, mariposas, lombrices, gusanos quemadores, entre otros.

Me encantaba descubrirlos y observarlos, e incluso intenté criar a algunos. Ellos iban y venían pero el árbol siempre estaba allí. Aunque no era inmutable sus hojas alargadas cambiaban de color: amarillo, verde y café cuando estaban secas. Ellas se le caían constantemente (las cuales yo tenía que recoger) sobre todo después de mucha lluvia y algún norte. Le salían de vez en cuando unas flores blancas con amarillo y rosa diminutas en comparación con toda la estructura del árbol, le crecían unos frutos verdes y redondos pequeños hasta formar mangos del tamaño de un puño, esos mangos se caían con un ¡plaf!

Si apenas estaban madurando los podíamos recoger aunque no nos los comíamos porque no eran tan dulces y eran muy fibrosos. Si ya estaban maduros se estrellaban contra el piso y si no limpiábamos sus restos después de unos días se volvían cafés y negros.

Los animales que vivían con nosotros en esa época interactuaban de maneras específicas con el árbol: las ardillas construían nidos en las ramas a mayor altura, se comían los mangos y después los tiraban mordisqueados. Nuestros gatos afilaban sus uñas en el tronco y lo trepaban.

Un día mi hermano perdió a su iguana y resultó que estaba en una de las ramas más altas, aunque todavía de buen grosor, así que la recuperó sin problema.

La primera perra con la que conviví únicamente comía los mangos que caían de él en sus últimos días de vida.

La forma del árbol invitaba y aceptaba que él fuera trepado también por personas, no sin antes superar ciertos desafíos: el tronco principal tenía una ligera pendiente como una rampa hacia arriba que desembocaba en una «U» con ramas gruesas que podías abrazar y si tomabas vuelo a unos metros de distancia se podía subir corriendo por el tronco. Eso hacía mi hermano constantemente, yo como buena hermana menor intentaba imitarlo sin éxito ya que no era simple. Una vez ahí teníamos que empezar con la cabeza agachada para que no se nos atorara con las cuerdas para tender la ropa, bajar un escalón, esquivar un poste que sostenía un toldo y subir un escalón de la jardinera donde había varias plantas para llegar al centro donde estaba el árbol. La corteza del tronco tenía rugosidades y hendiduras, entonces los tenis tenían mucho agarre.

Había que dar entre tres y cuatro pasos sobre el tronco inclinado para llegar a la » U», agarrar la rama de la bifurcación a la derecha porque era la más próxima, allí nos podíamos quedar y contemplar el patio desde tres metros de altura. ¡Pero subíamos más!

Normalmente nos íbamos a la derecha porque esa rama era accesible y tenía más agarres. Lo que buscábamos era explorar al máximo el árbol.

Mi hermano se apiadó de mí y de mis intentos infructíferos por subir por el tronco. Me hizo una polea con una cuerda hecha de cinturones de taekwondo que pasaba sobre otra bifurcación para que yo me pudiera subir sola. Al principio, no podía hacerlo y él me ayudaba, pero no siempre estaba en la casa entonces eventualmente logré llegar con mi fuerza. Para trepar al árbol no solo tenía que subir hasta el tope de la cuerda, también tenía que agarrarme de una rama y jalarme para pasar las piernas sobre ella y estar realmente sobre el árbol.

Estas maniobras implicaban restregarme contra la corteza rugosa y al final terminaba con varios raspones en las manos, los brazos y las piernas. De hecho, todavía tengo unas pequeñas cicatrices en el dorso de una mano de esa primera vez que logré trepar al árbol sin ayuda de nadie. Los esfuerzos valían la pena por el hecho de haber llegado.

Mi hermano descubrió la manera de subirse al techo del segundo piso de la casa por el árbol. Siempre quise hacer eso también, nunca lo logré. Me imaginaba que era un lugar mágico de paz y soledad. Supongo que lo fue para él, un lugar escondido completamente expuesto al cielo y al que nadie más podía llegar todo gracias al árbol.

Las casas de alrededor también tenían árboles. Un día las vecinas de al lado decidieron talar uno de los suyos lloré bastante un rato al verlo porque la ventana de mi cuarto había tenido como vista ese árbol. Mi mamá cerró la ventana y las persianas para que ya no lo viera pero todavía podía oírlo. Sufrí mientras escuchaba la motosierra cortar la madera y los pedazos del árbol caer.

No entendía por qué alguien querría deshacerse de uno cuando eran parte de nuestro entorno.

Me imaginaba lo que podría sentir el árbol de mi casa si decidieran talarlo y me llenaba una gran desolación. No estoy segura de si sigue el árbol de mango que me acompañó en la infancia, pero prefiero pensar que sí. Me da mucha tristeza imaginar que un ser tan majestuoso y lleno de vida ya no exista.

Después de esa casa con el árbol de mango nos mudamos a otra también en Tampico pero con muchas menos plantas pero ninguna que pudiera trepar ni admirar.

Ahora llevo años viviendo en un departamento en la Ciudad de México donde hay varias plantas en macetas pero dependen completamente de las personas, no son un ser propio, independiente e imponente como lo fue el árbol de mango, los parques cuentan con árboles altísimos incluso más de lo que fue mi árbol sólo que la diferencia es que todos esos son pasajeros no forman parte de mi vida. En el futuro anhelo como muchas personas tener una casa aunque lo veo poco probable. Deberá tener un árbol gigante y preferentemente de mango.


Mijal Montelongo Huberman (México, 1996). Estudió la carrera de Biología y la maestría en Ciencias Biológicas con enfoque en Ecología en la UNAM. Es traductora, divulgadora y educadora científica. Ha publicado artículos de divulgación científica y de investigación, traducciones literarias, cuentos y minificciones. Siempre está acompañada de libros, perros y gatos.

Puntuación: 1 de 5.

Publicado por LaCoyolRevista

No sé quien soy. No ando en busca de estilo, sino de retos.

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